En nuestra familia ha habido de todo. Suicidas, pederastas, psicópatas,
cazadores, falangistas, ludópatas y adoradores del líder. Matrimonios concertados,
herencias envenenadas, rebeldías con causa y algunas malas elecciones legendarias.
Gente de fiar y arteros embaucadores. Sentimiento de pertenencia y profundo extrañamiento.
Vehemencia y abulia. Astucia y bondad. Grandes sacrificios, desarraigos de
novela y otra vez la misma piedra. Los muertos prematuros—uno de ellos
contagiado de SIDA— asoman desdibujados como ramas livianas y desconocidas del árbol
genealógico, junto a otros personajes muy longevos calificados como decentes o como
inaguantables. O como ambas cosas a la vez.
No consigo entender por qué siempre se nos ha inculcado que somos una
familia especial, impoluta y ejemplar, cuando simplemente somos una familia
corriente, normal, incluso vulgar.
Caín y Abel viven
en una familia antigua pero muy cariñosa. Antes de dormir su mamá les habla del
jardín frondoso en el que vivían de novios. Y de aquel árbol con los frutos tan
jugosos. De que papá y mamá solían pasearse desnudos sin sentir frío ni vergüenza.
Siempre le piden la misma historia. Pero cuando le preguntan por qué ahora
lleva esa túnica tan bíblica, ella es incapaz de ser sincera. Les dice que con
la glaciación hace más frío. O que le gusta vestirse a la moda de su tiempo. No
les confiesa que les está protegiendo de la visión de su vientre completamente
liso. No querría acomplejarlos por tener ese botón plantificado en medio de sus
barriguitas. El final de aquel horrible tubo gris que su padre tuvo que cortar
y anudar. Los dos con la misma anomalía, pobrecillos. No quiere ni imaginar que
se les deshaga el nudo. Lo llama cariñosamente Ring ring y aparenta no darle
importancia, aunque en realidad sabe que es un ombligo y les prohíbe tocárselo.
Y, sobre todo, no quiere que Caín descubra que el de Abel no sobresale como el
suyo y se ponga a compararse con su hermano.
Mi propuesta para la convocatoria actual del blog Esta noche te cuento, con el tema El vestido y la moda.Al final ha quedado entre los relatos mencionados. Y ha sido repescada en la última revisión para entrar en el libro.Aquí
Llegó sofocada. Pálida pero
radiante. Me dijo que venía de casa de Laura. Que habían visto una peli
comiendo palomitas hechas en el microondas. Que tendríamos que comprar maíz
porque es muy guay ver las pelis como en el cine.
Bajé las gafas de leer por el
tobogán de mi nariz y arqueé la ceja izquierda sobre la montura de pasta. Que
qué tal me había ido el día, me soltó el perfil de su silueta mientras se
esfumaba hacia su habitación.
Cerré el libro dejando mi mano
atrapada por el cepo de papel. La boca acompañó a la ceja en su movimiento
ascendente. Bien. Luego se derrumbó
todo el conjunto. No pregunté nada. Desde la primera explicación no pedida,
supe que ese día había sido la protagonista de alguna escena crucial en su
propia película, romántica o de terror. Que iba a ser rebobinada mil veces. Y
que yo no estaba invitada al primer pase.
Que quedaba inaugurado el
tiempo del pudor, por su parte. La temporada de comer palomitas y morderme la
lengua, por la mía.
Y que mi niña estaba
perfectamente equipada para construir un afilado y reluciente cuchillo hecho de
pretextos, disimulos y mentiras, con cuyo filo cortaría de forma implacable y
definitiva el sanguinolento cordón.
Con este microrrelato he resultado ganadora del concurso de La Micobiblioteca del mes de abril ( el mes de mi cumpleaños y de la primavera!) en la categoría en castellano. Estoy feliz. Finalmente he ganado el premio anual en la categoría en castellano. Con un jurado de lujo formado por Ángel Olgoso, Julia Otxoa y Eduardo Berti. Los de Enveualta me han regalado la grabación del microrrelato, en la voz de Maribel Gutiérrez, la ganadora de la categoría en catalán. ¡Gracias! Aquí la crónica del evento de la entrega de premios
Con Maribel Gutierrez al fondo, ganadora del primer premio en catalán
Genghis
Khan estaba obsesionado con dejar una cuantiosa descendencia.Lo consiguió. Para
ello usó una estrategia tan invasiva como eficaz: matar al máximo número de
varones y fecundar al mayor número posible de hembras, se cree que alrededor de
un millar. Como consecuencia, el 0,8 % de todos los hombres actuales tienen el
mismo cromosoma Y que el insaciable conquistador. En efecto, quizás tu propio
padre sea uno de ellos.
