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domingo, 24 de enero de 2021

Geometrías de la memoria

                                                             Ilustración: Laurent Cherere 

Los veranos eran redondos en la casa cuadrada.

En aquel entonces los acontecimientos se situaban contando los veranos transcurridos desde que celebró su primera comunión. Veranos largos y densos frente a los triviales y anodinos inviernos, de los que apenas guarda recuerdos.

La casa que sus padres alquilaban por vacaciones era como una caja. Un canto a lo simple, al ángulo recto. Ni recibidor tenía. Si se entraba desde el destartalado exterior, con sus bicicletas y sus perros asilvestrados, la mesa cuadrada del comedor era una brújula que señalaba con sus esquinas la simetría de sus cuatro habitaciones.

Intenta traer a la memoria las sensaciones de aquellos veranos para escribir un relato −o quizás escribe el relato para evocar esas sensaciones− y recuerda la puerta de la casa, con su escalón de piedra imitando al granito, como la frontera entre la asepsia interior y el universo de olores y movimiento del exterior. A la casa se iba a comer, a recoger el pan con chocolate de la merienda y a dormir en sábanas de algodón con camisones que hacían frufrú.

Afuera estaban los caminos, las balsas repletas de algas y de renacuajos. Y la pandilla con la que vivía aventuras en otras casas: las casas abandonadas. También los cipreses recortando el cielo, los higos maduros y, por las noches, las luciérnagas que iluminaban el suelo con velitas.


Chupa el capuchón de su bolígrafo, y mientras se apoya contra el respaldo de la silla se pregunta cómo es que ahora que sitúa los acontecimientos en décadas desde su comunión− la aventura está dentro, en la mesa ovalada de su comedor desde donde intenta convocar los cielos de caramelo de aquellos veranos grávidos como los racimos de uva que robaban, y no en ese exterior que amenaza con sus ángulos obstinados.

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Una máquina del tiempo

 


    Robaba dinero de la máquina registradora y lo repartía con nosotros. Cada semana la misma cantidad. Después regresábamos juntos a la tienda de ultramarinos de su familia. Él nos esperaba afuera. Nosotros comprábamos polos de hielo de colores suaves y sabor a anís o mandarina. El padre nos cobraba. Cuando la máquina producía ese chasquido metálico y delator observábamos pasmados aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas en el bar.

    Con el tiempo sacó más dinero. Cuando sellaron la registradora averiguó el código de la caja fuerte. Íbamos a bares y comprábamos refrescos y tabaco. Así atravesamos aquel verano, sintiéndonos invencibles por el secreto compartido y el manejo de nuestros minúsculos delitos.

    Una mañana de agosto metió un billete azul en su zapato y subimos a las bicis. Al llegar al pueblo de al lado el sudor lo había convertido en papel de fumar. No pudimos comprar nada. Regresamos furiosos, sedientos. Y tan veloces que de pronto septiembre se había interpuesto entre nosotros y todo se había ido al carajo.

    Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. La vida dejó de situarse en aquel lugar hecho de bicicletas, polvo y lealtad. Dejamos de ser un nosotros compacto y contundente. Solo quedaron fragmentos, partes de un organismo desmembrado. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Habitado por seres vulnerables y desconcertados, piezas de desguace a la intemperie.

    Desde entonces, cada vez que chupo un polo de hielo se me incendia el paladar. 

    


Con este relato he ganado el octavo Concurso de Microrrelatos del programa de Radio Aragón El sillón de terciopelo verde, ( el enlace de esa edición del programa)  de Patricia Esteban Erlés. ¡Muchas gracias por tu lectura y tus comentarios tan estimulantes y atinados! Seguimos aprendiendo, seguimos escribiendo. 


miércoles, 2 de diciembre de 2020

Exterminio

 

 

    Zapatillas de felpa, una botellita con restos resecos de quitaesmalte, algodones de colores suaves, polvos de colorete y un estuche con rulos. Bandejas de plástico, botes de especias caducadas hace diez años, estampitas de la Virgen del Pilar y de la Cinta. El vaso de los gatitos de cuando éramos pequeñas, cepillos de dientes, papelitos con recados, recetas médicas, un bote de color rosa con polvos Talco, barras de jabón, brochas de afeitar. Y un cepillo que aún conserva algunos cabellos finos y rubios.

