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viernes, 16 de febrero de 2024

Creación

Ona Salvador es una chica a la que no conocía. Una artista que pinta murales. Un día me la encontré, a la vuelta de uno de mis paseos con Gala, pintando un muro. Me permitió hacer un seguimiento fotográfico de la evolución de su trabajo. Muchas gracias, Ona. Me ha encantado ser testigo de esta creación.  




















sábado, 8 de julio de 2023

Vida mamífera


                            Gala relamiéndose ante este gigantesco recipiente de agua


En nuestra recién estrenada jubilación, hemos inaugurado un entretenimiento que consiste en jugar a las casitas. Los días previos a cada una de las escapadas de este primer año “no productivo” me dedico a hacer un estudio inmobiliario de la zona: busco casas con jardín, comparo precios, elijo una y concierto una cita con el agente inmobiliario de turno. Mi marido acepta mi delirio con resignación, y de esta manera incorporamos esta visita como una actividad turística más del viaje. Así, de forma gratuita y juguetona, imaginamos nuestras vidas en ese entorno y fantaseamos con una manera alternativa de convertirse en seniors. No es lo mismo ejercer de jubilado en una zona montañosa, que en un pueblo rural o en una urbanización de playa. Esperamos, con ingenuidad de niños, que en uno de estos intentos una detonación efervescente acompañada de música celestial nos confirme que estamos ante la casa en la que desarrollaremos nuestra nueva identidad. Lo peor es que no estoy segura de querer comprar otra casa.

En este último viaje, tras sufrir varios malentendidos con el GPS, llegamos a la casa que la pareja que nos recibe construyó a partir de un granero. Está en el límite de un pueblo que parece sacado de una infancia ajena. Al entrar a la casa desde el jardín les preguntamos si dejamos a la perra fuera o la podemos entrar. Ella nos dice que la entremos. Mientras le saca  un recipiente con agua  apostilla que a ella no le gustan los perros ni los niños. Y añade que si pudiera decidir ahora no hubiera tenido hijos.

-Decir eso es muy valiente por su parte-le digo

- ¿Por qué?

-Por que habrá mucha gente que lo piense, pero no se atreva a decirlo.

Entramos. Nos enseña la casa. Se percibe que la han construido con mucho cariño. Bajo la supervisión y los planos que diseñó ella, nos comentan. El marido nos saluda, hace bromas. Resulta que ellos vivían cerca de donde vivimos nosotros. Se establece una cordialidad fluida y extraña. Se vinieron a trabajar aquí cuando él estaba por jubilarse. Al principio, de alquiler. Nos cuentan que tuvieron la taberna del pueblo durante unos años. Que ella cocinaba, aunque solamente lo que le gustaba. Los callos y las anchoas en aceite se convirtieron en una leyenda en toda la comarca.

La última habitación tiene vistas a un paisaje inacabable, pero en primer plano vemos y olemos una granja de cerdos. Nos gusta la casa para el precio que tiene, pero no acuden a cantar los arcángeles, solo los pájaros. Al subir a la buhardilla revestida de madera, con muchas posibilidades, se me ocurre preguntar cómo es que la quieren vender. Y entonces nos dicen que hace seis meses se les murió un hijo. A continuación nos sacan una foto del chico con sus dos hermanas. Todos los ojos se anegan y un temblor sísmico recorre la conversación de arriba abajo. Los nietos les necesitan. La situación reclama que regresen. Tienen que vender la casa.

Nos vamos hacia la casa rural donde nos alojamos. Durante el trayecto no me quito de la cabeza a esta mujer desolada y risueña a quien no le gustan los perros ni los niños, pero los trata como seres sagrados. Pongo mentalmente en fila a mis hijos y paso lista. Todos contestan: ¡presente!  Las dificultades que puedan tener en la vida son todas reversibles e insignificantes, me digo. No quiero seguir por ahí. Es fácil que las cosas se desmoronen por dentro si no se apuntalan bien. De repente siento frío.

