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lunes, 23 de diciembre de 2013

Villancico

                                                             
                                                               La niña sube a la mesa.
                                                        Los abuelos levantan la cabeza.
                                                        La niña procede con su misión.
                                      Los padres sueltan moquillo por la nariz (de la emoción).
                                   La niña sube una octava el tono, y el volumen dos decibelios.
                                                 El hermano mayor rabia de celos (en silencio)
                                                                    La niña saluda.


Este es el relato que he presentado este mes en el blog del certamen Esta noche te cuento , con el tema "...apareció por navidad" http://estanochetecuento.blogspot.com.es/2013/12/dic42-villancico-de-paz-monserrat.html

                Aprovecho para felicitar las navidades con este Villancico tan "familiar".


jueves, 19 de diciembre de 2013

Requisito para la belleza

Ahora que la Bestia es tan bella como la propia Bella, ella no tiene el aliciente del contraste. Tanta belleza le aburre. Está pensando en abandonarle y dedicarse otra vez a los libros. Quizás en la biblioteca  encuentre a otro feo al que redimir.


                                                                  Ilustración de Vladimir Fedotko

sábado, 30 de noviembre de 2013

De otro mundo


                                                                                                         Foto de Elías Ruiz Monserrat
Siempre constituye una sorpresa ver la diversidad de comportamientos de los grupos que nos llegan  a nuestra aula de la naturaleza. Dependiendo de la zona donde esté ubicada la escuela y de los profesores acompañantes, los comportamientos varían. Al final de la estancia ponemos etiquetas, clasificamos a los grupos como pijos, multirraciales, aburridos, insoportables, encantadores… y otras categorías innombrables. Es una forma muy simplificada de verlo, la mayoría de las veces se comportan con una mezcla equilibrada de todos estos adjetivos, pero entre los monitores tenemos la costumbre de catalogar el comportamiento mayoritario del grupo en cuanto se van. También apuntamos las anécdotas que nos hacen más gracia. Tenemos una auténtica antología de los mejores momentos, un catálogo de las ocurrencias más sorprendentes de estos seres tan imprevisibles que son los niños. De vez en cuando las releemos y nos reímos juntos. Una vez una niña urbanita dijo: “Anda, pero si la vaca es más grande que la gallina”. Nunca supimos cual era la referencia, pero nos vino a la cabeza uno de esos pesebres con figuras desproporcionadas que todos hemos visto alguna vez. Otro, al preguntarle cómo se llamaban los habitantes de su ciudad, Granollers , refiriéndonos al gentilicio, nos contestó , con mirada sorprendida:”¿Todos?¿El nombre de todos?”. Siempre recordamos a aquel chaval gordito que levantó la mano después de una explicación detalladísima de mi compañero  sobre la vegetación mediterránea y dijo muy serio: “Y aquí ¿cuándo se merienda?”
Pero para lo que ha pasado hoy va a ser difícil encontrar una etiqueta. El grupo era peculiar. Procedentes de una zona muy desfavorecida, de un barrio donde abundan los asentamientos de etnia gitana, la situación de antemano prometía dificultades. Los maestros nos habían pedido que reforzáramos las habilidades para el trabajo en grupo. La primera actividad de la  mañana ha sido la construcción de una maqueta. Era fundamental que trabajasen de manera cooperativa para que todo encajara y tuviesen la sensación de haber conseguido un logro en equipo.
           Los niños, de tercero de primaria, eran bastante movidos, pero con la ayuda de unos maestros muy concienciados han conseguido terminar la tarea con éxito y en un tiempo record.
           Yo me sentía tan emocionada cuando han acabado que me he puesto a aplaudirles. Ha sido un gesto espontáneo. Unas cuantas palmaditas, que se han prolongado al añadirse mis dos compañeros y los profesores a la felicitación. Sin darnos cuenta hemos sincronizado la cadencia de los aplausos, hasta conseguir una ovación con un ritmo común. En un instante todos los niños estaban dando palmas, y la situación ha derivado en un taca-taca-taca-tá de lo más flamenco. A continuación, unas diez gitanillas se han lanzado al centro de la pista a taconear al son de las palmas que tocaban sus compañeros, y uno de ellos se ha soltado a cantar por bulerías. Los maestros sonreían. Nosotros nos hemos quedado rígidos, sin saber qué hacer con las manos. Por lo que sé, la mayor parte de esas niñas cuando tengan trece o catorce años ya no estarán escolarizadas. El taca-taca-tá se ha prolongado un buen rato, como si el tiempo se hubiese dilatado mientras los niños, concentrados, se entregaban en cuerpo y alma a su misión tan cohesionados como si fueran una sola criatura.
Al fondo, la maqueta terminada parecía proceder de otro mundo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Matrioskas


Mientras le arranco pelitos de la barbilla con unas pinzas, mi madre me cuenta que recuerda cuando ella lo hacía con la suya. Ésta le decía: “la penúltima sorpresa es que te salga barba cuando te haces vieja”.  Me explica que cuando la depilaba estaba convencida de que a ella nunca le pasaría.
-¿Por qué? – pregunto- ¿Pensabas que morirías más joven?.
-No, simplemente pensaba que esto a mí no me ocurriría.

