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viernes, 5 de agosto de 2016

Seis grados de separación




    Todo el mundo entiende la expresión “el mundo es un pañuelo”. Aunque no sea el hallazgo más feliz del habla popular (yo siempre visualizo un pañuelo lleno de mocos verdes, un pañuelo pequeño, sí, pero lleno de mocos) siempre la usamos en el contexto adecuado, por ejemplo cuando nos encontramos a nuestro vecino del pueblo en las cataratas de Iguazú.  
     Y luego está esa curiosa hipótesis que pretende ilustrar y cuantificar la frase del pañuelo, que por otro lado nadie ponía en entredicho. Un escritor húngaro apellidado Karinthy propuso en 1930 que cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona a través de una cadena de conocidos que no tenga más de cinco intermediarios. Los que tenemos cuenta de Facebook le dedicamos una sonrisa condescendiente a Frigyes  Karinthy, y se la enviamos al pasado a través de seis ilustres contactos de la cadena que él mismo descubrió.  Y aprovechamos, de vuelta al presente, para animar a los investigadores actuales a que amplíen la teoría de los seis grados de separación. Si es posible acceder a cualquier persona común que viva actualmente en el planeta en solo seis saltos ¿qué pasa con los que ya no viven? ¿Y con los famosos?
     Con el fin de estimular a las jóvenes promesas interesadas en la investigación de lo inútil, yo me presto como fuente fidedigna. Puedo ofrecer datos de mi propia historia familiar al intrépido investigador que esté dispuesto a poner sus databases a toda máquina para construir esta versión actualizada que abarque el pasado y el Olimpo de los famosos.
   Corría el año 1957. Una rama lateral del árbol familiar de mi padre vivía en Cuba por aquel entonces.  El escenario concreto es una playa cercana a la Habana, Cojimar, donde se rodaba la película The old man and the sea, con Spencer Tracy como protagonista. El rodaje estaba dirigido por John Sturges, y vigilado de cerca por el mismísimo Ernest Hemingway, que impuso que todos los participantes en la película, a excepción de su mujer y del actor principal, fueran gentes del lugar.
    Durante los tiempos muertos del rodaje, mis parientes lejanos -en el tiempo y en el espacio- no dejaron de ir a la playa que solían frecuentar. Tensy, casi una adolescente, era la hija mayor de Hortensia, una prima segunda de mi padre que desgraciadamente murió de forma prematura y fulminante poco tiempo después. Uno de esos días, Tensy  salió de entre las rocas con un pulpo que había capturado ella sola. Se la veía exultante. Delgada y fibrosa, sonreía feliz y durante un buen rato fue objeto de la admiración de todos en la playa. Hasta que,  entre los curiosos, apareció ella. Katharine Hepburn estaba en la isla acompañando a su gran amor. Se le acercó. Los detalles de la transacción se pierden en alguno de esos seis eslabones a través de los que ha llegado la información hasta mí,  pero el caso es que el pulpo fue a parar a manos de la actriz de los ojos penetrantes y la mandíbula retadora.  Me la imagino llevándose al molusco en un Oldsmobile con brillos de charol. Dejando, sin saberlo, una huella satinada, como de baba de caracol, que ahora retomo yo al intentar dar un salto desde mi presente vulgar de persona anodina hasta semejante diosa.

    No me veo capaz de contar los grados de separación de este salto tan estimulante y mitómano, pero no deben de ser muchos.  Y no sé por qué de repente me está apeteciendo mucho viajar a Cojimar para visitar la casita donde Ernest Hemingway escribió la lucha entre el hombre y los monstruos de las profundidades. Como aquel animal lleno de ventosas que definitivamente ya forma parte de nuestro árbol genealógico.  





lunes, 25 de julio de 2016

Las edades de la emoción ( prólogo a "Los trigos tan azules" de Miguel Ángel Malo)



