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martes, 2 de octubre de 2018

El final de la historia



Le incitábamos a que robase cada semana la misma cantidad. Cogía a escondidas el dinero de la caja y después, sintiéndose un miembro imprescindible de la pandilla, lo repartía entre todos nosotros. Luego íbamos a la tienda de comestibles de sus padres y nos comprábamos polos.  El padre nos cobraba. Cuando la caja registradora producía ese chasquido metálico y delator, mirábamos aquel artilugio misterioso del que salían y entraban las mismas monedas una y otra vez. También mirábamos de reojo al abuelo, sentado en la silla de mimbre del rincón, que cada viernes era acusado de robar dinero para sus partidas de cartas en el bar.
Así pasamos los últimos veranos de nuestra infancia, envalentonados con la fuerza que dan los secretos compartidos y satisfechos por tener el control de nuestros minúsculos delitos.
Con el tiempo fue sacando cada vez más.  Cuando pusieron un candado en la caja registradora subía al piso  de arriba y hacía incursiones en la caja fuerte. Ya no manejábamos monedas, sino billetes. Comprábamos en otras tiendas. Íbamos a los bares y comprábamos helados más sofisticados. Él nos invitaba. Una de las veces se puso un billete de quinientas pesetas en el zapato y nos fuimos en bicicleta al pueblo de al lado. Cuando llegamos, el sudor había convertido el billete en papel de fumar y no  pudimos comprar nada. Fue el final de la historia. Nunca supe con seguridad si se debió a este incidente. Nadie pensó en algo irreversible, nos volvimos a casa sin saber que todo aquello se había ido definitivamente al carajo.

Se acabaron los polos. Y las ruedas que se agarraban a los caminos obedeciendo a la presión de nuestros músculos. Y los secretos en común. La vida dejó de situarse en aquel lugar del  mapa lleno de bicicletas, polvo y lealtad. Todos los veranos previos se escurrieron por un sumidero en algún lugar de la memoria. Como si se hubieran caído al pozo de la casa abandonada. Como si la marea los hubiera fagocitado y ahora nos devolviera solamente el jibión de la sepia. El paisaje estalló, y al intentar reconstruirlo apareció otro mucho más árido. Lleno de esquirlas. Rodeado de esquinas. Dejamos de ser un nosotros, algo compacto, real, contundente. Solo quedaron fragmentos, cada uno por separado, como partes de un organismo desmembrado. Nos convertimos en seres vulnerables y desconcertados, piezas de desguace a la intemperie. Desde entonces, cada vez que chupo un polo de hielo se me incendia el paladar.

Las dos fotografías son de Vivian Maier

Este relato ha sido seleccionado para formar parte del recopilatorio del I concurso Sueños de verano



domingo, 23 de septiembre de 2018

Escritoras de compañía





“El típico personaje de las Brontë es una especie de monstruo, en el que todo menos lo esencial está deformado: tienen las manos en las piernas, los pies en los brazos y la nariz en la frente, pero el corazón está en su sitio” G.K. Chesterson











Una tormenta de nieve desciende lentamente -como si alguien le hubiera dado la vuelta a una de esas bolas de cristal con paisaje suizo en su interior- sobre la crónica que Virginia Woolf escribió en noviembre de 1904 tras su visita a esta localidad situada en los remotos páramos ingleses. El gélido paisaje que dibuja el texto se derrite y se convierte en magma literario en el momento en el que la escritora se introduce en la vieja rectoría donde vivió la familia Brontë.
 La mañana de abril en la que llego a Haworth, 111 años después, no nieva. Ni siquiera llueve. Pero al atravesar el umbral de la puerta de ese edificio noto como si la membrana del tiempo se combara y por un momento confluyera con la escritora para hacer juntas la visita. Entre otras cosas ella afirma en su ensayo que, al visitar la casa de un gran escritor, la curiosidad está solo legitimada cuando la visita añade algo a nuestro conocimiento de sus libros. Con  semejante expectativa entro al Brontë Parsonaje Museum, un caserón feo y respetable desde cuyas ventanas los niños del reverendo Patrick Brontë podían contemplar las lápidas del cementerio que les servía de jardín.