Sonrío y me veo a mi misma en un futuro no muy lejano. En la escena,  mi hija está depilándome. Yo le advierto de las sorpresas de la vejez.


lunes, 11 de noviembre de 2013

El ratoncito


Todos los profesores que ya habían estado en la Castaña querían repetir con él. Se podría decir que era el paradigma de lo que debe ser un buen educador ambiental. Ricard lo sabía y retroalimentaba sus expectativas en toda ocasión.
Esa tarde tocaba la actividad estrella: colocar trampas para capturar ratones vivos. La edad también era ideal: un grupo de primero. Le conmovía el entusiasmo y el grado de implicación que muestran los niños de entre seis y siete años. Ya nunca más estarán concentrados en la tarea de forma tan intensa y con tanta seriedad. Cuando crecen- alrededor de los nueve años- es como si esa concentración sólida y contundente que tenían a los seis se hubiera ido diluyendo hasta llegar más tarde, en la adolescencia, a desaparecer por completo y dar lugar a un escepticismo desesperante.
Los ratones, les explicaba, tienen hábitos nocturnos y una serie de preferencias para esconderse y moverse de manera que se convierten en “casi invisibles” para los humanos y para sus presas. Así que para poder observarlos de cerca hay que conocer  sus costumbres, su hábitat y el tipo de alimentación. Los niños escuchaban absortos las claves que les llevarían hacia esos animales tan escurridizos. Ya habían observado el entorno, sabían distinguir un pino de una encina, una piña comida por una ardilla de otra roída por un ratón. Incluso algunos sacaban los dientecitos de leche  y arrugaban la nariz como si comieran un fruto seco mientras les explicaban la razón por la cual los incisivos de los ratones no dejaban nunca de crecer.
La actividad consistía en que al atardecer los niños colocaran una serie de trampas con un trocito de queso o simplemente con un mendrugo untado en aceite dentro. Si había suerte y alguno picaba, en cuanto el ratón entraba en la jaula se accionaba un mecanismo que cerraba la puerta y dejaba al animal encerrado pero ileso. Así al día siguiente podrían observarlo en vivo y a continuación soltarlo muy respetuosamente para que volviera a su entorno natural. Por supuesto, lo más interesante era disfrutar del  despliegue de niños decidiendo dónde colocar las trampas, poniéndose en la piel del ratoncito para elegir la mejor orientación, haciendo un caminito de migas de pan en dirección a la entrada o camuflando el  artilugio con hojarasca y piedras.Se iban a dormir deseando que se hiciera de día rápidamente y así poder ver si su estrategia había tenido éxito y por fin veían un ratón de cerca.
Lo que más costaba al principio, era contener el nerviosismo de los niños por la mañana y evitar que algún grupito se abalanzase a buscar las trampas por su cuenta. Yo era una monitora eventual en esa escuela de la naturaleza y a mi no me hacían demasiado caso, pero Ricard había perfeccionado una técnica depurada de mentalización y conseguía que los niños entrasen en una especie de trance de contención y se convirtieran en animales sigilosos y obedientes desde que se levantaban hasta que había terminado la actividad. No se cómo lo hacía pero les convencía de que no podían hacer ningún ruido que estresara a los ratoncitos, no podían gritar ni salir corriendo. Ellos apenas parpadeaban. Su poder de persuasión era tal que una vez, cuando por fin soltamos al ratón en medio del círculo de niños expectantes, el roedor, antes de correr hacia el bosque, tuvo a bien subirse por la pierna de una niña y ésta contuvo la respiración de tal manera que el ratón debió creer que trepaba por una extraña roca blanda, o una estatua de sal, pero jamás sobre otro ser vivo.
Se estaban portando de maravilla. A mi casi se me saltaban las lagrimas de ver tanta emoción en esas caritas que aun conservaban mofletes de lactante.
Se levantaron, desayunaron y esperaron las órdenes del monitor estrella, que les guió en una fila india silenciosa hacia el objetivo. Como los niños que seguían al flautista de Hamelin, se hubieran tirado al río si él se lo hubiera sugerido.
Allí estaba. En una de las jaulas había un ratón. El grupo de niños que lo descubrieron no pudieron evitar gritar de alegría. Todos los demás acudieron a mirar al animal aterrorizado que se acurrucaba contra una de las esquinas, todo bigotes y temblores. La procesión devota volvió hacia la casa encabezada por Ricard, que portaba la jaula como si llevara una pieza de caza mayor.
En el mismo hall sentamos a los niños en un círculo y justo en el medio depositamos al ratoncito metido en su prisión como un tótem. Apenas podían contener su histeria con el fin de no estresar más al objeto de su veneración.
Transcurrió media hora mágica en la que todos dibujaban al ratón, contaban dedos, interpretaban movimientos y observaban bigotes y dientes en medio de un silencio casi sagrado, solo interrumpido por los comentarios en voz baja del monitor.
Lo siguiente era lo más difícil: mantener ese silencio cuando la puerta dejara al roedor en libertad en medio del círculo delimitado por ellos mismos. ¿Se cumplirían sus predicciones sobre cuanto tiempo aguantaría antes de escaparse, sobre cómo se movería?
   Nosotros sabíamos que normalmente aparecían aturdidos caminaban a tientas dando unos cuantos quiebros nerviosos y en cuanto vislumbraban un hueco entre dos cuerpos huían para siempre hacia el bosque. Pero esta vez corrió como una flecha en línea recta hacia la salida y lo único que todos pudieron ver fue cómo se escurría debajo de un pedrusco de unos 40 quilos que había en el patio.
Toda la contención previa derivó en un amasijo de piernas descontroladas que se dirigían hacia la roca y se agachaban para ver por qué recoveco podría haberse colado. Si todos empujaban en una dirección podrían inclinar el bloque lo suficiente para que el ratón saliera y así podrían ver cómo se movía, les sugirió Ricard. Una , dos y tres. Todos los niños tiraron con él esforzadamente desde atrás .Yo me quedé en la parte de delante. Cuando la roca cedió y se levantó unos centímetros por delante, nadie se resignó a que yo les describiera lo que no podían ver: todos soltaron la roca y se vinieron delante a ver cómo salía “su ratoncito”, dejando al pobre Ricard soportando todo el peso él solo. Inexplicablemente el ratón no se movió. Se quedó paralizado exactamente los seis largos segundos que tardo el monitor estrella en quedarse sin fuerzas, antes de que el bloque se desplomara como una bofetada.
Silencio total. Caras desencajadas. Miradas fulminantes. Y después una única voz colectiva gritando ¡¡¡Asesino!!!.
La cara de Ricard era un poema. Toda su reputación perdida en un instante. Para siempre. Yo reaccioné a la desesperada diciendo que tal vez se hubiera quedado encajado en algún hueco de esa roca tan irregular. Expectación máxima antes de volver a levantar el bloque calcáreo. Pero de nada sirvió decirles que no se marcharan ofendidos cuando, al inclinar de nuevo el pedrusco, apareció una diminuta alfombra de ratón con las patitas apuntando a los cuatro puntos cardinales, un bacalao seco con cabeza de roedor, una silueta en dos dimensiones del animal que hacían un momento corría milagrosamente vivo y al que no se debía estresar.