Miguel Ángel Malo es un pintor de interiores. O varios de ellos en uno, pues parece como si fuera modificando la técnica pictórica a medida que el tiempo cristaliza en las diferentes edades. Los relatos ( y microrrelatos ) de Los trigos tan azules se organizan en un eje cronológico dividido en cuatro tramos: el primero (I) recorre con pinceladas impresionistas el territorio inalcanzable de la infancia, un segundo grupo de relatos (II) en los que la adolescencia y la primera juventud se expresan en trazos expresionistas al inquietante modo de Egon Schiele,  la madurez (III) y decadencia (IV) del último tramo de la vida  están pintadas de manera semejante a lo que hacía Hopper con sus estampas a la vez anodinas y terribles.
Aunque pudiera deducirse que los protagonistas de la primera parte del libro son los niños, en realidad lo que éstos hacen es retirarse discretamente y abrir una ventana a la intemperie de sus percepciones para dejar penetrar en los relatos una bruma azul que lo invade todo. No hay criaturas de carne y hueso en estas páginas. Los niños hablan desde un lugar demasiado lejano (“nevaba como suele hacerlo en la infancia”), demasiado inasequible;  pero han conseguido destilar sus sentimientos, y Miguel Ángel nos los  ofrece concentrados en pequeños sorbos -como si se tratara de catar un buen licor- en unos cuentos escritos con brochazos impresionistas. Como en los mejores cuadros de esa época, estos relatos consiguen  reproducir con nitidez -con la única condición de retirarse un poco para observarlos-  atmósferas sin perfiles, percepciones tan inasibles como la sensación gelatinosa y a la vez llena de alfileres de una fiebre infantil en Mi padre y el hombre del saco,  o la metáfora vital que le sugiere a la propietaria de El álbum de las mariposas la visión de unas alas de lepidóptero disecadas de su colección. Ese sentir sin entender de los niños que hace que la  narradora de  La noche entera convierta a la nieve en el centro de lo que nos quiere contar. Una nieve igual de blanca que la tristeza pero que cubre un subsuelo oscuro y sucio como el fango. Los niños sintiendo sin filtros y sin prejuicios, inaugurando miradas que los adultos no podemos comprender porque el exceso de información nos impide ver lo esencial, como el “vampiro” que  Matías descubre en su propia casa, sin que nadie más se percate de ello, en el cuento Matías y el pequeño monstruo.
Las historias del segundo tramo (adolescencia y juventud) tienen la cadencia del bombeo en un corazón desbocado, alerta, preparado para la huida.  Los protagonistas parecen preguntarse cómo deberían comunicar lo que no puede ser expresado en palabras cuando se enfrentan a situaciones de vértigo, de peligro, de impotencia. La equidistancia entre el terror y las cosquillas de Lo intenté, el encuentro de Eros y Tánatos en el encierro y el posterior salto hacia el abismo de Perro, o esa oscura premonición que siente la protagonista en el relato Te quiero son botones de muestra de ese ritmo desasosegante. En otros, los personajes lidian con sentimientos inaceptables respecto al propio deseo (La angustia de Sara) o con la impotencia cuando la vida de un hijo se sale del carril y se alimenta exclusivamente de la rabia, el miedo y la culpa (Toda la vida me lleva tocando a mí). Incluso nos asomamos al interior de una mujer que se permite experimentar alivio ante la muerte de un tirano doméstico (Laura).
Miguel Ángel maneja con gran eficacia los hilos con los que teje descripciones de los estados de ánimo (“se sentó despacio, con el culo compungido”, “un tacto azul oscuro, como de tener la garganta seca”), del entorno (“el jardín era un narrador de recuerdos abisales”) y de los personajes (“Paco era el de siempre: bigotudo, enorme, aparatoso… Ella iba de oscuro: tonta y distinguida”, “Marta se encogió de hombros y puso una cara sin fondo”). Con estos hallazgos sembrados a lo largo de sus relatos recrea visiones subjetivas y parciales, que son las más adecuadas para dibujar esas escenas sórdidas y recrear aquellos ambientes claustrofóbicos que tanto recuerdan a las pinturas expresionistas de Munch,  Shiele o Nolde.
En el tercer bloque de relatos las espigas de trigo ya están maduras. Doradas o azules, según como les dé la luz. Los colores estridentes de la juventud han dejado paso a los tonos pastel de una serie de estampas realistas, oleos con algún desconchado pero con muchas capas de pintura, que representan algo a medio camino entre la melancolía y la resignación. Se podría decir que sus cuentos de madurez son bocetos dibujados con trazos secos y certeros en los que se retrata la densidad de todo aquello que es cutre, sucio, pero que a la vez posee una belleza inusual. Unos visitantes inesperados irrumpiendo en una celebración (La boda), un letrero de neón iluminando el insomnio de los vecinos de un edificio desangelado digno de un cuadro de Hopper (Calor), el silencio saliendo de los cajones y armarios tras una separación (Mi vida diferente) o la mismísima soledad en el remite “con letra redondilla, de mujer” de una carta vacía (El centro)  son algunos de los paisajes desolados que nos desvela Miguel Ángel Malo.
No todo está en la superficie en estos cuentos, no todo se dice. En Los trigos tan azules hay muchas zonas vacías que tiene que rellenar el lector con su sensibilidad. Algunos relatos están atravesados por una grieta insalvable que separa lo real de lo onírico (La piedra), la culpa del apego (La verdad), la luz de la oscuridad (Callejones) o el tú y el yo en la experiencia de una prostituta melancólica en Tangentes paralelas.  
Y luego está la  terrible y sobrecogedora crónica de la muerte del padre (Desvestido el mundo del lujo de las horas) que protagoniza el cuarto y último tramo -acompañada de un séquito de microrrelatos como puñetazos en el estómago- sobre la cual por experiencias personales demasiado cercanas me siento incapaz de opinar con lucidez, así que me limito a copiar un fragmento con la descripción que hace el médico de lo que estaba por venir:  “Habló de ruinas y de paisajes irreconocibles, de autopistas blancas sin cambios de sentido, de campos azules con relojes blandos y muertos pero en vida, de horribles peces luna que devorarían una tras otra las células de la inteligencia, las del sentimiento, las del amor; las del dolor incluso.”

No se sale indemne de las historias que nos cuenta Miguel Ángel Malo en Los trigos tan azules, pero quiero pensar que éste es el único objetivo exigible a la literatura.  


Miguel Ángel Malo, a quien no conocía, me escribió pidiéndome si podría escribirle un prólogo a su libro Los trigos tan azules, publicado por la Editorial Nazarí. Como la ignorancia es muy atrevida le dije que sí. Me leí el libro. Me impresionaron sus relatos. Y le escribí este prólogo en el que además me lancé a hacer un paralelismo con las sensaciones que me producen algunos cuadros. Lo dicho, la ignorancia es muy atrevida. Sirva este texto -en el que una bióloga se atreve con la pintura y la literatura- como recomendación del libro de este economista que escribe las etapas de la vida como los mejores pintores pintan sus cuadros. 


