Subo
este vídeo que grabó mi sobrino Elías Ruíz Monserrat (ver sus fantásticas fotos aquí ) para
promocionar mi primer libro ( individual) de relatos, "Hormonautas", que está a punto de
publicar la Editorial Nazarí. En un par de semanas estará en venta y el día 26
de noviembre haremos la presentación en Barcelona, en la sede de la SGAE.
Estoy
muy contenta y muy agradecida a todos los que han colaborado para que semejante
fantasía se haya materializado. En el booktrailer mi procesador de texto ( pirata) y
yo intentamos explicar visualmente qué
narices significa el término Hormonautas, de qué va el libro, como si fuera tan
fácil...
Estáis tod@s invitad@s a entrar de alguna manera en mi cabecita, leyendo estos
textos.Solo si os apetece, nada de forzar a nadie a tirarse de cabeza en un
café, por supuesto.
El chico alto de la perilla le
ajusta el cuello de la gabardina y a continuación le dedica media sonrisa inclinada. Nadie más sabe vestirla y desnudarla con esa
exquisita mezcla de pasión y delicadeza.
Un ejército de mujeres
inexpresivas como maniquíes merodean a
su alrededor, mientras deslizan las perchas de las nuevas camisas con la aparente
ligereza con la que se toca un arpa.
Él le ciñe el cinturón, estira
una manga. Luego se retira levemente para contemplar el efecto. Ella permanece
inmóvil, como corresponde a las de su especie, pero en cuanto la toma en sus brazos
para colocarla en el sitio, el carmín agrietado de su boca emite una luminosa sonrisa
que sólo él puede ver.
Rodeada de frutos secos y de hojas rojizas, le
observará de reojo desde el escaparate deseando
que llegue la temporada primavera-verano.
Empezar a
trabajar —recién licenciada— dando
clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un
barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio
profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima,
o bien la formación de una capa de piel tan gruesa que nada de lo que ocurra después llegue a
ser realmente preocupante.
Cuando
firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis
clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi
especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis
grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas
asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en
su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito o tecleando una máquina de escribir.
Tengo
recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me
planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con 35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas
heavy metal. Probablemente no todos
las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las
melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila.
Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me
parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después
vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes
contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que
llegaba a dar las matemáticas especiales
con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los
mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias
profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si
conseguía hacerme escuchar.
Me
ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme
contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier
profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no
iba yo a ser menos.
Yo
estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual
cada mañana dedicaba cinco horas a
prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las
fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de
FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo
nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en
mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con
el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las
suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El
momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando
uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes
vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para
su profesora era una señal de amor verdadero.
El
curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras
todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de
clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi
asignatura.
Sin
hacer nada especial, en la presentación
del primer día todos los alumnos se
dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía autoridad. Me escucharon con los ojos bien
abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando pulseras con pinchos en sus muñecas.
Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte.
Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento
El día
en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una
forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio
mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se
miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del
norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.
Desde
que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá
arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo
y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué
puñetera instrucción lo habían perdido.
Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.
Asomarse a la caldera de un
volcán es siempre impactante. Una herida que un día se abrió
en la piel del planeta, un enorme absceso de pus que supuró gases hediondos y
un plasma ardiente e infecto que ahora se muestra coagulado en una costra de
obsidiana, basalto o andesita. Cuando el excursionista se asoma a esa rendija,
a través de la cual se adivinan las entrañas de la tierra, tiene que estar
preparado para sentir un inesperado mareo al observar el desnivel, un asombro
de dimensiones geológicas al pensar en el rugido de energía que lo produjo, o una
reverencia ensimismada ante un abismo de tiempo que no cabe en la cabeza. Hasta
aquí todo normal, los saludables vértigos que proporciona la naturaleza si le
das pie a que te deslumbre y te reduzca a tu justa dimensión. Pero si resulta
que el fondo de la caldera aloja algo parecido a un jardín de nenúfares, todo
el mundo comprenderá que la viajera que esto escribe tuviera un ligero vahído y
a continuación se pusiera a tomar fotografías como una posesa.
