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domingo, 24 de enero de 2021

Geometrías de la memoria

                                                             Ilustración: Laurent Cherere 

Los veranos eran redondos en la casa cuadrada.

En aquel entonces los acontecimientos se situaban contando los veranos transcurridos desde que celebró su primera comunión. Veranos largos y densos frente a los triviales y anodinos inviernos, de los que apenas guarda recuerdos.

La casa que sus padres alquilaban por vacaciones era como una caja. Un canto a lo simple, al ángulo recto. Ni recibidor tenía. Si se entraba desde el destartalado exterior, con sus bicicletas y sus perros asilvestrados, la mesa cuadrada del comedor era una brújula que señalaba con sus esquinas la simetría de sus cuatro habitaciones.

Intenta traer a la memoria las sensaciones de aquellos veranos para escribir un relato −o quizás escribe el relato para evocar esas sensaciones− y recuerda la puerta de la casa, con su escalón de piedra imitando al granito, como la frontera entre la asepsia interior y el universo de olores y movimiento del exterior. A la casa se iba a comer, a recoger el pan con chocolate de la merienda y a dormir en sábanas de algodón con camisones que hacían frufrú.

Afuera estaban los caminos, las balsas repletas de algas y de renacuajos. Y la pandilla con la que vivía aventuras en otras casas: las casas abandonadas. También los cipreses recortando el cielo, los higos maduros y, por las noches, las luciérnagas que iluminaban el suelo con velitas.


Chupa el capuchón de su bolígrafo, y mientras se apoya contra el respaldo de la silla se pregunta cómo es que ahora que sitúa los acontecimientos en décadas desde su comunión− la aventura está dentro, en la mesa ovalada de su comedor desde donde intenta convocar los cielos de caramelo de aquellos veranos grávidos como aquellos racimos de uva que robaban, y no en ese exterior que amenaza con sus ángulos obstinados.

 

2 comentarios:

  1. Supongo que hacerse mayor es, en muchos sentidos, empezar a vivir "hacia dentro" ... es como que tenemos una etapa de nuestras vidas de atesorar recuerdos y otra de irlos quemando, uno por uno, hasta que no nos queda nada.

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    1. Hoy he leído una cita de Luís Landero que tiene que ver con esto. Copio. "En nuestro pasado hay verdaderos tesoros por descubrir. Guardamos instantes aletargados a la espera de que alguien los despierte. Recuerdos, además, que son solo nuestros, únicos e intransferibles. Todos somos originales, todos tenemos un mundo personal, un huerto que nos ha tocado en suerte cultivar, pero para descubrirlo hay que buscarlo, hay que currárselo. Eso es lo que les decía a mis alumnos. Para saber quiénes sois, indagad en vuestro pasado. Veréis qué de maravillas encontraréis allí. Era también un modo de enseñarles los grandes poderes y placeres que hay en la concentración, en la lentitud, en la soledad y en el trabajo, sin los cuales solo se piensan obviedades y tópicos (...) El más mínimo recuerdo traspapelado sirve de eslabón para encender la chispa de la fantasía. Y es que la imaginación tiene su casa en la memoria".

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