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martes, 29 de diciembre de 2015

Brontës-Beatles. Haworth-Liverpool. Beatriz-Paz. Un viaje a dos. ( III) 20 Forthlin Road

20 Forthlin Road

Delante del microbús del tour de los Beatles

La casa de Paul no tiene nombre, es solamente el número de una calle. Podríamos decir que tiene un toque más working class que la de John (situada en un barrio algo más posh). La National Trust es una organización que suele encargarse del mantenimiento y la preservación de mansiones, palacios, castillos y otros edificios de rancio abolengo del patrimonio histórico inglés. Para incluir al número 20 de Forthlind Road en su catálogo alguien tuvo que  persuadirles de que valía la pena comprarla y mostrarla al público como un ejemplo de vivienda representativa de la vida en los suburbios en los años cincuenta. Lo hicieron en 1995.
La fachada de la casa de Paul 
La construcción de suburbios es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales ciudades inglesas asoladas por el Blitz. Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas, clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K. Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona el centro de todas las cosas y la meta del viaje”.  

Sylvia, la guía.
Esta vez la guía se llama Sylvia, y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos enseñó la casa del otro beatle. Se nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros.  Aunque la adolescencia es la edad de la inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera entre la vida y la muerte es tan frágil y terrible como la membrana de una burbuja de jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.




Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison (mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager,  y otros miembros que pasaron por el grupo sin cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio,  parecidos a ellos, que vivieron en los suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una, solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de un universo. Lennon and McCartney, además de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf  en Street Haunting.

Vistas de Liverpool desde el Museo Marítimo

Regreso a Barcelona con un hormiguero en mi interior. No puedo alojar tantas vivencias entre las ramificaciones de mis neuronas. Tengo que organizarlas, ordenarlas, revivirlas. La combinación entre la atmósfera gótica de Haworth y la luminosidad de lo que hemos experimentado en Liverpool no es fácil de metabolizar. Y además: los trayectos en tren y en autocar, las visitas a museos, la escapada a la playa, las paradas en ciudades insospechadas, las birras en los pubs, las compras…Beatriz y yo apenas nos conocíamos al comenzar el viaje. Desde el inicio nos comportamos como una hidra de dos cabezas. Un ser sin forma definida pero de una sola pieza, que captaba datos, percibía sensaciones, decidía itinerarios y cruzaba las calles de Liverpool de puntillas y sin saber hacia qué lado había que mirar. De vez en cuando una de las cabezas observaba a la otra, sorprendida, divertida, fascinada por estar viviendo durante unos días sin más obligación que la de ser la mitad de un ser mitológico y desplegar toda la sensibilidad en semejante empeño. Para conocernos mejor y saber qué es lo que habíamos vivido realmente teníamos que hacer algo más. Nos dijimos que el viaje no había terminado. Que solamente se podría dar por concluido cuando cada cabeza diera su visión. Sin pistas, sin ideas previas, sin preferencias, sin intercambios. El círculo “viscoso” -por la naturaleza de nuestro cuerpo ameboide- se cierra en esta fusión de las dos perspectivas, el testimonio de cuatro ojos ubicados en dos cabezas. Que son cercanas, pues están unidas por un cuello,  pero tan distintas como la Barcelona donde aterriza mi avión cuando termino la última línea de Jane Eyre, y el Madrid adonde regresa Beatriz a hacer la digestión de este loco y maravilloso viaje a dos.

