Impulsada por una
tibia corriente, filtro plancton con mis gelatinosos tentáculos. A continuación
mi aleta caudal corta el agua. Me cubro sucesivamente con la piel satinada de un
anfibio y con las ásperas escamas de un reptil. Chasqueo la lengua bífida y me
brotan unas alas briosas, que se transmutan en disuasorias zarpas. Por último,
justo antes de despertar, suspiro con resignación y me pongo de pie.
La hipnosis
profunda ha resultado ser una técnica eficaz para reproducir el viaje desde el origen.
Investigamos sin descanso para revertir el proceso. No hay nada como la
despreocupada placidez de las medusas.
¿Carabelas portuguesas varadas?
El texto lo cuelgo a modo de ansiolítico, para calmarme un poco dando un paseo más largo y así quitar importancia a lo que no la tiene. Las fotografías las tomé yo hace un tiempo en una playa del Delta del Ebro. la ilustración es de Mike Worrall.
-Deberíamos poder quitarnos los brazos,
como hacía yo de pequeña con las muñecas-me dice, con voz sonriente.
Ultimo día de vacaciones, el primero
fresco. Lluvia y viento desapacibles como una advertencia.
Estamos solas y tenemos un poco de frío. La
miro y me sorprendo al constatar cómo ha crecido. Siento vértigo al pensar en
su edad, en mi edad. Me pide compartir la cama de matrimonio conmigo después de
ver, enredadas en el sofá, cuatro capítulos seguidos de nuestra serie favorita.
Desprevenida, doy un par de excusas vagas pero ante la mención del frío claudico
sin resistencias.Nos deslizamos bajo la sábana cubierta por la
única colcha que encontramos en el chalet de alquiler.
Nuestros cuerpos adultos, sorprendidos de
esta renovada intimidad, buscan acomodo entre almohadas y oquedades. Temerosos
de molestar pero deseando recuperar esa dulzura de algodón y colonia infantil
de la última vez, ensayan combinaciones, se mueven inquietos en una improvisada
coreografía de brazos y piernas. Tiene razón, es como si nos sobrasen los
brazos. No sabemos dónde ponerlos. Independientemente de la postura que
intentemos, tropezamos con ellos. Excesivamente largos, demasiado torpes.
En mi duermevela, el desfile al completo:
las muñecas peponas, las andadoras de Famosa con piernas regordetas, las Bratts
y finalmente las Barbies de cuerpo imposible con las que jugaba y a las que
desmembraba en la bañera. A veces las intentaba reconstruir, igual que hacía
con los bolis y los aparatos electrónicos, pero no siempre el proceso era
reversible. Entonces decía: ¡se ha roto! El paisaje de esos cubos enormes para
guardar juguetes solía ser dantesco: piernas, cabezas con melena de estropajo,
brazos impares y absurdos como pequeños ex votos con su muñoncito
redondeado al final, muelles de bolígrafo y diminutos accesorios de casa de
muñecas. Todo a la vez, y sin ninguna explicación.
Las muñecas mutiladas orbitan sobre mi
cabeza como ovejitas insomnes y con mirada desafiante me preguntan si me
atreveré a usar mis brazos, tal como hacía veinte años atrás cuando ella me
pedía que durmiéramos juntas, para dormir abrazada a la que un día fue mi niña,
aquella que jugaba con ellas con tanta pasión.
Recupero esta entrada del fondo del blog - fue la primera que publiqué- para volver a evocar sensaciones tan reconfortantes y al mismo tiempo tan perturbadoras como las que provocan la conciencia del paso del tiempo a través de la vida de los hijos.
Mientras tanto mi "ex niña" vive su sueño lejos de aquí. Y yo me siento feliz. Y también un poco nostálgica.
( La imagen es un
fotomontaje de Pilar Mandl , cedido por la autora, que además de un pedazo de
artista es mi amiga) Para muestra un botón
Hace tiempo que divago sobre la
relación entre las piedras y las historias, pero me faltaba una pieza para
completar el puzzle. Esta mañana, paseando con mis perros, he dado con ella.
Voy a intentar cerrar mi argumento .
