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sábado, 14 de julio de 2018

Umbilical, ganador anual en La Microbiblioteca

Ilustración de Ina Hristova
 Umbilical 

Llegó sofocada. Pálida pero radiante. Me dijo que venía de casa de Laura. Que habían visto una peli comiendo palomitas hechas en el microondas. Que tendríamos que comprar maíz porque es muy guay ver las pelis como en el cine.
Bajé las gafas de leer por el tobogán de mi nariz y arqueé la ceja izquierda sobre la montura de pasta. Que qué tal me había ido el día, me soltó el perfil de su silueta mientras se esfumaba hacia su habitación.
Cerré el libro dejando mi mano atrapada por el cepo de papel. La boca acompañó a la ceja en su movimiento ascendente. Bien. Luego se derrumbó todo el conjunto. No pregunté nada. Desde la primera explicación no pedida, supe que ese día había sido la protagonista de alguna escena crucial en su propia película, romántica o de terror. Que iba a ser rebobinada mil veces. Y que yo no estaba invitada al primer pase.
Que quedaba inaugurado el tiempo del pudor, por su parte. La temporada de comer palomitas y morderme la lengua, por la mía.

Y que mi niña estaba perfectamente equipada para construir un afilado y reluciente cuchillo hecho de pretextos, disimulos y mentiras, con cuyo filo cortaría de forma implacable y definitiva el sanguinolento cordón.






Con este microrrelato he resultado ganadora del concurso de La Micobiblioteca del mes de abril ( el mes de mi cumpleaños y de la primavera!) en la categoría en castellano. Estoy feliz. 
Finalmente he ganado el premio anual en la categoría en castellano. Los de Enveualta me han regalado la grabación del microrrelato, en la voz de Maribel Gutiérrez, la ganadora de la categoría en catalán. ¡Gracias!

domingo, 10 de junio de 2018

Piedad

Chocolatinas y almanaques. Dos de los elementos que regresan desde el pasado con la contundencia de una cerilla que se prende.  Un intento de revivir el tacto y el sabor de esa época.  Un deseo ensimismado de regodearme en esa nostalgia. Una obsesión creciente por hablar con Piedad, la principal testigo de todo aquello. La única, ahora que los padres ya no están. Y un ponerse manos a la obra para modelar el paisaje en esa dirección.


 Vidi y sus hermanas se marcharon a trabajar a Suiza a finales de la década de los 60, cuando yo era una niña.  Solo él regresó más adelante. En aquella época volvía cada año por Navidad para ver a su novia, y nos traía chocolatinas y almanaques de adviento con motivos nevados y rojos. Si reseguías con el extremo de una tijera roma las líneas punteadas de las ventanitas, una al día durante un mes, se revelaban sorpresas en miniatura que iluminaban aquella salita de color gris verdoso.  Una vez nos regaló un reloj de cuco que todavía colgaba de la pared cuando papá murió y desmantelamos el piso. Vidi era el diminutivo de su apellido, Vidiella, y a fuerza de usarlo nos parecía natural y apropiado. Creo que no sabíamos que se llamaba José.
-Era el amor de mi vida-me ha repetido Piedad varias veces al hablar de él.
Y aquí estoy, conversando con una mujer de 71 años que me sonríe con todo su cuerpo a pesar de tener una cadera recién operada. Aunque por momentos me parezca algo irreal e improbable,  estoy sentada frente a la misma persona que entró con catorce años a trabajar en mi casa como “muchacha”.  Vivió con nosotros hasta que se casó con Vidi a los veinte.  Más adelante continuó vinculada a la familia de forma esporádica. De alguna forma siempre estuvo allí.  Nos cuidó a las tres  -llegó con el nacimiento de mi hermana mediana- y según sus palabras aprendió de mi madre “todo lo que se tiene que saber para llevar una casa”. Contra todo pronóstico – se mudó a otra ciudad hace muchos años-  la he localizado y hemos podido concertar un encuentro.
Un autobús, dos trenes y un pequeño paseo desde la estación me han depositado en su comedor luminoso y pulcro. Piedad me regala su tiempo, sus carcajadas y unas fotografías que acaba de arrancar de un viejo álbum, que consiguen alegrarme y entristecerme a la vez.  Escenas que ella vivió con más consciencia que yo. Mi madre asomando tras la puerta en el momento en que  descubro mi muñeca el día de reyes,  ella dándole la papilla a mi hermana mientras yo las observo con gesto melancólico, echándome confeti por la cabeza  en alguna fiesta popular acompañada de su hermana y los tres niños que cuidaba, en el parque con otras niñeras, mi hermana enseñándole el ombligo…  De dónde habrá sacado esas fotos, me pregunto, le pregunto. Algunas las conocía, las hacía mi padre con su aparatosa cámara Rolleiflex, pero otras jamás las había visto. No consigue recordar el origen.  Después de mirarlas apoyo contra mi pecho el sobre blanco que atesora nuevos recuerdos para mi engañosa memoria construida con imágenes procedentes de  cajas y álbumes. Pero ahora quiero que hable la carne, no el papel. Y la miro, y me la imagino entonces, y le pregunto. Le pregunto básicamente cuatro cosas: cómo era mi casa, cómo eran mis padres, cómo era yo, y cómo era ella. Pretendo acceder a algo tan cercano y tan inalcanzable como la propia familia, como alguien desesperado por  ver la textura de la piel en las zonas donde la vista no alcanza. 



