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martes, 22 de diciembre de 2015

El gigante que le fue arrebatado al mar



El esqueleto de Charles Byrne mide 2´5  metros desde el hueso del talón hasta el punto más alto del cráneo.  Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres, y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso, las costillas están pegadas con cola adhesiva  al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan , bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer, disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer  pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y fría  vitrina, esquivando su destino: el mar.
Aunque resulta muy difícil discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su pesar, era un gran tímido.
Charles fue concebido sobre un montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes  de la aldea.
El niño de los Byrne debió de alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más provecho que a sus amigos  y su cuerpo crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que era  más fuerte que los otros niños, que sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más “ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía, desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un segundo en apartar de  un enorme manotazo semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez emitida con su grave y tremenda  voz .
Cuando le ofrecieron una vida más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula  se transmitía con muecas de una aldea a otra  y sus demostraciones de fuerza eran conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le proporcionaba la  mujer barbuda de la feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de la calle lo recibía  con mayor avidez por observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas, necesitaban compararse con alguien aún más repulsivo y así resaltar el menor resquicio de belleza o de bondad que  quedara en ellos.
Al principio la ciudad se comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le visitaban.
 Uno  de ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo redactar un testamento  en el que se establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en las garras  de ningún médico. Toda una vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No supo a quién acudir para que lo confortara. No se atrevió a pedir ayuda a ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo  recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo  hasta que su mente se embotó y su cuerpo cedió al esfuerzo de seguir  viviendo. Tenía veintidós años.
El resto de la historia es fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía contactos con las funerarias y se dejó llevar por  su rapacidad.
En los cuentos de hadas  los gigantes suelen llevar una vida de miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar,  nos muestra desde su vitrina cómo es la timidez por dentro.



Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. 
Si alguien quiere comprar el libro, lo más rápido es hacerlo a través de la web de la editorial , a un click en este link    http://editorialnazari.com/es/catalogo/856 o a través de Amazon

viernes, 4 de diciembre de 2015

Vídeo de la presentación de Hormonautas en Barcelona


Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura)  y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores).  Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Presentación de "Hormonautas" en Barcelona.



Este próximo jueves, día 26 de noviembre, a las 19,30 en la sede de la SGAE se presenta el libro "Hormonautas", de una servidora. Los que lleguen a esta información a través de mi blog se pueden sentir personalmente invitados al evento. Ese día necesitaré toda la compañía y el apoyo posible, que una no está acostumbrada a ser la protagonista y , qué caray: que estas cosas no pasan muchas veces en la vida. Pues eso, estáis todos invitados a la fiesta. Presentarán: un representante de la editorial Nazarí y Iván Teruel en vivo y en directo, Rosana Alonso en "plasma", y me han dicho que hay una sorpresa final. ¡Os espero!

sábado, 14 de noviembre de 2015

De los intentos de no crecer

Fotomontaje de Elías Ruíz Monserrat


Cuando la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia: el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor, James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres queridos están simultáneamente presentes y ausentes.
En uno de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente, apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.
Su desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura. J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de niños diminutos tan perdidos como él.



Con este texto he participado en la convocatoria de Esta noche te cuento con el tema "A mi manera". Finalmente ha sido seleccionado este micro entre los relatos ganadores de esta temporada y paso a formar parte in extremis del libro de Esta noche te cuento. Me hace muchísima ilusión. 


domingo, 8 de noviembre de 2015

Los inocentes

Miquel Barceló 



Cada vez que el benefactor holandés visitaba la aldea etíope, los nativos lo envolvían en una vibrante espiral de cánticos, máscaras y gestos hospitalarios que  proporcionaban un sentido rotundo a su vida. Después regresaba al frío azulado de su país. Dirigir su empresa no era más que un insulso paréntesis entre viaje y viaje.
Un otoño, en un gesto de extrema coherencia, decidió deshacerse de todo y marcharse a vivir entre esos seres auténticos e inocentes.
Al principio lo acogieron. Después se dieron cuenta. Desde entonces mendiga por las calles polvorientas, pálido y absurdo como una sombra o un espejismo.





Con este microrrelato he ganado el concurso de Wonderland ( Ràdio4 RNE) esta semana, del 2 al 8 de noviembre  ( 100 palabras exactas es el requisito para este concurso) 


jueves, 29 de octubre de 2015

Booktrailer de mi libro de relatos "Hormonautas"


Subo este vídeo que grabó mi sobrino Elías Ruíz Monserrat (ver sus fantásticas fotos aquí ) para promocionar mi primer libro ( individual) de relatos,  "Hormonautas", que está a punto de publicar la Editorial Nazarí. En un par de semanas estará en venta y el día 26 de noviembre haremos la presentación en Barcelona, en la sede de la SGAE.
Estoy muy contenta y muy agradecida a todos los que han colaborado para que semejante fantasía se haya materializado. En el booktrailer mi procesador de texto ( pirata) y yo  intentamos explicar visualmente qué narices significa el término Hormonautas, de qué va el libro, como si fuera tan fácil...

