Publicaciones

jueves, 16 de marzo de 2017

Puzle




En algún lugar he leído que la diferencia entre un depredador y una presa consiste en que el depredador se puede permitir un fallo. Lo malo es que no sé qué turbio presentimiento vincula esta frase con lo que tengo que contar.
Pronto terminan las clases y no sé si voy a tener tiempo de aclarar el asunto que me ronda por la cabeza.
Trabajo con adolescentes. Me encantan. Me mantienen ágil. Es como si absorbiese su  sensualidad, su indolencia y su fuerza. Muchos de ellos serán de mayores oficinistas o tenderos, pero ahora todavía tienen ese algo indómito que yo necesito para vivir.
Les imparto la asignatura de biología. Les suele gustar, sobre todo la genética. También doy una asignatura opcional sobre reproducción y sexualidad, que algunos en sus dossiers titulan “Sexología”. Todos se quieren apuntar. No sé qué deben esperar, pero no tardan en darse cuenta de que en realidad trabajo a partir de sus opiniones y experiencias, aportándoles conocimientos teóricos a medida que los demandan. O eso quiero creer.
Los adolescentes no son tan terribles como los pintan. No son más que un embrión de los adultos que serán, expresándose sin nada que perder. Disfrazados casi siempre de algo distinto a su naturaleza. Según mi teoría los más indomables son lo que pasan desapercibidos, y en cambio los que pretenden destacar con tatuajes y exabruptos son los más convencionales, y serán los adultos más mediocres.
La que me preocupa es Ana, una de las alumnas discretas.
Ayer me enteré por casualidad de que no irá a una salida programada porque sufre ataques de ansiedad. Lo archivé como un dato más.
Nuestro trabajo se parece un poco al de un detective. Se trata, muchas veces, de recopilar intuiciones, datos, miradas…dejarlos decantar, y si se observan de  manera desenfocada  puede surgir el dibujo de un puzle incompleto en el  que se empieza a adivinar una figura oculta.
Esto es lo que me está ocurriendo con Ana.
Hace dos semanas estuvimos hablando en clase sobre el abuso sexual en menores. Les conté que había leído un relato en el que un padre “juega” en la bañera con su hija enseñándole su “tortuguita”. La niña dibuja un pene en erección cuando le piden en el colegio que dibuje una tortuga. Cuando le preguntan responde que es la tortuguita de su papá, con toda naturalidad.
Les expliqué que ese mismo día había visto en el metro a un padre con una niña de unos cinco años. El papá se mostraba muy cariñoso con su hija y le prodigaba muchos besos y caricias.
La pregunta que les planteé es si les parecía que es posible, en un abuso en el que no haya violencia, que el niño se lo pueda tomar como un juego y que sea inocuo para él hasta el momento en el que los adultos que lo descubran se alarmen y le transmitan el trauma, o si por el contrario pensaban que siempre hay secuelas porque el niño percibe de alguna manera la intención perversa del adulto.
Les pregunté dónde estaba el límite, porque al fin y al cabo el padre cariñoso también disfrutaba con la niña. ¿Era cultural o era objetivamente malo?
La mayoría, Ana entre ellos, me contestaron que no era cultural, que no es lo mismo jugar con un codo que con los genitales, que un niño no está preparado para comprender la sexualidad de un adulto, y que siempre hacía daño, aunque el niño no lo supiera en ese momento. Que los niños no pueden recibir abusos de quienes se supone les tienen que proteger.
También se planteó por qué el tratamiento es diferente según el género. Un niño es “iniciado” en el sexo: un suertudo. Una niña es abusada sexualmente: una desgracia.
Recuerdo que Ana insistió en que todo esto deja una lacra de por vida.
Ayer empezamos otro tema. Al final de la clase, Ana se acercó a preguntarme en privado si íbamos a seguir hablando del  abuso a menores. Le dije que creía que ya habíamos hablado lo suficiente. Inmediatamente me sentí incómoda.
En cuanto salí  por la puerta las piezas del puzle volaron por los aires y se dispusieron a ocupar sus posiciones lentamente.

No sé si hoy tendré  la oportunidad de hablar con Ana y averiguar algún dato de su biografía que confirme mi intuición.






 Este es uno de los textos ( en su versión en castellano) incluidos en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel. 


jueves, 9 de marzo de 2017

El caparazón de los escarabajos

Encabezamiento diseñado por la revista Tales literary, donde se publicó la crónica


Mendips 


Al terminar la visita, justo antes de salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny Lane  -que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour- y los campos de fresas situados tras la  casa que dieron nombre a la canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto  a unos desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con la mano izquierda.