Al día siguiente, mientras leo un libro en el jardín, oigo a los niños de la casa que arman jaleo. Están fuera de la jaula de los conejos. Un niño y una niña casi albinos. Sus padres son belgas. El niño es muy expresivo y tiene acento maño cuando habla con nosotros, supongo que flamenco cuando habla con sus padres. Me acerco a ver qué ocurre.

Acaban de darse cuenta de que la coneja ha tenido hijitos. Hay dos criaturas oscuras y diminutas forcejeando por acercarse a la madre. “Haciendo la croqueta”, dice el niño. La madre de los niños rubios entra en el recinto y mira dentro de la casita-nido.  Hay seis crías más ahí dentro. Un amasijo de vida palpitante. Encontramos otra arrinconada entre la casa y la malla metálica. La coneja está nerviosa y se mueve de un lado a otro. Ignora a la cría que hace la croqueta intentando enderezarse.

La propietaria está sorprendida y desolada porque dice que pidió que le aseguraran que le vendían dos hembras. No quería más conejos. Solo estas dos para sustituir a la coneja que tenían antes como mascota, que también estaba preñada pero que la mataron unos perros cazadores que aparecieron una noche desquiciados. Los intentaron espantar durante toda la noche, pero a las cuatro de la mañana entraron en la jaula. El niño me dice: yo lloré durante dos días enteros. El cazador vino a pedir disculpas al día siguiente. Solo disculpas trajo, y no eran muy convincentes. Se desplazaron doscientos quilómetros para comprar estas dos hembras. Otro huésped dice que seguramente ya vendría preñada.

A la mañana siguiente, antes de empezar a recoger todo, me acerco a la jaula y veo que una de las conejas está metida en una jaula más pequeña, separada de la coneja-mamá y comiendo una zanahoria. Robin, el padre de los niños rubios, me dice que resulta que es un macho porque esta mañana estaba intentando montar a la hembra. Se oye movimiento dentro de la casita. A ver cuántos sobreviven, me dice con una sonrisa mansa y resignada.

Nos vamos. Dentro de mi cabeza se enreda todo en un abrumador nudo de vida expectante y mamífera.

viernes, 2 de diciembre de 2022

La ciudad introvertida



Hemos estado allí, y podemos afirmar que en realidad existe. Pero a Teruel le conviene y le sienta bien habitar el territorio del olvido. Cada madrugada se resiste con fiereza a que el primer rayo de luz rompa su envoltura de niebla y puedan así materializarse de nuevo sus monumentos, murallas y apeaderos con idéntico diseño y color que los del día anterior. Restos deshilachados de esa bruma se retiran al campo cada mañana para regresar al anochecer y devolver a la ciudad a su anhelada inexistencia.


martes, 27 de agosto de 2019

Mar y Montaña. De Peñíscola a Mirambel. Una escapada.


Mar, o el secuestro de Neptuno. 

Creo que una de las maneras menos traumáticas de afrontar una salida a la playa en verano es llegar al atardecer y marcharse de buena mañana. Si la playa es Peñíscola y el hotel está en primera línea de mar, lo que procede es tomarse dos baños a contracorriente de la avalancha de turistas: uno a las ocho y media de la noche de llegada (playa casi vacía, agua templada por horas de sol) y el otro a las nueve de la mañana del día siguiente ( cuatro corredores y un pescador por toda compañía). Tras el primer baño recorro la orilla por esa frontera  en la que la superficie que piso se amolda perfectamente al puente desmesurado de mis  pies (¿ a  nadie se le ha ocurrido diseñar unas plantillas hechas de arena de playa?) y las olas que llegan desmayadas a la orilla me refrescan con la cadencia de un corazón hipertrofiado. Me alejo lo justo para no perder la referencia del hotel. Durante el paseo todos mis sentidos se concentran en captar algo que soy incapaz de concretar: un tipo de vibración, alguna clase de olor, esa brisa… y entonces la percepción de verme transportada sin mi consentimiento a la playa de San Juan. De repente me  parasitan todas las vivencias de esos dos años que estuvimos viviendo en Alicante. Como en una película, me veo en el apartamento del edificio Tobago donde vivía Pilar. Su hija Ada  y mi hija Ana están jugando con los playmóbils en ese espacio caótico y creativo. Su gatito negro corretea entre los juguetes que invaden todo el salón. A continuación, como en un sueño, son dos anguilas escurridizas nadando en la piscina comunitaria. El yodo y el cloro reaccionan y se fijan en la piel y en el recuerdo.





