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sábado, 16 de marzo de 2019

Continuidad de las casas

Egon Schiele Old house II , 1915



Situada donde terminaba el pueblo y empezaban los campos de maíz, mi infancia tiene su epicentro en aquella casa abandonada. Cada tarde dejábamos las bicis junto al pozo seco en el que alguien había arrojado un perro tiempo atrás. Según decían, todavía a veces se le oía gemir. Nosotros no nos lo creíamos, y lanzábamos piedras y risas. Las piedras no parecían alcanzar el fondo, ningún sonido lo confirmaba. Después, con las rodillas arañadas por las zarzas, entrábamos en el caserón. Y entonces: el estimulante olor a rancio, el óxido rugoso tapizando las bisagras, y aquellos ojos cubiertos de legañas que se dejaban atravesar por una luz tersa y mortecina. Lejos de darnos miedo, aquel era un refugio donde jugar al escondite, buscar tesoros o jurar lealtad vitalicia al “club intriga”. Ni siquiera saber que el último habitante se ahorcó en el cuarto donde jugábamos a las tabas nos impresionaba demasiado. Estábamos juntos y éramos invencibles.
El problema era volver a casa. Recorrer el largo pasillo después de cenar. Llegar a la habitación y subir de un brinco a la cama, debajo de la cual cada noche se agazapaban un señor y un perro con los ojos amarillos.


Este microrrelato ha ganado el segundo premio del Festival de terror de Sabadell. Parece que me he especializado en textos terroríficos, con lo miedosa que soy yo... 
Los de enveualta me lo han puesto a volar con sus voces. ¡¡Gracias mil!!

