A ellas les daban un chusco de pan. Una tarde con membrillo, la siguiente con chocolate. Se repetía el ciclo, y las que se quedaban el viernes podían disfrutar de aquella mortadela rosada con lunares blancos sobresaliendo por los bordes del panecillo.
Nosotras y las mediopensionistas nos íbamos a casa mientras formaban las filas frente a la puerta de la cocina. Pasábamos de largo y las mirábamos de reojo. Nuestra merienda era distinta. Solíamos parar en la churrería del parque para comprar patatas fritas translúcidas, un polo de hielo o media bolsa de churros. A veces, con el dinero de las internas, comprábamos chuches que al día siguiente recogerían en alguna esquina fugaz y clandestina del patio.
A mí me gustaba ser externa. Comer macarrones con bechamel al mediodía, y carne tierna. O torrijas de postre, con esa mezcla exacta de azúcar y canela que mi madre acabó personalizando para mi paladar. Y dormir en mi aseada cama de hija única. Me daba pena el encierro de mis compañeras. Pero envidiaba sus meriendas colectivas, la mantequilla y mermelada de esos desayunos cómplices, aquella fraternidad de estofados, uniformes y filas. Me imaginaba formando parte de esa comunidad de niñas intercambiables que se relacionaban y se movían como en una coreografía, una especie de sociedad de insectos regida por una inteligencia colectiva y superior que se nutría de chocolate, mermelada y membrillo.
Un día le comuniqué a mi madre mis absurdas fantasías. Le pedí que me pusiera interna en el colegio. No lo hizo, claro. En su lugar, empezó a cocinar para mí cosas cada vez más ricas y sofisticadas.
Ahora viajo mucho por mi trabajo. Apenas tengo recuerdos de esa época. No he vuelto a ver a mis compañeras, y mi madre ya no está. Soy otra. Muy diferente. Pero cada vez que veo las tarrinas de mantequilla y mermelada en el buffet de un hotel no puedo evitar que me embargue una honda sensación de orfandad.
Consigo escaquearme de acompañarla
en coche hasta el aeropuerto. Odio conducir por los Scalextrics de las afueras.
Ella lo sabe. Siempre acabo perdiéndome. Me dice que no me preocupe, que irá en tren. Lánguidamente
le propongo llevarla hasta la estación, pero mi pijama y las zapatillas hablan
por mí de manera menos hipócrita. Abrazo. Que te lo pases súper bien. A ver si
hay suerte y hace buena mar para surfear. Sale por la puerta cargando la mochila y una bolsa de plástico con los
bocadillos que se ha preparado esta mañana.
De repente no sé a qué habitación tengo que ir, ni para qué. Cuando -al rato- me oriento, oigo el golpeteo de unas gotas furiosas en el
balcón. Cierro todas las ventanas. Le escribo un mensaje. Por dónde vas. Te recojo
en coche. Pero ya es tarde. Está a punto de llegar a la estación. Y yo la
imagino empapada, lentos goterones deslizándose desde sus larguísimas pestañas
hasta el suelo, plop, plop, formando un pequeño océano con sus olas y sus vientos. La visualizo pillando al bies la ola más alta, que la deposita en el tren. Y pensando en la mala madre que le ha tocado en suerte, que
ni siquiera es capaz de controlar la meteorología.
Esta tarde me he sentado un
buen rato en el sofá donde pasaba las horas mi padre estos últimos años. Al
lado, en la mesilla, las gafas y su agenda marrón. La he abierto. Escribía a
diario con su letra de médico. Notas encabalgadas unas sobre otras que días
después, cuando conseguía hacer los recados,
tachaba. Sus hijas, sus cuidadores, sus obsesiones y sus visitas médicas
se amontonan en esas páginas minúsculas encajadas sobre cuatro anillas antipáticas y pellizconas.
Todo repleto, en un caos que
sólo él controlaba, justo hasta el día del ingreso. Después, de repente, ya no hay nada. Probablemente uno de los disfraces de la muerte
sea el de las páginas en blanco. Sólo una nota en ese páramo vacío: la inyección que tenía programada para
hoy.
He estado a punto de tachar
esa nota. De romper esa página. De aullar. De acercarme al ambulatorio y reñir
al médico por haber programado esta visita imposible.
