La casa de Paul no tiene
nombre, es solamente el número de una calle. Podríamos decir que tiene un toque
más working class que la de John (situada
en un barrio algo más posh). La National Trust es una organización que
suele encargarse del mantenimiento y la preservación de mansiones, palacios,
castillos y otros edificios de rancio abolengo del patrimonio histórico inglés.
Para incluir al número 20 de Forthlind
Road en su catálogo alguien tuvo que persuadirles de que valía la pena comprarla y
mostrarla al público como un ejemplo de vivienda representativa de la vida en
los suburbios en los años cincuenta. Lo hicieron en 1995.
La fachada de la casa de Paul
La construcción de suburbios
es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales
ciudades inglesas asoladas por el Blitz.
Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un
confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los
bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren
una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas,
clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los
uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K.
Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una
sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona
el centro de todas las cosas y la meta del viaje”.
Sylvia, la guía.
Esta vez la guía se llama Sylvia,
y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos
enseñó la casa del otro beatle. Se
nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y
calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con
John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero
también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la
habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente
a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior
de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las
habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los
espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se
puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una
pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que
asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos
enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue
facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary
solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un
cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me
percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros. Aunque la adolescencia es la edad de la
inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de
una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más
efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera
entre la vida y la muerte es tan frágil y terrible como la membrana de una burbuja de
jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.
Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el
centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se
hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison
(mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager, y otros miembros que pasaron por el grupo sin
cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías
llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio, parecidos a ellos, que vivieron en los
suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían
vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el
interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero
solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una,
solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de
un universo. Lennon and McCartney, además
de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la
deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el
interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras
almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura
diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf en Street
Haunting.
Vistas de Liverpool desde el Museo Marítimo
Regreso a Barcelona con un
hormiguero en mi interior. No puedo alojar tantas vivencias entre las ramificaciones
de mis neuronas. Tengo que organizarlas, ordenarlas, revivirlas. La combinación
entre la atmósfera gótica de Haworth y la luminosidad de lo que hemos
experimentado en Liverpool no es fácil de metabolizar. Y además: los trayectos
en tren y en autocar, las visitas a museos, la escapada a la playa, las paradas
en ciudades insospechadas, las birras en los pubs, las compras…Beatriz y yoapenas nos conocíamos al comenzar el viaje. Desde el
inicio nos comportamos como una hidra de dos cabezas. Un ser sin forma definida
pero de una sola pieza, que captaba datos, percibía sensaciones, decidía
itinerarios y cruzaba las calles de Liverpool de puntillas y sin saber hacia
qué lado había que mirar. De vez en cuando una de las cabezas observaba a la
otra, sorprendida, divertida, fascinada por estar viviendo durante unos días
sin más obligación que la de ser la mitad de un ser mitológico y desplegar toda
la sensibilidad en semejante empeño. Para conocernos mejor y saber qué es lo
que habíamos vivido realmente teníamos que hacer algo más. Nos dijimos que el viaje
no había terminado. Que solamente se podría dar por concluido cuando cada
cabeza diera su visión. Sin pistas, sin ideas previas, sin preferencias, sin
intercambios. El círculo “viscoso” -por la naturaleza de nuestro cuerpo
ameboide- se cierra en esta fusión de las dos perspectivas, el testimonio de
cuatro ojos ubicados en dos cabezas. Que son cercanas, pues están unidas por un
cuello, pero tan distintas como la Barcelona
donde aterriza mi avión cuando termino la última línea de Jane Eyre, y el Madrid adonde regresa Beatriz a hacer la digestión
de este loco y maravilloso viaje a dos.
Haworth
Manchester
La hidra de dos cabezas
Si alguien quiere completar y complementar la crónica de este viaje leyendo la perspectiva de la otra viajera, podéis hacerlo en ésta entrada del blog de Beatriz Alonso Aranzábal, Cartas sin sellos.
El esqueleto de Charles Byrne
mide 2´5 metros desde el hueso del talón
hasta el punto más alto del cráneo.
Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres,
y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este
museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían
estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente
refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso,
las costillas están pegadas con cola adhesiva
al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan
, bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido
a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto
diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer,
disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en
posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está
desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros
mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan
las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol
que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de
cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer
pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y
fría vitrina, esquivando su destino: el
mar.
Aunque resulta muy difícil
discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar
su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su
pesar, era un gran tímido.
Charles fue concebido sobre un
montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían
traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a
este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes de la aldea.
El niño de los Byrne debió de
alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más
provecho que a sus amigos y su cuerpo
crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que
era más fuerte que los otros niños, que
sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más
“ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía,
desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que
causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse
diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y
melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un
segundo en apartar de un enorme manotazo
semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez
emitida con su grave y tremenda voz .
Cuando le ofrecieron una vida
más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó
dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más
reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula se transmitía con muecas de una aldea a
otra y sus demostraciones de fuerza eran
conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente
esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le
proporcionaba la mujer barbuda de la
feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder
observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias
peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a
Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de
la calle lo recibía con mayor avidez por
observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos
desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas,
necesitaban compararse con alguien aún más repulsivo y así resaltar el menor
resquicio de belleza o de bondad que
quedara en ellos.
Al principio la ciudad se
comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con
el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen
apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era
mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad
se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le
visitaban.
Uno de
ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa
colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba
admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un
éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo
redactar un testamento en el que se
establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en
las garras de ningún médico. Toda una
vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su
consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le
llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con
otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que
le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo
supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su
vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No
supo a quién acudir para que lo confortara. No se atrevió a pedir ayuda a
ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su
supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo
recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo hasta que su mente se embotó y su cuerpo
cedió al esfuerzo de seguir viviendo.
Tenía veintidós años.
El resto de la historia es
fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos
siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está
la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía
contactos con las funerarias y se dejó llevar por su rapacidad.
En los cuentos de hadas los gigantes suelen llevar una vida de
miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido
gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le
hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar, nos muestra desde su vitrina cómo es la
timidez por dentro.
Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. Si alguien quiere comprar el libro, lo más rápido es hacerlo a través de la web de la editorial , a un click en este link http://editorialnazari.com/es/catalogo/856 o a través de Amazon
El vestíbulo de Mendips,la casa donde se crío John Lennon
“Las casas son cosas realmente extrañas.
Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier
forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de
cualquier tamaño…Pero aun así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y
reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos” Bill Bryson
En casa
Al terminar la visita, justo antes de
salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my
life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su
infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny
Lane (que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour) y los
campos de fresas (situados tras la casa) que dieron nombre a la
canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita
sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los
Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los
lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto a unos
desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único
lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que
ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con
la mano izquierda.
La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora
y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella
solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a
la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de
los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos
porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en
cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos
cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la
encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico
de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National
Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles
de buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una
concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la
pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas
de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la
habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo
hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su
prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se
gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata
de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la
casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina.
Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi
trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once
años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto
necesario para que germinase el talento del chico más indómito del
barrio.
El puzle se va armando con pequeños
apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las
estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con
el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello
mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras
una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre
Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian
wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente,
atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas.
Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un
himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando
calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul
McCartney.
There are places I'll remember
All my life, though some have changed
Some forever, not for better
Some have gone and some remain
All these places have their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life, I've loved them all
In my life ( Lennon & McCartney)
El patio trasero de la casa de la tía Mimi
Subo este fragmento del viaje que hice con Beatriz Alonso a Liverpool y Haworth el día que se cumplen 35 años de la muerte de John Lennon.
Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura) y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores). Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.
