El
famoso etólogo Konrad Lorenz crió, entre otros muchos animales de los que
observaba su conducta, a una grajilla macho a la que le puso el nombre de
“Choc”.
Choc
seguía a su amo allá donde fuera, de pequeño creyendo que era su madre y de
mayor pensando que era su pareja sexual. Estaba profundamente enamorado de
Konrad. Siempre le fue fiel, a pesar de las bandadas de grajillas que
sobrevolaban el cielo de la granja en primavera.
El
pájaro empleaba horas en tratar de convencer a Konrad para que se introdujera
reptando en la pequeña cavidad que había elegido como nido, y aunque nunca consiguió
llevarlo a su casa, le cebaba en el nido grande de Konrad, donde éste se dejaba
dócilmente introducir los mejores gusanos en la boca. Choc notaba que a su pareja le encantaba tenerle siempre cerca y disfrutaba al ver cómo le contemplaba embelesado. La suya fue una historia de amor sólida y sin fisuras.
La
única cosa que nunca le quedó clara al pájaro, aunque no le quitaba el sueño,
fue saber si eran un matrimonio de humanos y él era el raro, o si por el
contrario eran una pareja de grajillas y su amorcito era, además de preciosa,
desproporcionadamente grande.
Ingresa
en el hospital para repetir las pruebas y poder llegar a un diagnóstico definitivo. Está
centrada, divertida, guasona. No se quiere echar en la cama porque se encuentra
bien. Entre prueba y prueba charlamos con la tranquilidad que da no tener que
hacer nada. Me vuelve a explicar que su
recuerdo más antiguo es cuando, con
cuatro años, le avisaron de que su madre “se había ido al cielo”. Que lo
entendió perfectamente y se puso a llorar sin consuelo, a gritar con todo el cuerpo. No les
quitaron el luto hasta que, dos años después, su padre se volvió a casar. Les
compraban unos vestiditos azules marineros y otros blancos con un lazo negro
por detrás. Sus tías, las hermanas de la madre, la llevaban al cementerio junto con sus dos hermanos mayores. Y cuando llegaba
el aniversario les preguntaban si se acordaban de qué se celebraba ese día.
También
me cuenta que se casó muy enamorada de papá, que él le había “salvado” ( no me
he atrevido a preguntarle a qué se refería, de qué o quién le había salvado
exactamente).
Después
de comer la convenzo para que se eche una siesta. Cuando se despierta le digo
que mientras dormía hacía gestos como los que hacen los bebés, pucheros y
expresiones divertidas. Me contesta que es culpa de los neurólogos, que todo el
rato le hacen hacer fantochadas: “Abre los ojos, ciérralos fuerte, tócate la
nariz, qué día es hoy”
Conversaciones
nutritivas y emocionantes, impregnadas
en el antiséptico olor a hospital.
Es
conocido el poder que tienen los olores como detonantes de recuerdos, como
catalizadores de la memoria más profunda. He comprobado con estupor cómo la
ropa conserva el olor de sus propietarios durante mucho más tiempo de lo que
parecería lógico. Dos meses después de su muerte, en una de las visitas de fin
de semana a mi padre, él mismo intentó consolarme de la congoja que intuía en
mis ojos brillantes insistiéndome en que me quedara con alguna pertenencia de
mamá. Yo accedí, abrí el armario ropero y elegí una camisa que siempre me
gustó. La olí o, mejor dicho, la esnifé, y me puse a llorar a moco tendido.