Si prestamos la suficiente atención,
un edificio de piedra nos puede narrar una novela. Impregnarse de la atmósfera
lechosa que flota en el interior de una catedral gótica o pasear sin prisas por
las gradas de un anfiteatro romano nos da la oportunidad de leer la historia
que las piedras de ese monumento nos susurran. Novelas góticas enmarcadas en
castillos checos, intrincadas novelas policíacas en decadentes balnearios,
siniestras historias de amores ilícitos en los pasadizos subterráneos que
comunican los monasterios de dominicas y benedictinos, o las más tristes
historias de fantasmas bajo el campanario que sobresale del pueblo anegado por
el pantano.
En cambio, las estatuas que vemos en
los museos- esas diosas blanquecinas y porosas como bloques de sal o los
bronces naufragados con incrustaciones marinas- no tienen ni el aliento ni la
perspectiva de las grandes sagas, pero pueden sugerir el desarrollo, conflicto
y desenlace que tensan un buen relato. Un relato por cada estatua: generales
ecuestres carcomidos por excrementos de paloma, el berraco rescatado del río
que da la bienvenida desde la época de los romanos a todo el que entra en
Salamanca, las vírgenes que nos contemplan desde sus hornacinas, aburridas ya
de sus tonos azules y su sonrisa insípida, o las tallas rescatadas de un
naufragio que nos hablan de piratas feroces y escurridizas sirenas.
¿Podríamos calificar, entonces, a los
museos de arqueología que a veces visitamos como las genuinas antologías del
relato histórico? Creo que la respuesta podría ser afirmativa, con la condición
de que sepamos leer entre líneas, prescindir por un momento de nuestra
condición de turistas y desenfocar un poco la mirada.
Si no nos resignamos a la mediocridad
de las tallas medianas (novelas, relatos…) deberíamos preguntarnos-o mejor
dicho, me pregunto yo en mi absurdo afán de relacionar los minerales con la
literatura-a qué tipo de material geológico le confiaríamos la narración de lo
minúsculo, de lo esencial, de la miniatura que todo lo contiene ¿Cómo aplicar
el microscopio a este asunto? ¿Qué mineral podría producir el destello de una
gota de ámbar, la íntima detonación de un microrrelato? Me atrevo a proponer
como candidatos a las narices, los dedos y los penes mutilados de las estatuas.
Todos los apéndices que, al sobresalir del cuerpo, acaban cayendo por su propio
peso y se independizan del relato al que pertenecieron. Fantaseo con la idea de
que los microrrelatos de la historia se amontonan en polvorientos cajones de
los almacenes de un gran museo, como piezas desorientadas de un rompecabezas
que el tiempo desbarató. Incitan a preguntarse sobre quien fue el propietario
de ese apéndice y cómo será capaz de manejarse sin él ahora que yace tan
discretamente en esta fosa común. Incluso cuestiones más metafísicas cómo cual
es la verdadera finalidad de una nariz o qué motor impulsa el aliento vital que
la atraviesa. Relatos explosivos como pompas de jabón, nutritivos como el
néctar de una flor, livianos como colibríes pero tan resistentes como los
diamantes. Microbios de piedra que nos parasitan hasta hacerse cargo de nuestro
material genético, pequeñas píldoras que encierran un universo en miniatura.
Y puestos a rizar el rizo, si nos
vamos al otro extremo del espectro ¿qué procesos geológicos nos darían una
visión de conjunto que permitiera situar los acontecimientos en su verdadera
dimensión? ¿Qué formación rocosa poseería la ambición de una Enciclopedia?
¿Dónde podríamos encontrar el registro de todo lo ocurrido?
Aquí viene la revelación que tuve en
mi paseo con los perros.
Cada mañana, durante este glorioso
veraneo en el que vivimos aislados en una casita de montaña de acceso
disuasorio, paseamos con nuestros dos galgos por una gravera situada a unos 700
m de altitud. El primer día, al acceder al camino rocoso- mirando al suelo para
evitar desprendimientos- me topé con un fósil de caracol marino del tamaño de
un puño. Después de celebrar mi suerte, me lo puse en el bolsillo y seguí
caminando sin quitar la vista del suelo. Desde entonces ya no miro el paisaje y
mis perros no acaban de entender porque vamos tan lentos y su ama siempre
camina cabizbaja. Cuando llego a la parte más alta de la montaña me fuerzo a
mirar las magníficas vistas panorámicas, pero en la subida no puedo evitar ir
mirando constantemente hacia las piedras que rodean mis pies en una especie de
competición conmigo misma por no dejar superficie a mi alcance sin escanear. De
esta manera me he convertido en una obsesa de la recolección de fósiles. Cada
día encuentro uno, al menos. A continuación se acumulan, ordenados, en la
repisa de la chimenea. Lamelibranquios con surcos paralelos en sus valvas
calizas, porciones de coral ancianos como el mundo, abultadas almejas de piedra
cubiertas de una costra arcillosa o caparazones de erizo de mar ribeteados con
cenefas simétricas en forma de corazón ya forman parte de mi inesperada
colección. Aun no los he encontrado, pero sé que por ahí me esperan helechos
prensados como un estampado en la roca y me consta que se han encontrado
mariposas fósiles en los alrededores de este macizo que en un pasado remoto fue
un mar (¿Quien ha dicho que las piedras no se mueven? Es únicamente una
cuestión de tiempo).
