“Interesaríamos”
es la palabra con la que la fiscal inicia sus frases cuando quiere hacer una
petición especial al juez. Por ejemplo, que se ponga un biombo entre la víctima
y sus supuestos agresores, para que no exista contacto visual. Me sorprende esa
declinación del verbo interesar. Cuando la oigo, pienso que se ha equivocado de
palabra. Más adelante comprobaré que es correcta en el ámbito jurídico. En las
películas de juicios todo fluye, nadie balbucea y la secuencia avanza limpia y
brillante hacia el veredicto final. En los juicios reales, por lo que he
comprobado esta mañana, todo es más prosaico. Para empezar la sala es pequeña.
Apenas hay asientos suficientes para los familiares, los periodistas y los
policías que acompañan a los acusados. Hay retrasos, paradas, silencios,
problemas con las pantallas, palabras en voz baja entre el juez y los que le
acompañan en la tribuna, y discursos en los que los abogados se traban con
alguna expresión. Impresiona el silencio que se cae como una manta pesada sobre
la sala en los momentos de espera y de tránsito entre las declaraciones de un
testigo y el forense, de la amiga de la chica y la policía que estudió los
videos, de la víctima y los acusados. También impacta ver a las madres de los
dos acusados, dos mujeres latinas de unos cuarenta años, que, antes de que se
inicie el juicio, recorren el pasillo de arriba abajo con gesto de profunda
preocupación, reteniendo las lágrimas que finalmente llueven cuando ven llegar
a sus hijos esposados, y que no se atreven a entrar en la sala y esperan fuera
durante las casi cuatro horas que dura el juicio. En una esquina de ese pasillo
espera una chica flaquita, en chándal, con una camiseta blanca muy corta que
deja ver un piercing en el ombligo. Lleva unas gafas metálicas, el pelo
recogido al que se le han escapado dos mechas negras y apelmazadas que no deja
de mesarse obsesivamente. Parece un gorrión al que todavía no le han crecido
las plumas definitivas. Un gesto desamparado ocupa todo su rostro, y cuando la
veo allí sola me produce una ternura y una compasión que me deja sobrecogida.
Supongo, al verla, que es la víctima. La chica que, tres años atrás, cuando
tenía dieciséis, fue llevada desde una discoteca de polígono a un bar cercano.
Allí, según lo que denunció esa misma noche, fue violada sucesivamente por dos
chicos de dieciocho y diecinueve años que acababa de conocer. A continuación,
la acompañaron de vuelta a la discoteca. Más adelante en la mañana me daré
cuenta de que esa chica con aspecto de pajarillo en realidad se trata de la
amiga que la acompañó aquella noche, que intentó sin éxito contactar con ella
el tiempo en que se esfumó de la discoteca y que, cuando por fin la volvió a
ver, la acompañó a la furgoneta de la policía que había en la calle de enfrente
para denunciar la agresión.
La que entra
para declarar y se coloca al otro lado del biombo que ha solicitado la
fiscalía, es otra, muy diferente. Tiene el aspecto de una niña, aunque ahora ya
sea mayor de edad. Baja, rellenita, con melena larga, gafas. Cuando contesta a las
preguntas apenas se le oye. El juez le pide que hable más alto. Lo que cuenta
es escaso y monocorde. Como si todavía estuviera paralizada o aturdida, aunque ella
reconoce que ahora está bien pero que estuvo un año y medio sin “querer saber
nada de los hombres”. No se acuerda de mucho porque estaba mareada cuando los
acompañó al bar, contesta cuando le pillan en alguna contradicción. La cerveza
que le dieron esos chicos cambió de color, dice. Para referirse a la supuesta
agresión sexual habla en términos abstractos. Dice: “Cuando me hicieron lo que
me hicieron” Y el juez le pide precisión. ¿La penetraron? le pregunta. Sí, me
penetraron, responde. En una mesa y después en un sofá. Cree que cuando uno lo
hacía el otro grababa. Le bloquearon el móvil. Ella les dijo que pararan. No
puede recordar el detalle de si cerraron con llave. Le parece que la sujetaron
por la cintura y por las muñecas. No se acuerda de quien fue el primero. Uno de
los dos se marchó antes. Todo esto lo cuenta sin emoción, en el mismo tono, sin
vida, con la textura de esas plantas que tienen las raíces encharcadas y
blancas. Su madre la mira dándole ánimos cuando termina la declaración, mientras
pone su mano sobre la rodilla de la madre de la amiga, que se sienta a su lado.
A continuación, se levanta para acompañar a su hija a la puerta de salida. Durante
la declaración de la adolescente miro a esas dos madres. La de la víctima está más
entera que la otra, que parece enfadada y preocupada. Pero ninguna de las dos llega
a tener el aspecto sobrecogedor de Mater Dolorosas que tienen las madres de los
chicos.
