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lunes, 8 de diciembre de 2014

Reunión familiar

David Imlay

Mi bisabuela parió catorce hijos, de los cuales solamente siete sobrevivieron a una infancia sin antibióticos. Pero le bastó con acudir al santoral siete veces, pues el nombre del niño que moría era adjudicado automáticamente al siguiente bebé, como queriendo brindar otra oportunidad a ese santo en la familia. Estas segundas versiones eran criaturas vitales y resistentes, siempre sorprendían a la comadrona por su enorme corpulencia al nacer. Pesaban como si fueran más de uno, o como si cargasen con la losa de las expectativas y el duelo de la madre. Resultaron ser todos prodigiosamente longevos.
Hoy hemos enterrado a la última hermana de mi abuela que quedaba viva. Luisa, de noventa y cinco años, se ha reencontrado por fin con Luisita, con sus eternos tres añitos; y con el resto de parejas de ancianos y bebés homónimos que habitan en el panteón familiar. Una ansiada reunión en la que seguro que se hablará de balances, de expectativas no cumplidas, de segundas oportunidades desaprovechadas, de lo que pudo ser y no fue y, en fin, de esta familia nuestra en la que los más espabilados han conseguido llevar una doble vida impunemente.

martes, 25 de noviembre de 2014

Troya

Fotografía de Elías Ruiz Monserrat


En el mismo instante en que el equipo de arqueólogos comunicó que habían localizado las ruinas de Troya, una sacudida sísmica recorrió la espina dorsal del resto de las Artes y las Ciencias. Expertos de todas las disciplinas entraron inmediatamente en acción. Desde entonces todos quieren saber. Equipos oceanográficos rastrean el centro del Atlántico en busca de cierto continente sumergido. Geólogos y buscadores de oro insisten en haber vislumbrado destellos de El Dorado selva adentro. Un congreso de filólogos se ha reunido de urgencia para debatir sobre la pipa incorrupta encontrada en un sótano de Baker Street y también sobre esa trenza desvaída que luce una calavera en la cripta veronesa de la familia Capuleto.
Los zoólogos buscan dragones en el orden de los Saurios. Los alquimistas se afanan en sus laboratorios. Hay indicios de que el esqueleto congelado del gigante hallado en Katmandú pertenezca a un tal Yeti, y en los lagos escoceses patrullan las lanchas día y noche.

Aprovechando este universal despliegue de curiosidad, yo estoy empeñada en averiguar de una vez si es cierto eso que me repites cada vez que te arrepientes de hacerme lo que me haces. Esa absurda fantasía de decirme que me quieres.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Traduttore traditore

                                   
La tutora de primero de bachillerato enseguida se percató del enorme potencial de Abdelilah. Poseía ese tipo de inteligencia natural que tienen algunos chicos que les permite entender los conceptos más abstractos a la primera y a la vez estar al tanto de todo lo que ocurre alrededor, y colocarse siempre en una posición ventajosa. Pero tenía un gran defecto, que en bachillerato podía llegar a convertirse en un lastre: era un gandul de tomo y lomo. Si no cambiaba de actitud y se ponía a trabajar inmediatamente, las notas de la primera evaluación se iban a resentir y sería una verdadera lástima que abandonase los estudios.
Decidió pedir una entrevista con sus padres para tratar de reconducir la situación.
Cuando acudieron a la cita, el padre ataviado con una chilaba y la madre cubierta con el chaddar, se dio cuenta de que, aunque ya hacía cinco años que habían llegado de Marruecos, eran incapaces de entenderle y de mantener una conversación. Ella no había caído en pedir con tiempo el servicio de intérpretes que ofrecía el ayuntamiento, así que como último remedio para no perder la entrevista , fue a buscar a Abdelilah para que él mismo hiciera la traducción simultánea de lo que les quería comunicar.
La tutora comenzó alabando la inteligencia del chico y su buena integración en el grupo. Los padres escuchaban a su hijo y sonreían complacidos, mientras miraban alternativamente a la profesora y al chaval.
Pero cuál fue su sorpresa cuando vio que mantenían idéntica expresión de satisfacción y beatitud mientras el chico supuestamente les traducía todas las quejas acerca de su vagancia y la advertencia sobre los malos resultados que iba a tener.

Aunque se lo dijo bien claro a su traductor traicionero, al terminar el encuentro no estaba segura de que se hubieran enterado que les citaba para otra reunión con la intérprete del ayuntamiento. 




