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domingo, 12 de octubre de 2025

Una merienda de negros

                                                 James Cook llegando a lo que bautizó como Islas Sandwich ( Hawái) 
 

Lili’uokalami, la última reina de Hawái, visitó la Inglaterra de la Reina Victoria.

Entre los invitados a la recepción existía una gran curiosidad por conocerla.

En cierto momento, la reina negra comentó que por sus venas también corría sangre inglesa. Un estremecimiento recorrió la sala. Los miembros de la nobleza se miraron de soslayo. Uno se atragantó, otro se recolocó la chorrera que cubría su pecho de mantequilla. Las damas cuchichearon. Una condesa con aspecto de lebrel hizo de portavoz y le preguntó si acaso ella descendía de la relación entre un conquistador y una nativa.

Ella soltó una contundente carcajada, y a continuación afiló el gesto para decirle que nada de eso. Era simplemente que su bisabuelo fue uno de los que participó en aquel patriótico festín en el que se homenajeó a James Cook, repartiéndolo entre la comunidad.  A él, en concreto, le tocó el corazón.

—Es por eso que yo tengo algo de sangre inglesa recorriendo mi sistema circulatorio, querida —respondió, sonriendo.

                                                                        Lili’uokalami 


sábado, 12 de enero de 2019

El efecto mariposa



Caldera del Tambora, en la isla de Sumbawa , Indonesia 
El cinco de Abril de 1815, en una pequeña isla de las Indias Orientales, el monte Tambora regurgitó con furia geológica sus intestinos de magma. Un velo de cenizas cubrió la superficie del planeta y lo dejó a oscuras como si un Dios ofendido hubiera apagado la luz. Sus habitantes fueron castigados durante muchos meses con malas cosechas, epidemias y hambrunas.
Se dice que Turner pintó sus espectaculares atardeceres aprovechando el baile que la luz oblicua ejecutaba cada tarde con las partículas que procedían de la otra parte del mundo.  En su retiro estival del “año sin verano” Lord Byron y Mary Shelley  se entretenían imaginando historias de terror. En Villa Diodati, frente a un lago suizo que apenas podían ver,  gestaron los embriones de sus monstruos y sus oscuridades.
Dos meses después de la erupción, caía una lluvia sucia y cenicienta sobre la campiña belga. Empapados y ateridos, los soldados de Napoleón hundían sus botas, las balas de cañón y sus vidas en un fango parecido a arenas movedizas. El dios de la guerra era derrotado definitivamente por los elementos. Vencido por un volcán. En Santa Helena, años más tarde, intentaba justificar su denigrante derrota escribiendo: “Los más pequeños acontecimientos tienen a menudo las más grandes consecuencias”.
Desde el futuro sonreímos indulgentes al constatar que, en su megalomanía, Napoleón considerara la erupción del gigante indonesio como “un pequeño acontecimiento”. Pero por otro lado no podemos evitar admirar lo visionario de su aportación no reconocida a la teoría del caos.

