Dedicado a Mónica Brasca
La
adolescente se desdobla y cuenta lo que ha hecho ese día, qué amiga la ha decepcionado,
cómo le va en el nuevo insti, cuánto odia a su madre, sus desaforados amores de
verano… Todo lo que bulle ahí adentro está desnudo, crudo, sin piel. Ella deja
constancia, con sus encantadoras faltas de ortografía, de cada detalle, de cada
sentimiento, de cada fiesta, de cada ligue. En un momento de reflexión, en
medio de esas emociones que suben y bajan por la montaña rusa de sus días, escribe:
“Si alguien leyera este diario pensaría que soy gilipollas”.
Y ahí entro
yo, la encargada de juzgarla. La interlocutora que cerrará, treinta años
después, ese acto de comunicación. El elemento clave que faltaba: Emisor-mensaje…y receptor. Aquí estoy yo,
cometiendo el imperdonable y delicioso delito de mirar. Algo avergonzada, pero
sin poder parar de leer el diario de una adolescente que ya no existe. Que se transformó en una mujer a la que veré por
primera vez dentro de una hora. Cuando devuelva las llaves a la propietaria de
esta casa de intercambio vacacional. Y,
la verdad, no sé cómo voy a poder mirarle a la cara ahora que la conozco mejor
que su propia madre.




