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martes, 18 de octubre de 2016

Los "bebés" cumplen veinte años

El idilio se remonta nada menos que veinte años en el pasado familiar. En mi memoria, en cambio, parece mucho más antiguo, como de antes, como de siempre…De hecho, la espiral de emociones empezó con unos meses de antelación, cuando en una ecografía para controlar unas pérdidas en mi tercer embarazo el médico dijo: “Está todo correcto, pero…¡aquí hay mucha gente!” Así que en lugar de un aborto espontáneo, el diagnóstico resultó ser un embarazo gemelar. Me dio un ataque de risa floja, del mismo tipo que los que me sobrevienen sin remedio en el segundo plato de cualquier comida o cena familiar. Dos bolsas, me contesto a la aterrorizada pregunta sobre si eran univitelinos. La posibilidad de tener dos clones no me seducía demasiado, la verdad. Ahora pienso en cómo hubiera sido tener a cualquiera de vosotros dos repetido, y solo de pensarlo añoro al otro con desgarro, aunque sea una hipótesis absurda y fuera de lugar.
La risa histérica continuó mientras intentaba balbucear la noticia en las múltiples llamadas telefónicas que realicé al llegar a casa. Por suerte, me ahorré ver las caras de mis interlocutores ante tan excéntrica reacción.
Pero resultó que iba a tener el embarazo más tranquilo de todos, pues me dieron la baja desde aquel tercer mes hasta el momento del parto. Un embarazo de alto riesgo que me sirvió para estudiar oposiciones aprovechando las horas en las que los mayores estaban en el colegio y vosotros crecíais ahí adentro. Una temporada en la que leí, nadé y paseé mientras me volvía hacia dentro como un perro que duerme intentando imaginaros.
Y el 18 de octubre de 1996, en una visita rutinaria de final de embarazo, me provocaron el parto, al percatarse que Víctor había detenido su crecimiento debido a una placenta algo envejecida. Llamé a vuestro padre desde el departamento de un amigo que trabajaba en el Hospital (esta es la  prueba de que hubo un tiempo en la que no existían los móviles). En las dos horas y media que duró el parto,  a los abuelos les dio tiempo de coger el coche, conducir 200 kilómetros desde Tortosa, recoger a Ana y a Carlos del colegio y llegar al hospital en el mismo momento en el que os entraban a la habitación en sendas cunitas. Vïctor, con 2,5 kg , Sara con 3 Kg  y algo. Yo con mis escuálidos 50 kilos otra vez, tras expulsar los 10 consistentes en niños, placentas y líquidos varios. Sara tenía cara de señorona, ¿o de señorita de Avignon? La  tortícolis posicional que sufría le daba un aire asimétrico y cubista. Su boquita fruncida mostraba un bonito gesto de determinación.  Víctor, con carita de haber pasado un poco de hambre, era delicado y silencioso como un ángel. Carlos y Ana, de siete y cinco años, los miraban con una expresión inenarrable, a medio camino entre la felicidad y el susto.

Y empezó la aventura: las noches sin dormir, las posturas de contorsionista para poder daros de mamar a los dos a la vez cuando estaba sola, la emoción y el cansancio compartiendo espacio en la sangre, la sensación de habitar en el interior de la partitura de un Himno.

El regreso al trabajo. Magda, la primera aupair checa. El traslado de vuestro padre a Alicante. Yo estudiando las oposiciones con Marcel.lí mientras os dábamos el biberón a pares. El aprobado de ambos. El traslado a Alicante. Mila, aquella chiquilla de 18 años que venía de la República Checa y que fue como una hija mayor y nos acompañó en nuestro primer año allí. El trabajo en el instituto “8 de marzo” de Alicante. La guardería. Las otitis. Los paseos. Las noches en blanco. El himno acelerando su cadencia. Los bebés en su cochecito doble empujados por Mila. Las canciones y los cuentos. La vida vibrante y densa como un tejido trenzado con fuerza.




