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viernes, 19 de agosto de 2016

Entrevista de Juan Peregrina ( Editorial Nazarí)

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Juan Peregrina y Alejandro Santiago Martínez vendiendo libros de Nazarí 


     


1     Querida Paz, lo primero, enhorabuena por un libro como Hormonautas, repleto de personajes, situaciones y diálogos tan bien diseñados. ¿Cómo le explicamos al público que todavía no conoce la obra este título y la estructura de tu obra?


 El título pretende sintetizar (de una forma un tanto osada, porque la palabra “Hormonauta” no existe en el diccionario) la esencia del libro: un intento de simbiosis entre fisiología y literatura de viajes.
Fisiología porque el eje vertebrador son las hormonas, esos mensajeros químicos  que modulan el equilibrio del medio interno. Cada relato está relacionado de alguna forma con los efectos de cada una de las 20 hormonas que encabezan los cuentos. No es un tratado de endocrinología, es ficción, pero no he podido evitar poner un par de líneas divulgativas sobre la hormona correspondiente para que se vea el vínculo con el cuento.
La palabra Hormonauta, por otro lado, tiene reminiscencias a la navegación, a la aventura, al viaje. El libro trata de moléculas que nadan bajo la piel pero a la vez de historias que viajan a lo largo de todo el itinerario vital y de aventuras de otras épocas. Diferentes tipos de viajes. Los personajes descritos suelen estar bastante desubicados, tienen conflictos y limitaciones, pero buscan su propio vellocino de oro como si fueran los mismísimos Argonautas. O al menos eso es lo que se me ha ocurrido para justificar un título probablemente injustificable.

     El prólogo de Beatriz Alonso matiza ciertas características de tus cuentos, como la cercanía, lo real y lo carnal y también el afán didáctico que exhibes ¿no está reñida la función pedagógica con la ficción literaria?
     El libro consta de veinte relatos de ficción que se vinculan con la función que realiza en nuestro cuerpo cada una de las veinte hormonas que he elegido. Las hormonas son el hilo conductor que cohesiona el libro, pero como he dicho anteriormente no es un libro de divulgación científica. Más allá de una breve explicación sobre cada hormona  a modo de nota al pie de la primera página de cada cuento, no hay ninguna pretensión didáctica, son cuentos. Ojalá lo que dice Beatriz en su magnífico prólogo se refiera a que mi prosa es inteligible.
      De todas formas, y contestando a tu pregunta, no creo que estén reñidas ambas funciones, siempre que no estemos hablando de cuentos con moraleja o de  autoayuda. Existe una tradición de excelentes divulgadores científicos cuyas dotes literarias no tiene nada que envidiar a los mejores autores de ficción (me vienen a la cabeza autores como Oliver Sacks, Robert M. Sapolsky, Isaac Asimov, Stephen Jay Gould, Bill Bryson, o el mismísimo Charles Darwin). Me interesan mucho los géneros híbridos, admiro y valoro la labor de los buenos divulgadores científicos, de los libros que ponen al alcance de los no expertos  conocimientos especializados (recuerdo cómo disfruté leyendo la Historia del arte de E. Gombrich) o de los escritores de crónicas de viajes desde el punto de vista literario.


     ¿Qué supone para ti como autora el alumbrar un libro de cuentos, donde demuestras nuestras fisuras, obsesiones y equívocos?

Supone exponerme, mostrarme. Con todas las consecuencias que entregar algo propio pueda conllevar: el reconocimiento, la indiferencia o el rechazo.  Las tres posibilidades potencialmente igual de peligrosas, así que como no hay escapatoria hay que aprender a  lidiar con cualquiera que sea la reacción del “otro”.  Creo que para las personas introvertidas como yo es un ejercicio muy saludable sacar afuera lo que es íntimo y está protegido por el pudor.  En este libro estoy yo de una manera muy transparente porque mientras lo iba escribiendo nunca pensé en un interlocutor que no perteneciera a mi entorno más cercano. Y no me puse ningún filtro para resultar complaciente, comercial ni políticamente correcta. Digamos que escribía para los míos y cuando me lo publicaron se me fue literal y literariamente  de las manos. Pero ya estaba algo entrenada, pues llevo haciendo este ejercicio de striptease de forma deliberada desde que hace casi tres años abrí mi blog Crónicas desenfocadas, que  me ha supuesto a la vez una gran evasión, un aprendizaje de humildad y una manera muy libre de expresarme a través de textos, imágenes y música…, además de haberme proporcionado unas cuantas alegrías.
  
      Hay una constante y sutil crítica a la educación que hemos recibido: ser el mejor en vez de ser solidario, aprovechar el poder para abusar de los demás, utilizar la formación para ascender a costa de la igualdad… ¿tu experiencia personal se encuentra desarrollada en estos relatos?  