 
"El Temerario" remolcado a su ultimo atraque para el desguace, cuadro de Turner

domingo, 29 de julio de 2018

Otra oportunidad

Ron Gonsalves 



Ayer, en la sobremesa de  la cena familiar,  fantaseamos con la idea de elegir a un personaje histórico al que pudiéramos resucitar por un pequeño lapso de tiempo (unas horas, un día) con el fin de mostrarle algo  y a continuación enviarlo de vuelta a la tediosa eternidad.
Mi hermana dijo que se llevaría a Van Gogh a dar una vuelta por el magnífico museo dedicado a su pintura en Ámsterdam. Una vez recuperado de esta última alucinación podría visitar a los clásicos en el vecino Rijksmuseum y regresar al otro lado con una sola oreja pero con la autoestima completa.
Mis padres discutieron la propuesta de hacerle experimentar a Hitler una muerte más lenta que la que eligió. A Tesla habría que volverle a la vida y rendirle un homenaje rebosante de luces y efectos especiales, dijo mi padre. En cuanto a la posibilidad de revelarle a Martin Luther King que su país ha tenido un presidente negro nos pareció muy buena idea, pero tuvimos dudas sobre la oportunidad de la coyuntura  política del momento.
Yo, animado por el postre y el café, me atribuí la potestad de resucitar a dos personajes de forma simultánea. En mi descargo argumenté que fueron coetáneos y que ambos  tuvieron intereses y estudios similares. Señalé que era importante propiciar un encuentro crucial que el destino evitó en su  momento de forma imperdonable. Les puse en antecedentes: Darwin por fin leería esa referencia a  un oscuro artículo de un monje aficionado a la botánica que hablaba de guisantes verdes y amarillos. Su aguda inteligencia no tardaría en captar que los estudios del tal Mendel eran exactamente la gran laguna que le faltaba a su teoría para ser completa. La fusión entre su prodigiosa capacidad de síntesis con la habilidad analítica del concienzudo experimentador haría compatible lo fijo con lo voluble, la herencia con la evolución. El ying y el yang. Entre los dos harían uno, el más grande.  
Se podrían encontrar en un punto intermedio entre Inglaterra y la República Checa, pongamos un vanguardista  instituto de Biotecnología  de una ciudad alemana.  Propuse darles el doble de tiempo que a los demás: el primer día para intercambiar ideas entre ellos (el privilegio de presenciar semejante espectáculo estaría reservado a unos pocos), y el segundo para que el investigador más eminente del Centro les enseñara las instalaciones y les hablase de cromosomas, mutaciones, células madre y diagnosis de enfermedades genéticas. Al terminar se les ofrecería una taza de té. Tras la deflagración que los devolviera respectivamente a la Abadía de Westminster y al cementerio central de Brno, se procedería al tratamiento del ADN obtenido de sendas cucharillas. De esta forma los futuros clones tendrían una prolongada y merecida oportunidad de charlar sobre la vida, un asunto cada vez más enrevesadamente apasionante.


Franz Ackermann



miércoles, 30 de mayo de 2018

Lo que contó la lechera

Johannes Vermeer


Berkeley, Gloucestershire, 3 de febrero de 1823

Me llamo Sarah Nelmes, vivo en Berkeley y desde que dejé la escuela he trabajado ordeñando vacas blossom. Nunca he sido muy guapa, pero tengo mejor aspecto que la mayoría de mis contemporáneos. Y no se debe precisamente a haber llevado una vida holgada, he bregado muy duro toda mi vida. Después de casi cuarenta años en la granja de los Pearce, ahora que por fin llegó el momento de retirarme, echo la vista atrás y veo mi vida como una fila de tareas sin interrupción. Pero todo el mundo sabe que las lecheras hemos sido siempre un modelo de belleza que ha inspirado a pintores y poetas. Una vez, hace muchos años, un pintor que vino desde Dursley quiso que posara para él. No pudo ser, mi marido no lo permitió. Ahora me arrepiento de no atesorar ese recuerdo de mi lejana juventud. La tersura de nuestro cutis era la envidia de las mujeres ricas que a veces visitaban nuestro condado viajando desde Bath, Cambridge o incluso desde Londres. Ninguna de nosotras muestra esas espantosas marcas que deforman el rostro de los que han sobrevivido a la viruela. Pero todo esto no es lo importante. Es solo un pretexto, una introducción para lo que realmente quiero explicar.
Quiero dejar constancia de que gracias al mejor hombre que ha dado esta tierra, al mejor médico de Inglaterra, el poder de esta terrible maldición es cada vez menor. Veintisiete años después de que yo le consultara sobre mis pupas de viruela vacuna, muchos habitantes de este pueblo y del resto del país han podido evitar esta atroz enfermedad. Y los protagonistas de semejante hazaña eran mis vecinos. James Phipps, que acaba de pronunciar un sentido parlamento en St. Mary’s Church, era en aquel entonces el hijo del jardinero del doctor Jenner. Tenía ocho años. Yo lo conocía porque a veces lo enviaban a buscar leche. Un chico pelirrojo y vivaracho. Fue inoculado, con el consentimiento de su padre, con el líquido de una pústula de mi mano derecha. Afortunadamente todo salió bien y cuando al cabo de unos días el doctor le inyectó la viruela no falleció, como algunos pronosticaban. Recuerdo cómo sonreía cuando vino a nuestra casa a anunciarnos el éxito de su tratamiento. Me confesó que todo había sido gracias a mí. A mi comentario. La seguridad que mostré al decirle que no padecía la viruela por haber pasado la enfermedad de las vacas previamente fue lo que le llevó a atar cabos, a relacionar la protección que proporcionaba la viruela vacuna sobre la terrible viruela humana. Lo que le animó a arriesgarse con el niño de los Phipps, y más tarde a comprometerse a inocular a todo el que quisiera.
Acabo de regresar del entierro del doctor Jenner. Todo el mundo honra hoy al hombre que yo conocí desde pequeña. Es un héroe, un benefactor mundial, hasta el punto que Napoleón accedió a liberar a los prisioneros de nuestro país ante su demanda, según cuentan.
Nadie me ha pedido que participara en el funeral. Es lógico: una mujer, una campesina como yo no posee ni la presencia ni el reconocimiento que requiere un acto tan solemne. Aunque pocos saben que gracias a los libros que él me dejó no soy tan inculta. No podía dejar de asistir a la ceremonia. La iglesia estaba llena. He permanecido de pie cerca de la puerta durante el servicio. He llorado la pérdida de mi querido médico con todo mi corazón. Y mientras observaba a los miembros de la comunidad y a las personalidades que han viajado hasta nuestra parroquia para despedir al ahora famosísimo doctor, en secreto me he felicitado por haber acudido a su consulta esa lejana mañana de 1796. Y me he alegrado de que gracias a aquella visita ya no se vean caras mordidas por la viruela entre las jóvenes de por aquí. Ahora todas tienen el cutis de una lechera.
También he decidido dejar por escrito mi testimonio, para que mis nietos lo lean cuando ya no esté. Y se sientan orgullosos de tener la misma sangre que Sarah Nelmes, la humilde ordeñadora que inspiró su mejor idea al más grande de los nuestros.