Mientras hablamos de la anécdota, diez años después, Ricard todavía no puede soportar recordar las miradas de decepción de todas esas cabecitas que aun hoy se le aparecen en sueños con la misma ferocidad que cuando ocurrió, y que dando un respingo indignado se  dirigen, en una fila silenciosa , hacia la entrada de la casa haciéndole sentir abandonado y absurdo. El peor educador ambiental del mundo. 


martes, 5 de noviembre de 2013

Amenaza

                                                                                                                    Ilustración: Tyrus 88
                                                                                                             
  
Por fin lo he hecho. Me costó encontrar el producto adecuado, pero ayer, al encontrar el cadáver de la rata descarnada delante de mi puerta, me levanté con la determinación de no dejar pasar ni un día más de este suplicio. Hacía dos noches que soñaba con pequeños colmillos.
Llevaba mucho tiempo quejándome a la comunidad de vecinos del olor a orines que impregnaba el patio comunitario, de los restos de comida en bandejas de forespán, de los recipientes con agua turbia y verdosa abandonados por todas las esquinas, de los rasguños y los pelos en mi silla de mimbre.
Hacía tiempo que tenía la sensación de que la vida carnívora se desbordaba de su molde, que una reproducción cancerígena y sarnosa iba a acabar con la limpieza y el orden que tantos esfuerzos nos cuesta a las amas de casa, que ni las lavadoras  ni el jabón ni la lejía iban a poder con esa epidemia de pulgas, colas y miradas huidizas que se amontonaban en una única masa animal cuando cada tarde Elvira sacaba la comida a los gatos del vecindario.
Era una sensación pringosa y alérgica. Me quejaba y no me respondían. Advertía y amenazaba. Los vecinos le quitaban hierro al asunto diciéndome que era una exagerada. Los de la sociedad protectora de animales se comprometieron a realizar  una esterilización colectiva hace seis meses. No les he visto el pelo hasta hoy.
Les había pedido  soluciones y han tardado medio año en llegar con sus jaulas para llevarse a los gatos y castrarlos,  con sus pastillas antibaby para las gatas. Hubieran tenido que avisarme de que venían hoy. Lo siento, han llegado tarde. La paciencia tiene un límite.
El veneno ha sido un remedio más rápido y eficaz.
Los cuerpos de los gatos  esparcidos por todo el  patio esta mañana  recordaban escenas del telediario, la representación del paisaje después de una guerra con actores pequeños, como de mentira. Parecía que se iba a reanudar la pausa del vídeo,  que se iban a levantar y a estrenar otra de sus siete vidas. Pero no.
Los de la protectora han llegado a las nueve  y al ver la escena han soltado las jaulas atónitos y se han ido en busca de los formularios para denunciarme. Los vecinos han cambiado sus buenos días por entrecejos indignados y Elvira gritaba. Lo siento, alguien tiene que hacer el trabajo sucio.
     Llevaba mucho tiempo avisando, advirtiendo  y  amenazando.                                                                         
  


Este relato está basado en algo que ocurrió realmente. Me resultó muy difícil meterme en la piel de la protagonista.

domingo, 27 de octubre de 2013

Señales

                                                                                                                Hilma af Klint

     Mi madre tenía un don especial para ver señales donde nadie más las veía. La realidad le hablaba en un lenguaje que sólo ambas-ella y la mismísima realidad-entendían.
   Un día nos dijo que la vecina del edificio de enfrente había recaído. Nadie se lo había dicho. Lo gritaban los lánguidos geranios de su balcón. Nosotros sonreímos con cierto desdén. Más adelante nos enteramos de su fallecimiento.
   Después ocurrió lo suyo.
   Aquella tarde, mientras conducía hacia el hospital, explotó ante mí un atardecer insólito, eléctrico, impresionista. Lo achaqué al viento del norte. Tampoco supe interpretar la ausencia del  gorrión en el camino de acceso. Pensé que por fin habrían pasado los de la limpieza a recoger aquel pequeño y molesto cadáver. Ni el cansancio antiguo que me sobrevino al subir las escaleras. Demasiada tensión acumulada, me dije.
   Con paciencia infinita, esperó a que cerrara la puerta. A que nos quedáramos a solas. A que acabara de contarle de todos y de todo. A que me sosegara  y la mirara fijamente. Solo entonces, comprensiva con mi ceguera ante el despliegue de señales, me avisó. Trató de explicarme, con la respiración cada vez más débil y desde su coma profundo, que había llegado el momento de decirnos adiós.




