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sábado, 12 de enero de 2019

El efecto mariposa



Caldera del Tambora, en la isla de Sumbawa , Indonesia 
El cinco de Abril de 1815, en una pequeña isla de las Indias Orientales, el monte Tambora regurgitó con furia geológica sus intestinos de magma. Un velo de cenizas cubrió la superficie del planeta y lo dejó a oscuras como si un Dios ofendido hubiera apagado la luz. Sus habitantes fueron castigados durante muchos meses con malas cosechas, epidemias y hambrunas.
Se dice que Turner pintó sus espectaculares atardeceres aprovechando el baile que la luz oblicua ejecutaba cada tarde con las partículas que procedían de la otra parte del mundo.  En su retiro estival del “año sin verano” Lord Byron y Mary Shelley  se entretenían imaginando historias de terror. En Villa Diodati, frente a un lago suizo que apenas podían ver,  gestaron los embriones de sus monstruos y sus oscuridades.
Dos meses después de la erupción, caía una lluvia sucia y cenicienta sobre la campiña belga. Empapados y ateridos, los soldados de Napoleón hundían sus botas, las balas de cañón y sus vidas en un fango parecido a arenas movedizas. El dios de la guerra era derrotado definitivamente por los elementos. Vencido por un volcán. En Santa Helena, años más tarde, intentaba justificar su denigrante derrota escribiendo: “Los más pequeños acontecimientos tienen a menudo las más grandes consecuencias”.
Desde el futuro sonreímos indulgentes al constatar que, en su megalomanía, Napoleón considerara la erupción del gigante indonesio como “un pequeño acontecimiento”. Pero por otro lado no podemos evitar admirar lo visionario de su aportación no reconocida a la teoría del caos.

 
"El Temerario" remolcado a su ultimo atraque para el desguace, cuadro de Turner

domingo, 6 de enero de 2019

El regalo


Evening rain in Paris  Oleg Trofimoff


La calle comercial se extiende ante ella como una alfombra. Es temprano, hace un frío desapacible, todavía sin rayos de sol que suavicen la mañana del día de Nochebuena. Los propietarios de los comercios levantan las rejas de seguridad. Un corredor atraviesa la calle echando por la boca algo que recuerda al humo de una locomotora.
Lucía entra en una tienda de ropa de caballero.
—No sé, esta corbata me gusta mucho, pero es una prenda tan personal...me lo voy a pensar y vuelvo más tarde.
Colores que parpadean incansables. Villancicos vomitados por altavoces que espían con ojos cuadrados e indiscretos. Pero hoy pretende sentirse privilegiada: los niños están con su marido y puede dedicar la mañana a comprar ese último regalo con el que no contaba.
Siguiente parada: colonias. Minotauro le convence, aunque no sabe si por el aroma o por el nombre. Pero quizás sea un perfume excesivamente juvenil para él. Sale de la perfumería con un incipiente dolor de cabeza. La calle empieza a llenarse de náufragos navideños. Un perro sin collar marca su territorio en una esquina. Una anciana pasea del brazo de una mujer con rasgos de india. El vendedor de cupones tiene la nariz roja y los ojos desorientados. Otro corredor la sobrepasa como un recuerdo inesperado.
Lucía entra en cinco tiendas más. El dolor de cabeza difunde a las articulaciones. El caparazón de la música se agrieta y las ideas que acceden a su mente le producen un ligero escalofrío.
No se decide. No sabe qué le podría gustar. No quiere parecer demasiado obsequiosa, pero tampoco una rácana. Cómo ser original sin pecar de extravagante. La última tienda: una pastelería. Sale con una enorme caja de bombones. Deja la zona comercial como si bajara de un tiovivo: con las piernas temblonas y unas décimas de fiebre.
Llega a su casa. No hay nadie. Habrán ido al parque. Respira hondo, se sienta en el sofá. Coloca la caja en su regazo. Observa fijamente el paquete. Los dedos de sus manos empiezan a deshacer el envoltorio, al principio con delicadeza, después con violencia. El papel vuela en pedazos hacia el suelo y un bombón relleno de licor explota en su paladar. Sus manos han decidido que no va a regalarle nada a ese ginecólogo que tan amablemente la ha atendido y que va a acelerar los trámites para extirparle ese bultito que le acaban de detectar en el pecho.