Ahí están mis hijos mayores corriendo por la playa. Me veo llevándolos a la biblioteca para que elijan libros nuevos, acompañándoles al básquet, a teatro, a los cumpleaños. Cuidando de mis mellizos y de las aupairs que a su vez me ayudaban a cuidar de ellos, los cuales me lo pagaban no dejándome dormir por las noches y convirtiéndome de esta manera en la profesora que lucía más ojeras del instituto donde trabajé. Pilar y yo caminábamos por esa playa acompasando los pasos al ritmo en que fluían ideas y reflexiones, cuentos y pinturas. Me invade el olor a salitre, a plástico y a algo parecido a materia orgánica descompuesta  que impregnó ese periodo,  y lo hace de esa manera misteriosa con la que un aroma, una corriente de aire o una temperatura consiguen secuestrarte y trasladarte a otro tiempo y a otro lugar. Proust se quedó muy corto con su madalena. Vuelvo a Peñíscola después del trance. Regreso al hotel y le describo a Pilar por WatsApp mi última abducción. Qué bonito tener esos recuerdos, me dice, tras un montón de corazones. Y entonces me reconcilio definitivamente con todo que hay detrás de esas palabras.


Montaña, o la máquina del tiempo del Maestrazgo.

El sábado lo vamos a dedicar a subir por la parte más imbricada que une Peñíscola a Mirambel, intentado no dejarnos ninguna joyita de pueblo de los muchos que siembran este territorio casi mítico conocido como El Maestrazgo. Un viaje por esta comarca histórica  confirma que las fronteras son absurdas cuando el paisaje es el mismo. Pasas  de la provincia de  Castellón a la de Teruel, de la comunidad Valenciana a Aragón, sin solución de continuidad. Sólo lo notas por el diferente mimo con que cada comunidad trata a sus carreteras, y por lo absurdo de que dos pueblecitos colindantes tengan o no fibra óptica dependiendo de a qué lado de la frontera estén. El concepto y las dimensiones del Maestrazgo han variado a lo largo del tiempo: las tierras que estuvieron en manos de órdenes militares desde la época de Jaime I el conquistador, la creación de una Comandancia en las guerras carlistas, el oportunismo turístico reciente…han hecho que este territorio se haya dilatado y encogido como una ameba, y todavía no haya encontrado su forma definitiva, ni siquiera en Google. El único denominador común para el turista asombrado es la contundente sensación de ingresar en una máquina del tiempo hecha de piedra caliza, que traquetea y tiene los goznes de la puerta oxidados, pero que funciona perfectamente.
Si me preguntaran cuál podría ser el símbolo identificador de esta zona yo propondría declarar a los lavaderos públicos Patrimonio de la Humanidad, sobre todo de la humanidad del Maestrazgo previa a la existencia de las lavadoras. Convertidos ahora en reliquias de un pasado común, producen una refrescante sensación a los turistas veraniegos .


El primer pueblo que visitamos es Alcalá de Xivert, el pueblo al que llegaron desde Cuba mis bisabuelos: la dulce Leonor y Francisco, el médico de barco que finalmente se resignó a instalarse en tierra firme, y en el que nació mi abuela Consuelo. Un pueblo que en mi imaginación está preñado de fantasmas, gracias a toda la información que recabé en la época en que hice inmersión en la arqueología familiar. Ninguno de esos espectros parece estar disponible ahora. Tampoco me reciben al bajar hasta Alcocebre, la zona de playa donde vivían mis tatarabuelos antes de retirarse al interior tras la muerte de dos de sus hijos en barcos de cabotaje. El pueblo juega  al escondite conmigo: no consigo localizar dos de los lugares que había encontrado en un viaje anterior en el que me documentaba sobre los escenarios de mis ancestros. No encuentro esa plaza donde estaba la casa de la familia. Noto como sus calles, lideradas por su omnipresente y pretenciosa iglesia barroca, me escupen, no quieren interactuar conmigo esta vez. Interrogo a un viejito sobre los apellidos familiares. El tipo que conoce con ese apellido está en la casa de la playa y su mujer acaba de ingresar en el asilo, me dice con el tono receloso que se reserva a los forasteros. Seguimos, pues.


