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viernes, 31 de julio de 2026

Piso tomado

       

                                         Fotografía del interior de la casa de muñecas de mis hijos


    Cincuenta años después, regreso al piso de mi infancia. Ahora es un gabinete de psicólogos y pedagogos. Viajo a mi ciudad natal para participar en un proceso de mediación. Un intento de crear un puente o sellar definitivamente ese precipicio que parece insalvable en la relación con una de mis hermanas, con la que comparto cuatro años de silencios y rencores. Vuelvo para intentar escudriñar una herida familiar, y resulta que casualmente acabo en el lugar donde viví hasta los trece años. Me asombra pensar dónde va a realizarse este proceso tan íntimo y tan extraño. En la calle Argentina número doce, cuarto tercera.

Me veo atravesando de nuevo aquel portal verde y oscuro, al que puedo acceder sin llaves cada vez que mi imaginación me lo sugiere. La puerta estaba protegida por unos barrotes verticales. Durante mucho tiempo, cada vez que volvía del colegio con mi uniforme de cuadritos marrones, imaginaba que esas barras eran las barbas de una ballena que me engullía al entrar en el edificio. A continuación, accedía al intestino de ese animal insólito y subía varios tramos de escaleras —¿retorcidos divertículos de esas tripas? — que desembocaban en aquel ascensor forrado de madera. El aparato chirriaba como en una mala digestión, y al llegar al cuarto piso me expulsaba en un eructo final. Antes de llamar al timbre, subía cuatro, cinco o seis escalones de la escalera que llevaba al terrado. Después me apoyaba en la barandilla y saltaba, en series cada vez más atrevidas, aterrizando enfrente de la puerta de mi casa con una sonrisa alelada. A veces subía al terrado y, después de esquivar las sábanas al viento, me asomaba a la calle. Desde allí observaba los plátanos gigantes que flanqueaban el paseo central del parque que acababa de recorrer volviendo del colegio.  

Todo sigue igual en el trayecto hacia el piso. La boca de la ballena, las escaleras de mármol negro, el ascensor —con sus cuarterones de madera rubia— renqueando con estertores de animal antiguo. El terrado con sus almacenes de trastos, sus sábanas tendidas y sus salidas de chimeneas. Y las vistas del parque.

Estoy delante de la puerta. Tengo una cita con el psicólogo para una primera entrevista individual. En mi casa. En su puesto de trabajo. Me noto ansiosa, pero también ilusionada por estar allí de nuevo. Tras entrar en el recibidor y saludarle, le explico la situación y le pido que antes de empezar la sesión me permita hacer un pequeño tour por la casa. El plano del piso lo tengo grabado a fuego en mi cabeza, y quiero comprobar si coincide con la realidad. Necesito hacer un recorrido por estos espacios tan íntimos y a la vez tan extraños. Viajar en esta máquina del tiempo en la que acabo de ingresar. Me lo permite. Lo hago, en actitud absorta y alucinada. Todo está en su sitio, coincide con mi mapa, ni una habitación de más. Pero todo luce diferente, desbaratado y absurdo. Como si el puño de un gigante hubiera roto la estructura y la hubiera encogido, estrujándola entre sus dedos. El “office” era mucho más grande cuando yo comía y leía cómics en aquella mesa de formica azul. La cocina ya no tiene el depósito de leña para la calefacción que usábamos entonces (puedo ver los troncos quemándose). El comedor es ahora un espacio para encuentros didácticos y psicológicos con las paredes en tonos pastel. El dormitorio de mis padres, una ludoteca. En mi dormitorio, convertido en un despacho, no veo el escritorio con cajoncitos que me compraron para la primera comunión. En aquella época me separaron de mi hermana mediana y me adjudicaron una habitación individual, porque a partir de entonces ella dormiría con mi hermana pequeña. Desde mi cama se podía ver un depósito de agua al que a menudo acudía a descansar una golondrina.  Ahora no oigo cantos de pájaros al acercarme a la ventana. Escucho, en cambio, que el señor que utiliza mi casa para curar traumas familiares me está hablando. Me dice que en principio quería hacer la reunión allí, en mi habitación, pero que la ha reservado una colega suya para una reunión con padres. Cuando llegamos al final del recorrido, me dice: la haremos aquí.