Olía a ella. Toda la camisa estaba impregnada de su olor, se había incorporado a
la trama del tejido. Era tan intenso como si ella estuviera allí. Si el
olor tiene algo que ver con la identidad, como bien saben los perros, ella estaba ahí. Cuando, al regresar a mi
casa, enseñé la camisa a mi familia o, mejor dicho, la di a oler, la reacción
fue tan instantánea como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Una de
mis hijas me dijo que la guardara sin lavar. Cuando la llevé a colgar a mi armario
noté que había algo en uno de los bolsillos camiseros. Eran tres billetes de 50
euros, de esos que en sus últimos meses de vida tanta rabia le daba perder. Un
regalo póstumo que decidimos guardar en un sobre para destinarlo a un viaje que
tenía previsto hacer con mi hija pequeña. Iríamos las tres, dijimos. Ese dinero
ayudó a pagar las comidas de nuestro periplo en tren por la Provenza. Yo
siempre había destinado el dinero que me daba mi madre en lo que ella llamaba
“tus cosicas culturales”: cursos,
viajes, libros…No iba a ser diferente en esta ocasión. Durante las comidas de nuestro viaje por el
sur de Francia hablamos mucho, de muchas cosas, y también de la abuela. Como si
al mantener ese tipo de conversaciones rebosantes de confidencias que solo se
dan en los viajes, reforzáramos el vínculo con la mujer que nos precedía en la
cadena y que ya no estaba allí físicamente.
Me
dice que ha dormido fatal. Que se acostó indignada de leer unos anuncios del
periódico en los que anunciaban la venta de joyas a 10 euros al mes. Que
alguien se beneficiaría de ello y que no era momento de engañar a la gente con
la crisis que había. Que la gente pensaría: total, por 10 euros… Pero luego, a
la hora de la comida me enseña que compró, hace un tiempo, un pack con siete
relojes de pulsera, por el mismo método. Me los enseña, me cuenta que solamente le costaron 59 euros,
y que son bonitos, uno para cada ocasión. Me pide que elija uno. Parecen de
bisutería, algo cursis. Con media sonrisa traviesa proclama: ¡Es el único
capricho que me he dado en 80 años!
Ese
mismo día llama a su hermana Luisa y le explica que lo pierde todo y que reza (
ya no hace otra cosa últimamente, le dice )para que Dios le acerque al sitio
donde está lo que ha perdido. No le pide algo fácil, como encontrar el audífono
en el bolso, sino que le oriente hacia la habitación donde está y ella ya lo
encontrará. Nos reímos cuando le sugiero que puede proponerle a Dios el juego de “frío, frío , caliente,
caliente”
Algo que siempre me produjo
admiración en mi madre fue la relación tan contundente y fluida que establecía
con los objetos. Ante ella, los objetos se doblegaban, claudicaban, de dejaban
moldear, olvidaban su antigua rigidez y adquirían una ductilidad rendida a la
voluntad de esas manos habilidosas e inteligentes. Nada era imposible para esas
manos. Todo era un reto. A mi madre le gustaba “discurrir”, como ella decía. Y
sus manos discurrían con ella. Diseñaba y cosía nuestra ropa como nadie, aprendió a cocinar cuando se casó y
superó a todas sus conocidas enseguida. Montaba estanterías y arreglaba grifos. Siempre sabía dónde estaban los mejores saldos. Confeccionaba cortinas, faldas
para la mesa camilla o mantones llenos de puntillas para todos los bebés que
iban naciendo en nuestra extensa familia y las de sus amigas. Una vez, cuando
éramos pequeñas, diseñó, cosió y montó una tienda de campaña india de tamaño
natural para que jugáramos en el terreno del chalet. Como le sobraba creatividad, para la siguiente generación montó la casita de muñecas. Me puedo imaginar cómo debió de disfrutar mi madre mientras colgaba cortinas, lacaba muebles y se las ingeniaba para reconstruir a escala todos los complementos de un hogar. Asomarse a esa casa era como jugar a ser Alicia, como meterse dentro de una muñeca rusa. La miniaturización del cariño y de la habilidad. Mis dos hijas jugaron muchas horas en esa "casa dentro de la casa", en ese hogar minúsculo que les había construido su abuela.