Chocolate con churros


                                                                                                                                                                   *MELATONINA


El mundo se dividía en dos grupos: winners y losers. Nada de ricos y pobres, buenos y malos, policías y ladrones, damas y caballeros. Ninguna de las categorías que yo conocía antes de viajar a los  Estados Unidos servía en ese país. Allí uno es ganador o perdedor, independientemente del color del pelo o de la edad. Hay niños que ya en la guardería son ganadores y viejos que, por muy cultos que sean, tienen el tufillo inconfundible de los perdedores.
La segunda cosa que aprendí ese verano con la familia que me acogió para mejorar mi inglés fue que lo importante era mantenerse alerta en toda ocasión, mostrar siempre la voluntad y el optimismo de los ganadores, pues si los demás deducían de tu comportamiento alguna de las debilidades atribuidas a los losers, estabas literalmente perdido.
La moraleja de esta curiosa filosofía era que los perdedores no son interesantes y nunca son bien recibidos.
El winner se encuentra siempre fine, es activo, participa, no muestra sus emociones y mucho menos sus defectos (para eso le paga al psicoanalista). Es voluntario en varias asociaciones de ayuda a la comunidad y se jacta de las donaciones que ha realizado. Un barniz de espiritualidad  justifica todos sus actos. Si además ha conseguido todo lo que posee gracias a su esfuerzo y voluntad, mucho mejor.
Es muy cansado ser ganador, pero si uno decide serlo hay que ejercer 24 horas al día, no se debe mostrar una sola fisura, eso sería como enseñarle la yugular a un depredador.
Los primeros días no entendía nada pero, tras recuperarme del jet lag, aprendí rápidamente la lección. Conseguí, a base de cafeína, acostumbrarme a hacer muchos aspavientos ante las cosas más vulgares, decir wonderful y amazing con frecuencia y sonreír entusiasmada hasta contraer una dolorosa contractura en las mandíbulas.
Asumí que la importancia de uno radicaba en los miles de dólares que se ganasen al año y en lo grande que fuera la iglesia a la que se asistía. Le dije a mi familia de acogida que mi padre era médico y que en mi ciudad había una catedral gótica que siempre estaba llena de gente (no especifiqué que eran turistas), y así entré con el pie derecho en la rumbosa sociedad de Madison (Wisconsin), con un plus añadido de exotismo que elevaba mi caché.
Los domingos solía acompañar a mi nueva familia a la iglesia. La más grande y prestigiosa de la ciudad, repleta de winners. El servicio religioso era largo y tedioso, pero concluía con un abundante desayuno aportado por todas las familias de la comunidad. El sacerdote saludaba personalmente a cada uno de los feligreses y a continuación pasábamos a la zona de las relaciones sociales, los pastelitos, las buenas intenciones y las sonrisas congeladas. Un derroche de dulzura y empalago. Reservas suficientes de amor para nutrirse durante toda la semana.
Mi “mamá” americana horneaba todos los domingos una gran tarta de melocotón en almíbar con cerezas que flotaban en una masa de harina y leche sobre la que vertía abundante mermelada de blueberries. Lo dejaba preparado el sábado por la noche, y los domingos nos íbamos a misa sin desayunar.
Un día, para congraciarme con mis padres adoptivos y ser definitivamente nice, les dije que en dos semanas haría yo el desayuno para los feligreses de su iglesia. Se mostraron encantados de haber elegido a una estudiante tan despierta y con tantas ganas de integrarse.
A la mañana siguiente llamé a mi madre española, a la de verdad, y le pedí un favor que me permitiría salir airosa del trance en el que me había metido. Ella, diligente, me envió por correo lo que necesitaba para triunfar en la comunidad: una máquina de hacer churros.
El paquete llegó a tiempo, aunque tan solo dos días antes de mi estreno como cocinera dominical. Mi madre había añadido al extraño artilugio dos botellas de aceite de oliva y cuatro paquetes de chocolate en polvo. La sartén  para freír  los churros la pidieron prestada a unos vecinos.