domingo, 20 de octubre de 2013

Raíces


Fotografía de mi ex alumno David Nuñez Cárdaba

   Todas las noches, miles de insectos son atraídos con la fuerza de un imán hacia la chimenea de la central. Tras varias horas de festín luminoso, agotan su metabolismo y caen al suelo, formando una gruesa costra de cadáveres crujientes que cada mañana ha de ser eliminada por la brigada de limpieza.
   También encuentran pájaros desorientados que se han quedado atrapados en los hierros de las estructuras de la construcción, reptiles verdes y antiguos que respiran desacompasadamente sobre un muro de cemento , y murciélagos que aprovechan las esquinas de las barracas donde duermen los trabajadores para colgarse boca abajo en racimos palpitantes.
   Atraídos por la luz y por el calor, montones de animales acuden alucinados desde la selva que rodea el círculo calvo donde  se está construyendo la central térmica  en turnos que cubren las 24 horas. Una inevitable fuerza centrípeta los atrae sin remedio. La energía telúrica que pretende cicatrizar la herida impulsa a semillas, raíces y animales a recuperar el territorio que les pertenece con la inconsciencia de los mártires.
     Al ingeniero Vila no le molesta levantarse dos horas antes de que comience su turno para barrer caparazones de coleópteros y para registrar cada rincón de los barracones y así asegurarse de que no hay escorpiones ni serpientes. A veces  ayuda a la brigada que limpia periódicamente de nuevos brotes vegetales el contorno interior del área robada a la jungla.
    Soporta, con flema de soltero meticuloso, todas las incomodidades que su trabajo le proporciona: temperaturas extremas,  turnos de doce horas, aislamiento social y cambios constantes de destino. Ha vivido  situaciones límite en lugares peores: recibió dosis extremas de radiación mientras montaba una central nuclear, ha sentido la fuerza del mar como una vibración constante en su cuerpo durante los meses que estuvo destinado en la plataforma petrolífera del mar del Norte, y no hay nada que se pueda comparar a la impronta que deja en el alma la aridez del desierto en Libia. La puesta en funcionamiento de esta central no supone un reto especialmente difícil para él.Pero la dimensión exagerada con la que se maneja la vida en esa tierra  sí que ha supuesto una auténtica lección. Todos los procesos vitales amplificados: los olores en las calles de Bombay, la putrefacción del manto vegetal, la suciedad como condición de lo humano, las piras funerarias  pintando el cielo de gris, la humedad irrespirable, las moscas….La hermandad humilde de la vida con la muerte, la resignación a lo imperfecto y a lo grotesco. La alegría en medio de la descomposición.
     Él mismo, en los dieciséis meses que lleva en la India, ha incorporado a su vida ese entramado entre austeridad y exuberancia, y ya no le preocupa comer solamente una vez al día, ni le duele como al principio ver morir a la gente en la calle.
Contribuye a contrarrestar la fuerza de la naturaleza con la resignación del quien sabe que tiene la guerra perdida  de antemano, pero con la estrategia del que pretende engañar al enemigo durante unas cuantas batallas más. Como los otros trabajadores, barre insectos y corta raíces,  pero además se ha adjudicado una tarea personal: deshacerse de los ratones que pretenden hacer su guarida entre los víveres de la despensa. Uno de los nativos le ha explicado que ese tipo de ratones, llamados de cola de lápiz, construyen sus nidos en el interior de los tallos del bambú. A veces se pregunta por qué se implica tanto en estas labores que no le corresponden.
       Hombre de rutinas, cada día, antes de empezar el turno, se dirige a la cocina y comprueba si su artilugio ha funcionado. La jaula con trampa que él mismo construyó es un ingenio eficiente: los ratones, atraídos por el cebo, entran en ella y ya no pueden salir. Un amasijo de ojos y rabos nerviosos se amontonan cada madrugada tras las rejillas de la jaula. El ritual es sencillo pero debe ser realizado con pericia: después de  comprobar el número de ratones que han caído en la trampa, cuelga la jaula de un garfio y  sin hacer ruido la saca de la despensa. Suele cruzarse con los trabajadores del turno de noche que terminan su jornada.
       Se dirige a la cuba de agua de refrigeración y sumerge la jaula-trampa en ella durante cinco minutos. El tiempo necesario para que los pequeños mamíferos emerjan con los pulmones anegados. Mira a los sorprendidos cadáveres y, contagiado por el animismo hindú, les pide perdón. A continuación inicia, con un tímido sol como testigo, el trayecto hacia la frontera entre el cemento y la jungla, y devuelve lo muerto a lo vivo para que sea regenerado.
       En pocas horas los ratones se convertirán en un montoncito de huesos blancos y descarnados. Siempre que vacía la jaula sobre el suelo virgen se acuerda de una escena que vio una vez: los huesos limpísimos  que dejan los buitres en las plataformas sobre las que los parsis depositan los cadáveres de sus difuntos,  para poder enterrarlos después despojados de todo excepto de su naturaleza mineral.