Este próximo jueves, día 26 de noviembre, a las 19,30 en la sede de la SGAE se presenta el libro "Hormonautas", de una servidora. Los que lleguen a esta información a través de mi blog se pueden sentir personalmente invitados al evento. Ese día necesitaré toda la compañía y el apoyo posible, que una no está acostumbrada a ser la protagonista y , qué caray: que estas cosas no pasan muchas veces en la vida. Pues eso, estáis todos invitados a la fiesta. Presentarán: un representante de la editorial Nazarí y Iván Teruel en vivo y en directo, Rosana Alonso en "plasma", y me han dicho que hay una sorpresa final. ¡Os espero!
Cuando
la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia:
el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un
duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de
penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor,
James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres
queridos están simultáneamente presentes y ausentes.
En uno
de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de
la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al
reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole
decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente,
apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.
Su
desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se
hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura.
J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a
crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de
niños diminutos tan perdidos como él. Con este texto he participado en la convocatoria de Esta noche te cuento con el tema "A mi manera". Finalmente ha sido seleccionado este micro entre los relatos ganadores de esta temporada y paso a formar parte in extremis del libro de Esta noche te cuento. Me hace muchísima ilusión.
Cada vez que el benefactor
holandés visitaba la aldea etíope, los nativos lo envolvían en una vibrante
espiral de cánticos, máscaras y gestos hospitalarios que proporcionaban un sentido rotundo a su vida.
Después regresaba al frío azulado de su país. Dirigir su empresa no era más que
un insulso paréntesis entre viaje y viaje.
Un otoño, en un gesto de
extrema coherencia, decidió deshacerse de todo y marcharse a vivir entre esos
seres auténticos e inocentes.
Al principio lo acogieron.
Después se dieron cuenta. Desde entonces mendiga por las calles polvorientas,
pálido y absurdo como una sombra o un espejismo.
Con este microrrelato he ganado el concurso de Wonderland ( Ràdio4 RNE) esta semana, del 2 al 8 de noviembre ( 100 palabras exactas es el requisito para este concurso)
Subo
este vídeo que grabó mi sobrino Elías Ruíz Monserrat (ver sus fantásticas fotos aquí ) para
promocionar mi primer libro ( individual) de relatos, "Hormonautas", que está a punto de
publicar la Editorial Nazarí. En un par de semanas estará en venta y el día 26
de noviembre haremos la presentación en Barcelona, en la sede de la SGAE.
Estoy
muy contenta y muy agradecida a todos los que han colaborado para que semejante
fantasía se haya materializado. En el booktrailer mi procesador de texto ( pirata) y
yo intentamos explicar visualmente qué
narices significa el término Hormonautas, de qué va el libro, como si fuera tan
fácil...
Estáis tod@s invitad@s a entrar de alguna manera en mi cabecita, leyendo estos
textos.Solo si os apetece, nada de forzar a nadie a tirarse de cabeza en un
café, por supuesto.
El chico alto de la perilla le
ajusta el cuello de la gabardina y a continuación le dedica media sonrisa inclinada. Nadie más sabe vestirla y desnudarla con esa
exquisita mezcla de pasión y delicadeza.
Un ejército de mujeres
inexpresivas como maniquíes merodean a
su alrededor, mientras deslizan las perchas de las nuevas camisas con la aparente
ligereza con la que se toca un arpa.
Él le ciñe el cinturón, estira
una manga. Luego se retira levemente para contemplar el efecto. Ella permanece
inmóvil, como corresponde a las de su especie, pero en cuanto la toma en sus brazos
para colocarla en el sitio, el carmín agrietado de su boca emite una luminosa sonrisa
que sólo él puede ver.
Rodeada de frutos secos y de hojas rojizas, le
observará de reojo desde el escaparate deseando
que llegue la temporada primavera-verano.
Empezar a
trabajar —recién licenciada— dando
clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un
barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio
profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima,
o bien la formación de una capa de piel tan gruesa que nada de lo que ocurra después llegue a
ser realmente preocupante.
Cuando
firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis
clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi
especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis
grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas
asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en
su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito o tecleando una máquina de escribir.
Tengo
recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me
planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con 35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas
heavy metal. Probablemente no todos
las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las
melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila.
Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me
parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después
vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes
contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que
llegaba a dar las matemáticas especiales
con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los
mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias
profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si
conseguía hacerme escuchar.
Me
ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme
contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier
profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no
iba yo a ser menos.
Yo
estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual
cada mañana dedicaba cinco horas a
prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las
fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de
FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo
nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en
mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con
el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las
suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El
momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando
uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes
vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para
su profesora era una señal de amor verdadero.
El
curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras
todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de
clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi
asignatura.
Sin
hacer nada especial, en la presentación
del primer día todos los alumnos se
dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía autoridad. Me escucharon con los ojos bien
abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando pulseras con pinchos en sus muñecas.
Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte.
Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento
El día
en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una
forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio
mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se
miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del
norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.
Desde
que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá
arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo
y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué
puñetera instrucción lo habían perdido.
Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.
Asomarse a la caldera de un
volcán es siempre impactante. Una herida que un día se abrió
en la piel del planeta, un enorme absceso de pus que supuró gases hediondos y
un plasma ardiente e infecto que ahora se muestra coagulado en una costra de
obsidiana, basalto o andesita. Cuando el excursionista se asoma a esa rendija,
a través de la cual se adivinan las entrañas de la tierra, tiene que estar
preparado para sentir un inesperado mareo al observar el desnivel, un asombro
de dimensiones geológicas al pensar en el rugido de energía que lo produjo, o una
reverencia ensimismada ante un abismo de tiempo que no cabe en la cabeza. Hasta
aquí todo normal, los saludables vértigos que proporciona la naturaleza si le
das pie a que te deslumbre y te reduzca a tu justa dimensión. Pero si resulta
que el fondo de la caldera aloja algo parecido a un jardín de nenúfares, todo
el mundo comprenderá que la viajera que esto escribe tuviera un ligero vahído y
a continuación se pusiera a tomar fotografías como una posesa.
Rano Kau es una inmensa caldera
que contiene un mundo en su interior. Las isletas de plantas hacen las veces de
continentes rodeados de un océano que refleja las nubes de arriba y a la vez se
mimetiza con el auténtico océano de afuera en un juego de espejos fascinante.
Como un enorme cuenco, una vasija oxidadaque guarda y protege a las delicadas
plantas que contiene: especies endémicas que no podrían sobrevivir sin las condiciones
que este invernadero les proporciona. Los colores de la tierra mezclados con
los colores de la vida (una mata de buganvilla tapiza una zona de las paredes
interiores, y todala gama de verdes imaginables pespuntea un paisaje ocre y
violeta) en una simbiosis perfecta. Me hace reflexionar sobre la presunta
modestia de los humedales, la poca importancia que se les concede a nivel
mundial y su crucial papel para preservar la biodiversidad. Ojalá sigan
cuidando de este bellísimo jardín botánico silvestre y profundo.
Antes de subir al volcán nos
hemos parado en un cementerio tan luminoso que daban ganas de morirse, y en una
cueva marina en cuyas paredes los antiguos pobladores pintaban peces en lugar
de gacelas. No sé si se puede aplicar en este contexto, pero el color esmeralda
de las olas y los colores pastel de las pinturas rupestres empiezan a producir
en mi algo parecido al síndrome de Stendhal. Tanta belleza no puede ser buena
para el correcto funcionamiento de la razón.
En el extremo de la costa que contiene el volcán se encuentra la aldea ceremonial de
Orongo, un conjunto muy bien conservado de 53 casas de piedra donde a partir
del siglo XVI, cuando la construcción de moais había agotado ya los recursos y
solamente anidaban aves marinas en los tres islotes bajo el acantilado, cada
primavera se celebraban cultos a la fertilidad y el ritual del hombre pájaro.
Mientras en Italia Leonardo da Vinci intenta construir un armazón con forma de
alas para que el hombre pueda por fin volar, en Rapa Nui el primer hombre pájaro
regresa nadando desde el tercer islote con un huevo de alcatraz ligado a su
cabeza. A partir de ese momento todos en
la isla se someterán a su clan, y él intentará gobernar un territorio agotado y
esquivo.