Hay relatos con base autobiográfica, otros no. La mayoría es una mezcla alícuota de experiencia e imaginación. Obviamente en todo lo que se escribe, aunque se esté hablando de un personaje histórico, están las vivencias y las obsesiones de quien lo escribe. Creo que la elección de los temas  y las tramas nunca es casual. Yo no escribo sobre amores románticos, ni sobre  personas muy felices y seguras de sí mismas.  Tampoco sobre suicidas o gente que se autodestruye, por poner ejemplos del otro extremo del  espectro.  No me toca la fibra sensible ni el éxito rotundo ni la desesperación.  Me he dado cuenta, gracias a  lecturas ajenas, que mis personajes  se sitúan en los márgenes,  en las fronteras de la convención. Son gente que no se adapta a la norma, pero siempre sin estridencias, con una cierta melancolía…nunca  como una reivindicación. Simplemente no  acaban de encajar. Me gustan los raros que no son del todo conscientes de que lo son. Y en los alrededores de ese ecosistema cuyo primer eslabón está formado por esa  “estirpe de los inadaptados” -como definió Iván Teruel a mis personajes- se puede observar  el comportamiento de los que abusan, los que medran, los que se creen adaptados o poseedores de la verdad. De los depredadores, en algunos casos. Pero siempre como comparsa de los realmente interesantes: los mansos, los “losers”, los que al no tener nada que perder poseen una libertad muy valiosa. Me interesa la ecología y la psicología, y ahí, mezclando disciplinas, juego torpemente con lo que he vivido, lo que observo y lo que imagino.

    Charles Byrne y la diferencia: el juego de contrastes que realizas es muy interesante para lectores jóvenes y lectoras adolescentes: defiendes elegantemente ciertos requisitos sociales como la tolerancia y el respeto, que a veces vemos que no se cumplen a edades tempranas, pudiendo conocer noticias desagradables sobre institutos y colegios: ¿alguna solución podría llevarnos a comportamientos más sensatos?

    Yo creo que la exposición temprana a la variedad, a lo diverso, a lo que no es como uno… puede ser una buena vacuna contra la intolerancia y el rechazo hacia los que son diferentes.  La uniformidad, aparte de ser aburrida, puede ser peligrosa.  Hay un índice en ecología, el índice de Shanon, que mide la complejidad de los ecosistemas cuantificando la diversidad de las especies que lo componen. Los ecosistemas más pobres -por ejemplo un monocultivo-  solo son sostenibles a base de inyectar mucha energía externa, en cambio los que tienen un índice máximo -como la selva amazónica- se autorregulan y son ecosistemas más maduros y equilibrados. Yo trabajo en un instituto de “máxima complejidad”, en el que hay chavales de muy distintos orígenes y culturas, y tengo la hipótesis de que hay muchos menos conflictos de bulling que en un colegio de niños uniformados procedentes de un entorno muy similar.

    “Cómo salvarse de todo el dolor sucio y radiactivo que provocan los demás, que provocamos nosotros”.  ¿Es la literatura una disciplina de acercamiento al otro? ¿Es un lenguaje, el literario, que puede servir como puente para la comprensión entre personas?

Es que la literatura es un tipo de comunicación muy extraña ¿no?  Me voy a sacar de la manga una teoría literaria de pacotilla, pero yo pienso que funciona a partir de unas características bastante peculiares: lentitud, unidireccionalidad y azar. El mensaje no es espontaneo sino meditado, y no se sabe cuándo llegará al hipotético receptor. Si consigue llegar al lector, del efecto que produzca en él nunca se enterará el escritor. Y esa comunicación en diferido solamente se dará si confluyen una serie de circunstancias aleatorias. Esto, que haría pensar en una comunicación defectuosa comparada con la relación directa entre dos personas, puede conseguir efectos más profundos y duraderos precisamente por el tiempo lento, por lo impersonal y porque conecta con lo universal. En este sentido el acercamiento entre autor y lector es un efecto colateral bastante improbable pero muy efectivo en caso de que se logre.
Respecto a la frase del libro y a tu pregunta: desde el momento en que con la literatura se consigue -aunque sea de forma incompleta-  poner en palabras sensaciones relacionadas con el sufrimiento, con las heridas recibidas o presenciadas… una parte de ese dolor se fija en el texto y puede ser de alguna manera exorcizado. Como hablamos de emociones comunes, el texto puede actuar como un espejo en el que se reconozca el lector. Yo creo que la exposición de los mecanismos que provocan insatisfacción en las relaciones humanas se muestran mejor a través de la ficción que mediante otros formatos (ensayo, libros de psicología…) Que eso ayude al escritor o al lector a comprenderse o a comprender a los demás es otro asunto.

     Las enfermedades están presentes en estos relatos en mayor o menor medida ¿cómo definirías las enfermedades endocrinas? ¿Cómo se puede convertir este campo de la medicina en un libro de relatos?

