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jueves, 10 de noviembre de 2022

Por un perro que maté...

 

                                                                    Lía 

Estamos citados para las 10 de la mañana. Mientras espero a mi abogada hay una caída mundial de WatsApp, y los mensajes se quedan esperando en un limbo circular. Al final nos encontramos en el bar que hay frente a los juzgados. Desde allí vemos llegar a los agentes rurales. Impresionan, con sus uniformes. Son cuatro jóvenes: dos chicos y dos chicas. Les recuerdo de cuando intervinieron dos años atrás, cuando sucedió todo. Ellos entran. Nosotros pagamos los cafés y vamos también para allá. Identificaciones, bolsos por la máquina y pasar por el arco-escáner. Igualito que en un aeropuerto. ¿Volaremos? ¿o se estrellará el avión? Solo dejan pasar a los directamente afectados, en nuestro caso a mi abogada y a mí.  Mi marido esperará en una biblioteca que se encuentra cerca, ya le avisaré al acabar. Nos advierten que hay un juicio en proceso que va para largo. Tenemos que esperar en el interior de un patio con arcadas que combina el color vainilla en las columnas con el salmón en el suelo, y unos bancos metálicos que flanquean una zona en la que ahora hay unos hombres muy corpulentos (que deduzco son policías) esperando para declarar. Intercambiamos impresiones con los rurales, que están revisando los papeles para no olvidarse de nada. Todos intentamos controlar el torrente de adrenalina, cada uno a su manera.

Yo estoy llena de energía gracias a que el día anterior me esforcé en cansarme al máximo. Antes de comer me fui a la playa y nadé durante un buen rato inmersa en un calor inaudito para finales de octubre. Por la tarde pinté algunas paredes del piso, obsesiva con algunos detalles y rincones, y luego salimos a cenar. Después de todo eso caí rendida y dormí toda la noche de un tirón, aunque se alternaban unos extraños sueños lúcidos en los que el sobresalto era el común denominador. Me ha ocurrido como me solía pasar con los exámenes: esa ansiedad que bloquea y aísla la semana previa, pero que el día de la prueba se transforma en una especie de alivio anticipatorio. Un Alea iacta est en toda regla.

Ya había hecho mis deberes. Ya había repasado lo que pasó y lo había ordenado en mi cabeza. Mi abogada me dijo que no me lo preparase demasiado. Que solo me preguntaría cosas que yo ya sabía: si las perras eran parte de la familia, y qué ocurrió ese día. Que solo contestase acerca de lo que yo viví. Todo lo demás lo dirían los demás (los agentes rurales, la forense…) Que prepararlo demasiado podía acabar estropeándolo.  Pero yo, que me conozco y sé que solamente me siento segura cuando me preparo las cosas, lo volví a visualizar todo mientras pintaba las paredes. Las imágenes de Lía agonizando volvieron enseguida. No hizo falta invocarlas en voz alta. El espanto de lo que viví con mis dos perras envenenadas había estado esperando al otro lado de un espejo en el que tuve que mirarme de nuevo.  También ensayé cómo trasladar a través de la mirada todo mi desprecio hacia el energúmeno que lo hizo y al que deseaba que le cayera encima todo el peso de la justicia (a esas alturas me permití imaginar a La Justicia como una matrona con obesidad mórbida cuyos platillos de la balanza penden repletos de expedientes pesadísimos)

Mi hija me había recomendado que, por higiene mental, no proyectase la imagen de un demonio en un individuo que probablemente sería simplemente un ignorante que había cometido un error. Yo asentí, pero seguí ubicándolo en el infierno. No me gustaba admitirlo, pero me provocaba una curiosidad morbosa saber qué aspecto tendría el diablo. Aunque lo cierto es que en algún momento me vino a la mente Hanna Arendt y su decepción ante Eichmann, aquel aplicado burócrata que cumplía órdenes.

Y ahí está. Con su abogado. En la otra esquina del cuadrilátero. Un hombre mayor, de escasa estatura, con un aspecto entre desorientado y retador. Aparece y desaparece de mi vista tras las columnas del patio. En las series americanas, hasta a los delincuentes más toscos les endilgan un traje y una corbata cuando asisten al juico. El sujeto que envenenó a mis perras lleva una camisa de cuadros rojos, tejanos y unas deportivas blancas. Me pregunto si será puro attrezzo,  pero me sorprende mucho que vaya disfrazado precisamente de cazador. Compone un gesto extraño con la boca que no atino cómo interpretar. Las columnas nos sirven de parapeto, pero cuando está en mi campo visual le miro a la cara fijamente, le fulmino con mi peor expresión (ensayada) de mala leche. Al final de la mañana me dolerá la mandíbula de tanta determinación. Y total, seguramente para nada, pues sospecho que la potencia de mi odio no ha sido suficiente para atravesar el espacio que nos separa. A las chicas flacuchas y contenidas nos cuesta horrores imitar a Frances McDormand en sus mejores papeles de cabrona.   