En las sucesivas visitas a mi
padre tras la muerte de mamá, he ido desmantelando lentamente el universo de
objetos que asoman por los cajones y que ahora, desvalidos, carecen de razón de
ser. Me miran, desconcertados. Y yo no sé darles una explicación. Entre otros, están los
siguientes: un anzuelo para pescar la ropa que se caía del tendedero al patio
interior del edificio y así no molestar a los vecinos, un aparato para hacer un
cilindro hueco en el interior de las manzanas y asarlas con el azúcar dentro,
un relleno de espuma para que no se le quedase el sujetador “teticojo” después
de la extracción del tumor en la mama, singles de Rocío Durcal y de Mama’s and
the papa’s , una caja de herramientas bien surtida, varias máquinas de coser,
muchos hilos, bisutería y oro. Restos de telas y puntillas para hacer los
edredones, o las fundas de almohada, o las faldas para mesa camilla o las
ropitas para los bebés que nacían. Dedales, fotografías y postales en sepia de
cuando todavía no era nuestra madre. Pinzas para las cejas, rulos, medicinas y
la insulina para la diabetes que se le desencadenó por la cortisona que tomó para deshinchar las
metástasis. Aire de Loewe, también Nenuco. Tijeras. Recetas de Arguiñano. Estampitas. Y todas las fotos de sus nietos.
Esta es la casa de muñecas que regaló mi madre a mis hijas, y cuyo interior amuebló, vistió y decoró. En los detalles (muebles pintados por ella, cuadros en miniatura con fotografías de los nietos, alfombras a medida...) es donde mi madre nos sigue haciendo un guiño, tantos años después. Intensas y largas horas jugadas en su interior, otro hogar en el que vivieron de niñas, y que acabamos de recuperar estas Navidades.
Aquí debería añadir la impresión que me produjo vaciar su piso de Zaragoza para poder alquilarlo. Lo escribí en carne viva durante el viaje de vuelta en tren. Y lo publiqué en otra entrada, "Exterminio", que enlazo aquí.
N y M vivieron irremediablemente unidas.
Dos en una. A la vez idénticas y complementarias. Hemisferio izquierdo y
hemisferio derecho. Cara y cruz. De una misma mente. La misma moneda.
La personalidad de N tenía la consistencia de una esfera de cristal: densa,
frágil, real. M, en cambio, empezó siendo una pompa de jabón iridiscente y
vacía. Una existencia cóncava y otra convexa, que con el tiempo se
ensamblaron como el molde a su figura. La melancolía de N alternaba con la
alegría burbujeante de M. La inocencia de N con el cinismo de M. Aunque un
mismo temblor de pájaro recién caído del nido se percibía en ambas.
A veces, cuando N caminaba por la calle con alguien que la
conocía como tal, le decía a su acompañante: “Ahora me transformaré en M”. Norma Jean se quitaba el pañuelo de la cabeza, liberando una melena llena
de olas. Algo parecido a la sacudida de un perro al secarse recorría todo su
cuerpo. Hacía un gesto leve, como si quisiera adelantarse para atravesar una
frontera invisible, mientras su mirada se encendía con reflejos
violetas.
El celofán se rasgaba, y entonces aparecía Marilyn.
Su presencia atraía a todas las miradas con la fuerza de un sol que se
extingue. Un sumidero de energía que con el tiempo acabaría consumiendo a las
dos, emitiendo -con la deflagración- la luz de dos supernovas unidas.
Cómo
disfruta comiendo. Me dice que últimamente come demasiado bien y que para no
sentirse tan privilegiada invitaría a algún pobre a comer a su casa. Si no
fuera porque se ha enterado de que algunos falsos operarios del gas entran en
las casas y roban. Yo le digo que ni se le ocurra invitar a un pobre, que ahora
con la crisis hay demasiados, que todos querrían entrar, no cabrían en la casa
y al final ella se quedaría sin sus espinacas.
Mi
padre me dice que está mucho más contenta y activa desde que he llegado
yo.
Al
ducharse se ha caído en la bañera. Se ha deslizado suavemente hacia el suelo
cóncavo y liso. Mi padre y yo le hemos ayudado a levantarse. El pañal se ha
empapado. Luego se ha quedado un buen rato sentada con ropa interior y el
albornoz abierto.
Me
ha vuelto a pedir que miremos la tele porque igual sale lo del premio extraordinario
de Carlos. Y que llame yo a sus hermanas para explicárselo, porque si no se
creen que ella es una presumida y que se inventa lo que explica de sus nietos.
