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martes, 3 de noviembre de 2026

Visto para sentencia

 


“Interesaríamos” es la palabra con la que la fiscal inicia sus frases cuando quiere hacer una petición especial al juez. Por ejemplo, que se ponga un biombo entre la víctima y sus supuestos agresores, para que no exista contacto visual. Me sorprende esa declinación del verbo interesar. Cuando la oigo, pienso que se ha equivocado de palabra. Más adelante comprobaré que es correcta en el ámbito jurídico. En las películas de juicios todo fluye, nadie balbucea y la secuencia avanza limpia y brillante hacia el veredicto final. En los juicios reales, por lo que he comprobado esta mañana, todo es más prosaico. Para empezar la sala es pequeña. Apenas hay asientos suficientes para los familiares, los periodistas y los policías que acompañan a los acusados. Hay retrasos, paradas, silencios, problemas con las pantallas, palabras en voz baja entre el juez y los que le acompañan en la tribuna, y discursos en los que los abogados se traban con alguna expresión. Impresiona el silencio que se cae como una manta pesada sobre la sala en los momentos de espera y de tránsito entre las declaraciones de un testigo y el forense, de la amiga de la chica y la policía que estudió los videos, de la víctima y los acusados. También impacta ver a las madres de los dos acusados, dos mujeres latinas de unos cuarenta años, que, antes de que se inicie el juicio, recorren el pasillo de arriba abajo con gesto de profunda preocupación, reteniendo las lágrimas que finalmente llueven cuando ven llegar a sus hijos esposados, y que no se atreven a entrar en la sala y esperan fuera durante las casi cuatro horas que dura el juicio. En una esquina de ese pasillo espera una chica flaquita, en chándal, con una camiseta blanca muy corta que deja ver un piercing en el ombligo. Lleva unas gafas metálicas, el pelo recogido al que se le han escapado dos mechas negras y apelmazadas que no deja de mesarse obsesivamente. Parece un gorrión al que todavía no le han crecido las plumas definitivas. Un gesto desamparado ocupa todo su rostro, y cuando la veo allí sola me produce una ternura y una compasión que me deja sobrecogida. Supongo, al verla, que es la víctima. La chica que, tres años atrás, cuando tenía dieciséis, fue llevada desde una discoteca de polígono a un bar cercano. Allí, según lo que denunció esa misma noche, fue violada sucesivamente por dos chicos de dieciocho y diecinueve años que acababa de conocer. A continuación, la acompañaron de vuelta a la discoteca. Más adelante en la mañana me daré cuenta de que esa chica con aspecto de pajarillo en realidad se trata de la amiga que la acompañó aquella noche, que intentó sin éxito contactar con ella el tiempo en que se esfumó de la discoteca y que, cuando por fin la volvió a ver, la acompañó a la furgoneta de la policía que había en la calle de enfrente para denunciar la agresión.

La que entra para declarar y se coloca al otro lado del biombo que ha solicitado la fiscalía, es otra, muy diferente. Tiene el aspecto de una niña, aunque ahora ya sea mayor de edad. Baja, rellenita, con melena larga, gafas. Cuando contesta a las preguntas apenas se le oye. El juez le pide que hable más alto. Lo que cuenta es escaso y monocorde. Como si todavía estuviera paralizada o aturdida, aunque ella reconoce que ahora está bien pero que estuvo un año y medio sin “querer saber nada de los hombres”. No se acuerda de mucho porque estaba mareada cuando los acompañó al bar, contesta cuando le pillan en alguna contradicción. La cerveza que le dieron esos chicos cambió de color, dice. Para referirse a la supuesta agresión sexual habla en términos abstractos. Dice: “Cuando me hicieron lo que me hicieron” Y el juez le pide precisión. ¿La penetraron? le pregunta. Sí, me penetraron, responde. En una mesa y después en un sofá. Cree que cuando uno lo hacía el otro grababa. Le bloquearon el móvil. Ella les dijo que pararan. No puede recordar el detalle de si cerraron con llave. Le parece que la sujetaron por la cintura y por las muñecas. No se acuerda de quien fue el primero. Uno de los dos se marchó antes. Todo esto lo cuenta sin emoción, en el mismo tono, sin vida, con la textura de esas plantas que tienen las raíces encharcadas y blancas. Su madre la mira dándole ánimos cuando termina la declaración, mientras pone su mano sobre la rodilla de la madre de la amiga, que se sienta a su lado. A continuación, se levanta para acompañar a su hija a la puerta de salida. Durante la declaración de la adolescente miro a esas dos madres. La de la víctima está más entera que la otra, que parece enfadada y preocupada. Pero ninguna de las dos llega a tener el aspecto sobrecogedor de Mater Dolorosas que tienen las madres de los chicos.