Lo que me cuenta no tiene ningún interés objetivo, en apariencia. Ningún glamour. Todas las pieles son parecidas. Todas las familias lo son, seguramente incluso las infelices. Pero quiero ver a la mía a través de sus ojos de niña huérfana, de su mirada luminosa y sencilla. Y justamente en ese narrar lo que parece trivial se deprende un ligero  temblor que a mí me atraviesa con la fuerza de una onda sísmica.






Me cuenta que su madre murió cuando ella era muy pequeña, allá en Granada. De miseria, me contesta cuando le pregunto. Me parece la respuesta de una poeta. El padre dejó a los mayores allí y se marchó lejos con las dos pequeñas: Piedad y Flor. Por resumir de manera indulgente: no resultó ser un buen padre. Tenía muy mal genio y bebía. Estaba deseando que las niñas crecieran para ponerlas a trabajar. Le pregunto, levemente avergonzada, si no le parece una barbaridad empezar a trabajar tan joven, insinuando que mis padres eran poco menos que maltratadores de niños. Y aquí constato cómo un mismo hecho se puede interpretar de distintas maneras. Ella suelta una carcajada, y me dice: pero cariño,  entonces las cosas eran diferentes, y para mí entrar a tu casa fue una bendición.  Me dice que al principio se emocionaba cuando oía la palabra mamá, cuando nos oía llamando a nuestra madre. Ella se imaginaba que era otra hija de la familia, y así lo vivió.  Yo suspiro, y retiro los cargos.  



Le relato los recuerdos que guardo en mi memoria sobre ella: su risa franca, sus ganas de vivir, cómo nos hacía cosquillas,  y que nos decía que mis padres habían ido “a buscar novio” cuando salían por la noche. También rememoro cómo más adelante, cuando ya estaba casada, íbamos algún fin de semana a su casa y jugábamos en aquella terraza enorme llena de macetas con plantas. Los domingos Vidi escuchaba el fútbol en la radio mientras ella recogía la cocina. Desde entonces el sonido del fútbol me produce una irremediable melancolía de domingo por la tarde. Recuerdo visitarla en la clínica cuando nació su primera hija. También que mi madre me explicó que su segundo hijo había nacido con un problema muy grave, y  había fallecido nada más nacer. Ella me lo confirma y me explica  que su doctor habló del posible desenlace con “mamá” y con Vidi. Ella no supo nada hasta el momento del parto. Mi madre buscó una segunda opinión y la acompañó durante el posparto. 
Creo recordar que una de las veces que mis padres se marcharon un fin de semana  organizó una pequeña fiesta con amigos y se trajo al novio a casa a dormir. Alguna vecina chismosa (probablemente la señora de Cienfuegos) avisó a mi madre, que le mostró su disgusto y le propinó una de esas charlas moralizantes que produce urticaria en el momento pero que deja poca huella. Vidi era la pareja natural de Piedad, no se entendía el uno sin el otro. Los ojos ligeramente achinados juntamente con su nariz aguileña daban un aire risueño a su rostro de pillo callejero. Nos traía exóticos regalitos suizos cada vez que regresaba a nuestra ciudad, y hacía chapuzas en nuestra casa mientras silbaba subido a una escalera.



Piedad me cuenta lo orgullosa que está de sus tres hijos y de sus nietos. Lo trabajadores que son y lo mucho que están pendientes de ella. Susana, la mayor sigue siendo tan dulce y discreta como yo la recordaba. Me habla de su hija mediana, Marta: una mujer brava y vital, que practica artes marciales de competición y que es capaz de romper ladrillos con un golpe de brazo; que ha trabajado en muchos oficios, entre otros como encofradora en algunas obras  con su padre. El chico trabaja también como albañil, está separado y tiene dos hijos. Todos los nietos han comido durante años en su casa -en la misma mesa donde ahora lo hacemos nosotras -  mientras los padres trabajaban. Ella ha sido una acogedora Madre Tierra para su familia. La niña que fui  -aquella cría larguirucha y feíta, según sus espontáneas palabras que tanto celebro haber escuchado-  tuvo la suerte de alimentarse  de esa solidez y esa carnalidad que ahora recupero en el puré vegetal y las berenjenas rellenas que me ha preparado. Calorías para el alma.