“Pues si yo no he hecho nada para que sean así”, les dice. Ellas les contestan
que es normal, que sus nietos son como ella: “pluscuamperfectos”.
Además de una energía
inacabable que la hacía un objeto universal de admiración, mi madre se había
ganado a pulso, entre sus hermanas y entre sus amigas, el adjetivo de
“pluscuamperfecta”. Y ese título había que revalidarlo día a día. Focalizó toda
su eficacia y su creatividad en su nuevo entorno: el hogar. Ninguna de nosotras
era capaz de seguirle el ritmo cuando trajinaba por la casa. Dimos fe de su
capacidad de trabajo la primera navidad que estuvimos sin ella. Nos repartimos
el menú de la comida de navidad -tan elaborado y a la vez tan digestivo- entre
las tres hermanas, y aun así no lo conseguimos hacer ni la mitad de bien de lo
que ella lo hacía, aparte de terminar agotadas. Entonces nos dimos cuenta de
sus muchas virtudes (hacerlo y no
quejarse, entre ellas), un poco tarde. Eso sí , le encantaba que alabáramos el producto de su trabajo.
Una mujer con semejante
potencia -siempre vaticinábamos- por fuerza se iba a tomar muy mal la inevitable pérdida de facultades de la
vejez. Pero de nuevo nos sorprendió: supo aceptar su rápida decadencia con la
mayor dignidad, siempre-quien tuvo retuvo- con una lucidez y un sentido del humor fuera de lo común. No
ha sido fácil para mí ser una persona eficiente en cuestiones prácticas con semejante
precedente. Ella no nos enseñaba, no nos
pedía ayuda, ya lo hacía ella. Nos decía: vosotras estudiad. Y de esta manera
tuve el tiempo y la tranquilidad que necesitan los ratones de biblioteca para
leer mucho desde pequeñita, para transitar toda mi infancia y adolescencia con
una nube de fantasías sobrevolando mi cabeza mientras ella se encargaba de la
intendencia y de construir un entorno confortable. No sé si a mis hermanas les
benefició de la misma manera. Mientras estuvimos en casa se sintió útil,
completa. Tenía a sus hijas, a su marido que trabajaba mucho para que no nos
faltase de nada, a su amiga íntima con la que cosía y charlaba. Todo tenía
sentido. Pero en el tercer tercio de vida, cuando las tres nos fuimos a
estudiar fuera y poco después nos casamos, sospecho que de repente todo se
ralentizó y se estancó de alguna manera lenta pero irreversible para una mujer
con tanta capacidad de sentirse viva y útil. Su amiga se trasladó a otra ciudad, mi padre no quería viajar a
Zaragoza tanto como a ella le hubiera gustado, y nunca consiguió adaptarse del todo a la sociedad provinciana
de su ciudad de adopción. Todo esto son intuiciones mías a posteriori. Ella disimulaba muy bien cuando íbamos a verla,
nunca cargó sobre nosotras sus decepciones conscientemente. Aunque al final había un poso de amargura
en su actitud que se pudo deber a este motivo. La sospecha de esa frustración me entristece y me hace pensar.Pero quizas tiene razón Joyce Carol Oates cuando se mete en la piel de Marilyn para decir: " La muerte no existe, y sin embargo los muertos siguen muertos. Pensar en ellos era perjudicial. Seguro que no desean nuestra compasión, se dijo Norma Jeane"
"Cada foto contiene a
quien aparece en ella de la misma manera que el apellido contiene para siempre
a aquel a quien se le da. Tia Elsie siempre es tía Elsie. Papá siempre es papá,
aun cuando ya sea abuelo. Y mamá es mamá incluso cuando era niña"
John Berger Para entender la fotografía
2
de junio 2013
Hemos pasado dos horas de la mañana haciendo
una funda de edredón. He forzado un poco la situación para que estuviera activa
y también, de forma egoísta, para tener
algo confeccionado por las dos. Me ha recordado lo importante que ha sido la
costura para ella. Cuánto la relajaba por la noche, mientras nosotras dormíamos,
coser. He aprendido a hilvanar y me ha enseñado a hacer ojales. Cuando éramos
pequeñas nos hacía vestidos complicadísimos y llenos de puntillas,
fruncidos y bordados, que deducía viendo
los originales de las tienda. Tres cada vez, uno para cada una de sus hijas. Se
pasaba los dos meses de verano con su amiga Celia confeccionando los uniformes
y los abrigos del colegio para el curso siguiente. He disfrutado mucho haciendo
algo manual con ella, aunque me he dado cuenta de que intentaba cortar los
ojales en dirección contraria.