    Después de clasificar los objetos según su naturaleza, se sacan del piso en bolsas, se bajan en el ascensor y se depositan en el interior de esas fauces que se abren en el suelo. Allá al fondo se oyen ruidos metálicos, vidrios que se rompen o un silencio acolchado, dependiendo del objeto de tus padres que estés tirando. Se mezclarán con otros objetos formando un magma indistinguible, que luego será absorbido por alguna siniestra aspiradora para convertirse en cenizas. Unas cenizas que jamás se encontrarán con las otras, las de quienes eligieron esos objetos, los usaron y los guardaron. Y así, gracias a nuestra implacable traición, se clausurará definitivamente un mundo y un tiempo: el de las personas y los objetos que ya no están.

    

     Este texto ha quedado finalista en el séptimo concurso de microrrelatos del programa El sillón de terciopelo verde, de Patricia Esteban Erles. La foto se la he robado de la entrada de facebook donde lo anuncia. ¡Gracias!

    

    

 

martes, 29 de septiembre de 2020

Jardinería de interior, finalista del Premio Setenil



Yo ya sabía que el premio Setenil tiene lugar en Molina de Segura ( Murcia) pero siempre me he imaginado ese lugar como un escenario de película glamurosa antigua en un entorno hollywoodiense. De allí salía cada año el libro que el jurado, formado por un puñado de escritores admirados e inaccesibles, consideraba el mejor libro de relatos publicado el año anterior. Cada año averiguaba quienes eran los finalistas para apuntármelos en mi libretita de pendientes, y varios años me he leído enseguida al ganador.

Resulta que este año la editorial Enkuadres envió mi libro Jardinería de interior, junto con otros de la colección Microsaurio publicados en el 2019, al concurso. Y vuelve a resultar que han seleccionado como finalistas al libro de Ernesto Ortega y al mío. Dos libros de microrrelatos entre los diez finalistas. Lo escribo para acabar de creérmelo. 

Los diez libros finalistas son los siguientes:

 El nido vacío y otros relatos, de Saljo Bellver (Sala 28)

Puntos de luz en la noche, de Isabel Cienfuegos (Ménades)

Un ciervo en la carretera, de Alberto Martínez (Libros.com)

Arteratura, de Fernando Martínez López (Malbec)

Los defectos de la anestesia, de Ernesto Ortega (Enkuadres)

Historias de la pequeña ciudad, de Antonio Pascual Pareja (Pre-Textos)

Jardinería de interior, de Paz Monserrat Revillo (Enkuadres)

El niño que comía lana, de Cristina Sánchez-Andrade (Anagrama)

Electric city, de Nieves Vázquez Recio (Tantín)

El sistema métrico del alma, de Fernando Villamía (Trea)

La situación me sobrepasa. No iré a la entrega de premios, porque aunque entre estos libros está el ganador no voy a tener la suerte de ser yo con mi libro pequeño de textos minúsculos. Pero quiero ir a Molina de Segura en algún momento. Porque no pude hacerlo hace 23 años con ocasión de ganar con mis alumnos  un premio en el concurso de Jóvenes investigadores. Y sobre todo, porque quiero comprobar cómo es ese territorio de la imaginación, esa insólita ciudad en la que se interesan por la creatividad, por los relatos, los cuentos, los microrrelatos.   

Mucha suerte a tod@s,  y una poquita más para el que al final gane. L@s demás nos podemos sentir muy afortunad@s de haber llegado allí.  A Molina de Segura, ese lugar mítico. 

 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Strawberry fields forever

 


Le cuenta a su nieta que ella y sus amigas espiaban a John desde los campos de fresas situados tras la casa de la estricta tía Mimi. Algunas eran más de Paul, pero ella supo desde el principio quién de ellos sería inmortal. Le habla de la conducta inexplicable en las adolescentes de Liverpool. Aquella música diáfana conseguía que se olvidaran del hollín y de las ratas del puerto, de sus vidas insulsas y sus habitaciones modestas. Deambulaban sonrientes, como hipnotizadas por un flautista que se ha confundido de cuento, de siglo y de país. Una riada de grititos y minifaldas atravesaba los suburbios. Listas para entrar en trance, para matar por un autógrafo o por un mechón de esas melenas. Por el camino se unían otras chicas parecidas a ella, en apariencia. 

