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domingo, 2 de diciembre de 2018

Zoom

Vanessa Bell  Interior with a table (1921)


Tras el cristal esmerilado, una figura borrosa. Como en los páramos de las hermanas Brontë o en la sauna de una cabaña finlandesa, una atmósfera coagulada lo cubre todo. Por un momento esa colección de píxeles podría ser cualquier cosa: un asesino, una tormenta en la distancia, mi bisabuela en el día de su boda, los veranos de la infancia, un viajero victoriano, o el mismísimo Gregorio Samsa mendigando un poco de atención. Cierro el grifo y enseguida las posibilidades se reducen: tal vez un periodista interesado en mi biografía, la vecina necesitada de conversación o mi jefe regodeándose en algún logro.

Cuando deslizo la mampara y me asomo, el mundo se reconfigura para adoptar una forma más doméstica y contemporánea. Todos los visitantes se desvanecen con sigilo en la bruma dejando espacio para que mi hija abra el armarito de Ikea, balbucee una disculpa, coja el secador de pelo y salga del baño. El sonoro portazo me confirma que ya todo ocupa su lugar y el día se despliega, terso y contundente, ante mí. Me zambullo en el frío que se ha colado por la puerta y para cuando me cubro con la toalla ya me sé enfocada, posible, real. Me dispongo a transitar la jornada, a dejarme sorprender.



viernes, 9 de noviembre de 2018

Niñas ricas en su día de cumpleaños



 "El lloc i la data" ( El lugar y la fecha ), obra de Perejaume


Octubre de 1973

En la fotografía de grupo Anabel está sentada en el suelo, la segunda por la derecha. Treinta colegialas. Y una monja en el centro: la madre Encarnación. Pantalones de pana, cuadros escoceses, jerséis de cuello alto, chalecos y trencas. Unas sentadas, otras agachadas y otras de pie formando tres horizontes en ese ramillete de niñas a punto de florecer. Aquel día no llevábamos el uniforme porque íbamos de excursión. Tonos rojizos, verdes y azules en la ropa, pero en conjunto se trata de una fotografía en la que predomina el color ocre. Como si alguien hubiera interpuesto un filtro de ese color, como si el paso del tiempo hubiera difuminado la escena depositando una aridez y una rugosidad propias de la arena.
El aspecto de unas niñas de once años puede ser de lo más heterogéneo: conviven los rostros infantiles de unas con la sensualidad de nínfulas de otras. Anabel  está situada entre Raquel G. (robusta, cuello de toro y actitud de comerse el mundo), y Soledad C. (flaquita y con el mismo aire anodino que la protagonista de esta historia). De entre todas las del grupo solamente a ella y a mí se nos ve ensimismadas, sin mirar a la cámara, serias y sin ningún atisbo de pose.


Cuatro décadas después de esa excursión, deslizo la mirada por la fotografía intentando reconocer a mis compañeras del colegio. Me vuelvo a topar con su carita reconcentrada e inmediatamente me asalta el recuerdo de los payasos. Payasos de verdad. Contratados especialmente para la fiesta que cada año le organizaba su abuela en una finca a las afueras. Procedentes de otra ciudad. Vestidos de color púrpura o con azules y verdes estridentes. Con aquellas caras maquilladas en blanco y rojo desteñido. Gesticulando, sobreactuando para llevarnos de la mano a través de unas emociones vistosas y falsas. Tan patéticos y tan alegres al mismo tiempo. Todas envidiábamos aquellos cumpleaños. Con clowns, música, globos y muchos pasteles.  Es casi lo único que guardo en la memoria de aquella niña morena y pequeñita. Eso y la perfumería de la calle principal que regentaba aquella abuela suya tan distinta a las nuestras. No recuerdo en absoluto a sus padres. Solo a su abuela. Una señora con un cardado rubio y los labios pintados, que tenía mucho dinero y olía a una mezcla irritante de varios perfumes a la vez.   