En el único bar visible de un pueblecito llamado Les coves de Vinromá nos bebemos una horchata como una estrategia disimulada para ir al baño. Tomamos un desvío para conocer Tírig  (donde nacieron  dos amigos comunes de la infancia) que resulta estar de fiestas, con todas las calles del centro cerradas a los coches.  Nos da pereza aparcar y bajar, así que nos quedaremos sin conocer el pueblo de Pepe y Tere.
Sant Mateu tiene una de esas plazas de pueblo donde te quedarías a vivir una buena temporada. Y un perímetro amurallado con piedras colocadas con tanta dignidad artesanal que no te importaría que tus cenizas descansaran en tan geológica compañía, en el  rocambolesco caso de que murieras durante la idílica estancia en este pueblo que se ha quedado detenido en un pasado inmune a modernidades. Lo que para un turista es un hallazgo de tiempo estancado imagino que no tiene las mismas connotaciones para el habitante de este mundo rural olvidado por Dios y por los políticos.  Comemos en uno de los bares de esa plaza arquetípica, la madre de todas las plazas de pueblo. Después nos damos un paseo por los alrededores, deseando que esa mezcla  abrumadora  de silencio y calor seco se instale en nuestros cerebros para el resto del verano. Como una medicina, como un ensalmo. Y se me ocurre que la existencia de estos pueblos tiene una textura más metafísica que geográfica. Se parece más a un estado del alma que a un territorio o a un mapa. Desde el punto de vista del turista accidental y urbanita, insisto. 





El atrevimiento con el que están pintadas las paredes de algunas casas ratifica esta hipótesis mía de viajera decimonónica de pacotilla.



Si un niño preguntara sobre la posibilidad de edificar un pueblo alrededor de una roca en lo más alto de una montaña, habría que contestarle que ya se ha hecho. Y a continuación  llevarlo a que visitara Ares del Maestre. Si el que lo preguntase fuera un adolescente también deberíamos llevarlo allí para que experimentara, en tres dimensiones, lo que son las curvas de nivel de un mapa geológico.  Si hubiera venido conmigo, el niño o el adolescente,  habría visto lo bien que viven los gatos allí, las vistas de las que disfrutan desde sus ventanas, y también hubiera podido robar conmigo unas ramitas de espliego de las matas que abundan en los parterres de la bajada de la iglesia.
Única imagen obtenida de internet


El siguiente pueblo que visitamos, cruzando una frontera absurda e invisible hacia otra comunidad y otra provincia, es  Iglesuela del Cid, ya en Teruel. Tengo que decir que, a pesar de tener bien merecido su denominación de Conjunto Histórico Artístico,  me decepciona respecto a una visita que hice décadas atrás. Creo que por dos razones: la primera porque esta vez se encuentra en plena fiesta mayor y hay un circuito interior cerrado para que en unas horas suelten las vaquillas, y el mero hecho de imaginarme el encierro me produce algo parecido a la urticaria. Y en segundo lugar por ver cómo se ha echado a perder un hotel de lujo que habían instalado en un imponente edificio y que vimos recién inaugurado la vez anterior. Lo que en su momento era anunciado en las páginas de turismo como: “El Palacio Matutano-Daudén, de una imponente belleza y grandiosidad propia de las construcciones palaciegas del siglo XVIII, sirve de base y contexto para enmarcar la Hospederia La Iglesuela Del Cid”, va seguido, en una de las páginas,  de un reguero de comentarios y valoraciones que denotan un deterioro progresivo en los servicios (calefacción, desayuno...) sospechoso de alguna modalidad de mala gestión o pésima estrategia mientras estuvo en funcionamiento. Y ahora el Palacio permanece cerrado, degradándose y languideciendo en ese entorno medieval como un inmenso dragón que se ha muerto de inanición. Con este comentario no pretendo disuadir de la visita al pueblo, solo transcribo mis impresiones en esta ocasión.