Vidi murió de repente a los 58 años. Aquella mañana se había escapado a visitar a su hijo a la obra. Estaba hablando con él en un pequeño descanso del trabajo y un infarto lo fulminó como si le hubiera atravesado un rayo. Aún recuerda con espanto la llamada. Y la distancia inalcanzable que había entre  su cuerpo cubierto por una tela oscura y ella,  cuando llegó y todavía no habían levantado el cadáver. Ella quería tocarlo, acariciarlo, sacudirlo para que volviera a la vida. Estaba convencida de que lo hubiera conseguido.  Pero la policía no permitió que se acercara. Y se abrió una grieta por la que se le escapaba el aire. Se instauró un desasosiego en su vida que no le permitió respirar ni dormir tranquila durante mucho tiempo. Menos mal que sus hijos la sacaron de esas arenas movedizas.  Ahora está mejor. Aun así, me asegura que no me puedo imaginar cómo lo echa en falta quince años después.


A la mañana siguiente recibo una llamada desde el móvil de Piedad. Me da los buenos días y me reta con voz sonriente: A ver si adivinas dónde estoyPues esta mañana  -continúa, sin  dejarme hacer ninguna conjetura- me he subido al autobús y me he venido al cementerio. Estoy aquí contándole a Vidi tu visita de ayer. Lo bien que nos lo pasamos.  Vengo muchos  fines de semana. Yo sola, sin mis hijos. Así se me pasa la mañana y le cuento mis cosas. Ya te dije que era el amor de mi vida. Y todavía lo es.



miércoles, 30 de mayo de 2018

Lo que contó la lechera

Johannes Vermeer


Berkeley, Gloucestershire, 3 de febrero de 1823

Me llamo Sarah Nelmes, vivo en Berkeley y desde que dejé la escuela he trabajado ordeñando vacas blossom. Nunca he sido muy guapa, pero tengo mejor aspecto que la mayoría de mis contemporáneos. Y no se debe precisamente a haber llevado una vida holgada, he bregado muy duro toda mi vida. Después de casi cuarenta años en la granja de los Pearce, ahora que por fin llegó el momento de retirarme, echo la vista atrás y veo mi vida como una fila de tareas sin interrupción. Pero todo el mundo sabe que las lecheras hemos sido siempre un modelo de belleza que ha inspirado a pintores y poetas. Una vez, hace muchos años, un pintor que vino desde Dursley quiso que posara para él. No pudo ser, mi marido no lo permitió. Ahora me arrepiento de no atesorar ese recuerdo de mi lejana juventud. La tersura de nuestro cutis era la envidia de las mujeres ricas que a veces visitaban nuestro condado viajando desde Bath, Cambridge o incluso desde Londres. Ninguna de nosotras muestra esas espantosas marcas que deforman el rostro de los que han sobrevivido a la viruela. Pero todo esto no es lo importante. Es solo un pretexto, una introducción para lo que realmente quiero explicar.
Quiero dejar constancia de que gracias al mejor hombre que ha dado esta tierra, al mejor médico de Inglaterra, el poder de esta terrible maldición es cada vez menor. Veintisiete años después de que yo le consultara sobre mis pupas de viruela vacuna, muchos habitantes de este pueblo y del resto del país han podido evitar esta atroz enfermedad. Y los protagonistas de semejante hazaña eran mis vecinos. James Phipps, que acaba de pronunciar un sentido parlamento en St. Mary’s Church, era en aquel entonces el hijo del jardinero del doctor Jenner. Tenía ocho años. Yo lo conocía porque a veces lo enviaban a buscar leche. Un chico pelirrojo y vivaracho. Fue inoculado, con el consentimiento de su padre, con el líquido de una pústula de mi mano derecha. Afortunadamente todo salió bien y cuando al cabo de unos días el doctor le inyectó la viruela no falleció, como algunos pronosticaban. Recuerdo cómo sonreía cuando vino a nuestra casa a anunciarnos el éxito de su tratamiento. Me confesó que todo había sido gracias a mí. A mi comentario. La seguridad que mostré al decirle que no padecía la viruela por haber pasado la enfermedad de las vacas previamente fue lo que le llevó a atar cabos, a relacionar la protección que proporcionaba la viruela vacuna sobre la terrible viruela humana. Lo que le animó a arriesgarse con el niño de los Phipps, y más tarde a comprometerse a inocular a todo el que quisiera.
Acabo de regresar del entierro del doctor Jenner. Todo el mundo honra hoy al hombre que yo conocí desde pequeña. Es un héroe, un benefactor mundial, hasta el punto que Napoleón accedió a liberar a los prisioneros de nuestro país ante su demanda, según cuentan.
Nadie me ha pedido que participara en el funeral. Es lógico: una mujer, una campesina como yo no posee ni la presencia ni el reconocimiento que requiere un acto tan solemne. Aunque pocos saben que gracias a los libros que él me dejó no soy tan inculta. No podía dejar de asistir a la ceremonia. La iglesia estaba llena. He permanecido de pie cerca de la puerta durante el servicio. He llorado la pérdida de mi querido médico con todo mi corazón. Y mientras observaba a los miembros de la comunidad y a las personalidades que han viajado hasta nuestra parroquia para despedir al ahora famosísimo doctor, en secreto me he felicitado por haber acudido a su consulta esa lejana mañana de 1796. Y me he alegrado de que gracias a aquella visita ya no se vean caras mordidas por la viruela entre las jóvenes de por aquí. Ahora todas tienen el cutis de una lechera.
También he decidido dejar por escrito mi testimonio, para que mis nietos lo lean cuando ya no esté. Y se sientan orgullosos de tener la misma sangre que Sarah Nelmes, la humilde ordeñadora que inspiró su mejor idea al más grande de los nuestros.


