La casa de Paul no tiene
nombre, es solamente el número de una calle. Podríamos decir que tiene un toque
más working class que la de John (situada
en un barrio algo más posh). La National Trust es una organización que
suele encargarse del mantenimiento y la preservación de mansiones, palacios,
castillos y otros edificios de rancio abolengo del patrimonio histórico inglés.
Para incluir al número 20 de Forthlind
Road en su catálogo alguien tuvo que persuadirles de que valía la pena comprarla y
mostrarla al público como un ejemplo de vivienda representativa de la vida en
los suburbios en los años cincuenta. Lo hicieron en 1995.
La fachada de la casa de Paul
La construcción de suburbios
es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales
ciudades inglesas asoladas por el Blitz.
Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un
confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los
bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren
una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas,
clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los
uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K.
Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una
sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona
el centro de todas las cosas y la meta del viaje”.
Sylvia, la guía.
Esta vez la guía se llama Sylvia,
y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos
enseñó la casa del otro beatle. Se
nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y
calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con
John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero
también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la
habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente
a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior
de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las
habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los
espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se
puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una
pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que
asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos
enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue
facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary
solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un
cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me
percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros. Aunque la adolescencia es la edad de la
inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de
una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más
efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera
entre la vida y la muerte es tan frágil y terrible como la membrana de una burbuja de
jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.
Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el
centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se
hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison
(mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager, y otros miembros que pasaron por el grupo sin
cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías
llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio, parecidos a ellos, que vivieron en los
suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían
vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el
interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero
solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una,
solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de
un universo. Lennon and McCartney, además
de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la
deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el
interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras
almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura
diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf en Street
Haunting.
Vistas de Liverpool desde el Museo Marítimo
Regreso a Barcelona con un
hormiguero en mi interior. No puedo alojar tantas vivencias entre las ramificaciones
de mis neuronas. Tengo que organizarlas, ordenarlas, revivirlas. La combinación
entre la atmósfera gótica de Haworth y la luminosidad de lo que hemos
experimentado en Liverpool no es fácil de metabolizar. Y además: los trayectos
en tren y en autocar, las visitas a museos, la escapada a la playa, las paradas
en ciudades insospechadas, las birras en los pubs, las compras…Beatriz y yoapenas nos conocíamos al comenzar el viaje. Desde el
inicio nos comportamos como una hidra de dos cabezas. Un ser sin forma definida
pero de una sola pieza, que captaba datos, percibía sensaciones, decidía
itinerarios y cruzaba las calles de Liverpool de puntillas y sin saber hacia
qué lado había que mirar. De vez en cuando una de las cabezas observaba a la
otra, sorprendida, divertida, fascinada por estar viviendo durante unos días
sin más obligación que la de ser la mitad de un ser mitológico y desplegar toda
la sensibilidad en semejante empeño. Para conocernos mejor y saber qué es lo
que habíamos vivido realmente teníamos que hacer algo más. Nos dijimos que el viaje
no había terminado. Que solamente se podría dar por concluido cuando cada
cabeza diera su visión. Sin pistas, sin ideas previas, sin preferencias, sin
intercambios. El círculo “viscoso” -por la naturaleza de nuestro cuerpo
ameboide- se cierra en esta fusión de las dos perspectivas, el testimonio de
cuatro ojos ubicados en dos cabezas. Que son cercanas, pues están unidas por un
cuello, pero tan distintas como la Barcelona
donde aterriza mi avión cuando termino la última línea de Jane Eyre, y el Madrid adonde regresa Beatriz a hacer la digestión
de este loco y maravilloso viaje a dos.
Haworth
Manchester
La hidra de dos cabezas
Si alguien quiere completar y complementar la crónica de este viaje leyendo la perspectiva de la otra viajera, podéis hacerlo en ésta entrada del blog de Beatriz Alonso Aranzábal, Cartas sin sellos.
El esqueleto de Charles Byrne
mide 2´5 metros desde el hueso del talón
hasta el punto más alto del cráneo.
Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres,
y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este
museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían
estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente
refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso,
las costillas están pegadas con cola adhesiva
al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan
, bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido
a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto
diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer,
disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en
posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está
desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros
mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan
las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol
que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de
cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer
pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y
fría vitrina, esquivando su destino: el
mar.
Aunque resulta muy difícil
discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar
su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su
pesar, era un gran tímido.
Charles fue concebido sobre un
montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían
traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a
este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes de la aldea.
El niño de los Byrne debió de
alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más
provecho que a sus amigos y su cuerpo
crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que
era más fuerte que los otros niños, que
sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más
“ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía,
desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que
causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse
diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y
melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un
segundo en apartar de un enorme manotazo
semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez
emitida con su grave y tremenda voz .
Cuando le ofrecieron una vida
más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó
dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más
reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula se transmitía con muecas de una aldea a
otra y sus demostraciones de fuerza eran
conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente
esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le
proporcionaba la mujer barbuda de la
feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder
observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias
peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a
Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de
la calle lo recibía con mayor avidez por
observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos
desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas,
necesitaban compararse con alguien aún más repulsivo y así resaltar el menor
resquicio de belleza o de bondad que
quedara en ellos.
Al principio la ciudad se
comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con
el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen
apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era
mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad
se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le
visitaban.
Uno de
ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa
colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba
admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un
éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo
redactar un testamento en el que se
establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en
las garras de ningún médico. Toda una
vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su
consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le
llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con
otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que
le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo
supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su
vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No
supo a quién acudir para que lo confortara. No se atrevió a pedir ayuda a
ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su
supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo
recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo hasta que su mente se embotó y su cuerpo
cedió al esfuerzo de seguir viviendo.
Tenía veintidós años.
El resto de la historia es
fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos
siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está
la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía
contactos con las funerarias y se dejó llevar por su rapacidad.
En los cuentos de hadas los gigantes suelen llevar una vida de
miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido
gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le
hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar, nos muestra desde su vitrina cómo es la
timidez por dentro.
Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. Si alguien quiere comprar el libro, lo más rápido es hacerlo a través de la web de la editorial , a un click en este link http://editorialnazari.com/es/catalogo/856 o a través de Amazon
El vestíbulo de Mendips,la casa donde se crío John Lennon
“Las casas son cosas realmente extrañas.
Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier
forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de
cualquier tamaño…Pero aun así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y
reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos” Bill Bryson
En casa
Al terminar la visita, justo antes de
salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my
life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su
infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny
Lane (que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour) y los
campos de fresas (situados tras la casa) que dieron nombre a la
canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita
sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los
Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los
lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto a unos
desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único
lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que
ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con
la mano izquierda.
La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora
y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella
solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a
la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de
los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos
porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en
cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos
cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la
encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico
de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National
Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles
de buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una
concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la
pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas
de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la
habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo
hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su
prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se
gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata
de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la
casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina.
Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi
trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once
años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto
necesario para que germinase el talento del chico más indómito del
barrio.
El puzle se va armando con pequeños
apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las
estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con
el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello
mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras
una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre
Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian
wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente,
atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas.
Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un
himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando
calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul
McCartney.
There are places I'll remember
All my life, though some have changed
Some forever, not for better
Some have gone and some remain
All these places have their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life, I've loved them all
In my life ( Lennon & McCartney)
El patio trasero de la casa de la tía Mimi
Subo este fragmento del viaje que hice con Beatriz Alonso a Liverpool y Haworth el día que se cumplen 35 años de la muerte de John Lennon.
Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura) y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores). Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.