Pero, le puntualiza, lo de esas futuras amas de casa resignadas nunca fue auténtica pasión. Cuando la maldita japonesa cedió la vivienda al National Trust, fue ella la elegida como guía del museo. Cada día explica todo tal y como lo veía desde el exterior de los visillos. Siempre se queda un rato más. Después, bordeando los campos de fresas, camina hacia su casa pareada en Penny Lane


Mi propuesta para  la convocatoria del concurso Esta noche te cuento inspirada en el tema de la música, aquí

jueves, 20 de agosto de 2020

Veneno

Dibujo de Sara Lew, a partir de una foto de Lía



Y yo que pretendía que la naturaleza fuera mi aliada, ese bosque un edén, esta casa un refugio, ese aislarse un alivio. Fue encontrar, un día, la bolsa de basura repleta de gusanos contorsionistas y notar que se abría una pequeña grieta bajo mi pie derecho. Que una manada entera de jabalíes quisiera atravesar la valla hubiera tenido que ser suficiente advertencia (¡esos gruñidos!). El sapo color fango que merodeaba por las noches en el jardín no podía augurar nada bueno. Pero no fui capaz de leer las señales. Y salí a pasear con mis dos perras elegantes e inocentes. Olvidando por un momento los avisos sobre la identidad de la fiera capaz de mayor devastación. La más venenosa. La más absurda. No sabes cuantísimo lo siento, Lía,  por no haber sabido protegerte del animal más peligroso.



sábado, 8 de agosto de 2020

La deriva de los continentes

Fabiola y Nilo 



     Como cualquier otra tarde, es hora de salir. La luz, la orientación del viento que se filtra por la rendija de la ventana, el sonido de los pasos y el tintineo de la correa no engañan. El latigazo del asfalto sobre las almohadillas sustituye al olor a detergente. Acomodar el paso, las esquinas conocidas, el olor de los zapatos, los crujidos de metal y caucho. Y el ansia por llegar al monte. Allí le espera el rastro de las últimas horas, y esa tarea pendiente que ronda como el hambre y el sueño y aparece al entrar en contacto con la tierra.
     Urge descifrar todos los regueros de posibles pistas. La hierba cosquilleará en el hocico y portará información fresca, mensajes labrados en el suelo que sugieren y reclaman. Cubrir las señales con sal diluida y, una vez se ha dejado constancia, seguir dibujando el propio camino. El rastro del jabalí y de la liebre, atrapar ese movimiento al que se dirigen los dientes, al que casi nunca se llega, que da sentido a la búsqueda y da rumbo al movimiento. Porque los animales no viajan. Los animales se mueven. Un resorte interno los impulsa y los desplaza hacia lo más primordial: el calor, el otro, la sangre o el refugio de la cruel intemperie. Misiones que afinan los músculos en una explosión de ataque o de huida, y que, difundiendo desde el centro como una lámina de agua, anteceden al cansancio o a la muerte. Imposible resistirse. No existe el viaje, pero sí el movimiento que sobreviene y salva, como el de los salmones tratando de remontar embalses, las golondrinas que trastocan el Ártico en Antártico, o esas tortugas a quienes no les importa que los continentes hayan derivado y desovan a miles de kilómetros como si pudieran comprimir el espacio.
     Mi perra aún no lo sospecha al salir por el portal, pero desde hoy tiene vetado viajar montada sobre su instinto. No podrá disfrutar de la carrera, del rastreo, del sabor y la textura de ese paisaje esnifado por su trufa. Solamente está permitido dar una vuelta muy corta por el barrio. Yo también anulo mi olfato con este bozal que estoy obligada a llevar. Y ella, con la misma sensación que tendría un humano al que le vendasen los ojos, empieza a sospechar que el mundo ha dejado de ser un lugar interesante en cuanto dobla por segunda vez la misma esquina rebosante de orines.  


Lía

Este es el relato que presento al concurso Zenda Historias de viajes. Dedicado a mis tres galgos viajeros.