Para
las mujeres brasileñas de la alta sociedad tener la piel clara proporciona un
plus en su caché social que todos reconocen aunque nadie lo verbalice. Casarse
con hombres blancos garantiza la dilución de su material genético africano, la
decoloración progresiva de su árbol genealógico. Pero incluso la más pálida de
este banco de diluciones social posee el ADN mitocondrial de sus tatarabuelas
traídas como esclavas desde Angola o el Congo. Un ADN negro como un tizón.
Cada
uno de nosotros poseemos el 50% del material genético de nuestros progenitores,
el 25% de nuestros cuatro abuelos, el 12,5% de cada uno de nuestros ocho
bisabuelos...
Mis
genes no sólo dicen cosas sobre mí. Hablan de mis padres, de mis tíos, de mis
hijos...y de todos los que asoman en los álbumes de fotos de mi familia. No
somos más que una combinación única de fragmentos de nuestros antepasados, un
puzle hecho con piezas minúsculas, cada vez más pequeñas, de los héroes, los
tiranos o los seres anónimos que nos precedieron.
Una
dilución tan extrema que apenas queda rastro del principio activo original.
Pura agua con una pizca de azúcar.
Para Ana , que se acuerda de su mami aunque esté en las antípodas. En ella los ancestros se han concentrado de tal manera que la han convertido en una auténtica fuerza de la naturaleza, nada de aguachirlis homeopático.
Todo el mundo entiende la
expresión “el mundo es un pañuelo”. Aunque no sea el hallazgo más feliz del
habla popular (yo siempre visualizo un pañuelo lleno de mocos verdes, un
pañuelo pequeño, sí, pero lleno de mocos) siempre la usamos en el contexto
adecuado, por ejemplo cuando nos encontramos a nuestro vecino del pueblo en las
cataratas de Iguazú.
Y luego está esa curiosa
hipótesis que pretende ilustrar y cuantificar la frase del pañuelo, que por
otro lado nadie ponía en entredicho. Un escritor húngaro apellidado Karinthy propuso
en 1930 que cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona a través
de una cadena de conocidos que no tenga más de cinco intermediarios. Los que
tenemos cuenta de Facebook le dedicamos una sonrisa condescendiente a
Frigyes Karinthy, y se la enviamos al
pasado a través de seis ilustres contactos de la cadena que él mismo descubrió. Y aprovechamos, de vuelta al presente, para
animar a los investigadores actuales a que amplíen la teoría de los seis grados
de separación. Si es posible acceder a cualquier persona común que viva
actualmente en el planeta en solo seis saltos ¿qué pasa con los que ya no
viven? ¿Y con los famosos?
Con el fin de estimular a las
jóvenes promesas interesadas en la investigación de lo inútil, yo me presto como
fuente fidedigna. Puedo ofrecer datos de mi propia historia familiar al
intrépido investigador que esté dispuesto a poner sus databases a toda máquina para construir esta versión actualizada que
abarque el pasado y el Olimpo de los famosos.
Corría el año 1957. Una rama
lateral del árbol familiar de mi padre vivía en Cuba por aquel entonces. El escenario concreto es una playa cercana a
la Habana, Cojimar, donde se rodaba la película The old man and the sea, con Spencer Tracy como protagonista. El
rodaje estaba dirigido por John Sturges, y vigilado de cerca por el mismísimo Ernest
Hemingway, que impuso que todos los participantes en la película, a excepción
de su mujer y del actor principal, fueran gentes del lugar.
Durante los tiempos muertos
del rodaje, mis parientes lejanos -en el tiempo y en el espacio- no dejaron de
ir a la playa que solían frecuentar. Tensy, casi una adolescente, era la hija mayor
de Hortensia, una prima segunda de mi padre que desgraciadamente murió de forma
prematura y fulminante poco tiempo después. Uno de esos días, Tensy salió de entre las rocas con un pulpo que
había capturado ella sola. Se la veía exultante. Delgada y fibrosa, sonreía
feliz y durante un buen rato fue objeto de la admiración de todos en la playa.