Este cuento está inspirado en el hallazgo crucial  ( y arriesgado) del doctor Edward Jenner: la vacunación. Uno de los tres pilares de la medicina, juntamente con la potabilización del agua y el descubrimiento de los antibióticos. Lo he presentado en la actual edición de Inspiraciencia y no ha pasado la primera selección, así que le hago un sitio a esta lechera tan especial en mi blog, que también está para eso. 



domingo, 11 de junio de 2017

Realidad versus ficción


Los más contrastados artículos de Ripperologist Magazine afirman que el destripador no era un energúmeno con capa y chistera, sino un joven solitario y tímido. Su aspecto de apocado oficinista le evitó las sospechas de la policía, que buscaba a un depredador de apariencia feroz.
Sir Arthur Conan Doyle recorrió los escenarios de Whitechapel y tuvo acceso a toda la documentación de Scotland Yard sobre el caso. Cuando fue preguntado por la hipotética deducción de su detective, aseguró que Sherlock Holmes habría trabajado con la premisa de que el asesino abordaba a sus víctimas disfrazado de mujer para no despertar sospechas. Propuso  que los agentes -con el fin de actuar como cebo- también se disfrazaran de prostitutas, imaginando así un escenario en el que las auténticas busconas lucirían desvaídas frente a policías y asesinos ataviados con extravagantes pelucas y frondosas faldas.             

Y mientras semejante desfile parecía tan real en la mente del escritor, en las gélidas calles de Londres la silueta del destripador se sumergía en la bruma con paso inalcanzable hasta fundirse en negro, como tragado por las arenas movedizas de una espeluznante ficción.


martes, 12 de enero de 2016

Fuego

Dibujos de James Button y Fuegia Basquet realizados por Charles Darwin

Por qué demonios sus dueños los han abandonado en este inhóspito lugar es lo que se preguntan Jimmy Button y Fuegia Basket mientras ascienden por la escalinata preparados para realizar una ensayadísima reverencia al rey. Y lo hacen en su lengua antigua y austral, no en ese inglés recién aprendido para orgullo de sus captores. Bajo el frufrú de sus vestidos está la desnudez de antes, los botones y las telas por las que fueron canjeados, la larga travesía en el Beagle, la muerte de Boat por viruela, las oraciones y los modales en la mesa. Y la firme determinación de mantenerlos engañados hasta que los devuelvan a su tierra de fuego. 



Con este micro he participado en el concurso Relatos en cadena ( REC). Solo lo hago muy de vez en cuando, cuando gana algún conocido del que me gusta mucho su relato. Esta vez me planteé el reto de continuar la última frase del magnífico microrrelato de Arantza Portabales

 Atrapados

¿En qué momento de la educación de su niña habían empezado a equivocarse?
¿Habré cerrado la llave del gas?
Aunque me llame, no pienso perdonarlo. O sí. Tal vez.
¿Es que nunca van a dejar el baño libre?
¿Debería instalar Windows 10?
El lunes vuelvo al gimnasio.
¿Pero… qué es ese ruido?

