Publicaciones

miércoles, 29 de junio de 2022

Soborno




                        Duane Keiser 



Al salir de la sesión se produce un giro que enreda todavía más la trama en su cabeza. En lugar de ser ella la víctima de las carencias de su madre, se imagina ahora siendo el sujeto cuya torpeza afectiva su hijo será capaz de describir con todo detalle. Ella sabe que los primeros años son cruciales. Y que ya no hay vuelta atrás. 
Se dirige a la cocina. Entrará en su habitación y le preguntará si le apetece una limonada para cuando acabe con esa fase del juego de rol. A lo mejor así no la deja tan mal ante su futuro terapeuta. 


lunes, 13 de junio de 2022

La lluvia antes de caer

 

Jackson Pollock

Las tres toallas con textura de cartón-piedra podrían ser la causa del pestazo que tumba de espaldas al abrir la puerta de la habitación. O quizás sea algún bocadillo abandonado antes del final. En el peor de los casos, una compresa en proceso de momificación. Muy poco probable que se trate de una patata podrida, como a veces ocurre en la despensa, aunque no queda del todo descartado. La primera palabra que te viene a la mente es “cadáver”. Como aquella vez que se fue la luz durante las vacaciones, y a la vuelta la nevera supuraba un líquido rosado procedente del congelador. Pedazos de cadáveres de vaca en plena putrefacción. Te sentiste protagonista de una escena de CSI: la agente sensible pero huraña entrando en el lugar del crimen con un pañuelo en la nariz. Una nube hedionda cubriendo todos los objetos de la casa e impregnando nuestros cuerpos con una contundencia insoportable durante una semana completa, a pesar de la lejía.

En el caso de la nevera el foco estaba muy claro, pero esta vez es imposible localizar la fuente de la pestilencia en una primera exploración visual. En primer lugar, porque el olor es mucho más difuso, algo a medias entre el sobaco de un obrero al final de la jornada y el cubil de un oso. Definitivamente, no se trata de un fiambre sino de algo más sutil y etéreo.

Es, simplemente ─te dices, apretando la mandíbula y reprimiendo la náusea que avanza por tu esófago─ el mismísimo apocalipsis escenificado en la habitación de tu hija.

Lo acabas de ver. Y aunque es un paisaje conocido, no deja de golpearte la visión del cataclismo en el que ha acabado la esmerada educación que le brindaste a tu hija durante tantos años. Tu cerebro se defiende de esa realidad convirtiéndola en una descripción aséptica, en el inventario de lo que aparece ante ti: una promiscuidad de camisetas usadas desparramadas por el suelo, los apuntes del curso anterior junto al subrayador fosforito sin tapa, una taza con restos de café, la bolsa de la playa vomitando un reguero de arena. Y cubriéndolo todo, un último estrato de ropa limpia aterrorizada ante el remolino de entropía que se cierne sobre ella y por el que será engullida sin remedio. Un escenario de guerra tras el ataque definitivo.

Tú repites incansable la matraca, insistes en convencerla de que tiene que ordenar su cuarto. Pero la realidad también insiste en demostrarte que se trata de una batalla perdida de antemano.

La bella adolescente responde ─cuando entras descompuesta en su habitación─ que está en ello, que ya lo recoge, que no la presiones. Lo dice varias veces. A lo largo de varios días, incluso semanas. Pero cuando vuelves a asomar la cabeza, ella está sentada sobre varias camisetas (ay, de las recién planchadas) chateando. Un-momento-por-favor-estoy-ocupada.

 

De vez en cuando, la alumna aventajada de la escuela filosófica de Diógenes se atreve a decirte: Este fin de semana necesito dinero. No tengo ropa. La única solución posible, encontrada por una madre a la que consideras una gurú del tema de las camisetas y la educación integral del adolescente, es conseguir que la niña haga algún trabajito los fines de semana para sus gastos (en camisetas), como por ejemplo trabajar en una tienda de ropa doblando camisetas ocho horas al día. Pero mientras tanto, y hasta entonces, el asunto requiere un dispendio tremendo de adrenalina desperdiciada en contracturas, crujir de dientes y canas prematuras en las madres del primer mundo. Tal es la cantidad de energía desperdiciada que, haciendo acopio de ella se podrían escribir los mejores libros, escalar las montañas más altas e incluso bombear agua a cubos en una central hidroeléctrica y así generar electricidad extra para que puedan seguir conectadas a sus ordenadores hasta el momento en el que las arenas movedizas de las camisetas se las traguen definitivamente.