lunes, 18 de julio de 2016

Entrevista en el blog Narrativa breve



1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?
Por poner una fecha concreta: el año de las olimpiadas de Barcelona. Ese año nos trasladamos a vivir a Tenerife. Allí, con la libertad que da gozar de una excedencia y la sensación de vivir una temporada de semi-vacaciones, me apunté a un taller que daba Jorge Eduardo Benavides (por aquel entonces desconocido y recién exiliado del Perú) en una biblioteca de Santa Cruz. Aunque no era mi pretensión, aquella fue una experiencia muy terapéutica. Y lo digo en sentido literal: me curó de una sinusitis crónica que padecía. Empezar a escribir los ejercicios que nos sugería el profesor y no parar de moquear fue la misma cosa.  Como si llevara entre la nariz y el cerebro un embalse colmatado de palabras, a punto de desbordarse. Hará unos quince años, tras varios cursos más de literatura,  me solté a escribir por mi cuenta sin la red de seguridad que supone los talleres de escritura. La pretensión inicial fue darme tiempo y espacio mental para hacer la digestión de numerosas vivencias y lecturas acumuladas. Luego ya no quise arriesgarme a tener otra sinusitis. Y hasta ahora, que sigo respirando bien sin necesidad de antibióticos.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?
Al principio no planifico. Solo me permito escribir lo que realmente me conmueve tiempo después de haberlo escrito por primera vez en las libretitas que uso como vertedero de ideas. En el caso de Hormonautas, mi único libro individual de relatos, empezó a cuajar cuando me di cuenta de que tenía bastantes relatos con un eje vertebrador común. En ese momento urdí la conexión entre ellos e intenté cohesionar el conjunto para darle forma de libro, pero sin quitar libertad a lo que surgiera cuando me ponía a escribir algo nuevo.  

3 ¿Cuál es tu género preferido como escritor y cuál como lector?
Como escritora -aunque no me reconozco del todo en ese sustantivo tan solemne- los relatos breves, los microrrelatos y las crónicas de viajes. El formato breve se ajusta bien al tipo de vida “multi-tarea” que llevo, como una manera de rellenar grietas entre mis otras facetas de madre, profesora, amiga, paseadora de perros, lectora, esposa… La escritura es una actividad más, pero a la vez actúa a modo de bisagra o cemento que sostiene y articula las otras tareas. A veces las hace un poco más inteligibles, incluso les puede dar sentido a posteriori.
Como lectora alterno el relato corto, la divulgación científica, la novela o el ensayo dependiendo del momento y del estado de ánimo. Microrrelato y poesía siempre en pequeñas dosis, como pespuntes en este tejido de lecturas.

4 ¿Escribes pensando en un lector específico o crees que cualquier persona es un lector en potencia de tu obra?
Digamos que abro el foco progresivamente. Primero me uso a mí misma como interlocutora: casi siempre escribo para explicarme mis propias percepciones, para volver a leer las conexiones que no he detectado al vivir. A veces, cuando escribo crónicas de viajes me parece que solamente he vivido lo que he conseguido narrar. Luego lo enseño a personas de mi entorno afectivo, y a continuación lo cuelgo en mi blog por si alguien más lo quisiera leer. Abrí el blog en plena decadencia del fenómeno, así que no he vivido la vorágine de su momento álgido. Eso implica una especie de clandestinidad que me encanta, me da más libertad. Me gusta tener lectores aunque no comenten mucho. Fantaseo con ese momento de comunicación diferida y secreta con lectores desconocidos.

5 ¿Te costó mucho encontrar editor para tu primer libro?
El primer libro en el que participé fue 100 situacions extraordinàries a l’aula. Lo escribí a cuatro manos con Jordi de Manuel y fue prácticamente un libro de encargo a partir de una propuesta que hicimos a la editorial para una colección concreta. Si hablamos de mi primer libro de relatos individual,  Hormonautas, lo conseguí a  la tercera igual que el carnet de conducir y las oposiciones. Nunca tuve demasiadas expectativas ni prisas, pero de vez en cuando lo intentaba. Después de la callada por respuesta por parte de una editorial y de una repuesta muy correcta por parte de otra, los de la editorial Nazarí fueron muy generosos y muy eficientes a lo largo de todo el proceso y la gestión para la publicación de mi libro. Desde aquí  mi agradecimiento por haber hecho realidad algo que ni siquiera había llegado a la categoría de sueño.

6 ¿Qué opinas de los muchos premios literarios que se convocan hoy día?
Los premios están muy desprestigiados por esa especie de endogamia y de corruptela implícita que se les supone. Yo he participado en concursos como jurado y como escritora, y en mi experiencia desde ambas posiciones no he detectado ninguna irregularidad. De hecho, el que yo haya ganado alguno garantiza que no todos están dados de antemano, pues a mí no me conoce prácticamente nadie y menos cuando empecé a concursar diez años atrás. Ahora bien, me fío más de los concursos pequeños y que además tengan un cariz literario que de los grandes o los que sólo son marketing para alguna marca o alguna localidad. Nunca escribo expresamente para los concursos, solo miro si hay algún relato de los que tengo escritos que se adapte a las características del certamen. Lo que no recomiendo es obsesionarse con ellos, creo que es mejor concursar como algo lúdico y de manera esporádica.

7 ¿Vivir de la literatura es una utopía?
Supongo que debe ser muy difícil. Es un tema que nunca me he planteado, pues yo separo muy claramente mi trabajo profesional dando clases de biología en un instituto de lo que supone escribir en mi tiempo libre y sin ningún tipo de relación con la obligación, con lo alimenticio. Es cierto que también participo en la elaboración de libros de texto para una editorial y estoy en el equipo de coordinación de biología para el acceso a la universidad, pero ambos trabajos no tienen que ver con la literatura sino con un tipo de escritura precisa y documentada que moviliza otro tipo de actitud y de recursos. Para mi escribir ficción no tiene nada que ver con trabajar, aunque suponga un trabajo constante y minucioso. Es la misma diferencia que hay entre la seriedad, la concentración y fluidez que muestran los niños cuando juegan y su actitud cuando hacen los deberes. Entre evadirse leyendo lo que uno quiere o sentarse a subrayar un texto del que se ha de hacer un resumen.