Cantavieja es otro de los ejemplos de casco urbano construido en lo alto de una montaña. Con una plaza porticada impresionante rodeada de un entramado de calles en las que parece que el tiempo se detuvo en su momento de esplendor. El conjunto de monumentos góticos y fachadas con escudos forman un escenario que, por demasiado coherente, parece el decorado montado para una película. Me encuentro a una señora con un cachorro de galgo y no puedo evitar acercarme a ella. Cuando lo comparto en el grupo familiar de WatsApp mi hija escribe: “Róbalo”.


 Y por fin llegamos al final del itinerario sobre el mapa para ese día, donde pasaremos la noche. Mirambel está en la exclusiva  lista de “Pueblos más bonitos de España”, ha sido escenario de unas cuantas películas y acumula muchos premios en su currículum. Hemos elegido un hotel con encanto, pero nunca hubiéramos podido imaginar que Las Moradas del Temple tuviera tantísimo. Adelaida y Sergio son una pareja de navarros que se lanzaron a comprar una de las casas del pueblo y a acompañarla desde la semi-ruina hasta el esplendor de un edificio de la época de los templarios trasladado a nuestra época con todos sus detalles. Han conseguido crear un ambiente muy convincente. Me puedo imaginar cómo han disfrutado decorando con tanto esmero todas las estancias: de las cortinas a la colección de espadas, de las camas con dosel a los tapices y todos esos objetos de decoración que no puedes dejar de mirar como si hubieras sido víctima de un hechizo. Hasta los libros de las estanterías hablan de damas y  unicornios, de caballeros y monjes. Queda enfáticamente recomendado, tal como le aseguré que haría a Adelaida (gran custodiadora de objetos de oro, ella me entenderá si lo lee).





El paseo  por el interior del recinto amurallado a la mañana siguiente nos confirma la idea de estar nadando en un mar de piedra. Piedras apiladas en los muros y en la calzada, que han absorbido como esponjas toda la historia de esta tierra. Una historia dura y austera como el calor seco que se desliza por las callejuelas y se esconde en las sombras frescas de sus rincones. Piedras en el paisaje extramuros, grandes molas entreverando los bosques de pinos, enormes fósiles de moluscos que se encuentran con facilidad tras el arado de los campos de cultivo. Es la geología, que nos pone en nuestro lugar sin armar ningún jaleo y nos habla del tiempo.  Tiempo del de verdad, del definitivo, encarnado en este paisaje que nos recuerda la autoridad de los minerales, únicos testigos de un pasado al que da vértigo asomarse.





Ya en el viaje de regreso hacia Tortosa (queremos llegar a comer a casa) nos saltamos la ciudad más emblemática de la zona: Morella, que ya conocemos de otros viajes. Pero no nos resistimos a  desviarnos ligeramente hacia el balneario de la Balma, cerca de Zorita. Otra construcción esculpida en lo alto de una montaña desde la que se puede ver el espectacular meandro de un río ahora seco. 



Quique y yo conocíamos este santuario porque siendo adolescentes asistimos a unas colonias en él. En aquella época era una ermita incrustada en la roca y cuatro habitaciones destartaladas con literas, de la que recordamos especialmente el olor a moho y aquella zona repleta de ex votos a la que acudíamos por las noches para divertirnos imaginando historias truculentas, a medio camino entre el esperpento y el humor más negro. También recordamos un monaguillo del tamaño de un niño, que sujetaba en sus manos de piedra una caja para recoger limosnas, y al que dábamos collejas al pasar. 