Nunca me interesó la costura. Nunca se forzó a enseñarme. Tampoco a mis hermanas. Nosotras
teníamos que estudiar, jugar, hacer deporte…ella nos cubría las espaldas en la
gestión de lo necesario, en las cosas “fáciles”. A ver si este verano consigo
aprender a coser a máquina, sería como si pudiera apropiarme de algo suyo, como
si a fuerza de disciplina en el último momento pudiera aprender algo tan
natural en ella como construir un hogar o solucionar un montón de cuestiones
prácticas con solo “discurrir” un poco.
Me
ha enseñado algo que tenía guardado: un producto que servía para remediar los
errores de puntadas o cortes mal hechos. Una botellita antigua de color
amarillo chillón con letras anacrónicas que rezaba: Tejemagic. Me ha dicho que
eran unos polvitos que “cosían sin hilos”, sólo pasando la plancha por encima.
Lo compró cuando nosotras éramos pequeñas, en el Corte Inglés. Lo hemos usado para convertir en cicatrices los ojales fallidos.
También
me habla de la importancia de los tocadiscos en su juventud. Me cuenta que iban
a casa de una amiga de “guateque” los
fines de semana. Su amiga era gordita y se ponía los vestidos encima nada más
sacarlos de la lavadora: los planchaba encima de su cuerpo y se los estiraba.
Decía que tenía que advertir a los chicos de que tenía los muslos gruesos, para
que no se llevasen después una sorpresa.
Las
fotografías son la mejor manera de regresar a lo que ya no está, una
forma engañosa pero eficaz de recuperar el pasado. Las más impactantes, para
mí, son aquellas que recuperan un tiempo en el que yo no existía, las
fotografías anteriores a 1962. Tengo
debilidad por los documentos en sepia
que nos muestran el pasado. Así que una de las maneras de volver a ver a
mi madre tras su muerte, en especial a la joven que fue antes de ser mi madre,
ha sido sentarme a contemplar sus fotografías de aquella época. Una caja con la que se presentó mi padre en
una de mis primeras visitas, que contenía sobre todo imágenes de su vida anterior a la boda. Mirándolas puedo
observar su evolución, su recorrido
vital: desde la niña que hace pucheros hasta la rubia despampanante en la que
se convirtió. Por lo que veo, cuando yo nací se tiño el pelo de oscuro, me
pregunto si a modo de ritual de paso hacia una nueva fase que descartaba
todo lo que significaba ser rubia en los años de Marilyn. Pero antes está la
otra, la que no reconozco, la que no conocí. Con muchas más fotografías.
Posando en los viajes que hacía con sus
amigas a París o a la playa, en los paseos con sus hermanas en actitud
indolente, asomando tras un banco del parque con el grupo de amigos,
escribiendo en la mesa de lo que parece un camping, fumando, flirteando con
mucha clase en medio de un montón de señores.
Esas imágenes me producen una desolación
que no acabo de saber a qué obedece. Una profunda sensación de culpa. ¿Por qué motivo? ¿Quizás
por el hecho de que había dejado de ser rubia, de viajar, de trabajar y de salir con sus amigos por haberse casado y haberme
tenido a mí? Y me vuelvo a preguntar
quién era mi madre antes de serlo. Se casó con 32 años, muy mayor para su
época. Antes tuvo tiempo de vivir, de trabajar, de estudiar idiomas y piano
-aprendizajes que nunca más usó ni demostró- y de tener un montón de
pretendientes. Algo de eso me había explicado cuando yo intentaba indagar en su
vida.