Hasta que, entre los curiosos, apareció
ella. Katharine Hepburn estaba en la isla acompañando a su gran amor. Se le
acercó. Los detalles de la transacción se pierden en alguno de esos seis eslabones
a través de los que ha llegado la información hasta mí, pero el caso es que el pulpo fue a parar a
manos de la actriz de los ojos penetrantes y la mandíbula retadora. Me la imagino llevándose al molusco en un Oldsmobile con brillos de charol. Dejando, sin saberlo, una huella satinada, como de baba de caracol, que ahora
retomo yo al intentar dar un salto desde mi presente vulgar de persona anodina
hasta semejante diosa.
No me veo capaz de contar los
grados de separación de este salto tan estimulante y mitómano, pero no deben de
ser muchos. Y no sé por qué de repente
me está apeteciendo mucho viajar a Cojimar para visitar la casita donde Ernest
Hemingway escribió la lucha entre el hombre y los monstruos de las
profundidades. Como aquel animal lleno de ventosas que definitivamente ya forma
parte de nuestro árbol genealógico.
Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento
El día
en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una
forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio
mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se
miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del
norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.
Desde
que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá
arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo
y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué
puñetera instrucción lo habían perdido.
Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.
Fotografía hecha por Elías Ruiz Monserrat en la casa familiar, el día del 91 cumpleaños de mi padre,el nieto de Leonor.
Las
versiones que había oído de mis parientes sobre las botas que siempre llevó mi
bisabuela Leonor nunca me dejaron del todo satisfecha.
Mi tío
Joaquín decía que las llevaba porque tenía una deformación- con un curioso
nombre en latín que no consigo recordar- que producía el crecimiento curvado de
sus uñas. Éstas acababan clavándose sobre su propia piel, impidiéndole caminar
bien. Requería, pues, la sujeción de una
bota especial.
Mi padre, en
cambio, siempre defendió como verdadera la explicación de que -debido a la vida
regalada que había llevado en su infancia cubana rodeada de criadas y de
caprichos- apenas había tenido necesidad de caminar y por esa razón se le
habían atrofiado los músculos de los pies. Necesitaba botas y casi siempre
estaba sentada.
Lo cierto es
que esas botas me tuvieron fascinada durante todo el tiempo en que me dediqué a
la arqueología familiar. En las fotos que se conservan de Leonor se la ve
coqueta y con un gesto de dignidad en el rostro. Siempre sentada en su
mecedora, luciendo esas botas tan especiales, que de lejos parecen zapatos con
calcetines pues tienen la caña de color blanco y el pie de color negro
simulando el contorno de un zapato.
Otra de las
mitologías familiares sostiene que
ninguno de sus hijos vio jamás sus pies, y que había dado órdenes estrictas de
que la enterrasen con las botas. En esto había una cosa extraña: el tono en el
que se supone que había exigido que no le quitaran las botas al morir, pues se
supone - ¿otro mito familiar?- que era extremadamente dulce y discreta. ¿Tan
coqueta era, pues, como para desobedecer a su plácido carácter cubano en este
tema?
Aparte de
las botas, se llevó el secreto de sus pies a la tumba.
No me atrevo
a hacer ninguna conjetura que pueda desacreditar a los ancianos de mi familia
que todavía viven, pero el otro día me enteré de que varios de mis primos
segundos -descendientes de la rama de mi bisabuela Leonor- han tenido un dedo
supernumerario en los pies. Uno de mis primos, algo más joven que yo, me lo
confirma. A él le operaron de pequeño y nunca ha tenido que llevar botas
ortopédicas. Se ha ahorrado tener una anomalía que ocultar, aunque por otro
lado se ha perdido el poder que otorga tener un secreto.
La versión
de la atrofia por languidez luce mucho más romántica que la de un dedo de más,
pero- por si acaso- cuando me nazca el primer nieto lo primero que pienso hacer
es tratar de contar hasta cinco.
El hecho de quemi abuela María fuera mi madrina tenía que
influir, por supuesto, en la decisión de cuál iba a ser mi nombre. Pero el azar
quiso que naciera el día de Santa Rosa, con lo cual mi otra abuela hizo su
aparición en escena con un especial afán reivindicativo. No porque ella se
llamara Rosa, que no, sino porque una hermana suya que murió joven se llamaba
así. Ningún miembro de la familia fue capaz de contradecir a la madre de mi
papá, que por aquel entonces tenía un enorme ascendente en todos sus hijos, en
especial en su favorito, mi padre. Con sus dotes de estricta gobernanta
convenció a todo el mundo de que mi destino sería vengar a mi tía abuela, y a
la vez darle una segunda oportunidad.
