sábado, 12 de abril de 2014
MARIPOSAS NOCTURNAS PAZ MONSERRAT REVILLO
Esta es la lectura que hizo Paloma Casado en el espacio "Cuento contigo" de Onda Cero de Santander de mi relato "Mariposas nocturnas".Sorprendida y agradecida.
martes, 1 de abril de 2014
Mi familia y otros animales
Ilustración de Vladimir Fedotko
De niña, mi madre
tuvo un cachorrito -Teddy- que se metía en el bolsillo de la bata mientras
practicaba sus lecciones de piano. Cuando creció (aunque siempre fue pequeño de
tamaño) la tata Dora le preparaba tortillas y café, y las niñas lo bajaban a
pasear. Murió con 16 años, gordo y feliz como cualquier perro de apartamento.
También tuvo un
gallo que se llamaba Federico. Mientras fue un pollito amarillo y suave como
una madeja de lana, mi madre y sus hermanas lo paseaban por el pasillo metido
en un cochecito de muñecas, tapado y con el embozo de la sábana doblado. Lo
entraban en sus dormitorios jugando a que eran mamás que se hacían visitas con
un bebé. Cuando el pollito se convirtió en un gallo enérgico y rutilante fue
relegado a la galería que daba al patio interior del edificio. Desde allí
cumplía con su obligación y cada madrugada despertaba a todos los vecinos en
cuanto vislumbraba el primer rayo de luz. Un día se precipitó desde el tercer
piso y el portero lo subió, con su larguísimo cuello desmayado, para que se le
diera un entierro digno.
En la familia de mi
padre la relación con los animales era de muy distinta naturaleza. Ninguno
tenía nombre. Los perros que tenían en la finca trabajaban -cazando- y se les
daba las sobras y los despojos, si los había. A los niños no se les ocurría
encariñarse con los conejitos o los pollitos, que eran percibidos como futuros
guisados de domingo. Mi abuela paterna despellejaba animales con habilidad
proverbial. Cuando mi madre fue, desde la gran ciudad, al pueblo para conocer a
sus futuros suegros, le dieron una vuelta por la granja. Quedó prendada de un
corderito que acababa de destetar su madre.¿Le gusta?-le dijo el capataz. Esa
misma tarde lo mataron en su honor y se lo prepararon para la cena, para
espanto de la cándida novia.
Nunca he podido
comprender cómo se pudieron llevar bien mis padres procediendo de tan distintas
maneras de entender el mundo.
Yo no sé a quién
habré salido, pero algunas noches, contemplando las estrellas, me asalta algo
semejante a la melancolía al pensar que el fantasma de la perrita Laika -la que
enviaron los rusos al espacio- sigue orbitando incansable sobre nuestras
cabezas, y desde allí nos observa con decepcionada tristeza.
domingo, 23 de marzo de 2014
Have a safe day
Se despertó y me miró
con una sonrisa triste. Yo ya le había visto antes, hojeando una revista en una
tienda del aeropuerto. Me fijé en él porque me llamó la atención lo mucho que
me recordaba a un tipo de personaje tantas veces visto en esas películas que
tratan sobre la pesadilla de los que se quedan en la cuneta del sueño
americano. Su aspecto me resultaba tan irreal y a la vez tan familiar como el
de un personaje de cómic: silla de ruedas, cinta negra con flores blancas en la
cabeza, coleta, perilla, brazos tatuados, camisa hawaiana...todos los
ingredientes para ser un veterano de Vietnam. Me pareció estar sentada al lado del
protagonista de "El retorno" con veinte años más,
y que yo era la reencarnación en vida de Jane Fonda, claro. Por eso,
cuando, en un momento de la larga conversación que mantuvimos, me dijo que
había ido de soldado a la guerra de
Vietnam, me dio un vuelco el corazón.
Estábamos sentados en
la primera fila del avión que me llevaba desde Orlando de vuelta a Nueva York,
en mi primer viaje en solitario por los
Estados Unidos. Él en el lado de la ventanilla, yo en medio y a mi
derecha una mujer que nada más despegar se tomó una pastilla y se quedó dormida. Cuando llegué a mi
asiento, él estaba dormitando. Estuve leyendo durante una media hora una novela
ambientada en la Cuba de los años cincuenta.