La noche del sábado tuvimos una party en la casa con tres parejas del grupo de parroquianos. Tuve que explicarles qué cosa eran los churros. No fue tarea fácil debido, por un lado a mi nivel de inglés, y por otro, a la objetiva complejidad de la geometría del churro, distinta a la de cualquier otro objeto conocido.
Tampoco entendieron lo de las churrerías, las horas intempestivas a las que los estudiantes suelen tomar el chocolate con churros, ni su extraña ubicación en la gastronomía: ni postre, ni primer plato, ni desayuno...
La contemplación de la máquina de hacer churros levantó altas expectativas entre las señoras y curiosidad científica en uno de los maridos, que era ingeniero y no recordaba haber estudiado semejante mecanismo en sus años de universidad.
Cuando por fin acabó la fiesta, me deslicé hacia la cama con la sensación de haber asumido una carga demasiado pesada. Estaba segura de que me había equivocado pretendiendo traer un trocito de mi mundo a esa iglesia protestante y esperando además hacer partícipe de él a aquella pandilla de niños grandes. Tan absurdo como creerme capaz de comprender el funcionamiento de una nave espacial.
Esa noche soñé con marcianos que hacían churros, churros verdes fosforito que se convertían en goma de mascar en cuanto entraban en contacto con la saliva.
La mañana del domingo me levanté temprano para preparar el chocolate. Después cargamos con la marmita llena de chocolate, la sartén gigante, la máquina de hacer churros y los ingredientes. Mis padres yanquis orgullosos de mí, y yo, la pequeña marciana venida del rincón más recóndito del planeta rojo, avanzando decidida a explicarles a los terrícolas las virtudes del chocolate con churros.
Mi rostro tenía una ligera tonalidad verdosa.
Llegamos a la iglesia y montones de sonrisas calvinistas nos recibieron expectantes. Dejamos el cargamento en la sacristía y nos dispusimos a seguir la celebración. Cuando terminó, instalamos la sartén encima de los fogones que habían traído especialmente para la ocasión. Vertí el aceite en la enorme sartén y preparé la mezcla para los churros. Respiré hondo y, mientras reposaba la masa, me dirigí a los fieles que me rodeaban entusiasmados y les solté una pequeña conferencia sobre el chocolate con churros, descripción técnica de la máquina incluida. Los espectadores sonreían felices: el chocolate les esperaba bien espeso en la marmita y las glándulas salivares segregaban incansables.
Mostré inclinado el recipiente con la masa situándome tras la improvisada cocina, y cuando me dirigía a llevarlo hacia la máquina para darles la forma a los churros tropecé de manera imperceptible con una de las patas del trípode que soportaba los fogones. Me reincorporé inmediatamente, pero mi mano izquierda perdió el control y soltó el recipiente con tanta puntería que toda la pasta fue a caer sobre el aceite caliente. En ese momento noté que la tierra se abría bajo mis pies y que mis piernas se convertían en gelatina. Como en un flash pude ver al ingeniero de la noche anterior con esa mirada decepcionada que se reserva para los perdedores.
Y entonces, sin saber cómo, se me activó un mecanismo innato. Me apropié de esa cualidad que hace del individuo mediterráneo una rara especie a medio camino ente el ganador y el perdedor: el improvisador. Removí con energía la masa en el aceite, volví a sonreír, y tras unos minutos conseguí una especie de gran torta redonda y dorada. El ingeniero miraba alternativamente al contenido de la sartén y a la máquina.
Saqué la torta a una bandeja, tomé la máquina en mis manos, la levanté con un gesto parecido al del sacerdote cuando levanta el cáliz y, decidida, procedí: con la base hueca del instrumento empecé a cortar en cuadrados el gran churro americano. Repartí el chocolate en vasos de plástico y le di un churro cuadrado a cada uno.
Los wonderfuls y los amazings que escuché fueron la constatación de que había triunfado en mi gran prueba para acceder a la sociedad de los winners.
Sólo el ingeniero mantuvo durante un momento una mueca interrogante, que se diluyó de inmediato en cuanto probó el primer churro.




