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sábado, 31 de diciembre de 2016

Siamesas


N y M vivieron irremediablemente unidas. Dos en una.  A la vez idénticas y complementarias. Hemisferio izquierdo y hemisferio derecho. Cara y cruz.  De una misma mente. La misma moneda.
La personalidad de N tenía la consistencia de una esfera de cristal: densa, frágil, real. M, en cambio empezó siendo una pompa de jabón, iridiscente y vacía.
Una existencia cóncava y otra convexa, que con el tiempo se ensamblaron como el molde a su figura.  La melancolía de N alternaba con la alegría burbujeante de M. La inocencia de N con el cinismo de M. Aunque un mismo temblor de pájaro recién caído del nido se percibía en ambas.

A veces, cuando N caminaba por la calle con alguien que la conocía como tal,  le decía a su acompañante: “Ahora me transformaré en M”.
Norma Jeane se quitaba  el pañuelo de la cabeza, liberando una melena llena de olas.  Algo parecido a la sacudida de un perro al secarse recorría  todo su cuerpo. Hacía un gesto leve, como si quisiera adelantarse para atravesar una frontera invisible, mientras su mirada se encendía con reflejos violetas. El celofán se rasgaba y entonces aparecía Marilyn. 
Su presencia atraía a todas las miradas con la fuerza de un sol que se extingue. Un sumidero de energía que con el tiempo acabaría consumiendo a las dos. Emitiendo, con la deflagración,  la luz de dos supernovas unidas. 





jueves, 29 de diciembre de 2016

Diario de una despedida ( III )

4 de junio de 2013

Cómo disfruta comiendo. Me dice que últimamente come demasiado bien y que para no sentirse tan privilegiada invitaría a algún pobre a comer a su casa. Si no fuera porque se ha enterado de que algunos falsos operarios del gas entran en las casas y roban. Yo le digo que ni se le ocurra invitar a un pobre, que ahora con la crisis hay demasiados, que todos querrían entrar, no cabrían en la casa y al final ella se quedaría sin sus espinacas.
Mi padre me dice que está mucho más contenta y activa desde que he llegado yo. 
Al ducharse se ha caído en la bañera. Se ha deslizado suavemente hacia el suelo cóncavo y liso. Mi padre y yo le hemos ayudado a levantarse. El pañal se ha empapado. Luego se ha quedado un buen rato sentada con ropa interior y el albornoz abierto.
Me ha vuelto a pedir que miremos la tele porque igual sale lo del premio extraordinario de Carlos. Y que llame yo a sus hermanas para explicárselo, porque si no se creen que ella es una presumida y que se inventa lo que explica de sus nietos. “Pues si yo no he hecho nada para que sean así”, les dice. Ellas les contestan que es normal, que sus nietos son como ella: “pluscuamperfectos”.

Además de una energía inacabable que la hacía un objeto universal de admiración, mi madre se había ganado a pulso, entre sus hermanas y entre sus amigas, el adjetivo de “pluscuamperfecta”. Y ese título había que revalidarlo día a día. Focalizó toda su eficacia y su creatividad en su nuevo entorno: el hogar. Ninguna de nosotras era capaz de seguirle el ritmo cuando trajinaba por la casa. Dimos fe de su capacidad de trabajo la primera navidad que estuvimos sin ella. Nos repartimos el menú de la comida de navidad -tan elaborado y a la vez tan digestivo- entre las tres hermanas, y aun así no lo conseguimos hacer ni la mitad de bien de lo que ella lo hacía, aparte de terminar agotadas. Entonces nos dimos cuenta de sus muchas  virtudes (hacerlo y no quejarse, entre ellas), un poco tarde. Eso sí , le encantaba que alabáramos el producto de su trabajo. 
Una mujer con semejante potencia -siempre vaticinábamos- por fuerza se iba a tomar muy mal  la inevitable pérdida de facultades de la vejez. Pero de nuevo nos sorprendió: supo aceptar su rápida decadencia con la mayor dignidad, siempre-quien tuvo retuvo- con una lucidez  y un sentido del humor fuera de lo común. No ha sido fácil para mí ser una persona eficiente en cuestiones prácticas con semejante  precedente. Ella no nos enseñaba, no nos pedía ayuda, ya lo hacía ella. Nos decía: vosotras estudiad. Y de esta manera tuve el tiempo y la tranquilidad que necesitan los ratones de biblioteca para leer mucho desde pequeñita, para transitar toda mi infancia y adolescencia con una nube de fantasías sobrevolando mi cabeza mientras ella se encargaba de la intendencia y de construir un entorno confortable. No sé si a mis hermanas les benefició de la misma manera. Mientras estuvimos en casa se sintió útil, completa. Tenía a sus hijas, a su marido que trabajaba mucho para que no nos faltase de nada, a su amiga íntima con la que cosía y charlaba. Todo tenía sentido. Pero en el tercer tercio de vida, cuando las tres nos fuimos a estudiar fuera y poco después nos casamos, sospecho que de repente todo se ralentizó y se estancó de alguna manera lenta pero irreversible para una mujer con tanta capacidad de sentirse viva y útil. Su amiga se trasladó a  otra ciudad, mi padre no quería viajar a Zaragoza tanto como a ella le hubiera gustado, y nunca  consiguió adaptarse del todo a la sociedad provinciana de su ciudad de adopción. Todo esto son intuiciones mías a posteriori.  Ella  disimulaba muy bien cuando íbamos a verla, nunca cargó sobre nosotras sus decepciones conscientemente. Aunque al final había un poso de amargura en su actitud que se pudo deber a este motivo. La sospecha de esa frustración me entristece y me hace pensar.Pero quizas tiene razón Joyce Carol Oates cuando se mete en la piel de Marilyn para decir: " La muerte no existe, y sin embargo los muertos siguen muertos. Pensar en ellos era perjudicial. Seguro que no desean nuestra compasión, se dijo Norma Jeane"