Pero hoy has reaccionado. Le has exigido que antes de quedar con sus amigas ordene su cuarto. El día ha transcurrido calmo en esa habitación, con sus horas y sus minutos avanzando implacables hacia la hora de la salida. Con los estratos de ropa fluyendo a favor de pendiente cual coladas de lava. Dos recordatorios por tu parte. La memoria a corto plazo de la chica completamente bloqueada. Se acerca la hora. Las amigas la reclaman por el interfono. No te vas si no recoges, aseguras. Ya lo haré. Has tenido todo el día, recuerdas. Qué más da, lo haré a la vuelta. Ese cuarto tiene que quedar limpio antes de que te vayas, insistes. No. Portazo.

Has tenido tiempo de ir a buscar la munición. Mientras las amigas esperan en la calle, te asomas al balcón. Están situadas justo debajo de ti. Puedes ver sus coronillas como pequeñas dianas. Parecen muy animadas, como si todo estuviera bien en el orden del universo. Esperas a que salga tu hija. Y en ese preciso momento, empiezas a llover. En una performance catártica, casi lírica, por fin se airean todos los trapos sucios de la guarida: camisetas, toallas, bragas y calcetines se elevan ligeramente al ritmo de tus brazos de bailarina para enseguida, en una coreografía sincopada pero bellísima, descender como maná caído del cielo sobre las desprevenidas adolescentes.

Respiras hondo. Te encanta el frescor de la lluvia al final del verano, te dices durante el larguísimo minuto que antecede al fango que llegará tras la tormenta. 


sábado, 7 de mayo de 2022

Explosión de magia nada común ( reseña del libro de Araceli Esteves La magia de lo común)

 


Abrir un libro de microrrelatos es como aproximarse a una estrella muy antigua justo antes de estallar. Me atrevo a usar este símil astronómico en el caso del libro de Araceli Esteves, La magia de lo común, por lo apabullante de la energía concentrada en argumentos, temas y miradas que contiene. Esta formidable densidad precede a la explosión, a la que nos exponemos con el sencillo gesto de entrar en este libro, un artefacto solo en apariencia inofensivo.

Pero ¿cómo organizar el caos del universo? ¿Cómo clasificar todas las partículas desprendidas por una supernova? Para atravesar el vacío,  Araceli usa la ironía fina y menopáusica de quien no tiene nada que perder (una aspirante a catedrática decide que arrancarse un pelo de la barbilla es mucho más importante que defender su plaza ante el jurado), metáforas hechas de agua (una mujer que es toda nubes granizo y brisas) o de tinta ( las letras de los libros de texto se desmadran en cuanto salen del entorno académico), juegos metalingüísticos (cómo construir un texto orgánico si las palabras fueran los vecinos de una comunidad),  paradojas espacio- temporales en el salón de la casa, la reducción al absurdo ( un viaje espacial en el que tras una larga búsqueda han olvidado cuál era la pregunta) y algunas imágenes de una originalidad rara y contundente ( el ombligo como una puerta al cuerpo, un recién nacido con cola de rata,  sueños que se heredan o un error fatal en la selección de buenos recuerdos para antes de morir).

Una vez las esquirlas de polvo estelar llegan a su objetivo, se enquistan en el interior programadas para una última detonación con efectos retardados. El impacto rasga fibras nerviosas y emocionales cuando aborda temas como el proceso creativo (una almohada guarda las grandes obras de un escritor al que se le ocurren las mejores ideas justo antes de dormir), el dolor que infligimos a los otros, los espejismos de la fusión, la imposibilidad de dejarnos atrás, la invisibilidad de lo que no sirve o la compasión enfrentada a la transgresión. Galaxias enteras, bien encapsuladas, en tramas que aparentan una cosa pero que son otra. Parodias políticas, puñetazos de ciencia-ficción, humor negro y sueños, muchos sueños. De todo hay, en este universo que se expande.