Un amigo poseído desde hace tiempo por
la misma pasión desenfrenada me informó de en qué zonas podría encontrar más
fósiles y de diferentes tipos. Me dirigí a un montículo arcilloso en el que
sobresalían, como los cantos rodados en las dunas, diminutos fósiles en forma
de espiral o de almeja. Mientras los seleccionaba minuciosamente de entre las
piedras sin interés -los dos perros merodeando y husmeando a mi alrededor- me
di cuenta de que éstos animales de piedra eran los verdaderos testigos del
pasado más remoto, una Biblioteca que nos susurra a través de sus
humildísimos fósiles todos los relatos cósmicos, tectónicos, evolutivos y
ecológicos que han dado forma al paisaje que ahora nos acoge. Un papiro que nos
produce el vértigo de percibir el tiempo como agua que se escurre por entre los
dedos pero que a la vez deja regueros en la piedra.
Cuando ya me disponía a volver a casa,
impactada por la revelación sobre la gran obra de la literatura y su relación
con la geología, dispuesta a observar a mis seres vivos petrificados de la
chimenea con una nueva mirada, me pareció ver- entreverado entre la arcilla,
los cantos rodados y los diminutos fósiles- la valva de una almeja actual, un
resto de paella totalmente anacrónico y surrealista en ese lugar de montaña. La
metí en la misma bolsa que los fósiles. Ahora está en la repisa de la chimenea,
al lado de las piedras impasibles que no acaban de revelar su secreto, una
valva lustrosa e insólita como un interrogante desparejado. Un chiste malo
haciendo cosquillas a la Enciclopedia Británica , a la Biblia , a la Gran
Novela Americana.
Esta foto la tomé en una tienda de souvenirs de la Costa Jurásica de Inglaterra.
Llevaba varios días, junto a sus padres y su hermano, tratando de huir por
la línea fluctuante del frente del Ebro.
Vio cómo traían detenidos a dos
brigadistas que habían encontrado escondidos entre los almendros. Eran
corpulentos, tenían el cabello claro y los pómulos altos. Uno de ellos
arrastraba su mirada hacia la vida efímera y venenosa que se agolpaba a su
alrededor. Los llevaron hacia un barranco cercano al camino. Después se oyó un
estruendo de pólvora.
Al atardecer se escabulló con su hermano. Se asomó al último de los márgenes y pudo ver un montón de ramas ocultando algo.
Otro marzo, muchos años
después, regresó. Acompañado de dos compañeros universitarios y una pala,
volvió al lugar exacto. Entre las raíces de los almendros en flor empezaron a
asomar costillas, un fémur y un par de calaveras, que introdujeron en un petate
para transportarlos de vuelta a Barcelona. Allí limpiarían los huesos hasta
dejarlos de un blanco sucio y uniforme.
Durante los años siguientes, los
huesos recios de dos eslavos que fueron fusilados en una guerra extranjera le
enseñaron toda la anatomía que necesitaba para convertirse en el médico
respetable que pretendía ser.
Esta ha sido mi aportación de septiembre a Esta noche te cuento, sobre el tema "...tras la batalla"
Quiero celebrar que el libro ya está en las tiendas.
Y que Miquel Llobera y Maribel Gutierrez me han emocionado con el regalo de sendas grabaciones en audio de éste relato en català (tal como está en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula",escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel, que sale ahora) y en castellano, con sus increíbles voces . También quería comunicar la fecha de la presentación en sociedad de la criatura, con Empar Fernández como madrina, y en la que se leerán situaciones por parte de los protagonistas que nos las contaron.
Será en la cooperativa Abaccus de Balmes,en Barcelona, el día 9 de octubre, a las 7 de la tarde. Si lees esto, date por invitad@.