Los pensamientos de los pasajeros del vuelo 2215 son pensamientos comunes. Triviales. Los mismos que tendríamos usted y yo. Lo que los hace especiales es su movimiento. Resulta fascinante verlos agitarse, nerviosos e inquietos dentro de la caja negra, mientras se preguntan qué ha pasado, dónde se encuentran y por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar.

sábado, 14 de noviembre de 2015

De los intentos de no crecer

Fotomontaje de Elías Ruíz Monserrat


Cuando la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia: el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor, James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres queridos están simultáneamente presentes y ausentes.
En uno de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente, apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.
Su desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura. J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de niños diminutos tan perdidos como él.



Con este texto he participado en la convocatoria de Esta noche te cuento con el tema "A mi manera". Finalmente ha sido seleccionado este micro entre los relatos ganadores de esta temporada y paso a formar parte in extremis del libro de Esta noche te cuento. Me hace muchísima ilusión. 


miércoles, 13 de mayo de 2015

One million years B.C.




Si el asteroide no hubiera provocado un cráter de diez kilómetros en Chicxulub, península de Yucatán, jamás habrían existido las actrices. Ni los directores de cine. En lo que a mamíferos se refiere, se esperaría que malvivieran solamente algunos escurridizos ratoncitos.
Ligar nuestra existencia a la azarosa trayectoria de semejante pedrusco nos deja confundidos y meditabundos. Algunos sienten una culpabilidad cretácica y se justifican con delirantes argumentos. Uno de ellos defiende que permitir que la despampanante Raquel Welch anduviera en biquini entre dinosaurios en aquella película ha sido el único intento  –inverosímil, anacrónico, sí, pero necesario– de rendir tributo a quienes estaban predestinados a ser los auténticos  terrícolas.