La tutora de primer de batxillerat de seguida va adonar-se de l'enorme potencial d'Abdelilah. Posseïa aquell tipus d'intel·ligència natural que tenen alguns nois, que els permet entendre els conceptes més abstractes a la primera i alhora estar al corrent de tot el que passa al voltant, i col·locar-se  sempre en una posició avantatjosa. Però tenia un gran defecte, que en batxillerat podia arribar a convertir-se en un llast: era un mandrós integral. Si no canviava d'actitud i no es posava a treballar immediatament, les notes de la primera avaluació se'n ressentirien i seria una veritable llàstima que abandonés els estudis.
            Va decidir demanar una entrevista amb els seus pares per intentar reconduir la situació.
            Quan van acudir a la cita, el pare abillat  amb una gel·laba i la mare coberta amb el chaddar, es va adonar que, tot i que ja feia cinc anys que havien arribat del Marroc, eren incapaços d'entendre-la i de mantenir una conversa. Ella no havia caigut a demanar amb temps el servei d'intèrprets que oferia l'ajuntament, així que com a última solució per no perdre l'entrevista, va anar a buscar Abdelilah perquè ell mateix fes la traducció simultània del que els volia comunicar.
            La tutora va començar lloant la intel·ligència del noi i la seva bona integració al grup classe. Els pares escoltaven el seu fill i somreien complaguts, mentre miraven alternativament a la professora i al xaval.
            Però quina va ser la seva sorpresa quan va veure que mantenien idèntica expressió de satisfacció i beatitud mentre el noi suposadament els traduïa totes les queixes sobre la seva vagància i l'advertència sobre els mals resultats que aconseguiria.
Encara que ho va dir ben clar al traductor traïdor, en acabar la trobada no estava segura que s'haguessin assabentat que els citava per a una altra reunió amb la intèrpret de l'ajuntament.

La Mònica Gispert, que aquest dijous ens farà de presentadora a Vilafranca, ens ha fet aquests fantàstics dibuixos que són igualets igualets al Jordi i a mi. Gràcies!!
Y gracias a Mel Nebrea por compartir conmigo esta situación.


viernes, 14 de noviembre de 2014

Las misteriosas escaleras de clausura



Todas nos preguntábamos qué habría exactamente al final de aquellas escaleras.
En el colegio de las teresianas de Tortosa los pasillos eran amplios y luminosos. Las aulas-situadas simétricamente a ambos lados del pasillo- eran diáfanas, sin columnas ni rincones. Un aroma a lejía y a orden impregnaba la atmósfera del edificio y nos transmitía la confortable sensación de que todo estaba bien en el orden del Universo. Incluso las estatuas de santos y vírgenes, estilizadas tallas de madera clara sin apenas detalles, reforzaban esa idea de sencillez y transparencia.
Pero había una parte del edificio que despertaba nuestra sed de misterio y oscuridad. Eran las escaleras que llevaban a las habitaciones de las monjas. Por supuesto, teníamos totalmente prohibido subir por esas escaleras, aunque el acceso a la clausura se ubicaba en una zona por la que teníamos que pasar constantemente si el aula estaba en el segundo piso.
Cada vez que pasaba por allí me imaginaba cómo debían ser esas habitaciones: austeras celdas con una tinaja y una estantería, una cruz en el cabezal de la cama de hierro y una biblia en la mesilla de noche. Predominaría el color blanco con algunos toques de marrón. También habría una percha con el hábito de recambio y una rasposa manta de lana a los pies del somier. Sin espejos donde mirarse, no tendrían que preocuparse de comprobar si se habían colocado bien la cofia cada mañana, tan habilidosas eran que acertaban a la primera el complicado mecanismo de esconder en ella todo el pelo.
Elucubrar sobre los rituales de aseo de las monjas era algo que me fascinaba, pues estaba convencida de que para ellas regían otro tipo de leyes naturales que para el común de los mortales. Solían mostrar una palidez especial en la piel. No era que les faltara pigmento, como nos ocurre a las personas de piel muy blanca. Era otra cosa, una calidad distinta, una leve transparencia que dejaba adivinar fluidos internos y que no permitía la formación de arrugas ni de marcas de expresión, al contrario de los que les ocurría a otras mujeres de su edad, como a nuestras propias madres.
Ese era otro misterio: saber cuántos años tenían.
Probablemente era la textura de su piel lo que les confería una edad indefinida, casi eterna. Digamos que se plantaban en la edad de Cristo y mantenían el mismo aspecto hasta la vejez. Lo mismo ocurría con su pelo, que permanecía -lo poco que asomaba bajo su cofia- sin canas durante décadas.
Así, mientras nuestras habitaciones estaban repletas de posters, camisetas sucias, libros y discos, esas celdas impolutas y algo húmedas eran el símbolo del vacío, de la soledad, de la nada.
A veces fantaseaba sobre qué debían de hacer en sus celdas después de los rezos vespertinos ¿Se reunían unas en las habitaciones de las otras para charlar como hacían las internas del colegio? O quizás se recogían en la inmovilidad y el silencio de su habitación para mantener la tersura de su cutis intacta. Nuestras madres no tenían la libertad que proporciona una habitación propia. ¿Añoraban a la familia que no se habían permitido tener para ser la “madres” de todas nosotras? ¿Soñaban alguna vez con que alguien las acariciara?

Las escaleras de clausura ascendían y ascendían por encima de nuestra vista, llegando mucho más allá que la estricta prohibición de no subirlas.