Tomo asiento, frente a ese intruso que ahora habita en nuestro piso, en la habitación de mis hermanas. Y de repente me siento como en casa y tengo la certeza de que, pase lo que pase, de alguna manera se acaba de cerrar un círculo.            



miércoles, 17 de junio de 2026

Todo incluido

 



La ciudad amurallada. Y también el resort de lujo.

En la ciudad, el olor a orina de los callejones y los deliciosos jugos de algunas frutas imposibles. Los ubicuos cables colgando en forma de u y los palacios de la época colonial. El agobiante calor húmedo que anega la respiración al caminar y el ofensivo aire acondicionado en el interior del gastrobar. La gente queriendo vender todo lo que carga encima (sombreros, recipientes con fruta, botellas de agua, paraguas, arepas…) y los turistas repitiendo No gracias, aterrorizados por el pálpito de que les van a timar. La vida sin filtros ni contemplaciones, los bailes en la calle, el estoicismo de los perros callejeros, la “llovedera” que no avisa, los colores brillantes de las banderas y las basuras acumuladas, el salitre y la sed.

La ciudad antigua flota sobre un mar sin playas, contenido por sus muros y baluartes. A ella acuden cada mañana los habitantes de la otra ciudad, la real, la de los techos de uralita y las calles sin asfaltar. “En la ciudad amurallada solo vive el arzobispo”, nos cuenta alguien. Todos los demás son figurantes de un espectáculo que comienza bien pronto en la mañana. El cincuenta por ciento de la población del caribe colombiano vive de la venta en la calle, es un dato que nos da la guía de la visita por la ciudad que fue el escenario de El amor en los tiempos del cólera. Las palenqueras lucen vestidos vistosos y llevan cestas con plátanos y piñas en la cabeza. Bailan y se hacen fotos con los turistas. Son negras, muy negras, como gran parte de una población descendiente de los esclavos que se vendieron en las plazas del centro histórico, ahora repletas de souvenirs, puestos de comida y banderas de la ciudad.

Nosotros somos turistas. No lo podemos disimular. Somos el grado más extremo de turista. El que viene de Europa. El que viene de España. Somos demasiado blancos para este entorno. Demasiado blandos también, parecemos unos moluscos vulnerables sin caparazón. Hablamos raro, nos sobran las zetas y nos falta esa dulzura frutal y contundente de la gente de allí. En el tour por la ciudad escuchamos, deseando que se abra la tierra bajo nuestros pies, los relatos históricos protagonizados por nuestros aguerridos compatriotas. Lo único que nos salva es el Barça y la buena educación de los colombianos, que siempre saludan amablemente y nos preguntan por Lamine Yamal.

Hemos venido a una boda. El novio, Nicholas, es el hijo de mi prima Leonor. Ellos viven en Estados Unidos. La novia se llama Sonia y es colombiana. La maestra de ceremonias es Rebecca, la hermana del novio, que oficia todo el ritual redactado por ella misma alternando el español y el inglés con una fluidez admirable. Hay muchas flores en la sala del museo naval donde se celebra el evento. Flores lilas y azules que inundan el aire con un aroma dulzón. El ceviche colombiano que nos sirven está delicioso y muy refrescante. Las bodas colombianas son más sencillas, menos participativas, que las españolas, y se agradece. Yo lo agradezco.

La orquesta demuestra su entusiasmo tocando con un derroche de decibelios que a ratos se hace difícil de soportar. El novio, que está muy cerca de los músicos y tiene dos operaciones de oído en su historial médico, acaba saliendo de la sala porque siente un dolor muy fuerte en un oído. Al rato Leonor y nosotros dos le acompañamos al hotel donde casualmente nos alojamos nosotros y la pareja de novios. La novia se queda, tiene que aguantar el tipo como sea ante todos los invitados de sus padres. Madre y tíos hacemos guardia en la sala al lado de la habitación nupcial mientras él trata de descansar después de tomar la medicación. Tenemos que esperar hasta que se termine la boda a las tres de la madrugada (diez de la mañana en mi reloj de pulsera, al que no le he cambiado la hora). A esa hora vendrá la novia. Charlamos hasta que yo empiezo a sentirme mareada de puro sueño. Entonces mi marido y mi prima sacan su tema común: el fútbol, y esquivan el sueño en un regate memorable hasta que llega Sonia, rebosante de preocupación y de tensión acumulada.