Pero el descubrimiento más
impactante, por la imposibilidad de recuperar una versión en primera persona,
han sido las postales. En la caja, mezcladas con las fotografías de esa época, hay
una serie de postales en blanco y negro de diferentes ciudades de Europa.
Dirigidas a Ma chère petite Carmina-
el nombre, otro indicio de quién era antes de ser Carmen- escritas a veces en
español y otras en francés, y firmadas indistintamente por Joaquim, “Je”,
o “Monsieur”. Le escribe frases tan conmovedoras como: Tengo una cosa para ti que
te hará gracia, o Je regretais beaucoup ton absence, ¿me das noticias tuyas?… Ella me había contado que-entre otros- su
profesor de francés estaba prendado de ella y la pretendía, como decían
entonces. Yo conocí a Monsieur Botton,
lo recuerdo en una visita que nos hizo cuando yo era pequeña al chalet donde
veraneábamos, y creo recordar una ligera incomodidad en la actitud de mi madre.
Una de las postales, del año 52, la
escriben tres personas: mi madre, Monsieur y una de las amigas viajeras. Es una
foto de Notre Dame de París, y la
destinataria es su hermana Paz. Probablemente fue uno de los viajes que hizo
con su amiga María Pilar.
En el texto que escribe mi
madre, le dice a su hermana, con la misma letra fluida con la que después escribiría
las listas de la compra: ”Estamos los tres, en el café Le Paris, en los
Champs Elysées, y están pasando negros , indios…y hemos tomado Coca Cola ¡Qué ilusión , qué ideal, ¿qué laca
usas?!”
Otra postal posterior a ésta,
desde Chartes, que le escribió él:
Je dois partir pour Genève en repassant par Paris, qui me semble bien triste depuis ton départ.
Je m‘imagine que tu vas tous les jours à la piscine pour te bronzer au soleil
.A Chartres il n’hi ha pas d’existentialistes mais tu vois quelle superbe
cathédrale, une des plus belles du monde !
A Paris on m’ha fait des compliments de toi mais je savais déjà que tu
étais fine et élégant, que tu avais de
jolis yeux et que tu étais intelligente.Ca n’ha donc été qu’une confirmation de
mon opinion. Aussi j’avais au moins la consolation qu’on dirait à Paris que
j’ai bon gout et que ma sœur t’ha trouvée distinguée. Quand je pense que je ne
te revoirai probablement plus…vraiment je n’ai pas de chance. Je te rapporterai
quelque chose de Suisse. Ce sera sans doute la derrière fois que j’avais
l’occasion de te faire un petit cadeau. Amuse-toi bien et pense quelque fois à
ton fidèle ami Joaquin.
En otras postales algo
posteriores desde Genova y Montreux, le
dice Quelle chaleur il fait aujourd’hui
en Suisse!, o Recibí tu larga carta y
como me dices que estás enfriada tengo para ti un pañuelo a medida.
Cuando miro las fotos de mi
madre y me vence la tristeza por su ausencia, me consuelo con una trampa mental
muy rocambolesca, pero efectiva. Pienso en que ella nació un año después de
Marilyn Monroe. Vivió su juventud en los años cincuenta, como ella. Las dos
eran rubias y glamurosas. Yo nací en el año sesenta y dos, tres meses antes de
que la rubia por antonomasia se durmiera para siempre. Mi madre por esa época estrenó
maternidad, madurez y un tinte más oscuro.
Y tuvo el detalle de compartir conmigo su existencia durante 51 años más. Entonces
me alegro de una manera a la vez melancólica y profunda.
Aunque nos hemos librado por los pelos de un terremoto de grado 7, en nuestro periplo por Nueva Zelanda los
bultos ruedan, los edredones se caen, los platos chocan, la estructura metálica
cruje… una constante vibración agita nuestros cuerpos mientras viajamos en la
autocaravana de alquiler por las carreteras angostas y empinadas que recorren
la isla sur. Como si se tratara de un terremoto dosificado, nos acostumbramos a
ese tembleque de lavadora centrifugando al que estamos sometidas mientras
conocemos el país con la casa a cuestas. Al final del viaje hemos recorrido más
de 2600 km en una campervan blanca para cuatro personas. Una batidora con
ruedas que tiene todo lo necesario para considerarse autosostenible. Una buena
oportunidad para recordar cómo se juega a las casitas.