Seguimos esperando. Mientras tanto, van llamando a diferentes testigos del juicio anterior. La chica con chándal y el pelo mal recogido acaba de salir de declarar. La acompaña una funcionaria del juzgado. Le tiembla todo el cuerpo y en cuanto se sienta en el banco pide a la acompañante si se podría liar un cigarrillo. Más tarde se refugiarán en una pequeña habitación cercana a donde estamos. Durante las horas que pasaremos allí podré captar su angustia a través de las paredes. Al cabo de un rato, dos policías acompañan a la sala a un hombre joven y muy robusto que va esposado. Casi no me atrevo a mirarlo, pero su silueta me recuerda a un centauro. Lo que más le preocupa a la chica es si le avisarán cuando salga de la cárcel. Lo repite varias veces. La que le asiste la intenta tranquilizar. Yo me imagino que es una de mis hijas, y como no puedo soportar ese nuevo dolor ajeno trato de concentrarme en el mío propio. El abogado defensor le ha pedido a mi abogada llegar a un acuerdo y no entrar a juicio.

Ya llevamos dos horas de coreografía entre los abogados y el fiscal cuando finalmente consiguen una estancia para reunirse y hablar. Lo que pide el abogado del tipejo de la camisa a cuadros, me entero después, consiste en desestimar la solicitud de cárcel y canjearla por una multa. El fiscal y el defensor piden que solamente afecte al delito ecológico ( puso veneno de forma sistemática y durante al menos quince días en una zona protegida y al alcance de animales y personas) y no por el envenenamiento de mis dos perras. Mi abogada se niega a pactar y se reivindica en lo que reclamamos como compensación por las consecuencias que este delito tuvo en mis dos perras (la muerte de Lía y el grave envenenamiento de Gala). Si no aceptan pagar la indemnización que hemos pedido en la demanda por daños y prejuicios y  las costas, ningún problema: se entra a juicio.

Mientras tanto, yo sigo ensayando mi mirada asesina con el diablo disfrazado de payés, y aunque de vez en cuando mi compasión me coge por las solapas y me cuestiona ese caminar mío de fiera enjaulada a lo largo de mi lado del patio (¿seré yo la fiera?), la imagen de Lía vuelve a comparecer para que yo pueda colocar el odio otra vez en un lugar prominente.

A las cuatro horas todo está solucionado. El innombrable se declara culpable, acepta todos los cargos y se compromete a pagar una multa por delito ecológico y a asumir la indemnización por responsabilidad civil que pedimos para compensar de alguna manera a nuestra familia por la pérdida de nuestra perra Lía.

Al salir de los juzgados la rabia se disuelve y deja paso a algo que recuerda vagamente a la euforia. Y, aunque todavía tendremos que esperar dos semanas para que nos llegue la sentencia en papel, un ligero movimiento sísmico ha atravesado mi pequeño mundo. Una pieza se ha movido en el tablero gracias a la determinación de seguir hasta el final. Siento como si esa justicia obesa y llena de celulitis hubiera perdido unos quilos y ahora se permitiera un gesto liviano, como si se dispusiera a bailar. Solo queda esperar a que la noticia salga en prensa y que sirva de aviso a navegantes. Ojalá la lean esos cazadores descerebrados que se creen impunes y se lo piensen dos veces antes de atentar contra la vida de manera gratuita y cruel. Los envenenadores son muy brutos y muy simples, y hay que ser muy didácticos con ellos para que capten el sencillo mensaje de que las acciones tienen consecuencias y que a veces los malos acaban pagando.

Al individuo que envenenó a mis perras le llamaría de muchas maneras, tengo a mi disposición muchos adjetivos ( ya los usé cuando ocurrió, aquí), pero ahora me limitaré a llamarle mataperros.

Gracias a mi familia, a la protectora Perrikus, Mercedes, Mar y Fernando, a Ignasi Ripoll, a los agentes rurales de Tortosa y a mi abogada por estar a mi lado en este proceso. Lía, espero de verdad que tu muerte sirva para salvar otras vidas. Cerramos de alguna manera el duelo dos años después.

4 comentarios:

  1. Sólo puedo decirte algo similar a lo que te puse en la otra entrada que enlazas... no entiendo a ese tipo de personas y, además, sospecho que se encuentran muy cerca de hacer daño a otras personas...

    Las condenas suelen ser ridículas y muchas veces ni se producen. Me gustaría pensar que ese individuo ha salido escarmentado, pero no me creo nada, la verdad.

    Mucho ánimo.

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    1. Estoy de acuerdo en quien maltrata a un perro no es alguien con la empatía necesaria para aplicarla con sus propios congéneres. La cara con la que me miraba el tipo no reflejaba nada. Estoy segura de que él se ha arrepentido, pero seguramente no por pensar que lo ha hecho mal sino porque le han pillado y ha tenido que desembolsar una buena cantidad de dinero, que quizás es lo único a lo que son sensibles estos sujetos. Yo estoy muy interesada en que se enteren los de su gremio, a ver si por el bolsillo se les puede disuadir un poco. No sé si servirá de algo, tienes razón, pero tenía la necesidad moral de hacerlo. En fin. Gracias por el apoyo y el comentario.

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    2. Es el problema de tener fe en la justicia, que a veces esperamos más de lo que puede darnos y, lo primero para que te haga efecto es creer en ellas. Hay individuos que no creen y son impermeables...

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    3. No sé si pillo del todo lo que quieres decir, pero no pasa nada.

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