miércoles, 6 de marzo de 2019

Clave dicotómica para clasificar aterrizajes


Escher


Últimamente mi casa actúa como un auténtico imán para seres con alas. Acuden directamente a mi vivienda, no tengo noticias de que le esté pasando a nadie más en el vecindario. Ignoro si el hecho de que yo sea ornitóloga es relevante o una mera coincidencia, pero en dos semanas hemos recogido tres “seres alados”. Lo único que nos falta es que descienda un ángel por la chimenea.
El caso es que los acontecimientos recientes han provocado que tenga que revisar con frecuencia las fronteras exteriores de mi vivienda para comprobar si algún pájaro ha quedado enredado en una planta trepadora de mi terraza o ha tomado el suelo del patio interior por una pista de aterrizaje.
Esto último es lo que sucedió la primera vez, con el vencejo. Lo encontré por casualidad cuando fui a cambiar la bombona de butano vacía por una que tengo de reserva cubierta con una funda con cremallera que parece el vestido de una señora sin cintura. Estaba tendido en el suelo, con las alas totalmente desplegadas, como si fuera una mariposa clavada en el corcho de un entomólogo. Se diría que había tropezado con sus propias alas, desproporcionadas y excesivas para un cuerpo y un cerebro con tan poca autoridad.
Era un viernes por la tarde. Las niñas acababan de llegar del colegio.
Antes de seguir, he de puntualizar que el amor que mis hijas profesan por los animales lo llevan grabado en los genes, además de que probablemente lo recibieran a raudales a través del cordón umbilical y lo bebieran con la leche materna durante los trabajos de campo que realicé mientras se formaban dentro y fuera de mí. De otra forma no podría explicar esa pasión sin medida que muestran hacia cualquier ser vivo que se mueva. Si además el animal desprende calor y está cubierto por algo suave como plumas o pelo, el amor es incondicional e implacable.
Las niñas miraron al vencejo desde todos los ángulos, lo cogieron, sintieron su corazón desbocado y vieron el pánico en sus ojos. Lo intentaron echar a volar y lo recogieron cuando volvió a caer torpemente en el patio. No lo tuvieron mucho rato en sus manos por miedo a que el negro rotundísimo de su cuerpo destiñera. A continuación me miraron con gesto interrogante y preocupado. Todas las experiencias previas con gorriones caídos del nido, que habíamos tratado de criar a base de pan mojado, no servían para este animal salvaje que se alimentaba de insectos y que no comprendía que la ingravidez habitual del aire se hubiera convertido en este sumidero plano en el que se encontraba ahora. Después de cazar una mosca despistada y metérsela en el pico, se dirigieron las dos a la tienda de mascotas y volvieron al rato con un pienso especial para animales insectívoros. Durante la noche nos levantamos cada tres horas para embuchar al pájaro. Comprobamos con inquietud la ansiedad creciente del animal y su ala derecha descolgada.
Por la mañana no tuve más remedio que intervenir para evitar la muerte del animal y la desesperación de mis hijas. Una llamada telefónica al centro de recuperación de aves y en dos horas tuvimos en casa un guardia forestal con una jaula. Las dos madrinas de Negret —que así lo habían bautizado— lo despidieron con esa solidaridad que rezuman hacia todo lo vivo y con la promesa de llamar por teléfono para enterarse de su destino. Si se quedaba en el centro irían a verlo. Esa tarde no pudieron hacer los deberes de la emoción.
La segunda vez fue por la noche. Estaba tumbada en el sofá leyendo cuando lo vi. Agarrándose a la tela que cubría el sofá se acercaba a mí algo negro y anguloso. ¿Una tarántula? ¿Otro vencejo? Me costó darme cuenta de que tenía un murciélago a dos palmos de mis gafas. No estaba preparada para ver unas alas sin plumas, un ratón apoyándose en una especie de muletas que actuaban como palancas para escalar el sofá.
Un grito tremendo salió de mi garganta. Víscera pura. Registros tonales de soprano desconocidos previamente por mí. Esencia de susto atravesando la laringe. La niña del exorcista era una estrecha introvertida a mi lado. Salté por encima del sofá. Al instante siguiente estaba muy enfadada conmigo misma por semejante reacción. Todos salieron de sus habitaciones y en un momento se montó un consejo de sabios para decidir qué hacíamos con aquello que parecía un ave pero no lo era (enseguida quedó claro que, como no pertenecía a mi especialidad,  yo no tenía más autoridad para opinar al respecto que ellos). Siguiendo el esquema habitual, empezamos por los primeros auxilios: una sesión en la que intentamos inyectar leche y agua en su boca de ratita enfadada. Después, el retorno al medio: lo dejamos en la terraza, con la seguridad de que durante la noche regresaría a patrullar el aire con los de su especie. Cuál fue nuestra sorpresa al verlo a la mañana siguiente trepando por la pared, completamente exhausto y deshidratado.
No tuve más remedio que reactivar mi base de datos mentales sobre recursos para la protección de animales. Yo que pensaba que lo más complicado y estresante  que había realizado en mi vida había sido mi tesis sobre “Dispersión juvenil y cuidado maternal en la avutarda (Otis tarda)”. Lo intenté de nuevo en el centro de recuperación de aves, cuidándome mucho de que no se me escapase que yo era ornitóloga. Me dijeron que aunque no fuera un ave, también recogerían al murciélago pues se trataba de una especie protegida.
Alivio general. Despedida memorable. Los guardias forestales últimamente se movían por mi casa como amigos íntimos: cervezas y patatas chips para todos. Otro día con excusa para no estudiar.

Parecerá que me lo invento —si fuera un relato de ficción no añadiría este dato por temor a pecar de demasiado fantasiosa pero lo que voy a contar a continuación ocurrió de verdad. El fin de semana siguiente fuimos de excursión con las niñas a una zona de bosque, y cuando estábamos bajo un roble en la mitad del pícnic aterrizó sobre el mantel de cuadros una cría de mochuelo. Mis hijas lo recibieron como un regalo caído del cielo, una maravilla redonda y aturdida, forrada de plumón blanco. La mejor experiencia que pudieran haber deseado, pues en este caso bastaba con marcharsetras un largo rato de contemplación extasiada y dejar que la naturaleza hiciera lo que debía.