Vestíbulo de Mendips

La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles de  buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina. Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto necesario para que germinase el talento del chico más indómito del barrio. 
El puzle se va armando con pequeños apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente, atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas. Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul McCartney.

El patio trasero de la casa de la tía Mimi



20 Forthlin Road


La construcción de suburbios es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales ciudades inglesas asoladas por el Blitz. Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas, clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K. Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona el centro de todas las cosas y la meta del viaje”. 


Fachada de la casa de Paul 

Esta vez la guía se llama Sylvia, y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos enseñó la casa del otro Beatle. Se nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros. Aunque la adolescencia es la edad de la inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera entre la vida y la muerte es tan frágil como la membrana de una burbuja de jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.






Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison (mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager, y otros miembros que pasaron por el grupo sin cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio,  parecidos a ellos, que vivieron en los suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una, solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de un universo. Lennon and McCartney, además de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf  en Street Haunting.





                    “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño…Pero aún así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos”  Bill Bryson  En casa











Hace ahora un año tuve la suerte de que la revista de relatos Tales Literary ( que recomiendo desde aquí) publicara, en su sección "¿ Viajas?" esta crónica que escribí al volver de un viaje a  Liverpool acompañada de Beatriz Alonso. Ojalá os guste a los que la leáis ahora. 



                       

jueves, 2 de marzo de 2017

Alumnología



Y. Salazar 


Levantó la mano y dijo, con pasmosa naturalidad, que él sabía que el páncreas era lo primero que se pudría en el cuerpo. Que lo sabía porque se lo explicó el médico cuando estuvo en la autopsia de su tío.
Creo recordar que estábamos estudiando Metabolismo. Una clase más de biología de segundo de bachillerato. Comentábamos algo sobre las hormonas pancreáticas que regulan el nivel de azúcar en la sangre. De repente, la clase de ciencias había terminado. Nadie quería saber nada más sobre la regulación de la glucemia. Como una hidra de mil cabezas sus compañeros le miraron componiendo un enorme interrogante entre las cejas y las bocas. ¿Cómo que la autopsia de tu tío?
Explicó que cuando vivía en Colombia, cuatro años atrás, un día le avisaron por teléfono de que habían robado y asesinado a su tío. Pedían que un familiar cercano se acercara a reconocer el cadáver. Él era el único en casa en ese momento. Imposible avisar a sus padres, nadie tenía móvil por aquel entonces. Iría él.
La Morgue estaba en un callejón inhóspito de un barrio peligroso. Era una única habitación, sin recibidor. Un cubículo en el que el médico ya había empezado la autopsia. Cuando abrió y vio a un chico de catorce años en la puerta prefirió dejarlo pasar antes que arriesgarse a que él también fuera atacado en la calle mientras esperaban a algún adulto de la familia. Entró. Lo reconoció. Y se quedó a observar el resto del procedimiento. Cuando preguntó de dónde procedía ese olor hediondo el médico le dijo que era el páncreas.
Los demás alumnos de la clase lo miraban como si alguien hubiera rasgado el suelo del aula y les separase un abismo abierto ante sus pies. Le interrogaron, le pidieron detalles sobre su reacción, sobre la de sus padres. Con la mansedumbre de quien no se altera ya con casi nada, les iba contestando. Como si le quitase importancia al asunto, como si quisiera seguir hablando de las hormonas del páncreas.
Al terminar la clase se quedó a charlar un rato conmigo. Me mostró una cicatriz muy fea en su hombro, resultado de una pelea callejera de esa misma época. Esa herida, fruto de sus devaneos pandilleros, y el episodio de su tío acabaron por decidir a sus padres. Lo dejaron todo y se vinieron para acá.
Tres años después de recibir por primera vez en mi clase de cuarto a aquel alumno tranquilo e inteligente, me enseñaba sus cicatrices.  




La hermandad de las cazadoras de hombres


Andrea proclama que ella es una “hombreriega”. Suena raro pero no encuentra otra palabra.
A la salida del Museo de Tecnología que acaba de visitar con los de su clase no tiene ningún empacho en gritar ¡menudo pibón! cuando pasa un tipo que le mola, y  saludarle con gestos muy elocuentes.
Ella y sus amigas quieren emular a los hombres y acumular ligues para luego contarlo. Cuarenta novios es su objetivo. Si ellos pueden ellas también. Y solo tienen trece años, toda una vida por delante para conseguir su propósito.
Ahora, en el descanso que los profes les dan para comer en una plaza, se contonean y bailan canciones emitidas por unos micro-altavoces que llevan conectados a un mp3.
Ella, Karla, Sandra y Nicole -dinamita pura las cuatro- rodean a Oscar y lo colocan en el medio de su abrazo bamboleante, haciendo que su cabeza vaya a parar justo en el centro del escote colectivo. Oscar, que parece dos años menor,  vira al rojo y parece como si menguara aun más. Huye del abrazo sabrosón y se refugia en el grupo de los que juegan a la pelota, todavía incandescente por un rato.
Después intercambiarán facebooks con unos chavales desconocidos que acuden con monopatín al llamado de las feromonas de las chicas, sin sospechar que no son más que candidatos a ser otros insectos  atrapados en la telaraña que han tejido las “miembras” de la hermandad.