Curiosamente, los pájaros me
persiguen en mi paseo por Orongo. La
versión rapanui de un gorrión insiste en que le fotografíe, y a
continuación una rapaz ensaya una coreografía aérea con su pareja en un
espectáculo en exclusiva. Como si quisieran recordarme que las aves han vuelto
a conquistar la isla y te las puedes encontrar por dondequiera que vayas. Lo
mismo que otros animales: caballos, gallinas, cerdos… y sobre todo perros, los verdaderos
habitantes de Pascua.
Mi limitado y occidental concepto de lo que
es un animal de compañía sufre un vuelco tremendo tras observar a los perros
chilenos. En Santiago de Chile los perros ocupan toda la ciudad. Manadas que
viven en parques, parterres y calles. Perros grandes y pequeños, mestizos y de raza, que buscan en las
basuras, que se huelen y luego se separan, o que descansan enrollados como
ovillos lanudos en cualquier rincón. Perros que cruzan enormes avenidas y
sorprendentemente casi nunca son atropellados (aunque nada más llegar a la
ciudad vi los cadáveres de dos que no habían alcanzado el otro lado de la
calle). Una garra de congoja me agarró por el cuello desde que vi el primero de
ellos, aunque por lo general los perros no se veían famélicos e incluso algunos
llevaban abrigos que supuestamente les había puesto alguna organización de
voluntarios concienciados por el tema. Pregunté varias veces sobre este asunto
y las respuestas fueron variopintas y no demasiado tranquilizadoras: que la
gente los compra de pequeños y luego los suelta porque no los puede atender,
que se están empezando a hacer campañas de esterilización, que a san Pedro de
Atacama le llaman San perro de Atacama…y un señor me dijo, mirándome con sorna,
que como ese país siempre ha estado en crisis en algunos momentos tener a
disposición palomas y perros en las calles ha salvado la vida a más de uno.
Cuando llegué a Pascua nos recibió en el aeropuerto un cruce de pastor alemán
que luego vi varias veces más por la isla. Los perros en Pascua no dan ninguna
lástima. Viven en una especie de manada que cubre toda la isla (los encontramos
en todas partes: el día de lluvia había uno en la cantera de los pukaos,
empapado pero haciendo guardia en la entrada, en la playa vimos unos cuantos y
en la caldera de RanoKaomerodeaban a los turistas), corren , se saludan , se
reconocen, se esperan para olerse mutuamente y son amigables aunque reservados
con los humanos. Anita nos contó que todos son de todos, aunque cada uno se
encarga de alimentar de manera más exclusiva a unos cuantos. Ella tenía uno que
acudía a comer a su casa y luego desaparecía. A veces se quedaba unos días,
otras veces pasaban un tiempo sin acudir.
Me dio la sensación de que esa era la relación correcta e ideal de los
perros con los humanos, una relación parecida a la que existiera en los
orígenes de la domesticación: carroñeros que comen nuestras sobras y nos hacen
compañía mientras viven en un grupo mixto de humanos y canes. No me puedo
imaginar nada más ridículo en esta parte del mundo que llevar a los perros a
pasear atados con una correa. Los caballos, las gallinas y los cerdos tienen la
misma libertad de movimiento y deambulan alrededor de las casas que nunca están
valladas y de los espacios abiertos que las circundan. Tuve la suerte de
contemplar un encuentro de perros y caballos con fondo de moais.
Lo que no pude ver fue el
interior de alguna de esas casas livianas y coloridas típicas de Hanga Roa,
pero me reservo el derecho a conjeturar con mi imaginación cómo debe de ser vivir allí dentro. La sensación que me queda es que nada
en esta isla es lujoso pero que debe ser un auténtico lujo vivir una
experiencia tan cercana a la naturaleza y a una vida humilde pero completa:
aquí desde bien temprano los jóvenes saben construir casas, montar a caballo,
nadar, pescar y cocinar el pescado blanco (como el que comimos el último día en
un destartalado bar del puerto) con salsa de mango y patatas dulces. Ahora no
quiero ensuciar esta impresión pensando en los inconvenientes del aislamiento
que les hace depender de la llegada de muchos productos en avión. Me quedo con
la imagen del nativo que vendía productos artesanales frente a un altar de
moais, que tenía el pelo recogido en unas rastas que semejaban las raíces de un
árbol y que nos contó que el moai más valioso, el que tenía toda la espalda
grabada con delicados dibujos, no estaba en la isla sino en el Museo Británico.