8 ¿Qué diferencias encuentras entre el mundo editorial de tus inicios como escritor y el actual?
Da la sensación de que ahora es más fácil que cuando empecé a escribir, posiblemente porque hay más mecanismos de difusión y de control. Para mí siempre ha sido un mundo misterioso e inaccesible, así que no puedo valorar su evolución. Al principio me sorprendía el hecho de que muchas editoriales ponían la siguiente advertencia disuasoria en su portal web: “No se admiten manuscritos que no hayan sido solicitados”. Me parecía algo tan inexpugnable como un castillo medieval.

9 ¿En qué medida crees que pueden ayudar las redes sociales a difundir la obra de un escritor?
La posibilidad de promoción dependerá de muchos factores: de la capacidad de llegar a muchos “amigos”, de la generosidad de los que hayan leído a ese escritor y les haya gustado, de la importancia que le de uno a su autopromoción... A veces el exceso de presencia en las redes crea una saturación que es disuasoria y acaban siendo más atractivos los escritores que las usan como escaparate sólo puntualmente. Aunque en el fondo casi todo es un escaparate en este patio de vecinos en el que cualquiera se puede ocultar con tantas máscaras y la amistad se mide en cantidad de deditos.

10 ¿Qué opinas del libro digital?
Me parece un formato más. A mí me resulta muy útil para leer en los viajes. No sé si se tendría que establecer esa competencia entre el libro digital y el físico. Simplemente son dos maneras de acceder a la lectura, de la misma forma que se puede escribir a mano o en ordenador, o escuchar música  en un vinilo o a través de los auriculares conectados a un mp3.

11 ¿Qué opinas de la autoedición?
No tengo una opinión muy formada sobre este tema. Es posible que el principal inconveniente sea que el texto no pase el filtro de una perspectiva externa más o menos objetiva.

12 ¿Consideras positivos los talleres de escritura creativa o piensas que no se puede enseñar a escribir?
Se puede aprender si en los talleres no solo se escribe sino que se observan con lupa textos de autores que puedan iluminar y activar el proceso interno de la propia escritura. Creo que lo que más enseña a escribir es haber leído mucho, largo y variado. Luego olvidarse de todo lo leído y cuando el arco se haya tensado lo suficiente la escritura fluirá inevitablemente. Dicho esto, ser profesor de un taller de escritura me parece una de las cosas más difíciles que se puede acometer desde el punto de vista de alguien que enseña una materia científica.

13 Con el paso de los años algunos escritores acaban eliminando ciertos títulos de su semblanza. Aunque no precisamos conocer el nombre, ¿hay algún libro de los tuyos que te satisficiera en tus inicios, pero que ahora preferirías no haber escrito?
Como solo tengo un libro creo que todavía no estoy en disposición de repudiar a mi criatura, así que pasaré de puntillas por esta pregunta. Mi itinerario cronológico está grabado en los textos colgados en mi blog Crónicas desenfocadas. Cuando me arrepiento de alguno de mis textos simplemente lo paso a borrador, es la ventaja que tienen los formatos interactivos. Los escritos de mis principios los tengo guardados a buen recaudo en el disco duro de mi ordenador.

14 Para ese lector que aún no ha leído nada tuyo, por favor, recomiéndanos uno de tus libros. Cuéntanos brevemente cómo fue el proceso de creación y por qué has elegido ese título y no otro con vistas a nuevos lectores de tu obra.
Pues como todavía no he tenido tiempo de repudiarlo sugiero la lectura de mi libro Hormonautas, publicado por la editorial Nazarí. El  proceso de creación tuvo que ver con la redacción de una unidad didáctica relacionada con las hormonas en un libro de texto de bachillerato. Cuando me documentaba leyendo manuales de endocrinología y de historia de la ciencia me surgieron muchas ideas para relatos basadas en casos clínicos reales o en esas fotografías terribles de los tratados médicos donde se muestran los efectos de un exceso o un defecto de hormonas en el cuerpo humano. Impactada con esa información paralela a la científica fui escribiendo relatos, y más tarde los amplié con otros en los que una conducta humana tuviera alguna relación con un desarreglo hormonal. Pero aparte de unas líneas explicando la hormona correspondiente los relatos son pura ficción, no hay una pretensión didáctica ni divulgativa.
El título fue un intento de concentrar en una palabra (inventada) una mezcla entre varios ingredientes del libro: la fisiología, la aventura , los viajes, las moléculas que nadan bajo la piel  y un guiño añadido a los argonautas y a ese vellocino de oro particular que buscan todos los personajes desubicados de este compendio de desajustes hormonales.

15 Recomiéndanos, por favor, dos libros cuya lectura te haya impactado. Uno de un autor clásico y otro de un autor contemporáneo. (Da igual el género).
Voy a mencionar textos de tres (una de regalo) mujeres de diferentes épocas cuyas lecturas me impactaron y me conmovieron en su momento, y todavía lo siguen haciendo: los ensayos de Virginia Woolf (sobre todo los que tienen a Londres como protagonista), los de Natalia Ginzburg (en especial “Las pequeñas virtudes”) y cualquier poemario de Wislawa Szymborska.

Muchas gracias. Te deseamos mucha suerte en todos tus proyectos literarios.
Gracias a ti por contar conmigo para este cuestionario.