Estáis  tod@s invitad@s a entrar de alguna manera en mi cabecita, leyendo estos textos.Solo si os apetece, nada de forzar a nadie a tirarse de cabeza en un café, por supuesto.                                    



La cubierta del libro. Fotomontaje de Pilar Mandl 


miércoles, 14 de octubre de 2015

Temporada otoño-invierno


Foto de Juan Morán

El chico alto de la perilla le ajusta el cuello de la gabardina y a continuación le dedica media sonrisa inclinada. Nadie más sabe vestirla y desnudarla con esa exquisita mezcla de pasión y delicadeza.
Un ejército de mujeres inexpresivas como maniquíes merodean a su alrededor, mientras deslizan las perchas de las nuevas camisas con la aparente ligereza con la que se toca un arpa.  
Él le ciñe el cinturón, estira una manga. Luego se retira levemente para contemplar el efecto. Ella permanece inmóvil, como corresponde a las de su especie, pero en cuanto la toma en sus brazos para colocarla en el sitio, el carmín agrietado de su boca emite una luminosa sonrisa que sólo él puede ver.
Rodeada de frutos secos y de hojas rojizas, le observará de reojo desde el  escaparate deseando que llegue la temporada primavera-verano.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pulseras con pinchos

    


     Empezar a trabajar —recién licenciada— dando clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima, o bien la formación de una capa de piel tan gruesa  que nada de lo que ocurra después llegue a ser realmente preocupante.
Cuando firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito  o tecleando una máquina de escribir.
Tengo recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con  35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas heavy metal. Probablemente no todos las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila. Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que llegaba a dar las matemáticas especiales con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si conseguía hacerme escuchar.
Me ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no iba yo a ser menos.
Yo estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual cada mañana  dedicaba cinco horas a prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para su profesora era una señal de amor verdadero.
El curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi asignatura.
Sin hacer nada especial, en la presentación del primer día todos los alumnos se dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía  autoridad. Me escucharon con los ojos bien abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando  pulseras con pinchos en sus muñecas.



Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte. 
                                         



lunes, 31 de agosto de 2015

Sin manos

Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento 


El día en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.

Desde que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué puñetera instrucción lo habían perdido. 


Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.

jueves, 20 de agosto de 2015

Rapa nui ( y IV )

Asomarse a la caldera de un volcán es siempre impactante. Una herida que un día se abrió en la piel del planeta, un enorme absceso de pus que supuró gases hediondos y un plasma ardiente e infecto que ahora se muestra coagulado en una costra de obsidiana, basalto o andesita. Cuando el excursionista se asoma a esa rendija, a través de la cual se adivinan las entrañas de la tierra, tiene que estar preparado para sentir un inesperado mareo al observar el desnivel, un asombro de dimensiones geológicas al pensar en el rugido de energía que lo produjo, o una reverencia ensimismada ante un abismo de tiempo que no cabe en la cabeza. Hasta aquí todo normal, los saludables vértigos que proporciona la naturaleza si le das pie a que te deslumbre y te reduzca a tu justa dimensión. Pero si resulta que el fondo de la caldera aloja algo parecido a un jardín de nenúfares, todo el mundo comprenderá que la viajera que esto escribe tuviera un ligero vahído y a continuación se pusiera a tomar fotografías como una posesa. 





Rano Kau es una inmensa caldera que contiene un mundo en su interior. Las isletas de plantas hacen las veces de continentes rodeados de un océano que refleja las nubes de arriba y a la vez se mimetiza con el auténtico océano de afuera en un juego de espejos fascinante. Como un enorme cuenco, una vasija oxidadaque guarda y protege a las delicadas plantas que contiene: especies endémicas que no podrían sobrevivir sin las condiciones que este invernadero les proporciona. Los colores de la tierra mezclados con los colores de la vida (una mata de buganvilla tapiza una zona de las paredes interiores, y todala gama de verdes imaginables pespuntea un paisaje ocre y violeta) en una simbiosis perfecta. Me hace reflexionar sobre la presunta modestia de los humedales, la poca importancia que se les concede a nivel mundial y su crucial papel para preservar la biodiversidad. Ojalá sigan cuidando de este bellísimo jardín botánico silvestre y profundo.
Antes de subir al volcán nos hemos parado en un cementerio tan luminoso que daban ganas de morirse, y en una cueva marina en cuyas paredes los antiguos pobladores pintaban peces en lugar de gacelas. No sé si se puede aplicar en este contexto, pero el color esmeralda de las olas y los colores pastel de las pinturas rupestres empiezan a producir en mi algo parecido al síndrome de Stendhal. Tanta belleza no puede ser buena para el correcto funcionamiento de la razón.