* Estimulada por las fluctuaciones luz/ oscuridad, rige los ciclos sueño/ vigilia. En los viajes transoceánicos puede ayudar a solucionar los problemas de alteración del reloj biológico ( jet lag) producidos por la diferencia horaria entre diferentes continentes.




Este relato pertenece a mi libro Hormonautas ( editorial Nazarí ), en el que cada texto está relacionado, de alguna rocambolesca manera, con la acción de una hormona en el organismo. 

lunes, 31 de diciembre de 2018

Asistencia médica privada





Lo primero que se preguntó al sentirse golpeada por su halitosis fue cuánto tiempo haría que no era besado por una hembra. Entonces, retirando el torno de su muela, se quitó la bata blanca y besó al fauno inaugurando así una Era.



domingo, 2 de diciembre de 2018

Zoom

Vanessa Bell  Interior with a table (1921)


Tras el cristal esmerilado, una figura borrosa. Como en los páramos de las hermanas Brontë o en la sauna de una cabaña finlandesa, una atmósfera coagulada lo cubre todo. Por un momento esa colección de píxeles podría ser cualquier cosa: un asesino, una tormenta en la distancia, mi bisabuela en el día de su boda, los veranos de la infancia, un viajero victoriano, o el mismísimo Gregorio Samsa mendigando un poco de atención. Cierro el grifo y enseguida las posibilidades se reducen: tal vez un periodista interesado en mi biografía, la vecina necesitada de conversación o mi jefe regodeándose en algún logro.

Cuando deslizo la mampara y me asomo, el mundo se reconfigura para adoptar una forma más doméstica y contemporánea. Todos los visitantes se desvanecen con sigilo en la bruma dejando espacio para que mi hija abra el armarito de Ikea, balbucee una disculpa, coja el secador de pelo y salga del baño. El sonoro portazo me confirma que ya todo ocupa su lugar y el día se despliega, terso y contundente, ante mí. Me zambullo en el frío que se ha colado por la puerta y para cuando me cubro con la toalla ya me sé enfocada, posible, real. Me dispongo a transitar la jornada, a dejarme sorprender.



viernes, 9 de noviembre de 2018

Niñas ricas en su día de cumpleaños



 "El lloc i la data" ( El lugar y la fecha ), obra de Perejaume


Octubre de 1973

En la fotografía de grupo Anabel está sentada en el suelo, la segunda por la derecha. Treinta colegialas. Y una monja en el centro: la madre Encarnación. Pantalones de pana, cuadros escoceses, jerséis de cuello alto, chalecos y trencas. Unas sentadas, otras agachadas y otras de pie formando tres horizontes en ese ramillete de niñas a punto de florecer. Aquel día no llevábamos el uniforme porque íbamos de excursión. Tonos rojizos, verdes y azules en la ropa, pero en conjunto se trata de una fotografía en la que predomina el color ocre. Como si alguien hubiera interpuesto un filtro de ese color, como si el paso del tiempo hubiera difuminado la escena depositando una aridez y una rugosidad propias de la arena.
El aspecto de unas niñas de once años puede ser de lo más heterogéneo: conviven los rostros infantiles de unas con la sensualidad de nínfulas de otras. Anabel  está situada entre Raquel G. (robusta, cuello de toro y actitud de comerse el mundo), y Soledad C. (flaquita y con el mismo aire anodino que la protagonista de esta historia). De entre todas las del grupo solamente a ella y a mí se nos ve ensimismadas, sin mirar a la cámara, serias y sin ningún atisbo de pose.


