Egon Schiele
Visitando una
exposición en Queenstown, el puerto de Cobh,
me quedé clavada ante una de las fotografías que ilustraban la historia
de este lugar que ha sido testigo de
tantas migraciones y desarraigos.
Se trata de una pequeña ciudad irlandesa orientada al mar, un amasijo de
calles que descienden empinadas desde la catedral hacia el puerto. Actualmente
las antiguas casitas de pescadores están pintadas de colores marineros para los
turistas y las antiguas tabernas son pintorescos restaurantes que se codean con las tiendas de souvenirs. Situado
en el sur de la isla, fue un importante puerto estratégico durante mucho tiempo. De allí salieron los miles de irlandeses
que, huyendo del hambre, embarcaron hacia América y
Australia. Da fe de ello la estatua que hay en una plaza cercana al
puerto. Representa la figura de una joven, Annie Moore, que viajando desde ese
puerto irlandés fue la primera persona registrada entre los inmigrantes que
llegaron a la isla de Ellis Island, en New York. También fue el puerto que
despidió al Titanic y frente al cual se
hundió el Lousitania.
La fotografía ante la que me quedé plantada más tiempo del
habitual muestra, en diferentes tonos de marrón y sepia, a un grupo de supervivientes
del Lousitania, el transatlántico que fue torpedeado por un submarino en 1915
frente al puerto de Cobh. El hundimiento del trasatlántico ocurrió ante la
mirada atónita de los habitantes de ese concurrido puerto de mar. En la
exposición se lee que la población dio una respuesta rápida y contundente.
Salieron en cientos de improvisados botes
salvavidas y consiguieron rescatar a más de 700 pasajeros de los casi 2000 que viajaban
de Nueva York a Liverpool, una ruta que
se había mantenido de forma regular a pesar del peligro que suponía la Gran
Guerra.
Aunque la fotografía no destaca ni por su nitidez ni por el
dramatismo de lo que muestra ( un simple grupo de personas esperando en una
estación ) , algo me retuvo en estado de trance ante ella, seguramente mucho
más tiempo del permitido por el flujo de
turistas que seguían el itinerario de la exposición a ritmo ligero y
superficial, a los que –al final me di cuenta - molestaba mi parada absurda y entregada a esa foto,
como molesta una piedra en el zapato o
un accidente ajeno en la carretera que enlentece el ritmo de los coches de la
autopista.
Un torpe codazo sin disculpa me hizo salir de mi
ensimismamiento. En ese momento todavía no era consciente de qué era lo que me
fascinaba de la fotografía. En ella se ve a extenso un grupo de personas de pie
en el hall de la estación de ferrocarriles de Cobh. Con bastante probabilidad
son americanos. Han sido salvados del
hundimiento del Lousitania unos días
antes. Van bien vestidos, con sombreros y abrigos seguramente prestados por sus
inesperados anfitriones irlandeses que tras la tragedia les han acogido en sus
hogares, les han alimentado y se han compadecido de ellos desde su confort y su
generosidad. Aunque los semblantes son serios, nada en la fotografía hace
pensar en algo parecido a un zarpazo implacable del destino. Algunos de ellos
miran a la cámara, pero la inclinación de la luz hace que esas miradas parezcan
vacías y sin expresión, profundas
cuencas huecas que les dan un aire de espectros que por un mero azar aun
conservan la carne pero cuyo espíritu se diluye ya a través del tiempo en el
momento de hacer la fotografía.
Pero, lo que creo que es la clave para entender mi encantamiento ante la fotografía es que nadie
lleva equipaje. Esperan el tren pero no llevan maletas. Una ligera inquietud en
las manos. Dos mujeres las juntan sobre la cinturilla de su chaqueta, un hombre
sujeta un periódico, otro las introduce en los bolsillos de su pantalón… La
orfandad de objetos se añade como un gran peso a la pérdida de los familiares y
conocidos que viajaban con ellos y a la extrañeza de estar varados en un pueblo
irlandés cuando deberían estar disfrutando de su viaje de placer. Están mucho
más cansados y perdidos que si cargasen a sus espaldas un baúl con sus pertenencias.
No tienen nada, empiezan de nuevo, se sienten desnudos a pesar de los abrigos y
los sombreros.