La
historia de la tía Rosa fue contada por enésima vez, y suscitó en las mujeres
de la familia de mi madre la misma mezcla de compasión y risas sofocadas que la
primera vez que la oyeron.Rosita murió de mal de amores, les había contado.
Hasta aquí comprensible, conociendo lo brutos que pueden llegar a ser los
hombres-pensaron ellas. Los detalles de la historia, en cambio, les hizo
revisar su juicio. Transformaron el fácil recurso de dar la culpa de todo lo
que ocurre al sexo contrario en una decepción achacable a toda la humanidad,
siendo las mujeres los más refinados verdugos de ese universo enfermizo.
Lo más humillante no fue que la abandonara
su novio de toda la vida, ni que a los dos días ya estuviera saliendo con otra
chica del pueblo mucho más fea que ella, y algo mayor que su prometido. Ni siquiera
el hecho de que, siendo ella peluquera, tuviera que soportar las miradas de
soslayo y las preguntas capciosas de algunas de sus clientas.
La estocada mortal fue que la novia se
atreviera a ir a peinarse a su peluquería el día de la boda.
Me llamo Rosa María.
Hasta los dieciocho años llevé unas
trenzas larguísimas con flequillo, que me cortaba yo misma. En la actualidad no me tiño el pelo aunque ya
peino canas. Jamás voy a la peluquería.
A estas alturas de mi vida me estoy
empezando a dar cuenta de que no he sabido enfrentarme a mi destino, que no he
entendido nada.
Mi bisabuela parió
catorce hijos, de los cuales solamente siete sobrevivieron a una infancia sin
antibióticos. Pero le bastó con acudir al santoral siete veces, pues el nombre
del niño que moría era adjudicado automáticamente al siguiente bebé, como queriendo
brindar otra oportunidad a ese santo en la familia. Estas segundas versiones siempre sorprendían a la comadrona por su enorme peso al nacer, cosa que no nos debería extrañar pues cargaban con la losa de las expectativas y el duelo de la madre .
Hoy hemos
enterrado a la última hermana de mi abuela que quedaba viva. Luisa, de noventa
y cinco años, se ha reencontrado por fin con Luisita, de tres añitos, y con el resto de parejas de ancianos y bebés homónimos que habitan en
el panteón familiar. Una ansiada reunión en la que se hablará de
balances, de aspiraciones frustradas, de envidias incorruptas, de segundas oportunidades
desaprovechadas y, en fin, de esta familia nuestra
en la que los más espabilados han conseguido llevar una doble vida impunemente.
Si
no se hubiera anulado el congreso al que tenía que asistir mi padre aquel mes
de Julio de hace ahora 50 años, y no hubiese aceptado la invitación de su amigo
para pasar el fin de semana en la playa y así compensar su mala suerte, jamás habría
conocido a mi madre, que a su vez había programado una escapada con su amiga a la Costa Dorada en el último
momento en lugar de quedarse muriéndose de calor en Zaragoza. Nunca habrían
coincidido en aquella bolera de Salou donde mi mamá le escribió su teléfono en
un papelito que no se perdió ni se borró al lavar la camisa.
Si
toda esta serie de carambolas encadenadas no se hubiera producido, no estaría
yo (simplemente yo no estaría) en este momento escuchando a esta deliciosa y
desinhibida pareja de ancianos narrándome
el azaroso prólogo de mi existencia. Y lo que es peor, esta noche no
podría explicarles a mis hijos el microrrelato de su prehistoria, la
descripción del mito fundacional de su familia materna : esa bolera de los años sesenta
con las bolas ya descascarilladas de tanto hacer recorridos aleatorios por la
pista.
Desde una fotografía. Con una
mirada entre desafiante y melancólica.
Una mirada que atraviesa la imagen en blanco y negro y viaja
en el tiempo para llegar nítida a la retina de quien la mira ahora, tantos años
después.
Ella acaba de dar a luz. Está inflamada. La piel impregnada
de ese olor a antisépticos, todavía sintiendo el tacto rasposo de sábanas
lavadas demasiadas veces con lejía, el aire lechoso y el sabor a silencio del
hospital.
Es el primer paseo tras el parto. Cada vez que hace un gesto sencillo
−como
estornudar o reírse− la cicatriz le recuerda que todo ha cambiado, que su
cuerpo se ha vuelto definitivamente consciente. Glándulas y vísceras le darán,
a partir de ahora, cuenta exacta de sus movimientos y flujos.