Rano Kau es una inmensa caldera
que contiene un mundo en su interior. Las isletas de plantas hacen las veces de
continentes rodeados de un océano que refleja las nubes de arriba y a la vez se
mimetiza con el auténtico océano de afuera en un juego de espejos fascinante.
Como un enorme cuenco, una vasija oxidadaque guarda y protege a las delicadas
plantas que contiene: especies endémicas que no podrían sobrevivir sin las condiciones
que este invernadero les proporciona. Los colores de la tierra mezclados con
los colores de la vida (una mata de buganvilla tapiza una zona de las paredes
interiores, y todala gama de verdes imaginables pespuntea un paisaje ocre y
violeta) en una simbiosis perfecta. Me hace reflexionar sobre la presunta
modestia de los humedales, la poca importancia que se les concede a nivel
mundial y su crucial papel para preservar la biodiversidad. Ojalá sigan
cuidando de este bellísimo jardín botánico silvestre y profundo.
Antes de subir al volcán nos
hemos parado en un cementerio tan luminoso que daban ganas de morirse, y en una
cueva marina en cuyas paredes los antiguos pobladores pintaban peces en lugar
de gacelas. No sé si se puede aplicar en este contexto, pero el color esmeralda
de las olas y los colores pastel de las pinturas rupestres empiezan a producir
en mi algo parecido al síndrome de Stendhal. Tanta belleza no puede ser buena
para el correcto funcionamiento de la razón.
En el extremo de la costa que contiene el volcán se encuentra la aldea ceremonial de
Orongo, un conjunto muy bien conservado de 53 casas de piedra donde a partir
del siglo XVI, cuando la construcción de moais había agotado ya los recursos y
solamente anidaban aves marinas en los tres islotes bajo el acantilado, cada
primavera se celebraban cultos a la fertilidad y el ritual del hombre pájaro.
Mientras en Italia Leonardo da Vinci intenta construir un armazón con forma de
alas para que el hombre pueda por fin volar, en Rapa Nui el primer hombre pájaro
regresa nadando desde el tercer islote con un huevo de alcatraz ligado a su
cabeza. A partir de ese momento todos en
la isla se someterán a su clan, y él intentará gobernar un territorio agotado y
esquivo.
Curiosamente, los pájaros me
persiguen en mi paseo por Orongo. La
versión rapanui de un gorrión insiste en que le fotografíe, y a
continuación una rapaz ensaya una coreografía aérea con su pareja en un
espectáculo en exclusiva. Como si quisieran recordarme que las aves han vuelto
a conquistar la isla y te las puedes encontrar por dondequiera que vayas. Lo
mismo que otros animales: caballos, gallinas, cerdos… y sobre todo perros, los verdaderos
habitantes de Pascua.
Mi limitado y occidental concepto de lo que
es un animal de compañía sufre un vuelco tremendo tras observar a los perros
chilenos. En Santiago de Chile los perros ocupan toda la ciudad. Manadas que
viven en parques, parterres y calles. Perros grandes y pequeños, mestizos y de raza, que buscan en las
basuras, que se huelen y luego se separan, o que descansan enrollados como
ovillos lanudos en cualquier rincón. Perros que cruzan enormes avenidas y
sorprendentemente casi nunca son atropellados (aunque nada más llegar a la
ciudad vi los cadáveres de dos que no habían alcanzado el otro lado de la
calle). Una garra de congoja me agarró por el cuello desde que vi el primero de
ellos, aunque por lo general los perros no se veían famélicos e incluso algunos
llevaban abrigos que supuestamente les había puesto alguna organización de
voluntarios concienciados por el tema. Pregunté varias veces sobre este asunto
y las respuestas fueron variopintas y no demasiado tranquilizadoras: que la
gente los compra de pequeños y luego los suelta porque no los puede atender,
que se están empezando a hacer campañas de esterilización, que a san Pedro de
Atacama le llaman San perro de Atacama…y un señor me dijo, mirándome con sorna,
que como ese país siempre ha estado en crisis en algunos momentos tener a
disposición palomas y perros en las calles ha salvado la vida a más de uno.