Noviembre de 1988

Se despierta temprano. Se  viste y se arregla con esmero. Con la suficiente clase como para resultar convincente sin sugerir urgencia. Antes no era demasiado capaz de tomar la iniciativa, su marido no le dejaba, pero desde que está sola maneja con soltura y determinación los negocios familiares. Aunque vive con bastante desahogo, hace ya demasiados meses que le duelen los balances mensuales por culpa de ese dichoso piso que no se alquila. Con lo bien que le iba ese dinero extra hasta que se marchó el último inquilino. Baja al rellano de la entrada para buscar al cliente con el que ha concertado la cita por teléfono. Vuelve a subir las escaleras con él, pero ahora solamente hasta el Principal.
No lo conoce, es un forastero. No tiene ninguna referencia, pero a veces es mejor tratar con desconocidos para no tener miramientos si la cosa funciona mal. No esperaba que fuera tan joven. El chico no sabe que le está enseñando el piso en el día de su cumpleaños. No puede saberlo. O no debería. Pensó en posponer la visita pero al final se lo tomó como una señal. Se ha vestido para hacerse un regalo a sí misma, un regalito que disfrutará prolongándolo el máximo tiempo posible. El dinero siempre fue un consuelo para ella, y una fuente de seguridad. A pesar de que con los años se ha vuelto más ávida y algo más insegura, sigue siendo muy lista. Y le gustan los retos. Lo va a conseguir. Hará como que le rebaja mucho el precio en el último momento. Y luego lo celebrará con champagne. Ella sola, porque nadie más en la familia le ha ayudado a mantener todo lo que le dejó su marido. Ni sus hijos ni sus nietos.  Y cada vez  necesita más dinero para los líos de la nena.
Mientras sube las escaleras y abre la puerta del piso es capaz de ocultar todos estos pensamientos tras unos gestos comedidos, educados, distantes. El joven se presenta como Alberto. Al cabo de seis meses estará en la cárcel acusado del asesinato de una mujer de setenta años. Estrangulamiento. Con una cuerda delgada, según la nota del periódico,  que sin embargo no encuentran en el lugar del crimen. Pero en ese momento, cuando enciende la luz del recibidor, ella no sabe nada de cuerdas. Sólo cree saber de retos, de cumpleaños y de copas de champagne. Por fortuna el estallido de la membrana que limita la vida con la muerte le impide conocer lo que ocurre después. La cuerda actúa como una frontera irreversible, la entrada a un espacio sin fondo. La línea recta del tiempo es un fastidio incomprensible para el que ha caído en un agujero repleto de hilos entrecruzados. Algo que queda atrás, demasiado simple, algo ante lo que ya no se vuelve la mirada. 


Ella nunca lo sabrá. Muchos, en cambio, lo podrán saber sin demasiado esfuerzo. Incluso alguien tan improbable como yo. Sin buscarlo, muchos años después. Sólamente con observar una foto de cuando el paisaje era del color de la arena y todos los caminos parecían accesibles. Solo por tener un poco de curiosidad,  por preguntar a una amiga, por tirar del hilo una tarde de ocio delante de un ordenador. Accedo a un conocimiento que no creo merecer. Sin ningún derecho -siento que me apropio de algo que no me pertenece- pero  sin ningún pudor. 
Nunca sabrá, digo, que a continuación el tal Alberto le coge las llaves que lleva en el bolsillo del vestido que cubre su cuerpo desmadejado. Que Anabel le espera tras la puerta. Que cuando se encuentran en la escalera, ella guarda la cuerda y le pide la llave del piso de su abuela. Que a los forenses les parece que el domicilio no está lo suficientemente desordenado. Que la caja fuerte quedará abierta como el ojo de un cíclope durante tres días. No sabrá que no había bastado con los payasos, con los regalos ni con todo lo que le había dado desde entonces para sus caprichos y su adicción. Que su nieta es la novia de Alberto. Que en la perfumería se marchitarán todos los perfumes lentamente, pues ya nunca más abrirá al público.
No lo sabrá porque aunque parece estar allí, con esos ojos desorbitados e incrédulos, ya no lo está.