domingo, 5 de octubre de 2014

La biblioteca de piedra


Romona Youngquist


                 Hace tiempo que divago sobre la relación entre las piedras y las historias, pero me faltaba una pieza para completar el puzzle. Esta mañana, paseando con mis perros, he dado con ella. Voy a intentar cerrar mi argumento .
                 Si prestamos la suficiente atención, un edificio de piedra nos puede narrar una novela. Impregnarse de la atmósfera lechosa que flota en el interior de una catedral gótica o pasear sin prisas por las gradas de un anfiteatro romano nos da la oportunidad de leer la historia que las piedras de ese monumento nos susurran. Novelas góticas enmarcadas en castillos checos, intrincadas novelas policíacas en decadentes balnearios, siniestras historias de amores ilícitos en los pasadizos subterráneos que comunican los monasterios de dominicas y benedictinos, o las más tristes historias de fantasmas bajo el campanario que sobresale del pueblo anegado por el pantano.
                En cambio, las estatuas que vemos en los museos- esas diosas blanquecinas y porosas como bloques de sal o los bronces naufragados con incrustaciones marinas- no tienen ni el aliento ni la perspectiva de las grandes sagas, pero pueden sugerir el desarrollo, conflicto y desenlace que tensan un buen relato. Un relato por cada estatua: generales ecuestres carcomidos por excrementos de paloma, el berraco rescatado del río que da la bienvenida desde la época de los romanos a todo el que entra en Salamanca, las vírgenes que nos contemplan desde sus hornacinas, aburridas ya de sus tonos azules y su sonrisa insípida, o las tallas rescatadas de un naufragio que nos hablan de piratas feroces y escurridizas sirenas.
           ¿Podríamos calificar, entonces, a los museos de arqueología que a veces visitamos como las genuinas antologías del relato histórico? Creo que la respuesta podría ser afirmativa, con la condición de que sepamos leer entre líneas, prescindir por un momento de nuestra condición de turistas y desenfocar un poco la mirada.
      Si no nos resignamos a la mediocridad de las tallas medianas (novelas, relatos…) deberíamos preguntarnos-o mejor dicho, me pregunto yo en mi absurdo afán de relacionar los minerales con la literatura-a qué tipo de material geológico le confiaríamos la narración de lo minúsculo, de lo esencial, de la miniatura que todo lo contiene ¿Cómo aplicar el microscopio a este asunto? ¿Qué mineral podría producir el destello de una gota de ámbar, la íntima detonación de un microrrelato? Me atrevo a proponer como candidatos a las narices, los dedos y los penes mutilados de las estatuas. Todos los apéndices que, al sobresalir del cuerpo, acaban cayendo por su propio peso y se independizan del relato al que pertenecieron. Fantaseo con la idea de que los microrrelatos de la historia se amontonan en polvorientos cajones de los almacenes de un gran museo, como piezas desorientadas de un rompecabezas que el tiempo desbarató. Incitan a preguntarse sobre quien fue el propietario de ese apéndice y cómo será capaz de manejarse sin él ahora que yace tan discretamente en esta fosa común. Incluso cuestiones más metafísicas cómo cual es la verdadera finalidad de una nariz o qué motor impulsa el aliento vital que la atraviesa. Relatos explosivos como pompas de jabón, nutritivos como el néctar de una flor, livianos como colibríes pero tan resistentes como los diamantes. Microbios de piedra que nos parasitan hasta hacerse cargo de nuestro material genético, pequeñas píldoras que encierran un universo en miniatura.
           Y puestos a rizar el rizo, si nos vamos al otro extremo del espectro ¿qué procesos geológicos nos darían una visión de conjunto que permitiera situar los acontecimientos en su verdadera dimensión? ¿Qué formación rocosa poseería la ambición de una Enciclopedia? ¿Dónde podríamos encontrar el registro de todo lo ocurrido?
            Aquí viene la revelación que tuve en mi paseo con los perros.
          Cada mañana, durante este glorioso veraneo en el que vivimos aislados en una casita de montaña de acceso disuasorio, paseamos con nuestros dos galgos por una gravera situada a unos 700 m de altitud. El primer día, al acceder al camino rocoso- mirando al suelo para evitar desprendimientos- me topé con un fósil de caracol marino del tamaño de un puño. Después de celebrar mi suerte, me lo puse en el bolsillo y seguí caminando sin quitar la vista del suelo. Desde entonces ya no miro el paisaje y mis perros no acaban de entender porque vamos tan lentos y su ama siempre camina cabizbaja. Cuando llego a la parte más alta de la montaña me fuerzo a mirar las magníficas vistas panorámicas, pero en la subida no puedo evitar ir mirando constantemente hacia las piedras que rodean mis pies en una especie de competición conmigo misma por no dejar superficie a mi alcance sin escanear. De esta manera me he convertido en una obsesa de la recolección de fósiles. Cada día encuentro uno, al menos. A continuación se acumulan, ordenados, en la repisa de la chimenea. Lamelibranquios con surcos paralelos en sus valvas calizas, porciones de coral ancianos como el mundo, abultadas almejas de piedra cubiertas de una costra arcillosa o caparazones de erizo de mar ribeteados con cenefas simétricas en forma de corazón ya forman parte de mi inesperada colección. Aun no los he encontrado, pero sé que por ahí me esperan helechos prensados como un estampado en la roca y me consta que se han encontrado mariposas fósiles en los alrededores de este macizo que en un pasado remoto fue un mar (¿Quien ha dicho que las piedras no se mueven? Es únicamente una cuestión de tiempo).
              Un amigo poseído desde hace tiempo por la misma pasión desenfrenada me informó de en qué zonas podría encontrar más fósiles y de diferentes tipos. Me dirigí a un montículo arcilloso en el que sobresalían, como los cantos rodados en las dunas, diminutos fósiles en forma de espiral o de almeja. Mientras los seleccionaba minuciosamente de entre las piedras sin interés -los dos perros merodeando y husmeando a mi alrededor- me di cuenta de que éstos animales de piedra eran los verdaderos testigos del pasado más remoto, una Biblioteca que nos susurra a través de sus humildísimos fósiles todos los relatos cósmicos, tectónicos, evolutivos y ecológicos que han dado forma al paisaje que ahora nos acoge. Un papiro que nos produce el vértigo de percibir el tiempo como agua que se escurre por entre los dedos pero que a la vez deja regueros en la piedra.
           Cuando ya me disponía a volver a casa, impactada por la revelación sobre la gran obra de la literatura y su relación con la geología, dispuesta a observar a mis seres vivos petrificados de la chimenea con una nueva mirada, me pareció ver- entreverado entre la arcilla, los cantos rodados y los diminutos fósiles- la valva de una almeja actual, un resto de paella totalmente anacrónico y surrealista en ese lugar de montaña. La metí en la misma bolsa que los fósiles. Ahora está en la repisa de la chimenea, al lado de las piedras impasibles que no acaban de revelar su secreto, una valva lustrosa e insólita como un interrogante desparejado. Un chiste malo haciendo cosquillas a la Enciclopedia Británica , a la Biblia , a la Gran Novela Americana.