Cuando llegué a Pascua nos recibió en el aeropuerto un cruce de pastor alemán
que luego vi varias veces más por la isla. Los perros en Pascua no dan ninguna
lástima. Viven en una especie de manada que cubre toda la isla (los encontramos
en todas partes: el día de lluvia había uno en la cantera de los pukaos,
empapado pero haciendo guardia en la entrada, en la playa vimos unos cuantos y
en la caldera de RanoKaomerodeaban a los turistas), corren , se saludan , se
reconocen, se esperan para olerse mutuamente y son amigables aunque reservados
con los humanos. Anita nos contó que todos son de todos, aunque cada uno se
encarga de alimentar de manera más exclusiva a unos cuantos. Ella tenía uno que
acudía a comer a su casa y luego desaparecía. A veces se quedaba unos días,
otras veces pasaban un tiempo sin acudir.
Me dio la sensación de que esa era la relación correcta e ideal de los
perros con los humanos, una relación parecida a la que existiera en los
orígenes de la domesticación: carroñeros que comen nuestras sobras y nos hacen
compañía mientras viven en un grupo mixto de humanos y canes. No me puedo
imaginar nada más ridículo en esta parte del mundo que llevar a los perros a
pasear atados con una correa. Los caballos, las gallinas y los cerdos tienen la
misma libertad de movimiento y deambulan alrededor de las casas que nunca están
valladas y de los espacios abiertos que las circundan. Tuve la suerte de
contemplar un encuentro de perros y caballos con fondo de moais.
Lo que no pude ver fue el
interior de alguna de esas casas livianas y coloridas típicas de Hanga Roa,
pero me reservo el derecho a conjeturar con mi imaginación cómo debe de ser vivir allí dentro. La sensación que me queda es que nada
en esta isla es lujoso pero que debe ser un auténtico lujo vivir una
experiencia tan cercana a la naturaleza y a una vida humilde pero completa:
aquí desde bien temprano los jóvenes saben construir casas, montar a caballo,
nadar, pescar y cocinar el pescado blanco (como el que comimos el último día en
un destartalado bar del puerto) con salsa de mango y patatas dulces. Ahora no
quiero ensuciar esta impresión pensando en los inconvenientes del aislamiento
que les hace depender de la llegada de muchos productos en avión. Me quedo con
la imagen del nativo que vendía productos artesanales frente a un altar de
moais, que tenía el pelo recogido en unas rastas que semejaban las raíces de un
árbol y que nos contó que el moai más valioso, el que tenía toda la espalda
grabada con delicados dibujos, no estaba en la isla sino en el Museo Británico.
Me quedo con su sonrisa y con las cuatro palabras que nos enseñó en su idioma,
que por desgracia inmediatamente olvidamos.
Con la imagen de
los imponentes moais aún en la retina, nos dirigimos a la costa norte.
Necesitamos diluir la contundente solidez geológica de las estatuas en la
visión de una inacabable extensión de agua. En el camino paramos a visitar el mayor
grupo monumental de toda la isla (Tongariki),situado de espaldas a un gigantesco acantilado. Moais que
consiguieron emerger totalmente del
basalto y llegar hasta este altar, cabezas de diferentes tamaños que continúan
en un cuerpo proporcional y que, como si se tratara de un ejército de peones de
una partida de ajedrez mítica, miran al frente dispuestos a avanzar implacables
sobre nuestra fragilidad y nuestro vacío. Necesitaremos mucho océano para
desteñir esta imagen tan sobrecogedora.
Llegamos a la playa de Anakema
(la única playa practicable como tal en la isla, el resto de la costa es abrupta
y poco acogedora) mientras intentamos localizar la playa anterior, la de Ovahe,
que según la guía tiene la arena de un especial color rosado procedente de la
meteorización de la escoria volcánica.
Aparte de una
playa paradisiaca, en Anakema nos aguardan otras sorpresas: una plantación de palmeras procedentes de Tahití, otro altar de moais, tres lugareñas que salen de
darse un baño a pesar de la lluvia, y un grupo de fantasmas que resultan ser turistas
con chubasqueros blancos. Dos pequeños volúmenes de arena van a parar a unos
frasquitos que, a partir de septiembre, formarán parte del material de geología
de mi instituto juntamente con unos magníficos fragmentos de obsidiana que
encontraré al día siguiente durante una excursión por la otra esquina de la isla.
