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miércoles, 13 de mayo de 2020

Eva al desnudo



Caín y Abel viven en una familia antigua pero muy cariñosa. Antes de dormir su mamá les habla del jardín frondoso en el que vivían de novios. Y de aquel árbol con los frutos tan jugosos. De que papá y mamá solían pasearse desnudos sin sentir frío ni vergüenza. Siempre le piden la misma historia. Pero cuando le preguntan por qué ahora lleva esa túnica tan bíblica, ella es incapaz de ser sincera. Les dice que con la glaciación hace más frío. O que le gusta vestirse a la moda de su tiempo. No les confiesa que les está protegiendo de la visión de su vientre completamente liso. No querría acomplejarlos por tener ese botón plantificado en medio de sus barriguitas. El final de aquel horrible tubo gris que su padre tuvo que cortar y anudar. Los dos con la misma anomalía, pobrecillos. No quiere ni imaginar que se les deshaga el nudo. Lo llama cariñosamente Ring ring y aparenta no darle importancia, aunque en realidad sabe que es un ombligo y les prohíbe tocárselo. Y, sobre todo, no quiere que Caín descubra que el de Abel no sobresale como el suyo y se ponga a compararse con su hermano.


Mi propuesta para la convocatoria actual del blog Esta noche te cuento, con el tema El vestido y la moda.Aquí 

sábado, 25 de abril de 2020

Yersinia pestis


Alexandre Yersin

Alexander Yersin fue uno de los grandes.
Tan grande era que bajo su piel convivían dos personas distintas: un aventurero cosmopolita y un científico suizo. 
El instituto Pasteur de París era un sueño casi inalcanzable para cualquier investigador. El científico trabajó allí. Nadie entendió que en 1894 solicitara el traslado a la Indochina francesa. El explorador lo hizo.
Durante tres años atravesó junglas, remontó ríos y dibujó nuevas líneas sobre el territorio. Al ser reclamado para estudiar una epidemia de peste que se derramaba de Manchuria a Hong Kong, mudó su piel, cargó con su microscopio y viajó hacia el norte. Hurgó en los cuerpos de los apestados. Bajo la lente vio algo minúsculo, sospechoso para su mitad cartesiana. Inoculado en sus ratones de laboratorio, morían. De peste. En su grandeza dejó que otros averiguaran que eran las pulgas, esas acróbatas diminutas que saltan doscientas veces su tamaño, las que trasladan el bacilo bautizado con su nombre.
Toda la humanidad se postra ante el gran Yersin ¿Toda? No. Los cien millones de muertos por Peste Negra, asomados sobre el mismo borde de la eternidad, lo miran con dureza y le recriminan haberse demorado cinco siglos en nacer.  



martes, 31 de marzo de 2020

Posibles efectos adversos

La condición humana, René Magritte 


Nunca creyó que a sus setenta años pudiera volver a experimentar la perturbadora agitación de un enamoramiento. Nerviosismo, palpitaciones, vértigo, trastornos del sueño…ya no tenía edad, se decía. Pero no se culpaba. Simplemente ocurrió. Tan fortuito como perder las gafas de cerca, intentar leer la indescifrable receta, y triplicar por error la dosis del antiinflamatorio.


Este relato ha sido seleccionado por el  IX concurso de microrrelatos de Diversidad literaria, para formar parte de la antología Pluma, tinta y papel.  ¡Gracias!