Este cuento está inspirado en el hallazgo crucial  ( y arriesgado) del doctor Edward Jenner: la vacunación. Uno de los tres pilares de la medicina, juntamente con la potabilización del agua y el descubrimiento de los antibióticos. Lo he presentado en la actual edición de Inspiraciencia y no ha pasado la primera selección, así que le hago un sitio a esta lechera tan especial en mi blog, que también está para eso. 



miércoles, 23 de mayo de 2018

Nunca jamás

The forgotten expectation  Mike Worrall


Y sueñas que regresas al instituto de tu adolescencia. Todo sigue tal como estaba entonces. Esa angustia por no saber cómo se hacen las láminas de Dibujo. Llevas mucho retraso en las entregas, te van a suspender. Pero ahora caes en la cuenta de que esta vez no estás allí como alumna, sino como profesora. De otra asignatura. El alivio dura el efímero instante de tomar aire antes de sumergirte de nuevo en ese pasillo viscoso por el que intentas avanzar. Con todas las láminas terminadas tras pasar la noche en vela, pero sin haberte preparado tu clase de Filosofía. 






Este microrrelato ha sido seleccionado en el último concurso de microrrelatos de Cuentos para el andén y ha sido publicado en el número 67 de esta revista. Estoy contenta de habitar el mismo edificio que Julia Otxoa, Angeles Sánchez Portero y Isabel Cañelles (tres escritoras a las que admiro mucho). Y de acompañar a los otros tres ganadores del reñido concurso: Iñigo Redondo, Jorge Aguiar y Jobany García. 
En éste link se puede leer el número 67 de la revista en formato issu. 

jueves, 19 de abril de 2018

El verdadero rostro



Fotografía de Cate Blanchet hecha por Annie Leibovitz. Tomada del blog de Esta noche te cuento


Tú no quieres ir. No crees en brebajes, sangrías o fórmulas mágicas. Nada te asusta más que entregarte con pasividad a una intromisión. Pero estás desesperada, y acudes a él. Después de someterte a sus rituales,  aquel que tienen en sus manos tu destino y tu dolor, quien conoce lo que tú solo adivinas,  te envía con una tarjetita y una recomendación a otro de su especie. Y resulta que en ese lugar, sin necesidad de recurrir a ninguna bola de cristal, te muestran tu futuro. Entretejido con tu presente y tu pasado. Descubres la imagen genuina de tu ser, sin caretas ni disfraces. Sonrisa encantadora o mueca absurda. Un retrato de tu esencia para toda la eternidad, con sus recovecos, sus abalorios y sus amalgamas. El oro y el  plomo de una vida, pura alquimia y metamorfosis.
Una vez vislumbrado tu verdadero rostro en la ortopantomografía que te solicitó el dentista, ya nada es igual.

Con este relato participo en la convocatoria actual de Esta noche te cuento, basada en esta fotografía

viernes, 6 de abril de 2018

Muñecas





¡Os tengo dicho que no les cortéis el pelo a las muñecas!
Ellas dos ya están escondidas en la habitación, aguantándose la risa, traviesas y cómplices. La pequeña con una sonrisa desdentada y con el pelo lleno de trasquilones allá donde antes ondeaba su melena color miel, tan alabada por todos. La mayor escondiendo las tijeras y pensando que aunque hubieran recogido mejor el baño igual las habría descubierto enseguida.
-Ya sabes, has sido tú con las tijeras de papel. Un trato es un trato. Y acuérdate de pedir perdón -le dice la hermana mayor a la pequeña, mientras sigue tramando la jugada.
 Ahora mamá tendrá que pedir hora en la peluquería para que “arreglen” el pelo a la tonta de su hermana. Ella demostrará que es una niña madura y transigente, pondrá  un instante los ojos en blanco y después se ofrecerá a acompañarlas.
Primero se fijará en cómo lo hace la peluquera: le bastará con observarla de reojo  para poder repetir el corte con la Nancy de su hermana. Un mes pidiéndoselo porfi porfi porfi ha sido suficiente. Le dejó  bien claro que es demasiado pequeña para usar las tijeras afiladas del costurero, mamá le reñiría. Ha ido dosificándole las esperanzas.  Al final ha accedido. Lo hará ella. Con una condición. Le ha costado lo suyo convencerla de que antes era necesario  practicar el estilo garçon con su melena.
Luego aprobará el resultado inclinando la cabeza con gesto convincente. Sonreirá al verla con el pelo tan cortito, eso le costará poco.
Y después le pedirá a la peluquera, con su mejor sonrisa de ángel, si le puede modelar unos tirabuzones bien marcados en su frondosa coleta de hermana mayor.