                 Dedico esta entrada a mis antiguas compañeras del colegio.Tras muchos años de subir diferentes escaleras nos hemos reencontrado y hemos podido recuperar así toda nuestra infancia colectiva.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Una situación extraordinaria



Una no puede resistirse a colgar la invitación cuando la ciudad a la que va a presentar su primer libro es su ciudad natal.Y más si la presentación se hace al lado de la casa familiar,  los presentadores son personas conocidas de toda la vida y las lectoras son las compañeras de primaria del colegio reencontradas y reconvertidas en amigas. No deja de ser una situación extraordinaria.

martes, 4 de noviembre de 2014

Día de limpieza


Lucien Freud 

En el pasaje entre los bloques de Santa Córdula y Santa Cándida todo son flores y mujeres limpiando. Cubos de agua jabonosa y estropajos en mano, las mujeres se arremangan y frotan a fondo la fachada familiar, barren las repisas y arreglan las flores en las ventanas. Los hombres, vestidos para la ocasión, miran y a veces ayudan con desgana yendo a buscar una escalera o devolviendo una escoba a la comunidad, pero sin entender a qué obedece tanto énfasis. Al fondo, los cipreses recortan el azul del cielo.
Acompaño a mi padre, me acomodo a su paso torpe  y a medida que avanzamos  las escenas se deslizan a nuestro lado: una niña se besa la mano y deposita en beso en la cara de su tía, que la contempla sonriente. Una mujer se inclina para limpiar un jarro con agua y jabón tratando de no mojarse el vestido. Más adelante,una tribu calé ocupa toda la calle, obstaculizando el paso de otros paseantes que se creen más ilustres y los miran de reojo. El abuelo está sentado en una silla plegable y  una mujer joven da de mamar al más pequeño de sus hijos. Los demás churumbeles la envuelven con sus correrías. Los dos adolescentes hacen un aparte para hablar de sus cosas, usando el verbo pillar y adjetivos escurridos.
Todo el mundo ha salido a la calle. Algunos pasean, otros charlan en corrillos con los suyos. Es fácil encontrar a amigos de la infancia que ahora parecen dibujados con un trazo más leve, saludar a tíos lejanos o a conocidos de tus padres a los que apenas reconoces. Todos se dicen palabras suaves, sentidas, conformadas. Una especie de melancolía festiva flota en el ambiente, como cada año por estas fechas.
Antes de llegar a lo de los nuestros, mi padre me explica a quienes vamos a encontrar y cómo hemos de proceder cuando se abra la puerta. Cuando llegue el momento él entrará el primero, y preferiría hacerlo por la puerta de la derecha, donde están sus parientes más cercanos. Pero lo más importante es aprovechar su ingreso para  renovar la placa antes de que se caiga a pedazos. Por fin llegamos. Antes siquiera de poder abrir la bolsa con los trapos y las flores ya ha desplegado el folio ante mis ojos. ”Granito negro-sudáfrica de 2 cm, visera, tornillos de anclaje y pomos con grabación de número y familia” reza el presupuesto más barato que ha encontrado. Me lo da para que tenga una copia y me encargue yo del asunto de la lápida. Yo miro el papel fijamente. A él no sé cómo mirarle.

Una magnífica luz  de otoño ilumina la celebración del día de difuntos en el cementerio de la ciudad donde nací.
Duane Keiser 

viernes, 31 de octubre de 2014

Tres

Ilustración de Oriol Jolonch

.
La primera vez le pilló desprevenido.
                   La segunda vez fue sin querer.
                                    La tercera vez se concentró tanto deseando no desperdiciar más deseos con
bobadas, que lo dijo en voz alta y el genio lo oyó.

A partir de entonces sus deseos fueron esenciales, intensos, profundos,perdurables y universales.

Su frágil corazón no lo soportó más que tres meses.



                                                    



jueves, 23 de octubre de 2014

Regresión


El universo en una charca intermareal


Impulsada por una tibia corriente, filtro plancton con mis gelatinosos tentáculos. A continuación mi aleta caudal corta el agua. Me cubro sucesivamente con la piel satinada de un anfibio y con las ásperas escamas de un reptil. Chasqueo la lengua bífida y me brotan unas alas briosas, que se transmutan en disuasorias zarpas. Por último, justo antes de despertar, suspiro con resignación y me pongo de pie.

La hipnosis profunda ha resultado ser una técnica eficaz para reproducir el viaje desde el origen. Investigamos sin descanso para revertir el proceso. No hay nada como la despreocupada placidez de las medusas.




¿Carabelas portuguesas varadas? 


El texto lo cuelgo a modo de ansiolítico, para calmarme un poco dando un paseo más largo y así quitar importancia a lo que no la tiene. Las fotografías las tomé yo hace un tiempo en una playa del Delta del Ebro. la ilustración es de Mike Worrall.




martes, 14 de octubre de 2014

¡Se ha roto!