En los días libres que aún nos quedan, los desayunos en el hotel con frutas que parecen inventadas y los paseos por la ciudad encharcada tras la tormenta siguen teniendo un aire onírico e irreal. O quizás demasiado real, pensándolo bien. Visitamos el barrio de Getsemaní, con sus paraguas y sus murales, el claustro de la universidad donde están parte de las cenizas de Gabo, también el exterior de la casa donde vivió, el hotel Santa Clara, que antes fue convento y escenario de El amor y otros demonios, el barrio de San Diego, los baluartes, las murallas, y los parques en cuyos árboles habitan perezosos y monos.

Dos días después de la boda nos vamos con el resto de la familia a un resort situado en la península de Barú. Con tal de evitarse un desvío el conductor del microbús, que nos recoge en la casa de los padres de la novia, recorre al menos un kilómetro de la carretera marcha atrás, para nuestro pasmo y horror. Al final, después de que varios coches nos esquiven y nos piten, rectifica y de repente conduce en el sentido correcto.

Al resort se llega por una carretera sin asfaltar flanqueada por extensiones de desperdicios y plásticos. A lo largo del trayecto hay varios núcleos de población con tiendas de comidas, casas endebles, perros, mujeres con niños, y hombres ociosos. Al paso del vehículo la atmósfera se tiñe con un polvillo ocre que convierte el paisaje en algo parecido a una fotografía en color sepia.

Cuando llegamos al resort se recupera la película en tecnicolor. Un oasis verde, ordenado y limpio aparece como un espejismo al final del camino polvoriento. Allí, una vez puesta la pulsera que te otorga el derecho al exceso sin límite, entras en un universo paralelo en el que normalizas beber una piña colada tras otra, rellenar tu plato con alimentos que jamás comerías en tu vida ordinaria y dormirte una siesta a la intemperie en un tipo de sofá en forma de cama ovalada. Hay algo indecente en ese derroche de recursos, en esa ilusión histérica de omnipotencia. Leonor me hizo notar que, curiosamente, los cientos de trabajadores que hay son cinco puntos más oscuros en la escala del blanco al negro que los clientes a los que atienden.  Barren, reparten bebidas, venden actividades o bailan en los espectáculos nocturnos. Y sonríen. Uno de ellos, Pedro, el que nos vendió la salida nocturna para nadar en la bahía entre algas bioluminiscentes, tuvo extensas conversaciones sobre fútbol con mi marido y cada vez que nos encontraba nos daba la mano y nos contaba algo simpático. Curiosamente también, el último día compartió con nosotros un tramo del viaje que nos llevaba al aeropuerto, y se olvidó de despedirse al bajar, a pesar de que estábamos solos en el autocar. 

Yo lo pasé bien. Tenía esa determinación. Charlé con mi prima bajo los ventiladores durante horas. Prometimos no ponernos nerviosas ni quejarnos de nada. No pensar demasiado en las implicaciones sociales y ecológicas de lo que suponía ese lugar. Solo disfrutar del momento. Los maridos ayudaron a conseguirlo, con su bonhomía y el asombro risueño de estar allí. Estuvimos en una piscina de película de Hollywood, subimos a un barquito y nos lanzamos por la borda al agua oscura, rodeados de algas unicelulares que emitían un halo azul fosforito cuando movíamos brazos y piernas. Nos bañábamos a las siete de la mañana en un mar calmo y templado. Bebimos zumos de guanábana. Comimos patacones y arroz con coco. Jugamos a ser caribeñas y nos hicimos mucha compañía. Yo absorbí con fruición esa sabiduría sensible y firme que emana de Leonor.

Cartagena de Indias y Decameron Barú. En ambos sitios tuve la vaga sensación de encontrarme en un crucero. Un crucero varado, pero que ejercía en mi cuerpo el mismo efecto de estar navegando con cientos de desconocidos en altamar. Me acompañó en todo momento un ligero mareo sumado a algo muy semejante a la claustrofobia que produce no poder escapar, aunque fuera en nuestra “escapada” más memorable.
















martes, 3 de marzo de 2026

Ni de noche ni de día


Porfi, deja la puerta abierta y la luz del pasillo encendida, le digo después del cuento, el beso de esquimal y la oración al ángel de la guarda. Mi abuela lo hace, cree que soy miedoso.