Fotografía de Vivian Mair 


miércoles, 21 de marzo de 2018

Mitad mujer, mitad mar



Remedios Varo 

La señora que ha compartido sauna conmigo en la piscina municipal me ha enseñado las cicatrices de sus once operaciones. La mía, de apendicitis, se ha encogido hasta casi desaparecer ante el mapa de carreteras que recorría su cuerpo. Al final me ha aclarado que es una enferma rara, de esas que los médicos no atinan cómo curar. Hace poco se perdió el crucero que le regaló su prima por culpa de una de las operaciones, le hacía tantísima ilusión…
Ahora, entre un ingreso y el siguiente se viene a la piscina. Se lo  recomendaron en el hospital. Y se encuentra muchísimo mejor, ya no le pica tanto ese eczema que le dibujaba escamas en la piel.  Además ha conocido a otras, ya no se siente sola. Sus compañeras de Aquagym y ella, como viejas sirenas, subliman su  añoranza de salitre y tempestades en este tanque que apesta a cloro. Las olas las fabrican ellas mismas con sus chapoteos científicamente guiados por ese monitor tan buen mozo.
Y como ya no pueden cantarles a los marinos incautos desde las ventanas, charlan entre ellas y despotrican alborozadas de sus maridos, que las esperan en casa  varados frente al televisor.


Con este microrrelato participo en la actual convocatoria de Esta noche te cuento, concretamente aquí
Fotografía de René Maltête, propuesta por Esta noche te cuento para esta convocatoria.


jueves, 15 de marzo de 2018

Urgencia




La ilustración es de David Berkvam, robada del blog de la Microbiblioteca



En la pecera las horas transcurren  verdosas y lentas. Nos miramos, sin párpados, e intentamos  hacer de la respiración un arte. Con el oxígeno trasvasado desde las branquias modelamos burbujas tornasoladas, que proyectamos con los labios hacia el aire enrarecido de la sala. Algunas son esféricas y livianas como un suspiro, otras tienen la angulosa geometría de la preocupación. Pueden crear inesperadas turbulencias pero acaban fluyendo en mansas láminas.
Pescan a razón de un ejemplar por hora, ¿seré yo el siguiente? nos oímos pensar. Una vez en el cedazo, unos sinuosos conductos te llevan a otro compartimento: triaje, radiaciones, o una pecera menor. Eres observado por expertos en partes invisibles. Luego regresas al tanque principal, a continuar respirando tiempo y agua. De camino ves a otros que boquean, con las escamas secas, al borde del acuario. Tú no quisieras acabar así, pero sabes que no puedes elegir. 
Por fin sales del Hospital, ese universo viscoso en el que has tenido que ser pez. El aire penetra en tus pulmones ligero y frío. Dilatas los sacos aéreos para perder densidad. Inspiras y tomas impulso, persuadiéndote una vez más de que eres pájaro y sabes volar. 



Con este micro he quedado finalista en el concurso de la Microbiblioteca del mes de Febrero, aquí junto con Mei Moran, José Manuel Dorrego, David Vivancos y Lola Sanabria, a quienes felicito desde aquí. Estoy  feliz de haberme podido colar otra vez en esta biblioteca tan especial  y de compartir acuario con estos peces tan exóticos y delicados.  

viernes, 2 de marzo de 2018

Geología para psicólogos




El geólogo de campo sabe que una roca (o cualquier otra estructura) puede comportarse, ante un esfuerzo dirigido,  de manera frágil, dúctil o elástica.
Que una roca (una personalidad) llegue a fracturarse,  se deforme o simplemente regrese a su lugar tras un golpe, depende de varios factores físicos ( psicológicos):
En primer lugar, de la temperatura: cuanto más fría esté la tableta de chocolate (las relaciones afectivas), más fácilmente se romperá en pequeñas porciones. Hasta los niños saben que si le da el sol a la tableta (el cariño a la criatura) ésta cede como si se desmayara, pero no se fracciona.
La velocidad de la deformación: cuanto más rápidamente se flexione una rama, con mayor facilidad se rompe en dos. Si lo hacemos lentamente, se comportará con una elasticidad envidiable. Cuando el mismo estrés ( profesional ) lo concentramos en menos tiempo, más probabilidad hay de que se sobrepase el límite de resistencia (del trabajador ) y el asunto  acabe en una fractura ( u otro accidente laboral).
El tipo de material: no es lo mismo ser una bola de plastilina que una taza de cerámica, a la hora de reaccionar ante un martillo enfurecido. Y todos conocemos a dúctiles temperamentos de plastilina y a quebradizos corazones de porcelana.
Y por último, la presencia de fluidos: si queremos modelar un bloque de arcilla será mejor que la hidratemos, solo así será maleable y se adaptará a las órdenes de nuestras manos. Dejo la interpretación metafórica  de este último factor a la imaginación del psico-geólogo en formación.  
La presión litostática se trabajará en cursos más avanzados.
Cabe destacar, por otra parte, que si el esfuerzo es inferior a la resistencia de la roca ( del carácter) no se producirá deformación alguna.  