viernes, 16 de diciembre de 2016

Diario de una despedia ( II )

                                                                                "Cada foto contiene a quien aparece en ella de la misma manera que el apellido contiene para siempre a aquel a quien se le da. Tia Elsie siempre es tía Elsie. Papá siempre es papá, aun cuando ya sea abuelo. Y mamá es mamá incluso cuando era niña" 
                                   John Berger  Para entender la fotografía 


2 de junio 2013
 Hemos pasado dos horas de la mañana haciendo una funda de edredón. He forzado un poco la situación para que estuviera activa y también, de forma egoísta,  para tener algo confeccionado por las dos. Me ha recordado lo importante que ha sido la costura para ella. Cuánto la relajaba por la noche, mientras nosotras dormíamos, coser. He aprendido a hilvanar y me ha enseñado a hacer ojales. Cuando éramos pequeñas nos hacía vestidos complicadísimos y llenos de puntillas, fruncidos  y bordados, que deducía viendo los originales de las tienda. Tres cada vez, uno para cada una de sus hijas. Se pasaba los dos meses de verano con su amiga Celia confeccionando los uniformes y los abrigos del colegio para el curso siguiente. He disfrutado mucho haciendo algo manual con ella, aunque me he dado cuenta de que intentaba cortar los ojales en dirección contraria.
 Nunca me interesó la costura. Nunca  se forzó a enseñarme. Tampoco a mis hermanas. Nosotras teníamos que estudiar, jugar, hacer deporte…ella nos cubría las espaldas en la gestión de lo necesario, en las cosas “fáciles”. A ver si este verano consigo aprender a coser a máquina, sería como si pudiera apropiarme de algo suyo, como si a fuerza de disciplina en el último momento pudiera aprender algo tan natural en ella como construir un hogar o solucionar un montón de cuestiones prácticas  con solo “discurrir” un poco.
Me ha enseñado algo que tenía guardado: un producto que servía para remediar los errores de puntadas o cortes mal hechos. Una botellita antigua de color amarillo chillón con letras anacrónicas que rezaba: Tejemagic. Me ha dicho que eran unos polvitos que “cosían sin hilos”, sólo pasando la plancha por encima. Lo compró cuando nosotras éramos pequeñas, en el Corte Inglés. Lo hemos usado para convertir en cicatrices los ojales fallidos.
También me habla de la importancia de los tocadiscos en su juventud. Me cuenta que iban a casa de una amiga de “guateque”  los fines de semana. Su amiga era gordita y se ponía los vestidos encima nada más sacarlos de la lavadora: los planchaba encima de su cuerpo y se los estiraba. Decía que tenía que advertir a los chicos de que tenía los muslos gruesos, para que no se llevasen después una sorpresa. 






Las  fotografías son la mejor manera de regresar a lo que ya no está, una forma engañosa pero eficaz de recuperar el pasado. Las más impactantes, para mí, son aquellas que recuperan un tiempo en el que yo no existía, las fotografías anteriores a 1962.  Tengo debilidad por los documentos en sepia  que nos muestran el pasado. Así que una de las maneras de volver a ver a mi madre tras su muerte, en especial a la joven que fue antes de ser mi madre, ha sido sentarme a contemplar sus fotografías de aquella época.  Una caja con la que se presentó mi padre en una de mis primeras visitas, que contenía sobre todo imágenes de su  vida anterior a la boda. Mirándolas puedo observar  su evolución, su recorrido vital: desde la niña que hace pucheros hasta la rubia despampanante en la que se convirtió. Por lo que veo, cuando yo nací se tiño el pelo de oscuro, me pregunto si  a modo de  ritual de paso hacia una nueva fase que descartaba todo lo que significaba ser rubia en los años de Marilyn. Pero antes está la otra, la que no reconozco, la que no conocí. Con muchas más fotografías. Posando en  los viajes que hacía con sus amigas a París o a la playa, en los paseos con sus hermanas en actitud indolente, asomando tras un banco del parque con el grupo de amigos, escribiendo en la mesa de lo que parece un camping, fumando, flirteando con mucha clase  en medio de un montón de señores.