Cuatro décadas después de esa excursión, deslizo la mirada por la fotografía intentando reconocer a mis compañeras del colegio. Me vuelvo a topar con su carita reconcentrada e inmediatamente me asalta el recuerdo de los payasos. Payasos de verdad. Contratados especialmente para la fiesta que cada año le organizaba su abuela en una finca a las afueras. Procedentes de otra ciudad. Vestidos de color púrpura o con azules y verdes estridentes. Con aquellas caras maquilladas en blanco y rojo desteñido. Gesticulando, sobreactuando para llevarnos de la mano a través de unas emociones vistosas y falsas. Tan patéticos y tan alegres al mismo tiempo. Todas envidiábamos aquellos cumpleaños. Con clowns, música, globos y muchos pasteles.  Es casi lo único que guardo en la memoria de aquella niña morena y pequeñita. Eso y la perfumería de la calle principal que regentaba aquella abuela suya tan distinta a las nuestras. No recuerdo en absoluto a sus padres. Solo a su abuela. Una señora con un cardado rubio y los labios pintados, que tenía mucho dinero y olía a una mezcla irritante de varios perfumes a la vez.   


Noviembre de 1988

Se despierta temprano. Se  viste y se arregla con esmero. Con la suficiente clase como para resultar convincente sin sugerir urgencia. Antes no era demasiado capaz de tomar la iniciativa, su marido no le dejaba, pero desde que está sola maneja con soltura y determinación los negocios familiares. Aunque vive con bastante desahogo, hace ya demasiados meses que le duelen los balances mensuales por culpa de ese dichoso piso que no se alquila. Con lo bien que le iba ese dinero extra hasta que se marchó el último inquilino. Baja al rellano de la entrada para buscar al cliente con el que ha concertado la cita por teléfono. Vuelve a subir las escaleras con él, pero ahora solamente hasta el Principal.
No lo conoce, es un forastero. No tiene ninguna referencia, pero a veces es mejor tratar con desconocidos para no tener miramientos si la cosa funciona mal. No esperaba que fuera tan joven. El chico no sabe que le está enseñando el piso en el día de su cumpleaños. No puede saberlo. O no debería. Pensó en posponer la visita pero al final se lo tomó como una señal. Se ha vestido para hacerse un regalo a sí misma, un regalito que disfrutará prolongándolo el máximo tiempo posible. El dinero siempre fue un consuelo para ella, y una fuente de seguridad. A pesar de que con los años se ha vuelto más ávida y algo más insegura, sigue siendo muy lista. Y le gustan los retos. Lo va a conseguir. Hará como que le rebaja mucho el precio en el último momento. Y luego lo celebrará con champagne. Ella sola, porque nadie más en la familia le ha ayudado a mantener todo lo que le dejó su marido. Ni sus hijos ni sus nietos.  Y cada vez  necesita más dinero para los líos de la nena.
Mientras sube las escaleras y abre la puerta del piso es capaz de ocultar todos estos pensamientos tras unos gestos comedidos, educados, distantes. El joven se presenta como Alberto. Al cabo de seis meses estará en la cárcel acusado del asesinato de una mujer de setenta años. Estrangulamiento. Con una cuerda delgada, según la nota del periódico,  que sin embargo no encuentran en el lugar del crimen. Pero en ese momento, cuando enciende la luz del recibidor, ella no sabe nada de cuerdas. Sólo cree saber de retos, de cumpleaños y de copas de champagne. Por fortuna el estallido de la membrana que limita la vida con la muerte le impide conocer lo que ocurre después. La cuerda actúa como una frontera irreversible, la entrada a un espacio sin fondo. La línea recta del tiempo es un fastidio incomprensible para el que ha caído en un agujero repleto de hilos entrecruzados. Algo que queda atrás, demasiado simple, algo ante lo que ya no se vuelve la mirada. 