sábado, 24 de febrero de 2018

Burbuja inmobiliaria






Los obreros que construyen el edificio de al lado ya casi han llegado a la altura de mi piso.  Desde hace dos meses cada mañana me despiertan a las ocho menos cuarto con el ruido de sus taladros y sus martillazos enérgicos. Son muchos, y muy alegres. Cantan mientras trabajan,  se mueven con agilidad entre hierros, grúas y columnas de hormigón, y se comunican a gritos como si estuvieran todos sordos o borrachos. Tienen los músculos tan exagerados como los esclavos de las películas de romanos. Yo los observo tras los visillos. Les veo trajinar, comer en los andamios, incluso un día vi a uno orinar en una esquina. Ayer uno de ellos me sorprendió mirándoles y levantó la cabeza a modo de saludo. Parecía buena persona.  En cuanto lleguen al nivel de mi dormitorio y los tenga cara a cara pienso ofrecerles un termo de café sobre las once cada mañana, para que descansen y se paren a reflexionar un poquito. O mejor les preparo una paella, dejo que salte toda la cuadrilla por mi ventana y me olvido de la reflexión. Y de paso les hago compañía, que los pobres pasan muchas horas fuera de casa. Como si ellos tuvieran la culpa de que me estalle la cabeza por el ruido espantoso, de que se vaya a perder toda la luz en las dos habitaciones más soleadas de mi apartamento, de que las vistas se me llenen de ladrillos. Como si no fueran ellos con sus músculos y sus manos grandes, y no yo con mis palabras y mis quejas pequeñas, los que tuvieran la razón.  



viernes, 16 de febrero de 2018

Como un bendito


Fotografía tomada en una exposición de Louise Bourgeois, en el MOMA de Nueva York 


Consigo escapar por los pelos de las garras de un tremendo Dientes de sable. Empapada en un sudor helado recupero el aliento, y ya fuera de su alcance me ajusto los tapones de los oídos.
Trato de imaginar, con resignación, a qué otras pesadillas podría incorporar esos malditos ronquidos: ¿otro depredador menos pretencioso?, ¿una avalancha?, ¿un maremoto?...Intento penetrar de nuevo en el sueño, pero unas puertas giratorias me devuelven a la habitación.
Abro los ojos y desde mi lado de la cama veo cómo se balancea, suspendida en el centro del techo, una inquietante araña albina. Debería haber limpiado la casa más a fondo. Noto cómo se tensan los hilos que nos sostienen. La cama se desliza hacia el vórtice de una espiral en cuyo centro nos espera ella, simétrica y risueña.
Incapaz de hacer nada, sólo me queda contemplar la escena que se refleja -distorsionada y creciente- en cada uno de sus ocho ojos frontales. Yo, aferrada a la almohada con la desesperación de un náufrago. Mi marido, descansando de su día agotador y emitiendo por su boca abierta otro patético rugido de viejo león.



lunes, 22 de enero de 2018

Pura vida. Apuntes de un viaje navideño (I).



Trasladarse  y conversar    
   
Life is weird. Esa fue la moraleja que sacó tras explicarme un episodio de su primer trabajo. 
Steve viajó a los once años desde Azerbaiyán a Estados Unidos para estudiar y vivir con una familia americana. Su padre llevaba demasiado tiempo diciendo que un día se irían a vivir a los Estados Unidos, estaba obsesionado con esa idea. No quería contradecirse a sí mismo, pero antes de ir él envió a su hijo de avanzadilla. Ocho años después le alcanzaron los demás: los padres, cinco hermanos y seis hermanas. El padre trabajó toda su vida en un bazar, en Brooklyn. Murió diez años atrás y la madre quedó viuda al cargo de unos cuantos hijos menores.  Ahora él tiene 38 años y una cara de pillo que inmediatamente me fascinó y me puso en alerta.  Viaja a San José de Costa Rica sentado a mi lado en el avión de United que acaba de salir de un Newark congelado. No tardamos ni diez minutos en empezar a dosificar nuestras autobiografías, en capítulos aleatorios.  No importa, tenemos cinco horas por delante y Quique se duerme enseguida (¿No tendrá celos tu marido de que hables conmigo?, me pregunta en un momento de la conversación). Dispone de cuatro días libres, ha puesto el dedo en un mapamundi hace unas horas y ha comprado un billete de avión. No ha reservado nada, algo encontrará. Es la única manera que tiene de desconectar de su trabajo coordinando camiones de mercancías.