En ese momento me queda por acabar de leer un veinte por ciento de mi ejemplar electrónico de Jane Eyre, la novela de Charlotte Brontë. Tiempo atrás leí Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily. Ya he viajado, en mis lecturas, a los páramos que acabo de atravesar  en la última etapa del viaje que empezó a las nueve de la mañana en la estación de Liverpool. Ya conocía la empinada calle principal de este pueblo dedicado a que los turistas conozcan a esta peculiar familia, la había visto en los reportajes de otros viajeros. Al acceder a la casa-museo nos da la bienvenida -a mi amiga Beatriz y a mí- una voluntaria con acento claramente español. 
Y entonces, sólo entonces, me deslizo hacia una dimensión en la que inmediatamente se entremezclan el tiempo y la realidad con la historia y la ficción. Así, en las paredes conviven cuadros y grabados que representan a los héroes de la época con oleos pintados por Brandwell  (el talentoso pero incomprendido hermano) y copias de retratos de las escritoras. Algunos de los muebles son los originales, mientras que otros son reproducciones que imitan las estancias de la casa basándose en los dibujos que hizo Brandwell. El reloj de pared al que el reverendo Brontë daba cuerda en un ritual que señalaba el final de cada día, contempla, indolente, como los turistas subimos las escaleras. A mi cerebro le gusta gastar bromas, y cuando veo el sencillo vestido de lana junto con los diminutos zapatos que se muestran en la vitrina de la habitación de Charlotte los atribuyo a la indomable institutriz protagonista de la novela que estoy leyendo en lugar de a su autora. También he pensado en Jane Eyre al pasar por la escuela en la que trabajó Charlotte, y tengo muy presente a Rochester cuando me entero de que la escritora se casó con un profesor mayor que ella.
Me suele invadir este tipo de vértigo en los lugares históricos, claramente una patología de mi imaginación. No consigo añadir conocimiento, solo desbaratar el poco que tenía. Me temo que Virginia debe de estar algo sorprendida con el funcionamiento caótico y poco riguroso de mi cabeza, y me mira decepcionada por no saber separar el grano de la paja. Menos mal que Beatriz se fija en los datos y absorbe la información con la avidez de un detective: datos sobre la insalubridad de la zona, sobre la elevada mortalidad infantil -las inscripciones en las tumbas del cementerio dan fe de ello-, sobre las ocupaciones diarias de estas seis criaturas extrañas y enfermizas, a quienes una imagina jugando con soldaditos, cosiendo, escribiendo poemas épicos con letra impecable o estudiando alemán mientras la criada amasa el pan en la cocina, todo bajo la mirada atenta y melancólica del párroco viudo que vio cómo morían uno tras otro sus descendientes  en esa tierra remota y olvidada por Dios.

Antes de salir de la habitación de Charlotte levanto con disimulo el visillo que cubre una de las ventanas, y contemplo las vistas: unas sombras oblicuas y verdosas tamizan el paisaje de lápidas que ocupa el terreno situado tras la iglesia. El vigilante me llama la atención, no se debe tocar nada. Pido disculpas y regreso a esa habitación que parece un mausoleo. Consigo sentir aquella mezcla de miedo y alegría que desprende la obra de la autora. Y decido que, a partir de ese momento, seguiré el proceder de Jane Eyre cuando dice: “Luego reduje la marcha y empecé a disfrutar y analizar la índole de placer que la hora y el entorno hacían germinar dentro de mí”.