-Deberíamos poder quitarnos los brazos, como hacía yo de pequeña con las muñecas-me dice, con voz sonriente.
Ultimo día de vacaciones, el primero fresco. Lluvia y viento desapacibles como una advertencia.
Estamos solas y tenemos un poco de frío. La miro y me sorprendo al constatar cómo ha crecido. Siento vértigo al pensar en su edad, en mi edad. Me pide compartir la cama de matrimonio conmigo después de ver, enredadas en el sofá, cuatro capítulos seguidos de nuestra serie favorita. Desprevenida, doy un par de excusas vagas pero ante la mención del frío claudico sin resistencias.Nos deslizamos bajo la sábana cubierta por la única colcha que encontramos en el chalet de alquiler.
Nuestros cuerpos adultos, sorprendidos de esta renovada intimidad, buscan acomodo entre almohadas y oquedades. Temerosos de molestar pero deseando recuperar esa dulzura de algodón y colonia infantil de la última vez, ensayan combinaciones, se mueven inquietos en una improvisada coreografía de  brazos y piernas. Tiene razón, es como si nos sobrasen los brazos. No sabemos dónde ponerlos. Independientemente de la postura que intentemos, tropezamos con ellos. Excesivamente largos, demasiado torpes.
En mi duermevela, el desfile al completo: las muñecas peponas, las andadoras de Famosa con piernas regordetas, las Bratts y finalmente las Barbies de cuerpo imposible con las que jugaba y a las que desmembraba en la bañera. A veces las intentaba reconstruir, igual que hacía con los bolis y los aparatos electrónicos, pero no siempre el proceso era reversible. Entonces decía: ¡se ha roto! El paisaje de esos cubos enormes para guardar juguetes solía ser dantesco: piernas, cabezas con melena de estropajo,  brazos impares y absurdos como pequeños ex votos con su muñoncito redondeado al final, muelles de bolígrafo y diminutos accesorios de casa de muñecas. Todo a la vez, y sin ninguna explicación.
Las muñecas mutiladas orbitan sobre mi cabeza como ovejitas insomnes y con mirada desafiante me preguntan si me atreveré a usar mis brazos, tal como hacía veinte años atrás cuando ella me pedía que durmiéramos juntas, para dormir abrazada a la que un día fue mi niña, aquella que jugaba con ellas con tanta pasión.




 Recupero esta entrada del fondo del blog - fue la primera que publiqué- para volver a evocar  sensaciones tan reconfortantes y al mismo tiempo tan perturbadoras como las que provocan la conciencia del paso del tiempo a través de la vida de los hijos. 
Mientras tanto mi "ex niña" vive su sueño lejos de aquí. Y yo me siento feliz. Y también un poco nostálgica.


( La imagen es un fotomontaje de Pilar Mandl , cedido por la autora, que además de un pedazo de artista es mi amiga) Para muestra un botón 