Vuelvo a observar la fotografía combada que sujeto entre mis manos. Anabel continúa ensimismada, con gesto ausente.  Le pregunto -me pregunto- algo que todavía no tiene forma definida, el esbozo de un interrogante que ya se traslada a trompicones desde mi presente hacia su futuro. La respuesta se queda varada -tensa y esquiva- en la imagen algo desenfocada de esa niña que no sabe que se convertirá en una asesina. De la colegiala que en un tiempo compartió aula y excursión conmigo y que sigue guardando silencio con la indolencia de las niñas mimadas, de las fotografías de un pasado que no desea ser reformulado. 





Este relato ha recibido un accésit en el XIII concurso literario El Laurel, y ha sido incluido en la antología de la actual edición. Para mí tiene un significado muy entrañable volver a estar en el libro de este concurso. Ayer fui a la cena de entrega de premios y la disfruté muchísimo. ¡Gracias a los miembros del jurado más auténtico y simpático que he conocido!



martes, 2 de octubre de 2018

El final de la historia



Le incitábamos a que robase cada semana la misma cantidad. Cogía a escondidas el dinero de la caja y después, sintiéndose un miembro imprescindible de la pandilla, lo repartía entre todos nosotros. Luego íbamos a la tienda de comestibles de sus padres y nos comprábamos polos.  El padre nos cobraba. Cuando la caja registradora producía ese chasquido metálico y delator, mirábamos aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre del rincón, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas de cartas en el bar.
Así pasamos los últimos veranos de nuestra infancia, envalentonados con la fuerza que dan los secretos compartidos y satisfechos por tener el control de nuestros minúsculos delitos.
Con el tiempo fue sacando cada vez más.  Cuando pusieron un candado en la caja registradora subía al piso  de arriba y hacía incursiones en la caja fuerte. Ya no manejábamos monedas, sino billetes. Comprábamos en otras tiendas. Íbamos a los bares y comprábamos helados más sofisticados. Él nos invitaba. Una de las veces se puso un billete de quinientas pesetas en el zapato y nos fuimos en bicicleta al pueblo de al lado. Cuando llegamos, el sudor había convertido el billete en papel de fumar y no  pudimos comprar nada. Fue el final de la historia. Nunca supe con seguridad si se debió a este incidente. Nadie pensó en algo irreversible, nos volvimos a casa sin saber que todo aquello se había ido definitivamente al carajo.

Las dos fotografías anteriores son de Vivian Maier
Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. Y los secretos en común. La vida dejó de situarse en aquel lugar del  mapa lleno de bicicletas, polvo y lealtad. Todos los veranos previos se escurrieron por un sumidero en algún lugar de la memoria. Como si se hubieran caído al pozo de la casa abandonada. Como si la marea los hubiera fagocitado y ahora nos devolviera solamente el jibión de la sepia. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Rodeado de esquinas. Dejamos de ser un nosotros, algo compacto, real, contundente. Solo quedaron fragmentos, cada uno por separado, como partes de un organismo desmembrado. Nos convertimos en seres vulnerables y desconcertados, piezas de desguace a la intemperie. Desde entonces, cada vez que chupo un polo de hielo se me incendia el paladar.

Hernan Bas  Untitled poet 17


Este relato ha sido seleccionado para formar parte del recopilatorio del I concurso Sueños de verano



domingo, 23 de septiembre de 2018

Escritoras de compañía





“El típico personaje de las Brontë es una especie de monstruo, en el que todo menos lo esencial está deformado: tienen las manos en las piernas, los pies en los brazos y la nariz en la frente, pero el corazón está en su sitio” G.K. Chesterson