Esta foto la tomé en una tienda de souvenirs de la Costa Jurásica de Inglaterra.


miércoles, 1 de octubre de 2014

Lección de anatomía




Ocurrió el marzo de sus trece años. 
Llevaba varios días, junto a sus padres y su hermano, tratando de huir por la línea fluctuante del frente del Ebro.
Vio cómo traían detenidos a dos brigadistas que habían encontrado escondidos entre los almendros. Eran corpulentos, tenían el cabello claro y los pómulos altos. Uno de ellos arrastraba su mirada hacia la vida efímera y venenosa que se agolpaba a su alrededor. Los llevaron hacia un barranco cercano al camino. Después se oyó un estruendo de pólvora.
    Al atardecer se escabulló con su hermano. Se asomó al último de los márgenes y pudo ver un montón de ramas ocultando algo.
Otro marzo, muchos años después, regresó. Acompañado de dos compañeros universitarios y una pala, volvió al lugar exacto. Entre las raíces de los almendros en flor empezaron a asomar costillas, un fémur y un par de calaveras, que introdujeron en un petate para transportarlos de vuelta a Barcelona. Allí limpiarían los huesos hasta dejarlos de un blanco sucio y uniforme.
Durante los años siguientes, los huesos recios de dos eslavos que fueron fusilados en una guerra extranjera le enseñaron toda la anatomía que necesitaba para convertirse en el médico respetable que pretendía ser.


    Esta ha sido mi aportación de septiembre a Esta noche te cuento, sobre el tema "...tras la batalla"
   La fotografía la tomé yo la pasada primavera.

viernes, 31 de enero de 2014

Abril


En Abril de mil cuatrocientos setenta y cinco, pocos días después de que muriera de tuberculosis  Simonetta Cattanei, la que fuera amante de Giuliano de Medici, modelo ubicua de Botticelli e icono de belleza para todos los florentinos, moría asesinado Giuliano en la misa solemne de Pascua.
 Fue en el momento de la consagración. El cardenal arzobispo de Florencia elevó la hostia y los enemigos de la familia Medici no dudaron en asestar un tajo profundo en el cuello que parecía ofrecerles el joven Giuliano, arrodillado devotamente en su reclinatorio.
Era el mes de Abril. Con la muerte de Simonetta y de Giuliano se marchitó prematuramente la primavera del Renacimiento, y llegaron tiempos definitivamente más sombríos para Florencia.