Haworth 

Manchester

La hidra de dos cabezas 
Si alguien quiere completar y complementar la crónica de este viaje leyendo la perspectiva de la otra viajera, podéis hacerlo en ésta entrada del blog de Beatriz Alonso Aranzábal, Cartas sin sellos. 

martes, 22 de diciembre de 2015

El gigante que le fue arrebatado al mar



El esqueleto de Charles Byrne mide 2´5  metros desde el hueso del talón hasta el punto más alto del cráneo.  Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres, y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso, las costillas están pegadas con cola adhesiva  al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan , bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer, disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer  pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y fría  vitrina, esquivando su destino: el mar.
Aunque resulta muy difícil discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su pesar, era un gran tímido.
Charles fue concebido sobre un montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes  de la aldea.
El niño de los Byrne debió de alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más provecho que a sus amigos  y su cuerpo crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que era  más fuerte que los otros niños, que sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más “ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía, desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un segundo en apartar de  un enorme manotazo semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez emitida con su grave y tremenda  voz .
Cuando le ofrecieron una vida más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula  se transmitía con muecas de una aldea a otra  y sus demostraciones de fuerza eran conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le proporcionaba la  mujer barbuda de la feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de la calle lo recibía  con mayor avidez por observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas, necesitaban compararse con alguien aún más repulsivo y así resaltar el menor resquicio de belleza o de bondad que  quedara en ellos.
Al principio la ciudad se comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le visitaban.
 Uno  de ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo redactar un testamento  en el que se establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en las garras  de ningún médico. Toda una vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No supo a quién acudir para que lo confortara. No se atrevió a pedir ayuda a ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo  recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo  hasta que su mente se embotó y su cuerpo cedió al esfuerzo de seguir  viviendo. Tenía veintidós años.
El resto de la historia es fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía contactos con las funerarias y se dejó llevar por  su rapacidad.
En los cuentos de hadas  los gigantes suelen llevar una vida de miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar,  nos muestra desde su vitrina cómo es la timidez por dentro.



Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. 
Si alguien quiere comprar el libro, lo más rápido es hacerlo a través de la web de la editorial , a un click en este link    http://editorialnazari.com/es/catalogo/856 o a través de Amazon

martes, 8 de diciembre de 2015

Brontës-Beatles. Haworth-Liverpool. Beatriz-Paz. Un viaje a dos (II) Mendips

Mendips
El vestíbulo de Mendips,la casa donde se crío John Lennon


 “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño…Pero aun así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos”  Bill Bryson  En casa


Al terminar la visita, justo antes de salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny Lane (que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour) y los campos de fresas (situados tras la  casa) que dieron nombre a la canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto  a unos desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con la mano izquierda.
La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles de  buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina. Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto necesario para que germinase el talento del chico más indómito del barrio. 
El puzle se va armando con pequeños apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente, atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas. Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul McCartney.
  
                                                                   There are places I'll remember
                                                                            All my life, though some have changed
                                                                            Some forever, not for better
                                                                           Some have gone and some remain
                                                                           All these places have their moments
                                                                           With lovers and friends I still can recall
                                                                           Some are dead and some are living
                                                                           In my life, I've loved them all

                                                                         
                                                                          In my life ( Lennon & McCartney) 

El patio trasero de la casa de la tía Mimi

 Subo este fragmento del viaje que hice con Beatriz Alonso a Liverpool y Haworth el día que se cumplen 35 años de la muerte de John Lennon. 



viernes, 4 de diciembre de 2015

Vídeo de la presentación de Hormonautas en Barcelona


Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura)  y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores).  Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Presentación de "Hormonautas" en Barcelona.



Este próximo jueves, día 26 de noviembre, a las 19,30 en la sede de la SGAE se presenta el libro "Hormonautas", de una servidora. Los que lleguen a esta información a través de mi blog se pueden sentir personalmente invitados al evento. Ese día necesitaré toda la compañía y el apoyo posible, que una no está acostumbrada a ser la protagonista y , qué caray: que estas cosas no pasan muchas veces en la vida. Pues eso, estáis todos invitados a la fiesta. Presentarán: un representante de la editorial Nazarí y Iván Teruel en vivo y en directo, Rosana Alonso en "plasma", y me han dicho que hay una sorpresa final. ¡Os espero!

sábado, 14 de noviembre de 2015

De los intentos de no crecer

Fotomontaje de Elías Ruíz Monserrat


Cuando la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia: el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor, James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres queridos están simultáneamente presentes y ausentes.
En uno de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente, apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.
Su desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura. J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de niños diminutos tan perdidos como él.