Una tormenta de nieve desciende lentamente -como si alguien le hubiera dado la vuelta a una de esas bolas de cristal con paisaje suizo en su interior- sobre la crónica que Virginia Woolf escribió en noviembre de 1904 tras su visita a esta localidad situada en los remotos páramos ingleses. El gélido paisaje que dibuja el texto se derrite y se convierte en magma literario en el momento en el que la escritora se introduce en la vieja rectoría donde vivió la familia Brontë.
 La mañana de abril en la que llego a Haworth, 111 años después, no nieva. Ni siquiera llueve. Pero al atravesar el umbral de la puerta de ese edificio noto como si la membrana del tiempo se combara y por un momento confluyera con la escritora para hacer juntas la visita. Entre otras cosas ella afirma en su ensayo que, al visitar la casa de un gran escritor, la curiosidad está solo legitimada cuando la visita añade algo a nuestro conocimiento de sus libros. Con  semejante expectativa entro al Brontë Parsonaje Museum, un caserón feo y respetable desde cuyas ventanas los niños del reverendo Patrick Brontë podían contemplar las lápidas del cementerio que les servía de jardín.





En ese momento me queda por acabar de leer un veinte por ciento de mi ejemplar electrónico de Jane Eyre, la novela de Charlotte Brontë. Tiempo atrás leí Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily. Ya he viajado, en mis lecturas, a los páramos que acabo de atravesar  en la última etapa del viaje que empezó a las nueve de la mañana en la estación de Liverpool. Ya conocía la empinada calle principal de este pueblo dedicado a que los turistas conozcan a esta peculiar familia, la había visto en los reportajes de otros viajeros. Al acceder a la casa-museo nos da la bienvenida -a mi amiga Beatriz y a mí- una voluntaria con acento claramente español. 
Y entonces, sólo entonces, me deslizo hacia una dimensión en la que inmediatamente se entremezclan el tiempo y la realidad con la historia y la ficción. Así, en las paredes conviven cuadros y grabados que representan a los héroes de la época con oleos pintados por Brandwell  (el talentoso pero incomprendido hermano) y copias de retratos de las escritoras. Algunos de los muebles son los originales, mientras que otros son reproducciones que imitan las estancias de la casa basándose en los dibujos que hizo Brandwell. El reloj de pared al que el reverendo Brontë daba cuerda en un ritual que señalaba el final de cada día, contempla, indolente, como los turistas subimos las escaleras. A mi cerebro le gusta gastar bromas, y cuando veo el sencillo vestido de lana junto con los diminutos zapatos que se muestran en la vitrina de la habitación de Charlotte los atribuyo a la indomable institutriz protagonista de la novela que estoy leyendo en lugar de a su autora. También he pensado en Jane Eyre al pasar por la escuela en la que trabajó Charlotte, y tengo muy presente a Rochester cuando me entero de que la escritora se casó con un profesor mayor que ella.
Me suele invadir este tipo de vértigo en los lugares históricos, claramente una patología de mi imaginación. No consigo añadir conocimiento, solo desbaratar el poco que tenía. Me temo que Virginia debe de estar algo sorprendida con el funcionamiento caótico y poco riguroso de mi cabeza, y me mira decepcionada por no saber separar el grano de la paja. Menos mal que Beatriz se fija en los datos y absorbe la información con la avidez de un detective: datos sobre la insalubridad de la zona, sobre la elevada mortalidad infantil -las inscripciones en las tumbas del cementerio dan fe de ello-, sobre las ocupaciones diarias de estas seis criaturas extrañas y enfermizas, a quienes una imagina jugando con soldaditos, cosiendo, escribiendo poemas épicos con letra impecable o estudiando alemán mientras la criada amasa el pan en la cocina, todo bajo la mirada atenta y melancólica del párroco viudo que vio cómo morían uno tras otro sus descendientes  en esa tierra remota y olvidada por Dios.