Francisco Rodriguez Criado me propuso esta entrevista para la sección Grandes Libros de su blog Narrativa breve, en la que propone las mismas preguntas a distintos autores. Me gustó contestarlas.¡Gracias!

domingo, 26 de junio de 2016

La que cumple sus promesas

Fotografía de Diane Arbús

La señora Gladys no pudo ver cómo su sueño de ser enterrada con peluca y pendientes se hacía realidad. Pero yo sí. Lo conseguí in extremis.  
Me acerqué al hospital cuando ya estaba en coma. Al plantearle la situación al bruto de su marido, éste me dijo que esos pendientes valían demasiado como para enterrarlos con ella. Con todo lo que me había contado sobre cómo la trataba, no me sorprendió en absoluto la respuesta.
Todavía tenía unas horas de margen para torcer el destino y cumplir con la promesa que le había hecho. Me acerqué a la joyería y compré unas perlas. El mismo día en que murió se las llevé a la maquilladora del tanatorio, que casualmente había hecho prácticas en mi peluquería. Me aseguré de que la peluca estuviera bien cepillada  y le di las perlas. A continuación rodeé el edificio para entrar por la puerta principal a la vez que los familiares, que llegaban en ese momento desde el hospital. Todo el mundo entendería que fuera de las primeras en llegar: por mi trabajo y por el gran afecto que le tenía.
Condolencias. Ojeras. Sollozos. Cuando abrieron la caja, el energúmeno con el que había compartido la mayor parte de su vida no dejaba de mirar fijamente a la difunta. Estaba muy guapa, con su peluca y mis pendientes. Por primera vez se la veía relajada, satisfecha, casi contenta.
Una espada afilada se me clavó en el omóplato izquierdo justo cuando doblaba por la puerta de salida. Por poco me alcanza en el corazón, esa mirada, pero la esquivé.
Alimentada con la energía que da la rabia cuando fermenta junto con la melancolía, me marché dispuesta a empezar otro día de trabajo. Bajé por las escaleras mientras descendía por mi propios sentimientos.    

                            Vigorosa
                                                     Diligente 
                                                                                   Tranquila
                                                                                                               Desolada


viernes, 17 de junio de 2016

No es la mala vida, es la vivienda



Fotografías cedida por Laura Gas 

A las dos de la madrugada de un martes, los alrededores de la Plaza de las Glorias de Barcelona es lo más parecido al escenario de una novela distópica. Las obras de los nuevos Encantes, la torre AGBAR al fondo como un satélite omnipresente y las avenidas  que rodean al Scalextric proporcionan un aire de fotografía en blanco y negro a esta zona de la ciudad, que por la noche despliega una segunda vida más nítida y sólida que la diurna. Las calles están señoreadas por jóvenes inmigrantes que vigilan la entrada de algunos garitos y derrapan amenazantes con sus bicicletas. Uno de los colectivos propietarios de pleno derecho de este territorio paralelo son las personas que viven en la calle. Novecientas cuarenta y una personas en la ciudad de Barcelona, según el último recuento. Algunos, todavía despiertos, se desplazan con sus carritos de supermercado llenos hacia la ubicación donde dormirán esta noche, otros ya duermen entre cartones y fardos. Estos últimos son nuestro objetivo. El compañero que me acompaña para hacer esta ronda nocturna tan peculiar me señala una especie de sarcófago hecho con cartones al final del callejón. Nos acercamos con el sigilo de los novatos, y atacamos. Nuestras armas son un cuestionario, un bolígrafo y cinco euros para compensar por las molestias.
El censo de personas sin hogar, que lideró la organización Arrels, tiene como objetivo recopilar datos que permitan una caracterización de las personas que viven y duermen en la calle. Usando una metodología  testada en otras ciudades -explican en la sesión de formación de voluntarios- se pretende que estos datos sean un instrumento para reclamar, actuar y sobre todo para mostrar al resto de la sociedad a un colectivo que es invisible, que se escabulle de las estadísticas, que está ausente de los programas políticos. Y que está sometido a los más infundados estereotipos. La vulnerabilidad en su grado máximo. Algo que casi nadie quiere ver.
Barcelona es una de las ciudades que posee más datos y más recursos destinados a la atención de las personas que se han quedado sin hogar. En el informe “De la calle al hogar”, redactado por Joan Uribe, director de Sant Joan de Déu Serveis Socials, se lee: “Barcelona dispone de un modelo de intervención desarrollado y dotado de más recursos que la mayoría de las ciudades”.  Y sin embargo, en la entrevista que mantengo en un oscuro bar del casco antiguo con Albert Sales,  uno de los mayores expertos en el tema,  el adjetivo que más se repite es “desbordados”. Los servicios sociales, el ayuntamiento, las organizaciones, los equipamientos.  Se atiende cada vez a más gente y el sistema está claramente saturado. Y ese hecho objetivo lleva asociado una preocupante sensación de que la verdadera avalancha todavía está por llegar, pues “el goteo a la calle es más lento de lo que podría ser, la gente tiene muchas más estrategias para frenar la salida a la calle de lo que parece”, según este profesor de criminología de la UPF, asesor en el ayuntamiento de Barcelona y coautor del informe Diagnosi 2015 que la Xarxa d’atenció a les persones sense llar  (XAPSLL ) encargó sobre la situación del sinhogarismo en Barcelona.  
El informe Diagnosi 2015 pone de manifiesto que las herramientas usadas para cuantificar el sinhogarismo  no son suficientes para hacer visibles a una serie de colectivos muy vulnerables que están a punto de salir del sistema. Lo que se considera “infravivienda”: mujeres que sobreviven gracias a sus redes afectivas, personas que viven en viviendas sobreocupadas, en espacios temporales o bajo amenaza de desalojo.  Albert Sales calcula que si se pudieran detectar con una herramienta más eficaz se multiplicaría por más de veinte la cifra de personas en exclusión residencial.
  Aunque la palabra no sea fácil de pronunciar ni demasiado bonita, la adquisición del término sinhogarismo ( sensellarisme) trata de desbancar al clásico adjetivo de “los sin techo”. Este cambio tiene una poderosa doble razón de ser: dejar de poner el acento en los estereotipos hacia las personas (los indigentes,  los mendigos, los “sin techo”) para ponerlo en el problema de acceso a la vivienda que está en la base, y resaltar el significado afectivo y social que aporta la palabra “hogar” respecto a “techo”. Albert Sales reivindica que el problema  “no se soluciona a base de abrir plazas de albergues, sino que se soluciona a base de reconstruir hogares, y eso requiere que haya personas y gestores políticos que se posicionen distinto respecto al problema”. Para avanzar en este sentido se está promoviendo un cambio paulatino desde el modelo actual basado en una escala de transición desde los albergues de recepción hasta la vivienda final pasando por una serie de establecimientos de corto plazo, al modelo Housing first, en el que se prioriza la vivienda desde el primer momento y que ha demostrado ser más efectivo y barato. Dice Joan Uribe en su informe De la calle al hogar: “Es conocido el estupor de algunos interlocutores europeos cuando se les informa de que en España el parque de vivienda vacías excede los tres millones y medio de unidades”. El Housing first, en las primeras fases tendrá que convivir necesariamente con el modelo actual.  Para conseguir implantarlo es necesario superar importantes resistencias estructurales y políticas. “¿Sabías que en Barcelona hay apenas un 1,2% de vivienda social del total de parque de alquiler, contra el 15% que la ciudad necesita? ¿De dónde, pues, sacaríamos los pisos si decidiésemos ponernos de inmediato?”- me pregunta y se pregunta Joan Uribe.
Si en algo coinciden todos los expertos y las personas que trabajan en la calle a los que he podido acceder es que ya no existe una única tipología asociada a estas personas. Ya no se puede achacar a la “mala vida” el motivo por el cual la gente se queda en la calle. Como recalca Carlos Rodríguez, impulsor de la ONG Sense Sostre, cuando habla de la evolución que han percibido a lo largo de los 9 años que llevan trabajando: “El perfil es más selecto, lo cual demuestra que el problema es mayor. Antes, el perfil que teníamos todos en la cabeza era que un indigente era un borracho, un ladrón, un drogata, un minusválido o alguien con un trastorno mental…Esto ha cambiado, nosotros lo comprobamos día a día: hay mileuristas, hay ex empresarios, hay licenciados, personas con una preparación,  hay gente joven, hay matrimonios jóvenes de veinte y treinta años los dos allí juntos, hay matrimonios de sesenta años, hay extranjeros… y hay mucha gente normal que ayer eran como nosotros y se les han caído todas las fichas del dominó de golpe, se han quedado sin trabajo, sin vivienda, pam, pam, pam, y se han encontrado en la calle. Nadie puede decir yo no acabaré así. Muchos mileuristas de hoy, según el entorno familiar que tengan, mañana pueden estar en la calle”. Y lo dice con conocimiento de causa, pues, en un intento de aliviar de alguna manera los síntomas de esta enfermedad social, los 25 voluntarios de esta asociación reparten cada martes cien packs de cena a los ocupantes de una ristra de cajeros.


