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viernes, 17 de febrero de 2017

La que visita a sus muertos

Georgia O' Keeffe
  
Supongamos que hemos leído en algún lugar que el día de difuntos es el único día del año que a los vivos les está permitido adentrarse en el mundo, habitualmente inaccesible, de los muertos. Imaginemos que ese día se abre un resquicio, una pequeña grieta vertical en la membrana que nos separa del universo donde habitan las sombras tenues de los que un día estuvieron en nuestro espacio. Una brecha a través de la cual los mortales introducimos castañas, panellets y flores para alimentarlos. Ofrendas efímeras para seres volubles y leves.
El acceso a esa dimensión de espíritus inconstantes está abierto a todos los vivos, pero solo algunos son capaces de atravesarlo sin dañar el tejido de su propia existencia. En la mayoría de los casos la gente tiene almas cuya textura parece más un hilván que una tela, se desgarran y cuelgan flojas como una telaraña rota cuando intentan atravesar la frontera. En cambio existen otras almas tersas y elásticas que resisten la embestida de las sombras sin problemas. Almas que han trenzado sus hilos con la dedicación y el cuidado de un encaje de bolillos: diseñando, reparando, enlazando y tratando siempre de obtener un dibujo simétrico y bello. Almas de algodón, de lino, de fibras resistentes tensadas a conciencia en el telar del dolor y del placer asumidos.
Así es el alma de Engracia. Hoy, víspera de todos los santos, la  vemos  dirigirse a  la peluquería para que al día siguiente en el cementerio su padre la encuentre bien guapa. Al salir del trabajo y subir al coche para ir a la peluquería recuerda, de repente, el sueño tan vívido que ha tenido esa noche. Se veía  a sí misma en el cementerio recogiendo el plato de arroz y la vasija de agua que le había llevado a su padre el día anterior. En esa lógica onírica en la que uno no se extraña de los acontecimientos absurdos, se encuentra frente a la caja de madera en un camposanto como los de las películas americanas: grandes extensiones de césped bien cuidado salpicado de cruces y esculturas blancas, y una música celta muy suave. Engracia recoge los restos de lo que no ha comido su padre (en los últimos tiempos anda desganado) y se los lleva a casa. Sin que se enteren las niñas mezcla los granos de arroz fosforescente con la paella que está haciendo, y rellena las botellas de agua añadiendo a cada una de ellas unas gotitas de agua de la vasija. Cuando mira las botellas a contraluz observa un reflejo esmeralda en el líquido. Se asegura de que esté todo bien mezclado para que su familia no detecte brillos extraños en la comida y después se despierta, satisfecha, con la tranquilidad que da el deber cumplido.
Presiona el embrague, pone la primera, el intermitente para avisar y sale del aparcamiento.
La peluquera le tiñe y le alisa el pelo. Mientras, ella hace cálculos domésticos: tiene que purgar los radiadores para encender ya la calefacción, también ha de pasar por la pastelería para comprar panellets y por la floristería, en el cementerio las flores son muy caras.
Engracia no lo sabe, pero nosotros sí  porque lo hemos leído en un artículo de antropología que habla sobre el significado del primero de noviembre: “El día de Samahaim, los celtas encendían el primer fuego, origen de todos los fuegos. Con él se encendían a su vez todos los fuegos de la isla”
Cuando la peluquera acaba de maquillarla, Engracia se mira al espejo preguntándose cómo la encontrará su padre después de nueve meses desde el día en que lo tuvo en sus brazos mientras agonizaba. Oyó el estertor que avisaba de su paso al otro lado de la frontera y  continuó acunándolo durante dos horas más sin avisar a médicos ni enfermeras, para tratar de absorber todo el calor que desprendía su cuerpo. No tuvo miedo. Le habló con una voz minúscula y le tocó los lóbulos de las orejas como le hacía él cuando ella era una niña para relajarla. La habitación del hospital giraba alrededor de ellos con las fotos de todos los miembros de la familia que ella había ido colgando durante el mes que estuvo allí varado como un cachalote. Sus hermanos de pequeños, ella con esa cara de éxtasis al lado de su papi, los tíos, su mamá. Las fotografías y las flores, las sábanas blancas y los tubos del suero…todo oscilaba con la cadencia de un estribillo mientras ella se despedía  lentamente del cuerpo de su padre, mientras él le regalaba la energía de sus células y ella la bebía hasta el final, el último tramo de calor concentrado en la espalda. Los médicos le riñeron. A ella no le importó.
Ese día estaba despeinada y pálida. Seguramente él lo debió percibir. Mañana la verá radiante y bien vestida para la ocasión. Le llevará un ramo de flores y un CD con una nueva canción grabada. Sonríe. Está deseando que llegue el momento. Le acompañará toda su familia. Seguro que algunos la mirarán mal si para entonces todavía continúa sonriendo. Pero a ella no le importará.  