      Regresa despacio hacia la central, aspirando profundamente el único aire fresco del día. Toma aliento de la naturaleza que recién se despierta, coge sus cosas y empieza  su jornada de trabajo. Así transcurren los días, las semanas, los meses. Trabajando. Tomándole el pulso a la vida. Conviviendo con hombres reconcentrados y huraños. Descansando en el hotel de Bombay durante los días libres. Viviendo despacio pero intensamente, con la cadencia de las lluvias y de las implacables nubes de mosquitos.
      La central está prácticamente terminada. En un mes podrá empezar a producir energía. Su función allí habrá acabado. 
Hoy, el ingeniero Vila se levanta de madrugada y cumple como cada día con su ritual de limpieza en la cocina. Cuando regresa con la jaula vacía lo detiene el capataz nativo que dirige el turno de noche  y le pregunta  tímidamente si puede hablar con él.
    En el despacho del ingeniero, el hindú, olvidándose de su rango inferior y de su defectuoso inglés, le explica que lo que hace no es correcto. Que los seres vivos son sagrados. Que en la India no se puede matar a ningún animal. Que alguno de esos ratones podrían ser la reencarnación de una persona. De algún antepasado. De su propio abuelo. Al terminar,  al hindú le sudan las manos y nota un ligero temblor en su estómago. La tela mosquitera filtra los primeros rayos de luz.
     El brillo negro en los ojos  de ese hombre valiente que lo puede perder todo en un instante, la mención de lo sagrado y el recuerdo de la última visita a su abuelo español cuando era niño se mezclan en su cabeza produciéndole un estado de estupor que no le permite contestarle al hindú lo que piensa. Lo que piensa es que su abuelo, ese  médico propenso a los ataques de ira y a  hacer imposible la vida a toda su familia, merecía haber sido ahogado en una gran cuba de agua en su día, y ese día, al fin había llegado. Era el ratón más oscuro de los que ha recogido esta mañana, está seguro. Sus huesos alimentan ahora la jungla que un día devorará con toda su virulencia los restos de la central. El ya no estará presente, pero la furia de su abuelo habrá servido para algo más que para convertir en una llaga sangrante la vida entera de su abuela, doña Leonor.
    El ingeniero, sintiendo el alivio de la justicia cósmica, le da las gracias al capataz  y le pide que se retire, sin imponerle ninguna sanción por su atrevimiento.
   A la mañana siguiente, recoge la jaula como siempre, camina selva adentro un buen tramo y  cuando llega al pequeño bosque de bambúes abre la puertecita de la jaula con mucho cuidado y suelta a seis ratones aturdidos que corren y desaparecen entre los tallos de bambú.


   Regresa a su trabajo con la ligereza que sienten los que saben que ya han cumplido con su destino.




Este relato es uno de los contenidos en mi libro "Hormonautas".Lo he ligado a las Beta endorfinas: "hormonas que inhiben la percepción del dolor cuando el estrés y el daño alcanzan niveles críticos, restableciendo el bienestar físico". 

jueves, 17 de octubre de 2013

Asistencia médica privada




Lo primero que se preguntó al sentirse golpeada por su halitosis fue cuánto tiempo haría que no era besado por una hembra. Entonces, retirando el torno de su muela, se quitó la bata blanca y besó al fauno, inaugurando así una era.



sábado, 12 de octubre de 2013

Capicúa


Llego media hora antes de la cita para hablar con la enfermera. Espero, parapetada tras un libro de muchas páginas, bajo una luz verdosa de fluorescente aunque es pleno día. Los pósters que adornan las paredes amarillas me recuerdan que no somos nadie y que hay que estar siempre alerta, ser precavida, avisar al primer síntoma, no tomar antibióticos en un resfriado y dar de mamar a los bebés.  
Por fin aparece la enfermera y la abordo con la obsequiosidad con la que nos dirigimos a los que tienen en sus manos nuestra salud y nuestra paciencia. En voz baja, como si le contara un secreto, le susurro:
-Mire, perdone, soy Paz Monserrat-le digo- tengo hora con el endocrino a las 9.30, pero resulta que tengo que ir al entierro de mi tío. En realidad el doctor solo tiene que darme el alta de mi tiroiditis ¿le parece que sería posible hacerme pasar antes de mi turno?
-Espera un momento, voy a pasar lista a ver si están los primeros.¿Montserrat Paz?
Cuando estoy a punto de decirle que se ha equivocado, que es al revés y que ésa soy yo , una mujer de mediana edad, con obesidad mórbida, levanta la mano y dice “servidora”.
La miro asombrada y le explico que yo me llamo Paz Monserrat. Intercambiamos unas cuantas frases y sonrisas cómplices, algo manido sobre las coincidencias y los apellidos que también son nombres.
-¿Le importaría dejarla pasar? Es que tiene que ir a un entierro.


Mira en silencio a la enfermera, luego me mira a mí, y a continuación dice que ella también tiene sus obligaciones, que siempre pagan los mismos. Nombra a los justos y también a los pecadores, y suelta otros muchos lugares comunes  que se adaptan a la situación. Entre los espacios que separan las letras de ese aluvión de palabras con el que me está sepultando asoma su único pensamiento: que me estoy inventando lo del entierro.
Una vez más me admiro de la energía que tienen las personas con mucha grasa corporal, y sintiendo mi vulnerabilidad de flacucha convaleciente, me rindo sin luchar y me resigno a esperar mi turno.
Pero como colofón a su discurso, suelta :¡ Vengaa, que pase!
Entro. Me dan los resultados. Como ya me había dicho por teléfono los análisis están bien. Me va a dar el alta. Podría haberse complicado. He tenido mucha suerte de que no me haya quedado una tiroiditis crónica. Muchas gracias. Que alivio. Que no me olvide de dárselo al médico de cabecera. Gracias otra vez.
-Y gracias por dejarme pasar-le digo a la enfermera al salir, mirando el reloj - me voy, que llego tarde...y espero que no esté todavía enfadada mi “complementaria”.
-Si,  menuda mala leche que tiene la tía-me contesta la enfermera mientras acompaña la puerta.
Salgo, y me topo de narices con Montserrat Paz, que está esperando tras la puerta y seguramente ha oído todo lo que decíamos.
 Me observa con la autoridad que da perdonar la vida a un mosquito cuando una tiene diez veces más entidad real, humanidad y fuerza vital que una piltrafilla como yo, la misma que con el alta recién estrenada tiene una taquicardia digna del episodio más agudo de su tiroiditis, y baja las escaleras camino del cementerio como si hubiera visto un fantasma.  



miércoles, 9 de octubre de 2013

Ciencias naturales



Mi profesora de ciencias está esperando su primer hijo a los cuarenta y cinco, la misma edad que tiene mi abuela.
Hoy nos ha puesto un dubedé sobre la gestación y el parto en el que salía una mujer inglesa mu fea que explicaba toa su experiencia con el embarazo y se acariciaba la barriga flipando. Tenía treinta años, como mi mama.
Mandeber lo que les pasa a estas payas, que cuando tienen los hijos ya están chungas y  revenías. Jamematen si lo entiendo. Se les ha olvidao algo muy importante: que lo natural es parir los hijos cuando se es joven pa poder disfrutarlos.
A mi profesora tol mundo en el instituto la felicita por estar preñá.
En cambio a mí nadie me dijo na cuando, la semana pasada, cumplí quince años y noté las primeras pataditas de mi churumbel. 
El que me dará nietos cuando yo tenga la edad de mi profe.