Una vez cerró la puerta y apenas pude dormir por los ronquidos. Se ve que mi ángel es ya mayor y está delicado de los pulmones, como el abu. Por eso se esconde en el armario ropero y usa sus batas y sus zapatillas. Se cree invisible, pero arrastra los pies, escupe y gruñe raro. Cuando voy a casa de los abuelos lo siento cerca de noche y de día. Al principio era amable, pero desde que cumplí ocho años está muy, pero que muy pesado. Últimamente tose mucho y a veces me pide que le haga un huequito en la cama. Esas veces no me deja descansar, ocupa demasiado espacio. Entonces rezo una oración secreta. La abuela siempre dice que hay que tener fe. Pido que me deje solo, que me desampare, que salga de la habitación.

No le cuento nada a la abuela de lo de su ángel. La pobre cree que aún está en forma, que me hace dulce compañía. 

 
                                                              fotografías propias

Este relato ha sido uno de los ganadores en la convocatoria de Esta noche te cuento sobre la fe, aquí se pueden leer los demás relatos seleccionados. Me siento muy feliz de pertenecer a esta familia y haberme colado en el libro anual. Ha debido ser mi ángel de la guarda, que está en todo. 

jueves, 19 de febrero de 2026

Buen viaje, Beatriz

 


Conocí a Beatriz Alonso Aranzábal en aquellos mundos virtuales —poblados por microrrelatistas y blogueros— en los que empecé a moverme hace ya más de una década. Espejos deformantes en muchas ocasiones, filones de piedras preciosas en otras. Beatriz era una de esas joyas que deslumbraban con un fulgor auténtico y misterioso. Recuerdo pensar: yo tengo que hacerme amiga de esta mujer. Desprendía una mezcla muy interesante y compleja de aromas psicológicos: seguridad-delicadeza, cercanía-distancia, sencillez-distinción, extravagancia-sensatez. Y una mirada propia, alejada de complacencias.

Intercambiamos mensajes y opiniones. Quedamos en Madrid aprovechando que yo tenía que acompañar a mi hija al aeropuerto para un viaje intercontinental. Sara nos hizo una foto, a modo de amuleto o de presagio, en la que ambas mostrábamos la misma libretita que llevábamos en el bolso: Alice in Wonderland.


A los dos años estábamos viajando juntas. Un puente. Un viaje decidido y planificado en un arrebato loco tras una conversación ¿Lo hacemos?, ¡Lo hacemos! Y tras la decisión, una planificación meticulosa y aglutinadora de dos pasiones (la música y la literatura) y de dos épocas. Ella desde Madrid, yo desde Barcelona. Nos encontraríamos en Liverpool. Visitaríamos las casas de los Beatles y la de las hermanas Brontë. Un país de maravillas esperaba a las dos Alicias. Sería el escenario de una amistad intensiva y viajera. A la vuelta narraríamos nuestras versiones, y nos veríamos multiplicadas en espejos paralelos.

                                            Reflejos en Liverpool ( foto de Beatriz) 

                                     Los páramos de las hermanas Brontë ( foto de Beatriz)  

Atesoro recuerdos muy entrañables de Beatriz en ese viaje. Su amor declarado por todo lo british, su mirada curiosa y entusiasta, su interés por exprimir la experiencia al máximo ( yo le propuse ir a descansar un rato al hostel después de una mañana intensa y ella me replicó: no hay tiempo, ya descansaremos en casa cuando volvamos). Liverpool la trasladó a su época musical, a las vidas de sus ídolos Paul y John. Y tras atravesar los páramos de las Brontës pudo moverse por el interior de la misma rectoría que habían habitado aquellas hermanas sobrias y valientes. En un bus me ayudó a elegir el título de mi primer libro de relatos. En The cavern se compró unos pins de los Beatles que enseguida prendieron de su chaqueta. En el tren hizo fotos de personajes estrafalarios sin que la vieran. Por la noche yo caía rendida mientras ella todavía tenía energías para editar fotos y subirlas al Facebook.

Tal como habíamos quedado, escribimos nuestras crónicas al llegar para dar fe de nuestra aventura compartida de mujeres al mismo tiempo modernas y antiguas.  