Los dos expertos entrevistados son claros y contundentes cuando hablan de causas. Según Joan Uribe: “La verdadera causa es la desigualdad social y el no reconocimiento de derechos. Se puede adornar o explicar, pero es eso. Estamos orientando la sociedad hacia un modelo sistemáticamente más desigual, y estamos desarticulando los derechos, cuando no argumentando en su contra a través de múltiples discursos”. Albert Sales es también muy rotundo: “El sinhogarismo es una situación que se produce a consecuencia de la imposibilidad de acceder a una vivienda”. Y a continuación señala algunas de las causas últimas: “Tenemos un sistema de garantía de rentas que es penoso, probablemente es el más deficitario de la Europa occidental, donde hay muchos hogares que se quedan a cero, sin nada. Nos encontramos con que la última red que era el Programa Interdepartamental de Renta Mínima de Inserción  (PIRMI) se desmantela, lo reducen drásticamente a partir del 2011 por parte de la Generalitat, con una repercusión mediática que ha sido muy escasa, cuando en realidad ha generado auténticos dramas personales y familiares. Por otro lado tenemos un  mercado de vivienda con precios de alquiler altísimos. Y una ley de extranjería salvaje, excluyente, que no tiene en cuenta que las personas no van a dejar de entrar en el país independientemente de lo altas que sean las fronteras y que la impermeabilidad de las fronteras lo único que genera es mayor precariedad de los que ya están dentro… las políticas van a mejorar la calidad de vida de las personas que ya están en la calle, pero no va a frenar el goteo de personas a la calle.”
El coste económico, según Uribe: “lo asumen básicamente las Administraciones Públicas, aunque en partidas insuficientes que, aunque aumenten, lo hacen por debajo del incremento de población en situación de exclusión”. Para el director de los Servicios Sociales de Sant Joan de Déu, la solución es posible pero pasa por “luchar por los derechos, hacerlo valer, activar los resortes para la defensa de la justicia social”, en un mundo en el que “la vivienda ha sido contemplada siempre como un bien de mercado, nunca –o casi nunca- como un derecho, apenas reconocido tras la II Guerra Mundial, y jamás materializado plenamente”.
El informe sobre la situación del sinhogarismo en Barcelona Diagnòsi  2015  ( Sales, Uribe y Marco) ofrece datos tan relevantes como que el porcentaje de extranjeros ha aumentado de un 62 a un 68% desde el 2012, que un 52% de los atendidos en los equipamientos no poseen ningún ingreso, que las mujeres solamente representan un 10 % de la población en la calle, o que la media de edad se sitúa alrededor de los 45 años. En el censo que realizó Arrels se confirman estos dos últimos datos y se destaca que de las 348 personas que se consiguieron entrevistar un 19% de ellas presentan un grado de vulnerabilidad alto y que la media general del tiempo que llevan sin un hogar estable es de  tres años y nueve meses. 
           Pero en el informe Diagnosi 2015 también se da voz a los afectados, se citan fragmentos de  conversaciones con algunas de las personas que se han visto abocadas a vivir en la calle. Trozos de vísceras palpitantes, testimonios que sobresalen en tres dimensiones en un entramado plano de gráficas, datos cuantitativos y conclusiones. Como el de esa mujer que dice que después de estar cuarenta años casada, un día salió de su boca un contundente “Aquí os quedáis”. Harta de trabajar para los demás, de cuidar de todo el mundo, de pensar siempre en los otros, de que “ella no fuera nada, nadie”. Se llevó 80 euros. Se le acabaron. Y entonces se quedó a dormir en la Plaza Catalunya durante quince días. O tres semanas. Eso no lo recuerda. Pero todo lo demás lo tiene grabado a fuego en su memoria y en su cuerpo. Esta es una de las trayectorias que pueden acabar en exclusión residencial.
Otra es la de Said, que se despierta cuando nos acercamos, se incorpora entre los cartones que le sirven de cama,  y con la mansedumbre del que no tiene nada que perder nos habla de él durante media hora. Se lamenta de que la noche anterior le desaparecieran todas  sus cosas porque tuvo que dormir en otro sitio. Llegó desde Tanger hace 25 años. Lleva cinco en la calle. Pero antes trabajaba en la construcción, tenía una casa, estaba casado con una española con la que tuvo dos hijas a las que no ha visto en todo este tiempo. Nos cuenta que la familia de la mujer les manipuló para quedarse con las hijas, y lo echó a él. Bebió mucho, ahora ya no. Recoge chatarra, pero eso hace que casi no se pueda desplazar. Está cansado de las largas que le dan los servicios sociales, prefiere buscarse la vida. Tiene la cabeza muy clara y  una especie de resignación tranquila recorre su discurso cuando expresa que ojalá pudiera volver a trabajar. Aunque al final  logramos convencerlo, cuando le ofrecemos los cinco euros nos  dice, con la dignidad de un gentleman, que no los puede aceptar. 



