Mamá siempre
tuvo pánico de que le entraran ladrones en casa. Ladrones o algo peor, decía.
Cuando regresaba de hacer sus recados cerraba la puerta con llave y bajaba las
persianas. Yo le insistía en que eso era un tremendo error. Que los accidentes
más frecuentes ocurrían en el interior de las casas —un resbalón en la ducha,
un rampazo al tocar un enchufe, una caída absurda con rotura de cadera…—y que
si estaba encerrada no podrían entrar a auxiliarle y nadie la oiría desde
fuera. Pero no había forma de convencerla.
Los pocos recuerdos de infancia que tengo están enclaustrados en
algún lugar recóndito de mi cabeza, y son oscuros y húmedos como el lugar donde
vivíamos.
Jamás entró nadie a robarnos. Tampoco se acercó ningún asesino
disfrazado de vendedor de enciclopedias. Ella murió habiendo cumplido su misión,
aunque triste y desvaída como un animal albino. Desde pequeña me prometí que yo
no sería como mi madre.
Heredé. Soy hija única. Vivo en esa misma casa, aunque la he
renovado totalmente y ahora tiene espacios amplios y ventilados. Diáfanos, esa
es la palabra. Jamás cierro las puertas. Es una casa abierta, siempre llena de
visitas o de peregrinos a los que les ofrezco un sofá para que duerman. Es
cierto que alguna vez, cuando esos desconocidos se van sin dejar ninguna seña,
he echado en falta un poco de dinero o algún objeto, pero me compensa saber que
si me pasa algo podré gritar y todo el vecindario me oirá. A veces fantaseo con
una situación extrema y emotiva, en la que me rescatan de una mala caída esos fornidos
y guapísimos bomberos que veo por la calle, y uno de ellos con mirada
penetrante me agradece no haber tenido que forzar la cerradura.
Estoy contenta porque he conseguido superar la fobia de mi madre a
lo abierto, gracias a un saludable rechazo vital a lo cerrado. Y luego dicen
que los traumas se heredan.