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sábado, 24 de febrero de 2018

Burbuja inmobiliaria






Los obreros que construyen el edificio de al lado ya casi han llegado a la altura de mi piso.  Desde hace dos meses cada mañana me despiertan a las ocho menos cuarto con el ruido de sus taladros y sus martillazos enérgicos. Son muchos, y muy alegres. Cantan mientras trabajan,  se mueven con agilidad entre hierros, grúas y columnas de hormigón, y se comunican a gritos como si estuvieran todos sordos o borrachos. Tienen los músculos tan exagerados como los esclavos de las películas de romanos. Yo los observo tras los visillos. Les veo trajinar, comer en los andamios, incluso un día vi a uno orinar en una esquina. Ayer uno de ellos me sorprendió mirándoles y levantó la cabeza a modo de saludo. Parecía buena persona.  En cuanto lleguen al nivel de mi dormitorio y los tenga cara a cara pienso ofrecerles un termo de café sobre las once cada mañana, para que descansen y se paren a reflexionar un poquito. O mejor les preparo una paella, dejo que salte toda la cuadrilla por mi ventana y me olvido de la reflexión. Y de paso les hago compañía, que los pobres pasan muchas horas fuera de casa. Como si ellos tuvieran la culpa de que me estalle la cabeza por el ruido espantoso, de que se vaya a perder toda la luz en las dos habitaciones más soleadas de mi apartamento, de que las vistas se me llenen de ladrillos. Como si no fueran ellos con sus músculos y sus manos grandes, y no yo con mis palabras y mis quejas pequeñas, los que tuvieran la razón.  



viernes, 16 de febrero de 2018

Como un bendito


Fotografía tomada en una exposición de Louise Bourgeois, en el MOMA de Nueva York 


Consigo escapar por los pelos de las garras de un tremendo Dientes de sable. Empapada en un sudor helado recupero el aliento, y ya fuera de su alcance me ajusto los tapones de los oídos.
Trato de imaginar, con resignación, a qué otras pesadillas podría incorporar esos malditos ronquidos: ¿otro depredador menos pretencioso?, ¿una avalancha?, ¿un maremoto?...Intento penetrar de nuevo en el sueño, pero unas puertas giratorias me devuelven a la habitación.
Abro los ojos y desde mi lado de la cama veo cómo se balancea, suspendida en el centro del techo, una inquietante araña albina. Debería haber limpiado la casa más a fondo. Noto cómo se tensan los hilos que nos sostienen. La cama se desliza hacia el vórtice de una espiral en cuyo centro nos espera ella, simétrica y risueña.
Incapaz de hacer nada, sólo me queda contemplar la escena que se refleja -distorsionada y creciente- en cada uno de sus ocho ojos frontales. Yo, aferrada a la almohada con la desesperación de un náufrago. Mi marido, descansando de su día agotador y emitiendo por su boca abierta otro patético rugido de viejo león.