Porfi, deja
la puerta abierta y la luz del pasillo encendida, le digo después del cuento,
el beso de esquimal y la oración al ángel de la guarda. Mi abuela lo hace, cree
que soy miedoso.
Una vez cerró la puerta y apenas pude dormir por los ronquidos. Se
ve que mi ángel es ya mayor y está delicado de los pulmones, como el abu.
Por eso se esconde en el armario ropero y usa sus batas y sus zapatillas. Se
cree invisible, pero arrastra los pies, escupe y gruñe raro. Cuando voy a casa
de los abuelos lo siento cerca de noche y de día. Al principio era amable, pero
desde que cumplí ocho años está muy, pero que muy pesado. Últimamente tose mucho
y a veces me pide que le haga un huequito en la cama. Esas veces no me deja
descansar, ocupa demasiado espacio. Entonces rezo una oración secreta. La
abuela siempre dice que hay que tener fe. Pido que me deje solo, que me desampare,
que salga de la habitación.
No le cuento nada a la abuela de lo de su ángel. La pobre cree que
aún está en forma, que me hace dulce compañía.