En el extremo de la costa que contiene el  volcán se encuentra la aldea ceremonial de Orongo, un conjunto muy bien conservado de 53 casas de piedra donde a partir del siglo XVI, cuando la construcción de moais había agotado ya los recursos y solamente anidaban aves marinas en los tres islotes bajo el acantilado, cada primavera se celebraban cultos a la fertilidad y el ritual del hombre pájaro. Mientras en Italia Leonardo da Vinci intenta construir un armazón con forma de alas para que el hombre pueda por fin volar, en Rapa Nui el primer hombre pájaro regresa nadando desde el tercer islote con un huevo de alcatraz ligado a su cabeza.  A partir de ese momento todos en la isla se someterán a su clan, y él intentará gobernar un territorio agotado  y  esquivo.



Curiosamente, los pájaros me persiguen en mi paseo por Orongo. La  versión rapanui de un gorrión insiste en que le fotografíe, y a continuación una rapaz ensaya una coreografía aérea con su pareja en un espectáculo en exclusiva. Como si quisieran recordarme que las aves han vuelto a conquistar la isla y te las puedes encontrar por dondequiera que vayas. Lo mismo que otros animales: caballos, gallinas, cerdos… y sobre todo perros, los verdaderos habitantes de Pascua.
Mi limitado y occidental concepto de lo que es un animal de compañía sufre un vuelco tremendo tras observar a los perros chilenos. En Santiago de Chile los perros ocupan toda la ciudad. Manadas que viven en parques, parterres y calles. Perros grandes y pequeños,  mestizos y de raza, que buscan en las basuras, que se huelen y luego se separan, o que descansan enrollados como ovillos lanudos en cualquier rincón. Perros que cruzan enormes avenidas y sorprendentemente casi nunca son atropellados (aunque nada más llegar a la ciudad vi los cadáveres de dos que no habían alcanzado el otro lado de la calle). Una garra de congoja me agarró por el cuello desde que vi el primero de ellos, aunque por lo general los perros no se veían famélicos e incluso algunos llevaban abrigos que supuestamente les había puesto alguna organización de voluntarios concienciados por el tema. Pregunté varias veces sobre este asunto y las respuestas fueron variopintas y no demasiado tranquilizadoras: que la gente los compra de pequeños y luego los suelta porque no los puede atender, que se están empezando a hacer campañas de esterilización, que a san Pedro de Atacama le llaman San perro de Atacama…y un señor me dijo, mirándome con sorna, que como ese país siempre ha estado en crisis en algunos momentos tener a disposición palomas y perros en las calles ha salvado la vida a más de uno. Cuando llegué a Pascua nos recibió en el aeropuerto un cruce de pastor alemán que luego vi varias veces más por la isla. Los perros en Pascua no dan ninguna lástima. Viven en una especie de manada que cubre toda la isla (los encontramos en todas partes: el día de lluvia había uno en la cantera de los pukaos, empapado pero haciendo guardia en la entrada, en la playa vimos unos cuantos y en la caldera de RanoKaomerodeaban a los turistas), corren , se saludan , se reconocen, se esperan para olerse mutuamente y son amigables aunque reservados con los humanos. Anita nos contó que todos son de todos, aunque cada uno se encarga de alimentar de manera más exclusiva a unos cuantos. Ella tenía uno que acudía a comer a su casa y luego desaparecía. A veces se quedaba unos días, otras veces pasaban un tiempo sin acudir.  Me dio la sensación de que esa era la relación correcta e ideal de los perros con los humanos, una relación parecida a la que existiera en los orígenes de la domesticación: carroñeros que comen nuestras sobras y nos hacen compañía mientras viven en un grupo mixto de humanos y canes. No me puedo imaginar nada más ridículo en esta parte del mundo que llevar a los perros a pasear atados con una correa. Los caballos, las gallinas y los cerdos tienen la misma libertad de movimiento y deambulan alrededor de las casas que nunca están valladas y de los espacios abiertos que las circundan. Tuve la suerte de contemplar un encuentro de perros y caballos con fondo de moais.



Lo que no pude ver fue el interior de alguna de esas casas livianas y coloridas típicas de Hanga Roa, pero me reservo el derecho a conjeturar con mi imaginación cómo debe de ser vivir allí dentro. La sensación que me queda es que nada en esta isla es lujoso pero que debe ser un auténtico lujo vivir una experiencia tan cercana a la naturaleza y a una vida humilde pero completa: aquí desde bien temprano los jóvenes saben construir casas, montar a caballo, nadar, pescar y cocinar el pescado blanco (como el que comimos el último día en un destartalado bar del puerto) con salsa de mango y patatas dulces. Ahora no quiero ensuciar esta impresión pensando en los inconvenientes del aislamiento que les hace depender de la llegada de muchos productos en avión. Me quedo con la imagen del nativo que vendía productos artesanales frente a un altar de moais, que tenía el pelo recogido en unas rastas que semejaban las raíces de un árbol y que nos contó que el moai más valioso, el que tenía toda la espalda grabada con delicados dibujos, no estaba en la isla sino en el Museo Británico. Me quedo con su sonrisa y con las cuatro palabras que nos enseñó en su idioma, que por desgracia inmediatamente olvidamos.










