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martes, 29 de diciembre de 2015

Brontës-Beatles. Haworth-Liverpool. Beatriz-Paz. Un viaje a dos. ( III) 20 Forthlin Road

20 Forthlin Road

Delante del microbús del tour de los Beatles

La casa de Paul no tiene nombre, es solamente el número de una calle. Podríamos decir que tiene un toque más working class que la de John (situada en un barrio algo más posh). La National Trust es una organización que suele encargarse del mantenimiento y la preservación de mansiones, palacios, castillos y otros edificios de rancio abolengo del patrimonio histórico inglés. Para incluir al número 20 de Forthlind Road en su catálogo alguien tuvo que  persuadirles de que valía la pena comprarla y mostrarla al público como un ejemplo de vivienda representativa de la vida en los suburbios en los años cincuenta. Lo hicieron en 1995.
La fachada de la casa de Paul 
La construcción de suburbios es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales ciudades inglesas asoladas por el Blitz. Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas, clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K. Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona el centro de todas las cosas y la meta del viaje”.  

Sylvia, la guía.
Esta vez la guía se llama Sylvia, y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos enseñó la casa del otro beatle. Se nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros.  Aunque la adolescencia es la edad de la inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera entre la vida y la muerte es tan frágil y terrible como la membrana de una burbuja de jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.




Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison (mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager,  y otros miembros que pasaron por el grupo sin cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio,  parecidos a ellos, que vivieron en los suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una, solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de un universo. Lennon and McCartney, además de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf  en Street Haunting.

Vistas de Liverpool desde el Museo Marítimo

Regreso a Barcelona con un hormiguero en mi interior. No puedo alojar tantas vivencias entre las ramificaciones de mis neuronas. Tengo que organizarlas, ordenarlas, revivirlas. La combinación entre la atmósfera gótica de Haworth y la luminosidad de lo que hemos experimentado en Liverpool no es fácil de metabolizar. Y además: los trayectos en tren y en autocar, las visitas a museos, la escapada a la playa, las paradas en ciudades insospechadas, las birras en los pubs, las compras…Beatriz y yo apenas nos conocíamos al comenzar el viaje. Desde el inicio nos comportamos como una hidra de dos cabezas. Un ser sin forma definida pero de una sola pieza, que captaba datos, percibía sensaciones, decidía itinerarios y cruzaba las calles de Liverpool de puntillas y sin saber hacia qué lado había que mirar. De vez en cuando una de las cabezas observaba a la otra, sorprendida, divertida, fascinada por estar viviendo durante unos días sin más obligación que la de ser la mitad de un ser mitológico y desplegar toda la sensibilidad en semejante empeño. Para conocernos mejor y saber qué es lo que habíamos vivido realmente teníamos que hacer algo más. Nos dijimos que el viaje no había terminado. Que solamente se podría dar por concluido cuando cada cabeza diera su visión. Sin pistas, sin ideas previas, sin preferencias, sin intercambios. El círculo “viscoso” -por la naturaleza de nuestro cuerpo ameboide- se cierra en esta fusión de las dos perspectivas, el testimonio de cuatro ojos ubicados en dos cabezas. Que son cercanas, pues están unidas por un cuello,  pero tan distintas como la Barcelona donde aterriza mi avión cuando termino la última línea de Jane Eyre, y el Madrid adonde regresa Beatriz a hacer la digestión de este loco y maravilloso viaje a dos.

Haworth 

Manchester

La hidra de dos cabezas 
Si alguien quiere completar y complementar la crónica de este viaje leyendo la perspectiva de la otra viajera, podéis hacerlo en ésta entrada del blog de Beatriz Alonso Aranzábal, Cartas sin sellos. 

martes, 22 de diciembre de 2015

El gigante que le fue arrebatado al mar



El esqueleto de Charles Byrne mide 2´5  metros desde el hueso del talón hasta el punto más alto del cráneo.  Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres, y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso, las costillas están pegadas con cola adhesiva  al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan , bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer, disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer  pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y fría  vitrina, esquivando su destino: el mar.
Aunque resulta muy difícil discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su pesar, era un gran tímido.
Charles fue concebido sobre un montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes  de la aldea.
El niño de los Byrne debió de alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más provecho que a sus amigos  y su cuerpo crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que era  más fuerte que los otros niños, que sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más “ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía, desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un segundo en apartar de  un enorme manotazo semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez emitida con su grave y tremenda  voz .
Cuando le ofrecieron una vida más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula  se transmitía con muecas de una aldea a otra  y sus demostraciones de fuerza eran conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le proporcionaba la  mujer barbuda de la feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de la calle lo recibía  con mayor avidez por observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas, necesitaban compararse con alguien aún más repulsivo y así resaltar el menor resquicio de belleza o de bondad que  quedara en ellos.
Al principio la ciudad se comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le visitaban.
 Uno  de ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo redactar un testamento  en el que se establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en las garras  de ningún médico. Toda una vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No supo a quién acudir para que lo confortara. No se atrevió a pedir ayuda a ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo  recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo  hasta que su mente se embotó y su cuerpo cedió al esfuerzo de seguir  viviendo. Tenía veintidós años.
El resto de la historia es fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía contactos con las funerarias y se dejó llevar por  su rapacidad.
En los cuentos de hadas  los gigantes suelen llevar una vida de miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar,  nos muestra desde su vitrina cómo es la timidez por dentro.



Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. 
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martes, 8 de diciembre de 2015

Brontës-Beatles. Haworth-Liverpool. Beatriz-Paz. Un viaje a dos (II) Mendips

Mendips
El vestíbulo de Mendips,la casa donde se crío John Lennon


 “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño…Pero aun así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos”  Bill Bryson  En casa


Al terminar la visita, justo antes de salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny Lane (que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour) y los campos de fresas (situados tras la  casa) que dieron nombre a la canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto  a unos desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con la mano izquierda.
La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles de  buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina. Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto necesario para que germinase el talento del chico más indómito del barrio. 
El puzle se va armando con pequeños apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente, atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas. Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul McCartney.
  
                                                                   There are places I'll remember
                                                                            All my life, though some have changed
                                                                            Some forever, not for better
                                                                           Some have gone and some remain
                                                                           All these places have their moments
                                                                           With lovers and friends I still can recall
                                                                           Some are dead and some are living
                                                                           In my life, I've loved them all

                                                                         
                                                                          In my life ( Lennon & McCartney) 

El patio trasero de la casa de la tía Mimi

 Subo este fragmento del viaje que hice con Beatriz Alonso a Liverpool y Haworth el día que se cumplen 35 años de la muerte de John Lennon. 



viernes, 4 de diciembre de 2015

Vídeo de la presentación de Hormonautas en Barcelona


Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura)  y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores).  Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.