Este texto híbrido entre crónica, reportaje y relato autobiográfico lo he escrito para el curso de Periodismo de investigación que he hecho este trimestre en el Ateneu Barcelonés.  No sé si la crónica valdrá mucho la pena, pero las experiencias que he vivido para poder escribirla sí las han valido, definitivamente. 


domingo, 12 de junio de 2016

Mis 4000 huérfanas en Narrativa Breve

El blog de Francisco Rodriguez Criado, Narrativa breve ha alojado a mis 400 huérfanas irlandesas del relato "Hipótesis" entre sus cuentos cortos. Se puede leer aquí






Aprovecho para recomendar su nuevo libro El Diario Down, un texto que rezuma libertad y autenticidad, que hemos leído en clase de bachillerato dentro de un proyecto realizado con alumnos del Máster de profesorado de la UPF sobre el síndrome de Down, y nos ha conmovido y gustado mucho. Además tuvimos la suerte de poder hablar por vídeo-conferencia con el autor y hacerle preguntas en directo. ¡Gracias por todo, Francisco!





El vídeo que grabamos a lo largo del proyecto a propuesta de la Fundació Catalana del síndrome de Down


domingo, 5 de junio de 2016

Matarile rile rile


Fotografía hecha por la autora en una playa del Delta del Ebro


-Aquí hi ha una dona que ha perdut la clau del seu cotxe a la platja de l’Arenal. Podríeu trucar des de la centraleta a un telèfon que m’ha donat per que la vinguin a buscar?