Esas imágenes me producen una desolación que no acabo de saber a qué obedece. Una profunda  sensación de culpa. ¿Por qué motivo? ¿Quizás por el hecho de que había dejado de ser rubia, de viajar, de trabajar y de  salir con sus amigos por haberse casado y haberme tenido a mí?  Y me vuelvo a preguntar quién era mi madre antes de serlo. Se casó con 32 años, muy mayor para su época. Antes tuvo tiempo de vivir, de trabajar, de estudiar idiomas y piano -aprendizajes que nunca más usó ni demostró- y de tener un montón de pretendientes. Algo de eso me había explicado cuando yo intentaba indagar en su vida. 




Pero el descubrimiento más impactante, por la imposibilidad de recuperar una versión en primera persona, han sido las postales. En la caja, mezcladas con las fotografías de esa época, hay una serie de postales en blanco y negro de diferentes ciudades de Europa. Dirigidas a Ma chère petite Carmina- el nombre, otro indicio de quién era antes de ser Carmen- escritas a veces en español y otras en francés, y firmadas indistintamente por Joaquim, “Je”, o  “Monsieur”. Le escribe frases tan  conmovedoras como: Tengo una cosa para ti que te hará gracia, o  Je regretais beaucoup ton absence, ¿me das noticias tuyas?… Ella me había contado que-entre otros- su profesor de francés estaba prendado de ella y la pretendía, como decían entonces. Yo conocí a Monsieur  Botton, lo recuerdo en una visita que nos hizo cuando yo era pequeña al chalet donde veraneábamos, y creo recordar una ligera incomodidad en la actitud de mi madre. Una de las postales, del año 52,  la escriben  tres personas: mi madre,  Monsieur y una de las amigas viajeras. Es una foto de Notre Dame de París, y la destinataria es su hermana Paz. Probablemente fue uno de los viajes que hizo con su amiga María Pilar.
En el texto que escribe mi madre, le dice a su hermana, con la misma letra fluida con la que después escribiría las listas de la compra:   ”Estamos los tres, en el café Le Paris, en los Champs Elysées, y están pasando negros , indios…y hemos tomado Coca Cola  ¡Qué ilusión , qué ideal, ¿qué laca usas?!”  
Otra postal posterior a ésta, desde Chartes, que le escribió él:
Je dois partir pour Genève en repassant par Paris,  qui me semble bien triste depuis ton départ. Je m‘imagine que tu vas tous les jours à la piscine pour te bronzer au soleil .A Chartres il n’hi ha pas d’existentialistes mais tu vois quelle superbe cathédrale, une des plus belles du monde !  A Paris on m’ha fait des compliments de toi mais je savais déjà que tu étais fine et élégant, que tu  avais de jolis yeux et que tu étais intelligente.Ca n’ha donc été qu’une confirmation de mon opinion. Aussi j’avais au moins la consolation qu’on dirait à Paris que j’ai bon gout et que ma sœur t’ha trouvée distinguée. Quand je pense que je ne te revoirai probablement plus…vraiment je n’ai pas de chance. Je te rapporterai quelque chose de Suisse. Ce sera sans doute la derrière fois que j’avais l’occasion de te faire un petit cadeau. Amuse-toi bien et pense quelque fois à ton fidèle ami Joaquin.
En otras postales algo posteriores  desde Genova y Montreux, le dice Quelle chaleur il fait aujourd’hui en Suisse!, o Recibí tu larga carta y como me dices que estás enfriada tengo para ti un pañuelo a medida.


Cuando miro las fotos de mi madre y me vence la tristeza por su ausencia, me consuelo con una trampa mental muy rocambolesca, pero efectiva. Pienso en que ella nació un año después de Marilyn Monroe. Vivió su juventud en los años cincuenta, como ella. Las dos eran rubias y glamurosas. Yo nací en el año sesenta y dos, tres meses antes de que la rubia por antonomasia se durmiera para siempre. Mi madre por esa época estrenó maternidad, madurez y un  tinte más oscuro. Y tuvo el detalle de compartir conmigo su existencia durante 51 años más. Entonces me alegro de una manera a la vez melancólica y  profunda.