Sara era un bicho. Víctor un bichito. Se van perfilando los caracteres de los mellizos más distintos sobre la faz de la tierra. Los hermanos mayores toman posiciones en este nuevo territorio a compartir. Cada pieza en su sitio, todo se va ajustando. Aunque no recordéis nada de todo esto, fueron dos años intensos, soleados, llenos de vida y de retos, como el de quedarnos allí otro año mientras el papi se volvía a Barcelona, como el de acoger sucesivamente a Maruska y a Lenka. Como el de hacer otro traslado completo al acabar el curso.  



De vuelta en Molins empiezan vuestros recuerdos. Y como son vuestros, no voy a mancillarlos con los míos. Solamente voy a copiar dos fragmentos elegidos de entre los muchos textos que escribí en esa época mientras disfrutaba viéndoos crecer.


Sara, este es para ti. Y para todas las Saras que he tenido el placer de ir conociendo: la pequeña atleta musculada, la niña llena de vitalidad, la adolescente sensata, la joven indomable, la nieta “dolceta”, la adulta confidente y llena de sabiduría.

Sara ( 7 años)

"....Sara en la actualidad es una niña aparentemente normal, aunque si la observas detenidamente cuando nadie la mira, te  percatas de que su musculatura es la de alguien que ha recorrido más kilómetros de los que ella ha podido andar en su corta vida, que trepa a los árboles de manera espontánea, que los gatos callejeros la reconocen y se dejan acariciar por ella sin reservas, y sobre todo, que sus ojos pequeñitos son más profundos que los de los otros niños, la luz le viene de más adentro y cuando anochece le siguen brillando como dos pequeñas luciérnagas"




Y ahora te toca a ti, Víctor. Este es un poema que escribí para ti un día a la salida del dentista, y que ahora le dedico al efímero bebé regordete, al niño de ojos enormes que se encerraba en su cuarto sentado de cuclillas y creaba universos con su colección de animales, legos y playmobils, al adolescente lector y leal a sus amigos, al joven irónico e introvertido, al adulto inteligente y austero.

Víctor no quiere ir al dentista

Mis dientes son míos
nadie los puede tocar,
ni esa dentista con gafas
a la que me quieres llevar.

Odio las pastas con fluor
odio tener que esperar
en esa sala de espera
con música de vomitar.

No me gusta abrir la boca
ni tener que soportar
ese taladro de hierro
con el que me quieren asesinar.

¿Y si perfora el cerebro
atravesando el paladar?
Esa dentista es miope 
y le podría pasar.

Malditas caries idiotas
¿Por qué se acercan a mi?
son como monstruos peludos
contra los que inventaré un elixir.

Cuando crezca y me convierta
en una famosa figura
científico importante
aunque sin dentadura,
conseguiré una poción
que les hará la vida muy dura.

Pero de momento, hoy,
si me quieres compensar,
al salir del dentista
me tendrías que comprar
una ensaimada gigante
y una consola super-star.



¡Felicidades a “los bebés” más grandes del mundo! En todos los sentidos, excepto en lo de Bebés, título que ostentasteis hasta bien tarde. Los hermanos se suelen parecer, vosotros no. Aunque compartís fecha y hora de nacimiento, minuto arriba minuto abajo. Tres minutos no es nada. Veinte años no es nada para todo el cariño y la compenetración que habéis demostrado que sois capaces de derrochar.  ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!





domingo, 9 de octubre de 2016

Homeopatía genealógica

Fotografía tomada desde el Mont Saint Michel

Genghis Khan estaba obsesionado con dejar una cuantiosa descendencia.Lo consiguió. Para ello usó una estrategia tan invasiva como eficaz: matar al máximo número de varones y fecundar al mayor número posible de hembras, se cree que alrededor de un millar. Como consecuencia, el 0,8 % de todos los hombres actuales tienen el mismo cromosoma Y que el insaciable conquistador. En efecto, quizás tu propio padre sea uno de ellos.
Para las mujeres brasileñas de la alta sociedad tener la piel clara proporciona un plus en su caché social que todos reconocen aunque nadie lo verbalice. Casarse con hombres blancos garantiza la dilución de su material genético africano, la decoloración progresiva de su árbol genealógico. Pero incluso la más pálida de este banco de diluciones social posee el ADN mitocondrial de sus tatarabuelas traídas como esclavas desde Angola o el Congo. Un ADN negro como un tizón.
Cada uno de nosotros poseemos el 50% del material genético de nuestros progenitores, el 25% de nuestros cuatro abuelos, el 12,5% de cada uno de nuestros ocho bisabuelos...
Mis genes no sólo dicen cosas sobre mí. Hablan de mis padres, de mis tíos, de mis hijos...y de todos los que asoman en los álbumes de fotos de mi familia. No somos más que una combinación única de fragmentos de nuestros antepasados, un puzle hecho con piezas minúsculas, cada vez más pequeñas, de los héroes, los tiranos o los seres anónimos que nos precedieron.