lunes, 17 de agosto de 2015

Rapa nui ( III)

Con la imagen de los imponentes moais aún en la retina, nos dirigimos a la costa norte. Necesitamos diluir la contundente solidez geológica de las estatuas en la visión de una inacabable extensión de agua. En el camino paramos a visitar el mayor grupo monumental de toda la isla (Tongariki), situado de espaldas a un gigantesco acantilado. Moais que consiguieron emerger totalmente del basalto y llegar hasta este altar, cabezas de diferentes tamaños que continúan en un cuerpo proporcional y que, como si se tratara de un ejército de peones de una partida de ajedrez mítica, miran al frente dispuestos a avanzar implacables sobre nuestra fragilidad y nuestro vacío. Necesitaremos mucho océano para desteñir esta imagen tan sobrecogedora.



          Llegamos a la playa de Anakema (la única playa practicable como tal en la isla, el resto de la costa es abrupta y poco acogedora) mientras intentamos localizar la playa anterior, la de Ovahe, que según la guía tiene la arena de un especial color rosado procedente de la meteorización de la escoria volcánica.
Aparte de una playa paradisiaca, en Anakema nos aguardan otras sorpresas:  una plantación de palmeras procedentes de Tahití, otro altar de moais, tres lugareñas que salen de darse un baño a pesar de la lluvia, y un grupo de fantasmas que resultan ser turistas con chubasqueros blancos. Dos pequeños volúmenes de arena van a parar a unos frasquitos que, a partir de septiembre, formarán parte del material de geología de mi instituto juntamente con unos magníficos fragmentos de obsidiana que encontraré al día siguiente durante una excursión por la otra esquina de la isla.




 En esta misma playa desembarcaron los antecesores de toda la población rapanui. Esto le da un carácter mágico e inaugural al horizonte. Pero probablemente también permitió la entrada a las fragatas holandesa que, el día 5 de abril de 1722 “descubrieron” esta isla, la bautizaron con el nombre de isla de Pascua y rompieron el aislamiento milenario de sus habitantes, abriendo una brecha para que hicieran sus incursiones posteriormente James Cook, el conde de La Pérouse, piratas, corsarios ( que no son sino piratas respaldados por un gobierno) y la compañía de ferrocarriles de Perú que se llevó a gran parte de la población para usarlos como esclavos. Para cuando en 1888 Chile se anexionó la isla, el sistema social estaba destruido, no había nadie capaz de leer las tablillas parlantes Rongo Rongo, y los pocos nativos que quedaban malvivían cercados por alambradas en la actual Hanga Roa, en terribles condiciones de aislamiento y maltrato. No me extraña que los descendientes de aquellos pocos supervivientes posean esa dignidad y esa mirada fiera e indomable que también he observado en los africanos,  y no  quieran dejar en manos de gobierno chileno la gestión de su patrimonio. 
Una playa tropical no siempre es un lugar idílico para bañarse y evadirse de la estresante vida occidental. Esta playa es mucho más. Un baño en estas aguas es una inmersión en lo más oscuro de la historia de la humanidad. Me quedé con las ganas de parecerme a esas tres mujeres que acababan de bañarse en Anakema y no mostraban ningún miedo a entrar en contacto con toda esa energía. Pero no me atreví a desnudarme y a entrar en el agua. Continué con el anorak puesto y tomando fotos con mi cámara, como una cobarde que cree saberlo casi todo.( Continuará) 


lunes, 10 de agosto de 2015

Rapa nui ( II)

Rano Raraku , la cantera de los moais 
Empecemos por la teoría, ya tendrá tiempo la experiencia de darle un buen revolcón hasta el punto de que nada de lo leído parezca tener la más mínima relación con lo vivido a posteriori. Según Jared Diamond, la isla de Pascua es uno de los mejores escenarios para ejemplificar un desastre ecológico a gran escala, un colapso de la naturaleza producido casi exclusivamente por el hombre. De hecho, se puede explicar como una metáfora de lo que le puede acabar pasando (de lo que ya le está pasando) a nuestro planeta si seguimos ejerciendo una presión depredadora sobre los recursos naturales. Un frondosa isla tropical (es cierto que, de entrada, más frágil que otras de la Polinesia) esquilmada por la tala de árboles, que a su vez produjo la extinción de los pájaros que anidaban en ellos y la imposibilidad de pescar por la falta de madera para construir canoas. La erosión del suelo, que ya no era retenido por las raíces de los árboles, mermó las posibilidades de seguir cultivando y la isla se convirtió en un desierto. Y todo por culpa de la construcción de Moais, que requerían de troncos de fornidos árboles para ser trasladados y de cuerdas obtenidas de las palmeras para tirar de ellos.
Con esta premisa en mente, nos dirigimos a la cantera Rano Raraku, en la que se esculpían los moais directamente sobre el basalto para, a continuación, ser trasladados a los diferentes lugares de la isla. Antes hemos pasado por otra cantera (Puna Pao) donde daban forma a los pukaos o sombreros que lucen algunas estatuas, modelados sobre escoria roja. Sigue siendo válida la metáfora global: diferentes recursos obtenidos de diferentes lugares, viajando a lo largo del territorio con enorme gasto de energía. 
Cantera de Puna Pao, con los pukaos al fondo.