En esta misma playa
desembarcaron los antecesores de toda la población rapanui. Esto le da un
carácter mágico e inaugural al horizonte. Pero probablemente también permitió
la entrada a las fragatas holandesa que, el día 5 de abril de 1722 “descubrieron”
esta isla, la bautizaron con el nombre de isla de Pascua y rompieron el
aislamiento milenario de sus habitantes, abriendo una brecha para que hicieran
sus incursiones posteriormente James Cook, el conde de La Pérouse, piratas, corsarios ( que no son sino piratas
respaldados por un gobierno) y la compañía
de ferrocarriles de Perú que se llevó a gran parte de la población para usarlos
como esclavos. Para cuando en 1888 Chile se anexionó la isla, el sistema social
estaba destruido, no había nadie capaz de leer las tablillas parlantes Rongo Rongo, y los pocos nativos que
quedaban malvivían cercados por alambradas en la actual Hanga Roa, en terribles
condiciones de aislamiento y maltrato. No me extraña que los descendientes de
aquellos pocos supervivientes posean esa dignidad y esa mirada fiera e
indomable que también he observado en los africanos,y noquieran dejar en manos de gobierno chileno la gestión de su
patrimonio.
Una playa tropical
no siempre es un lugar idílico para bañarse y evadirse de la estresante
vida occidental. Esta playa es mucho más. Un baño en estas aguas es una
inmersión en lo más oscuro de la historia de la humanidad. Me quedé con las
ganas de parecerme a esas tres mujeres que acababan de bañarse en Anakema y no
mostraban ningún miedo a entrar en contacto con toda esa energía. Pero no me atreví
a desnudarme y a entrar en el agua. Continué con el anorak puesto y tomando
fotos con mi cámara, como una cobarde que cree saberlo casi todo.( Continuará)
Empecemos
por la teoría, ya tendrá tiempo la experiencia de darle un buen revolcón hasta
el punto de que nada de lo leído parezca tener la más mínima relación con lo
vivido a posteriori. Según Jared Diamond, la isla de Pascua es uno de los mejores
escenarios para ejemplificar un desastre ecológico a gran escala, un colapso de
la naturaleza producido casi exclusivamente por el hombre. De hecho, se puede
explicar como una metáfora de lo que le puede acabar pasando (de lo que ya le está
pasando) a nuestro planeta si seguimos ejerciendo una presión depredadora sobre
los recursos naturales. Un frondosa isla tropical (es cierto que, de entrada,
más frágil que otras de la Polinesia) esquilmada por la tala de árboles, que a
su vez produjo la extinción de los pájaros que anidaban en ellos y la
imposibilidad de pescar por la falta de madera para construir canoas. La
erosión del suelo, que ya no era retenido por las raíces de los árboles, mermó
las posibilidades de seguir cultivando y la isla se convirtió en un desierto. Y
todo por culpa de la construcción de Moais, que requerían de troncos de
fornidos árboles para ser trasladados y de cuerdas obtenidas de las palmeras
para tirar de ellos.
Con
esta premisa en mente, nos dirigimos a la cantera Rano Raraku, en la que se
esculpían los moais directamente sobre el basalto para, a continuación, ser
trasladados a los diferentes lugares de la isla. Antes hemos pasado por otra
cantera (Puna Pao) donde daban forma a los pukaos o sombreros que lucen algunas
estatuas, modelados sobre escoria roja. Sigue siendo válida la metáfora global:
diferentes recursos obtenidos de diferentes lugares, viajando a lo largo del
territorio con enorme gasto de energía.
Cantera de Puna Pao, con los pukaos al fondo.