Pero todavía nos esperaba un último aterrizaje hasta el día que escribo esto, para dejar constancia de que la realidad a veces le da cien patadas a la ficción ante el cual los demás no fueron sino el preludio, una preparación insulsa para que por fin las niñas (y yo) aprendiéramos un par de lecciones cruciales sobre cómo funcionan las cosas entre las especies.
En una de mis justificadas exploraciones de la terraza, oí un batir de alas desesperado. Me costó localizar a la pobre paloma enredada en la hiedra de la pared. Con un ala rota por el esfuerzo al tratar de desligarse de los zarcillos de la enredadera, la paloma se debatía incómoda y confundida. Cuando la tomé entre mis manos, noté su cuerpo palpitando, su cansancio y su desconcierto. No la pude esconder de las niñas, que insistieron en activar el protocolo de salvamento.

—¿Cómo voy a llamar al centro de recuperación para que vengan a buscar a una paloma?
—¡¡Porfi, porfi, porfi!!
—Las palomas son una plaga. Se hacen redadas para matarlas porque hay demasiadas.
—Porfiiiii.
                Llamé al ayuntamiento, y por supuesto me dijeron que lo mejor sería dejarla o matarla. Mis hijas me miraban esperanzadas mientras yo escuchaba esto y percibía la sonrisa despectiva de mi interlocutor a través del teléfono.
—No pueden hacer nada. No hay ningún servicio que haga estas cosas.
—Pues la llevamos al veterinario. Vaaa, no la vamos a dejar morir, está sufriendo mucho. Mami, no nos falles, tú eres ornitóloga.
—Pero qué cosas dices, Nuria. Yo solo sé clasificar a los pájaros, no curarlos. Ningún veterinario querrá atender a una paloma. No puede ser. Punto final.

Las niñas continuaron toda la tarde con la paloma, dándole de comer, acariciándola, cantándole nanas. Y sin hacer los deberes.
Yo acabé olvidándome del tema porque tuve que atender y controlar al grupo de jardineros que vinieron a hacer la poda de los árboles del jardín. Ayudé al que podaba el limonero, recogiendo los limones maduros y olorosos en un cesto.
Entonces vi cómo mis hijas entraban en el jardín empujando un cochecito de muñecas y lo llenaban con los limones.
Cuando me enteré del plan ya era demasiado tarde para evitarlo.
Ellas delante. Yo, controlándolas disimuladamente una manzana más atrás. Quién se podría resistir a dar un euro por tres limones a dos niñas que paseaban a una paloma enferma dentro de una caja en un cochecito lleno de limones.
Mis hijas enseñaban a la paciente y les explicaban a las señoras que necesitaban dinero para llevarla al veterinario. Una pequeña pancarta con el dibujo de una paloma triste con una muleta ayudaba a la comprensión de la emergencia.
Volvieron a casa con trece euros y una sonrisa que no me atreví a mancillar. Llamé a la veterinaria y le expliqué el caso. Me dijo que fuéramos inmediatamente.
El ritual fue impecable: la veterinaria entablilló el ala de la paloma y se la devolvió a las niñas, con el pedido de que la cuidaran bien esa noche y al día siguiente se la llevaran para que ella se hiciera cargo de su recuperación. Las niñas no vieron el guiño que la especialista me dedicó mientras daba las instrucciones. Ellas saltaban de alegría. Por lo visto aún no les había llegado el momento de enterarse que existen categorías, incluso entre las aves.
Cumplieron su cometido a la perfección. Estaban felices de haber salvado a otro ser vivo. Yo me sentía razonablemente satisfecha, aunque me rondaba una vaga tristeza  que no supe a qué obedecía.
Esa semana tuve reunión con la tutora de Nuria. No se explicaba cómo había podido suspender el examen de biología, si era su asignatura favorita.

Este es uno de los  relatos incluidos en mi libro Hormonautas, de Editorial Nazarí. Está relacionado con la hormona Oxitocina. Se lo dedico a mi amiga Engracia. 