Me pregunto porque me conmueve tanto la imagen de personas
que apenas tienen objetos a los que aferrarse, y enseguida se agolpan en mi
mente escenas venidas del pasado: unas
jóvenes gitanas sucias y libres bailando
en la plaza del rastro de Tortosa, los feriantes que regentaban los puestos de
caballitos que cada primavera llegaban a mi ciudad cuando era niña (a los que yo espiaba tras las cortinas de
sus caravanas destartaladas imaginando una vida estimulante y llena de
peligros), el olor penetrante y agrio de
la habitación donde vivía la familia de la chica que nos limpiaba en
casa , los colchones llenos de manchas
que se apilaban en un rincón para que a la noche durmieran todos sus sobrinos
enjutos y oscuros como ratones, o la súplica en la mirada de los niños que nos
observan desde las fotografías de los campos de refugiados . Me recreo en estas
imágenes e inmediatamente las asocio
con otras aparentemente contrarias pero
que me inspiran lo mismo: las
imágenes de objetos sin dueño.
Objetos melancólicos y orgullosos tantas
veces vistos en exposiciones, museos y anticuarios. Las joyas que confiscaron
en los campos de concentración, los zapatos que salen disparados en un
accidente y quedan desamparados para siempre, las colecciones de maletas y de
relojes que se acumulan en Ellis Island, las fotografías y las postales que se
muestran impúdicas en los encantes, los veladores que acumulan polvo- como si
les creciera una costra de tristeza- en las esquinas oscuras de los
anticuarios.
Objetos que ya no encuentran sentido a su existencia, que
sobreviven a sus dueños con un asombro mudo y obstinado- casi desafiante- y que
quedan tan desvalidos como las personas que se tienen que despojar a la fuerza de esos objetos en
cualquier migración, desarraigo, exilio o venta.
¿Qué tipo de estrecha relación es la
que se establece entre los objetos y sus dueños? ¿por qué nos sentimos tan inermes
cuando perdemos un paraguas o dejamos una chaqueta en el asiento de un tren?
¿Será que los objetos que usamos se
incorporan definitivamente a nuestra alma y cuando los abandonamos penan
nuestro desamor para siempre, como si fueran fantasmas?
Quizás los objetos antiguos son los
auténticos fantasmas de las personas que los poseyeron,y por eso nos sentimos
tan inexplicablemente tristes cuando nos acercamos a las librerías de viejo, a
los museos de historia o a las fotografías antiguas como la que tanto me
conmovió en la exposición de ese pequeño
pueblo irlandés.
Mi blog cumple un año. Quería agradecer vuestra presencia a todos los que-de manera visible o invisible-habéis pasado por aquí y leído mis crónicas. Sois un estupenda compañía y un acicate para seguir escribiendo.No me gusta hacer balances, tampoco me gusta llevar mucho equipaje, así que simplemente os quería ofrecer este viaje por Irlanda y por mi interior. ¡Gracias!


Mis visitas silenciosas (por comodidad), no privan de que en esta ocasión te felicite por tu cumple-blog. Que sigas deleitando con estos ratitos de lectura amena a los que pasamos por aquí. Sigue escribiendo.
ResponderEliminarEn esta entrada son curiosas tus observaciones. De ti siempre se aprende.
Aprovecho para desearte Feliz año y a seguir....
Besos
Gracias amiga, nos leemos y nos celebramos.Feliz año!
ResponderEliminar¡Feliz año doña Paz! Y que sean muchos más.
ResponderEliminar¡Muchas gracias don Guillermo! Que tengamos una serie ininterrumpida de felices y fructíferos años.Por pedir...
Eliminar¡Feliz cumple, Paz! A mí me parece que llevas mucho más tiempo, y el margen derecho da fe de que tu trayectoria es mucho más larga (tendemos a asociar el blog a la actividad literaria cuando no tiene nada que ver). En cualquier caso, tiempo y espacio no coinciden; o dicho de otro modo, calas hondo con rapidez. Debe ser por efectos de esa mágica mezcla que consigues entre lo científico y lo literario.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Si, llevo más tiempo escribiendo, pero no con escaparate. Me alegro que te cale, y también que te guste la mezcla entre lo racional y lo visceral, en esa tensión me muevo casi siempre , intentando complacer a las esas dos facetas que tiran de mi en direcciones opuestas. Gracias, Susana.
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