Destacan dos elementos que reflejan la tensión constante entre lo cotidiano y lo extraordinario que recorre todo el libro: el agua fría y los fantasmas. Hay unos cuantos fantasmas ahí adentro. Reto a los futuros lectores a que encuentren los cinco variopintos espectros que habitan este castillo: uno compasivo, otro vengativo, un tercero aburrido, otro necesitado de cariño y el último que no se resigna a dejar de gritar. Pero, me da la impresión de que el tema “estrella” del libro es la mismísima realidad. Las palabras la husmean, le dan la vuelta, la retuercen, le levantan las faldas, y acaban encontrando su escondrijo en este minucioso y audaz juego del escondite, para finalmente desenmascararla.  

“La magia de lo común” es una máquina trituradora de lugares comunes y de autoengaños, un tablero de juegos de mesa que esgrime a la vez una mirada política y una gran sensibilidad poética. Y un singular tratado de las relaciones y las reacciones humanas. No se puede pedir mayor concentración de ideas a 132 páginas con 86 relatos ilustrados. Porque, para colmo, los dibujos de Llorenç Pubill complementan los textos con sutileza y acierto.   

Se sabe que casi todos los elementos de la tabla periódica, y la mayoría de los átomos que nos conforman, no proceden de nuestro sol sino de la explosión de una de esas estrellas gigantes, una supernova semejante a la que ahora nos ocupa y que con tan escasas herramientas no podemos abarcar. Les propongo un estupendo y económico viaje espacial para que puedan recibir el impacto de estas magníficas esquirlas procedentes de un mundo antiguo y profundo. El mundo interior de Araceli Esteves.  


Esta reseña ha salido publicada en Quimera, Revista de literatura, en el número de abril. 

El próximo martes 28 de junio vamos a presentar el libro la autora y yo en la librería Alibri de Barcelona a las 19h. Os esperamos. 

lunes, 25 de abril de 2022

Una vieja con mucha paciencia

 

                                                   Fotografía de Sebastiao Salgado

Ella se sintió vieja desde muy niña. Como si lo supiera todo desde el principio. Cuando descubrió ese lunar en su cara, del que más adelante le brotarían tres pelos de alambre, intuyó cuál iba a ser su destino. El tiempo la iría modelando con un cincel afilado y cruel. Se iría quedando cada vez más seca, más filosa, hasta acabar deshidratada como una tajada de bacalao.

 Ahora vive en lo más profundo del bosque. Los árboles cierran sus largos dedos leñosos alrededor de su casa. Una vivienda construida con vigas de pan rubio y revestida con nubes de azúcar y bastones de caramelo. Aunque en realidad no le gustan los dulces, y dormir sobre un colchón de merengue no es lo más cómodo del mundo. Pero ella sabe que su casa no puede estar construida de otro material que no sea el azúcar. Nadie tiene una casa como la suya. Una casa que en cualquier momento se puede derretir o servir de alimento. Empalagosa como un pegote de miel. Eso le emociona y le conviene. Ahí adentro huele dulce y sabe oscuro. Afuera, los troncos de la leñera esperan su turno, cubiertos de musgo y algunos hongos negros. Las gallinas picotean las larvas que se asoman de los laberintos excavados en la madera esponjosa.

Por la mañana caldea el interior quemando cáscaras de cangrejo que crujen sorprendidas al arder. Mientras espera a que se haga la hora de comer, sale y se entretiene contemplando cómo los tréboles y los ranúnculos cubiertos de escarcha reflejan el brillo del día recién estrenado.  

Una melena rizada de agua fluye al fondo del valle. Los cantos rodados se dejan acariciar sin resistencia. Los pájaros se adaptan a la melodía cambiante del riachuelo, aportando su coreografía aérea y sus propios acordes. Ella, que está hecha de ángulos y tiempo, vive rodeada de frescura y de luz. Su única tarea consiste en coleccionar piedras preciosas y huesos, que se amontonan ─sin orden alguno, pero limpísimos─ en las mugrientas habitaciones del fondo.   Solamente la cocina resplandece con el fulgor chisporroteante que emite su horno. Una luz que difunde hacia el bosque a través de las láminas transparentes de azúcar que cubren los ventanucos.  

Es el resplandor que ven los mellizos a lo lejos.