Se despertó. Me miró con su sonrisa triste y me preguntó si
era capaz de leer en español. Yo le dije que era española. El reaccionó añadiendo un destello a sus ojos
melancólicos y me dijo: Yo soy puertorriqueño –con un extraño acento rescatado su primera infancia en Nueva
York, cuando creía que todo el mundo hablaba en español y que su abuela era su
madre, según me contó después.
Esa fue la única frase que me dijo en español. Después regresó al inglés. Tras unos momentos de
tanteo tímido sobre temas de fogueo: presentaciones, motivo del viaje y
ligero interés por la geografía
española, empezó a explicarme cosas sobre su vida. Al principio como abriendo pequeñas
brechas en el cemento, yo ayudando con mis preguntas simples y seguramente mal
construidas. Poco a poco las historias fluían engarzadas unas con otras, y al
cabo de un rato su discurso era como una gran masa de agua rompiendo las
compuertas de una presa. Yo estaba asombrada de que le pudiera entender y de que
pudiese estar pasándome eso a mí al final de mi viaje, cuando las experiencias y situaciones vividas
sobrepasaban ya con mucho mis expectativas. Sólo de vez en cuando paraba y me
pedía disculpas por hablar tanto, pero –me decía– es que llevo más de un
año sin mantener una conversación con
nadie, solamente dando órdenes a los operarios que reparan mi casa en Florida
de los destrozos del último huracán. Y yo le decía Go on, que no me importaba,
al contrario, que me conmovía mucho lo
que me contaba.
El discurso fluía y en mi cabeza se agolpaban imágenes del viaje, de películas americanas, de mi infancia, de mis hijos…Pensamientos que
se dispersaban como los insectos cuando se levanta una piedra, tropezando entre
si para dejar paso a esa nueva historia que lo inundaba todo. Cuando él me
contaba que al volver de la guerra apenas podía hablar en inglés porque se pasó
dos años hablando por señas y emborrachándose, yo recordé a mi hija pequeña
absorbiendo la sensación de que nunca le pasaría nada malo, mientras yo la arropaba en la cama. Me explicó que mientras
estás en la guerra no puedes pensar en nada, ni en la familia, ni en los
amigos, solo puedes moverte como un autómata y respirar, tratando de no
ahogarte, el aire enrarecido del desasosiego que inunda tus pulmones y tu
vida. Me dijo que cuando volvió estaba
medio loco, que no podía comunicarle a nadie lo que había vivido, solo podía
beber y drogarse para soportarlo. Ellos esperaban ser recibidos como héroes, y
la gente los trató como apestados. Ningún reconocimiento, ninguna compasión.
Eran una vergüenza nacional y la gente
se lo hacía saber. No entendían la
expresión de su cara, la gente creía que estaban enfadados, y estaban zombies. Solamente se
sentía comprendido cuando se encontraba
con otro como él. Aunque no lo conociera,
si se cruzaba con otro veterano, se reconocían entre si y corría una energía especial en sus
miradas que era una caricia en medio del infierno que vivían. Me dijo que él
fue a la guerra convencido, no como otros que desertaron. Y lo peor: que
volvería a ir para defender la seguridad de su país.