Las abogadas
de los acusados se refieren a lo que pasó allí dentro como “mantener relaciones
sexuales”, en ningún caso como una agresión por parte de sus clientes. Yo mastico
mi indignación, aunque después le veo la lógica. En ese momento estoy totalmente convencida de
que nadie se arriesga a denunciar una agresión si no la ha habido. Los chicos
miran a un punto intermedio entre su horizonte y el suelo mientras escuchan a
la amiga, ahora ya sin biombo, decir que no pudo conectar con su amiga durante
un buen rato, que no sabía dónde estaba y que la estuvo buscando por las
inmediaciones. Ella se acordaba de esos dos chicos a los que habían conocido en
la cola de la entrada, aunque al principio lo niega. Finalmente reconoce que se
dieron los perfiles de Instagram. Los tengo justo delante de mí. Son como dos
gotas de agua. Pelo negrísimo, nariz ligeramente aguileña, robustos y con
apariencia de tranquilos, incluso cachazudos, como tantos alumnos peruanos o
ecuatorianos que han pasado por mis clases en mis años como profesora, de los
que siempre daban los buenos días y trataban de usted al profesorado.
Reservados, educados, esquivos. Uno de ellos acababa de llegar hacía tres meses
cuando ocurrió lo que ahora se juzga. Vino con diecisiete años, pero cuando
ocurrieron los hechos recién había cumplido los dieciocho.
Las preguntas
de las abogadas de los chicos ponen de manifiesto contradicciones en las
declaraciones de las dos amigas. Las cámaras de la discoteca no muestran a una
chica a la que se llevan forzada y tambaleándose, sino que se la ve hablando
con uno de ellos varias veces y al final se va de la mano del otro mientras
caminan los tres de la discoteca hacia el bar. Hay un mensaje en el móvil para
la amiga en el tiempo que se supone que estaba bloqueado, preguntándole donde
está. No se obtuvieron rastros de droga en las analíticas que le hicieron cuando
los policías la llevaron al hospital, ni signos de resistencia en el examen
forense. Y, sobre todo, hay un fallo de procedimiento importante en la recogida
de pruebas. Esa misma noche uno de los dos acusados se había ido con otra chica
al mismo bar. Supuestamente con consentimiento, a tenor de los gemidos que se
oyen y las imágenes relajadas de la entrada y la salida. En el segundo
encuentro se oyen ruidos, golpes (que ellos atribuyen a cachetes en el culo
propios del encuentro sexual y la otra a una prueba de la agresión) y en un
momento dado algo parecido a una voz que dice “para”. Hay audios de los dos
encuentros, con muy poca resolución y ruido de fondo, pero no están etiquetados
por horas. No se puede garantizar a qué encuentro corresponde cada uno.
Un forense que
han propuesto las abogadas de los acusados afirma que no hay pruebas para
demostrar que se trate de una agresión. El juez le advierte que se limite a
exponerlas y no a sacar conclusiones.
En su alegato
final, una de las abogadas sugiere que
la chica
— que ya tenía un trauma previo por haber sido abusada de pequeña por la pareja
de su madre— pensó que la estaban grabando y calculó las consecuencias que
tendría para la relación con su novio de entonces que esas imágenes circularan.
Vio que se le había ido de las manos y decidió denunciar. Y que el chico la
creyó cuando ella le dijo que tenía 18 porque a él unos meses antes no le
dejaron entrar en la discoteca.
Cuando
finalmente declaran los dos acusados, en mi cabeza empieza a hervir un caldo de
confusión, como si mi cerebro se estuviera licuando, convirtiéndose en arenas
movedizas. Uno de ellos apenas articula una frase con sentido, responde con
monosílabos. El otro tiene mayor fluidez. Dice que fue totalmente consentido,
que era ella quien los buscaba y les pedía bebidas. Que ellos les propusieron
un “dos por dos” pero la otra amiga lo rechazó. Que a él no le apetecía ir,
pero lo hizo por acompañar a su amigo y porque ella quería que fuera él. Que no
la forzaron ni la sujetaron. Que no manipularon su móvil, solamente usaron la
linterna, junto con las de sus propios móviles, porque no había luz en el
local. Que él la acompañó de vuelta a la discoteca y se quedó por allí. Y que,
por favor, los saquen de la cárcel, que ya llevan casi tres años y han vivido
cosas horribles.
Preguntas que
se hunden en la masa gelatinosa de mi cerebro: ¿Cómo se les ocurre a estos
chavales pensar que pueden usar el bar de su familia como picadero impunemente?
¿Por qué iba a denunciar de forma falsa una chica sabiendo las consecuencias?
¿O no las sabía? ¿O realmente no hubo consentimiento y la forzaron? ¿Qué vacío
tan profundo hay en estos jóvenes que necesite llenarse con estas experiencias?
¿Cómo pueden sobrellevar todo esto las madres de unos y de las otras? ¿Por qué
no ha venido ningún padre? ¿Por qué nadie avisa a nuestros jóvenes de que en un
momento la vida se puede convertir en un infierno? ¿En qué pared de esos
locales se quedó pegada como un trozo de cemento la inocencia de ellas? ¿Cómo
podía imaginar el adolescente que acababa de llegar a un nuevo país que lo
único que conocería tres años después sería el sistema carcelario? ¿Cómo se
puede permitir una sociedad que hayan pasado tres años desde que ocurrió hasta
que se ha juzgado? ¿No es eso algo que va a influir en la sentencia que se
dicte?
La fiscal
pide 25 años para cada uno y una indemnización de 50.000 euros. El juicio quedó
visto para sentencia. Intentaré localizar la sentencia cuando salga. Yo he
tenido que escribir mis percepciones— parciales y subjetivas— para poder
empezar a hacer la digestión de lo que vi, y de la mezcla de tristeza y enfado
que sentí ante una experiencia tan impactante, tan ambigua y tan compleja, en
mi primera asistencia como espectadora a un juicio penal.