                                                                                                       


viernes, 17 de agosto de 2018

Un cuadro desaparece




Bajo una gabardina. Envuelto en una bata que ha sido disfraz. Despojado, con urgencia de amante, de la protección del cristal y la madera. Un retrato antiguo sobre la tabla original de álamo blanco. El retrato contiene una sonrisa. La sonrisa baja escalinatas de mármol y atraviesa puertas, pero nadie la ve. Nadie se percata de esa extraña silueta poliédrica que se la lleva. Ni del rectángulo desteñido en la pared cuyas esquinas custodian cuatros pernos desolados.
El ladrón más discreto del mundo deposita el botín con cuidado sobre la única mesa de su  oscuro apartamento en un barrio de París. Lo contempla, trata de interiorizar el gesto de la mujer, en absoluto enigmático para él. Y siente una conexión ancestral.  Se diría que ambos, hijos de la misma tierra, se conocen desde siempre. Ahora dispondrán de muchos meses–veinticuatro, desde agosto de 1911–  para ahondar en su mutuo escrutinio.   
Entretanto, los falsificadores trabajan a destajo intentando colocar sus copias indistinguibles a millonarios distinguidos. Los responsables del museo se encierran tras las puertas para poder investigar, y de paso transitar su vergüenza cósmica lejos de los focos.  Los parisinos se preguntan para qué cerrarán la jaula una vez el pájaro ha volado. Los periodistas resoplan al mismo ritmo vertiginoso que sus máquinas de imprenta. A lo largo de dos años visitantes de todo el planeta acuden en masa, como jamás antes lo habían hecho, a la sala del Louvre donde estaba el retrato. Parece que les fascina esa ausencia inconmensurable, ese trozo de pared que ha dejado de sonreír.
Mientras el mundo se despliega en su búsqueda, el inmigrante italiano Vicenzo Peruggia continua deleitándose con su obra maestra de compañía en la misma orilla del Sena donde la robó. Ignorando que, con la proeza de retener durante tanto tiempo el retrato de Lisa Gherardinni,  consigue convertir a este pequeño cuadro casi desconocido en un vórtice. Hacia el cual todos nos precipitamos desde entonces sin remedio. Pero también sin el tiempo que se requiere para captar el delicado misterio de ese rostro. Aunque eso a nosotros no nos importa en absoluto. A los visitantes actuales del Louvre nos basta con exhibir una sonrisa llena de dientes –en absoluto enigmática–ante nuestro móvil, garantía de que la hemos visto, de que hemos estado allí. Nos hacemos la foto, lo miramos un momento… y el cuadro desaparece.