Pero al final no me he
atrevido a mancillar un futuro de su pasado que nunca llegará, aunque coincida
con este preciso instante. He vuelto a dejar la agenda sobre la mesilla, como
quien abandona el mapa de un territorio ignoto y peligroso. Y he regresado a la
tranquilizante línea del tiempo. He apuntado en mi agenda que mañana tengo que
seguir vaciando los armarios del piso de mis padres.
Marianne North fue una viajera
victoriana que recorrió todo el planeta pintando el universo vegetal. Admirada y animada por Charles Darwin y por
otros intelectuales de la época, como Francis Galton, Marianne se puso en marcha
una y otra vez -pinceles y caballete en ristre- en busca de la diversidad y la
rareza que le brindaba la naturaleza estática de esos seres vivos tan discretos pero
tan primordiales.
En el Real Jardín Botánico de Kew (Inglaterra)
hay una galería que expone la mayoría de
sus pinturas, que ella misma donó a la entidad con la condición de que el lugar
se destinara a servir como lugar de descanso para visitantes y viajeros.
La vida y su representación. El viaje y el
regreso a lo institucional. La aventura y el coleccionismo. Las relaciones intrincadísimas
entre las plantas en una selva y el lienzo plano enmarcado en dorado. El olor a
tierra mojada y el olor a humedad rancia de la moqueta del museo. La flor real y la mancha de pintura. La contemplación de estas pinturas naturalistas me evoca toda esta serie de parejas de ideas que tensan mi sensibilidad en sentidos opuestos.
La concentración de estímulos
visuales en esas paredes del Marianne North Gallery repletas de flores exóticas parece excesiva, pero creo
que merece la pena sufrir esa sobredosis alguna vez, cuando se haya
instalado el color gris en nuestra vida.
La contemplación de estos cuadros hace que me traslade mentalmente al jardín de aclimatación que hay en el Puerto de
la Cruz, con sus especies exóticas apabullantes que tantas veces visité mientras viví en Tenerife, donde también pintó la trotamundos inglesa en
su viaje a esa isla, donde inició su apasionante vida viajera mi hija Ana, a la que felicito su cumpleaños desde este vergel .
Lianas, flores, semillas y frutos que nos invitan a viajar. Viajes que se enredan como lianas, viajes que explotan desde una semilla minúscula, viajes que ya han empezado a brotar en mi cabeza.
Los más contrastados artículos
de Ripperologist Magazine afirman que el destripador no era un energúmeno con
capa y chistera, sino un joven solitario y tímido. Su aspecto de apocado
oficinista le evitó las sospechas de la policía, que buscaba a un depredador de
apariencia feroz.
Sir Arthur Conan Doyle
recorrió los escenarios de Whitechapel y tuvo acceso a toda la documentación de
Scotland Yard sobre el caso. Cuando fue preguntado por la hipotética deducción
de su detective, aseguró que Sherlock Holmes habría trabajado con la premisa de
que el asesino abordaba a sus víctimas disfrazado de mujer para no despertar
sospechas. Propuso que los agentes -con
el fin de actuar como cebo- también se disfrazaran de prostitutas, imaginando
así un escenario en el que las auténticas busconas lucirían desvaídas frente a
policías y asesinos ataviados con extravagantes pelucas y frondosas
faldas.
Y mientras semejante desfile
parecía tan real en la mente del escritor, en las gélidas calles de Londres la
silueta del destripador se sumergía en la bruma con paso inalcanzable hasta
fundirse en negro, como tragado por las arenas movedizas de una espeluznante
ficción.
Como cada noche, el
prestigioso oftalmólogo Delclós -ahora ya retirado- se dirige a la misma esquina del parque.
Lleva la bolsa de cuero en la mano izquierda y el botiquín en la derecha.
Camina con determinación.
A esas horas algunos ya se están
acomodando en sus improvisados refugios para dormir, pero cuando llega es recibido con
muestras de entusiasmo por esas criaturas esquivas y castigadas que tanta vida
están dando al doctor en su jubilación. Tras comprobar que nadie le ve, se acerca al
grupo. Les saluda por sus nombres y a continuación les entrega la comida que les ha preparado.
Una vez saciada el hambre, el
Dr Delclós se sienta en el banco bajo la farola. Se pone las gafas. Abre su botiquín. Saca
el colirio para la preocupante conjuntivitis que detectó ayer a Lady Mary. La cura con
esmero. Cuando termina, le da unos golpecitos cariñosos entre los omoplatos.
El agradecido ronroneo de la
gata rubia le produce una alegría que jamás experimentó con sus pacientes humanos.