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jueves, 2 de enero de 2014

Viaje a Cork

                                                                                  Egon Schiele

Visitando una exposición en Queenstown, el puerto de Cobh,  me quedé clavada ante una de las fotografías que ilustraban la historia de este lugar  que ha sido testigo de tantas migraciones y desarraigos.
Se trata de una pequeña ciudad irlandesa orientada al mar, un amasijo de calles que descienden empinadas desde la catedral hacia el puerto. Actualmente las antiguas casitas de pescadores están pintadas de colores marineros para los turistas y las antiguas tabernas son pintorescos restaurantes que se  codean con las tiendas de souvenirs. Situado en el sur de la isla, fue un importante puerto estratégico  durante mucho tiempo.   De allí salieron los miles de irlandeses que, huyendo del hambre, embarcaron hacia América  y  Australia. Da fe de ello la estatua que hay en una plaza cercana al puerto. Representa la figura de una joven, Annie Moore, que viajando desde ese puerto irlandés fue la primera persona registrada entre los inmigrantes que llegaron a la isla de Ellis Island, en New York. También fue el puerto que despidió al Titanic y  frente al cual se hundió el Lousitania.
La fotografía ante la que me quedé plantada más tiempo del habitual muestra, en diferentes tonos de marrón y sepia, a un grupo de supervivientes del Lousitania, el transatlántico que fue torpedeado por un submarino en 1915 frente al puerto de Cobh. El hundimiento del trasatlántico ocurrió ante la mirada atónita de los habitantes de ese concurrido puerto de mar. En la exposición se lee que la población dio una respuesta rápida y contundente. Salieron en cientos de improvisados botes  salvavidas y consiguieron rescatar a más de  700 pasajeros de los casi 2000 que viajaban de Nueva York a Liverpool,  una ruta que se había mantenido de forma  regular  a pesar del peligro que suponía la Gran Guerra.