Con este texto he participado en la convocatoria de Esta noche te cuento con el tema "A mi manera". Finalmente ha sido seleccionado este micro entre los relatos ganadores de esta temporada y paso a formar parte in extremis del libro de Esta noche te cuento. Me hace muchísima ilusión. 


domingo, 8 de noviembre de 2015

Los inocentes

Miquel Barceló 



Cada vez que el benefactor holandés visitaba la aldea etíope, los nativos lo envolvían en una vibrante espiral de cánticos, máscaras y gestos hospitalarios que  proporcionaban un sentido rotundo a su vida. Después regresaba al frío azulado de su país. Dirigir su empresa no era más que un insulso paréntesis entre viaje y viaje.
Un otoño, en un gesto de extrema coherencia, decidió deshacerse de todo y marcharse a vivir entre esos seres auténticos e inocentes.
Al principio lo acogieron. Después se dieron cuenta. Desde entonces mendiga por las calles polvorientas, pálido y absurdo como una sombra o un espejismo.





Con este microrrelato he ganado el concurso de Wonderland ( Ràdio4 RNE) esta semana, del 2 al 8 de noviembre  ( 100 palabras exactas es el requisito para este concurso) 


jueves, 29 de octubre de 2015

Booktrailer de mi libro de relatos "Hormonautas"


Subo este vídeo que grabó mi sobrino Elías Ruíz Monserrat (ver sus fantásticas fotos aquí ) para promocionar mi primer libro ( individual) de relatos,  "Hormonautas", que está a punto de publicar la Editorial Nazarí. En un par de semanas estará en venta y el día 26 de noviembre haremos la presentación en Barcelona, en la sede de la SGAE.
Estoy muy contenta y muy agradecida a todos los que han colaborado para que semejante fantasía se haya materializado. En el booktrailer mi procesador de texto ( pirata) y yo  intentamos explicar visualmente qué narices significa el término Hormonautas, de qué va el libro, como si fuera tan fácil...

Estáis  tod@s invitad@s a entrar de alguna manera en mi cabecita, leyendo estos textos.Solo si os apetece, nada de forzar a nadie a tirarse de cabeza en un café, por supuesto.                                    



La cubierta del libro. Fotomontaje de Pilar Mandl 


miércoles, 14 de octubre de 2015

Temporada otoño-invierno


Foto de Juan Morán

El chico alto de la perilla le ajusta el cuello de la gabardina y a continuación le dedica media sonrisa inclinada. Nadie más sabe vestirla y desnudarla con esa exquisita mezcla de pasión y delicadeza.
Un ejército de mujeres inexpresivas como maniquíes merodean a su alrededor, mientras deslizan las perchas de las nuevas camisas con la aparente ligereza con la que se toca un arpa.  
Él le ciñe el cinturón, estira una manga. Luego se retira levemente para contemplar el efecto. Ella permanece inmóvil, como corresponde a las de su especie, pero en cuanto la toma en sus brazos para colocarla en el sitio, el carmín agrietado de su boca emite una luminosa sonrisa que sólo él puede ver.
Rodeada de frutos secos y de hojas rojizas, le observará de reojo desde el  escaparate deseando que llegue la temporada primavera-verano.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pulseras con pinchos

    


     Empezar a trabajar —recién licenciada— dando clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima, o bien la formación de una capa de piel tan gruesa  que nada de lo que ocurra después llegue a ser realmente preocupante.
Cuando firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito  o tecleando una máquina de escribir.
Tengo recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con  35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas heavy metal. Probablemente no todos las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila. Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que llegaba a dar las matemáticas especiales con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si conseguía hacerme escuchar.
Me ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no iba yo a ser menos.
Yo estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual cada mañana  dedicaba cinco horas a prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para su profesora era una señal de amor verdadero.
El curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi asignatura.
Sin hacer nada especial, en la presentación del primer día todos los alumnos se dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía  autoridad. Me escucharon con los ojos bien abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando  pulseras con pinchos en sus muñecas.



Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte. 
                                         



lunes, 31 de agosto de 2015

Sin manos

Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento 


El día en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.

Desde que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué puñetera instrucción lo habían perdido. 


Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.

jueves, 20 de agosto de 2015

Rapa nui ( y IV )

Asomarse a la caldera de un volcán es siempre impactante. Una herida que un día se abrió en la piel del planeta, un enorme absceso de pus que supuró gases hediondos y un plasma ardiente e infecto que ahora se muestra coagulado en una costra de obsidiana, basalto o andesita. Cuando el excursionista se asoma a esa rendija, a través de la cual se adivinan las entrañas de la tierra, tiene que estar preparado para sentir un inesperado mareo al observar el desnivel, un asombro de dimensiones geológicas al pensar en el rugido de energía que lo produjo, o una reverencia ensimismada ante un abismo de tiempo que no cabe en la cabeza. Hasta aquí todo normal, los saludables vértigos que proporciona la naturaleza si le das pie a que te deslumbre y te reduzca a tu justa dimensión. Pero si resulta que el fondo de la caldera aloja algo parecido a un jardín de nenúfares, todo el mundo comprenderá que la viajera que esto escribe tuviera un ligero vahído y a continuación se pusiera a tomar fotografías como una posesa. 





Rano Kau es una inmensa caldera que contiene un mundo en su interior. Las isletas de plantas hacen las veces de continentes rodeados de un océano que refleja las nubes de arriba y a la vez se mimetiza con el auténtico océano de afuera en un juego de espejos fascinante. Como un enorme cuenco, una vasija oxidadaque guarda y protege a las delicadas plantas que contiene: especies endémicas que no podrían sobrevivir sin las condiciones que este invernadero les proporciona. Los colores de la tierra mezclados con los colores de la vida (una mata de buganvilla tapiza una zona de las paredes interiores, y todala gama de verdes imaginables pespuntea un paisaje ocre y violeta) en una simbiosis perfecta. Me hace reflexionar sobre la presunta modestia de los humedales, la poca importancia que se les concede a nivel mundial y su crucial papel para preservar la biodiversidad. Ojalá sigan cuidando de este bellísimo jardín botánico silvestre y profundo.
Antes de subir al volcán nos hemos parado en un cementerio tan luminoso que daban ganas de morirse, y en una cueva marina en cuyas paredes los antiguos pobladores pintaban peces en lugar de gacelas. No sé si se puede aplicar en este contexto, pero el color esmeralda de las olas y los colores pastel de las pinturas rupestres empiezan a producir en mi algo parecido al síndrome de Stendhal. Tanta belleza no puede ser buena para el correcto funcionamiento de la razón.





En el extremo de la costa que contiene el  volcán se encuentra la aldea ceremonial de Orongo, un conjunto muy bien conservado de 53 casas de piedra donde a partir del siglo XVI, cuando la construcción de moais había agotado ya los recursos y solamente anidaban aves marinas en los tres islotes bajo el acantilado, cada primavera se celebraban cultos a la fertilidad y el ritual del hombre pájaro. Mientras en Italia Leonardo da Vinci intenta construir un armazón con forma de alas para que el hombre pueda por fin volar, en Rapa Nui el primer hombre pájaro regresa nadando desde el tercer islote con un huevo de alcatraz ligado a su cabeza.  A partir de ese momento todos en la isla se someterán a su clan, y él intentará gobernar un territorio agotado  y  esquivo.