Oxitocina: Segregada por la hipófisis, su tejido diana es el útero. Produce las contracciones del parto e interviene durante la crianza. Se podría decir que es la causante del apego característico del instinto maternal.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Intemperie


Mark Rothko

Decía:” Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”. Le daba un beso y salía a la calle. Cada mañana. Por la noche recogía los papelitos doblados que sus hijas dejaban bajo la imagen. Sin leerlos, los rompía en pedazos y los tiraba a la caldera de la calefacción. Preocupaciones, deseos y ansiedades desmenuzados crepitaban en un fuego azul y ocre. Depositando allí el peso de sus vidas, se sobreponían a los trances, apuros económicos, penas y malos sentimientos.
Mi abuela cimentó su vida y la de los suyos sobre una confianza indolente y serena en el corazón sangrante de un Jesús que les miraba con ternura desde el pedestal de terciopelo granate que presidía el recibidor.
Todos los nietos llegamos a tiempo para ser bendecidos con el liviano manto de protección que proporcionaba esa imagen. Después de eso ya nada podría hacernos daño.
La casa de la abuela ya no existe. Se desintegró en alguna esquina del pasado, y nos dejó solos con la formidable  misión de encontrar un nuevo manto que nos proteja de la intemperie a nosotros y a nuestros desamparados hijos.

domingo, 17 de febrero de 2019

Las casas de los otros

Vivian Maier


Esta noche he tenido un sueño que podría titularse “Las casas de los otros”.  Un sueño muy vívido, lleno de imágenes concretas de interiores de casas a las que era invitada a acceder, pero a la vez casi filosófico, ensayístico.
Entrar en la casa de alguien es una manera de entrar en su cabeza, en su vida. La disposición de los muebles el reflejo de sus laberintos neuronales, los olores que emanan de la cocina la destilación de sus emociones y sentimientos, el color de la pared la textura de su ánimo. La casa como un mapa nítido y detallado de la biografía personal, de los aspectos más luminosos y también los más oscuros de la personalidad que la habita. Que te inviten a una casa denota una generosidad extrema, la capacidad de exponer la propia vulnerabilidad de molusco blando al escrutinio ajeno. 
Mi teoría y mi experiencia es que eso se está perdiendo. O lo estoy perdiendo yo. Durante los dos periodos en los que me trasladé a vivir a otras ciudades ( casi tres años a Tenerife y otros dos a Alicante) iba a casa de mis vecinas y de las amigas que hice allí con toda naturalidad. Las casas de Macu, Maite,  Bea,  Tere, Pilar, Rosi… eran territorios comunes y espontáneos de conversación, de lectura, de juegos de niños, de comidas y de cotilleos. Igual que mi piso. Quizás tuviera que ver con la provisionalidad, con que eran pisos de alquiler. Después, a la vuelta, ya no. No tanto. Sólo con los íntimos. No como algo fluido, cotidiano.
Cada vez exponemos más nuestra vida a la mirada del otro, en estos patios de vecinos virtuales y desangelados, pero antes le hacemos un lifting, la sometemos a filtros favorecedores para que no salgan los lamparones de la papilla ni los olores del patio interior, satinamos el papel y solo  mostramos la fotografía si cumple los requisitos para ser publicada en una revista de interiorismo.
Reservado el derecho de admisión de forma cada vez más restrictiva y con las fronteras bien vigiladas, la casa es un caparazón exclusivo y tan impermeable que se convierte en un sistema cerrado, casi irreal.  Lo único que queda es la imagen de la casa, la foto retocada de uno, el reportaje de revista del corazón. En mis paseos siempre miro a través de ventanas y balcones por si puedo vislumbrar o imaginar cómo son las vidas ahí adentro, en el interior de las casas, de la gente.
Ha sido un sueño  bien extraño, y no sé a qué conclusión me lleva. Maquillarlo y fotografiarlo es lo único que de momento  se me ocurre. Estáis todos  invitados a mi casa de mentira.