También sabe que su suegra y su cuñada, que miran con arrobo
a su hija, no entienden nada. Su cuñada también va a tener un bebé en poco tiempo, pero todavía es inocente como una virgen. Su suegra tiene a la niña en sus brazos con gesto
de ave de presa, pero no sabe nada. O mejor dicho, ya no se acuerda.
Lo que nos quiere decir la mujer es misterioso y difícil.
Tiene que ver con una mezcla de agotamiento y emoción lenta,
con una nostalgia tremenda de la juventud, y a la vez con un interés obsesivo
hacia esa criatura que le ha crecido adentro sin control, y que su cuerpo ha
volcado al exterior tras un desgarro tectónico.
Tiene que ver con una vibración dulce y viscosa que no podrá
evitar derramar en todo aquello que le produzca ternura. Con una fragilidad
nueva, como de copa de cristal, que ya no la abandonará.
Tiene que ver con algo indestructible que hoy- casi cincuenta
y nueve años después- recibo yo, su hija, al encontrar la fotografía
revolviendo en el álbum familiar.
Al principio parece que todo
esté en orden. El viejo marino fumando su pipa en la primera página, a la
izquierda. Enfrente el ingeniero canario destinado a Cuba tras la filoxera. Los
patriarcas de la dinastía: varones enjutos y recios que soportan el peso de la
familia desde la memoria y la
fotografía. Ninguna mujer en las páginas inaugurales del siglo XIX.
A continuación van desfilando,
cada uno en su página, generaciones de hombres y mujeres perfectamente
etiquetados, en varias de sus edades y actitudes. Al principio con sus miradas
antiguas y sus peinados anacrónicos, después más asequibles. Siempre
acompañados de sus contemporáneos, que tienen la decencia de ir envejeciendo
con ellos.
Pero una vez se ha recorrido
la historia de la familia con el asombro y la curiosidad que requiere la manera
tradicional, se puede volver a pasar las páginas del álbum, ahora sin fijarse
en los vestidos o las expresiones, sin preguntarse quién era ésta o aquel. Hay
que desenfocar y desapegarse. Entonces se puede percibir una ligera corriente
de aire, una vibración que recorre todas las páginas sin situarse en ninguna.
Como un rumor de pasos que se adelantan o unas alas membranosas desplegándose.
Son los dos suicidas, que no
saben en qué página situarse y revolotean traviesos.
Ambos son personajes muy
especiales, varones añadidos al árbol genealógico por matrimonio, lo que
aumenta su incomodidad por estar en este álbum (¿tendremos las mujeres de mi
familia tendencia hereditaria a elegir maridos suicidas?-me pregunto-¿o es que somos
tan insufribles que provocamos suicidios?). El caso es que a veces tienes la
sensación de haberlos visto en una foto, pero luego los vuelves a buscar y no
consigues encontrarlos. Aunque ambos son muy esquivos, nada tienen que ver el
uno con el otro. El suicida más reciente es un bailarín en la treintena, a
quien conocí en una boda familiar siendo yo adolescente, que no pudo soportar
que le hubieran cesado como primera figura en la mejor compañía alemana de
ballet clásico. El otro suicida se remonta a otra época- principios del siglo
XX-, a otra cultura- la alta sociedad cubana- y a otra vergüenza: un
diagnóstico de enfermedad venérea incurable, e inaceptable para su esposa y su
familia.
Ahí están sus viudas,
envejeciendo a medida que pasan las páginas mientras que ellos permanecen
siempre jóvenes, rasgando la membrana del tiempo, jugando al escondite entre
fotos de extraños: uno de puntillas, haciendo un demi-plié en todas las esquinas antes de escabullirse, el otro
tratando de seducir a todas sus futuras parientes jóvenes.
Me resulta muy desagradable
que estos dos intrusos se burlen de todos, incluyéndome a mí, desde su eterna
desfachatez. ¿Cómo se atreven a trastocar las coordenadas del tiempo y del
espacio de esta manera, a jugar con algo
tan sagrado como el orden cronológico? Nunca pensé que un par de ectoplasmas
pudieran irritarme tanto. Me están entrando ganas de hacer algo al respecto,
algo como encender una hoguera de hierbas aromáticas en la página central y
esperar a que salgan tosiendo medio asfixiados.