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viernes, 12 de julio de 2019

La odisea de recordar a por lo que fuimos a la despensa ( Prólogo de Antonio Báez)


Un relato es lo referido. Un microrrelato es un pequeño referido.  Estimados lectores, les doy la bienvenida. Estimados lectores de Paz Monserrat Revillo. Un prólogo, ya es sabido, existe siempre desde la duda de por qué existe. Los galgos son elegantes y sociables, los galgos son aristocráticos signos ortográficos de la vida perra. Ante el hecho absolutamente anómalo de lo referido la autora de estos microrrelatos demuestra un dominio magistral de la sencillez y la naturalidad para la descripción de mundos complejos, paradójicos, surrealistas, imposibles. Una mano se adentra en un bolso y halla los fondos del océano. Entre los vapores de la ducha y  tras el cristal de la mampara el mundo, todavía sin enfocar, es un territorio mitológico. ¿Qué sé yo de Paz? Sé que es profesora de ciencias y sé que el contacto continuo con los chavales te mantiene alerta y despierto, despierta a ella. Hace unos meses leí su anterior libro de referidos, de relatos, titulado Hormonautas, así que sé de su buen hacer narrativo y de su mirada desprejuiciada y novedosa; en Hormonautas Paz unía literatura y su poquito de pedagogía científica.  Sé que a Paz le gustan los galgos, aunque no sé si para ella también son signos ortográficos, y la vida familiar, y sé que el contacto con otros mamíferos te ayuda a enfocar, a poner perspectiva.  Jardinería de interior nos hace el referido, o los muchos pequeños referidos,  de  la vida doméstica, familiar,  profundamente mamífera de sus lectores. Búsquense ahí dentro, en cada texto, algunos en la dedicatoria personal, los demás donde el espejo de alguna memoria, de algún sueño, de cierta delicadeza, de un silencio, de bastantes anomalías. Los lectores somos seres raros, ambiguos, los lectores en los tiempos que corren andamos de la mano de la delincuencia, menor, pero delincuencia al fin y al cabo. Un libro, y más un libro físico, puede ser muchas más cosas que un libro, he ahí su grandeza. Un paciente en un hospital se puede sentir un pez encerrado en un acuario y a su salida un pájaro en libertad. La sencillez de la metáfora tiene su eficacia en la retórica del texto. Un oftalmólogo de gatos, un idilio con un maniquí, la zoología y la botánica para mostrar comportamientos y actitudes que nos explican, el pluscuamperfecto de subjuntivo para desentrañar los azares y casualidades de los que somos fruto, alumnos de instituto, profesores con pesadillas que los devuelven a sus pesadillas como alumnos: la vida en referidos cortos, breves, microrrelatos. Un libro de microrrelatos tiene utilidades varias, entre ellas apuntala la lectura de los que no tienen mucho tiempo para leer; habría que inventar, si no están inventados, calendarios con un microrrelato para cada día. Un libro, ya sea de microrrelatos o de otra cosa, puede sostener la pata de una mesa o de una silla que cojea. Un libro puede ser también un dardo lanzado al aire que atraviesa el aire y surca el aire hasta salir al espacio. Si hay vida en otros planetas el libro de Paz sería un muestrario de cómo es la vida de interior, donde la aventura del viaje está en llegar a la despensa con la memoria de todo lo que fuimos a buscar. Disfruten de Paz, de la jardinería interior y de ustedes mismos, de su delincuencia lectora, de esa pasión ambigua por leer pequeños referidos. Y si alguna vez les hace falta, usen un libro para equilibrar un mueble, la misión será noble, una mujer, un hombre han de tomarse la sopa seguros y firmes, como Odiseo atado al mástil para oír el dulce canto de las sirenas.

Prólogo de Antonio Báez a Jardinería de interior. ¡Gracias!




lunes, 24 de junio de 2019

Presentación de Jardinería de interior en Molins de Rei

Presentará Juani Martínez, profesora de lengua y literatura del instituto Lluis de Requesens
Leerán textos del libro algunos alumnos y ex alumnos de la menda.






                                            Algunas fotos de la presentación. Gracias a tod@s!

martes, 18 de junio de 2019

La madre del cordero

Fotografía "robada" a la web de la microbiblioteca


Ideas parásitas, pequeños hurtos, quejas autocompasivas, acné persistente, resentimiento, faltas de ortografía, y esa desagradable halitosis vital que me caracteriza. Todo. Ahora lo sé. Absolutamente todo lo que soy se remonta a aquel paseo por el parque. He necesitado diez años de terapia y cuatro sesiones de hipnosis para que saliera a la luz el origen de todas mis miserias. Hoy lo he revivido, de alguna forma lo he vuelto a experimentar: el fatídico momento en que levanto la vista y me doy cuenta –con el desamparo de un corderito que es llevado a sacrificar de que le he dado la mano a una señora que no es mi mamá. Ese vértigo. Ese trauma germinal. Inmediatamente remachado por las risas de mi hermano Abel. El favorito. El médico. El listillo incapaz de imaginar que en breve recibirá una visita.