sábado, 12 de enero de 2019

El efecto mariposa



Caldera del Tambora, en la isla de Sumbawa , Indonesia 
El cinco de Abril de 1815, en una pequeña isla de las Indias Orientales, el monte Tambora regurgitó con furia geológica sus intestinos de magma. Un velo de cenizas cubrió la superficie del planeta y lo dejó a oscuras como si un Dios ofendido hubiera apagado la luz. Sus habitantes fueron castigados durante muchos meses con malas cosechas, epidemias y hambrunas.
Se dice que Turner pintó sus espectaculares atardeceres aprovechando el baile que la luz oblicua ejecutaba cada tarde con las partículas que procedían de la otra parte del mundo.  En su retiro estival del “año sin verano” Lord Byron y Mary Shelley  se entretenían imaginando historias de terror. En Villa Diodati, frente a un lago suizo que apenas podían ver,  gestaron los embriones de sus monstruos y sus oscuridades.
Dos meses después de la erupción, caía una lluvia sucia y cenicienta sobre la campiña belga. Empapados y ateridos, los soldados de Napoleón hundían sus botas, las balas de cañón y sus vidas en un fango parecido a arenas movedizas. El dios de la guerra era derrotado definitivamente por los elementos. Vencido por un volcán. En Santa Helena, años más tarde, intentaba justificar su denigrante derrota escribiendo: “Los más pequeños acontecimientos tienen a menudo las más grandes consecuencias”.
Desde el futuro sonreímos indulgentes al constatar que, en su megalomanía, Napoleón considerara la erupción del gigante indonesio como “un pequeño acontecimiento”. Pero por otro lado no podemos evitar admirar lo visionario de su aportación no reconocida a la teoría del caos.

 
"El Temerario" remolcado a su ultimo atraque para el desguace, cuadro de Turner

domingo, 6 de enero de 2019

El regalo


Evening rain in Paris  Oleg Trofimoff


La calle comercial se extiende ante ella como una alfombra. Es temprano, hace un frío desapacible, todavía sin rayos de sol que suavicen la mañana del día de Nochebuena. Los propietarios de los comercios levantan las rejas de seguridad. Un corredor atraviesa la calle echando por la boca algo que recuerda al humo de una locomotora.
Lucía entra en una tienda de ropa de caballero.
—No sé, esta corbata me gusta mucho, pero es una prenda tan personal...me lo voy a pensar y vuelvo más tarde.
Colores que parpadean incansables. Villancicos vomitados por altavoces que espían con ojos cuadrados e indiscretos. Pero hoy pretende sentirse privilegiada: los niños están con su marido y puede dedicar la mañana a comprar ese último regalo con el que no contaba.
Siguiente parada: colonias. Minotauro le convence, aunque no sabe si por el aroma o por el nombre. Pero quizás sea un perfume excesivamente juvenil para él. Sale de la perfumería con un incipiente dolor de cabeza. La calle empieza a llenarse de náufragos navideños. Un perro sin collar marca su territorio en una esquina. Una anciana pasea del brazo de una mujer con rasgos de india. El vendedor de cupones tiene la nariz roja y los ojos desorientados. Otro corredor la sobrepasa como un recuerdo inesperado.
Lucía entra en cinco tiendas más. El dolor de cabeza difunde a las articulaciones. El caparazón de la música se agrieta y las ideas que acceden a su mente le producen un ligero escalofrío.
No se decide. No sabe qué le podría gustar. No quiere parecer demasiado obsequiosa, pero tampoco una rácana. Cómo ser original sin pecar de extravagante. La última tienda: una pastelería. Sale con una enorme caja de bombones. Deja la zona comercial como si bajara de un tiovivo: con las piernas temblonas y unas décimas de fiebre.
Llega a su casa. No hay nadie. Habrán ido al parque. Respira hondo, se sienta en el sofá. Coloca la caja en su regazo. Observa fijamente el paquete. Los dedos de sus manos empiezan a deshacer el envoltorio, al principio con delicadeza, después con violencia. El papel vuela en pedazos hacia el suelo y un bombón relleno de licor explota en su paladar. Sus manos han decidido que no va a regalarle nada a ese ginecólogo que tan amablemente la ha atendido y que va a acelerar los trámites para extirparle ese bultito que le acaban de detectar en el pecho.