Antes de salir de la habitación de Charlotte levanto con disimulo el visillo que cubre una de las ventanas, y contemplo las vistas: unas sombras oblicuas y verdosas tamizan el paisaje de lápidas que ocupa el terreno situado tras la iglesia. El vigilante me llama la atención, no se debe tocar nada. Pido disculpas y regreso a esa habitación que parece un mausoleo. Consigo sentir aquella mezcla de miedo y alegría que desprende la obra de la autora. Y decido que, a partir de ese momento, seguiré el proceder de Jane Eyre cuando dice: “Luego reduje la marcha y empecé a disfrutar y analizar la índole de placer que la hora y el entorno hacían germinar dentro de mí”.








                                                                                                       


viernes, 17 de agosto de 2018

Un cuadro desaparece




Bajo una gabardina. Envuelto en una bata que ha sido disfraz. Despojado, con urgencia de amante, de la protección del cristal y la madera. Un retrato antiguo sobre la tabla original de álamo blanco. El retrato contiene una sonrisa. La sonrisa baja escalinatas de mármol y atraviesa puertas, pero nadie la ve. Nadie se percata de esa extraña silueta poliédrica que se la lleva. Ni del rectángulo desteñido en la pared cuyas esquinas custodian cuatros pernos desolados.
El ladrón más discreto del mundo deposita el botín con cuidado sobre la única mesa de su  oscuro apartamento en un barrio de París. Lo contempla, trata de interiorizar el gesto de la mujer, en absoluto enigmático para él. Y siente una conexión ancestral.  Se diría que ambos, hijos de la misma tierra, se conocen desde siempre. Ahora dispondrán de muchos meses–veinticuatro, desde agosto de 1911–  para ahondar en su mutuo escrutinio.   
Entretanto, los falsificadores trabajan a destajo intentando colocar sus copias indistinguibles a millonarios distinguidos. Los responsables del museo se encierran tras las puertas para poder investigar, y de paso transitar su vergüenza cósmica lejos de los focos.  Los parisinos se preguntan para qué cerrarán la jaula una vez el pájaro ha volado. Los periodistas resoplan al mismo ritmo vertiginoso que sus máquinas de imprenta. A lo largo de dos años visitantes de todo el planeta acuden en masa, como jamás antes lo habían hecho, a la sala del Louvre donde estaba el retrato. Parece que les fascina esa ausencia inconmensurable, ese trozo de pared que ha dejado de sonreír.
Mientras el mundo se despliega en su búsqueda, el inmigrante italiano Vicenzo Peruggia continua deleitándose con su obra maestra de compañía en la misma orilla del Sena donde la robó. Ignorando que, con la proeza de retener durante tanto tiempo el retrato de Lisa Gherardinni,  consigue convertir a este pequeño cuadro casi desconocido en un vórtice. Hacia el cual todos nos precipitamos desde entonces sin remedio. Pero también sin el tiempo que se requiere para captar el delicado misterio de ese rostro. Aunque eso a nosotros no nos importa en absoluto. A los visitantes actuales del Louvre nos basta con exhibir una sonrisa llena de dientes –en absoluto enigmática–ante nuestro móvil, garantía de que la hemos visto, de que hemos estado allí. Nos hacemos la foto, lo miramos un momento… y el cuadro desaparece.