Ella nunca lo sabrá. Muchos, en cambio, lo podrán saber sin demasiado esfuerzo. Incluso alguien tan improbable como yo. Sin buscarlo, muchos años después. Sólamente con observar una foto de cuando el paisaje era del color de la arena y todos los caminos parecían accesibles. Solo por tener un poco de curiosidad,  por preguntar a una amiga, por tirar del hilo una tarde de ocio delante de un ordenador. Accedo a un conocimiento que no creo merecer. Sin ningún derecho -siento que me apropio de algo que no me pertenece- pero  sin ningún pudor. 
Nunca sabrá, digo, que a continuación el tal Alberto le coge las llaves que lleva en el bolsillo del vestido que cubre su cuerpo desmadejado. Que Anabel le espera tras la puerta. Que cuando se encuentran en la escalera, ella guarda la cuerda y le pide la llave del piso de su abuela. Que a los forenses les parece que el domicilio no está lo suficientemente desordenado. Que la caja fuerte quedará abierta como el ojo de un cíclope durante tres días. No sabrá que no había bastado con los payasos, con los regalos ni con todo lo que le había dado desde entonces para sus caprichos y su adicción. Que su nieta es la novia de Alberto. Que en la perfumería se marchitarán todos los perfumes lentamente, pues ya nunca más abrirá al público.
No lo sabrá porque aunque parece estar allí, con esos ojos desorbitados e incrédulos, ya no lo está.


Vuelvo a observar la fotografía combada que sujeto entre mis manos. Anabel continúa ensimismada, con gesto ausente.  Le pregunto -me pregunto- algo que todavía no tiene forma definida, el esbozo de un interrogante que ya se traslada a trompicones desde mi presente hacia su futuro. La respuesta se queda varada -tensa y esquiva- en la imagen algo desenfocada de esa niña que no sabe que se convertirá en una asesina. De la colegiala que en un tiempo compartió aula y excursión conmigo y que sigue guardando silencio con la indolencia de las niñas mimadas, de las fotografías de un pasado que no desea ser reformulado. 





Este relato ha recibido un accésit en el XIII concurso literario El Laurel, y ha sido incluido en la antología de la actual edición. Para mí tiene un significado muy entrañable volver a estar en el libro de este concurso. Ayer fui a la cena de entrega de premios y la disfruté muchísimo. ¡Gracias a los miembros del jurado más auténtico y simpático que he conocido!



martes, 2 de octubre de 2018

El final de la historia



Le incitábamos a que robase cada semana la misma cantidad. Cogía a escondidas el dinero de la caja y después, sintiéndose un miembro imprescindible de la pandilla, lo repartía entre todos nosotros. Luego íbamos a la tienda de comestibles de sus padres y nos comprábamos polos.  El padre nos cobraba. Cuando la caja registradora producía ese chasquido metálico y delator, mirábamos aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre del rincón, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas de cartas en el bar.
Así pasamos los últimos veranos de nuestra infancia, envalentonados con la fuerza que dan los secretos compartidos y satisfechos por tener el control de nuestros minúsculos delitos.
Con el tiempo fue sacando cada vez más.  Cuando pusieron un candado en la caja registradora subía al piso  de arriba y hacía incursiones en la caja fuerte. Ya no manejábamos monedas, sino billetes. Comprábamos en otras tiendas. Íbamos a los bares y comprábamos helados más sofisticados. Él nos invitaba. Una de las veces se puso un billete de quinientas pesetas en el zapato y nos fuimos en bicicleta al pueblo de al lado. Cuando llegamos, el sudor había convertido el billete en papel de fumar y no  pudimos comprar nada. Fue el final de la historia. Nunca supe con seguridad si se debió a este incidente. Nadie pensó en algo irreversible, nos volvimos a casa sin saber que todo aquello se había ido definitivamente al carajo.

Las dos fotografías anteriores son de Vivian Maier
Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. Y los secretos en común. La vida dejó de situarse en aquel lugar del  mapa lleno de bicicletas, polvo y lealtad. Todos los veranos previos se escurrieron por un sumidero en algún lugar de la memoria. Como si se hubieran caído al pozo de la casa abandonada. Como si la marea los hubiera fagocitado y ahora nos devolviera solamente el jibión de la sepia. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Rodeado de esquinas. Dejamos de ser un nosotros, algo compacto, real, contundente. Solo quedaron fragmentos, cada uno por separado, como partes de un organismo desmembrado. Nos convertimos en seres vulnerables y desconcertados, piezas de desguace a la intemperie. Desde entonces, cada vez que chupo un polo de hielo se me incendia el paladar.

Hernan Bas  Untitled poet 17


Este relato ha sido seleccionado para formar parte del recopilatorio del I concurso Sueños de verano