La impresión que me produce la visita a Rano Raraku es imborrable. Ya de lejos, el despliegue de colores que muestra el volcán produce un efecto hipnótico. A esta viajera le entran ganas de invitar a todos los diseñadores de tejidos del planeta para que imiten de una puñetera vez a la naturaleza en sus estampados y se dejen de combinaciones y motivos cutres. Las tonalidades de verdes, ocres, violetas, magentas y otros colores aun por catalogar que despliega el paisaje brillan esmaltadas bajo el efecto de la lluvia. Si añadimos el hecho de que ese día nadie más se ha atrevido a recorrer estos caminos enfangados, todo el mundo me comprenderá si digo algo tan manido como que por un momento me sentí una ( o media) con el universo. Pero lo mejor estaba por llegar. Por muchas imágenes que se hayan visto, nadie está preparado para encontrase -surgiendo de la roca en diferentes fases embrionarias- con unas caras gigantescas que te miran como si lo supieran todo. Cuerpos que son caras, caras que son almas, o mejor dicho ancestros. Pero nada de bisabuelos reumáticos y quejicas. Ancestros de los auténticos. Una estirpe de antepasados polinesios capaces de subirse a una canoa y recorrer cinco mil kilómetros tratando de averiguar si hay tierra firme a base de interrogar a las nubes, a las algas y al vuelo de las aves. 



Los moais son individuos diferentes, cada uno con su personalidad y sus rasgos peculiares. Todos tienen grandes narices y sobre todo enormes orejas, pero cada uno te mira desde el espíritu del antepasado que representa. Y no te dejan indiferente esas miradas. A las inútiles preguntas sobre cómo consiguieron esculpirlos, levantarlos y transportarlos sin más máquinas que la musculatura de los habitantes de la isla, no vale la pena buscar respuesta. Es mejor observar este taller de escultura al aire libre con una mirada asombrada y contemplativa. Hay que mirarlos de uno en uno con reverencia, y también mirar el conjunto desde arriba. Produce la extraña sensación de que el lugar fue abandonado de repente, las herramientas por el suelo, los moais a medio hacer, algunos yaciendo aun en las entrañas de la roca, mitad estatua mitad volcán, otros volcados o inclinados por falta de tiempo para acabar de enderezarlos. Como un ejército en estampida. Todo sugiere que alguna historia terrible se esconde tras la disposición de los elementos de la cantera. Y solo cabe el silencio o el aleteo aterido de la imaginación.




              Pero me atrevo a afirmar que nada tiene que ver con el misterio, ni con el esoterismo. O no más que la contemplación de una catedral o de unos restos romanos. En absoluto. Es otra cosa. Una manera tan humana como exótica de realizar tareas tan comunes como producir arte, expresarse, rendir culto a los antepasados, competir entre clanes y relacionarse con el medio. Nada nuevo. Sólo que ellos no tuvieron ninguna posibilidad de contraste o de intercambio. Vivieron aislados del contacto con otros pueblos desde que llegaron las canoas procedentes de alguna otra isla de la Polinesia hasta que en 1722 llegó el primer navío europeo. Mil años en un aislamiento irrespirable. Mil años de introversión da para mucho: para desmontar un volcán y convertirlo en ancestros orejudos, para brillar como un imperio y a continuación caer en una angustiosa decadencia por haber depredado el propio entorno. A su llegada, los barcos europeos (holandeses, españoles, ingleses…, en un macabro desfile de invasiones) se encontraron con una población hambrienta y desesperada. Inmediatamente se aplicaron a contribuir a esa decadencia con inventos tan “civilizados” como las enfermedades víricas, el esclavismo y la colonización.
                     Aunque en la actualidad se pueden ver algunas plantaciones de palmeras procedentes de Tahití, manchas de eucaliptos o de otras plantaciones experimentales, y plataneras u otros árboles tropicales en Hanga Roa, la aldea que ejerce de capital (y que es la única zona habitada), la isla continua siendo un erial. No me extraña que se vengue de los humanos con sus temporales  implacables como el que estamos sufriendo, o mejor dicho disfrutando, en esta visita contra viento y marea por un paisaje invernal fresco y estimulante. Próxima parada: la playa. ( to be continued…) 





domingo, 9 de agosto de 2015

Rapa nui (I)

