Ahora
resulta que tengo que dar explicaciones de lo que me compro o me dejo de
comprar. Que es imposible que esa camisa la hubiera comprado yo sin ayuda, me soltó
cuando me vio con mi nueva camisa floreada. Pues claro que me la he comprado yo
por mi propio pie, le repliqué.
«Por mi cuenta», soltó la tiquismiquis.
¿Qué
cuenta?
No se
dice «por mi propio pie», sino «por mi cuenta».
Ya
empezamos, pensé. Me pongo negro cuando interrumpe una conversación con el
rollo del lenguaje, haciéndose la interesante, como si quisiera restregarme por
el morro que ella estudió magisterio.
Son
flores pequeñas y de colores suaves. Si hubiera llegado con la camisa hawaiana de
flores gigantes que en realidad quería comprarme no me hubiese acusado de ir a
comprar acompañado justamente el finde que ella se fue a ver a su madre.
La
pava va y le preguntó a mi hermana si fue ella quien me asesoró. ¿Pa qué mete a
María en esto? Conversaciones entre cuñadas, ¡menudo peligro! Siempre
metiéndote en camisa de once barras, le dije. Y puso los ojos en blanco, como
siempre que intento expresar mis sentimientos.
No
creo que pase nada si alguna vez no le cuento todo lo que hago ¿no? Tampoco es
que ella sea un derroche de perfecciones. Creo que no se dice así, pero de
momento no tiene el poder de oír mis pensamientos y no puede rechistar. ¿Cómo
se sentiría ella si yo registrara sus bolsas cada vez que va de compras? Si le
dijera que no me gusta el detergente que ha comprado pondría el aullido en el
cielo. ¿O era el grito? Lo único que hago es controlar lo que gasta, eso sí.
Pero que le mire los recibos no significa que me meta con sus gustos. Alguien
tiene que llevar las riendas de la economía en esta casa, ¿no? Es verdad que es
ella la que trabaja, pero yo hago lo posible para que lleguemos a fin de mes
con dignidad. He diseñado un plan económico de «austeridad», como el del
gobierno. Y normalmente lo llevo a rajotabla. Marco unos límites y trato
de que se cumplan. Y ahora resulta que,
para una vez que me compro ropa bonita, me pone cara de perro y quiere hacerme
sentir culpable. Vete a saber lo que hace ella cuando dice que va a ver a su
madre. Tampoco está tan mal la vieja, seguro que le queda mucho tiempo libre en
esos viajes.
Solo ha
faltado que hoy, cuando iba a salir con mis ¿flamboyantes? pantalones de cuero
de pata ancha, me haya vuelto a mirar mal. Le he tenido que decir que se ahoga
en un cubo de agua. De repente, se ha puesto un poco agresiva, como si no
pudiera más. Hasta me ha preguntado que cuánto me habían costado y de dónde
había sacado el dinero. A continuación, me ha recordado —como si se cayera de
un nido y echando más leña al lado del fuego— que no le había dado el recibo de
los impuestos municipales que tenía que haber pagado en el ayuntamiento. He
soltado un bufido. ¿Siempre tengo que ser yo el que haga todas las gestiones?
No he tenido tiempo ¡y punto y seguido!, le he dicho. También le he dicho que
estaba harto de que estuviera todo el rato corrigiéndome, metiendo el dedo en
la herida.
«En la
llaga», ha sido todo lo que me ha contestado, la marisabidilla.
Ahí sí
que no he aguantado más y me he largado, dando un buen portazo. No la soporto.
Al menos, Nadia es dulce y cariñosa, y jamás me rectifica cuando hablo. De
hecho, le encanta aprender nuevas frases hechas en español. Hoy le enseñaré la
de dar gato por conejo. Estoy seguro de que sonreirá cuando me vea con estos
pantalones que tanto le gustaron el otro día, y que hacen juego con los que le
compré a ella. Sería muy gracioso que los llevara hoy. Miel sobre ojuelos.
Últimamente
—pienso, mientras me dirijo al coche para huir de esta enserrona— es un
escándalo cómo nos quieren robar los del ayuntamiento. Nos cuesta el riñón. Y
encima avisan con unas palabras que no hay quien las entienda. Con lo poco que
cuesta hablar bien. Si les dejásemos, los pobres contribuyentes no podríamos ni
renovar el vestuario.

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