domingo, 29 de julio de 2018

Otra oportunidad

Ron Gonsalves 



Ayer, en la sobremesa de  la cena familiar,  fantaseamos con la idea de elegir a un personaje histórico al que pudiéramos resucitar por un pequeño lapso de tiempo (unas horas, un día) con el fin de mostrarle algo  y a continuación enviarlo de vuelta a la tediosa eternidad.
Mi hermana dijo que se llevaría a Van Gogh a dar una vuelta por el magnífico museo dedicado a su pintura en Ámsterdam. Una vez recuperado de esta última alucinación podría visitar a los clásicos en el vecino Rijksmuseum y regresar al otro lado con una sola oreja pero con la autoestima completa.
Mis padres discutieron la propuesta de hacerle experimentar a Hitler una muerte más lenta que la que eligió. A Tesla habría que volverle a la vida y rendirle un homenaje rebosante de luces y efectos especiales, dijo mi padre. En cuanto a la posibilidad de revelarle a Martin Luther King que su país ha tenido un presidente negro nos pareció muy buena idea, pero tuvimos dudas sobre la oportunidad de la coyuntura  política del momento.
Yo, animado por el postre y el café, me atribuí la potestad de resucitar a dos personajes de forma simultánea. En mi descargo argumenté que fueron coetáneos y que ambos  tuvieron intereses y estudios similares. Señalé que era importante propiciar un encuentro crucial que el destino evitó en su  momento de forma imperdonable. Les puse en antecedentes: Darwin por fin leería esa referencia a  un oscuro artículo de un monje aficionado a la botánica que hablaba de guisantes verdes y amarillos. Su aguda inteligencia no tardaría en captar que los estudios del tal Mendel eran exactamente la gran laguna que le faltaba a su teoría para ser completa. La fusión entre su prodigiosa capacidad de síntesis con la habilidad analítica del concienzudo experimentador haría compatible lo fijo con lo voluble, la herencia con la evolución. El ying y el yang. Entre los dos harían uno, el más grande.  
Se podrían encontrar en un punto intermedio entre Inglaterra y la República Checa, pongamos un vanguardista  instituto de Biotecnología  de una ciudad alemana.  Propuse darles el doble de tiempo que a los demás: el primer día para intercambiar ideas entre ellos (el privilegio de presenciar semejante espectáculo estaría reservado a unos pocos), y el segundo para que el investigador más eminente del Centro les enseñara las instalaciones y les hablase de cromosomas, mutaciones, células madre y diagnosis de enfermedades genéticas. Al terminar se les ofrecería una taza de té. Tras la deflagración que los devolviera respectivamente a la Abadía de Westminster y al cementerio central de Brno, se procedería al tratamiento del ADN obtenido de sendas cucharillas. De esta forma los futuros clones tendrían una prolongada y merecida oportunidad de charlar sobre la vida, un asunto cada vez más enrevesadamente apasionante.

Franz Ackermann



sábado, 14 de julio de 2018

Umbilical, ganador anual en La Microbiblioteca

Ilustración de Ina Hristova
 Umbilical 

Llegó sofocada. Pálida pero radiante. Me dijo que venía de casa de Laura. Que habían visto una peli comiendo palomitas hechas en el microondas. Que tendríamos que comprar maíz porque es muy guay ver las pelis como en el cine.
Bajé las gafas de leer por el tobogán de mi nariz y arqueé la ceja izquierda sobre la montura de pasta. Que qué tal me había ido el día, me soltó el perfil de su silueta mientras se esfumaba hacia su habitación.
Cerré el libro dejando mi mano atrapada por el cepo de papel. La boca acompañó a la ceja en su movimiento ascendente. Bien. Luego se derrumbó todo el conjunto. No pregunté nada. Desde la primera explicación no pedida, supe que ese día había sido la protagonista de alguna escena crucial en su propia película, romántica o de terror. Que iba a ser rebobinada mil veces. Y que yo no estaba invitada al primer pase.
Que quedaba inaugurado el tiempo del pudor, por su parte. La temporada de comer palomitas y morderme la lengua, por la mía.

Y que mi niña estaba perfectamente equipada para construir un afilado y reluciente cuchillo hecho de pretextos, disimulos y mentiras, con cuyo filo cortaría de forma implacable y definitiva el sanguinolento cordón.






Con este microrrelato he resultado ganadora del concurso de La Micobiblioteca del mes de abril ( el mes de mi cumpleaños y de la primavera!) en la categoría en castellano. Estoy feliz. 
Finalmente he ganado el premio anual en la categoría en castellano. Con un jurado de lujo formado por Ángel Olgoso, Julia Otxoa y Eduardo Berti. Los de Enveualta me han regalado la grabación del microrrelato, en la voz de Maribel Gutiérrez, la ganadora de la categoría en catalán. ¡Gracias!
Aquí la crónica del evento de la entrega de premios


Con Maribel Gutierrez al fondo, ganadora del primer premio en catalán


domingo, 10 de junio de 2018

Piedad

Chocolatinas y almanaques. Dos de los elementos que regresan desde el pasado con la contundencia de una cerilla que se prende.  Un intento de revivir el tacto y el sabor de esa época.  Un deseo ensimismado de regodearme en esa nostalgia. Una obsesión creciente por hablar con Piedad, la principal testigo de todo aquello. La única, ahora que los padres ya no están. Y un ponerse manos a la obra para modelar el paisaje en esa dirección.