domingo, 12 de febrero de 2017

Paseo por el parque



Dibujo de Abram Tejera


Mientras los perros se olisqueaban excitados, el amo del gran danés calculaba las probabilidades de lamerle el hocico a la dueña del chiguagua  y así compensar de alguna manera la incompatibilidad racial de los canes.




Con este micro he participado en la convocatoria de Esta Noche te Cuento sobre perros y gatos.Aquí Gracias, Abram, por este dibujo tan original. 

lunes, 6 de febrero de 2017

La invasión de los Fungi

Mientras nosotros andamos distraídos, atareados o preocupados cambiando los miedos de lugar, ellos brotan sin descanso ahí abajo. Nos rodean, nos acorralan, tejen una alfombra bajo nuestros pies. Abren sus sombrillas, engullen lo muerto y lo regurgitan para devolverlo a lo vivo. Su discreción es legendaria. Su palidez, mortal. Su labor malinterpretada. Pero no desisten en su empeño. Frenéticos, abren y cierran sus paraguas, expanden sus micelios, beben con avidez. Como si en ello nos fuera la vida.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Habitación de hotel



En las visitas de niños al museo donde se exhibe temporalmente esta pieza de Hopper, éstos interpretan cosas extraordinarias acerca de la escena del cuadro. Uno de ellos afirma que el rectángulo negro que se ve al fondo es una tele de plasma. Y cuando se les pregunta qué estaría leyendo la protagonista de esta historia pintada no dudan en decir que es una factura de la luz que no puede pagar, o una carta de desahucio. 
La modelo miraba, mientras posaba para que las generaciones futuras la interpretasen a su manera, un horario de trenes.


domingo, 29 de enero de 2017

Amores raros




El famoso etólogo Konrad Lorenz crió, entre otros muchos animales de los que observaba su conducta, a una grajilla macho a la que le puso el nombre de “Choc”.
Choc seguía a su amo allá donde fuera, de pequeño creyendo que era su madre y de mayor pensando que era su pareja sexual. Estaba profundamente enamorado de Konrad. Siempre le fue fiel, a pesar de las bandadas de grajillas que sobrevolaban el cielo de la granja en primavera.
El pájaro empleaba horas en tratar de convencer a Konrad para que se introdujera reptando en la pequeña cavidad que había elegido como nido, y aunque nunca consiguió llevarlo a su casa, le cebaba en el nido grande de Konrad, donde éste se dejaba dócilmente introducir los mejores gusanos en la boca. Choc notaba que a su pareja le encantaba tenerle siempre cerca y disfrutaba al ver cómo  le contemplaba embelesado. La suya fue una historia de amor sólida y sin fisuras.