El alquiler de autocaravanas
debe de ser uno de los negocios más boyantes de este país. No se puede viajar de
otra manera en un lugar en el que puedes recorrer tranquilamente 300 kilómetros
sin encontrarte con una población,con un alojamiento. Hay caravanas decoradas con
los motivos más variopintos. Por otro lado hay que reconocer que todo está perfectamente acondicionado
para viajar en este tipo de vehículos: parkings gratuitos con baños, campings
donde repostar agua y electricidad, duchas públicas en las ciudades,
aplicaciones de móvil para encontrar las zonas de acampada…y kilómetros de naturaleza apabullante que se deslizan a través de las
ventanillas como si se tratara de la proyección de un documental.
Por unos días la campervan es
nuestra casa, nuestra patria, nuestro planeta. Allí se come, se duerme, se
toman decisiones sobre la ruta, se hace terapia familiar, se escribe a
trompicones mientras se viaja. Allí escuchas la música que han elegido tus
hijas. Mucho rap, mucha música que no conozco. A veces ponen mis listas de Spotify
para que mi sensible sistema nervioso se relaje con alguna melodía. Al final acaban gustándome sus temas, sus grupos. Alguna de las piezas pasa a formar parte de la
banda sonora del viaje. Como ésta, que nos "pone" muchísimo cuando salimos por la
mañana a empezar el trayecto diario. No sé si el subidón que nos da tiene
que ver con la letra del tema. Es igual, las tres cantamos Let’s roll up some como posesas, como si nuestras voces fueran el combustible
que empuja a la casita rodante.
Tengo que confesar que al final
no conduje. Me había sacado el carnet de conducir internacional antes de
viajar. Íbamos a conducir las dos. Ana más que yo, a ella le gusta conducir y
tiene experiencia en conducir por la izquierda ( Sara no tiene carnet). Yo, cuando se cansara. Pero mis miedos (a equivocarme de carril en los cruces, a no controlar el tamaño, a las carreteras de
montaña…) fueron posponiendo el momento de empezar. Al final la energía y la
determinación de Ana fueron más que suficientes para tranquilizar mi cobardía y
mi conciencia. Y cada una asumió su rol: Ana conducía, Sara ayudaba con el GPS
y la aplicación del móvil. Y yo les veía los cogotes desde mi despacho
ambulante. Y también me encargaba de las comidas.
Era como si a Telma y Louise se les hubiera colado su madre en el asiento de
atrás. Como si estuviera viendo una road movie entre bambalinas. Desde este backstage
privilegiado las observaba y se me caía la baba. Cómo podía ser que de una
madre tan miedosa e insegura hubieran salido este par de mujeres tan resolutivas,
bravas, responsables y gamberras. Y me dejé llevar, me dejé sorprender, me
convertí en su hija. Ana era el padre y Sara la madre. Y a mí me llamaban “Pacita”,
y me trataban como a una niña mimada. Yo
acataba las órdenes e imaginaba que este cambio de papeles tan estimulante estaba
ocurriendo de verdad. Ellas tomaban decisiones que nos llevaban a las tres hacia
nuevos y sorprendentes escenarios. Recuerdo que el tercer día por la tarde tenía
mucho sueño por el desajuste horario y mientras me estiraba en el asiento en el
que supuestamente no se puede usar mientras viajas, me relajé y me dormí totalmente entregada, en
posición fetal, a que ellas me llevaran en ese útero móvil.