Con este microrrelato he quedado finalista en el último més del concurso de La Microbiblioteca de esta edición y he conseguido colarme en el libro "in extremis".

miércoles, 12 de junio de 2019

Libro de microrrelatos Jardinería de interior



Publicar es parecido a desnudarse. Algo que estaba oculto bajo las capas de ropa se muestra.  La piel con todas sus cordilleras y afluentes. A veces se adivinan las vísceras,  las glándulas, incluso los cromosomas. Sacar un libro es mostrarse, exhibirse, desnudarse. Y ante un desnudo cabe la admiración, la risa o la lástima. También la indiferencia, que es doblemente penosa, pues la intención de reclamar atención es explícita. La modelo que se desnuda ante los estudiantes de Bellas Artes es una profesional, y sabe desdoblarse guardando su intimidad en otro lado. Destiló su interior en la escena, pero ahora esa intimidad se convierte en una muda, en la piel de una serpiente. La serpiente ya se ha ido a otra parte, aunque quedan rastros de su topografía en esa piel. Y todos los jardines que ha regado con tanto esmero ahí adentro acaban expuestos a la luz. La modelo siente nerviosismo, orgullo,  y al principio un poco de vergüenza ante unas miradas que no puede controlar. La autora de un libro siente algo parecido. Y se debate, como una madre primeriza,  entre la exaltación, el cansancio y el miedo. Y  también la timidez. Pero prevalece la alegría y el agradecimiento. Mil gracias a la editorial Enkuadres por apostar por mis bonsáis, a Antonio Báez por su magnífico prólogo. A Disneylexya por ese retrato tan favorecedor, lleno de plantas, animales y simetrías anómalas. A Kike Parra por leerme sin prejuicios. Y a cada una de las personas y las vivencias que me sugirieron la escritura de estos noventa y tantos microrrelatos de Jardinería de interior, que ya son vuestros. Os entrego la piel, y me deslizo sigilosamente a un lado.

domingo, 12 de mayo de 2019

El viaje


Fotomontaje de Elías Ruiz Monserrat 
Aunque me dirijo con determinación hacia mi destino, soy muy consciente de los peligros que entraña emprender cualquier viaje. Imprevistos, cantos de sirena, nostalgias, fatigas...surgen a lo largo del camino como si quisieran poner a prueba nuestra voluntad, burlar nuestro propósito.
Y otra vez lo han conseguido. Cuando llego a la despensa soy incapaz de recordar cual era  ese ingrediente imprescindible que iba a buscar. Mientras tanto, el sofrito amenaza con quemarse. Y yo no puedo dejar de preguntarme, como cada vez que me lanzo a la aventura de un viaje en solitario, qué narices estoy haciendo aquí.

lunes, 29 de abril de 2019

Los tuppers


Fotografía de Elías Ruiz Monserrat 

Alfredito ya nació bueno. La comadrona que asistió el parto se sorprendió al ver esa expresión tan madura y sin arrugas en un recién nacido, como si en lugar de soltar su primer berrido estuviera a punto de eructar una sentencia filosófica. Con sus gloriosos tres añitos las tías y las visitas se derretían ante sus besos rubios, llenos de bucles y tan limpitos. Su mamá tenía una misión en esta vida: adorarlo y saber en cada momento lo que era mejor para ese ángel que le había sido encomendado.  
Tan horriblemente bien educado estaba que cuando jugaba a los piratas con sus primos, se le oía gritar: ¡Al abordaje…por favor!
Cuando llegaba del cole su  agenda era revisada concienzudamente y, dependiendo del volumen de tareas, la mamá le diseñaba una tabla en la que rubricaba con pegatinas de colores los tiempos de juego y de deberes pedagógica y científicamente distribuidos a lo largo de la tarde.
Siempre abierta a compartir experiencias y opiniones con su hijo, el día que se encontró en su ordenador el rastro de una página porno, le regañó con suavidad y le propuso una charla tras visualizar conjuntamente un capítulo de “ese tipo de películas”. Sin querer ofenderla, el respetuoso adolescente jamás volvió a sacar el tema.
No le hizo mucha gracia a Alfredo que ella le acompañara a matricularse a la Universidad. Se lo permitió porque le aliviaba inconfesablemente mudarse a la gran ciudad. Era la primera vez que se separaba de su madre, quien a partir de entonces solo podría manifestar su agresivo amor insistiendo en prepararle cada domingo una bolsa llena de tuppers etiquetados con los días de la semana para que no tuviera que molestarse en cocinar, y pudiera dedicar todas sus energías a estudiar ingeniería aeronáutica, esa carrera tan prestigiosa… y que tan alto y lejos le iba a llevar.


fotografía de Elías Ruiz


miércoles, 24 de abril de 2019

Futuras novedades






Fotografías hechas por Mila Pubalova

 Para Amalia y sus papás

Aquí, en las montañas del sur de la República Checa, nos comunicamos a través del aire; los mensajes llegan hasta nuestros tejados en un revuelo de plumas y noticias que esperamos con ilusión cada mañana.
No sólo usamos a las clásicas palomas mensajeras, últimamente hemos incorporado a otras especies que han sido adiestradas para diferentes cometidos: las simpáticas abubillas transmiten los chistes y los memes, a las lechuzas se les encomiendan las malas noticias, los ruiseñores llevan las cartas de amor, y los vulgares gorriones transportan en sus diminutos picos los extractos bancarios. Cuando necesitamos refuerzos reclutamos a algún ángel. Del servicio a larga distancia se encargan las grandes migraciones anuales.
Todos contribuimos a este jolgorio de pájaros viajeros aprovisionándonos de semillas con las que les agasajamos para que repongan fuerzas y de paso fertilicen nuestros bosques. 
Gracias a este ejército de mensajeros alados podemos prescindir de ordenadores, teléfonos y el lentísimo servicio de correo postal, que todos los inviernos quedaba aislado por la nieve.
Cada primavera, los antiguos y obsoletos buzones son primorosamente acondicionados para acoger a las próximas generaciones de carteros. Este año en mi buzón crecen ocho. Los miro y me deleito imaginando futuras novedades.


Me van llegando fotos de la evolución de los nuevos"carteros"