La
impresión que me produce la visita a Rano Raraku es imborrable. Ya de lejos, el
despliegue de colores que muestra el volcán produce un efecto hipnótico. A esta
viajera le entran ganas de invitar a todos los diseñadores de tejidos del
planeta para que imiten de una puñetera vez a la naturaleza en sus estampados y
se dejen de combinaciones y motivos cutres. Las tonalidades de verdes, ocres,
violetas, magentas y otros colores aun por catalogar que despliega el paisaje
brillan esmaltadas bajo el efecto de la lluvia. Si añadimos el hecho de que ese
día nadie más se ha atrevido a recorrer estos caminos enfangados, todo el mundo
me comprenderá si digo algo tan manido como que por un momento me sentí una ( o
media) con el universo. Pero lo mejor estaba por llegar. Por muchas imágenes
que se hayan visto, nadie está preparado para encontrase -surgiendo de la roca en
diferentes fases embrionarias- con unas caras gigantescas que te miran como si
lo supieran todo. Cuerpos que son caras, caras que son almas, o mejor dicho
ancestros. Pero nada de bisabuelos reumáticos y quejicas. Ancestros de los
auténticos. Una estirpe de antepasados polinesios capaces de subirse a una
canoa y recorrer cinco mil kilómetros tratando de averiguar si hay tierra
firme a base de interrogar a las nubes, a las algas y al vuelo de las aves.
Los
moais son individuos diferentes, cada uno con su personalidad y sus rasgos
peculiares. Todos tienen grandes narices y sobre todo enormes orejas, pero cada
uno te mira desde el espíritu del antepasado que representa. Y no te dejan
indiferente esas miradas. A las inútiles preguntas sobre cómo consiguieron esculpirlos,
levantarlos y transportarlos sin más máquinas que la musculatura de los
habitantes de la isla, no vale la pena buscar respuesta. Es mejor observar este
taller de escultura al aire libre con una mirada asombrada y contemplativa. Hay
que mirarlos de uno en uno con reverencia, y también mirar el conjunto desde
arriba. Produce la extraña sensación de que el lugar fue abandonado de repente,
las herramientas por el suelo, los moais a medio hacer, algunos yaciendo aun en
las entrañas de la roca, mitad estatua mitad volcán, otros volcados o
inclinados por falta de tiempo para acabar de enderezarlos. Como un ejército en
estampida. Todo sugiere que alguna historia terrible se esconde tras la
disposición de los elementos de la cantera. Y solo cabe el silencio o el aleteo
aterido de la imaginación.
Pero me atrevo a afirmar que nada
tiene que ver con el misterio, ni con el esoterismo. O no más que la contemplación
de una catedral o de unos restos romanos. En absoluto. Es otra cosa. Una manera
tan humana como exótica de realizar tareas tan comunes como producir arte,
expresarse, rendir culto a los antepasados, competir entre clanes y
relacionarse con el medio. Nada nuevo. Sólo que ellos no tuvieron ninguna
posibilidad de contraste o de intercambio. Vivieron aislados del contacto con
otros pueblos desde que llegaron las canoas procedentes de alguna otra isla de
la Polinesia hasta que en 1722 llegó el primer navío europeo. Mil años en un
aislamiento irrespirable. Mil años de introversión da para mucho: para desmontar
un volcán y convertirlo en ancestros orejudos, para brillar como un imperio y a
continuación caer en una angustiosa decadencia por haber depredado el propio entorno.
A su llegada, los barcos europeos (holandeses, españoles, ingleses…, en un
macabro desfile de invasiones) se encontraron con una población hambrienta y
desesperada. Inmediatamente se aplicaron a contribuir a esa decadencia con inventos
tan “civilizados” como las enfermedades víricas, el esclavismo y la
colonización.
Aunque en la actualidad se
pueden ver algunas plantaciones de palmeras procedentes de Tahití, manchas de
eucaliptos o de otras plantaciones experimentales, y plataneras u otros árboles
tropicales en Hanga Roa, la aldea que ejerce de capital (y que es la única zona habitada),
la isla continua siendo un erial. No me extraña que se vengue de los humanos
con sus temporales implacables como
el que estamos sufriendo, o mejor dicho disfrutando, en esta visita contra
viento y marea por un paisaje invernal fresco y estimulante. Próxima parada: la
playa. ( to be
continued…)