Conocí a
Beatriz Alonso Aranzábal en aquellos mundos virtuales —poblados por microrrelatistas
y blogueros— en los que empecé a moverme hace ya más de una década. Espejos
deformantes en muchas ocasiones, filones de piedras preciosas en otras. Beatriz
era una de esas joyas que deslumbraban con un fulgor auténtico y misterioso. Recuerdo
pensar: yo tengo que hacerme amiga de esta mujer. Desprendía una mezcla muy interesante
y compleja de aromas psicológicos: seguridad-delicadeza, cercanía-distancia, sencillez-distinción,
extravagancia-sensatez. Y una mirada propia, alejada de complacencias.
Intercambiamos mensajes y opiniones. Quedamos en Madrid aprovechando que yo tenía que acompañar a mi hija al aeropuerto para un viaje intercontinental. Sara nos hizo una foto, a modo de amuleto o de presagio, en la que ambas mostrábamos la misma libretita que llevábamos en el bolso: Alice in Wonderland.
A los dos años estábamos viajando juntas. Un puente. Un viaje decidido y planificado en un arrebato loco tras una conversación ¿Lo hacemos?, ¡Lo hacemos! Y tras la decisión, una planificación meticulosa y aglutinadora de dos pasiones (la música y la literatura) y de dos épocas. Ella desde Madrid, yo desde Barcelona. Nos encontraríamos en Liverpool. Visitaríamos las casas de los Beatles y la de las hermanas Brontë. Un país de maravillas esperaba a las dos Alicias. Sería el escenario de una amistad intensiva y viajera. A la vuelta narraríamos nuestras versiones, y nos veríamos multiplicadas en espejos paralelos.
Reflejos en Liverpool ( foto de Beatriz) Los páramos de las hermanas Brontë ( foto de Beatriz)
Atesoro recuerdos
muy entrañables de Beatriz en ese viaje. Su amor declarado por todo lo british,
su mirada curiosa y entusiasta, su interés por exprimir la experiencia al
máximo ( yo le propuse ir a descansar un rato al hostel después de una
mañana intensa y ella me replicó: no hay tiempo, ya descansaremos en casa
cuando volvamos). Liverpool la trasladó a su época musical, a las vidas de sus
ídolos Paul y John. Y tras atravesar los páramos de las Brontës pudo moverse
por el interior de la misma rectoría que habían habitado aquellas hermanas
sobrias y valientes. En un bus me ayudó a elegir el título de mi primer libro
de relatos. En The cavern se compró unos pins de los Beatles que enseguida
prendieron de su chaqueta. En el tren hizo fotos de personajes estrafalarios
sin que la vieran. Por la noche yo caía rendida mientras ella todavía tenía
energías para editar fotos y subirlas al Facebook.
Tal como habíamos quedado, escribimos nuestras crónicas al llegar
para dar fe de nuestra aventura compartida de mujeres al mismo tiempo modernas y antiguas.
The travelling companions de Augustus Leopold Egg ( pintor británico)
Aquí se puede
leer la suya. Y aquí la primera de las mías ( las otras dos están en el mismo
blog a continuación)
Después
compartimos espacio en libros recopilatorios y en blogs, me escribió un prólogo
precioso que Miguelangel Flores teatralizó para mis presentaciones. Nos
volvimos a ver en Madrid, con otras libretitas, con otros proyectos, con los
hijos cada vez más mayores ( mis gemelos de la misma edad que el suyo). Retomábamos
el contacto de vez en cuando, con la naturalidad de quien acaba de comunicarse.
En una de esas ocasiones me comentó lo de su enfermedad, sin darle excesiva
importancia, solo para consolarme cuando le conté que mi madre tenía cáncer.
Últimamente habíamos perdido frecuencia en el contacto. La última vez que hablamos fue hace casi un año, a raíz de la muerte de su padre. No he sabido de su recaída, y me duele no haberla podido acompañar desde la distancia. Pero estoy segura de que sus dos amores ( su hijo y su marido) de los que con tanto cariño me habló en el viaje, han sido su apoyo y su consuelo en este tránsito hacia el otro lado.
Escribo estas
líneas para homenajear a una mujer entrañable y especial, recta y cariñosa, elegante
y clara, que brillaba como una gema llena de destellos, con la que tuve el
privilegio de viajar y compartir una amistad efímera pero intensa, como ella.
Buen viaje, Beatriz.





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Me has emocionado con tu evocación de Beatriz, esa mujer con que tanto compartiste a nivel vivencial y artístico. Cuando alguien se va tan joven, se sobresalta el corazón y se estremece uno, más tú que la disfrutaste y ahora tienes que decirle adiós, buen viaje. Porque de eso se trata, Paz, de un viaje, yo cada vez lo tengo más claro. No sé adónde ni cómo pero pienso que no es un viaje a la nada. Te acompaño en el sentimiento. Un abrazo.
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