Gracias otra vez a todos los protagonistas y los narradores que nos han proporcionado estas historias. Si algún adjetivo merece este libro es el de colectivo.
Els tontos
Surten de la fàbrica a la mateixa hora que acabem a l'institut. En fila de dos van cap al microbús que els espera a la plaça per tornar-los a casa.
Una processó de personatges que em tenen fascinada. Avancen desordenats, com si anessin a descarrilar, sota la supervisió dels seus monitors.
Alguns gemeguen, altres parlen sols, sovintes fan bromes indesxifrables. Una parelleta de nens envellits surten agafats de la mà, mirant-se embadalits, entremaliats. Hi ha un noi, sempre en xandall, que cada cinc passos es transforma en una estàtua de sal durant uns segons. També hi ha un altre de molt graciós, amb unes ulleres enormes, que quan passem pel seu costat fa com que ensopega i cau a terra. De seguida el recondueixen a la fila i les meves amigues i jo no sabem com reaccionar, encara que després sempre ens riem.
Pugen al microbús i des de les finestretes ens mostren sense vergonya els seus rostres cubistes, els seus caps diminuts, aquests somriures que no es tanquen, les seves síndromes amb noms impossibles de pronunciar que ens han explicat en genètica, Turner? Klinefelter? Deu ser cosa d'un cromosoma de més o de menys?
Quan arribo a casa sempre penso en ells durant una estona. En com deu ser veure el món des de les seves ments tan limitades, des d'aquests cossos atrotinats com edificis a mig fer. I no aconsegueixo arribar a cap conclusió. Mai no sé si estar trista o contenta. És estrany.
En acabar les classes, avui hem passat molt a prop de la fila. Crec que ha estat culpa meva perquè no podia deixar de mirar el noi de les ulleres enormes esperant el moment en que es llancés a terra. Quan he passat pel seu costat m'ha mirat fixament, m'ha tret la llengua i ha cridat: Tonta!
Ens hem rigut, és clar, però després a casa, mentre obria la llibreta per fer els problemes de genètica, he pensat que potser tenia raó.
Los tontos
Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.
Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.
Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.
Suben al microbús y desde las ventanillas nos muestran sin pudor sus rostros cubistas, sus cabezas diminutas, esas sonrisas que no se cierran, sus síndromes con nombres imposibles de pronunciar que nos han explicado en genética, ¿Turner? ¿Klinefelter? ¿Será todo cuestión de un cromosoma de más o de menos?
Cuando llego a casa siempre pienso en ellos durante un rato. En cómo debe de ser ver el mundo desde sus mentes tan limitadas, desde esos cuerpos destartalados como edificios a medio hacer. Y no consigo llegar a ninguna conclusión. Nunca sé si estar triste o contenta. Es raro.
Al acabar las clases, hoy hemos pasado muy cerca de la fila. Creo que ha sido culpa mía porque no podía dejar de mirar al gafotas esperando el momento en que se lanzara al suelo. Cuando he pasado por su lado me ha mirado fijamente, me ha sacado la lengua y ha gritado: ¡Tonta!
Nos hemos reído, claro, pero luego en casa, mientras abría la libreta para hacer los problemas de genética, he pensado que lo mismo tenía razón.
"Si te salvas por los pelos, quedas traumatizado. Si te salvas holgadamente, piensas que eres invencible" Malcolm Gladwell
Una
madre abraza emocionada a su hija que ha sido rescatada del mar por un surfista
casual tras horas de angustia viendo cómo se la llevaba la corriente hacia el
fondo.Los turistas salen exultantes de un hotel de Hong Kong después de pasar
una larga cuarentena incomunicados en sus habitaciones debido a la epidemia de
gripe aviar.Una adolescente disfruta de la agradable sensación de pasear sin
muletas un mes después de sufrir un esguince en el pie. El sabor de los
alimentos explota como una nube de fuegos artificiales en la boca de un hombre que ha permanecido hospitalizado
una larga temporada alimentándose del suero que le entraba por la vía que le
mantenía atado a su cama.
Sobrevivir
a un accidente de coche, encontrar a tu perro desaparecido, recoger los
resultados de un análisis de seguimiento de un antiguo cáncer y comprobar que
se te regala más tiempo…
Si
observamos de cerca éstas alegrías-que es una sola alegría, la alegría de
sentirse vivo, de haber escapado de las zarpas de lo irreversible, de haber
burlado a la muerte un rato más- podremos ver sonrisas francas, rostros
luminosos, lágrimas de agradecimiento, respiraciones profundas, una ola de
energía que invade todo y recorre la sangre abriendo ventanas.