Aunque la fotografía no destaca ni por su nitidez ni por el dramatismo de lo que muestra ( un simple grupo de personas esperando en una estación ) , algo me retuvo en estado de trance ante ella, seguramente mucho más tiempo del permitido  por el flujo de turistas que seguían el itinerario de la exposición a ritmo ligero y superficial, a los que –al final me di cuenta - molestaba  mi parada absurda y entregada a esa foto, como molesta una piedra en el zapato  o un accidente ajeno en la carretera que enlentece el ritmo de los coches de la autopista.
Un torpe codazo sin disculpa me hizo salir de mi ensimismamiento. En ese momento todavía no era consciente de qué era lo que me fascinaba de la fotografía. En ella se ve a extenso un grupo de personas de pie en el hall de la estación de ferrocarriles de Cobh. Con bastante probabilidad son americanos. Han  sido salvados del hundimiento del Lousitania  unos días antes. Van bien vestidos, con sombreros y abrigos seguramente prestados por sus inesperados anfitriones irlandeses que tras la tragedia les han acogido en sus hogares, les han alimentado y se han compadecido de ellos desde su confort y su generosidad. Aunque los semblantes son serios, nada en la fotografía hace pensar en algo parecido a un zarpazo implacable del destino. Algunos de ellos miran a la cámara, pero la inclinación de la luz hace que esas miradas parezcan vacías y sin expresión,  profundas cuencas huecas que les dan un aire de espectros que por un mero azar aun conservan la carne pero cuyo espíritu se diluye ya a través del tiempo en el momento de hacer la fotografía.
Pero, lo que creo que es la clave para entender mi  encantamiento ante la fotografía es que nadie lleva equipaje. Esperan el tren pero no llevan maletas. Una ligera inquietud en las manos. Dos mujeres las juntan sobre la cinturilla de su chaqueta, un hombre sujeta un periódico, otro las introduce en los bolsillos de su pantalón… La orfandad de objetos se añade como un gran peso a la pérdida de los familiares y conocidos que viajaban con ellos y a la extrañeza de estar varados en un pueblo irlandés cuando deberían estar disfrutando de su viaje de placer. Están mucho más cansados y perdidos que si cargasen a sus espaldas un baúl con sus pertenencias. No tienen nada, empiezan de nuevo, se sienten desnudos a pesar de los abrigos y los sombreros.
Me pregunto porque me conmueve tanto la imagen de personas que apenas tienen objetos a los que aferrarse, y enseguida se agolpan en mi mente escenas venidas  del pasado: unas jóvenes  gitanas sucias y libres bailando en la plaza del rastro de Tortosa, los feriantes que regentaban los puestos de caballitos que cada primavera llegaban a mi ciudad cuando era niña  (a los que yo espiaba tras las cortinas de sus caravanas destartaladas imaginando una vida estimulante y llena de peligros), el olor penetrante y agrio de  la habitación donde vivía la familia de la chica que nos limpiaba en casa , los colchones  llenos de manchas que se apilaban en un rincón para que a la noche durmieran todos sus sobrinos enjutos y oscuros como  ratones, o  la súplica en la mirada de los niños que nos observan desde las fotografías de los campos de refugiados . Me recreo en estas imágenes e  inmediatamente las asocio con  otras aparentemente contrarias pero que me  inspiran lo mismo: las imágenes  de objetos sin dueño. Objetos  melancólicos y orgullosos tantas veces vistos en exposiciones, museos y anticuarios. Las joyas que confiscaron en los campos de concentración, los zapatos que salen disparados en un accidente y quedan desamparados para siempre, las colecciones de maletas y de relojes que se acumulan en Ellis Island, las fotografías y las postales que se muestran impúdicas en los encantes, los veladores que acumulan polvo- como si les creciera una costra de tristeza- en las esquinas oscuras de los anticuarios.
Objetos que ya no encuentran sentido a su existencia, que sobreviven a sus dueños con un asombro mudo y obstinado- casi desafiante- y que quedan tan desvalidos como las personas que se tienen que  despojar a la fuerza de esos objetos en cualquier migración, desarraigo, exilio o venta.
¿Qué tipo de estrecha relación es la que se establece entre los objetos y sus dueños? ¿por qué nos sentimos tan inermes cuando perdemos un paraguas o dejamos una chaqueta en el asiento de un  tren?
¿Será que los objetos que usamos se incorporan definitivamente a nuestra alma y cuando los abandonamos penan nuestro desamor para siempre, como si fueran fantasmas?
Quizás los objetos antiguos son los auténticos fantasmas de las personas que los poseyeron,y por eso nos sentimos tan inexplicablemente tristes cuando nos acercamos a las librerías de viejo, a los museos de historia o a las fotografías antiguas como la que tanto me conmovió en la exposición de ese pequeño pueblo irlandés.





 Mi blog cumple un año. Quería agradecer vuestra presencia a todos los que-de manera visible o invisible-habéis pasado por aquí y leído mis crónicas. Sois un estupenda compañía y un acicate para seguir escribiendo.No me gusta hacer balances, tampoco me gusta llevar mucho equipaje, así que simplemente os quería ofrecer este viaje por Irlanda y por mi interior. ¡Gracias!

6 comentarios:

  1. Mis visitas silenciosas (por comodidad), no privan de que en esta ocasión te felicite por tu cumple-blog. Que sigas deleitando con estos ratitos de lectura amena a los que pasamos por aquí. Sigue escribiendo.
    En esta entrada son curiosas tus observaciones. De ti siempre se aprende.
    Aprovecho para desearte Feliz año y a seguir....
    Besos

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  2. Gracias amiga, nos leemos y nos celebramos.Feliz año!

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  3. ¡Feliz año doña Paz! Y que sean muchos más.

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    1. ¡Muchas gracias don Guillermo! Que tengamos una serie ininterrumpida de felices y fructíferos años.Por pedir...

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  4. ¡Feliz cumple, Paz! A mí me parece que llevas mucho más tiempo, y el margen derecho da fe de que tu trayectoria es mucho más larga (tendemos a asociar el blog a la actividad literaria cuando no tiene nada que ver). En cualquier caso, tiempo y espacio no coinciden; o dicho de otro modo, calas hondo con rapidez. Debe ser por efectos de esa mágica mezcla que consigues entre lo científico y lo literario.
    Un fuerte abrazo.

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  5. Si, llevo más tiempo escribiendo, pero no con escaparate. Me alegro que te cale, y también que te guste la mezcla entre lo racional y lo visceral, en esa tensión me muevo casi siempre , intentando complacer a las esas dos facetas que tiran de mi en direcciones opuestas. Gracias, Susana.

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