 Dedicado a Guillermo Mayr, futuro abuelo cuyo reloj biológico lleva la edad exacta.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Domingo en el zoo

                                                                                                              foto:  Ali Jarekji   
La visita anual al Zoo fue, como siempre, agotadora. Y un poco deprimente, la verdad. Los niños la disfrutaron, claro, corriendo de aquí para allá, riéndose de lo que hacían los macacos, esquivando pavos reales albinos, subiendo al trenecito…
Reconozco que con las nuevas instalaciones todo tiene un aire más aséptico, más moderno. Hasta los delfines lucen más lustrosos y disciplinados.
Solo las jaulas situadas al fondo del parque conservan la antigua atmósfera decadente, ese tufo característico de zoológicos y circos. Allí se guardan los animales más antiguos, los olvidados, los que ya no están de moda. Un dientes de sable lleno de sarna se mueve en círculos dentro de su jaula mientras unos dodos medio desplumados deambulan picoteando restos de bolsas de patatas por afuera. Los mamuts resoplan de calor en su charco hediondo y el último tigre de Tasmania observa lo que queda del mundo con sus ojos amarillos.
Pero lo más impactante fue volver al recinto de los primates. En la última jaula, agarrado a los barrotes, un desdentado Neanderthal me miraba fijamente. Como si me reconociera. Como si quisiera decirme algo. Esa imagen me persigue como una culpa. Maldigo el momento en el que se permitió a las empresas privadas jugar a ser dioses con la biotecnología.


Este texto ha sido incluido en el número 71 de ficción breve de  la revista Axxón.¡Gracias! 
http://axxon.com.ar/rev/2013/09/ficcion-breve-setenta-y-uno-varios-autores/

domingo, 22 de septiembre de 2013

Mamá



…a  todos los que tanto te hemos querido nos está resultando muy difícil ubicarte en algún lugar concreto; te vemos en todos los rincones de nuestras casas: en las cortinas, en las sábanas, en toda la ropa y las recetas de cocina que confeccionaste para todos nosotros con una generosidad sin medida y sin fronteras. A veces miramos al cielo, otras a la naturaleza, de repente te haces presente en una fotografía o en una conversación, o sobreviene algún recuerdo con una nitidez que deslumbra y paraliza. No sabemos qué hacer con ese estar en todas partes y en ninguna con el que ahora  te manejas. Si nos miramos adentro, allí también te encontramos, agazapada y traviesa, en el silencio, en el vacío de nuestra tristeza , en el sosiego de nuestra alegría por haber tenido el privilegio de tenerte y de gozarte hasta el final.

Te marchaste sin estrépitos,  sin molestar, cerrando dulcemente la puerta, del mismo modo que viviste. Fuiste tan considerada que tuviste el detalle de  ajustar tu enfermedad a las vacaciones de tus hijas. Y te dejaste cuidar  de la manera más espectacular: quitándole importancia a tu enfermedad y a tus miedos, con tu sentido del humor intacto, sin reclamar nada, insistiendo en asegurarnos que estabas en manos de Dios, sorprendiéndote y disfrutando de ser por una vez el objeto de la atención y el cariño indisimulado de tu marido, de tus hijas, de tus hermanas, de tus nietos…. Sin saberlo nos estabas dando valiosísimas lecciones de cómo vivir, de cómo morir.

Creo que el mejor homenaje que podemos hacerte, la mejor manera de honrarte es amortizar toda la energía de tu cariño, seguir experimentando el amor a la vida que tú nos transmitiste,  recordar tu entrega, tu dignidad, tu lucidez  y tu generosidad  con gratitud. O intentar- difícil tarea- cultivar alguna de las muchas virtudes que te caracterizaban.

No ha sido en vano el amor que nos has tenido,  no ha sido inútil tu energía , tu ternura, tu valentía , tus habilidades , tu capacidad de convertir en confortable todo lo que tocabas.

Tú seguirás ahí, en las cosas que nos recuerden a ti, en nuestro interior  o en algún lugar de una dimensión imposible de imaginar. Siempre estarás con nosotros. En nosotros. Y nosotros en ti.

Descansa tranquila donde tú querías, y guárdanos, serena, tú que todavía irradias tanta luz desde tu invisible presencia.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Alas


Es interesante destacar que al principio devoran cada día el equivalente humano a cien quilos de lechuga, y no paran de crecer. Más tarde se repliegan ensimismadas y todos sus tejidos se disuelven en un caldo marrón del que surge finalmente la prodigiosa criatura, que ya no crece más.
Incansable, el entomólogo repite la información a los escolares que desfilan cada día ante las vitrinas de la exposición. Les habla de la imposibilidad de usar adjetivos para describir el color exacto de un ala de mariposa: el brillo metálico de las asiáticas y los tonos terrosos de las africanas escapan a las posibilidades de la escala cromática. Si acaso, se podría aludir a la arena para describir a las nocturnas y a la aguamarina para acercarse al color de algunas diurnas. El mayor espectáculo de transformismo ofrecido por la naturaleza consiste en que unas orugas cimbreantes y voraces se transformen en la belleza más efímera y generosa.
Los chicos le siguen, ensartados al hilo fibroso de sus palabras, confiados y ciegos como las orugas de la procesionaria.
Vitrina tras vitrina ilustra las peripecias que le llevaron a capturar cada ejemplar, señala antenas plumosas, describe artilugios de captura y métodos para la cría. Advierte del grave peligro de ahogamiento que supone la rotura de un ala. Fotografías del naturalista, en diferentes edades y selvas, observan el desfile de pequeños curiosos, mientras que sus  mariposas atravesadas por el alfiler sacrificial permanecen delicadas e impasibles en sus paneles, siempre idénticas a sí mismas.