domingo, 5 de octubre de 2014

La biblioteca de piedra


Romona Youngquist


                 Hace tiempo que divago sobre la relación entre las piedras y las historias, pero me faltaba una pieza para completar el puzzle. Esta mañana, paseando con mis perros, he dado con ella. Voy a intentar cerrar mi argumento .
                 Si prestamos la suficiente atención, un edificio de piedra nos puede narrar una novela. Impregnarse de la atmósfera lechosa que flota en el interior de una catedral gótica o pasear sin prisas por las gradas de un anfiteatro romano nos da la oportunidad de leer la historia que las piedras de ese monumento nos susurran. Novelas góticas enmarcadas en castillos checos, intrincadas novelas policíacas en decadentes balnearios, siniestras historias de amores ilícitos en los pasadizos subterráneos que comunican los monasterios de dominicas y benedictinos, o las más tristes historias de fantasmas bajo el campanario que sobresale del pueblo anegado por el pantano.
                En cambio, las estatuas que vemos en los museos- esas diosas blanquecinas y porosas como bloques de sal o los bronces naufragados con incrustaciones marinas- no tienen ni el aliento ni la perspectiva de las grandes sagas, pero pueden sugerir el desarrollo, conflicto y desenlace que tensan un buen relato. Un relato por cada estatua: generales ecuestres carcomidos por excrementos de paloma, el berraco rescatado del río que da la bienvenida desde la época de los romanos a todo el que entra en Salamanca, las vírgenes que nos contemplan desde sus hornacinas, aburridas ya de sus tonos azules y su sonrisa insípida, o las tallas rescatadas de un naufragio que nos hablan de piratas feroces y escurridizas sirenas.
           ¿Podríamos calificar, entonces, a los museos de arqueología que a veces visitamos como las genuinas antologías del relato histórico? Creo que la respuesta podría ser afirmativa, con la condición de que sepamos leer entre líneas, prescindir por un momento de nuestra condición de turistas y desenfocar un poco la mirada.
      Si no nos resignamos a la mediocridad de las tallas medianas (novelas, relatos…) deberíamos preguntarnos-o mejor dicho, me pregunto yo en mi absurdo afán de relacionar los minerales con la literatura-a qué tipo de material geológico le confiaríamos la narración de lo minúsculo, de lo esencial, de la miniatura que todo lo contiene ¿Cómo aplicar el microscopio a este asunto? ¿Qué mineral podría producir el destello de una gota de ámbar, la íntima detonación de un microrrelato? Me atrevo a proponer como candidatos a las narices, los dedos y los penes mutilados de las estatuas. Todos los apéndices que, al sobresalir del cuerpo, acaban cayendo por su propio peso y se independizan del relato al que pertenecieron. Fantaseo con la idea de que los microrrelatos de la historia se amontonan en polvorientos cajones de los almacenes de un gran museo, como piezas desorientadas de un rompecabezas que el tiempo desbarató. Incitan a preguntarse sobre quien fue el propietario de ese apéndice y cómo será capaz de manejarse sin él ahora que yace tan discretamente en esta fosa común. Incluso cuestiones más metafísicas cómo cual es la verdadera finalidad de una nariz o qué motor impulsa el aliento vital que la atraviesa. Relatos explosivos como pompas de jabón, nutritivos como el néctar de una flor, livianos como colibríes pero tan resistentes como los diamantes. Microbios de piedra que nos parasitan hasta hacerse cargo de nuestro material genético, pequeñas píldoras que encierran un universo en miniatura.
           Y puestos a rizar el rizo, si nos vamos al otro extremo del espectro ¿qué procesos geológicos nos darían una visión de conjunto que permitiera situar los acontecimientos en su verdadera dimensión? ¿Qué formación rocosa poseería la ambición de una Enciclopedia? ¿Dónde podríamos encontrar el registro de todo lo ocurrido?
            Aquí viene la revelación que tuve en mi paseo con los perros.
          Cada mañana, durante este glorioso veraneo en el que vivimos aislados en una casita de montaña de acceso disuasorio, paseamos con nuestros dos galgos por una gravera situada a unos 700 m de altitud. El primer día, al acceder al camino rocoso- mirando al suelo para evitar desprendimientos- me topé con un fósil de caracol marino del tamaño de un puño. Después de celebrar mi suerte, me lo puse en el bolsillo y seguí caminando sin quitar la vista del suelo. Desde entonces ya no miro el paisaje y mis perros no acaban de entender porque vamos tan lentos y su ama siempre camina cabizbaja. Cuando llego a la parte más alta de la montaña me fuerzo a mirar las magníficas vistas panorámicas, pero en la subida no puedo evitar ir mirando constantemente hacia las piedras que rodean mis pies en una especie de competición conmigo misma por no dejar superficie a mi alcance sin escanear. De esta manera me he convertido en una obsesa de la recolección de fósiles. Cada día encuentro uno, al menos. A continuación se acumulan, ordenados, en la repisa de la chimenea. Lamelibranquios con surcos paralelos en sus valvas calizas, porciones de coral ancianos como el mundo, abultadas almejas de piedra cubiertas de una costra arcillosa o caparazones de erizo de mar ribeteados con cenefas simétricas en forma de corazón ya forman parte de mi inesperada colección. Aun no los he encontrado, pero sé que por ahí me esperan helechos prensados como un estampado en la roca y me consta que se han encontrado mariposas fósiles en los alrededores de este macizo que en un pasado remoto fue un mar (¿Quien ha dicho que las piedras no se mueven? Es únicamente una cuestión de tiempo).
              Un amigo poseído desde hace tiempo por la misma pasión desenfrenada me informó de en qué zonas podría encontrar más fósiles y de diferentes tipos. Me dirigí a un montículo arcilloso en el que sobresalían, como los cantos rodados en las dunas, diminutos fósiles en forma de espiral o de almeja. Mientras los seleccionaba minuciosamente de entre las piedras sin interés -los dos perros merodeando y husmeando a mi alrededor- me di cuenta de que éstos animales de piedra eran los verdaderos testigos del pasado más remoto, una Biblioteca que nos susurra a través de sus humildísimos fósiles todos los relatos cósmicos, tectónicos, evolutivos y ecológicos que han dado forma al paisaje que ahora nos acoge. Un papiro que nos produce el vértigo de percibir el tiempo como agua que se escurre por entre los dedos pero que a la vez deja regueros en la piedra.
           Cuando ya me disponía a volver a casa, impactada por la revelación sobre la gran obra de la literatura y su relación con la geología, dispuesta a observar a mis seres vivos petrificados de la chimenea con una nueva mirada, me pareció ver- entreverado entre la arcilla, los cantos rodados y los diminutos fósiles- la valva de una almeja actual, un resto de paella totalmente anacrónico y surrealista en ese lugar de montaña. La metí en la misma bolsa que los fósiles. Ahora está en la repisa de la chimenea, al lado de las piedras impasibles que no acaban de revelar su secreto, una valva lustrosa e insólita como un interrogante desparejado. Un chiste malo haciendo cosquillas a la Enciclopedia Británica , a la Biblia , a la Gran Novela Americana.



Esta foto la tomé en una tienda de souvenirs de la Costa Jurásica de Inglaterra.


miércoles, 1 de octubre de 2014

Lección de anatomía




Ocurrió el marzo de sus trece años. 
Llevaba varios días, junto a sus padres y su hermano, tratando de huir por la línea fluctuante del frente del Ebro.
Vio cómo traían detenidos a dos brigadistas que habían encontrado escondidos entre los almendros. Eran corpulentos, tenían el cabello claro y los pómulos altos. Uno de ellos arrastraba su mirada hacia la vida efímera y venenosa que se agolpaba a su alrededor. Los llevaron hacia un barranco cercano al camino. Después se oyó un estruendo de pólvora.
    Al atardecer se escabulló con su hermano. Al asomarse al último de los márgenes pudo ver un montón de ramas ocultando algo.
Otro marzo, muchos años después, regresó. Acompañado de dos compañeros universitarios y una pala, volvió al lugar exacto. Entre las raíces de los almendros en flor empezaron a asomar costillas, un fémur y un par de calaveras, que introdujeron en un petate para transportarlos de vuelta a Barcelona. Allí limpiarían los huesos hasta dejarlos de un blanco sucio y uniforme.
Durante los años siguientes, los huesos recios de dos eslavos que fueron fusilados en una guerra extranjera le enseñaron toda la anatomía que necesitaba para convertirse en el médico respetable que pretendía ser.