Otra vez se han perdido. Otra vez tienen hambre. Han compartido su comida con los pájaros sin saberlo, sin quererlo. Cuando se acurrucan uno junto al otro en el hueco de un tronco retorcido como un abrazo, recuerdan la leche tibia con bizcochos que les servía su madre cada mañana. Pero les parece que eso ocurrió hace mucho tiempo. En otra vida. En otro relato.  Ahora están a punto de ser expulsados de la niñez. Ella ya no está. Su padre se ha conformado con una sustituta reseca y fea a la que no le gusta cocinar. A la que no le gustan los hijos de su marido. Le disgusta tanto encargarse de ellos que en alguna ocasión les intentó alimentar con alpiste, que ellos vomitaban en cuanto desaparecía de su vista. 

Intentan dormir, compartiendo el poco calor que aún les queda. Por la mañana, se dirigirán hacia ese claro de bosque que huele a pan horneado y a caramelo.

Ellos saben, por las historias que les contó su mamá antes de morir, que en los cuentos de hadas siempre hay alguien que está buscando comida o intentando desesperadamente no ser comido. Que las brujas se pirran por las proteínas procedentes de la carne sonrosada y tierna de los niños tristes que llegan a su guarida. Y aunque ellos no vistan trajes de terciopelo raído ni tengan nombres absurdos, no pueden dejar de sentir miedo.  Mientras a su alrededor se deslizan algunos seres escurridizos y taimados, tienen que decidir si se van a convertir en depredadores o en presas. Quién se come a quién, lo saben, es el gran dilema de la naturaleza. También saben que no van a poder disuadir a la vieja de devorarlos. Ni van a convencerla de que empiece a alimentarse de bayas del bosque, a estas alturas. 

Se acercan a la casa, supurando una desazón demasiado conocida.  Usan las gafas del chico para concentrar los rayos del sol sobre una rama seca. Una gallina intenta picotear los pies a la chica, que tiene que morderse el grito que brota de su garganta. Mientras tanto, su hermano rompe la esquina de un alfeizar de galleta y le entrega un trozo. Con el fuego que ella tiene en las manos derrite un adorno de chocolate y lo vierte sobre ambas galletas. Cuando notan un hormigueo de energía recorriendo sus extremidades, usan la tea para prender fuego a los cimientos de jengibre. Así convertirán la propia casa en un horno. Y, como todo el mundo sabe, una bruja caramelizada es incapaz de hacer daño a otros inocentes.

Se llevan reservas de dulces para el camino, y, sin mirar atrás, parten de vuelta hacia su hogar. De esta forma, no llegan a enterarse de que el único ser carbonizado en el interior humeante de la casa es un pollo que estaba horneando la señora para comer. Ni de que la anciana sale de la casa, se sacude las cenizas de su sombrerito con gesto resignado, y enseguida se pone a mezclar harina, azúcar y levadura para volver a levantar la estructura del edificio. Ya está imaginando los nuevos y atractivos diseños pasteleros para la fachada sur.  

Ella todavía sigue allí. Viejísima. Incombustible. Apoyada en un bastón hecho de huesos de gallina. Cumpliendo con su destino. Esperando que el hambre atraiga a otros hacia su casa. Una casa que es a la vez amarga y dulce, igual que los miedos que allí se depositan. Que acudan muchos más niños a su cuento. Y que, ayudados por su ingenio, vuelvan a empujarla al interior de ese horno alimentado con un fuego azul que jamás se consume.  

jueves, 21 de abril de 2022

Panorama desde el avión

 

Mi hermana aborrecía la papilla de frutas. De hecho, rechazaba con bastante convicción cualquier alimento sólido. Solo Piedad conseguía introducirle algo de comida en su boca. Con la condición de que ésta diera antes una vuelta en avión.

 El artefacto hacía mucho ruido y aterrizaba al sonido de Aaaaammm. Montones de vuelos en cucharas pequeñitas. La boca de Piedad se abría como si fuera la bodega del propio avión descargando la mercancía al final del viaje. Mi hermana también abría la suya.  Pero solo de vez en cuando, y sin que nadie supiera a qué obedecía esa victoria.

Mientras tanto, el resto del mejunje esperaba en la taza resignado y, con los restos de plátano y manzana oxidados, acababa siempre apestando a fruta fermentada.

Yo miraba alternativamente el espectáculo de aeronáutica y el contenido del recipiente, que se iba poniendo de un marrón cada vez menos apetecible.