Lejos (París). Más lejos (Santiago de Chile). Lo más lejos (Isla de Pascua). Tres gigantescas zancadas geográficas y aterrizamos en Rapa Nui, el lugar más remoto de la tierra.
En el aeropuerto nos espera Anita, una de las trabajadoras del lugar donde nos vamos a alojar. Nos recibe con unos collares de flores naturales y con una pick up que nos llevará al establecimiento –que en nada se parece a un hotel tradicional- y, tras una bienvenida en forma de  licuado de manzana y maracuyá, a nuestra cabaña. El letrero de madera que cuelga de la puerta con un peculiar nombre grabado (Rito Mata) nos introduce en esa lengua extraña y contundente que sobrevive en todos los carteles de la isla. En ese momento aún no lo sabemos, pero esta “habitación-cabaña” orientada a la costa volcánica se convertirá en una barca a la deriva -a merced del temporal de lluvia y viento- esa misma noche. Así aprenderemos la primera de las lecciones: en esta isla la naturaleza no se muestra en absoluto complaciente con los turistas remilgados, y jamás se expresa con medias tintas. Empezamos a notarlo cuando leemos que el camino que lleva a nuestro alojamiento es una vía de evacuación de tsunamis, y más tarde cuando la tormenta hace saltar la electricidad a las nueve de la noche. Nos aguardan once horas de jet lag a oscuras y con orquesta de viento huracanado de fondo. Nunca me he sentido más solidaria con los náufragos y con los piratas. En mi duermevela he de recordarme varias veces a mí misma que estoy en tierra firme. En los peores momentos imagino que es la propia isla la que flota sin rumbo en medio de un océano inabarcable. Ya tendremos tiempo de constatar, en los días sucesivos, que una de las características más fascinantes de esta diminuta isla situada en el ombligo del Pacífico es que se comporta con una omnipresente “rotundidad” y que no muestra ninguna contemplación con ese insignificante parásito llamado “hombre”.



          Cuando digo diminuta estoy hablando de un triángulo de 15 km de lado. Cuando digo remota me refiero a que estuvimos volando durante 5 horas sin que bajo el avión hubiera nada más que agua. Cuando hablo de rotundidad nombro una sensación que ya había experimentado antes en otras islas: un contacto constante con la geología más arisca, con el yodo de la atmósfera y con el hipnótico no-acabar-de-llegar-nunca del agua que acecha por todas partes. Un someterse y resignarse a los caprichos de la meteorología y a los ritmos naturales que señorean la vida en la isla. Sentí lo mismo cuando viví en Tenerife o cuando visité Lanzarote. Pero aquí parece como si la Naturaleza permaneciera en otro tiempo más antiguo, de la misma manera que la Historia de esta isla se entretuvo en el Neolítico en la misma época en que en  Italia florecía el Renacimiento.
Para no ser menos, yo también llevo cierto desfase. En mis lecturas. Mientras estuve en Santiago de Chile leía sobre la Isla de Pascua; cuando llego a la cabaña me derrumbo en la cama y me pongo a leer sobre la vida de Borges con el fin de  ambientarme para nuestra próxima etapa bonaerense. Un pasito por delante del momento. Como si hubiera sido bendecida con una porción del don de la ubicuidad y pudiera vivir dos viajes simultáneamente, aunque en diferentes fases: uno en fase de lectura, otro en el momento de la vivencia. Y ahora mismo, mientras escribo, cierro el ciclo mágico: leer-vivir-escribir, que triplica el viaje en el tiempo y lo hace más profundo.
Cuando sitúo el Neolítico en el siglo XV estoy hablando de la construcción de los Moais, por supuesto. Y de todas las incógnitas que estas estatuas sugieren a la imaginación y a la ciencia.
A la mañana siguiente del “naufragio en tierra firme” sigue lloviendo. El pronóstico: temporal para todo el día. Al principio, mientras tomamos un desayuno con mermeladas y jugos naturales de sabores impensables (mango, papaya o guayaba), dudamos un poco. Después miramos el paisaje agreste que nos rodea, respiramos esa atmósfera licuada, nos miramos  y-sin apenas decir nada- decidimos alquilar un coche. Si amenaza con jarrear, nosotros amenazaremos con salir. Nos proponemos nada menos que recorrer el perímetro permitido de la isla, con visita a todos los moais y playas posibles. Sabemos, por las lecturas previas, que las estatuas están repartidas a lo largo de toda la costa, y que tienen sus narizotas y las cuencas de sus ojos mirando hacia el interior de la isla en una actitud de protección en la que confiamos ciegamente. ( Continuará...) 