Una dilución tan extrema que apenas queda rastro del principio activo original. Pura agua con una pizca de azúcar.



          
                                 Para Ana , que se acuerda de su mami aunque esté en las antípodas. En ella los ancestros se han concentrado de tal manera que la han convertido en una auténtica fuerza de la naturaleza, nada de aguachirlis homeopático. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El hacedor



                                                                                  Dedicado a Rafa Heredero, que es capaz de hacerlo. 


Al principio la sala era caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Su mirada aleteaba sobre las butacas, cubriéndolo todo.
Entonces, desde su cubículo de ahí arriba, sonrió.
Se aclaró la voz. Pronunció el mantra con gesto solemne. Colocó la cinta y le dio al interruptor.
La luz se hizo, como cada noche.
Y así, con la soltura y la dignidad que solo poseen los dioses, creó un Universo.








Aquí copio el microrrelato de Rafa Heredero con el que ha ganado la última edición de la Microbiblioteca     


                                                                                                                                                                                                                           En memoria de Hugo Dubois
                                                                                                                                              
El mariscal Hugo Dubois (1867-1936), psicólogo e ingeniero matemático, debería ser reconocido como el genio que cambió el rumbo de la Gran Guerra a principios de 1918. Acantonado en la localidad de Enjôler, en el Frente Occidental, con la consigna de defender París, diseñó un sistema de trincheras basado en la lógica de las ilusiones ópticas. Hizo excavar zanjas asimétricas con proyecciones en diferentes ejes, cuyos perfiles imitaban líneas expresionistas. El efecto creado, una red donde confluían perspectivas oblicuas difuminadas hacia los cuatro puntos cardinales, resultó infalible. Sin referencias precisas, desde sus trincheras regulares, los disparos erráticos de ametralladora del ejército alemán no causaron ninguna baja; sus granadas explotaban en lugares inútiles; los soldados se perdían al intentar cualquier incursión. Dubois sabía que la guerra además es psicológica. Cuando el desánimo invadió al enemigo, el éxito de la contraofensiva francesa estuvo asegurado.


En honor del mariscal se colocó su estatua en la plaza de Enjôler, erigida siguiendo las instrucciones de los planos de sus trincheras. Aún hoy nadie ha conseguido admirarla de cerca.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Reseña en el blog "De ciencia y literatura"


La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo.  Por Martin Mehsen

Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones, utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda, fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible. Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia, expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.
Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos, desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar esas tierras remotas.  Una solicitud de Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia, un terreno donde Paz  —bióloga, madre, escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarsepara volverse cómplice de las palabras.
Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas, souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse.  A continuación, uno de estos relatos:
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Paisaje de infancia con exhibicionista de fondo

Feromonas:
Hormonas que transmiten mensajes entre
diferentes individuos de una misma especie,
 como los que intervienen en la atracción sexual.


          Para llegar al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas, subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el uniforme de cuadritos marrones.
El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era un espacio  incrustado en un circuito de setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las espiábamos, pero cuando realmente  tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al colegio tras la comida.
Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando les echábamos pan.
Algunos eran diferentes, de colores metálicos y desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas. Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.
También tenía el parque una especie de guardián enviado por el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo -disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados tan simplones de la época.
Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.
Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de sus arrebatos de exhibición transitorios.
Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.
Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.
De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia. Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.
Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza llena de agua.