A las dos y media de la madrugada de mi reloj, con la hora española todavía sin cambiar, estoy escuchando las historias que me cuenta un perfecto desconocido. Difícilmente se me ocurriría hacer algo así  en mi país,  ni en mi idioma. Me entero de que tras la debacle económica del 11-S se vio obligado a dejar sus estudios universitarios en el segundo curso y a buscarse la vida. Por momentos puedo salir de la conversación y observar la escena desde un lugar que se dilata como una extensión entre mi piel y el techo de la cabina, para enseguida volver al interior de mis vísceras. Me sorprendo interesándome por su relato,  como si no fuera siempre el mismo.  Pero incomprensiblemente, no me canso. Siempre me ha chiflado escuchar, desde que de niña me sentaba en un rincón a registrar con disimulo las conversaciones de las visitas de mis padres. Reclutó a Wellington, un negro grande como un armario ropero, como socio para su nueva empresa.  Fueron al desguace a buscar uno de esos autocares escolares amarillos que cuando llevan tropecientos kilómetros son considerados ruinas inservibles. Lo pintaron, le quitaron los bancos. Y se anunciaron en Internet como empresa de mudanzas. El primer servicio fue una mudanza desde una casa muy pija de Manhattan a otra de New Jersey. La lady no podía creer lo que veía: una mole afroamericana y un judío skinny y  liante intentando dar gato por liebre. Le oyó decir por teléfono a su marido algo así como que esos “fucking-sons-o’-bitches han metido nuestros muebles en un autocar escolar”.

Steve me habla de sus dos matrimonios fallidos, de los dos hijos que tuvo con su segunda esposa, uno de los cuales le había subido a su móvil un juego el último fin de semana que estuvo con ellos. De las diferencias culturales irreconciliables entre su ex-mujer, americana de pura cepa que siempre acuesta a los hijos a la misma hora y no permite que las circunstancias se interpongan en lo que ella considera que es correcto, y su carácter inquieto y aventurero. Pero él adora a sus hijos, lo pasa de maravilla con ellos.  Mientras lo dice una veta de melancolía  atraviesa su mirada y, como si de repente buscara un sentido, me suelta: “Tú puedes planificar si quieres, pero luego las cosas salen como al destino, o a Jesús o a Mahoma o a algo exterior a ti le place. No controlas casi nada. Life is weird.



A lo largo del viaje por Costa Rica posterior a este vuelo, tuve más oportunidades de escuchar historias improvisadas, resúmenes de vidas que se intercambian como cromos para contárnoslas a nosotros mismos y a otros, siempre y cuando los interlocutores sean personas desconocidas a las que no vamos a ver nunca más. Curiosamente también fueron hombres, llenos de cicatrices por fuera y por dentro pero capaces de comunicarse con lo que al principio creían que era una gringa. Como el viaje lo organizó mi hijo Víctor con los estándares del presupuesto con el que se manejaba él en ese país y su proverbial austeridad, los cincuentones de sus padres hicieron un viaje de mochileros. Confort mínimo. Máxima exposición a un entorno puro, sin adulterar por los tejemanejes de los circuitos turísticos.  Nos desplazamos siempre en autocar, espacio ideal para confidencias ante la perspectiva de trayectos de al menos cuatro horas.  
Así, en el trayecto hacia el volcán Irazú, mientras el autocar jadeaba subiendo el desnivel de 3000 metros que había desde la capital hasta el volcán, mi vecino de asiento me resume su biografía de costarricense que regresa a su país para una visita a su padre nonagenario, después de vivir desde los 18 en los Estados Unidos. Es la versión mestiza de uno de esos cuerpos maduros pero poderosos pintados por Miguel Ángel o por Leonardo. Un dios, o un esclavo. A punto de jubilarse, ha vivido su particular sueño americano. Con sus hijos y nietos no puede hablar en español. Mi mujer es de allí y yo estaba trabajando cuando los chicos eran pequeños, se justifica. Aunque no ha conseguido acostumbrarse al frío ya no volvería, me dice. Me habla  modelando sus palabras con sus manos de gigante. Sabía levantar paredes cuando se fue, pero allí aprendió los complementos de electricista, plomero y todo lo demás para que ahora pueda ser el que controla a toda la cuadrilla en las reformas que le encargan.