miércoles, 5 de agosto de 2015

Miss U


Mi sobrino Elías tiene 18 años. Y un talento enorme para contar historias...a través de imágenes. No me puedo resistir a compartir este vídeo con el que obtuvo el premio de final de curso en su instituto de Inglaterra. Vale la pena verlo y disfrutarlo.

domingo, 19 de julio de 2015

Historia del Arte

Polisello, 1997
Las casullas, bordadas con oro y sedas policromas, lucían ligeramente herrumbrosas. Los rostros de los ángeles estaban carcomidos por una viruela irreverente. La lápida de alabastro con inscripciones en hebreo, latín y griego, en cambio, resistía el paso de los siglos con dignidad.
Dejo constancia de cómo encontré todo al llegar, para que la historia no atribuya solamente al paso del tiempo el deterioro que han sufrido las piezas del museo catedralicio desde que mi enemigo logró acceder al antiguo dormitorio de los canónigos, donde se guardan los más preciados tesoros.
Digerir el arte e interiorizar sus motivos a veces cuesta una vida.
Con él desaparecerán secretos de obispo, tapices góticos y la geografía de las diócesis más antiguas. Su principal objetivo han sido los códices y los manuscritos medievales. El bocado más  sabroso: un pergamino que olvidé una noche en el taller de restauración. Con el retablo de la transfiguración ha conseguido mantener sus incisivos bien afilados. La lápida trilingüe siempre se le resistió.
Por fin ha sucumbido. Tan saciado estaba que he tenido que recurrir al Emmental. Atrapado entre los hierros, me mira con ojos desorbitados.
Y no sé qué hacer con ese compendio vivo de Historia del Arte.



Este relato ha recibido una mención en la propuesta dedicada a los "monstruos" de Esta noche te cuento aquí.


viernes, 3 de julio de 2015

La que disimula


Fanny Nushka Moreaux 

Por fin me decidí a pedir hora con el psiquiatra. He de reconocer que no salió del todo bien. Me ocurrió como a Marge Simpson en aquel episodio en el que gana un premio consistente en que una empresa le haga una limpieza a fondo de su casa.
Entré decidida a explicarle mi mejor metáfora. Que mi alma es una lámina de cristal. Dura y brillante, pero frágil y quebradiza. Que se raya o se rompe al menor contacto. Y que cuando  -después de cada golpe- intento reconstruirla, cada vez faltan más piezas. La lámina original, esmaltada y tersa, se está transformando en un mosaico de fragmentos irregulares unidos entre sí por un cemento sucio y gris. 
Pero comencé contándole lo afortunada que me siento, la enorme capacidad que tengo para disfrutar con cualquier cosa, la desmedida pasión que pongo en todo lo que hago y lo estimulante que me parece la vida: un sorprendente e inesperado regalo diario. 
          Justo cuando iba a empezar con el motivo de mi visita, me dijo que daba gusto escucharme. Que para él, acostumbrado a gestionar tantas miserias, era una gozada atender a una persona tan vital.
Yo quería haberle contado que últimamente -a veces y sin previo aviso- me asalta un sobrecogedor deseo de desaparecer. Que entonces me voy a al garaje, me encierro en el coche, lloro, susurro que me quiero morir…, y cuando noto que he asustado un poco al monstruo que me habita, regreso con mi marido y mis tres hijos, que no parecen percatarse del rímel corrido y las ojeras.
        Marge se deslomó haciendo zafarrancho los días previos a que viniera la empresa de limpieza, no se fueran a creer esos señores que era una guarra. Yo no he acudido a mi segunda cita, a ver si ese médico tan agradable va a pensar que estoy loca y me va a hinchar a pastillas. 


jueves, 25 de junio de 2015

Microfilias

En el número de verano (aquí )/ invierno ( allá ) de la revista literaria argentina Microfilias han publicado cinco de mis microrrelatos. Vuelo cual águila de un continente al otro.  ¡Muchísimas gracias a su editora, Patricia Nasello!



lunes, 15 de junio de 2015

Pérez


            
Foto tomada en 1997 en la playa de San Juan ( Alicante). Ana y Sara.  