Esta reseña ha sido publicada en el blog argentino De ciencia y literatura, por Martin Meshen. ¡Muy agradecida!Aquí el artículo original. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Magia negra




Todos en el poblado sabían que cuando el chamán hacía vudú, el desdichado destinatario de su magia negra acababa muriendo. Así que esta vez decidieron que era inútil desperdiciar agua y comida. A la semana lo encontraron muerto, de esta manera quedó definitivamente confirmado el poder sobrenatural de quien velaba por sus destinos. 




                                                     Con este microrrelato me he estrenado en el concurso 50 palabras. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Entrevista de Juan Peregrina ( Editorial Nazarí)

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Juan Peregrina y Alejandro Santiago Martínez vendiendo libros de Nazarí 


     


1     Querida Paz, lo primero, enhorabuena por un libro como Hormonautas, repleto de personajes, situaciones y diálogos tan bien diseñados. ¿Cómo le explicamos al público que todavía no conoce la obra este título y la estructura de tu obra?


 El título pretende sintetizar (de una forma un tanto osada, porque la palabra “Hormonauta” no existe en el diccionario) la esencia del libro: un intento de simbiosis entre fisiología y literatura de viajes.
Fisiología porque el eje vertebrador son las hormonas, esos mensajeros químicos  que modulan el equilibrio del medio interno. Cada relato está relacionado de alguna forma con los efectos de cada una de las 20 hormonas que encabezan los cuentos. No es un tratado de endocrinología, es ficción, pero no he podido evitar poner un par de líneas divulgativas sobre la hormona correspondiente para que se vea el vínculo con el cuento.
La palabra Hormonauta, por otro lado, tiene reminiscencias a la navegación, a la aventura, al viaje. El libro trata de moléculas que nadan bajo la piel pero a la vez de historias que viajan a lo largo de todo el itinerario vital y de aventuras de otras épocas. Diferentes tipos de viajes. Los personajes descritos suelen estar bastante desubicados, tienen conflictos y limitaciones, pero buscan su propio vellocino de oro como si fueran los mismísimos Argonautas. O al menos eso es lo que se me ha ocurrido para justificar un título probablemente injustificable.

     El prólogo de Beatriz Alonso matiza ciertas características de tus cuentos, como la cercanía, lo real y lo carnal y también el afán didáctico que exhibes ¿no está reñida la función pedagógica con la ficción literaria?
     El libro consta de veinte relatos de ficción que se vinculan con la función que realiza en nuestro cuerpo cada una de las veinte hormonas que he elegido. Las hormonas son el hilo conductor que cohesiona el libro, pero como he dicho anteriormente no es un libro de divulgación científica. Más allá de una breve explicación sobre cada hormona  a modo de nota al pie de la primera página de cada cuento, no hay ninguna pretensión didáctica, son cuentos. Ojalá lo que dice Beatriz en su magnífico prólogo se refiera a que mi prosa es inteligible.
      De todas formas, y contestando a tu pregunta, no creo que estén reñidas ambas funciones, siempre que no estemos hablando de cuentos con moraleja o de  autoayuda. Existe una tradición de excelentes divulgadores científicos cuyas dotes literarias no tiene nada que envidiar a los mejores autores de ficción (me vienen a la cabeza autores como Oliver Sacks, Robert M. Sapolsky, Isaac Asimov, Stephen Jay Gould, Bill Bryson, o el mismísimo Charles Darwin). Me interesan mucho los géneros híbridos, admiro y valoro la labor de los buenos divulgadores científicos, de los libros que ponen al alcance de los no expertos  conocimientos especializados (recuerdo cómo disfruté leyendo la Historia del arte de E. Gombrich) o de los escritores de crónicas de viajes desde el punto de vista literario.


     ¿Qué supone para ti como autora el alumbrar un libro de cuentos, donde demuestras nuestras fisuras, obsesiones y equívocos?