    Esta ha sido mi aportación de septiembre a Esta noche te cuento, sobre el tema "...tras la batalla"
   La fotografía la tomé yo la pasada primavera.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Els tontos/ Los tontos



Quiero celebrar que el libro ya está en las tiendas. 
Y que Miquel Llobera y Maribel Gutierrez me han emocionado con el regalo de sendas grabaciones en audio de éste relato en català (tal como está en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula",escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel, que sale ahora) y en castellano, con sus increíbles voces .                                                                                                                                       También quería comunicar la fecha de la presentación en sociedad de la criatura, con Empar Fernández como madrina, y en la que se leerán situaciones por parte de los protagonistas que nos las contaron.
Será en la cooperativa Abaccus de Balmes,en Barcelona,  el día 9 de octubre, a las 7 de la tarde. Si lees esto, date por invitad@. 
Gracias otra vez a todos los protagonistas y los narradores que nos han proporcionado estas historias. Si algún adjetivo merece este libro es el de colectivo.





Els tontos 

Surten de la fàbrica a la mateixa hora que acabem a l'institut. En fila de dos van cap al microbús que els espera a la plaça per tornar-los a casa.
                Una processó de personatges que em tenen fascinada. Avancen desordenats, com si anessin a descarrilar, sota la supervisió dels seus monitors.
                Alguns gemeguen, altres parlen sols, sovint es fan bromes indesxifrables. Una parelleta de nens envellits surten agafats de la mà, mirant-se embadalits, entremaliats. Hi ha un noi, sempre en xandall, que cada cinc passos es transforma en una estàtua de sal durant uns segons. També hi ha un altre de molt graciós, amb unes ulleres enormes, que quan passem pel seu costat fa com que ensopega i cau a terra. De seguida el recondueixen a la fila i les meves amigues i jo no sabem com reaccionar, encara que després sempre ens riem.
                Pugen al microbús i des de les finestretes ens mostren sense vergonya els seus rostres cubistes, els seus caps diminuts, aquests somriures que no es tanquen, les seves síndromes amb noms impossibles de pronunciar que ens han explicat en genètica, Turner? Klinefelter? Deu ser cosa d'un cromosoma de més o de menys?
                Quan arribo a casa sempre penso en ells durant una estona. En com deu ser veure el món des de les seves ments tan limitades, des d'aquests cossos atrotinats com edificis a mig fer. I no aconsegueixo arribar a cap conclusió. Mai no sé si estar trista o contenta. És estrany.
                En acabar les classes, avui hem passat molt a prop de la fila. Crec que ha estat culpa meva perquè no podia deixar de mirar el  noi de les ulleres enormes esperant el moment en que es llancés a terra. Quan he passat pel seu costat m'ha mirat fixament, m'ha tret la llengua i ha cridat: Tonta!
                Ens hem rigut, és clar, però després a casa, mentre obria la llibreta per fer els problemes de genètica, he pensat que potser tenia raó.






       


       
          Los tontos

            Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.
Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.
Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.
Suben al microbús y desde las ventanillas nos muestran sin pudor sus rostros cubistas, sus cabezas diminutas, esas sonrisas que no se cierran, sus síndromes con nombres imposibles de pronunciar que nos han explicado en genética, ¿Turner? ¿Klinefelter? ¿Será todo cuestión de  un cromosoma de más o de menos?
Cuando llego a casa siempre pienso en ellos durante un rato. En cómo debe de ser ver el mundo desde sus mentes tan limitadas, desde esos cuerpos destartalados como edificios a medio hacer. Y no consigo llegar a ninguna conclusión. Nunca sé si estar triste o contenta. Es raro.
Al acabar las clases, hoy hemos pasado muy cerca de la fila. Creo que ha sido culpa mía porque no podía dejar de mirar al gafotas esperando el momento en que se lanzara al suelo. Cuando he pasado por su lado me ha mirado fijamente, me ha sacado la lengua  y ha gritado: ¡Tonta!
Nos hemos reído, claro, pero luego en casa, mientras abría la libreta para hacer los problemas de genética, he pensado que lo mismo tenía razón.







domingo, 21 de septiembre de 2014

Una alegría en observación



                                                            "Si te salvas por los pelos, quedas traumatizado. Si te                                                 salvas holgadamente, piensas que eres invencible"  Malcolm Gladwell