         Se requiere un tenaz empeño para conseguir la pieza. Usar todas las herramientas al alcance: dedos, palillo, hilos…y esa apisonadora de color rosado llamada lengua, que indaga, percibe la debilidad, acaricia, presiona, se retira y luego regresa suave pero obsesiva. Tres días. Cada vez está más suelto. Un dedo lo empuja. Sentir la deliciosa intimidad de acompañarlo en su lento balanceo hasta que cede y solo un hilillo lo mantiene unido a la encía. Ese instante único en que el diente pende sobre el abismo, y después el gozo de depositarlo en la palma de la mano.
          Qué diferente es lo que siente cuatro décadas después, en la consulta del dentista. Esta vez la demolición dura unos minutos. Sucede que la raíz del iceberg se rompió y hay que arrancar la muela a trozos. Taladros, chorros de agua y diminutos martillos se introducen en la boca como una diligente brigada de mineros. Los fragmentos de roca viajan por el desagüe en cada enjuague. Sabe que cuando vea el hueco se sentirá incompleta, culpable, mortal.
        Al llegar a casa abre el álbum. Desde la foto, la niña le dedica una sonrisa desdentada y le ofrece, orgullosa, una moneda. El valor exacto de la parte más dura de su cuerpo.


lunes, 1 de junio de 2015

El lado humano del escritor

Fotografía tomada en un museo de Nottingham 

Ha llegado con tiempo suficiente. Se sienta en la primera fila. Deja el bolso en su regazo, se pone las lentes bifocales y hojea el folleto con el resumen del libro que hoy se va a presentar en la sala Cervantes del Ateneo Cultural.
Ha conseguido un abono para todas las conferencias de la temporada. Las tardes de los martes y los jueves solucionadas por tres meses. Por suerte lo puede compaginar con los conciertos y con la merienda de los viernes con las otras viudas. El escritor de hoy le atrae especialmente. Maduro pero iconoclasta. Un peso pesado del mundillo cultural. Ha leído alguno de sus libros. Buenas críticas, conocido y respetado por el público, pero con un toque de escritor de culto, para minorías preparadas como ella.
La sala va llenándose de gente. Aparece el escritor. Impresiona, con esa camisa azul grisácea y ese aroma a after-shave de marca. Parece que emana autoridad pero a la vez se desenvuelve con la mayor naturalidad. Llegan amigos. Le saludan. Su editora. Bromas inteligentes. El escritor atiende a todos mientras de reojo observa satisfecho cómo se va llenando la sala de gente interesante y discreta. Le presentan a amigos de amigos. Señoras maduras le dicen con voz minúscula lo mucho que lo admiran. Conversaciones informales pero controladas con mano de hierro por el escritor, que consigue acabar su pavoneo en el preciso instante en el que aparece el librero dispuesto a presentarlo tras los cinco minutos de cortesía pero respetando a los que han llegado a tiempo.
A Elvira le encanta presenciar la trastienda de las conferencias. El antes y el después. Suele llegar con mucho tiempo y se sienta con aire ausente en las primeras filas. Saca un libro o su agenda, y simula leer muy interesada, mientras afina sus antenas y se concentra en disfrutar de todos los detalles del comportamiento del escritor y su séquito. Le apasiona observar “el lado humano“ del artista.
Pero lo que más le interesa es “el después”. La metamorfosis de escritor a persona una vez se ha relajado, se queda con los íntimos y se quita la máscara. A veces nota que a medida que se aproxima ese momento final va segregando saliva en cantidades crecientes. No puede evitar pensar en el perro de Pavlov. Para esos casos lleva unos caramelitos de eucaliptos muy socorridos.
La conferencia transcurre según el guión previsto: lectura de un fragmento de su nuevo libro, y preguntas del público. A Elvira no le gusta demasiado lo que el autor lee, sin entonación alguna. El escritor confiesa con falsa modestia que a “él” no le gusta leer su propia obra en voz alta porque se da cuenta de algunos fallos que ya no está a tiempo de corregir. Después pide intervenciones porque quiere conocer la opinión de sus lectores.
Contestaciones ocurrentes. Otras poéticas. Todo muy literario, con ese aire de elegante facilidad que tienen los que notan que ya han pasado por el trámite y han salido airosos.
Elvira nota como el ego del escritor se inflama y flota, como su perfume, ocupando toda la sala. Mira a su alrededor. Parece que nadie más se percata de ese volumen aplastante. Espera con impaciencia el final y se demora, como siempre, para escuchar las conversaciones off the record.
La estrategia de hoy está minuciosamente planificada: hará como que hurga en el bolso buscando la funda de sus gafas, después carraspeará, sacará un caramelo de eucalipto, le quitará el papel, buscará una papelera, volverá a por el bolso…cree que con eso bastará para detectar el lado humano. Pero no hace falta. Al abrir el bolso oye cómo el escritor se acerca a la editora y le pregunta sin ningún complejo: ¿Qué tal? ¿Cómo lo he hecho?
A Elvira se le cierran las compuertas de la saliva. De un compuertazo. Se queda seca.
No sabe por qué misteriosa asociación de su mente acaba de acordarse del desenlace de su lejana noche de bodas, en la que su Manolo, que Dios tenga en la gloria, inauguró la secuencia que explotaría durante toda su vida sexual en común: primero la lección magistral y a continuación la pregunta.
            Ella, como la editora, también respondía invariablemente de forma positiva, le hubiera gustado o no.

Se levanta de la silla y se va sintiendo a la vez asco y ternura por esa pareja tan vulgar.