Es
un tipo de alegría de una textura especial, nítida y gratuita como un don. Nada
que ver con el merecido orgullo que sobreviene después de un esfuerzo, ni con la
satisfacción por el deber cumplido. Es la gracia divina, la sabia bruta que
fluye como un torrente por los conductos y lo ilumina todo. Rotunda, oxigenada
y dulce.
Probablemente
no podríamos soportar esta intensidad emocional si tuviéramos que sentirnos así
cada vez que volviéramos de la playa o cada vez que saliéramos de un hotel. Si
en cada paseo, comida o viaje hubiéramos
de experimentar la misma alegría que vivimos en los momentos posteriores a
haber rozado un peligro real, nuestra existencia se convertiría en una continua
sorpresa agradecida ante el milagro, en la constatación de lo resistente que se
muestra la vida a pesar de lo vulnerable que la sabemos.
Puedo
comprender la dificultad que supondría mantenerse en ese estado de ánimo
constantemente, vivir sin coraza, estremecidos, deslumbrados…pero no me resisto
a preguntarme ¿Por qué , al volver a la normalidad tras una situación límite,
nos ataca esta grave amnesia que permite que enseguida volvamos a dar todo por
supuesto, a sentir un tedio gris ante situaciones cotidianas como despertar a
un niño y ver que sus ojos se abren lentamente o comprobar que nuestros órganos
internos siguen funcionando y permanecen silenciosos, cuando en realidad
estamos asistiendo a un prodigio o
cuanto menos a un hecho extraordinario?
Una de las estrategias mas tremendas de las guerras son los asedios, una forma muy perversa de ensañarse con los más débiles. Este microrrelato es mi contribución a la iniciativa del blog La bona confitura "Microrrelats del setge" Abajo está la traducción para los que lean el blog desde fuera de Catalunya.
Fossar sota les
moreres
Una multitud ocupa
la plaça. Em refugio en una cantonada, atentaals
seus moviments. Una segona multitud se superposa a la primera. L'escena es
dibuixa davant els meus ulls en colors sèpia, tenyits amb esquitxos de sang
molt vermella. Els protagonistes desesperen, s'enardeixen, resisteixen... i en
un brogit de pólvora i vísceres entren a la història sense saber-ho. Els
turistes comencen a entendre què va passar. Jo segueixo, amb prou feines,
l'argument. De sobte la segona multitud s'esvaeix en la boca de la guia, que
convida el grup a acompanyar-la fins al següent punt de l'itinerari.
Els
nord-americans que visiten els llocs històrics de Barcelona es desplacen amb
les seves sandàlies i mitjons sobre enderrocs i difunts ubicats en l'estrat inferior,
sota les moreres. Tot torna a la normalitat d'un passeig dominical pel Born. Fins
que veig un nen que mendica la meva atenció, uninfant
amb la roba esparracada, brut, descalç, que du a la mirada tota la tristesa del
món i a la camisola blanca unes enormes llànties vermelles.
Fosal bajo las moreras
Una
multitud ocupa la plaza. Me refugio en una esquina, atenta a sus movimientos. Una
segunda multitud se superpone a la primera. La escena se dibuja ante mis ojos
en colores sepia teñida con salpicaduras de sangre muy roja. Los protagonistas
desesperan, se enardecen, resisten… y en un rugido de pólvora y vísceras entran
en la historia sin saberlo. Los turistas empiezan a entender lo que ocurrió. Yo
sigo el argumento con bastante dificultad. De repente la segunda multitud se desvanece
en la boca de la guía, que invita al grupo a acompañarle hacia el siguiente punto del itinerario.
Los
norteamericanos que visitan los lugares históricos de Barcelona se desplazan con
sus sandalias y calcetines sobre derrubios y muertos ubicados en el estrato
inferior, bajo las moreras. Todo vuelve a la normalidad de un paseo dominical
por el barrio del Born. Hasta que veo a ese crío que mendiga mi atención, un
niño con harapos, sucio, descalzo, que lleva en su mirada toda la tristeza del
mundo, y en su camisola blanca unos enormes lamparones rojos.
Las tres fotografías, obtenidas de la web, son de El fossar de les moreres, una plaza muy cercana a Santa María del Mar, en Barcelona.