Las hormonas dan mucho juego en varios aspectos, uno de ellos es que cualquier exceso o defecto en la concentración de una hormona provoca una enfermedad, por poner dos ejemplos conocidos: un déficit de insulina provoca diabetes y  un exceso de tiroxina hipertiroidismo. Desde el punto de vista literario, la justificación para haber usado estas moléculas como eje vertebrador del libro es la siguiente: las hormonas actúan reajustando constantemente el equilibrio del medio interno ante cualquier amenaza interna o externa, sus efectos en el organismo se manifiestan a medio y largo plazo y tienen mucha relación con nuestra conducta (todo el mundo conoce los efectos de la adrenalina o la testosterona en nuestra manera de actuar). Cualquier desajuste en la producción de una hormona, pues, tiene consecuencias en el comportamiento, y yo he aprovechado este conflicto fisiológico para construir el conflicto que debe subyacer en cualquier relato de ficción.

      ¿Qué autores sueles leer? ¿Alguna escritora te marcó con su discurso y no puedes olvidarla? Nos interesa saber algún referente literario – o científico, por supuesto- que te haya servido de inspiración.

Me centraré en las autoras que me han impactado, y las ubicaré en los géneros en los que más me han convencido. Los relatos de Margarite Yourcenar, Alice Munro, Mary Gordon, Jumpha Lahiri, Joyce Carol Oates o las grandes damas sureñas. Las crónicas de Jenny Disky o Chantail Maillard. Los ensayos de Virginia Woolf, Natalia Ginzburg o Carmen Martín Gaite. Las novelas de Nancy Huston, Jeanette Winterson, Tracy Chevalier o Lucia Berlin. La poesía de Wislawa Szymborska o Olga Orozco. Los microrrelatos de Ana María Shua, Susana Camps, Beatriz Alonso o Laura Valenzuela.


 ¿Qué piensa Paz Monserrat del futuro? ¿hay proyectos profesionales a la vista?

Pues ahora mismo estoy un poco resacosa, acusando el cansancio de todo un curso, y tengo la cabeza tan árida como una isla volcánica llena de cenizas. Tengo que aprovechar las vacaciones para hurgar en mis libretitas y resucitar ideas de entre los apuntes que voy tomando. Me encanta que mis notitas se conviertan en  relatos para tacharlas después en la libreta correspondiente. Creo que tengo varias cosas en mente de las que todavía no soy  lo suficientemente consciente como para verbalizarlas, he de pararme a pensar en qué dirección quiero ir, o si simplemente me dedico a leer y a vivir hasta que se me impongan los temas y los proyectos.  

Muchas gracias, Paz, por tu tiempo y tus respuestas.





viernes, 12 de agosto de 2016

El final de la historia

Fotografía de Vivian Maier

Escribir es invocar a los fantasmas con palabras. Volver al territorio donde eran de carne. A esa infancia que a veces se rompe y se estrella. La que se queda como un pedazo de cristal clavado en el centro inexpugnable de nuestros recuerdos: convertida en una lente que lo matiza todo.
                                                                                                         
                                                                                                        Marta Fernández 
                                                                                                        Jot Down, junio 2016


Le incitábamos a que robase cada semana la misma cantidad. Cogía a escondidas el dinero de la caja y después, sintiéndose un miembro imprescindible de la pandilla, lo repartía entre todos nosotros. Luego íbamos a la tienda de comestibles de sus padres y nos comprábamos polos.  El padre nos cobraba. Cuando la caja registradora producía ese chasquido metálico y delator, mirábamos aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre del rincón, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas de cartas en el bar.
Así pasamos los últimos veranos de nuestra infancia, envalentonados con la fuerza que dan los secretos compartidos y satisfechos por tener el control de nuestros minúsculos delitos.
Con el tiempo fue sacando cada vez más.  Cuando pusieron un candado en la caja registradora subía al piso  de arriba y hacía incursiones en la caja fuerte. Ya no manejábamos monedas, sino billetes. Comprábamos en otras tiendas. Íbamos a los bares y comprábamos helados más sofisticados. Él nos invitaba. Una de las veces se puso un billete de quinientas pesetas en el zapato y nos fuimos en bicicleta al pueblo de al lado. Cuando llegamos, el sudor había convertido el billete en papel de fumar y no  pudimos comprar nada. Fue el final de la historia. Nunca supe con seguridad si se debió a este incidente. Nadie pensó en algo irreversible, nos volvimos a casa sin saber que todo aquello se había ido definitivamente al carajo.

Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. Y los secretos en común. La vida dejó de situarse en aquel lugar del  mapa lleno de bicicletas, polvo y lealtad. Todos los veranos previos se escurrieron por un sumidero en algún lugar de la memoria. Como si se hubieran caído al pozo de la casa abandonada. Como si la marea los hubiera fagocitado y ahora nos devolviera solamente el jibión de la sepia. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Lleno de esquinas. Dejamos de ser un nosotros, algo compacto, real, contundente. Solo quedaba cada uno por separado, como partes de un organismo desmembrado. Piezas de desguace a la intemperie. Vulnerables. Desconcertados. Y con un persistente sabor a polo de hielo en el paladar.  


