Fotografía del interior de la casa de muñecas de mis hijos
Cincuenta
años después, regreso al piso de mi infancia. Ahora es un gabinete de
psicólogos y pedagogos. Viajo a mi ciudad natal para participar en un proceso
de mediación. Un intento de crear un puente o sellar definitivamente ese
precipicio que parece insalvable en la relación con una de mis hermanas, con la
que comparto cuatro años de silencios y rencores. Vuelvo para intentar
escudriñar una herida familiar, y resulta que casualmente el espacio donde lo
vamos a intentar es el lugar donde viví hasta los trece años. Me quedé de
piedra cuando lo supe. Mientras me dirijo a la casa me sigue asombrando la
coincidencia, el pensar dónde va a realizarse este proceso tan íntimo y tan
extraño. En la calle Argentina número doce, cuarto tercera.
Me veo
atravesando de nuevo aquel portal verde y oscuro, al que puedo acceder sin
llaves cada vez que mi imaginación me lo sugiere. La puerta estaba protegida
por unos barrotes verticales. Durante mucho tiempo, cada vez que volvía del
colegio con mi uniforme de cuadritos marrones, imaginaba que esas barras eran las
barbas de una ballena que me engullía al entrar en el edificio. A continuación,
accedía al intestino de ese animal insólito y subía varios tramos de escaleras
—¿retorcidos divertículos de esas tripas? — que desembocaban en aquel ascensor
forrado de madera. El aparato chirriaba como en una mala digestión, y al llegar
al cuarto piso me expulsaba en un eructo final. Antes de llamar al timbre,
subía cuatro, cinco o seis escalones de la escalera que llevaba al terrado.
Después me apoyaba en la barandilla y saltaba, en series cada vez más
atrevidas, aterrizando enfrente de la puerta de mi casa con una sonrisa alelada.
A veces subía al terrado y, después de esquivar las sábanas al viento, me
asomaba a la calle. Desde allí observaba los plátanos gigantes que flanqueaban
el paseo central del parque que acababa de recorrer volviendo del colegio.
Todo sigue
igual en el trayecto hacia el piso. La boca de la ballena, las escaleras de
mármol negro, el ascensor —con sus cuarterones de madera rubia— renqueando con estertores
de animal antiguo. El terrado con sus almacenes de trastos, sus sábanas tendidas
y sus salidas de chimeneas. Y las vistas del parque.
Estoy delante
de la puerta. Tengo una cita con el psicólogo para una primera entrevista
individual. En mi casa. En su puesto de trabajo. Me noto ansiosa, pero también
ilusionada por estar allí de nuevo. Tras entrar en el recibidor y saludarle, le
pido que antes de empezar la sesión me permita hacer un pequeño tour por la
casa. El plano del piso lo tengo grabado a fuego en mi cabeza, y quiero
comprobar si coincide con la realidad. Necesito hacer un recorrido por estos
espacios tan reconocibles y a la vez tan ajenos. Viajar en esta máquina del
tiempo en la que acabo de ingresar. Me lo permite. Lo hago, en actitud absorta
y alucinada. Todo está en su sitio, coincide con mi mapa, ni una habitación de
más. Pero todo luce diferente, desbaratado y absurdo. Como si el puño de un
gigante hubiera roto la estructura y la hubiera encogido, estrujándola entre
sus dedos. El “office” era mucho más grande cuando yo comía y leía cómics en
aquella mesa de formica azul. La cocina ya no tiene el depósito de leña para la
calefacción que usábamos entonces (puedo ver los troncos quemándose). El
comedor es ahora un espacio para encuentros didácticos y psicológicos con las
paredes en tonos pastel. El dormitorio de mis padres, una ludoteca. En mi dormitorio,
convertido en un despacho, no veo el escritorio con cajoncitos que me compraron
para la primera comunión. En aquella época me separaron de mi hermana mediana y
me adjudicaron una habitación individual, porque a partir de entonces ella
dormiría con mi hermana pequeña. Desde mi cama se podía ver un depósito de agua
al que a menudo acudía a descansar una golondrina. Ahora no oigo cantos de pájaros al acercarme a
la ventana. Escucho, en cambio, que el señor que utiliza mi casa para curar
traumas familiares me está hablando. Me dice que en principio quería hacer la
reunión allí, en mi habitación, pero que la ha reservado una colega suya para
una reunión con padres. Cuando llegamos al final del recorrido, me dice: la
haremos aquí.
Tomo asiento,
frente a ese intruso que ahora habita en nuestro piso, en la habitación de mis
hermanas. Miro alrededor. Vuelvo a ver las dos camas con los cabezales de
madera trenzada y la cómoda enfrente. Me acuerdo de aquella vez, cuando aún
dormía en esta habitación, en que el delirio de una fiebre muy alta me hizo ver
unas figuras humanas con patas de araña moviéndose por la pared del fondo, mientras
notaba algo parecido a unos minúsculos alfileres pinchando mi cuerpo acolchado
y blandito. Regreso a la silla, al presente. El tipo que tengo enfrente me
mira, expectante. De repente me siento como en casa, y tengo el impulso de
ofrecerle un café a la visita. Aunque en realidad no sepa de qué conversar con este
señor, porque ahora tengo la certeza de que en este cuarto solamente debería hablar
con mi hermana, no de ella. Voy a esperar a que vuelva de la escuela.







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