     Yo  miro a la otra socorrista y le señalo con la cabeza el móvil que hay encima de la mesa plegable. La chica reacciona y le hace señas al chico haciéndole entender en un lenguaje gestual de lo más convincente que no hace falta, que ya me deja ella su móvil. Llamo a mi cuñada explicándole mi situación y a continuación les pido si me dejan descansar un poco bajo el toldo del chiriguito de la Cruz Roja. Me siento en la silla que me ofrecen y observo la playa interminable. Por un momento -mientras disfruto de la sombra y de la brisa que me refresca la piel abrasada de mis mejillas- consigo sentirme tranquila a pesar de haber perdido las llaves de mi coche. Me contemplo a mi misma con distancia, como si estuviera en una película de “los vigilantes de la playa” y hasta consigo que me resulte divertido lo que me ha pasado-
     He llegado a la playa a las 9.30 de la mañana, tras conducir durante unos  cuarenta minutos, para aprovechar las horas tempranas en las que la playa todavía está desierta y poder así vivir la ilusión de que esos 3 Kilómetros  de arena se han desplegado para mí solita y las olas perezosa lamen mis pies  saludándome al pasar, mientras yo capto la energía telúrica de la arena. El yodo vaporizado por ese mar aun sin estrenar inunda mis pulmones ."Puro egocentrismo teñido de naturismo barato y  con unas gotas de meditación zen de pacotilla” grita mi parte realista, que enseguida logro acallar.
    Así transcurre mi primer recorrido por esa playa larguísima: en soledad, tratando de vaciar mi mente de contenidos basura para así hacer sitio al ronroneo de las olas, al brillo metálico del mar y a todas las conchas que han sido vomitadas por la resaca. Quién sabe si eso aumentará mi percepción y de esta experiencia saldrá algún relato con tintes místicos pero a la vez muy terrenal. Consigo sentirme en plena armonía con el entorno; ni siquiera los plásticos, los condones o esa ligera espumilla color ocre que pespuntea algunas olas consigue sacarme de mi nirvana.
     Cuando llevo un rato caminando por la arena me quito las sandalias y los pantalones cortos , me acerco a la orilla y dejo que las olas masajeen mis pies descalzos, que agradecen el paso de los cantos rodados a la arena suave. Solamente tengo que preocuparme de mantener bien agarradas  las sandalias y el pantalón en el que llevo las llaves del coche. Camiseta de tirantes, biquini, pantalón y llaves. Con este mínimo equipaje me siento ligera y a la vez llena de sentido.
     El paseo dura cuarenta y cinco minutos, el tiempo preciso para cargarme de la energía necesaria con la que enfrentar el resto del día. Después de comer conduciré 200 kilómetros relajada y feliz.
     Regreso hacia la zona donde he aparcado. Me lavo los pies en la única ducha que hay en la playa. Ya empieza a llegar gente, me estoy yendo justo a tiempo. El coche rojo espera en el extremo de la playa, fiel como un perrito y con los cruasanes de crema que me he comprado para desayunar dentro. Como no llevo toalla me siento a esperar que se sequen los pies mientras preparo el short para ponérmelo. Busco la llave en el bolsillo delantero. No está. ¿Me lo he puesto en el bolsillo trasero? ¡Mierda! Se me ha debido caer al quitarme el pantalón. Bueno, más o menos recuerdo dónde me los he quitado. Me dirijo con determinación a la zona donde creo recordar que he empezado a caminar por la orilla y me entretengo buscando. No la veo ¿y si ha caído después? Recorro los tres kilómetros a paso ligero haciendo un barrido exhaustivo con la mirada desde donde rompen las olas hasta la zona de arena por la que he caminado cuando la orilla estaba demasiado repleta de algas. Empiezo a tener mucho calor. A la vuelta voy encontrando gente que pasea por la orilla. Ahora lo haré más concienzudamente: la ida por la orilla y la vuelta por el escalón interior desde donde las olas se impulsan, tratando de palpar con los pies algo duro y punzante. El mar no me quiere decepcionar y me ofrece piedras negras y puntiagudas, vidrios petrificados, chapas de cerveza y hasta una botella de protector solar. En ese momento recuerdo que no me he puesto protección pensando que acabaría enseguida.
     En la siguiente ronda la playa ya está llena de gente y yo no tengo ningún reparo en advertir a todo el mundo de la posibilidad de que encuentren una llave. Tienen que avisarme o bien dejarla en la Cruz Roja. El único problema es que nunca atino con el idioma del discurso: si lo digo en catalán resulta que son unas señoras de Navarra, cuando lo hago en castellano me contestan con ese catalán arrastrado de las tierras del Baix Ebre ; incluso acabo hablándoles en inglés a unos surfistas rubísimos alemanes.
Toda la playa está solidarizada con esa mujer de edad indefinida que la pobre ha perdido la llave de su coche, todos pasean mirando al suelo y cuando se cruzan conmigo me dan consejos, crema solar y muchos ánimos. Una pareja me cuenta una situación similar que vivieron concluyendo que la mar es muy traidora y que peor hubiera sido un accidente ( yo, a esas alturas creo que si encuentro las llaves tendré un accidente en cuanto coja el coche).

     A partir de las dos horas de búsqueda todo se vuelve más turbio. Creo recordar al chico de la cruz roja recorriendo la playa con su moto de cuatro ruedas y diciéndome que no ha encontrado nada. Uno de los bañistas “solidarios”, que tiene cara de psicópata, insiste en acompañarme a buscarla preguntándome cómo me llamo y asegurándome que con él estaré segura, mientras me mira fijamente a las tetas. Yo me lo quito de encima como puedo diciéndole que él busque por el otro extremo porque a mi me van a venir a buscar enseguida. ¿Quien? Mi marido. 
     Mi marido, en realidad, está en Barcelona, en el mismo sitio donde está la llave de repuesto. Muy lejos de esta playa “paradisiaca”,  esperando a que por la tarde yo vuelva con el coche, toda la documentación y mi hija, para empezar a preparar las maletas e irnos una semana de viaje los dos.Mi cabeza, recalentada por el sol, empieza a barajar posibilidades: llamar al RACC ( la tarjeta está en el coche) , acudir a la guardia urbana ( ¿con estas pintas? ), avisar a mi cuñada ( está trabajando), a mis padres ( tienen más de ciento sesenta años entre los dos )…
     Para cuando vuelvo a la caseta de la Cruz Roja y llamo a mi cuñada ya no siento ninguna ansiedad, sentada en esa silla de plástico, solamente un poco de sed.
     En ese momento todavía no sé que todavía tendré que esperar una hora más, charlando con los socorristas. Que finalmente los del RACC me solucionarán la papeleta enviando un taxi a por las llaves y trayéndolas desde Barcelona. Que iré a comer a casa de mi cuñada y que a mitad de la comida nos daremos cuenta de que, como que toda la playa sabe lo de mi llave, si alguien la encuentra podría robar el coche. Nos iremos corriendo por si es el propio taxista el que lo roba. Acudiremos a la playa, el taxista nos entregará la llave de recambio con una mirada condescendiente. Volveremos a casa sin sufrir ningún accidente. Me meteré en la ducha y beberé el agua que caiga sobre mi cabeza como si quisiera tragarme el mar traicionero que ha robado mi llave. Tiraré los cruasanes de crema a la basura. Me iré, por fin, a Barcelona. Con el coche, los documentos del bolso y mi hija.
     Relajada …y quemada como una langosta.

...Chimpón !