Pero cuando por fin mi hermana abría la boca, de repente el sol nos alcanzaba incandescente y cegador. La leche se retiraba suavemente hacia el interior del cuerpo de mi madre en un movimiento de bajamar. Los tirantes de mi vestido se deslizaban hombros abajo, mientras mis piernas se estiraban levemente hacia arriba. Yo me aplicaba especialmente en no abrir la boca en ese momento. No fuera a ser que cayera en ese sumidero de fluidos viscosos y lentos. En esa cadencia de aterrizajes y largas esperas en aeropuertos. En ese flujo de paciencia que avanzaba y retrocedía como la marea.

Me sostenía en el umbral de la puerta, apuntalada en mi gesto -la espalda firme- como quien pende de un primer precipicio. Sintiéndome toda manos, boca y ojos, sabiéndome casi ángulo recto. Y sin quererlo componía un gesto melancólico y digno, lánguido y tenso, en medio de un estruendo de motores de avión que todavía me acompaña.

Todo queda claro en esta historia. Todo excepto quien tomó la fotografía y por qué. Nunca sabré quien vio la escena y la recogió, pongamos que en una cámara Lubitel como la que teníamos en casa. Qué sintió al acercarse a aquella intimidad de aviones y papillas. Cuánto tuvo que esperar para suspender el tiempo precisamente en aquel instante de documental de la naturaleza, y cómo fueron las quemaduras infligidas por ese sol bárbaro.  

La única que estaba mirando al fotógrafo en ese momento era mi hermana. Pero no consigue recordar. Ninguna de las dos logramos ver la escena desde el otro lado, por más que lo intentemos.  


domingo, 30 de enero de 2022

Contra las categorías



Entiendo que la palabra adolescente produzca urticaria. De hecho, cuando los veo en grupo por la calle o entrando en un tren, cambio inmediatamente de acera o de vagón. Pero no permito objeciones a lo real de la conexión y el cariño que he sentido con la mayoría de mis alumnos. No me gustan los niños, pero criar a mis hijos ha sido una aventura asombrosa y llena de luz. Los perros ajenos me producen compasión, pero llevo muchos años sintiéndome salvaje y audaz cuando salgo a correr con los míos por el monte. Soy una solitaria que vive feliz con su tribu, en una casa siempre llena. No necesito ser muy sociable, ni demasiado simpática, pero cuido a mis amigos con cariño y tesón. Solamente hay una categoría que no supera la concreción: las figuras de autoridad impuestas y arbitrarias. El contacto con la mayoría de los jefes, algunas monjas de mi infancia, la gente que te dice lo que debes hacer… siempre me produjo algo parecido al sarpullido. Me escurro por los rincones e intento hacerme invisible en su presencia, como si quisiera evitar una emanación radiactiva. Y siempre he acabado teniendo conflictos velados o directos con ellos.  

Me pregunto cómo gestionaré el hecho de que dentro de poco no tendré más alumnos, todos mis hijos volarán, y los perros acabarán su vida demasiado corta. Cómo haré para no odiar a todos esos colectivos si no tengo ejemplares concretos para desmentir mi fobia a las categorías. Ya veré. La única ventaja, grandiosa y liberadora, es que ya no tendré jefes. Espero no acabar mis días en un asilo regentado por monjas.


domingo, 23 de enero de 2022

Volver a viajar

 



Estamos en París. El alojamiento de Montmartre es ideal: cocina equipada y, sobre las camas, unos rulos de toallas esponjosas que da pena deshacer. Por la ventana del salón asoma, entre tejados de pizarra, una de las cúpulas de nata del Sacre Coeur. Desde bien temprano se oye el bullicio de músicos y turistas ahí afuera. Hace mucho frío, pero los radiadores caldean bien el interior.

Al final decidimos trasladarnos al centro, no me conviene subir tantos escalones. En el Quartier Latin las calles son estrechas y el apartamento pequeño, aunque tan limpio como prometía.

Empiezo con la cena. Mientras mondo la primera patata en una espiral casi perfecta, me digo que la próxima vez debería elegir una ciudad menos cara. Somos muchos para tanto viaje. No está la cosa para despilfarros, y yo siempre fui una persona realista. Aunque, cualquier día me desmeleno y me largo sola a una isla del Caribe. Hay unas cabañas individuales que son una preciosidad y hacen honor a lo que se ve en las fotos. O, al menos, es lo que pone en los comentarios de la página de Airbnb: esa nueva aerolínea con la que últimamente, cuando nadie me ve, recorro todo el planeta desde mi ordenador.