                                               The travelling companions de  Augustus Leopold Egg ( pintor británico)

Aquí se puede leer la suya. Y aquí la primera de las mías ( las otras dos están en el mismo blog a continuación) 

Después compartimos espacio en libros recopilatorios y en blogs, me escribió un prólogo precioso que Miguelangel Flores teatralizó para mis presentaciones. Nos volvimos a ver en Madrid, con otras libretitas, con otros proyectos, con los hijos cada vez más mayores ( mis gemelos de la misma edad que el suyo). Retomábamos el contacto de vez en cuando, con la naturalidad de quien acaba de comunicarse. En una de esas ocasiones me comentó lo de su enfermedad, sin darle excesiva importancia, solo para consolarme cuando le conté que mi madre tenía cáncer.

Últimamente habíamos perdido frecuencia en el contacto. La última vez que hablamos fue hace casi un año, a raíz de la muerte de su padre. No he sabido de su recaída, y me duele no haberla podido acompañar desde la distancia. Pero estoy segura de que sus dos amores ( su hijo y su marido) de los que con tanto cariño me habló en el viaje, han sido su apoyo y su consuelo en este tránsito hacia el otro lado. 

 


Escribo estas líneas para homenajear a una mujer entrañable y especial, recta y cariñosa, elegante y clara, que brillaba como una gema llena de destellos, con la que tuve el privilegio de viajar y compartir una amistad efímera pero intensa, como ella. Buen viaje, Beatriz.



domingo, 12 de octubre de 2025

Una merienda de negros

                                                 James Cook llegando a lo que bautizó como Islas Sandwich ( Hawái) 
 

Lili’uokalami, la última reina de Hawái, visitó la Inglaterra de la Reina Victoria.

Entre los invitados a la recepción existía una gran curiosidad por conocerla.

En cierto momento, la reina negra comentó que por sus venas también corría sangre inglesa. Un estremecimiento recorrió la sala. Los miembros de la nobleza se miraron de soslayo. Uno se atragantó, otro se recolocó la chorrera que cubría su pecho de mantequilla. Las damas cuchichearon. Una condesa con aspecto de lebrel hizo de portavoz y le preguntó si acaso ella descendía de la relación entre un conquistador y una nativa.

Ella soltó una contundente carcajada, y a continuación afiló el gesto para decirle que nada de eso. Era simplemente que su bisabuelo fue uno de los que participó en aquel patriótico festín en el que se homenajeó a James Cook, repartiéndolo entre la comunidad.  A él, en concreto, le tocó el corazón.

—Es por eso que yo tengo algo de sangre inglesa recorriendo mi sistema circulatorio, querida —respondió, sonriendo.

                                                                        Lili’uokalami 


jueves, 5 de junio de 2025

Sapos venenosos

 


Cinco de agosto de 2020. Estamos en el chalet del pinar, el lugar que llevamos ocho veranos alquilando y cuyo entorno inundado de olor a resina y a plantas aromáticas tanto hemos disfrutado durante este tiempo. Pero llevamos unos días encerrados en el interior de la casa. Apenas salimos. Estamos atemorizados. O mejor, aterrorizados. Hace una semana un individuo que tiene una caseta de aperos en esta zona agreste y protegida puso veneno en los alrededores de su parcela. Nuestras galgas, en el primer paseo de la mañana por la pista forestal, se acercaron a esa mezcla de carne podrida, pienso y pesticida. Y comieron. Lía murió el mismo día, agonizó de la manera más espantosa delante de mis ojos y de los de mi hija Sara mientras la bajábamos al veterinario. Gala sobrevivió milagrosamente, tras ocho horas de drenaje para eliminar los restos del pesticida con los que el hijo de puta al que hemos denunciado impregnó la trampa mortal. Organofosforados y carbamatos, me dijeron los agentes rurales que siguen el caso y que han hecho la autopsia a Lía. Nombres tan horribles e indescifrables como la experiencia que hemos vivido. Pesticidas prohibidos desde hace décadas, que solamente los desaprensivos y los delincuentes se atreven a seguir usando.