Mary Ann 

Ahora están mejor, sí, aunque como el piso es muy antiguo hay bastantes cucarachas, explica mientras sonríe con dulzura. Han avisado al ayuntamiento, pero no hay respuesta.
Peor era cuando vivían los cuatro en aquella habitación así de pequeña, tamaño que me muestra  abarcando con sus brazos una esquina del aula. Y todavía  peor cuando llegaron y aquel conocido de su padre que les había prometido alojarles durante un mes los echó  a la calle el segundo día. Solo se acuerda de que caminaron muchas horas por Barcelona. Era de noche.  No se acuerda de cómo lo hicieron, pero al final llegaron hasta aquí y se sentaron en las escaleras que hay delante del mercado. Estaba bastante oscuro aunque aún no era noche cerrada -recuerda- cuando otros nigerianos los vieron y uno de ellos les invitó a dormir en su piso. Luego fue lo de la habitación y  más adelante, al nacer su hermanita, se mudaron al piso. 
A Mary Ann le gusta mucho cantar, ha grabado algunos temas, y también ha actuado en la radio. Disfruta de las celebraciones de su iglesia los domingos. Es presumida y elegante. Tiene un fibroso cuerpo de atleta y una determinación mansa pero a prueba de contratiempos. Y su sonrisa. Cuando se lo hago notar, se hace consciente de que puede hablar en cuatro idiomas. Solamente hace cinco años que llegó al instituto y no ha perdido ningún curso. Al principio no podía entender que los alumnos no trataran de usted a los profesores. Ha conseguido llegar a segundo de bachillerato, aunque sabe que podría repetir este curso. Justamente ahora que su padre quiere marcharse a buscar trabajo a Londres. No sabe si podrá ir con ellos. Quiere acabar los estudios aquí. Además tiene que solucionar primero un lío con los papeles de su DNI. Su madre no  quiere irse, ya se ha acostumbrado a esto y ahora está haciendo un curso para poder trabajar. No quiere ni pensar en empezar otra vez desde el  principio. Vuelve a sonreír mostrando sus dientes blanquísimos y me dice que aún no saben cómo lo harán, pero que tiene la esperanza de que todo va a salir bien.