Curiosamente, los pájaros me persiguen en mi paseo por Orongo. La  versión rapanui de un gorrión insiste en que le fotografíe, y a continuación una rapaz ensaya una coreografía aérea con su pareja en un espectáculo en exclusiva. Como si quisieran recordarme que las aves han vuelto a conquistar la isla y te las puedes encontrar por dondequiera que vayas. Lo mismo que otros animales: caballos, gallinas, cerdos… y sobre todo perros, los verdaderos habitantes de Pascua.
Mi limitado y occidental concepto de lo que es un animal de compañía sufre un vuelco tremendo tras observar a los perros chilenos. En Santiago de Chile los perros ocupan toda la ciudad. Manadas que viven en parques, parterres y calles. Perros grandes y pequeños,  mestizos y de raza, que buscan en las basuras, que se huelen y luego se separan, o que descansan enrollados como ovillos lanudos en cualquier rincón. Perros que cruzan enormes avenidas y sorprendentemente casi nunca son atropellados (aunque nada más llegar a la ciudad vi los cadáveres de dos que no habían alcanzado el otro lado de la calle). Una garra de congoja me agarró por el cuello desde que vi el primero de ellos, aunque por lo general los perros no se veían famélicos e incluso algunos llevaban abrigos que supuestamente les había puesto alguna organización de voluntarios concienciados por el tema. Pregunté varias veces sobre este asunto y las respuestas fueron variopintas y no demasiado tranquilizadoras: que la gente los compra de pequeños y luego los suelta porque no los puede atender, que se están empezando a hacer campañas de esterilización, que a san Pedro de Atacama le llaman San perro de Atacama…y un señor me dijo, mirándome con sorna, que como ese país siempre ha estado en crisis en algunos momentos tener a disposición palomas y perros en las calles ha salvado la vida a más de uno. Cuando llegué a Pascua nos recibió en el aeropuerto un cruce de pastor alemán que luego vi varias veces más por la isla. Los perros en Pascua no dan ninguna lástima. Viven en una especie de manada que cubre toda la isla (los encontramos en todas partes: el día de lluvia había uno en la cantera de los pukaos, empapado pero haciendo guardia en la entrada, en la playa vimos unos cuantos y en la caldera de RanoKaomerodeaban a los turistas), corren , se saludan , se reconocen, se esperan para olerse mutuamente y son amigables aunque reservados con los humanos. Anita nos contó que todos son de todos, aunque cada uno se encarga de alimentar de manera más exclusiva a unos cuantos. Ella tenía uno que acudía a comer a su casa y luego desaparecía. A veces se quedaba unos días, otras veces pasaban un tiempo sin acudir.  Me dio la sensación de que esa era la relación correcta e ideal de los perros con los humanos, una relación parecida a la que existiera en los orígenes de la domesticación: carroñeros que comen nuestras sobras y nos hacen compañía mientras viven en un grupo mixto de humanos y canes. No me puedo imaginar nada más ridículo en esta parte del mundo que llevar a los perros a pasear atados con una correa. Los caballos, las gallinas y los cerdos tienen la misma libertad de movimiento y deambulan alrededor de las casas que nunca están valladas y de los espacios abiertos que las circundan. Tuve la suerte de contemplar un encuentro de perros y caballos con fondo de moais.



Lo que no pude ver fue el interior de alguna de esas casas livianas y coloridas típicas de Hanga Roa, pero me reservo el derecho a conjeturar con mi imaginación cómo debe de ser vivir allí dentro. La sensación que me queda es que nada en esta isla es lujoso pero que debe ser un auténtico lujo vivir una experiencia tan cercana a la naturaleza y a una vida humilde pero completa: aquí desde bien temprano los jóvenes saben construir casas, montar a caballo, nadar, pescar y cocinar el pescado blanco (como el que comimos el último día en un destartalado bar del puerto) con salsa de mango y patatas dulces. Ahora no quiero ensuciar esta impresión pensando en los inconvenientes del aislamiento que les hace depender de la llegada de muchos productos en avión. Me quedo con la imagen del nativo que vendía productos artesanales frente a un altar de moais, que tenía el pelo recogido en unas rastas que semejaban las raíces de un árbol y que nos contó que el moai más valioso, el que tenía toda la espalda grabada con delicados dibujos, no estaba en la isla sino en el Museo Británico. Me quedo con su sonrisa y con las cuatro palabras que nos enseñó en su idioma, que por desgracia inmediatamente olvidamos.