 Vidi y sus hermanas se marcharon a trabajar a Suiza a finales de la década de los 60, cuando yo era una niña.  Solo él regresó más adelante. En aquella época volvía cada año por Navidad para ver a su novia, y nos traía chocolatinas y almanaques de adviento con motivos nevados y rojos. Si reseguías con el extremo de una tijera roma las líneas punteadas de las ventanitas, una al día durante un mes, se revelaban sorpresas en miniatura que iluminaban aquella salita de color gris verdoso.  Una vez nos regaló un reloj de cuco que todavía colgaba de la pared cuando papá murió y desmantelamos el piso. Vidi era el diminutivo de su apellido, Vidiella, y a fuerza de usarlo nos parecía natural y apropiado. Creo que no sabíamos que se llamaba José.
-Era el amor de mi vida-me ha repetido Piedad varias veces al hablar de él.
Y aquí estoy, conversando con una mujer de 71 años que me sonríe con todo su cuerpo a pesar de tener una cadera recién operada. Aunque por momentos me parezca algo irreal e improbable,  estoy sentada frente a la misma persona que entró con catorce años a trabajar en mi casa como “muchacha”.  Vivió con nosotros hasta que se casó con Vidi a los veinte.  Más adelante continuó vinculada a la familia de forma esporádica. De alguna forma siempre estuvo allí.  Nos cuidó a las tres  -llegó con el nacimiento de mi hermana mediana- y según sus palabras aprendió de mi madre “todo lo que se tiene que saber para llevar una casa”. Contra todo pronóstico – se mudó a otra ciudad hace muchos años-  la he localizado y hemos podido concertar un encuentro.
Un autobús, dos trenes y un pequeño paseo desde la estación me han depositado en su comedor luminoso y pulcro. Piedad me regala su tiempo, sus carcajadas y unas fotografías que acaba de arrancar de un viejo álbum, que consiguen alegrarme y entristecerme a la vez.  Escenas que ella vivió con más consciencia que yo. Mi madre asomando tras la puerta en el momento en que  descubro mi muñeca el día de reyes,  ella dándole la papilla a mi hermana mientras yo las observo con gesto melancólico, echándome confeti por la cabeza  en alguna fiesta popular acompañada de su hermana y los tres niños que cuidaba, en el parque con otras niñeras, mi hermana enseñándole el ombligo…  De dónde habrá sacado esas fotos, me pregunto, le pregunto. Algunas las conocía, las hacía mi padre con su aparatosa cámara Rolleiflex, pero otras jamás las había visto. No consigue recordar el origen.  Después de mirarlas apoyo contra mi pecho el sobre blanco que atesora nuevos recuerdos para mi engañosa memoria construida con imágenes procedentes de  cajas y álbumes. Pero ahora quiero que hable la carne, no el papel. Y la miro, y me la imagino entonces, y le pregunto. Le pregunto básicamente cuatro cosas: cómo era mi casa, cómo eran mis padres, cómo era yo, y cómo era ella. Pretendo acceder a algo tan cercano y tan inalcanzable como la propia familia, como alguien desesperado por  ver la textura de la piel en las zonas donde la vista no alcanza. 



Lo que me cuenta no tiene ningún interés objetivo, en apariencia. Ningún glamour. Todas las pieles son parecidas. Todas las familias lo son, seguramente incluso las infelices. Pero quiero ver a la mía a través de sus ojos de niña huérfana, de su mirada luminosa y sencilla. Y justamente en ese narrar lo que parece trivial se deprende un ligero  temblor que a mí me atraviesa con la fuerza de una onda sísmica.