Una madre abraza emocionada a su hija que ha sido rescatada del mar por un surfista casual tras horas de angustia viendo cómo se la llevaba la corriente hacia el fondo.Los turistas salen exultantes de un hotel de Hong Kong después de pasar una larga cuarentena incomunicados en sus habitaciones debido a la epidemia de gripe aviar.Una adolescente disfruta de la agradable sensación de pasear sin muletas un mes después de sufrir un esguince en el pie. El sabor de los alimentos explota como una nube de fuegos artificiales en la boca de  un hombre que ha permanecido hospitalizado una larga temporada alimentándose del suero que le entraba por la vía que le mantenía atado a su cama.
Sobrevivir a un accidente de coche, encontrar a tu perro desaparecido, recoger los resultados de un análisis de seguimiento de un antiguo cáncer y comprobar que se te regala más tiempo…
Si observamos de cerca éstas alegrías-que es una sola alegría, la alegría de sentirse vivo, de haber escapado de las zarpas de lo irreversible, de haber burlado a la muerte un rato más- podremos ver sonrisas francas, rostros luminosos, lágrimas de agradecimiento, respiraciones profundas, una ola de energía que invade todo y recorre la sangre abriendo ventanas.
    Es un tipo de alegría de una textura especial, nítida y gratuita como un don. Nada que ver con el merecido orgullo que sobreviene después de un esfuerzo, ni con la satisfacción por el deber cumplido. Es la gracia divina, la sabia bruta que fluye como un torrente por los conductos y lo ilumina todo. Rotunda, oxigenada y dulce.   
Probablemente no podríamos soportar esta intensidad emocional si tuviéramos que sentirnos así cada vez que volviéramos de la playa o cada vez que saliéramos de un hotel. Si en cada paseo, comida o viaje  hubiéramos de experimentar la misma alegría que vivimos en los momentos posteriores a haber rozado un peligro real, nuestra existencia se convertiría en una continua sorpresa agradecida ante el milagro, en la constatación de lo resistente que se muestra la vida a pesar de lo vulnerable que la sabemos.
Puedo comprender la dificultad que supondría mantenerse en ese estado de ánimo constantemente, vivir sin coraza, estremecidos, deslumbrados…pero no me resisto a preguntarme ¿Por qué , al volver a la normalidad tras una situación límite, nos ataca esta grave amnesia que permite que enseguida volvamos a dar todo por supuesto, a sentir un tedio gris ante situaciones cotidianas como despertar a un niño y ver que sus ojos se abren lentamente o comprobar que nuestros órganos internos siguen funcionando y permanecen silenciosos, cuando en realidad estamos asistiendo a un prodigio  o cuanto menos a un hecho extraordinario?


martes, 16 de septiembre de 2014

Fabioleando



                               "Tener un animal doméstico tiene algo de un intento de redimir por                                                     lo menos a una criatura, un esfuerzo por brindar aunque sea a un solo                                                ser una vida sin tristeza"    Rudy Kousbroek ( El secreto del pasado). 
                                      
            Como cualquier otra tarde, es hora de salir. La luz, la orientación del viento que se filtra por la rendija, el sonido de las puertas que se va acercando, el tintineo de la correa, pero sobre todo los olores: menos detergentes y más latigazos de asfalto.
Deslizarse por las escaleras al único modo, arrastrando más peso que a la subida, la velocidad, la tensión en el cuello. Acomodar el paso, los encuentros, el ansia por llegar al monte. Ahí está, el rastro de los últimos días, esa tarea pendiente que ronda-y reaparece al pisar la tierra-como el hambre y el sueño.
Urge descifrar los nuevos caminos, todos los regueros de posibles pistas. La hierba cosquillea en el hocico pero lleva información fresca, mensajes labrados en el suelo que sugieren y reclaman. Acaban de pasar dos de la misma especie, uno de ellos macho, el labrador. Cubrir las señales con sal diluida, y una vez se ha dejado constancia seguir dibujando el propio camino. Se superpone un contundente rastro de jabalí. Parece que allá asoma el camino de los orejudos, a cuya demanda de velocidad es imposible resistirse.
Esta tarde es más fuerte, ya se percibe una forma. No es la sombra grande y oscura de brillos afilados que te mira para después salir en estampida, la mayoría de veces hacia donde no apuntan las patas. Hoy es el pelaje que buscan los dientes, el que nunca llega, el que da sentido a la busca y da rumbo al movimiento.
Porque los animales no viajan. El sentido de viajar es no saber lo que vienes buscando para encontrarte lo que no esperabas y olvidar lo que te trajo y te puso en marcha. Los animales se mueven. Un resorte interno los impulsa y los desplaza hacia lo más primordial: el calor, el otro, la sangre o el refugio de la cruel intemperie. Misiones de las que no se puede dimitir y que afinan los músculos en una explosión de ataque o de huida que, difundiendo desde el centro como una ola de sopor, anteceden al cansancio o a la muerte. No existe el viaje, sino el movimiento que salva. Incluso esos salmones que intentan remontar embalses, o las tortugas que desovaban en la isla cercana a la playa, y que ahora-millones de años después, derivados los continentes-recorren a nado miles de kilómetros como si trataran de comprimir el espacio. Y las golondrinas-por qué demonios lo hacen-que trastocan el Ártico en Antártico.
Hoy el conejo no se aleja corriendo: por el olor se sabe que se acerca, el viento lo pone en evidencia y le impide detectar el peligro. Cada vez más cerca, porque la lluvia de ayer amortigua el crepitar de las hojas secas. Casi delante, a pocos metros, pero hay que verlo para lanzarse. Se ha parado ¿o es el tomillo que lo inunda todo? Si aguanta quieto sabrá de dónde viene y arrancará en la dirección de huida. No, el miedo tira más y sale corriendo por donde venía.
Dejarse ver desata la tensión. El resto está previsto. Solo queda cabecear en ambas direcciones previendo los quiebros del roedor y correr. Correr sintiendo la brisa de la tarde combando las espigas y azotándole el rostro. No pisar el suelo. Volar. Todos los sentidos casi estallando. Si se aleja a campo abierto está perdido, y ya se le nota el cansancio. Quizás pueda entremeterse en las rocas de arriba, los calares siempre disponen de pasillos estrechos y escondites. ¿Adónde romperá en el siguiente giro? La vista y el oído se hacen uno.
El cuerpo se estira más de lo que puede dar de sí. Por un momento alcanza la máxima ligereza: elimina su peso y una de sus dimensiones, convirtiéndose en un arco a punto de ser disparado. Salta la flecha y atina. Se acabó. Fabiola disfruta del sabor y la textura.
Ya puede llevárselo. Se acompasan los latidos de cazadora y presa. Relajación y resignación.
Menuda felicidad vivir en el paraíso de los galgos. Vivir al caer la tarde la emoción y el triunfo. Recuperar el peso e impregnarse del olor. Ya está ahí la dueña, compañera de pulsiones, también hembra y madre, qué alegría se va a llevar.