( fotografía de Hugh Van Es 1969)
Entonces me vino a la cabeza ,caída a
plomo, la imagen de los policías que nos
miraban paternales desde las fotografías que inundaban las paredes del metro de
Nueva York , advirtiendo de que cualquier información sobre objetos o personas
extrañas podían ser vitales para la seguridad de todos. If
you see something, say something. Remain alert and have a safe day. A
safe day, no a nice day, ni a happy day. Si te esfuerzas y
vigilas desde por la mañana, tienes un día seguro. Si te esfuerzas por tu país
tienes una vida segura. No una vida feliz, ni siquiera una vida satisfactoria, sino
una vida segura. Pero primero tienes que superar el shock de volver del
infierno. Primero tienes que asumir que solo has sido una herramienta para la
supuesta seguridad de los otros. Primero tienes que drogarte hasta perder el
sentido y caer en tu casa con tan mala suerte que te desgarres la pierna con una astilla, y que la herida se infecte y
la infección ya te haya paralizado medio cuerpo para cuando te vengan a
rescatar, veinticuatro horas después. Y que tengas que convivir con una bonita silla de ruedas el resto de tus días. Para que cuando ya te has recuperado, te has pasado
años en un hospital para quitarte de todas tus adicciones, te has casado, y te
has construido una casita, venga un huracán y destroce todo lo que tienes. Remain alert and have a safe day. Cómo
podría haberse esforzado tanto como para evitar el huracán, me preguntaba yo. Porque él me contaba todo esto sin
rabia, con la mansedumbre de los que ya lo han perdido todo y simplemente
disfrutan con un rato de conversación en un avión.
Nos despedimos, me dijo que estaba contento de tener una amiga española. Me prometió que si alguna vez volvía a tener un ordenador me escribiría. Me dio un beso. Sentí su fuerte aliento en mi cara, y me fui.
Nos despedimos, me dijo que estaba contento de tener una amiga española. Me prometió que si alguna vez volvía a tener un ordenador me escribiría. Me dio un beso. Sentí su fuerte aliento en mi cara, y me fui.
Este relato fue publicado en la nave de los locos el 8 de agosto del 2012
http://nalocos.blogspot.com.es/2012/08/los-restos-del-vietnam-por-paz.html
jueves, 20 de marzo de 2014
Frenética
Cuando a las siete de la tarde se aferra a su tacita de manzanilla con la mirada
perdida mientras la gente entra y sale de la cafetería, es como si por un
momento dejara de sentir que la tierra se desplaza treinta kilómetros cada
segundo. La carrera ha empezado doce horas antes. Medio bocadillo antes de la
primera clase. Tres clases más y una guardia con un grupo desconocido y
difícil. Llegar a casa a las tres y media y que nadie haya acabado de hacer la
comida. Sacar a los perros, también se han olvidado. Han quedado duros con las
prisas y las amenazas, hay que reblandecer los espaguetis con otro hervor. Notar
que la sangre también hierve un poco. Intentar descansar media hora antes de
prepararse para llevar al pequeño a la sesión con la pedagoga que detectará qué
demonios ocurre con su ortografía. Darse cuenta de que el mayor no le ha
dejado el coche, tal y como quedaron ayer. Gritar y después quedarse quieta, como paralizada. Notar que el
cuerpo se resiste a otro esfuerzo. Llorar un rato. Preocupar a la hija, que
decide llamar a un taxi. Dejar al chico en el gabinete psicopedagógico y bajar
a tomar algo. Disponer de una hora. Disfrutar como una posesa del calor que
desprende la taza de manzanilla. Absorberlo. Agarrar la taza con fuerza para tratar de frenar la velocidad de la traslación. Intentar recoger todos los pedazos de su
personalidad que se han dispersado en la explosión del día. Juntar en su cabeza
a todas las personas, animales y plantas que la componen y la necesitan. Ponerlos en
fila. Pasar lista. Dedicarles una mirada severa y luego deshacerse de ellos
durante un rato, justo el tiempo que tarde en enfriarse la taza que aprieta
como si en ello le fuera la vida. Convencerse de que sólo ha sido un mal día.
( fotografías de Elías Ruiz Monserrat)
Este relato ha recibido un accésit en la convocatoria 100x500 de Cuentos para el andén.La ganadora ha sido Adriana Jardón ( México) , y he compartido accésit con Sara Lew y Linda Báez ( Nicaragua). Resulta curioso que todas , incluidas seis finalistas, hemos sido mujeres.
miércoles, 19 de marzo de 2014
Espiral
Desde la sillita anaranjada que empuja su madre me dice adióstren con la manita.
Aparco
un instante mis preocupaciones y le
envío una sonrisa que atraviesa el cristal. Cuando arranca el tren, mi hijo termina la carrera. Luego la empieza. Sus salidas nocturnas me impiden dormir.