viernes, 5 de agosto de 2016

Seis grados de separación




    Todo el mundo entiende la expresión “el mundo es un pañuelo”. Aunque no sea el hallazgo más feliz del habla popular (yo siempre visualizo un pañuelo lleno de mocos verdes, un pañuelo pequeño, sí, pero lleno de mocos) siempre la usamos en el contexto adecuado, por ejemplo cuando nos encontramos a nuestro vecino del pueblo en las cataratas de Iguazú.  
     Y luego está esa curiosa hipótesis que pretende ilustrar y cuantificar la frase del pañuelo, que por otro lado nadie ponía en entredicho. Un escritor húngaro apellidado Karinthy propuso en 1930 que cualquiera puede estar conectado a cualquier otra persona a través de una cadena de conocidos que no tenga más de cinco intermediarios. Los que tenemos cuenta de Facebook le dedicamos una sonrisa condescendiente a Frigyes  Karinthy, y se la enviamos al pasado a través de seis ilustres contactos de la cadena que él mismo descubrió.  Y aprovechamos, de vuelta al presente, para animar a los investigadores actuales a que amplíen la teoría de los seis grados de separación. Si es posible acceder a cualquier persona común que viva actualmente en el planeta en solo seis saltos ¿qué pasa con los que ya no viven? ¿Y con los famosos?
     Con el fin de estimular a las jóvenes promesas interesadas en la investigación de lo inútil, yo me presto como fuente fidedigna. Puedo ofrecer datos de mi propia historia familiar al intrépido investigador que esté dispuesto a poner sus databases a toda máquina para construir esta versión actualizada que abarque el pasado y el Olimpo de los famosos.
   Corría el año 1957. Una rama lateral del árbol familiar de mi padre vivía en Cuba por aquel entonces.  El escenario concreto es una playa cercana a la Habana, Cojimar, donde se rodaba la película The old man and the sea, con Spencer Tracy como protagonista. El rodaje estaba dirigido por John Sturges, y vigilado de cerca por el mismísimo Ernest Hemingway, que impuso que todos los participantes en la película, a excepción de su mujer y del actor principal, fueran gentes del lugar.
    Durante los tiempos muertos del rodaje, mis parientes lejanos -en el tiempo y en el espacio- no dejaron de ir a la playa que solían frecuentar. Tensy, casi una adolescente, era la hija mayor de Hortensia, una prima segunda de mi padre que desgraciadamente murió de forma prematura y fulminante poco tiempo después. Uno de esos días, Tensy  salió de entre las rocas con un pulpo que había capturado ella sola. Se la veía exultante. Delgada y fibrosa, sonreía feliz y durante un buen rato fue objeto de la admiración de todos en la playa. Hasta que,  entre los curiosos, apareció ella. Katharine Hepburn estaba en la isla acompañando a su gran amor. Se le acercó. Los detalles de la transacción se pierden en alguno de esos seis eslabones a través de los que ha llegado la información hasta mí,  pero el caso es que el pulpo fue a parar a manos de la actriz de los ojos penetrantes y la mandíbula retadora.  Me la imagino llevándose al molusco en un Oldsmobile con brillos de charol. Y dejando, sin saberlo, una huella satinada, como de baba de caracol, que ahora retomo yo al intentar dar un salto desde mi presente vulgar de persona anodina hasta semejante diosa.

    No me veo capaz de contar los grados de separación de este salto tan estimulante y mitómano, pero no deben de ser muchos.  Y no sé por qué de repente me está apeteciendo mucho viajar a Cojimar para visitar la casita donde Ernest Hemingway escribió la lucha entre el hombre y los monstruos de las profundidades. Como aquel animal lleno de ventosas que definitivamente ya forma parte de nuestro árbol genealógico.  





lunes, 25 de julio de 2016

Las edades de la emoción ( prólogo a "Los trigos tan azules" de Miguel Ángel Malo)