lunes, 16 de marzo de 2020

El hombre de las tabernas




Nunca nadie antes le había hecho semejante consulta. Por mucho que le da vueltas, esta vez no le está sirviendo de nada su proverbial intuición. En una hora volverá a verla y tiene que darle una respuesta.
Cada tarde, antes de entrar en la taberna a echar las cartas, mata el tiempo charlando con algún colega. Hoy le acompaña un trilero que acaba de terminar su jornada en la otra esquina. Sentados en un banco de piedra gris de la Plaza Mayor, ven apagarse los últimos destellos del sol a la vez que se encienden sincronizadamente las farolas. Las palomas se disputan unas migas y a continuación vuelan dando palmas descoordinadas. Esta vez hay una vaga ansiedad en la voz de Merlín.
La señora me preguntó si el hecho de que ella volviera a comer chocolate podría suponer que su marido falleciera, convirtiéndose en la culpable de esa muerte− le cuenta, atónito.
Repasa, primero mentalmente y después en voz alta, todos los detalles que pudo captar la otra noche tras un escrutinio minucioso de la consultante. La mujer parecía de la parte alta de la ciudad. Llevaba un abrigo verde y mechas rubias que camuflaban sus canas. Su cutis era rugoso como una superficie de abrasión marina. Su expresión, entre incauta y desenvuelta, le llamó la atención. Ningún signo de angustia en su rostro. Simplemente curiosidad. Y una sonrisa que rezumaba franqueza e inocencia.
−El caso −le explica a su colega de trucos− es que a la mujer le acaban de detectar anemia, y ella sabe que el chocolate tiene mucho hierro.
Hacía un año que no tomaba chocolate. Desde la promesa. Ella había sido siempre de poco comer −le había comentado, sonriendo con dulzura−, pero antes, aunque no comiera más que un poco de ensalada y una pieza de fruta, el trozo de chocolate era el esperado punto final, el desenlace. Un estallido de aroma que sellaba su apetito y aplacaba su deseo. Muchos días, el mejor momento de la jornada.
Por eso, cuando su marido quedó repentinamente paralizado por una embolia, hace ahora un año, no lo dudó ni un momento. En cuanto vino a su mente la palabra sacrificio, le prometió a San Pancracio que dejaría de comer chocolate para que su marido se curara.
Y lo cumplió. Y milagrosamente su marido salió del bache sin más secuelas que una total pérdida de su legendaria agresividad, una inédita facilidad para ser cariñoso con la familia. Ella, agradecida al Santo por concederle más de lo que le había pedido, siguió privándose del chocolate y cruzando de acera cada vez que se acercaba a una pastelería.
Pero ahora a él le han diagnosticado un cáncer. A ella la anemia. Su sobrina le ha dicho que, ya que no come carnes rojas, quizás tendría que volver a tomar chocolate. El problema es que ella −al honrar a San Pancracio prolongando la dieta− no puso fecha límite. Y ahora no sabe si puede retomar su vicio sin herir la sensibilidad del Santo. Y, lo peor: si eso pondría en auténtico peligro la salud de su ahora mansísimo esposo. ¿O le parece que el Patrón de la Fortuna y los Juegos de Azar podría tratar su caso como una excepción, sabiendo que tiene que estar fuerte para cuidar a su marido? ¿Él qué cree? ¿Podría hacer una consulta personal al propio santo? ¿A su carta astral? ¿Al poso del café? No le han convencido para nada ni las opiniones del sacerdote ni las de sus amigas. No sabía a quien más acudir. 
 Merlín cree conocer los entresijos del alma humana, y siempre trabaja en el mismo borde de esos abismos de vulnerabilidad y miedo que la gente muestra sin querer. Pero esta vez hay algo que no le cuadra. El otro día no consiguió ver nada en las líneas de sus manos. Y el tarot tampoco quiso soltar prenda. ¿Estará perdiendo sus ancestrales facultades?  Está ya muy mayor. De hecho, es incapaz de adivinar que en pocos días les empezará a visitar un ejército de uniformados que limpiarán la ciudad de patinadores, prostitutas, músicos callejeros y adivinos. El triunfo del gris frente a los colores.
Definitivamente, lo de esta mujer ha sido un gatillazo imperdonable. Siente una inseguridad que desconocía. Un nudo en sus sentimientos le tiene atenazado. Ha quedado con ella para una segunda consulta en un rato, le comenta a su compañero.
Se dirige, arrastrando los pies y mesándose la barba blanca, a la taberna donde en un momento recibirá a la deliciosa señora Morgana en la mesa redonda del fondo. Está determinado a prolongar al máximo la conversación. Con un poco de suerte, en ese trasiego de palabras de ida y vuelta, la magia podría hacer accesible alguno de los caminos que conducen hasta ella. Se acerca a la barra y pide al dueño un café.  
Y, si es tan amable, cuando llegue mi consultante de hoy ¿nos podría traer dos porciones de pastel de chocolate? 