Chocolate con churros


                                                                                                                                                                   *MELATONINA


El mundo se dividía en dos grupos: winners y losers. Nada de ricos y pobres, buenos y malos, policías y ladrones, damas y caballeros. Ninguna de las categorías que yo conocía antes de viajar a los  Estados Unidos servía en ese país. Allí uno es ganador o perdedor, independientemente del color del pelo o de la edad. Hay niños que ya en la guardería son ganadores y viejos que, por muy cultos que sean, tienen el tufillo inconfundible de los perdedores.
La segunda cosa que aprendí ese verano con la familia que me acogió para mejorar mi inglés fue que lo importante era mantenerse alerta en toda ocasión, mostrar siempre la voluntad y el optimismo de los ganadores, pues si los demás deducían de tu comportamiento alguna de las debilidades atribuidas a los losers, estabas literalmente perdido.
La moraleja de esta curiosa filosofía era que los perdedores no son interesantes y nunca son bien recibidos.
El winner se encuentra siempre fine, es activo, participa, no muestra sus emociones y mucho menos sus defectos (para eso le paga al psicoanalista). Es voluntario en varias asociaciones de ayuda a la comunidad y se jacta de las donaciones que ha realizado. Un barniz de espiritualidad  justifica todos sus actos. Si además ha conseguido todo lo que posee gracias a su esfuerzo y voluntad, mucho mejor.
Es muy cansado ser ganador, pero si uno decide serlo hay que ejercer 24 horas al día, no se debe mostrar una sola fisura, eso sería como enseñarle la yugular a un depredador.
Los primeros días no entendía nada pero, tras recuperarme del jet lag, aprendí rápidamente la lección. Conseguí, a base de cafeína, acostumbrarme a hacer muchos aspavientos ante las cosas más vulgares, decir wonderful y amazing con frecuencia y sonreír entusiasmada hasta contraer una dolorosa contractura en las mandíbulas.
Asumí que la importancia de uno radicaba en los miles de dólares que se ganasen al año y en lo grande que fuera la iglesia a la que se asistía. Le dije a mi familia de acogida que mi padre era médico y que en mi ciudad había una catedral gótica que siempre estaba llena de gente (no especifiqué que eran turistas), y así entré con el pie derecho en la rumbosa sociedad de Madison (Wisconsin), con un plus añadido de exotismo que elevaba mi caché.
Los domingos solía acompañar a mi nueva familia a la iglesia. La más grande y prestigiosa de la ciudad, repleta de winners. El servicio religioso era largo y tedioso, pero concluía con un abundante desayuno aportado por todas las familias de la comunidad. El sacerdote saludaba personalmente a cada uno de los feligreses y a continuación pasábamos a la zona de las relaciones sociales, los pastelitos, las buenas intenciones y las sonrisas congeladas. Un derroche de dulzura y empalago. Reservas suficientes de amor para nutrirse durante toda la semana.
Mi “mamá” americana horneaba todos los domingos una gran tarta de melocotón en almíbar con cerezas que flotaban en una masa de harina y leche sobre la que vertía abundante mermelada de blueberries. Lo dejaba preparado el sábado por la noche, y los domingos nos íbamos a misa sin desayunar.
Un día, para congraciarme con mis padres adoptivos y ser definitivamente nice, les dije que en dos semanas haría yo el desayuno para los feligreses de su iglesia. Se mostraron encantados de haber elegido a una estudiante tan despierta y con tantas ganas de integrarse.
A la mañana siguiente llamé a mi madre española, a la de verdad, y le pedí un favor que me permitiría salir airosa del trance en el que me había metido. Ella, diligente, me envió por correo lo que necesitaba para triunfar en la comunidad: una máquina de hacer churros.
El paquete llegó a tiempo, aunque tan solo dos días antes de mi estreno como cocinera dominical. Mi madre había añadido al extraño artilugio dos botellas de aceite de oliva y cuatro paquetes de chocolate en polvo. La sartén  para freír  los churros la pidieron prestada a unos vecinos.
La noche del sábado tuvimos una party en la casa con tres parejas del grupo de parroquianos. Tuve que explicarles qué cosa eran los churros. No fue tarea fácil debido, por un lado a mi nivel de inglés, y por otro, a la objetiva complejidad de la geometría del churro, distinta a la de cualquier otro objeto conocido.