Supone exponerme, mostrarme. Con todas las consecuencias que entregar algo propio pueda conllevar: el reconocimiento, la indiferencia o el rechazo.  Las tres posibilidades potencialmente igual de peligrosas, así que como no hay escapatoria hay que aprender a  lidiar con cualquiera que sea la reacción del “otro”.  Creo que para las personas introvertidas como yo es un ejercicio muy saludable sacar afuera lo que es íntimo y está protegido por el pudor.  En este libro estoy yo de una manera muy transparente porque mientras lo iba escribiendo nunca pensé en un interlocutor que no perteneciera a mi entorno más cercano. Y no me puse ningún filtro para resultar complaciente, comercial ni políticamente correcta. Digamos que escribía para los míos y cuando me lo publicaron se me fue literal y literariamente  de las manos. Pero ya estaba algo entrenada, pues llevo haciendo este ejercicio de striptease de forma deliberada desde que hace casi tres años abrí mi blog Crónicas desenfocadas, que  me ha supuesto a la vez una gran evasión, un aprendizaje de humildad y una manera muy libre de expresarme a través de textos, imágenes y música…, además de haberme proporcionado unas cuantas alegrías.
  
      Hay una constante y sutil crítica a la educación que hemos recibido: ser el mejor en vez de ser solidario, aprovechar el poder para abusar de los demás, utilizar la formación para ascender a costa de la igualdad… ¿tu experiencia personal se encuentra desarrollada en estos relatos?  

Hay relatos con base autobiográfica, otros no. La mayoría es una mezcla alícuota de experiencia e imaginación. Obviamente en todo lo que se escribe, aunque se esté hablando de un personaje histórico, están las vivencias y las obsesiones de quien lo escribe. Creo que la elección de los temas  y las tramas nunca es casual. Yo no escribo sobre amores románticos, ni sobre  personas muy felices y seguras de sí mismas.  Tampoco sobre suicidas o gente que se autodestruye, por poner ejemplos del otro extremo del  espectro.  No me toca la fibra sensible ni el éxito rotundo ni la desesperación.  Me he dado cuenta, gracias a  lecturas ajenas, que mis personajes  se sitúan en los márgenes,  en las fronteras de la convención. Son gente que no se adapta a la norma, pero siempre sin estridencias, con una cierta melancolía…nunca  como una reivindicación. Simplemente no  acaban de encajar. Me gustan los raros que no son del todo conscientes de que lo son. Y en los alrededores de ese ecosistema cuyo primer eslabón está formado por esa  “estirpe de los inadaptados” -como definió Iván Teruel a mis personajes- se puede observar  el comportamiento de los que abusan, los que medran, los que se creen adaptados o poseedores de la verdad. De los depredadores, en algunos casos. Pero siempre como comparsa de los realmente interesantes: los mansos, los “losers”, los que al no tener nada que perder poseen una libertad muy valiosa. Me interesa la ecología y la psicología, y ahí, mezclando disciplinas, juego torpemente con lo que he vivido, lo que observo y lo que imagino.

    Charles Byrne y la diferencia: el juego de contrastes que realizas es muy interesante para lectores jóvenes y lectoras adolescentes: defiendes elegantemente ciertos requisitos sociales como la tolerancia y el respeto, que a veces vemos que no se cumplen a edades tempranas, pudiendo conocer noticias desagradables sobre institutos y colegios: ¿alguna solución podría llevarnos a comportamientos más sensatos?

    Yo creo que la exposición temprana a la variedad, a lo diverso, a lo que no es como uno… puede ser una buena vacuna contra la intolerancia y el rechazo hacia los que son diferentes.  La uniformidad, aparte de ser aburrida, puede ser peligrosa.  Hay un índice en ecología, el índice de Shanon, que mide la complejidad de los ecosistemas cuantificando la diversidad de las especies que lo componen. Los ecosistemas más pobres -por ejemplo un monocultivo-  solo son sostenibles a base de inyectar mucha energía externa, en cambio los que tienen un índice máximo -como la selva amazónica- se autorregulan y son ecosistemas más maduros y equilibrados. Yo trabajo en un instituto de “máxima complejidad”, en el que hay chavales de muy distintos orígenes y culturas, y tengo la hipótesis de que hay muchos menos conflictos de bulling que en un colegio de niños uniformados procedentes de un entorno muy similar.

    “Cómo salvarse de todo el dolor sucio y radiactivo que provocan los demás, que provocamos nosotros”.  ¿Es la literatura una disciplina de acercamiento al otro? ¿Es un lenguaje, el literario, que puede servir como puente para la comprensión entre personas?