domingo, 29 de julio de 2018

Otra oportunidad

Ron Gonsalves 



Ayer, en la sobremesa de  la cena familiar,  fantaseamos con la idea de elegir a un personaje histórico al que pudiéramos resucitar por un pequeño lapso de tiempo (unas horas, un día) con el fin de mostrarle algo  y a continuación enviarlo de vuelta a la tediosa eternidad.
Mi hermana dijo que se llevaría a Van Gogh a dar una vuelta por el magnífico museo dedicado a su pintura en Ámsterdam. Una vez recuperado de esta última alucinación podría visitar a los clásicos en el vecino Rijksmuseum y regresar al otro lado con una sola oreja pero con la autoestima completa.
Mis padres discutieron la propuesta de hacerle experimentar a Hitler una muerte más lenta que la que eligió. A Tesla habría que volverle a la vida y rendirle un homenaje rebosante de luces y efectos especiales, dijo mi padre. En cuanto a la posibilidad de revelarle a Martin Luther King que su país ha tenido un presidente negro nos pareció muy buena idea, pero tuvimos dudas sobre la oportunidad de la coyuntura  política del momento.
Yo, animado por el postre y el café, me atribuí la potestad de resucitar a dos personajes de forma simultánea. En mi descargo argumenté que fueron coetáneos y que ambos  tuvieron intereses y estudios similares. Señalé que era importante propiciar un encuentro crucial que el destino evitó en su  momento de forma imperdonable. Les puse en antecedentes: Darwin por fin leería esa referencia a  un oscuro artículo de un monje aficionado a la botánica que hablaba de guisantes verdes y amarillos. Su aguda inteligencia no tardaría en captar que los estudios del tal Mendel eran exactamente la gran laguna que le faltaba a su teoría para ser completa. La fusión entre su prodigiosa capacidad de síntesis con la habilidad analítica del concienzudo experimentador haría compatible lo fijo con lo voluble, la herencia con la evolución. El ying y el yang. Entre los dos harían uno, el más grande.  
Se podrían encontrar en un punto intermedio entre Inglaterra y la República Checa, pongamos un vanguardista  instituto de Biotecnología  de una ciudad alemana.  Propuse darles el doble de tiempo que a los demás: el primer día para intercambiar ideas entre ellos (el privilegio de presenciar semejante espectáculo estaría reservado a unos pocos), y el segundo para que el investigador más eminente del Centro les enseñara las instalaciones y les hablase de cromosomas, mutaciones, células madre y diagnosis de enfermedades genéticas. Al terminar se les ofrecería una taza de té. Tras la deflagración que los devolviera respectivamente a la Abadía de Westminster y al cementerio central de Brno, se procedería al tratamiento del ADN obtenido de sendas cucharillas. De esta forma los futuros clones tendrían una prolongada y merecida oportunidad de charlar sobre la vida, un asunto cada vez más enrevesadamente apasionante.

Franz Ackermann



sábado, 14 de julio de 2018

Umbilical, ganador anual en La Microbiblioteca

Ilustración de Ina Hristova
 Umbilical 

Llegó sofocada. Pálida pero radiante. Me dijo que venía de casa de Laura. Que habían visto una peli comiendo palomitas hechas en el microondas. Que tendríamos que comprar maíz porque es muy guay ver las pelis como en el cine.
Bajé las gafas de leer por el tobogán de mi nariz y arqueé la ceja izquierda sobre la montura de pasta. Que qué tal me había ido el día, me soltó el perfil de su silueta mientras se esfumaba hacia su habitación.
Cerré el libro dejando mi mano atrapada por el cepo de papel. La boca acompañó a la ceja en su movimiento ascendente. Bien. Luego se derrumbó todo el conjunto. No pregunté nada. Desde la primera explicación no pedida, supe que ese día había sido la protagonista de alguna escena crucial en su propia película, romántica o de terror. Que iba a ser rebobinada mil veces. Y que yo no estaba invitada al primer pase.
Que quedaba inaugurado el tiempo del pudor, por su parte. La temporada de comer palomitas y morderme la lengua, por la mía.

Y que mi niña estaba perfectamente equipada para construir un afilado y reluciente cuchillo hecho de pretextos, disimulos y mentiras, con cuyo filo cortaría de forma implacable y definitiva el sanguinolento cordón.






Con este microrrelato he resultado ganadora del concurso de La Micobiblioteca del mes de abril ( el mes de mi cumpleaños y de la primavera!) en la categoría en castellano. Estoy feliz. 
Finalmente he ganado el premio anual en la categoría en castellano. Con un jurado de lujo formado por Ángel Olgoso, Julia Otxoa y Eduardo Berti. Los de Enveualta me han regalado la grabación del microrrelato, en la voz de Maribel Gutiérrez, la ganadora de la categoría en catalán. ¡Gracias!
Aquí la crónica del evento de la entrega de premios


Con Maribel Gutierrez al fondo, ganadora del primer premio en catalán