La única cosa que nunca le quedó clara al pájaro, aunque no le quitaba el sueño, fue saber si eran un matrimonio de humanos y él era el raro, o si por el contrario eran una pareja de grajillas y su amorcito era, además de preciosa, desproporcionadamente grande.



miércoles, 11 de enero de 2017

Diario de una despedida ( V )

10 de junio de ·2013

Ingresa en el hospital para repetir las pruebas y poder llegar a un diagnóstico definitivo. Está centrada, divertida, guasona. No se quiere echar en la cama porque se encuentra bien. Entre prueba y prueba charlamos con la tranquilidad que da no tener que hacer nada. Me vuelve a explicar  que su recuerdo más antiguo es cuando,  con cuatro años, le avisaron de que su madre “se había ido al cielo”. Que lo entendió perfectamente y se puso a llorar sin consuelo, a gritar con todo el cuerpo. No les quitaron el luto hasta que, dos años después, su padre se volvió a casar. Les compraban unos vestiditos azules marineros y otros blancos con un lazo negro por detrás. Sus tías, las hermanas de la madre, la llevaban al cementerio junto con sus dos hermanos mayores. Y cuando llegaba el aniversario les preguntaban si se acordaban de qué se celebraba ese día.
También me cuenta que se casó muy enamorada de papá, que él le había “salvado” ( no me he atrevido a preguntarle a qué se refería, de qué o quién le había salvado exactamente). 
Después de comer la convenzo para que se eche una siesta. Cuando se despierta le digo que mientras dormía hacía gestos como los que hacen los bebés, pucheros y expresiones divertidas. Me contesta que es culpa de los neurólogos, que todo el rato le hacen hacer fantochadas: “Abre los ojos, ciérralos fuerte, tócate la nariz, qué día es hoy”
Conversaciones nutritivas y emocionantes,  impregnadas en el antiséptico olor a hospital.


 Es conocido el poder que tienen los olores como detonantes de recuerdos, como catalizadores de la memoria más profunda. He comprobado con estupor cómo la ropa conserva el olor de sus propietarios durante mucho más tiempo de lo que parecería lógico. Dos meses después de su muerte, en una de las visitas de fin de semana a mi padre, él mismo intentó consolarme de la congoja que intuía en mis ojos brillantes insistiéndome en que me quedara con alguna pertenencia de mamá. Yo accedí, abrí el armario ropero y elegí una camisa que siempre me gustó. La olí o,  mejor dicho,  la esnifé, y me puse a llorar a moco tendido. Olía a ella. Toda la camisa estaba impregnada de su olor, se había  incorporado a  la trama del tejido. Era tan intenso como si ella estuviera allí. Si el olor tiene algo que ver con la identidad, como bien  saben los perros,  ella estaba ahí. Cuando, al regresar a mi casa, enseñé la camisa a mi familia o, mejor dicho, la di a oler, la reacción fue tan instantánea como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Una de mis hijas me dijo que la guardara sin lavar. Cuando la llevé a colgar a mi armario noté que había algo en uno de los bolsillos camiseros. Eran tres billetes de 50 euros, de esos que en sus últimos meses de vida tanta rabia le daba perder. Un regalo póstumo que decidimos guardar en un sobre para destinarlo a un viaje que tenía previsto hacer con mi hija pequeña. Iríamos las tres, dijimos. Ese dinero ayudó a pagar las comidas de nuestro periplo en tren por la Provenza. Yo siempre había destinado el dinero que me daba mi madre en lo que ella llamaba “tus cosicas culturales”: cursos, viajes, libros…No iba a ser diferente en esta ocasión.  Durante las comidas de nuestro viaje por el sur de Francia hablamos mucho, de muchas cosas, y también de la abuela. Como si al mantener ese tipo de conversaciones rebosantes de confidencias que solo se dan en los viajes, reforzáramos el vínculo con la mujer que nos precedía en la cadena y que ya no estaba allí físicamente.





viernes, 6 de enero de 2017

Diario de una despedida ( IV)

7 de junio 2013


Me dice que ha dormido fatal. Que se acostó indignada de leer unos anuncios del periódico en los que anunciaban la venta de joyas a 10 euros al mes. Que alguien se beneficiaría de ello y que no era momento de engañar a la gente con la crisis que había. Que la gente pensaría: total, por 10 euros… Pero luego, a la hora de la comida me enseña que compró, hace un tiempo, un pack con siete relojes de pulsera, por el mismo método. Me los enseña,  me cuenta que solamente le costaron 59 euros, y que son bonitos, uno para cada ocasión. Me pide que elija uno. Parecen de bisutería, algo cursis. Con media sonrisa traviesa proclama: ¡Es el único capricho que me he dado en 80 años!

