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viernes, 31 de julio de 2026

Piso tomado

       

                                         Fotografía del interior de la casa de muñecas de mis hijos

Cincuenta años después, regreso al piso de mi infancia. Ahora es un gabinete de psicólogos y pedagogos. Viajo a mi ciudad natal para participar en un proceso de mediación. Un intento de crear un puente o sellar definitivamente ese precipicio que parece insalvable en la relación con una de mis hermanas, con la que comparto cuatro años de silencios y rencores. Vuelvo para intentar escudriñar una herida familiar, y resulta que casualmente el espacio donde lo vamos a intentar es el lugar donde viví hasta los trece años. Me quedé de piedra cuando lo supe. Mientras me dirijo a la casa me sigue asombrando la coincidencia, el pensar dónde va a realizarse este proceso tan íntimo y tan extraño. En la calle Argentina número doce, cuarto tercera.

Me veo atravesando de nuevo aquel portal verde y oscuro, al que puedo acceder sin llaves cada vez que mi imaginación me lo sugiere. La puerta estaba protegida por unos barrotes verticales. Durante mucho tiempo, cada vez que volvía del colegio con mi uniforme de cuadritos marrones, imaginaba que esas barras eran las barbas de una ballena que me engullía al entrar en el edificio. A continuación, accedía al intestino de ese animal insólito y subía varios tramos de escaleras —¿retorcidos divertículos de esas tripas? — que desembocaban en aquel ascensor forrado de madera. El aparato chirriaba como en una mala digestión, y al llegar al cuarto piso me expulsaba en un eructo final. Antes de llamar al timbre, subía cuatro, cinco o seis escalones de la escalera que llevaba al terrado. Después me apoyaba en la barandilla y saltaba, en series cada vez más atrevidas, aterrizando enfrente de la puerta de mi casa con una sonrisa alelada. A veces subía al terrado y, después de esquivar las sábanas al viento, me asomaba a la calle. Desde allí observaba los plátanos gigantes que flanqueaban el paseo central del parque que acababa de recorrer volviendo del colegio.  

Todo sigue igual en el trayecto hacia el piso. La boca de la ballena, las escaleras de mármol negro, el ascensor —con sus cuarterones de madera rubia— renqueando con estertores de animal antiguo. El terrado con sus almacenes de trastos, sus sábanas tendidas y sus salidas de chimeneas. Y las vistas del parque.

Estoy delante de la puerta. Tengo una cita con el psicólogo para una primera entrevista individual. En mi casa. En su puesto de trabajo. Me noto ansiosa, pero también ilusionada por estar allí de nuevo. Tras entrar en el recibidor y saludarle, le pido que antes de empezar la sesión me permita hacer un pequeño tour por la casa. El plano del piso lo tengo grabado a fuego en mi cabeza, y quiero comprobar si coincide con la realidad. Necesito hacer un recorrido por estos espacios tan reconocibles y a la vez tan ajenos. Viajar en esta máquina del tiempo en la que acabo de ingresar. Me lo permite. Lo hago, en actitud absorta y alucinada. Todo está en su sitio, coincide con mi mapa, ni una habitación de más. Pero todo luce diferente, desbaratado y absurdo. Como si el puño de un gigante hubiera roto la estructura y la hubiera encogido, estrujándola entre sus dedos. El “office” era mucho más grande cuando yo comía y leía cómics en aquella mesa de formica azul. La cocina ya no tiene el depósito de leña para la calefacción que usábamos entonces (puedo ver los troncos quemándose). El comedor es ahora un espacio para encuentros didácticos y psicológicos con las paredes en tonos pastel. El dormitorio de mis padres, una ludoteca. En mi dormitorio, convertido en un despacho, no veo el escritorio con cajoncitos que me compraron para la primera comunión. En aquella época me separaron de mi hermana mediana y me adjudicaron una habitación individual, porque a partir de entonces ella dormiría con mi hermana pequeña. Desde mi cama se podía ver un depósito de agua al que a menudo acudía a descansar una golondrina.  Ahora no oigo cantos de pájaros al acercarme a la ventana. Escucho, en cambio, que el señor que utiliza mi casa para curar traumas familiares me está hablando. Me dice que en principio quería hacer la reunión allí, en mi habitación, pero que la ha reservado una colega suya para una reunión con padres. Cuando llegamos al final del recorrido, me dice: la haremos aquí.

Tomo asiento, frente a ese intruso que ahora habita en nuestro piso, en la habitación de mis hermanas. Miro alrededor. Vuelvo a ver las dos camas con los cabezales de madera trenzada y la cómoda enfrente. Me acuerdo de aquella vez, cuando aún dormía en esta habitación, en que el delirio de una fiebre muy alta me hizo ver unas figuras humanas con patas de araña moviéndose por la pared del fondo, mientras notaba algo parecido a unos minúsculos alfileres pinchando mi cuerpo acolchado y blandito. Regreso a la silla, al presente. El tipo que tengo enfrente me mira, expectante. De repente me siento como en casa, y tengo el impulso de ofrecerle un café a la visita. Aunque en realidad no sepa de qué conversar con este señor, porque ahora tengo la certeza de que en este cuarto solamente debería hablar con mi hermana, no de ella. Voy a esperar a que vuelva de la escuela. 


   

2 comentarios:

  1. Hay cuento de Cortázar llamado así con el que veo ciertas similitudes, sospecho que el título salió de ahí, ¿verdad?

    Trato de no volver a esos lugares, los lugares del recuerdo. Los tengo marcados en los mapas con señales de peligro para poder rodearlos a tiempo... No creo en las familias felices, la mía nunca lo ha sido, no creo que nadie logre unir esos trozos rotos, pero espero que lo logres

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    1. Sí, el título era un guiño al relato Casa tomada de Cortazar. Precisamente esa sensación de espejo roto es la que tuve al entrar en ese espacio que pertenecía al recuerdo y ahora se me presentaba como los restos de algo real. Lo de las familias felices es todo un tema, sí.

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