Miguel Ángel Malo es un pintor de interiores. O varios de ellos en uno, pues parece como si fuera modificando la técnica pictórica a medida que el tiempo cristaliza en las diferentes edades. Los relatos ( y microrrelatos ) de Los trigos tan azules se organizan en un eje cronológico dividido en cuatro tramos: el primero (I) recorre con pinceladas impresionistas el territorio inalcanzable de la infancia, un segundo grupo de relatos (II) en los que la adolescencia y la primera juventud se expresan en trazos expresionistas al inquietante modo de Egon Schiele,  la madurez (III) y decadencia (IV) del último tramo de la vida  están pintadas de manera semejante a lo que hacía Hopper con sus estampas a la vez anodinas y terribles.
Aunque pudiera deducirse que los protagonistas de la primera parte del libro son los niños, en realidad lo que éstos hacen es retirarse discretamente y abrir una ventana a la intemperie de sus percepciones para dejar penetrar en los relatos una bruma azul que lo invade todo. No hay criaturas de carne y hueso en estas páginas. Los niños hablan desde un lugar demasiado lejano (“nevaba como suele hacerlo en la infancia”), demasiado inasequible;  pero han conseguido destilar sus sentimientos, y Miguel Ángel nos los  ofrece concentrados en pequeños sorbos -como si se tratara de catar un buen licor- en unos cuentos escritos con brochazos impresionistas. Como en los mejores cuadros de esa época, estos relatos consiguen  reproducir con nitidez -con la única condición de retirarse un poco para observarlos-  atmósferas sin perfiles, percepciones tan inasibles como la sensación gelatinosa y a la vez llena de alfileres de una fiebre infantil en Mi padre y el hombre del saco,  o la metáfora vital que le sugiere a la propietaria de El álbum de las mariposas la visión de unas alas de lepidóptero disecadas de su colección. Ese sentir sin entender de los niños que hace que la  narradora de  La noche entera convierta a la nieve en el centro de lo que nos quiere contar. Una nieve igual de blanca que la tristeza pero que cubre un subsuelo oscuro y sucio como el fango. Los niños sintiendo sin filtros y sin prejuicios, inaugurando miradas que los adultos no podemos comprender porque el exceso de información nos impide ver lo esencial, como el “vampiro” que  Matías descubre en su propia casa, sin que nadie más se percate de ello, en el cuento Matías y el pequeño monstruo.
Las historias del segundo tramo (adolescencia y juventud) tienen la cadencia del bombeo en un corazón desbocado, alerta, preparado para la huida.  Los protagonistas parecen preguntarse cómo deberían comunicar lo que no puede ser expresado en palabras cuando se enfrentan a situaciones de vértigo, de peligro, de impotencia. La equidistancia entre el terror y las cosquillas de Lo intenté, el encuentro de Eros y Tánatos en el encierro y el posterior salto hacia el abismo de Perro, o esa oscura premonición que siente la protagonista en el relato Te quiero son botones de muestra de ese ritmo desasosegante. En otros, los personajes lidian con sentimientos inaceptables respecto al propio deseo (La angustia de Sara) o con la impotencia cuando la vida de un hijo se sale del carril y se alimenta exclusivamente de la rabia, el miedo y la culpa (Toda la vida me lleva tocando a mí). Incluso nos asomamos al interior de una mujer que se permite experimentar alivio ante la muerte de un tirano doméstico (Laura).
Miguel Ángel maneja con gran eficacia los hilos con los que teje descripciones de los estados de ánimo (“se sentó despacio, con el culo compungido”, “un tacto azul oscuro, como de tener la garganta seca”), del entorno (“el jardín era un narrador de recuerdos abisales”) y de los personajes (“Paco era el de siempre: bigotudo, enorme, aparatoso… Ella iba de oscuro: tonta y distinguida”, “Marta se encogió de hombros y puso una cara sin fondo”). Con estos hallazgos sembrados a lo largo de sus relatos recrea visiones subjetivas y parciales, que son las más adecuadas para dibujar esas escenas sórdidas y recrear aquellos ambientes claustrofóbicos que tanto recuerdan a las pinturas expresionistas de Munch,  Shiele o Nolde.
En el tercer bloque de relatos las espigas de trigo ya están maduras. Doradas o azules, según como les dé la luz. Los colores estridentes de la juventud han dejado paso a los tonos pastel de una serie de estampas realistas, oleos con algún desconchado pero con muchas capas de pintura, que representan algo a medio camino entre la melancolía y la resignación. Se podría decir que sus cuentos de madurez son bocetos dibujados con trazos secos y certeros en los que se retrata la densidad de todo aquello que es cutre, sucio, pero que a la vez posee una belleza inusual. Unos visitantes inesperados irrumpiendo en una celebración (La boda), un letrero de neón iluminando el insomnio de los vecinos de un edificio desangelado digno de un cuadro de Hopper (Calor), el silencio saliendo de los cajones y armarios tras una separación (Mi vida diferente) o la mismísima soledad en el remite “con letra redondilla, de mujer” de una carta vacía (El centro)  son algunos de los paisajes desolados que nos desvela Miguel Ángel Malo.
No todo está en la superficie en estos cuentos, no todo se dice. En Los trigos tan azules hay muchas zonas vacías que tiene que rellenar el lector con su sensibilidad. Algunos relatos están atravesados por una grieta insalvable que separa lo real de lo onírico (La piedra), la culpa del apego (La verdad), la luz de la oscuridad (Callejones) o el tú y el yo en la experiencia de una prostituta melancólica en Tangentes paralelas.  
Y luego está la  terrible y sobrecogedora crónica de la muerte del padre (Desvestido el mundo del lujo de las horas) que protagoniza el cuarto y último tramo -acompañada de un séquito de microrrelatos como puñetazos en el estómago- sobre la cual por experiencias personales demasiado cercanas me siento incapaz de opinar con lucidez, así que me limito a copiar un fragmento con la descripción que hace el médico de lo que estaba por venir:  “Habló de ruinas y de paisajes irreconocibles, de autopistas blancas sin cambios de sentido, de campos azules con relojes blandos y muertos pero en vida, de horribles peces luna que devorarían una tras otra las células de la inteligencia, las del sentimiento, las del amor; las del dolor incluso.”

No se sale indemne de las historias que nos cuenta Miguel Ángel Malo en Los trigos tan azules, pero quiero pensar que éste es el único objetivo exigible a la literatura.  