domingo, 16 de febrero de 2020

Nuevas técnicas de reproducción asistida






Contracciones cada cinco minutos ¡ven rápido!, leí en el watsapp.  
Acabábamos de dejar el escenario para el intermedio del concierto. Lo último que habíamos interpretado fue Cantique de Jean Racine, de Fauré. Yo cantaba de contralto en esa coral desde hacía una década y esta pieza siempre me pareció especialmente conmovedora, profunda, melancólica. Cantar se había convertido en algo esencial para definirme. Pero también era comadrona. Y las comadronas necesitan muchos reflejos y poca melancolía para hacer su trabajo.
Mi amiga estaba a punto de dar a luz y contaba conmigo para que le ayudara en el trance. Me había comprometido a asistirle el parto en su casa. No pensé que se fuera a desencadenar tan rápido, y había decidido ir a cantar al concierto en el Teatro Principal. Le expliqué la situación al director y bajé trastabillando sobre mis zapatos de tacón hacia el aparcamiento del exterior. Subí al coche y conduje atravesando una noche tapiada de nubes oscuras, con la sensibilidad amplificada pero con la sólida determinación de cumplir con mi deber. Mi cráneo era una balsa inundada de música, y algunas frases de la canción de Fauré de la paisible nuit, nous rompons le silence me rondaban como si quisieran señalarme algo.
Cuando llegué a casa de mi amiga, me abrió la puerta una vecina que acababa de pasar a su casa a acompañarle hasta que llegue la partera. Efectivamente, el silencio de la noche estaba hecho añicos por los gritos que procedían del interior de la casa.
−¿Es usted la comadrona? −me preguntó mirándome de arriba abajo. Tenía una voz punzante, como de pájaro, y el gesto crispado de quien cree asumir una responsabilidad ajena.
               Ante su suspicacia le contesté, muy digna: Sí, soy yo, claro.
− ¿Y siempre acude a los partos con un vestido de noche negro?
−Por supuesto, los vestidos de noche se usan para las mejores ocasiones. Y esta lo es ¿no le parece? −le solté sin pensármelo dos veces, haciendo un gesto como de querer apartarla para entrar en la casa.   
Dos horas y un apresurado registro del armario de mi amiga después, nacía Lara. La segunda parte del concierto había ido desfilando en mi cabeza, partitura a partitura, a lo largo del trabajo del parto. En el aplauso final todos los fluidos confluyeron en un abrazo de líquido amniótico, sangre, lágrimas y mucosidades que envolvieron en una sola entidad a la niña y a la madre.
El sudor empapaba la camiseta de mi amiga, que me iba corta, y el chandal, que me apretaba en la cintura. A cambio, mi vestido negro reposaba impoluto en el respaldo del sofá.
Mientras tanto, ya en su casa, la vecina estaría atusándose sus plumas blancas de garza y preparándose para salir al día siguiente a sobrevolar el vecindario con toda la información que había podido recabar de primera mano sobre esos modernos nacimientos asistidos por cigüeñas negras.  


martes, 11 de febrero de 2020

Deliberaciones de altura



Ilustración de Yu Zhang

No se ponen de acuerdo. Unos hablan de una mutación del cromosoma Y. Otros de una rara anomalía genética que provoca ambigüedad en los genitales. Se han aportado pruebas sobre un tipo de hermafroditismo que vuelve delicados y livianos a quienes lo sufren.  En los pasillos se cruzan expertos y asesores procedentes de todas las disciplinas: políticos, economistas, especialistas en arte antiguo y rabinos estudiosos de la cábala.
Mientras en las comisiones de la Cumbre Internacional representantes de todos los países deliberan sobre el sexo de los ángeles, yo intento llenar el carro de la compra familiar con veinte euros.