Me cuenta que su madre murió cuando ella era muy pequeña, allá en Granada. De miseria, me contesta cuando le pregunto. Me parece la respuesta de una poeta. El padre dejó a los mayores allí y se marchó lejos con las dos pequeñas: Piedad y Flor. Por resumir de manera indulgente: no resultó ser un buen padre. Tenía muy mal genio y bebía. Estaba deseando que las niñas crecieran para ponerlas a trabajar. Le pregunto, levemente avergonzada, si no le parece una barbaridad empezar a trabajar tan joven, insinuando que mis padres eran poco menos que maltratadores de niños. Y aquí constato cómo un mismo hecho se puede interpretar de distintas maneras. Ella suelta una carcajada, y me dice: pero cariño,  entonces las cosas eran diferentes, y para mí entrar a tu casa fue una bendición.  Me dice que al principio se emocionaba cuando oía la palabra mamá, cuando nos oía llamando a nuestra madre. Ella se imaginaba que era otra hija de la familia, y así lo vivió.  Yo suspiro, y retiro los cargos.  



Le relato los recuerdos que guardo en mi memoria sobre ella: su risa franca, sus ganas de vivir, cómo nos hacía cosquillas,  y que nos decía que mis padres habían ido “a buscar novio” cuando salían por la noche. También rememoro cómo más adelante, cuando ya estaba casada, íbamos algún fin de semana a su casa y jugábamos en aquella terraza enorme llena de macetas con plantas. Los domingos Vidi escuchaba el fútbol en la radio mientras ella recogía la cocina. Desde entonces el sonido del fútbol me produce una irremediable melancolía de domingo por la tarde. Recuerdo visitarla en la clínica cuando nació su primera hija. También que mi madre me explicó que su segundo hijo había nacido con un problema muy grave, y  había fallecido nada más nacer. Ella me lo confirma y me explica  que su doctor habló del posible desenlace con “mamá” y con Vidi. Ella no supo nada hasta el momento del parto. Mi madre buscó una segunda opinión y la acompañó durante el posparto. 
Creo recordar que una de las veces que mis padres se marcharon un fin de semana  organizó una pequeña fiesta con amigos y se trajo al novio a casa a dormir. Alguna vecina chismosa (probablemente la señora de Cienfuegos) avisó a mi madre, que le mostró su disgusto y le propinó una de esas charlas moralizantes que produce urticaria en el momento pero que deja poca huella. Vidi era la pareja natural de Piedad, no se entendía el uno sin el otro. Los ojos ligeramente achinados juntamente con su nariz aguileña daban un aire risueño a su rostro de pillo callejero. Nos traía exóticos regalitos suizos cada vez que regresaba a nuestra ciudad, y hacía chapuzas en nuestra casa mientras silbaba subido a una escalera.



Piedad me cuenta lo orgullosa que está de sus tres hijos y de sus nietos. Lo trabajadores que son y lo mucho que están pendientes de ella. Susana, la mayor sigue siendo tan dulce y discreta como yo la recordaba. Me habla de su hija mediana, Marta: una mujer brava y vital, que practica artes marciales de competición y que es capaz de romper ladrillos con un golpe de brazo; que ha trabajado en muchos oficios, entre otros como encofradora en algunas obras  con su padre. El chico trabaja también como albañil, está separado y tiene dos hijos. Todos los nietos han comido durante años en su casa -en la misma mesa donde ahora lo hacemos nosotras -  mientras los padres trabajaban. Ella ha sido una acogedora Madre Tierra para su familia. La niña que fui  -aquella cría larguirucha y feíta, según sus espontáneas palabras que tanto celebro haber escuchado-  tuvo la suerte de alimentarse  de esa solidez y esa carnalidad que ahora recupero en el puré vegetal y las berenjenas rellenas que me ha preparado. Calorías para el alma.