Las manos del siguiente venden lotería. El autocar va para Chacarita, donde tomaremos otro hacia Corcovado. Todavía no sabemos que tendremos que esperar cuatro horas en una gasolinera en el medio de la nada. Vende lotería y tiene una soda (bar) que regenta su familia. Antes trabajó para la United Fruit Company, o la Yunai como ellos llaman a la compañía bananera norteamericana. Cuando tenía 21 años, recién casado, la hélice de un tractor le seccionó un dedo y medio (todo el meñique y la mitad del pulgar). Me lo muestra. No parece que le falte el meñique, simplemente si te fijas ves que tiene un dedo menos. Lo del pulgar es más patente. Su mujer le dijo que ya no quería saber nada más de él, que le daba asco con esa mano. Un día, al llegar vio que había vaciado la casa y se había marchado con todo. Luego ha tenido otras dos.Con la última de ellas después de treinta y siete años ya no se llevan bien, aunque viven en la misma casa. Se acabó el amor, así lo cuenta.

La religiosidad llega a todos los ámbitos

Se baja en Palmar a buscar la lotería. Más tarde entra un señor ciego. Saluda a todo el mundo y felicita el año al conductor. Su mujer le hace una broma cariñosa mientras le guía por un pasillo abarrotado. “¡Córranse, por favor, colaboren!”, pide el conductor cada vez que entra alguien más a un autocar cuya ocupación ya triplica sus plazas. Jesucristo también nos lo suplica desde las ventanas. Se sienta a mi lado y enseguida me da conversación. Me cuenta que está regresando a casa con su mujer y su hija Carla. Él se llama Carlos, y su mujer es mucho más joven que él.  Se interesa por mi país, por mis hijos, por mi vida. Me dice que aunque no me vea físicamente está muy contento de hablar conmigo. Que salude a mi hijo Carlos de parte de un Carlos “tico” que su mamá ha conocido. Me cuenta, con una tranquilidad inaudita, que perdió la vista en el 2006 después de una operación en el ojo con el que veía mejor. Estaba solo y no pudo demandar. Ahora su mujer le ayuda mucho para ir a los sitios y orientarse. Me habla del portero del Real Madrid, de lo bien que se está en casa, de la gente de su pueblo…de su rutina diaria. Y yo quedo empapada de su alegría de vivir como si fuera una lluvia del trópico. 


En mi vida diaria hay una lucha constante entre mi interés por la gente y la discreción que nos imponemos los introvertidos a nosotros mismos.  Entre ver y que me vean, elijo siempre ver sin ser vista.  Pero cuando viajo me transformo en alguien que se atreve a preguntarle a un extraño cosas tan intimas como si se sintió abandonado cuando lo enviaron a otra familia con once años, qué le pasó en esa mano que no tiene dedos, cómo se siente al regresar a su país, o por qué no demandó a quienes le dejaron ciego.

Con Víctor, el primer día del reencuentro

No sé explicar este comportamiento por mi parte, pero la cosa funciona así. Y así lo dejo registrado por si algún psicólogo, con un tratado de trastornos de conducta en la mano, lo quiere intentar catalogar. 



jueves, 11 de enero de 2018

Contrastes

El viaje a Costa Rica del que acabo de regresar ya había sido suficientemente intenso como para escribir una crónica enjundiosa a la vuelta. Mis libretitas bullían de notas e impresiones. Pero el destino se divierte dando quiebros inesperados. En el viaje de vuelta nos cancelaron el vuelo de Nueva York a Barcelona, y Swiss airlines nos regaló tres días extras en la ciudad que nunca duerme. No tuvimos más remedio que visitar un Manhattan glacial y eufórico. El contraste entre lo que había vivido en Costa Rica y las imágenes de NY dieron un valor añadido al viaje. Y es que los dos lugares se comportan de maneras muy diferentes en algunos de los aspectos que conseguí fotografiar. 

                                                     En la distribución vertical de sus edificios





En sus escaparates







En las actividades de las niñas solitarias












En la manera de comer



                                                              


                                                       En sus centros de reunión





   

                                                                              En sus grafittis





                                                                          
                                                                En los edificios y sus carteles
















                                                              

                                                            En la señalización de sus caminos 





                                                          
                                                   En cómo ocupan el tiempo libre las familias


  


En sus carteles publicitarios 



                                                             

                                                        En el tamaño de las hojas de sus plantas 






                                                        En los medios de comunicación ( lo que muestra el guía es una de las espinas que usan los indígenas para sus cerbatanas) 




                                                                 
                                           
                                                           En sus insectos sociales






                                           
                                                    En la forma del agua ( nótese lo mojados que estábamos, tras ocho horas por el bosque húmedo, en mis pantalones) 






 Entre esto pares de fotografías han transcurrido como mucho diez días. Sé que he de sacar alguna conclusión sobre estos contrastes tan significativos que percibí revisando las fotos, pero todavía no soy capaz de plasmarlo en palabras. Sirvan, pues, las imágenes como la forma de lenguaje más adecuada para revelar lo que todavía no se puede verbalizar.