Para Marisol
Mi abuela era toda
una señora, pero a veces se comportaba de una manera tan irresponsable que
parecía una niña. Le gustaba idear pequeñas transgresiones y disfrutar de la
adrenalina que le producía exponerse al peligro de ser descubierta. Mi madre y
mi tía heredaron ese carácter de colegialas revoltosas, que se les agudiza en
los momentos más solemnes.
Hace poco pasamos
una semana de vacaciones en Viena con toda la familia y nos llevamos además a
mi madre y a mi tía. Todos, especialmente mis híper responsables hijas
adolescentes-que han crecido con la idea sin contrastar de que hay que
controlar a los adultos- estuvimos alerta durante todo el viaje para evitar
algún desmán de la abuela y su hermana que pudiera suponer la expatriación para
toda la familia. Gracias al marcaje de la niñas evitamos con éxito hurtos en
las tiendas de souvenirs y volver a
casa con los albornoces del hotel, pero- y a pesar de que mi marido se ponía
muy nervioso- decidieron ceder en el tema del tranvía. Las dos hermanas se
morían de risa cada vez que se colaban en un tranvía. De hecho, compraron un
billete válido para setenta y dos horas el primer día, pero decían que cuanto
más tarde empezaran a picarlo más tiempo les duraría, y así no tendrían que
comprar otro. Mi madre se emocionaba pensando en la respuesta que daría si la
pillaban: española, aidonandestén, en
voz muy alta, abriendo los brazos y
subiendo las cejas. Lo habían ensayado en el hotel. Lo malo es que ni siquiera
empezaron a usar el billete cuando ya solo quedaban tres días, cosa que les
produjo una profunda decepción por la pésima gestión del transporte público en
semejante país tan civilizado, además de la frustración por no poder poner en
práctica su inglés con un “señor agente” rubio y macizo.
No las culpo,
habían tenido una buena maestra. Mi abuela había hecho unas
cuantas "actuaciones" sonadas durante la educación de sus hijas y nietas, que ya formaban
parte de la mitología familiar. La que más me impresionó-porque la viví en primera persona- fue aquella vez que me acompañó a comprar un bikini cuando yo tendría
unos dieciocho años. Me debatía entre tres de ellos. Al final me conformé con
el más barato, pero me gustaba. Estaba muy contenta con la compra y no veía el
momento de estrenarlo.
En cuanto llegamos
a su casa me sonrió con sus ojillos traviesos y me dijo: tengo unas cositas
para ti. Abrió su bolso y me entregó los otros dos bikinis, los más caros.
Cuando vio mi cara de espanto y sorpresa me dijo: No te preocupes nena, que es El Corte
Inglés. ¡No hemos hecho mal a nadie!







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