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sábado, 22 de agosto de 2026

Una vecina se atormenta


 

Ahora resulta que tengo que dar explicaciones de lo que me compro o me dejo de comprar. Que es imposible que esa camisa la hubiera comprado yo sin ayuda, me soltó cuando me vio con mi nueva camisa floreada. Pues claro que me la he comprado yo por mi propio pie, le repliqué. 

«Por mi cuenta», soltó la tiquismiquis.

¿Qué cuenta?

No se dice «por mi propio pie», sino «por mi cuenta».

Ya empezamos, pensé. Me pongo negro cuando interrumpe una conversación con el rollo del lenguaje, haciéndose la interesante, como si quisiera restregarme por el morro que ella estudió magisterio. 

Son flores pequeñas y de colores suaves. Si hubiera llegado con la camisa hawaiana de flores gigantes que en realidad quería comprarme no me hubiese acusado de ir a comprar acompañado justamente el finde que ella se fue a ver a su madre. 

La pava va y le preguntó a mi hermana si fue ella quien me asesoró. ¿Pa qué mete a María en esto? Conversaciones entre cuñadas, ¡menudo peligro! Siempre metiéndote en camisa de once barras, le dije. Y puso los ojos en blanco, como siempre que intento expresar mis sentimientos.

No creo que pase nada si alguna vez no le cuento todo lo que hago ¿no? Tampoco es que ella sea un derroche de perfecciones. Creo que no se dice así, pero de momento no tiene el poder de oír mis pensamientos y no puede rechistar. ¿Cómo se sentiría ella si yo registrara sus bolsas cada vez que va de compras? Si le dijera que no me gusta el detergente que ha comprado pondría el aullido en el cielo. ¿O era el grito? Lo único que hago es controlar lo que gasta, eso sí. Pero que le mire los recibos no significa que me meta con sus gustos. Alguien tiene que llevar las riendas de la economía en esta casa, ¿no? Es verdad que es ella la que trabaja, pero yo hago lo posible para que lleguemos a fin de mes con dignidad. He diseñado un plan económico de «austeridad», como el del gobierno. Y normalmente lo llevo a rajotabla. Marco unos límites y trato de que se cumplan.  Y ahora resulta que, para una vez que me compro ropa bonita, me pone cara de perro y quiere hacerme sentir culpable. Vete a saber lo que hace ella cuando dice que va a ver a su madre. Tampoco está tan mal la vieja, seguro que le queda mucho tiempo libre en esos viajes.

Solo ha faltado que hoy, cuando iba a salir con mis ¿flamboyantes? pantalones de cuero de pata ancha, me haya vuelto a mirar mal. Le he tenido que decir que se ahoga en un cubo de agua. De repente, se ha puesto un poco agresiva, como si no pudiera más. Hasta me ha preguntado que cuánto me habían costado y de dónde había sacado el dinero. A continuación, me ha recordado —como si se cayera de un nido y echando más leña al lado del fuego— que no le había dado el recibo de los impuestos municipales que tenía que haber pagado en el ayuntamiento. He soltado un bufido. ¿Siempre tengo que ser yo el que haga todas las gestiones? No he tenido tiempo ¡y punto y seguido!, le he dicho. También le he dicho que estaba harto de que estuviera todo el rato corrigiéndome, metiendo el dedo en la herida.

«En la llaga», ha sido todo lo que me ha contestado, la marisabidilla.

Ahí sí que no he aguantado más y me he largado, dando un buen portazo. No la soporto. Al menos, Nadia es dulce y cariñosa, y jamás me rectifica cuando hablo. De hecho, le encanta aprender nuevas frases hechas en español. Hoy le enseñaré la de dar gato por conejo. Estoy seguro de que sonreirá cuando me vea con estos pantalones que tanto le gustaron el otro día, y que hacen juego con los que le compré a ella. Sería muy gracioso que los llevara hoy. Miel sobre ojuelos.

Últimamente —pienso, mientras me dirijo al coche para huir de esta enserrona— es un escándalo cómo nos quieren robar los del ayuntamiento. Nos cuesta el riñón. Y encima avisan con unas palabras que no hay quien las entienda. Con lo poco que cuesta hablar bien. Si les dejásemos, los pobres contribuyentes no podríamos ni renovar el vestuario.

 

 

 

 


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