viernes, 17 de febrero de 2017

La que visita a sus muertos

Georgia O' Keeffe
  
Supongamos que hemos leído en algún lugar que el día de difuntos es el único día del año que a los vivos les está permitido adentrarse en el mundo, habitualmente inaccesible, de los muertos. Imaginemos que ese día se abre un resquicio, una pequeña grieta vertical en la membrana que nos separa del universo donde habitan las sombras tenues de los que un día estuvieron en nuestro espacio. Una brecha a través de la cual los mortales introducimos castañas, panellets y flores para alimentarlos. Ofrendas efímeras para seres volubles y leves.
El acceso a esa dimensión de espíritus inconstantes está abierto a todos los vivos, pero solo algunos son capaces de atravesarlo sin dañar el tejido de su propia existencia. En la mayoría de los casos la gente tiene almas cuya textura parece más un hilván que una tela, se desgarran y cuelgan flojas como una telaraña rota cuando intentan atravesar la frontera. En cambio existen otras almas tersas y elásticas que resisten la embestida de las sombras sin problemas. Almas que han trenzado sus hilos con la dedicación y el cuidado de un encaje de bolillos: diseñando, reparando, enlazando y tratando siempre de obtener un dibujo simétrico y bello. Almas de algodón, de lino, de fibras resistentes tensadas a conciencia en el telar del dolor y del placer asumidos.
Así es el alma de Engracia. Hoy, víspera de todos los santos, la  vemos  dirigirse a  la peluquería para que al día siguiente en el cementerio su padre la encuentre bien guapa. Al salir del trabajo y subir al coche para ir a la peluquería recuerda, de repente, el sueño tan vívido que ha tenido esa noche. Se veía  a sí misma en el cementerio recogiendo el plato de arroz y la vasija de agua que le había llevado a su padre el día anterior. En esa lógica onírica en la que uno no se extraña de los acontecimientos absurdos, se encuentra frente a la caja de madera en un camposanto como los de las películas americanas: grandes extensiones de césped bien cuidado salpicado de cruces y esculturas blancas, y una música celta muy suave. Engracia recoge los restos de lo que no ha comido su padre (en los últimos tiempos anda desganado) y se los lleva a casa. Sin que se enteren las niñas mezcla los granos de arroz fosforescente con la paella que está haciendo, y rellena las botellas de agua añadiendo a cada una de ellas unas gotitas de agua de la vasija. Cuando mira las botellas a contraluz observa un reflejo esmeralda en el líquido. Se asegura de que esté todo bien mezclado para que su familia no detecte brillos extraños en la comida y después se despierta, satisfecha, con la tranquilidad que da el deber cumplido.
Presiona el embrague, pone la primera, el intermitente para avisar y sale del aparcamiento.
La peluquera le tiñe y le alisa el pelo. Mientras, ella hace cálculos domésticos: tiene que purgar los radiadores para encender ya la calefacción, también ha de pasar por la pastelería para comprar panellets y por la floristería, en el cementerio las flores son muy caras.
Engracia no lo sabe, pero nosotros sí  porque lo hemos leído en un artículo de antropología que habla sobre el significado del primero de noviembre: “El día de Samahaim, los celtas encendían el primer fuego, origen de todos los fuegos. Con él se encendían a su vez todos los fuegos de la isla”
Cuando la peluquera acaba de maquillarla, Engracia se mira al espejo preguntándose cómo la encontrará su padre después de nueve meses desde el día en que lo tuvo en sus brazos mientras agonizaba. Oyó el estertor que avisaba de su paso al otro lado de la frontera y  continuó acunándolo durante dos horas más sin avisar a médicos ni enfermeras, para tratar de absorber todo el calor que desprendía su cuerpo. No tuvo miedo. Le habló con una voz minúscula y le tocó los lóbulos de las orejas como le hacía él cuando ella era una niña para relajarla. La habitación del hospital giraba alrededor de ellos con las fotos de todos los miembros de la familia que ella había ido colgando durante el mes que estuvo allí varado como un cachalote. Sus hermanos de pequeños, ella con esa cara de éxtasis al lado de su papi, los tíos, su mamá. Las fotografías y las flores, las sábanas blancas y los tubos del suero…todo oscilaba con la cadencia de un estribillo mientras ella se despedía  lentamente del cuerpo de su padre, mientras él le regalaba la energía de sus células y ella la bebía hasta el final, el último tramo de calor concentrado en la espalda. Los médicos le riñeron. A ella no le importó.
Ese día estaba despeinada y pálida. Seguramente él lo debió percibir. Mañana la verá radiante y bien vestida para la ocasión. Le llevará un ramo de flores y un CD con una nueva canción grabada. Sonríe. Está deseando que llegue el momento. Le acompañará toda su familia. Seguro que algunos la mirarán mal si para entonces todavía continúa sonriendo. Pero a ella no le importará.  


domingo, 12 de febrero de 2017

Paseo por el parque



Dibujo de Abram Tejera


Mientras los perros se olisqueaban excitados, el amo del gran danés calculaba las probabilidades de lamerle el hocico a la dueña del chiguagua  y así compensar de alguna manera la incompatibilidad racial de los canes.




Con este micro he participado en la convocatoria de Esta Noche te Cuento sobre perros y gatos.Aquí Gracias, Abram, por este dibujo tan original. 

lunes, 6 de febrero de 2017

La invasión de los Fungi

Mientras nosotros andamos distraídos, atareados o preocupados cambiando los miedos de lugar, ellos brotan sin descanso ahí abajo. Nos rodean, nos acorralan, tejen una alfombra bajo nuestros pies. Abren sus sombrillas, engullen lo muerto y lo regurgitan para devolverlo a lo vivo. Su discreción es legendaria. Su palidez, mortal. Su labor malinterpretada. Pero no desisten en su empeño. Frenéticos, abren y cierran sus paraguas, expanden sus micelios, beben con avidez. Como si en ello nos fuera la vida.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Habitación de hotel



En las visitas de niños al museo donde se exhibe temporalmente esta pieza de Hopper, éstos interpretan cosas extraordinarias acerca de la escena del cuadro. Uno de ellos afirma que el rectángulo negro que se ve al fondo es una tele de plasma. Y cuando se les pregunta qué estaría leyendo la protagonista de esta historia pintada no dudan en decir que es una factura de la luz que no puede pagar, o una carta de desahucio. 
La modelo miraba, mientras posaba para que las generaciones futuras la interpretasen a su manera, un horario de trenes.