Tampoco entendieron lo de las churrerías, las horas intempestivas a las que los estudiantes suelen tomar el chocolate con churros, ni su extraña ubicación en la gastronomía: ni postre, ni primer plato, ni desayuno...
La contemplación de la máquina de hacer churros levantó altas expectativas entre las señoras y curiosidad científica en uno de los maridos, que era ingeniero y no recordaba haber estudiado semejante mecanismo en sus años de universidad.
Cuando por fin acabó la fiesta, me deslicé hacia la cama con la sensación de haber asumido una carga demasiado pesada. Estaba segura de que me había equivocado pretendiendo traer un trocito de mi mundo a esa iglesia protestante y esperando además hacer partícipe de él a aquella pandilla de niños grandes. Tan absurdo como creerme capaz de comprender el funcionamiento de una nave espacial.
Esa noche soñé con marcianos que hacían churros, churros verdes fosforito que se convertían en goma de mascar en cuanto entraban en contacto con la saliva.
La mañana del domingo me levanté temprano para preparar el chocolate. Después cargamos con la marmita llena de chocolate, la sartén gigante, la máquina de hacer churros y los ingredientes. Mis padres yanquis orgullosos de mí, y yo, la pequeña marciana venida del rincón más recóndito del planeta rojo, avanzando decidida a explicarles a los terrícolas las virtudes del chocolate con churros.
Mi rostro tenía una ligera tonalidad verdosa.
Llegamos a la iglesia y montones de sonrisas calvinistas nos recibieron expectantes. Dejamos el cargamento en la sacristía y nos dispusimos a seguir la celebración. Cuando terminó, instalamos la sartén encima de los fogones que habían traído especialmente para la ocasión. Vertí el aceite en la enorme sartén y preparé la mezcla para los churros. Respiré hondo y, mientras reposaba la masa, me dirigí a los fieles que me rodeaban entusiasmados y les solté una pequeña conferencia sobre el chocolate con churros, descripción técnica de la máquina incluida. Los espectadores sonreían felices: el chocolate les esperaba bien espeso en la marmita y las glándulas salivares segregaban incansables.
Mostré inclinado el recipiente con la masa situándome tras la improvisada cocina, y cuando me dirigía a llevarlo hacia la máquina para darles la forma a los churros tropecé de manera imperceptible con una de las patas del trípode que soportaba los fogones. Me reincorporé inmediatamente, pero mi mano izquierda perdió el control y soltó el recipiente con tanta puntería que toda la pasta fue a caer sobre el aceite caliente. En ese momento noté que la tierra se abría bajo mis pies y que mis piernas se convertían en gelatina. Como en un flash pude ver al ingeniero de la noche anterior con esa mirada decepcionada que se reserva para los perdedores.
Y entonces, sin saber cómo, se me activó un mecanismo innato. Me apropié de esa cualidad que hace del individuo mediterráneo una rara especie a medio camino ente el ganador y el perdedor: el improvisador. Removí con energía la masa en el aceite, volví a sonreír, y tras unos minutos conseguí una especie de gran torta redonda y dorada. El ingeniero miraba alternativamente al contenido de la sartén y a la máquina.
Saqué la torta a una bandeja, tomé la máquina en mis manos, la levanté con un gesto parecido al del sacerdote cuando levanta el cáliz y, decidida, procedí: con la base hueca del instrumento empecé a cortar en cuadrados el gran churro americano. Repartí el chocolate en vasos de plástico y le di un churro cuadrado a cada uno.
Los wonderfuls y los amazings que escuché fueron la constatación de que había triunfado en mi gran prueba para acceder a la sociedad de los winners.
Sólo el ingeniero mantuvo durante un momento una mueca interrogante, que se diluyó de inmediato en cuanto probó el primer churro.




* Estimulada por las fluctuaciones luz/ oscuridad, rige los ciclos sueño/ vigilia. En los viajes transoceánicos puede ayudar a solucionar los problemas de alteración del reloj biológico ( jet lag) producidos por la diferencia horaria entre diferentes continentes.




Este relato pertenece a mi libro Hormonautas ( editorial Nazarí ), en el que cada texto está relacionado, de alguna rocambolesca manera, con la acción de una hormona en el organismo.