Es que la literatura es un tipo de comunicación muy extraña ¿no?  Me voy a sacar de la manga una teoría literaria de pacotilla, pero yo pienso que funciona a partir de unas características bastante peculiares: lentitud, unidireccionalidad y azar. El mensaje no es espontaneo sino meditado, y no se sabe cuándo llegará al hipotético receptor. Si consigue llegar al lector, del efecto que produzca en él nunca se enterará el escritor. Y esa comunicación en diferido solamente se dará si confluyen una serie de circunstancias aleatorias. Esto, que haría pensar en una comunicación defectuosa comparada con la relación directa entre dos personas, puede conseguir efectos más profundos y duraderos precisamente por el tiempo lento, por lo impersonal y porque conecta con lo universal. En este sentido el acercamiento entre autor y lector es un efecto colateral bastante improbable pero muy efectivo en caso de que se logre.
Respecto a la frase del libro y a tu pregunta: desde el momento en que con la literatura se consigue -aunque sea de forma incompleta-  poner en palabras sensaciones relacionadas con el sufrimiento, con las heridas recibidas o presenciadas… una parte de ese dolor se fija en el texto y puede ser de alguna manera exorcizado. Como hablamos de emociones comunes, el texto puede actuar como un espejo en el que se reconozca el lector. Yo creo que la exposición de los mecanismos que provocan insatisfacción en las relaciones humanas se muestran mejor a través de la ficción que mediante otros formatos (ensayo, libros de psicología…) Que eso ayude al escritor o al lector a comprenderse o a comprender a los demás es otro asunto.

     Las enfermedades están presentes en estos relatos en mayor o menor medida ¿cómo definirías las enfermedades endocrinas? ¿Cómo se puede convertir este campo de la medicina en un libro de relatos?

Las hormonas dan mucho juego en varios aspectos, uno de ellos es que cualquier exceso o defecto en la concentración de una hormona provoca una enfermedad, por poner dos ejemplos conocidos: un déficit de insulina provoca diabetes y  un exceso de tiroxina hipertiroidismo. Desde el punto de vista literario, la justificación para haber usado estas moléculas como eje vertebrador del libro es la siguiente: las hormonas actúan reajustando constantemente el equilibrio del medio interno ante cualquier amenaza interna o externa, sus efectos en el organismo se manifiestan a medio y largo plazo y tienen mucha relación con nuestra conducta (todo el mundo conoce los efectos de la adrenalina o la testosterona en nuestra manera de actuar). Cualquier desajuste en la producción de una hormona, pues, tiene consecuencias en el comportamiento, y yo he aprovechado este conflicto fisiológico para construir el conflicto que debe subyacer en cualquier relato de ficción.

      ¿Qué autores sueles leer? ¿Alguna escritora te marcó con su discurso y no puedes olvidarla? Nos interesa saber algún referente literario – o científico, por supuesto- que te haya servido de inspiración.

Me centraré en las autoras que me han impactado, y las ubicaré en los géneros en los que más me han convencido. Los relatos de Margarite Yourcenar, Alice Munro, Mary Gordon, Jumpha Lahiri, Joyce Carol Oates o las grandes damas sureñas. Las crónicas de Jenny Disky o Chantail Maillard. Los ensayos de Virginia Woolf, Natalia Ginzburg o Carmen Martín Gaite. Las novelas de Nancy Huston, Jeanette Winterson, Tracy Chevalier o Lucia Berlin. La poesía de Wislawa Szymborska o Olga Orozco. Los microrrelatos de Ana María Shua, Susana Camps, Beatriz Alonso o Laura Valenzuela.


 ¿Qué piensa Paz Monserrat del futuro? ¿hay proyectos profesionales a la vista?