Parece que el  monaguillo sobrevivió a nuestro maltrato, pues resiste en firme pidiendo dinero tras unas rejas disuasorias. Seguramente ha tenido mucho éxito porque el balneario se ha convertido en un centro turístico con un hotel incorporado y un restaurante muy caro en el que no hemos comprobado si se paga por la comida o por las vistas de lujo.  Pero en realidad el recuerdo más indeleble que guardo yo de nuestra estancia en el balneario, y se lo comento a mi marido cuando descendemos la montaña en el coche, es la sensación que me produjo el contacto con el vello de su brazo. Una de las noches me tocó fregar platos con él en una pica de piedra con agua muy fría, y nuestros brazos se rozaron. Recuerdo poca cosa de esas colonias, pero puedo revivir esas extrañas cosquillas en el cuerpo y en el alma. Todavía no salíamos juntos, éramos muy críos. Se lo comento mientras le toco el brazo, con el mismo vello abundante pero fino, que ahora agarra el volante para encarar la próxima curva que nos llevará a comer con la familia.





domingo, 12 de mayo de 2019

El viaje


Fotomontaje de Elías Ruiz Monserrat 
Aunque me dirijo con determinación hacia mi destino, soy muy consciente de los peligros que entraña emprender cualquier viaje. Imprevistos, cantos de sirena, nostalgias, fatigas...surgen a lo largo del camino como si quisieran poner a prueba nuestra voluntad, burlar nuestro propósito.
Y otra vez lo han conseguido. Cuando llego a la despensa soy incapaz de recordar cual era  ese ingrediente imprescindible que iba a buscar. Mientras tanto, el sofrito amenaza con quemarse. Y yo no puedo dejar de preguntarme, como cada vez que me lanzo a la aventura de un viaje en solitario, qué narices estoy haciendo aquí.

miércoles, 24 de abril de 2019

Futuras novedades






Fotografías hechas por Mila Pubalova

 Para Amalia y sus papás

Aquí, en las montañas del sur de la República Checa, nos comunicamos a través del aire; los mensajes llegan hasta nuestros tejados en un revuelo de plumas y noticias que esperamos con ilusión cada mañana.
No sólo usamos a las clásicas palomas mensajeras, últimamente hemos incorporado a otras especies que han sido adiestradas para diferentes cometidos: las simpáticas abubillas transmiten los chistes y los memes, a las lechuzas se les encomiendan las malas noticias, los ruiseñores llevan las cartas de amor, y los vulgares gorriones transportan en sus diminutos picos los extractos bancarios. Cuando necesitamos refuerzos reclutamos a algún ángel. Del servicio a larga distancia se encargan las grandes migraciones anuales.
Todos contribuimos a este jolgorio de pájaros viajeros aprovisionándonos de semillas con las que les agasajamos para que repongan fuerzas y de paso fertilicen nuestros bosques. 
Gracias a este ejército de mensajeros alados podemos prescindir de ordenadores, teléfonos y el lentísimo servicio de correo postal, que todos los inviernos quedaba aislado por la nieve.
Cada primavera, los antiguos y obsoletos buzones son primorosamente acondicionados para acoger a las próximas generaciones de carteros. Este año en mi buzón crecen ocho. Los miro y me deleito imaginando futuras novedades.


Me van llegando fotos de la evolución de los nuevos"carteros"




domingo, 8 de noviembre de 2015

Los inocentes

Miquel Barceló 



Cada vez que el benefactor holandés visitaba la aldea etíope, los nativos lo envolvían en una vibrante espiral de cánticos, máscaras y gestos hospitalarios que  proporcionaban un sentido rotundo a su vida. Después regresaba al frío azulado de su país. Dirigir su empresa no era más que un insulso paréntesis entre viaje y viaje.
Un otoño, en un gesto de extrema coherencia, decidió deshacerse de todo y marcharse a vivir entre esos seres auténticos e inocentes.
Al principio lo acogieron. Después se dieron cuenta. Desde entonces mendiga por las calles polvorientas, pálido y absurdo como una sombra o un espejismo.





Con este microrrelato he ganado el concurso de Wonderland ( Ràdio4 RNE) esta semana, del 2 al 8 de noviembre  ( 100 palabras exactas es el requisito para este concurso)