Gala sigue muy floja. Hay que observarla. Casi no come. Se le está cayendo el pelo. Las analíticas muestran daño en hígado y páncreas, aunque la última ha salido mejor gracias a la medicación. Es una galga joven, recién adoptada. La fuimos a buscar a Guadalajara y la rescatamos de una muerte segura porque no era muy buena cazando y al galguero no le convenía mantenerla un año más. No paro de pensar sobre la paradoja de que, al llegar a su nuevo hogar fue envenenada por otro cazador que quería deshacerse de un zorro que rondaba por su finca. Ahora está débil. La acaricio y le susurro que tiene que salir adelante, que yo le ayudaré. Probablemente sobrevivirá. Mientras la cuidamos, sentimos el desgarro de la muerte de Lía. Y nos obsesionamos con la posibilidad de que el tipo, al que hemos denunciado, sepa donde vivimos y tire otra bola de carne envenenada por encima de la verja. Saco a la perra atada por el terreno del chalet y me invade un sudor almizclado que huele a miedo. Tengo que hacer compatible la rabia que siento con este temor. El dolor quiere suavizar la ira, pero a ratos no se lo permito y grito, deseándole una muerte espantosa al malnacido que lo ha hecho. Luego regresa el miedo tapándolo todo. Flota en el ambiente como una nube tóxica. Lo que había sido un paraíso se ha convertido súbitamente en un infierno. En mis pesadillas de estos días he revivido las convulsiones, los estertores, los movimientos alucinados de los ojos de Lía y al final esa mirada velada preguntándome qué le estaba pasando. Yo me quiero largar de este lugar, pero tenemos que quedarnos una semana más para sacar adelante todas las gestiones pendientes: revisiones veterinarias, recoger todos los papeles para añadir una querella particular a la denuncia por delito ecológico que están cursando las autoridades. Y, sobre todo, para avisar a los propietarios de que nos retiramos de esa compra de su chalet que estábamos a punto de realizar. La casa nos vomita. No nos quiere.

También la naturaleza nos está rechazando. El pinar que rodea la casa nos ha enviado suficientes señales durante esta semana. Nunca había ocurrido lo que ha pasado estos días. Si no fuera porque son hechos objetivos creería que se trata de proyecciones de nuestro inconsciente aterrorizado.

Anteayer, cuando saqué a Gala por el terreno que rodea la casa, me tiró de la correa para acercarse a olfatear una masa marrón grisácea. Al mirar de cerca vi que era un sapo. Un enorme sapo con el cuerpo desparramado sobre el suelo del mismo color. Me puse a temblar. Me acordé de cuando fuimos a Costa Rica y nos hablaron de los sapos que chupaban los turistas para drogarse, del peligro de que fueran venenosos, de las muertes que producían. Me imaginé al envenenador como un sapo enorme y lleno de verrugas. Metí a la perra en la casa después de que hiciera un raquítico pipí y, a continuación, le pedí a mi marido que sacase el sapo de allí y lo dejara lo más lejos posible.

Ayer Gala ya estaba mejor. Por la mañana nos acompañó en el ritual de despedida de Lía, que consistió en volver al lugar donde se desplomó y empezó a convulsiona y plantar un esqueje de una de las plantas lilas que tanto le gustaba morder. Al atardecer de repente empezó a moverse por el interior del comedor, olfateaba las ventanas, las orejas y la cola en modo alerta de nuevo. Parecía que nos estaba pidiendo salir. Le abrimos la puerta. Estaba oscureciendo. Corrió hacia la parte más distante de la finca. Empezó a ladrar. Oímos unos ruidos muy extraños, como una avalancha. Algo parecido a un gruñido ronco eclipsaba los ladridos de la perra. Una familia de jabalíes intentaba romper la malla metálica por un lateral del margen inferior de la finca y Gala gruñía, corría y les mostraba los dientes desde el otro lado de la valla. Rápidamente la llevamos atada de vuelta al interior del chalet y cerramos la puerta con llave. Esta mañana hemos comprobado los desperfectos en la malla, que casi lograron derribar.

Nunca habíamos visto un sapo en el jardín. Jamás habían intentado entrar los jabalíes. El lugar nos está regurgitando como si fuéramos un trozo de alimento atascado en su esófago. Nos queda una semana. Ahora mismo, la tormenta feroz que nos rodea nos recuerda el poderío implacable que tiene la naturaleza y su desdén por la escala humana. Y, mientras tanto, nuestros cuerpos luchan indecisos entre fuerzas antagónicas: atacar con la denuncia, salir corriendo y no volver aquí nunca más, o quedarnos acurrucados en el interior de una casa que ha dejado de protegernos.   