Miguel Ángel Malo, a quien no conocía, me escribió pidiéndome si podría escribirle un prólogo a su libro Los trigos tan azules, publicado por la Editorial Nazarí. Como la ignorancia es muy atrevida le dije que sí. Me leí el libro. Me impresionaron sus relatos. Y le escribí este prólogo en el que además me lancé a hacer un paralelismo con las sensaciones que me producen algunos cuadros. Lo dicho, la ignorancia es muy atrevida. Sirva este texto -en el que una bióloga se atreve con la pintura y la literatura- como recomendación del libro de este economista que escribe las etapas de la vida como los mejores pintores pintan sus cuadros. 


lunes, 18 de julio de 2016

Entrevista en el blog Narrativa breve



1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?
Por poner una fecha concreta: el año de las olimpiadas de Barcelona. Ese año nos trasladamos a vivir a Tenerife. Allí, con la libertad que da gozar de una excedencia y la sensación de vivir una temporada de semi-vacaciones, me apunté a un taller que daba Jorge Eduardo Benavides (por aquel entonces desconocido y recién exiliado del Perú) en una biblioteca de Santa Cruz. Aunque no era mi pretensión, aquella fue una experiencia muy terapéutica. Y lo digo en sentido literal: me curó de una sinusitis crónica que padecía. Empezar a escribir los ejercicios que nos sugería el profesor y no parar de moquear fue la misma cosa.  Como si llevara entre la nariz y el cerebro un embalse colmatado de palabras, a punto de desbordarse. Hará unos quince años, tras varios cursos más de literatura,  me solté a escribir por mi cuenta sin la red de seguridad que supone los talleres de escritura. La pretensión inicial fue darme tiempo y espacio mental para hacer la digestión de numerosas vivencias y lecturas acumuladas. Luego ya no quise arriesgarme a tener otra sinusitis. Y hasta ahora, que sigo respirando bien sin necesidad de antibióticos.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?
Al principio no planifico. Solo me permito escribir lo que realmente me conmueve tiempo después de haberlo escrito por primera vez en las libretitas que uso como vertedero de ideas. En el caso de Hormonautas, mi único libro individual de relatos, empezó a cuajar cuando me di cuenta de que tenía bastantes relatos con un eje vertebrador común. En ese momento urdí la conexión entre ellos e intenté cohesionar el conjunto para darle forma de libro, pero sin quitar libertad a lo que surgiera cuando me ponía a escribir algo nuevo.  

3 ¿Cuál es tu género preferido como escritor y cuál como lector?
Como escritora -aunque no me reconozco del todo en ese sustantivo tan solemne- los relatos breves, los microrrelatos y las crónicas de viajes. El formato breve se ajusta bien al tipo de vida “multi-tarea” que llevo, como una manera de rellenar grietas entre mis otras facetas de madre, profesora, amiga, paseadora de perros, lectora, esposa… La escritura es una actividad más, pero a la vez actúa a modo de bisagra o cemento que sostiene y articula las otras tareas. A veces las hace un poco más inteligibles, incluso les puede dar sentido a posteriori.
Como lectora alterno el relato corto, la divulgación científica, la novela o el ensayo dependiendo del momento y del estado de ánimo. Microrrelato y poesía siempre en pequeñas dosis, como pespuntes en este tejido de lecturas.

4 ¿Escribes pensando en un lector específico o crees que cualquier persona es un lector en potencia de tu obra?
Digamos que abro el foco progresivamente. Primero me uso a mí misma como interlocutora: casi siempre escribo para explicarme mis propias percepciones, para volver a leer las conexiones que no he detectado al vivir. A veces, cuando escribo crónicas de viajes me parece que solamente he vivido lo que he conseguido narrar. Luego lo enseño a personas de mi entorno afectivo, y a continuación lo cuelgo en mi blog por si alguien más lo quisiera leer. Abrí el blog en plena decadencia del fenómeno, así que no he vivido la vorágine de su momento álgido. Eso implica una especie de clandestinidad que me encanta, me da más libertad. Me gusta tener lectores aunque no comenten mucho. Fantaseo con ese momento de comunicación diferida y secreta con lectores desconocidos.

5 ¿Te costó mucho encontrar editor para tu primer libro?
El primer libro en el que participé fue 100 situacions extraordinàries a l’aula. Lo escribí a cuatro manos con Jordi de Manuel y fue prácticamente un libro de encargo a partir de una propuesta que hicimos a la editorial para una colección concreta. Si hablamos de mi primer libro de relatos individual,  Hormonautas, lo conseguí a  la tercera igual que el carnet de conducir y las oposiciones. Nunca tuve demasiadas expectativas ni prisas, pero de vez en cuando lo intentaba. Después de la callada por respuesta por parte de una editorial y de una repuesta muy correcta por parte de otra, los de la editorial Nazarí fueron muy generosos y muy eficientes a lo largo de todo el proceso y la gestión para la publicación de mi libro. Desde aquí  mi agradecimiento por haber hecho realidad algo que ni siquiera había llegado a la categoría de sueño.