Pues ahora mismo estoy un poco resacosa, acusando el cansancio de todo un curso, y tengo la cabeza tan árida como una isla volcánica llena de cenizas. Tengo que aprovechar las vacaciones para hurgar en mis libretitas y resucitar ideas de entre los apuntes que voy tomando. Me encanta que mis notitas se conviertan en  relatos para tacharlas después en la libreta correspondiente. Creo que tengo varias cosas en mente de las que todavía no soy  lo suficientemente consciente como para verbalizarlas, he de pararme a pensar en qué dirección quiero ir, o si simplemente me dedico a leer y a vivir hasta que se me impongan los temas y los proyectos.  

Muchas gracias, Paz, por tu tiempo y tus respuestas.





viernes, 5 de agosto de 2016

Seis grados de separación




    Todo el mundo entiende la expresión “el mundo es un pañuelo”. Aunque no sea el hallazgo más feliz del habla popular (yo siempre visualizo un pañuelo lleno de mocos verdes, un pañuelo pequeño, sí, pero lleno de mocos) siempre la usamos en el contexto adecuado, por ejemplo cuando nos encontramos a nuestro vecino del pueblo en las cataratas de Iguazú.  
     Y luego está esa curiosa hipótesis que pretende ilustrar y cuantificar la frase del pañuelo, que por otro lado nadie ponía en entredicho. Un escritor húngaro apellidado Karinthy propuso en 1930 que cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona a través de una cadena de conocidos que no tenga más de cinco intermediarios. Los que tenemos cuenta de Facebook le dedicamos una sonrisa condescendiente a Frigyes  Karinthy, y se la enviamos al pasado a través de seis ilustres contactos de la cadena que él mismo descubrió.  Y aprovechamos, de vuelta al presente, para animar a los investigadores actuales a que amplíen la teoría de los seis grados de separación. Si es posible acceder a cualquier persona común que viva actualmente en el planeta en solo seis saltos ¿qué pasa con los que ya no viven? ¿Y con los famosos?
     Con el fin de estimular a las jóvenes promesas interesadas en la investigación de lo inútil, yo me presto como fuente fidedigna. Puedo ofrecer datos de mi propia historia familiar al intrépido investigador que esté dispuesto a poner sus databases a toda máquina para construir esta versión actualizada que abarque el pasado y el Olimpo de los famosos.
   Corría el año 1957. Una rama lateral del árbol familiar de mi padre vivía en Cuba por aquel entonces.  El escenario concreto es una playa cercana a la Habana, Cojimar, donde se rodaba la película The old man and the sea, con Spencer Tracy como protagonista. El rodaje estaba dirigido por John Sturges, y vigilado de cerca por el mismísimo Ernest Hemingway, que impuso que todos los participantes en la película, a excepción de su mujer y del actor principal, fueran gentes del lugar.
    Durante los tiempos muertos del rodaje, mis parientes lejanos -en el tiempo y en el espacio- no dejaron de ir a la playa que solían frecuentar. Tensy, casi una adolescente, era la hija mayor de Hortensia, una prima segunda de mi padre que desgraciadamente murió de forma prematura y fulminante poco tiempo después. Uno de esos días, Tensy  salió de entre las rocas con un pulpo que había capturado ella sola. Se la veía exultante. Delgada y fibrosa, sonreía feliz y durante un buen rato fue objeto de la admiración de todos en la playa. Hasta que,  entre los curiosos, apareció ella. Katharine Hepburn estaba en la isla acompañando a su gran amor. Se le acercó. Los detalles de la transacción se pierden en alguno de esos seis eslabones a través de los que ha llegado la información hasta mí,  pero el caso es que el pulpo fue a parar a manos de la actriz de los ojos penetrantes y la mandíbula retadora.  Me la imagino llevándose al molusco en un Oldsmobile con brillos de charol. Dejando, sin saberlo, una huella satinada, como de baba de caracol, que ahora retomo yo al intentar dar un salto desde mi presente vulgar de persona anodina hasta semejante diosa.

    No me veo capaz de contar los grados de separación de este salto tan estimulante y mitómano, pero no deben de ser muchos.  Y no sé por qué de repente me está apeteciendo mucho viajar a Cojimar para visitar la casita donde Ernest Hemingway escribió la lucha entre el hombre y los monstruos de las profundidades. Como aquel animal lleno de ventosas que definitivamente ya forma parte de nuestro árbol genealógico.