 

 


jueves, 22 de mayo de 2025

Las braguitas de perlé

 


Mi madre nos llevaba siempre como unos pimpollos. Sus niñas. Tres princesitas ataviadas con los vestidos que ella misma diseñaba y cosía. El mismo modelo para las tres, aunque distinto en cada ocasión. Con los recortes de tela sobrantes solía confeccionar piezas de ropa para la Nancy. Recuerdo vagamente que en algún momento fuimos todas con el mismo vestido de punto de abeja, como cuatro mellizas menguantes de pesadilla.  

            Yo odiaba los vestidos. Y más aún ir disfrazada igual que mis hermanas. No quería que nadie me relacionara con esas dos mocosas. Me avergonzaba de aquel uniforme que cambiaba cada temporada y que tantos halagos proporcionaba a mi madre cuando nos lucía por triplicado ante vecinas y tías.

            Un día, tendría unos seis o siete años, la adolescente que ayudaba a mi madre por las tardes me llevó al parque infantil mientras ella se quedaba en casa cuidando de mis hermanas pequeñas. En la primera esquina, al salir, había un chico esperándola. Aunque le miré y le quise saludar, desde el momento en que se unió a nosotras yo me convertí en un personaje secundario y totalmente prescindible.

            Al llegar a los columpios, ellos dos se sentaron en uno de los bancos situados en las esquinas del recinto. Ella se apoyó en el hombro del chico y deslizó una mano hacia el bolsillo de su chaquetón, para sentirlo más cerca. Se reían, entrelazaban las manos, y después se miraban fijamente antes de la siguiente carcajada. Parecía como si se hubieran olvidado de mí. Me subí al tobogán. Bajé. Ninguno de los dos me vigilaba.

             A continuación, me dirigí a una estructura en forma de cohete espacial en la que cada travesaño era de un color y, si conseguías trepar hasta lo más alto, debías bajar por un tubo metálico lleno de óxido situado en el centro. Era fácil que la fricción al abrazarlo te produjese una quemazón muy desagradable en brazos y piernas. Había que separarse ligeramente, no aferrarse demasiado para no sufrir esa abrasión. Quise llamar la atención de mi canguro, pero estaba hablando con su amigo. Me agarré al tubo. Él me miró, le dio un codazo a ella y sonrió. Bajé. Conseguí aterrizar bien y no lastimarme las manos con ese cilindro infernal. Él me señaló y soltó una risotada aparatosa y sonora. Supe que se reía de mí, pero no entendía la razón: había sido muy valiente, no había pedido ayuda ni había gritado. De repente caí en la cuenta: me había visto las braguitas. Esas ridículas braguitas de perlé que me había puesto mi mamá bajo la falda de cuadros escoceses.

            Me dirigí a un banco en la esquina opuesta y me senté cruzando las piernas con fuerza. Cuanto más las apretaba, más se reía él. La chica no se acercó para calmarme, se quedó a su lado, atontada, sin reaccionar. El seguía riéndose a trompicones, parecía que tuviera un ataque de hipo. Después se le quedó una sonrisa fija en el rostro que me pareció rara. Al rato, ella le dio un golpe en la espalda, como para desatascarlo. Yo tenía ganas de llorar, y apretaba todo el cuerpo hacia dentro. Quería plegarlo, arrancarle las extremidades y la cabeza, como hacía con la Nancy, y luego darle la vuelta hacia el interior hueco. Desaparecer engullida por uno de los agujeritos de mis bragas de perlé.

Tanto me encogí que me hice un poco de pis encima.

Aquella noche apenas pude dormir. Guardé las braguitas de perlé bajo la cama. Al día siguiente me puse unas bragas tupidas, de algodón gris con puntos blancos y un lacito que quedaba justo debajo del ombligo.

Por la tarde, al salir hacia el parque nos encontramos con el chico en el mismo lugar. Cuando lo tuve enfrente bajé la cabeza y luego le miré ofreciéndole una mano blandita para caminar junto a él. Sonrió a la chica, complacido y seguro. Yo aproveché el momento para meterle las bragas de perlé, manchadas de aquel amarillo fosforescente, en el bolsillo de su chaquetón.

Al llegar al parque infantil, ellos regresaron a su banco con la intención de mirarse embobados y hacer manitas. Yo me subí a lo más alto del cohete espacial para tener las mejores vistas. 



Con este relato he quedado finalista en el XVII Concurso de Relatos Cortos para contar en Tres Minutos "Luis del Val". Estoy muy contenta porque se trata de un relato que hacía tiempo que quería echar a volar.