En todo momento enhebra un discurso didáctico y erudito. Pero cuando llega a los paneles de las gigantescas mariposas de Indonesia y recuerda a aquella especie que era capaz de batir las alas de la misma manera que las aves, un extraño escalofrío le recorre el espinazo. Puede ver con nitidez a aquellos formidables ejemplares desplomarse como una bofetada sobre los sorprendidos cazadores. Una lluvia trémula, memorable. Solamente entonces, y durante un instante, desaparece de su propio discurso abandonando a los alumnos en la sala y vuela hacia la selva agitando sus pestañas irisadas y vibrátiles como alas de mariposa.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Fermentación


Abrieron la caja. Algo parecido a una pequeña descarga explosiva- producida por los gases de la fermentación- desordenó todas las piezas de su interior. Me asomé. Una vértebra había quedado al alcance de mi mano. Tentada estuve de cogerla, pero no atiné o no me atreví por miedo a ser descubierta.
Me fascinó el hecho de que las medias, del mismo color que la tibia y el peroné que cubrían, estuvieran intactas.
No fue la tristeza el primer sentimiento que me asaltó durante la exhumación. Ni el impacto por la saña con la que el tiempo había devastado a alguien que en vida desprendía tanta luz. Lo primero que pensé fue que parecía imposible (o al menos sorprendente) que dentro de aquella pelvis hubiera estado yo junto con mi hermano mellizo. Mi cuerpo se encogió levemente, como haciendo un amago de postura fetal para comprobarlo.
Nadie se dio cuenta de mi gesto.
Ni del frío helador que de repente hacía en ese lugar.




Dedicado a mi madre.Y a la montaña azul que se veía a través de la ventana del hospital, que parecía, como ella,  una mujer durmiendo plácidamente.  




jueves, 8 de agosto de 2013

Génesis




Tras la noche del domingo la casa era caos, confusión y oscuridad sobre el abismo del fin de semana. Una corriente de aire aleteando por encima de la cama la despertó. Encendió la luz y decidió amanecer con convicción.
El martes hizo las fotocopias, leyó el prospecto del jarabe, tachó unos asuntos de su agenda, clasificó papeles y recuerdos. A la derecha el montón de ropa de entretiempo, a la izquierda la de invierno. Por la noche contempló, cansada y satisfecha, las luces que palpitaban en el cielo.
El miércoles lo dedicó a que todo diera fruto: regó las libretas con palabras y abonó las plantas del jardín, miró a sus hijos a los ojos y llenó la pizarra con esquemas. Cuando quiso darse cuenta eran las ocho. La noche había atrapado al día. Otra vez.
El resto de la semana se la ve borrosa por la velocidad y por el tiempo, pero parece que trajina por la casa, conduce hasta el trabajo, acompaña al pequeño al dentista, recoge la cocina, chantajea a su hija y en las cenas se ríe de bobadas.
El domingo se despierta algo cansada. Y descansa, pero solo un poco, mientras saca al perro a pasear. Después decide tomarse un café y ponerse manos a la obra. Porque ahí está otra vez el caos. Y el abismo. Y las corrientes de aire. Y todo la requiere para crear de nuevo la semana.


Dedicado a Miriam, Mel , Jams y Jero,con los que he compartido no una sino casi seis semanas haciendo de dioses. Ahora tenemos descansar un poco, que es lo que le corresponde al número siete ¿no era eso? ;-)
Ha sido un placer hacer de jurado con vosotros.

miércoles, 31 de julio de 2013

Grietas


Cuentan de una marquesa que ,para solucionar el misterio, contrató sucesivamente a un mayordomo con dedicación exclusiva, a un sabueso de olfato prodigioso y a una agencia de detectives. Fracasó. La encontraron colgada de su pálido collar de perlas. No hay ama de casa -si alguna dice lo contrario miente- que conozca el insondable lugar a donde van a parar las parejas de los calcetines que cada semana, impares y resignados, acaban en el cesto. Allí esperan, desmayados, el regreso de sus mellizos que en un momento de descuido se deslizaron por alguna rendija del tiempo o del espacio a un mundo paralelo. 
En su desesperación -y conociendo el carácter universal del problema - a una ama de casa se le ha ocurrido la idea de patentar la venta de tríos de calcetines para erradicar la tristeza que cunde en el cesto y en los pies de su familia. Pero está demasiado ocupada buscando grietas en los cajones, la lavadora, la ropa de la plancha y su propia memoria. Una vez miró en la papelera de reciclaje del ordenador, también al otro lado del espejo. Cada noche espera inútilmente encontrarlos en sueños. A veces piensa en el lado oculto de la luna. 
No pierde la esperanza, sabe que un día los encontrará. Acompañados de cinco generaciones de antepasados, un par de enanos de jardín, un continente sumergido, los veranos de su infancia, la zarina Anastasia y el osito de peluche.


Este microrrelato fue publicado en los Entremeses Literarios del blog El jinete insomne, en mayo del 2011. Las gracias a Guillermo Mayr, a quien le corresponden.Éstas, y unas cuantas más. 

jueves, 25 de julio de 2013

Mirar

“Yo creo que uno mira las pinturas con la esperanza de descubrir un secreto , pero no un secreto sobre el arte , sino  sobre la vida “ John  Berger




Hace dos años, en el museo de arte contemporáneo de Friburgo ( Alemania) , descubrí la existencia de unos cuadros que me impactaron mucho porque reflejaban muy bien lo que Silvio Rodriguez canta , en una de sus canciones más conmovedoras :  "¿A donde va el mantel de la mesa, el café de ayer , a dónde van los pequeños, terribles encantos que tiene el hogar ?" 