Para celebrar que en las pruebas de la selectividad de este septiembre ha salido mi perra Fabiola ilustrando una de las  preguntas que yo propuse, en la que se comparaba el metabolismo de galgos y huskies, subo al blog este relato que escribimos a cuatro manos hace un tiempo Víctor Paniego y yo. El examen se puede ver aquí

viernes, 5 de septiembre de 2014

Fossar sota les moreres / Fosal bajo las moreras


Una  de las estrategias mas tremendas de las guerras son los asedios, una forma muy perversa de ensañarse con los más débiles. Este microrrelato es mi contribución a la iniciativa del blog La bona confitura "Microrrelats del setge" 
Abajo está la traducción para los que lean el blog desde fuera de Catalunya. 



Fossar sota les moreres

      Una multitud ocupa la plaça. Em refugio en una cantonada, atenta als seus moviments. Una segona multitud se superposa a la primera. L'escena es dibuixa davant els meus ulls en colors sèpia, tenyits amb esquitxos de sang molt vermella. Els protagonistes desesperen, s'enardeixen, resisteixen... i en un brogit de pólvora i vísceres entren a la història sense saber-ho. Els turistes comencen a entendre què va passar. Jo segueixo, amb prou feines, l'argument. De sobte la segona multitud s'esvaeix en la boca de la guia, que convida el grup a acompanyar-la fins al següent punt de l'itinerari. 
     Els nord-americans que visiten els llocs històrics de Barcelona es desplacen amb les seves sandàlies i mitjons sobre enderrocs i difunts ubicats en l'estrat inferior, sota les moreres. Tot torna a la normalitat d'un passeig dominical pel Born. Fins que veig un nen que mendica la meva atenció, un infant amb la roba esparracada, brut, descalç, que du a la mirada tota la tristesa del món i a la camisola blanca unes enormes llànties vermelles.

  


Fosal bajo las moreras


     Una multitud ocupa la plaza. Me refugio en una esquina, atenta a sus movimientos. Una segunda multitud se superpone a la primera. La escena se dibuja ante mis ojos en colores sepia teñida con salpicaduras de sangre muy roja. Los protagonistas desesperan, se enardecen, resisten… y en un rugido de pólvora y vísceras entran en la historia sin saberlo. Los turistas empiezan a entender lo que ocurrió. Yo sigo el argumento con bastante dificultad. De repente la segunda multitud se desvanece en la boca de la guía, que invita al grupo a acompañarle  hacia el siguiente punto del itinerario.
      Los norteamericanos que visitan los lugares históricos de Barcelona se desplazan con sus sandalias y calcetines sobre derrubios y muertos ubicados en el estrato inferior, bajo las moreras. Todo vuelve a la normalidad de un paseo dominical por el barrio del Born. Hasta que veo a ese crío que mendiga mi atención, un niño con harapos, sucio, descalzo, que lleva en su mirada toda la tristeza del mundo, y en su camisola blanca unos enormes lamparones rojos.


   


Las tres fotografías, obtenidas de la web, son de El fossar de les moreres, una plaza muy cercana a Santa María del Mar, en Barcelona.  

domingo, 24 de agosto de 2014

Cambio de sentido

Ilustración de Richard Estes 
        
Se me acerca convencido de que lo voy a escuchar. Me pilla con la guardia baja, y lo consigue. Es joven y lleva chándal. Aparenta un nerviosismo como de vodevil. Observo una pequeña mancha de aceite en su camiseta mientras le oigo explicarme  lo apurado que está. Nunca le había pasado, se ha quedado colgado y nadie le puede venir a buscar. No me puedo imaginar la vergüenza que le da tener que pedir dinero para un billete sencillo.
-Te acompaño- le digo, mientras sigo mi camino hacia la boca del metro-. Así te compro el billete.
Continúo bajando el último tramo de  Paseo de Gracia, y al llegar a Plaza Catalunya me dice que no, que él tiene que ir en autobús. Lo miro de reojo un instante. La brillantina de su pelo produce un destello metálico que me recuerda al ala de una mosca. Como la que se aloja desde hace un rato tras mi oreja.
-Pues te acompaño al autobús, no te preocupes, no tengo prisa-le digo, cambiando el sentido de mi marcha.
Tres pasos más.
Me dice: Es mentira. Lo quería para comer. Para comprarme un bocadillo.
Le digo: ¿Ah, sí? ¿Es mentira? Pues aquí te quedas.
Me doy la vuelta con gesto ralentizado y digno. Empiezo a caminar en dirección al metro. Noto  un cambio en la calidad del aire, como si algo se hubiera espesado a mis espaldas, un resorte encajando en su mecanismo. Apunta a mi cabeza. Dispara una ráfaga con los más floridos insultos, que me alcanzan de lleno justo antes de entrar en la boca del metro.