Será en Abril de este año de mil novecientos setenta que ahora estrenamos.
El aire de Florencia estará preñado de una luz especial, que se  nos revelará aun más diáfana al salir del oscuro interior del Duomo.
 Allí, en el interior de la catedral, conseguiré transportarme en el tiempo y revivir la trama de la conspiración de los Pacci contra Giuliano que ahora estoy leyendo en diferentes libros.
 Oiré el clamor de una multitud desconcertada ante la interrupción repentina de la eucaristía debido a unos movimientos bruscos en el coro, y veré a Lorenzo de Medici saltando sobre la barandilla del presbiterio y refugiándose en la sacristía, y a la gente gritando, y a los conspiradores huyendo…Y a Giuliano tendido en el suelo como un muñeco descosido. Y el olor a incienso y la luz tamizada de la iglesia será la de entonces, no la del próximo Abril .
Fantasear sobre otras épocas a partir de los restos que quedan en el presente, es uno de los mayores placeres de los que se pueda gozar, aunque probablemente no esté catalogado y no todo el mundo lo conozca. Estoy seguro de que todos los datos que ahora estoy asimilando fluirán entonces ordenadamente, cada uno enmarcado en el edificio o en el cuadro preciso.
Al salir de la iglesia Laura irá de mi mano. Dicen que somos una pareja que llama la atención, pero el viaje de novios a Florencia nos hará aun más vistosos, y espero que más sabios y más serenos. Estaremos iluminados por esa excesiva belleza que, dicen, tiene la ciudad. Yo le explicaré a Laura lo del “síndrome de Stendhal”, y ella sonreirá, contribuyendo así a que se cumpla en mí el emborrachamiento de los sentidos que describió el escritor. Y puestos a llevar al extremo lo de morir de belleza,  al bajar las escaleras desde el Duomo a la plaza recibiré una bala extraviada en un fuego cruzado entre mafiosos.
Laura se arrodillará a mi lado, me hablará, me dirá que no me vaya. Yo la oiré lejana. Haré un enorme esfuerzo para intentar incorporarme, pero no lo conseguiré.
       Y la catedral verde se confundirá con los árboles de mi ciudad, y también con las fotos de los edificios aun no visitados. Intentaré mover los labios. Figuras desdibujadas se inclinarán alrededor. Y hablarán cosas que no comprenderé, y me entretendré, como si tuviera todo el tiempo, imaginando que hablan en un lenguaje secreto que he de descifrar. Y entre las siluetas de los turistas y de la policía, asomarán insistentes, en un segundo plano, otros perfiles conocidos pero antiguos: mis compañeros del colegio y  mi madre contándome cuentos, la fuente del parque y mi primera novia, mi abuelo oliendo a tabaco de pipa y el periquito azul. Y les diré a todos que me voy .Y me iré.
 Dejaré un bello cadáver, como Giuliano.
 Laura será Simonetta.
 Esta vez sobrevivirá a la tuberculosis y se convertirá en una viuda admirada . Luego se volverá a casar, pero siempre me recordará. Ella envejecerá, yo siempre seré joven. Nadie habrá conocido mis defectos, ni  mis arrugas, ni mis manías de viejo, y cuando Laura tenga crisis en sus futuros matrimonios, siempre pensará que conmigo habría ido bien.
 Éramos tán bellos...





Hoy he conseguido volverlo a sentir con toda exactitud. En este Abril en el que se cumplen treinta y cinco años de mi boda con Laura, la visión de la catedral de Florencia en un libro de historia de mi nieto me ha devuelto intacta la sensación de euforia que tenía mientras preparaba nuestro viaje de novios.
Cómo mi imaginación bullía enfebrecida buscando información, recopilando datos y anécdotas, imaginando paisajes, tejiendo imágenes reales de la ciudad con proyecciones imaginarias de lo que iba a pasar en ella. Incluso imaginé que no me importaría morir en medio de tanta belleza, qué cosas.
Recuerdo la emoción de Laura al ver por primera vez el exterior de la catedral, esa geografía de motivos geométricos que se repiten infinitamente, dando  sin embargo, sensación de unidad. Su boca entreabierta al escuchar la historia de Giuliano y Simonetta, de su destino cruel como el mes de Abril.

 Y su sonrisa al salir de la catedral, sonrisa que mantuvo hasta un instante antes de que le sorprendiera el súbito ataque de corazón que la dejó tan pálida y tan hermosa  para siempre en mi recuerdo.



viernes, 18 de enero de 2013

Un cuadro del agrado de Hitler



La sobrina de Adele Bloch-Bauer, María Altman, tiene los mismos ojos tristes que su tía en el retrato pintado en 1907 por Gustav Klimt, en el que posa con ese vestido incongruente y dorado como una cúpula otomana. La heredera es en la actualidad una aristocrática  anciana con la cara cincelada y los ojos vencidos.

María Altman  consiguió, después de un largo litigio, recuperar el cuadro expoliado por los nazis a sus antepasados. Una vez lo tuvo en sus manos no se le ocurrió un gesto más noble que subastarlo por más de 100 millones de dólares. El nuevo propietario, un magnate neoyorquino dedicado a la industria de los cosméticos, quedó muy satisfecho con la transacción y la octogenaria “muy emocionada”,  según confesó en la rueda de prensa posterior a la subasta.

Desde entonces la melancólica  Adele Bloch-Bauer posa en alguna importante pared - siempre joven, siempre triste y amarilla- rodeada de cosméticos, mientras su sobrina acumula toda la humillación de sus antepasados en una caja fuerte mostrando una avaricia casi a la altura de la que tuvo Hitler al pretender erigir, con los cuadros robados, el museo más deslumbrante del mundo.