 El autor de estas pinturas que invitan a quedarse a vivir dentro del cuadro  es Rudolf Dischinger.
La ciudad de Freiburg es toda ella una preciosidad, incluidas las tapas de sus alcantarillas. 
Hay que mirar todo y en todas las direcciones




martes, 9 de julio de 2013

Viaje de ida y vuelta

video


Hace ahora dos años iniciaba un viaje de 15 días por el centro de Europa (Suiza, Alemania, República Checa, Polonia e Italia) gracias a dos billetes Global Pass de Interrail y una cámara de fotos que gané con este relato en el I certamen de relatos cortos Valencia Parque Central. Los relatos ganadores los convirtieron en cortos Levante Televisión, patrocinadora del concurso, y los emitieron en esa cadena una temporada .No estoy segura de si el relato ( tenía que transcurrir en un tren) es suficientemente bueno, pero el viaje fue genial.

jueves, 4 de julio de 2013

¡Llueve!


Al principio Mónica no puede entender qué les pasa. A qué obedece semejante comportamiento. Al primer repiqueteo contra la uralita del parking los quince se levantan como si hubieran recibido una descarga eléctrica o una señal interna para unirse a un grupo de animales que inician una migración. Se dirigen a la ventana, desde donde observan en estado de trance eso tan raro que cae desde el cielo. Solo está lloviendo, el típico aguacero primaveral. Pero los niños lo observan con la misma ansiedad con la que ella reaccionaba las pocas veces que nevó estando en el colegio  y todos se asomaban a las ventanas haciendo caso omiso de las órdenes de los profesores.
            Algunos tocan los cristales, como si quisieran acudir a una llamada inaudible para su profesora y se extrañaran de encontrarse con esa superficie transparente, fría, que se empaña de vaho y que les impide salir. Las bocas abiertas y los hombros adelantados, no dicen nada, solo miran sin entender. No entienden  ese brillo de suelo recién fregado que de repente tiene todo el patio, que los charcos sean espejos  en donde se refleja todo el edificio, ni el movimiento de las hojas verdes que ceden al peso del agua como si les estuvieran peinando. Es inútil decirles que se vuelvan a sus mesas y continúen con las actividades. Los rompecabezas, el lego  y los dibujos se han quedado a medio hacer, en un desorden que sugiere una belleza indolente, los restos de  la vida meticulosa que construyen  estos niños de tres años cada día entre esas cuatro paredes. Un paisaje digno de una fotografía, si no fuera porque lo que ahora tiene que retener en su retina a toda costa son las caras de sus alumnos: los ojos enormes llenos de pestañas aleteando como mariposas, los labios entreabiertos, las orejas coloradas y los  pelos revueltos de esos niños que tantos desvelos le proporcionan, pero que ahora están iluminados y congelados en una imagen que pretende atesorar para siempre.
            Mónica desiste de intentar  controlar la situación y empieza a disfrutar de ese derroche  de agua que disuelve todas sus costras y cristales interiores, que crujen al principio y después fluyen con el  líquido como si se hubiera roto alguna compuerta. Y en un instante cae en la cuenta de que la aridez que se había instaurado en el paisaje acaba de ser derrotada por las primeras lluvias contundentes tras un año y medio de sequía, más de la mitad de la vida de sus alumnos, que probablemente nunca habían visto llover de esta manera. La semana que viene aprovechará para explicarles más cosas sobre la lluvia y también sobre el granizo y la nieve. De momento, en un arrebato inconsciente y eufórico,  les abre la puerta para que salgan al patio.



 Este relato , traducido al catalán, forma parte del libro "100 situacions extraordinàries a l'aula" que escribí a cuatro manos con Jordi de Manuel
Guillermo Mayr  ha tenido la generosidad de publicar este texto en sus "Entremeses literarios" de este mes en su interesantísmo blog "El jinete insomne".¡Gracias ! .http://eljineteinsomne2.blogspot.com.es/2013/07/entremeses-literarios-clxviii.html

miércoles, 26 de junio de 2013

Oficina de objetos perdidos


Fue uno de los trabajadores del Metro quien lo encontró. Muy temprano, al abrir la verja que lleva a los andenes. Notó un movimiento impreciso, como una sombra, y pensó que sería un perro o un mendigo que se hubiera quedado encerrado adentro la noche anterior. Le persiguió escaleras abajo y pudo ver un cuerpo sin pigmento, escurridizo y leve, que se deslizaba entre el suelo y las paredes de la estación solitaria. Cuando parecía que iba a perderlo en el interior del túnel, algo en el suelo, de naturaleza adhesiva o rugosa, detuvo al insólito ser. Frenó bruscamente y toda su materia rebotó con temblores de gelatina. Se enroscó sobre si mismo protegiéndose de todo lo que fuera sólido, luminoso o estridente, y dejó escapar un gemido que parecía proceder de otro mundo.
Lleva ya dos días en la oficina de objetos perdidos del Metro. A su lado un paraguas, un reloj, un móvil y un sombrero mejicano. Mueve sus extremidades nervudas tras el cristal. Sus ojos traslúcidos y tersos aun brillan con la esperanza de que alguna de las muchas criaturas pálidas como larvas que pueblan por las noches la Barcelona subterránea le perdone la terrible imprudencia de haberse demorado hasta la madrugada, y acuda urgentemente a rescatarlo.


Este microrrelato fue incluido en la antología Mar de Pirañas, de la editorial Menoscuarto.
Fuente ilustración: Alice Vegrova