6 ¿Qué opinas de los muchos premios literarios que se convocan hoy día?
Los premios están muy desprestigiados por esa especie de endogamia y de corruptela implícita que se les supone. Yo he participado en concursos como jurado y como escritora, y en mi experiencia desde ambas posiciones no he detectado ninguna irregularidad. De hecho, el que yo haya ganado alguno garantiza que no todos están dados de antemano, pues a mí no me conoce prácticamente nadie y menos cuando empecé a concursar diez años atrás. Ahora bien, me fío más de los concursos pequeños y que además tengan un cariz literario que de los grandes o los que sólo son marketing para alguna marca o alguna localidad. Nunca escribo expresamente para los concursos, solo miro si hay algún relato de los que tengo escritos que se adapte a las características del certamen. Lo que no recomiendo es obsesionarse con ellos, creo que es mejor concursar como algo lúdico y de manera esporádica.

7 ¿Vivir de la literatura es una utopía?
Supongo que debe ser muy difícil. Es un tema que nunca me he planteado, pues yo separo muy claramente mi trabajo profesional dando clases de biología en un instituto de lo que supone escribir en mi tiempo libre y sin ningún tipo de relación con la obligación, con lo alimenticio. Es cierto que también participo en la elaboración de libros de texto para una editorial y estoy en el equipo de coordinación de biología para el acceso a la universidad, pero ambos trabajos no tienen que ver con la literatura sino con un tipo de escritura precisa y documentada que moviliza otro tipo de actitud y de recursos. Para mi escribir ficción no tiene nada que ver con trabajar, aunque suponga un trabajo constante y minucioso. Es la misma diferencia que hay entre la seriedad, la concentración y fluidez que muestran los niños cuando juegan y su actitud cuando hacen los deberes. Entre evadirse leyendo lo que uno quiere o sentarse a subrayar un texto del que se ha de hacer un resumen.

8 ¿Qué diferencias encuentras entre el mundo editorial de tus inicios como escritor y el actual?
Da la sensación de que ahora es más fácil que cuando empecé a escribir, posiblemente porque hay más mecanismos de difusión y de control. Para mí siempre ha sido un mundo misterioso e inaccesible, así que no puedo valorar su evolución. Al principio me sorprendía el hecho de que muchas editoriales ponían la siguiente advertencia disuasoria en su portal web: “No se admiten manuscritos que no hayan sido solicitados”. Me parecía algo tan inexpugnable como un castillo medieval.

9 ¿En qué medida crees que pueden ayudar las redes sociales a difundir la obra de un escritor?
La posibilidad de promoción dependerá de muchos factores: de la capacidad de llegar a muchos “amigos”, de la generosidad de los que hayan leído a ese escritor y les haya gustado, de la importancia que le de uno a su autopromoción... A veces el exceso de presencia en las redes crea una saturación que es disuasoria y acaban siendo más atractivos los escritores que las usan como escaparate sólo puntualmente. Aunque en el fondo casi todo es un escaparate en este patio de vecinos en el que cualquiera se puede ocultar con tantas máscaras y la amistad se mide en cantidad de deditos.

10 ¿Qué opinas del libro digital?
Me parece un formato más. A mí me resulta muy útil para leer en los viajes. No sé si se tendría que establecer esa competencia entre el libro digital y el físico. Simplemente son dos maneras de acceder a la lectura, de la misma forma que se puede escribir a mano o en ordenador, o escuchar música  en un vinilo o a través de los auriculares conectados a un mp3.

11 ¿Qué opinas de la autoedición?
No tengo una opinión muy formada sobre este tema. Es posible que el principal inconveniente sea que el texto no pase el filtro de una perspectiva externa más o menos objetiva.

12 ¿Consideras positivos los talleres de escritura creativa o piensas que no se puede enseñar a escribir?
Se puede aprender si en los talleres no solo se escribe sino que se observan con lupa textos de autores que puedan iluminar y activar el proceso interno de la propia escritura. Creo que lo que más enseña a escribir es haber leído mucho, largo y variado. Luego olvidarse de todo lo leído y cuando el arco se haya tensado lo suficiente la escritura fluirá inevitablemente. Dicho esto, ser profesor de un taller de escritura me parece una de las cosas más difíciles que se puede acometer desde el punto de vista de alguien que enseña una materia científica.

13 Con el paso de los años algunos escritores acaban eliminando ciertos títulos de su semblanza. Aunque no precisamos conocer el nombre, ¿hay algún libro de los tuyos que te satisficiera en tus inicios, pero que ahora preferirías no haber escrito?
Como solo tengo un libro creo que todavía no estoy en disposición de repudiar a mi criatura, así que pasaré de puntillas por esta pregunta. Mi itinerario cronológico está grabado en los textos colgados en mi blog Crónicas desenfocadas. Cuando me arrepiento de alguno de mis textos simplemente lo paso a borrador, es la ventaja que tienen los formatos interactivos. Los escritos de mis principios los tengo guardados a buen recaudo en el disco duro de mi ordenador.