En la caravana conocimos a
otras viajeras. Camino de los glaciares subimos a una chica que empezaba su día caminando bajo la lluvia, con su
mochila, sin hacer autostop. Lesia
es una maestra de 33 años de Córcega que viaja sola con todas sus pertenencias
en la mochila y que recorre el mundo durante el año sabático que se ha tomado. Pasó medio día con nosotras y luego nos dijo
que la dejáramos porque tenía que recorrer andando las quince millas que
le quedaban para llegar caminando a la playa donde había decidido dormir
aquella noche. Ese mismo día también paramos a otra chica francesa que acababa
su visado en breve y aprovechaba los últimos días para viajar sola. Viajeros. Aventureros.
Personas a las que no les asusta la incomodidad. Adictos al movimiento, a la
novedad, a dejarse sorprender por el siguiente paisaje, por la siguiente
reacción de su cuerpo, por el ritmo que marcan sus pasos, por el peso de la
mochila. Lesia nos dijo que cuando era adolescente descubrió que viajar era su
estado natural, que sólo estaba totalmente
equilibrada cuando viajaba, que su
cuerpo no funcionaba del todo bien cuando no lo hacía. Intercambiamos datos. Ojalá
algún día nos la volvamos a encontrar.
Las horas de luz son
largas. Podemos conducir desde las siete de la mañana hasta las nueve de la
noche. El tiempo se convierte en un material elástico cuando viajas. La
dinámica es la siguiente: viajamos unas dos horas y luego hacemos una excursión
de una hora y media. No tenemos prisa, nos cansamos menos de lo que sería
previsible. Comemos y dormimos en la campervan. Nos protege de la lluvia. Del frío
y del calor que se turnan caprichosamente a lo largo de la jornada.
Cada dos o tres días pagamos
un camping para podernos duchar y sentirnos menos a la intemperie. Y de esta
manera nos acercamos cada jornada al objetivo que nos hemos propuesto, al final de la línea que hemos dibujado en el mapa para ese día.
Aparcamos por la noche en un lugar en penumbra y a la mañana siguiente nos
dejamos sorprender por el escenario que enmarcará nuestro desayuno. Porridge calentito, galletas, café y tostadas con aguacate, tomate y queso, por
ejemplo. En primera fila, para ver el espectáculo que se despliega antes nosotras.
La organización dentro de una autocaravana es vital. Se convierte
en una coreografía diaria que requiere sus rituales.Mientras tú recoges la cocina
nosotras preparamos las camas. Yo dejo la maleta en su sitio mientras tú
extiendes los edredones.El
mismo espacio puede servir como salita, para comer o charlar, o convertirse en
una cama. Arriba se duerme o se almacenan las bolsas durante el día. En
la cocina se hierve agua, se guarda el maletón o las sillas de camping, según
la hora. Y frente al volante se conduce o se apilan montañas de anoraks. Una
pieza de origami que se transforma en diferentes figuras a base de doblar o
desdoblar el papel. Y nosotras, como un equipo de tramoyistas bien coordinado,
cambiamos el escenario a demanda. Por otro lado, es muy difícil mantener
el orden en un espacio tan pequeño. La entropía siempre gana la partida.
Siempre hay una toalla húmeda que no se puede guardar, un mapa o un folleto que
se cae al suelo en un frenazo, un boli que acaba en el neceser, un cepillo que
no sabemos dónde está. Como en cualquier casa, los calcetines pierden sus
parejas. Pero aquí es más complicado buscarlos. La contorsión forma parte de
nuestra forma de movernos en este espacio tan reducido.
La casa se ajusta a nuestros organismos como lo hacen
los caparazones a los cuerpos blandos de los moluscos. Se ciñe como una
armadura, se ajusta como un vestido, se articula con nuestros movimientos.
Viajamos con la casa a cuestas como un caracol, como una tortuga.
En su libro LaPoética del espacio, Gaston Bachelard dice : "La vida empieza bien, empieza encerrada, protegida, toda tibia, en el regazo de una casa". Y "Antes de ser lanzado al mundo, el hombre es depositado en la cuna de su casa". Nosotras esta vez hemos salido al mundo metidas en una cuna portátil. Y ha sido magnifica la experiencia de sentirnos a la vez protegidas y a la intemperie.
Let's roll up some!
Otra de las canciones de la banda sonora del viaje: My house, de Flo Rida