Ese mismo día llama a su hermana Luisa y le explica que lo pierde todo y que reza ( ya no hace otra cosa últimamente, le dice )para que Dios le acerque al sitio donde está lo que ha perdido. No le pide algo fácil, como encontrar el audífono en el bolso, sino que le oriente hacia la habitación donde está y ella ya lo encontrará. Nos reímos cuando le sugiero que puede proponerle a  Dios el juego de “frío, frío , caliente, caliente”






Algo que siempre me produjo admiración en mi madre fue la relación tan contundente y fluida que establecía con los objetos. Ante ella, los objetos se doblegaban, claudicaban, de dejaban moldear, olvidaban su antigua rigidez y adquirían una ductilidad rendida a la voluntad de esas manos habilidosas e inteligentes. Nada era imposible para esas manos. Todo era un reto. A mi madre le gustaba “discurrir”, como ella decía. Y sus manos discurrían con ella. Diseñaba y cosía nuestra ropa como  nadie, aprendió a cocinar cuando se casó y superó a todas sus conocidas enseguida. Montaba estanterías y arreglaba grifos. Siempre sabía dónde estaban los mejores saldos. Confeccionaba cortinas, faldas para la mesa camilla o mantones llenos de puntillas para todos los bebés que iban naciendo en nuestra extensa familia y las de sus amigas. Una vez, cuando éramos pequeñas, diseñó, cosió y montó una tienda de campaña india de tamaño natural para que jugáramos en el terreno del chalet. 
Como le sobraba creatividad, para la siguiente generación montó la casita de muñecas. Me puedo imaginar cómo debió de disfrutar mi madre mientras colgaba cortinas, lacaba muebles y se las ingeniaba para reconstruir a escala todos los complementos de un hogar. Asomarse a esa casa era como jugar a ser Alicia, como meterse dentro de una muñeca rusa. La miniaturización del cariño y de la habilidad. Mis dos hijas jugaron muchas horas en esa "casa dentro de la casa", en ese hogar  minúsculo que les había construido su abuela. 





En las sucesivas visitas a mi padre tras la muerte de mamá, he ido desmantelando lentamente el universo de objetos que asoman por los cajones y que ahora, desvalidos, carecen de razón de ser. Me miran, desconcertados. Y yo no sé darles una explicación. Entre otros, están los siguientes: un anzuelo para pescar la ropa que se caía del tendedero al patio interior del edificio y así no molestar a los vecinos, un aparato para hacer un cilindro hueco en el interior de las manzanas y asarlas con el azúcar dentro, un relleno de espuma para que no se le quedase el sujetador “teticojo” después de la extracción del tumor en la mama, singles de Rocío Durcal y de Mama’s and the papa’s , una caja de herramientas bien surtida, varias máquinas de coser, muchos hilos, bisutería y oro. Restos de telas y puntillas para hacer los edredones, o las fundas de almohada, o las faldas para mesa camilla o las ropitas para los bebés que nacían. Dedales, fotografías y postales en sepia de cuando todavía no era nuestra madre. Pinzas para las cejas, rulos, medicinas y la insulina para la diabetes que se le desencadenó por  la cortisona que tomó para deshinchar las metástasis. Aire de Loewe, también Nenuco. Tijeras. Recetas de Arguiñano. Estampitas. Y  todas las  fotos de sus nietos.



Esta es la casa de muñecas que regaló mi madre a mis hijas, y cuyo interior amuebló, vistió y decoró. En los detalles (muebles pintados por ella, cuadros en miniatura con fotografías de los nietos, alfombras a medida...) es donde mi madre nos sigue haciendo un guiño, tantos años después. Intensas y largas horas jugadas en su interior, otro hogar en el que vivieron de niñas, y que acabamos de recuperar estas Navidades.






 Aquí debería añadir la impresión que me produjo vaciar su piso de Zaragoza para poder alquilarlo. Lo escribí en carne viva durante el viaje de vuelta en tren. Y lo publiqué en otra entrada, "Exterminio", que enlazo aquí.