14 Para ese lector que aún no ha leído nada tuyo, por favor, recomiéndanos uno de tus libros. Cuéntanos brevemente cómo fue el proceso de creación y por qué has elegido ese título y no otro con vistas a nuevos lectores de tu obra.
Pues como todavía no he tenido tiempo de repudiarlo sugiero la lectura de mi libro Hormonautas, publicado por la editorial Nazarí. El  proceso de creación tuvo que ver con la redacción de una unidad didáctica relacionada con las hormonas en un libro de texto de bachillerato. Cuando me documentaba leyendo manuales de endocrinología y de historia de la ciencia me surgieron muchas ideas para relatos basadas en casos clínicos reales o en esas fotografías terribles de los tratados médicos donde se muestran los efectos de un exceso o un defecto de hormonas en el cuerpo humano. Impactada con esa información paralela a la científica fui escribiendo relatos, y más tarde los amplié con otros en los que una conducta humana tuviera alguna relación con un desarreglo hormonal. Pero aparte de unas líneas explicando la hormona correspondiente los relatos son pura ficción, no hay una pretensión didáctica ni divulgativa.
El título fue un intento de concentrar en una palabra (inventada) una mezcla entre varios ingredientes del libro: la fisiología, la aventura , los viajes, las moléculas que nadan bajo la piel  y un guiño añadido a los argonautas y a ese vellocino de oro particular que buscan todos los personajes desubicados de este compendio de desajustes hormonales.

15 Recomiéndanos, por favor, dos libros cuya lectura te haya impactado. Uno de un autor clásico y otro de un autor contemporáneo. (Da igual el género).
Voy a mencionar textos de tres (una de regalo) mujeres de diferentes épocas cuyas lecturas me impactaron y me conmovieron en su momento, y todavía lo siguen haciendo: los ensayos de Virginia Woolf (sobre todo los que tienen a Londres como protagonista), los de Natalia Ginzburg (en especial “Las pequeñas virtudes”) y cualquier poemario de Wislawa Szymborska.

Muchas gracias. Te deseamos mucha suerte en todos tus proyectos literarios.
Gracias a ti por contar conmigo para este cuestionario.


Francisco Rodriguez Criado me propuso esta entrevista para la sección Grandes Libros de su blog Narrativa breve, en la que propone las mismas preguntas a distintos autores. Me gustó contestarlas.¡Gracias!

lunes, 4 de julio de 2016

Packing Rap




Lo primero hacer las camas,
revisar en los armarios
Bajar bolsas y maletas,
los pasillos son elásticos
se encogen, se alargan
y se llenan de señales de tráfico
Cuatro días: cuatro mudas por cabeza
y siempre se cuela otra
(por si lloviera o hubiera fango)
¡No te olvides de la cámara!
los pijamas se han quedado
ya tenemos camisetas
¿El bañador o el biquini?
¿Y si me acabo este libro?
cojo otro por si acaso
¿Qué venía yo a buscar?
Hay que bajar las persianas
y revisar la nevera
La bolsa de los zapatos
tiene forma de ameba
La procesión de maletas
acaba en el recibidor
Cuatro días: cuarenta paquetes
y la terrible sensación
de que algo muy importante
                                           se nos olvidó.






domingo, 26 de junio de 2016

La que cumple sus promesas

Fotografía de Diane Arbús

La señora Gladys no pudo ver cómo su sueño de ser enterrada con peluca y pendientes se hacía realidad, pero yo sí. Lo conseguí in extremis.  
Me acerqué al hospital cuando ya estaba en coma. Al plantearle la situación al bruto de su marido, éste me dijo que esos pendientes valían demasiado como para enterrarlos con ella. Con todo lo que me había contado sobre cómo la trataba, no me sorprendió en absoluto la respuesta.
Todavía tenía unas horas de margen para torcer el destino y cumplir con la promesa que le había hecho. Me acerqué a la joyería y compré unas perlas. El mismo día en que murió se las llevé a la maquilladora del tanatorio, que casualmente había hecho prácticas en mi peluquería. Me aseguré de que la peluca estuviera bien cepillada  y le di las perlas. A continuación rodeé el edificio para entrar por la puerta principal a la vez que los familiares, que llegaban en ese momento desde el hospital. Todo el mundo entendería que fuera de las primeras en llegar: por mi trabajo y por el gran afecto que le tenía.
Condolencias. Ojeras. Sollozos. Cuando abrieron la caja, el energúmeno con el que había compartido la mayor parte de su vida no dejaba de mirar fijamente a la difunta. Estaba muy guapa, con su peluca y mis pendientes. Por primera vez se la veía relajada, satisfecha, casi contenta.
Una espada afilada se me clavó en el omóplato izquierdo justo cuando doblaba por la puerta de salida. Por poco me alcanza en el corazón, esa mirada, pero la esquivé.
Alimentada con la energía que da la rabia cuando fermenta junto con la melancolía, me marché dispuesta a empezar otro día de trabajo. Bajé por las escaleras mientras descendía por mi propios sentimientos.    

                            Vigorosa
                                                     Diligente 
                                                                                   Tranquila
                                                                                                               Desolada