La moto y la primera novia disputan posición. Arrastrarle al
instituto, los partidos de básquet, la bici. Eran uno, dos y tres, los famosos mosqueperros. Dinosaurios y
legos. Garabatos y chuches.
Empujar la sillita naranja hasta la
estación para decir adiós a aquellos trenes.
En
alguno de ellos quizás sonriera una mujer que ya tuviese un hijo de
veinticinco años.
¡¡ Felicidades, Carlos, en tu primer impensable y sorprendente cuarto de siglo!!
Fotografía del protagonista cuando era rubito,hecha por la autora.
jueves, 13 de marzo de 2014
A veinte mil leguas de mi casa
Fotografía de Emmanuelle Brisson
Es verdad que últimamente resultaba cada vez más
complicado encontrar las llaves. Siempre enredadas en una maraña de monedas,
bolígrafos, protectores labiales o envoltorios de caramelos… por pequeño que fuera
el bolso. Pero hasta hoy nunca pensé que el gesto previo a abrir una puerta se
pudiera convertir en un acto temerario.
Ha ocurrido hace una hora, al regresar del trabajo. Mi
mano se ha sumergido, impaciente, en el bolso grande. En su descenso ha
atravesado la zona superficial de las libretas y la cartera hinchada de
resguardos, ha rozado con el dorso la espiral de la agenda y la caja de tiritas,
y al llegar al fondo ha palpado unas cuantas monedas sueltas.
Ha continuado indagando, las llaves no podían estar muy
lejos. En las inmediaciones, un ánfora tapizada de poliquetos y un cofre
oxidado que servía de refugio a un pulpo. Unos cuantos pececillos se han
sorprendido al unísono al escarbar en la cueva del rincón, donde los rugosos
corales le han propinado un arañazo en el pulgar.
Tan ensimismada estaba la mano en sus hallazgos abisales,
que la tremenda descarga eléctrica le ha pillado desprevenida. Ha emergido disparada
hacia la superficie, enredándose por un momento en unas extrañas cintas pardas.
Y aquí estoy yo. Sin aliento. Sentada en el rellano de la
escalera. Mirando a mi bolso de reojo y esperando que algún otro miembro de la
familia se digne a volver a casa de una vez.
Con este microrrelato he quedado finalista en la convocatoria 7x500 de Cuentos para el andén
martes, 4 de marzo de 2014
Jardinería de interior
Tengo un bonsái en el útero. De momento solo hay que controlar que no crezca. Cierro los ojos un instante, pero la boca queda abierta y debo de haber tragado abono. Al salir de la visita, unos frondosos manglares han echado raíces en las aguas estancadas de mi cabeza, un rosal ha desprendido varios pétalos que se han deslizado mejillas abajo y una jungla con sus pájaros y sus fieras se extiende ahora mismo por mis tripas. No sé si tengo que regar, podar, eliminar las malas hierbas o seguir abonando. Y no tengo ni un puto libro de jardinería.
Con este microrrelato he sido seleccionada como ganadora esta semana en el concurso del programa Wonderland de Ràdio 4. Se lo dedico a dos amigas, ellas ya saben.
He compartido la gloria de subir al Olimpo Wonderlandiano con los finalistas Miguelángel Flores, Esperanza Temprano, Carmen Quinteiro, Towanda Martín y Oscar Quijada. Enhorabuena a todos.Siempre existe un factor aleatorio en las decisiones finales.Esta vez me ha favorecido a mi, pero estoy segura que hubiera podido ser cualquiera de vosotros. ¡Felicidades saltarinas y casi primaverales!
http://blog.rtve.es/files/jardineria-de-interior.mp3
Además, en el blog Esta noche te cuento, Rafa Heredero hace una "disección" de mi bonsái y encuentra dentro un manual de instrucciones. Magnífico comentario, mejor que el propio micro que comenta: http://estanochetecuento.com/manual-para-plantar-un-microrrelato/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



.jpg)