Las abogadas de los acusados se refieren a lo que pasó allí dentro como “mantener relaciones sexuales”, en ningún caso como una agresión por parte de sus clientes. Yo mastico mi indignación, aunque después le veo la lógica.  En ese momento estoy totalmente convencida de que nadie se arriesga a denunciar una agresión si no la ha habido. Los chicos miran a un punto intermedio entre su horizonte y el suelo mientras escuchan a la amiga, ahora ya sin biombo, decir que no pudo conectar con su amiga durante un buen rato, que no sabía dónde estaba y que la estuvo buscando por las inmediaciones. Ella se acordaba de esos dos chicos a los que habían conocido en la cola de la entrada, aunque al principio lo niega. Finalmente reconoce que se dieron los perfiles de Instagram. Los tengo justo delante de mí. Son como dos gotas de agua. Pelo negrísimo, nariz ligeramente aguileña, robustos y con apariencia de tranquilos, incluso cachazudos, como tantos alumnos peruanos o ecuatorianos que han pasado por mis clases en mis años como profesora, de los que siempre daban los buenos días y trataban de usted al profesorado. Reservados, educados, esquivos. Uno de ellos acababa de llegar hacía tres meses cuando ocurrió lo que ahora se juzga. Vino con diecisiete años, pero cuando ocurrieron los hechos recién había cumplido los dieciocho.

Las preguntas de las abogadas de los chicos ponen de manifiesto contradicciones en las declaraciones de las dos amigas. Las cámaras de la discoteca no muestran a una chica a la que se llevan forzada y tambaleándose, sino que se la ve hablando con uno de ellos varias veces y al final se va de la mano del otro mientras caminan los tres de la discoteca hacia el bar. Hay un mensaje en el móvil para la amiga en el tiempo que se supone que estaba bloqueado, preguntándole donde está. No se obtuvieron rastros de droga en las analíticas que le hicieron cuando los policías la llevaron al hospital, ni signos de resistencia en el examen forense. Y, sobre todo, hay un fallo de procedimiento importante en la recogida de pruebas. Esa misma noche uno de los dos acusados se había ido con otra chica al mismo bar. Supuestamente con consentimiento, a tenor de los gemidos que se oyen y las imágenes relajadas de la entrada y la salida. En el segundo encuentro se oyen ruidos, golpes (que ellos atribuyen a cachetes en el culo propios del encuentro sexual y la otra a una prueba de la agresión) y en un momento dado algo parecido a una voz que dice “para”. Hay audios de los dos encuentros, con muy poca resolución y ruido de fondo, pero no están etiquetados por horas. No se puede garantizar a qué encuentro corresponde cada uno.

Un forense que han propuesto las abogadas de los acusados afirma que no hay pruebas para demostrar que se trate de una agresión. El juez le advierte que se limite a exponerlas y no a sacar conclusiones.

En su alegato final,  una de las abogadas sugiere que la chica
— que ya tenía un trauma previo por haber sido abusada de pequeña por la pareja de su madre— pensó que la estaban grabando y calculó las consecuencias que tendría para la relación con su novio de entonces que esas imágenes circularan. Vio que se le había ido de las manos y decidió denunciar. Y que el chico la creyó cuando ella le dijo que tenía 18 porque a él unos meses antes no le dejaron entrar en la discoteca.

Cuando finalmente declaran los dos acusados, en mi cabeza empieza a hervir un caldo de confusión, como si mi cerebro se estuviera licuando, convirtiéndose en arenas movedizas. Uno de ellos apenas articula una frase con sentido, responde con monosílabos. El otro tiene mayor fluidez. Dice que fue totalmente consentido, que era ella quien los buscaba y les pedía bebidas. Que ellos les propusieron un “dos por dos” pero la otra amiga lo rechazó. Que a él no le apetecía ir, pero lo hizo por acompañar a su amigo y porque ella quería que fuera él. Que no la forzaron ni la sujetaron. Que no manipularon su móvil, solamente usaron la linterna, junto con las de sus propios móviles, porque no había luz en el local. Que él la acompañó de vuelta a la discoteca y se quedó por allí. Y que, por favor, los saquen de la cárcel, que ya llevan casi tres años y han vivido cosas horribles.

Preguntas que se hunden en la masa gelatinosa de mi cerebro: ¿Cómo se les ocurre a estos chavales pensar que pueden usar el bar de su familia como picadero impunemente? ¿Por qué iba a denunciar de forma falsa una chica sabiendo las consecuencias? ¿O no las sabía? ¿O realmente no hubo consentimiento y la forzaron? ¿Qué vacío tan profundo hay en estos jóvenes que necesite llenarse con estas experiencias? ¿Cómo pueden sobrellevar todo esto las madres de unos y de las otras? ¿Por qué no ha venido ningún padre? ¿Por qué nadie avisa a nuestros jóvenes de que en un momento la vida se puede convertir en un infierno? ¿En qué pared de esos locales se quedó pegada como un trozo de cemento la inocencia de ellas? ¿Cómo podía imaginar el adolescente que acababa de llegar a un nuevo país que lo único que conocería tres años después sería el sistema carcelario? ¿Cómo se puede permitir una sociedad que hayan pasado tres años desde que ocurrió hasta que se ha juzgado? ¿No es eso algo que va a influir en la sentencia que se dicte?  

La fiscal pide 25 años para cada uno y una indemnización de 50.000 euros. El juicio quedó visto para sentencia. Intentaré localizar la sentencia cuando salga. Yo he tenido que escribir mis percepciones— parciales y subjetivas— para poder empezar a hacer la digestión de lo que vi, y de la mezcla de tristeza y enfado que sentí ante una experiencia tan impactante, tan ambigua y tan compleja, en mi primera asistencia como espectadora a un juicio penal.