Me quedo con su sonrisa y con las cuatro palabras que nos enseñó en su idioma,
que por desgracia inmediatamente olvidamos.
Con la imagen de
los imponentes moais aún en la retina, nos dirigimos a la costa norte.
Necesitamos diluir la contundente solidez geológica de las estatuas en la
visión de una inacabable extensión de agua. En el camino paramos a visitar el mayor
grupo monumental de toda la isla (Tongariki),situado de espaldas a un gigantesco acantilado. Moais que
consiguieron emerger totalmente del
basalto y llegar hasta este altar, cabezas de diferentes tamaños que continúan
en un cuerpo proporcional y que, como si se tratara de un ejército de peones de
una partida de ajedrez mítica, miran al frente dispuestos a avanzar implacables
sobre nuestra fragilidad y nuestro vacío. Necesitaremos mucho océano para
desteñir esta imagen tan sobrecogedora.
Llegamos a la playa de Anakema
(la única playa practicable como tal en la isla, el resto de la costa es abrupta
y poco acogedora) mientras intentamos localizar la playa anterior, la de Ovahe,
que según la guía tiene la arena de un especial color rosado procedente de la
meteorización de la escoria volcánica.
Aparte de una
playa paradisiaca, en Anakema nos aguardan otras sorpresas: una plantación de palmeras procedentes de Tahití, otro altar de moais, tres lugareñas que salen de
darse un baño a pesar de la lluvia, y un grupo de fantasmas que resultan ser turistas
con chubasqueros blancos. Dos pequeños volúmenes de arena van a parar a unos
frasquitos que, a partir de septiembre, formarán parte del material de geología
de mi instituto juntamente con unos magníficos fragmentos de obsidiana que
encontraré al día siguiente durante una excursión por la otra esquina de la isla.
En esta misma playa
desembarcaron los antecesores de toda la población rapanui. Esto le da un
carácter mágico e inaugural al horizonte. Pero probablemente también permitió
la entrada a las fragatas holandesa que, el día 5 de abril de 1722 “descubrieron”
esta isla, la bautizaron con el nombre de isla de Pascua y rompieron el
aislamiento milenario de sus habitantes, abriendo una brecha para que hicieran
sus incursiones posteriormente James Cook, el conde de La Pérouse, piratas, corsarios ( que no son sino piratas
respaldados por un gobierno) y la compañía
de ferrocarriles de Perú que se llevó a gran parte de la población para usarlos
como esclavos. Para cuando en 1888 Chile se anexionó la isla, el sistema social
estaba destruido, no había nadie capaz de leer las tablillas parlantes Rongo Rongo, y los pocos nativos que
quedaban malvivían cercados por alambradas en la actual Hanga Roa, en terribles
condiciones de aislamiento y maltrato. No me extraña que los descendientes de
aquellos pocos supervivientes posean esa dignidad y esa mirada fiera e
indomable que también he observado en los africanos,y noquieran dejar en manos de gobierno chileno la gestión de su
patrimonio.
Una playa tropical
no siempre es un lugar idílico para bañarse y evadirse de la estresante
vida occidental. Esta playa es mucho más. Un baño en estas aguas es una
inmersión en lo más oscuro de la historia de la humanidad. Me quedé con las
ganas de parecerme a esas tres mujeres que acababan de bañarse en Anakema y no
mostraban ningún miedo a entrar en contacto con toda esa energía. Pero no me atreví
a desnudarme y a entrar en el agua. Continué con el anorak puesto y tomando
fotos con mi cámara, como una cobarde que cree saberlo casi todo.( Continuará)