lunes, 17 de agosto de 2015

Rapa nui ( III)

Con la imagen de los imponentes moais aún en la retina, nos dirigimos a la costa norte. Necesitamos diluir la contundente solidez geológica de las estatuas en la visión de una inacabable extensión de agua. En el camino paramos a visitar el mayor grupo monumental de toda la isla (Tongariki), situado de espaldas a un gigantesco acantilado. Moais que consiguieron emerger totalmente del basalto y llegar hasta este altar, cabezas de diferentes tamaños que continúan en un cuerpo proporcional y que, como si se tratara de un ejército de peones de una partida de ajedrez mítica, miran al frente dispuestos a avanzar implacables sobre nuestra fragilidad y nuestro vacío. Necesitaremos mucho océano para desteñir esta imagen tan sobrecogedora.



          Llegamos a la playa de Anakema (la única playa practicable como tal en la isla, el resto de la costa es abrupta y poco acogedora) mientras intentamos localizar la playa anterior, la de Ovahe, que según la guía tiene la arena de un especial color rosado procedente de la meteorización de la escoria volcánica.
Aparte de una playa paradisiaca, en Anakema nos aguardan otras sorpresas:  una plantación de palmeras procedentes de Tahití, otro altar de moais, tres lugareñas que salen de darse un baño a pesar de la lluvia, y un grupo de fantasmas que resultan ser turistas con chubasqueros blancos. Dos pequeños volúmenes de arena van a parar a unos frasquitos que, a partir de septiembre, formarán parte del material de geología de mi instituto juntamente con unos magníficos fragmentos de obsidiana que encontraré al día siguiente durante una excursión por la otra esquina de la isla.




 En esta misma playa desembarcaron los antecesores de toda la población rapanui. Esto le da un carácter mágico e inaugural al horizonte. Pero probablemente también permitió la entrada a las fragatas holandesa que, el día 5 de abril de 1722 “descubrieron” esta isla, la bautizaron con el nombre de isla de Pascua y rompieron el aislamiento milenario de sus habitantes, abriendo una brecha para que hicieran sus incursiones posteriormente James Cook, el conde de La Pérouse, piratas, corsarios ( que no son sino piratas respaldados por un gobierno) y la compañía de ferrocarriles de Perú que se llevó a gran parte de la población para usarlos como esclavos. Para cuando en 1888 Chile se anexionó la isla, el sistema social estaba destruido, no había nadie capaz de leer las tablillas parlantes Rongo Rongo, y los pocos nativos que quedaban malvivían cercados por alambradas en la actual Hanga Roa, en terribles condiciones de aislamiento y maltrato. No me extraña que los descendientes de aquellos pocos supervivientes posean esa dignidad y esa mirada fiera e indomable que también he observado en los africanos,  y no  quieran dejar en manos de gobierno chileno la gestión de su patrimonio. 
Una playa tropical no siempre es un lugar idílico para bañarse y evadirse de la estresante vida occidental. Esta playa es mucho más. Un baño en estas aguas es una inmersión en lo más oscuro de la historia de la humanidad. Me quedé con las ganas de parecerme a esas tres mujeres que acababan de bañarse en Anakema y no mostraban ningún miedo a entrar en contacto con toda esa energía. Pero no me atreví a desnudarme y a entrar en el agua. Continué con el anorak puesto y tomando fotos con mi cámara, como una cobarde que cree saberlo casi todo.( Continuará)