Vidi murió de repente a los 58 años. Aquella mañana se había escapado a visitar a su hijo a la obra. Estaba hablando con él en un pequeño descanso del trabajo y un infarto lo fulminó como si le hubiera atravesado un rayo. Aún recuerda con espanto la llamada. Y la distancia inalcanzable que había entre  su cuerpo cubierto por una tela oscura y ella,  cuando llegó y todavía no habían levantado el cadáver. Ella quería tocarlo, acariciarlo, sacudirlo para que volviera a la vida. Estaba convencida de que lo hubiera conseguido.  Pero la policía no permitió que se acercara. Y se abrió una grieta por la que se le escapaba el aire. Se instauró un desasosiego en su vida que no le permitió respirar ni dormir tranquila durante mucho tiempo. Menos mal que sus hijos la sacaron de esas arenas movedizas.  Ahora está mejor. Aun así, me asegura que no me puedo imaginar cómo lo echa en falta quince años después.


A la mañana siguiente recibo una llamada desde el móvil de Piedad. Me da los buenos días y me reta con voz sonriente: A ver si adivinas dónde estoyPues esta mañana  -continúa, sin  dejarme hacer ninguna conjetura- me he subido al autobús y me he venido al cementerio. Estoy aquí contándole a Vidi tu visita de ayer. Lo bien que nos lo pasamos.  Vengo muchos  fines de semana. Yo sola, sin mis hijos. Así se me pasa la mañana y le cuento mis cosas. Ya te dije que era el amor de mi vida. Y todavía lo es.



miércoles, 30 de mayo de 2018

Lo que contó la lechera

Johannes Vermeer


Berkeley, Gloucestershire, 3 de febrero de 1823

Me llamo Sarah Nelmes, vivo en Berkeley y desde que dejé la escuela he trabajado ordeñando vacas blossom. Nunca he sido muy guapa, pero tengo mejor aspecto que la mayoría de mis contemporáneos. Y no se debe precisamente a haber llevado una vida holgada, he bregado muy duro toda mi vida. Después de casi cuarenta años en la granja de los Pearce, ahora que por fin llegó el momento de retirarme, echo la vista atrás y veo mi vida como una fila de tareas sin interrupción. Pero todo el mundo sabe que las lecheras hemos sido siempre un modelo de belleza que ha inspirado a pintores y poetas. Una vez, hace muchos años, un pintor que vino desde Dursley quiso que posara para él. No pudo ser, mi marido no lo permitió. Ahora me arrepiento de no atesorar ese recuerdo de mi lejana juventud. La tersura de nuestro cutis era la envidia de las mujeres ricas que a veces visitaban nuestro condado viajando desde Bath, Cambridge o incluso desde Londres. Ninguna de nosotras muestra esas espantosas marcas que deforman el rostro de los que han sobrevivido a la viruela. Pero todo esto no es lo importante. Es solo un pretexto, una introducción para lo que realmente quiero explicar.
Quiero dejar constancia de que gracias al mejor hombre que ha dado esta tierra, al mejor médico de Inglaterra, el poder de esta terrible maldición es cada vez menor. Veintisiete años después de que yo le consultara sobre mis pupas de viruela vacuna, muchos habitantes de este pueblo y del resto del país han podido evitar esta atroz enfermedad. Y los protagonistas de semejante hazaña eran mis vecinos. James Phipps, que acaba de pronunciar un sentido parlamento en St. Mary’s Church, era en aquel entonces el hijo del jardinero del doctor Jenner. Tenía ocho años. Yo lo conocía porque a veces lo enviaban a buscar leche. Un chico pelirrojo y vivaracho. Fue inoculado, con el consentimiento de su padre, con el líquido de una pústula de mi mano derecha. Afortunadamente todo salió bien y cuando al cabo de unos días el doctor le inyectó la viruela no falleció, como algunos pronosticaban. Recuerdo cómo sonreía cuando vino a nuestra casa a anunciarnos el éxito de su tratamiento. Me confesó que todo había sido gracias a mí. A mi comentario. La seguridad que mostré al decirle que no padecía la viruela por haber pasado la enfermedad de las vacas previamente fue lo que le llevó a atar cabos, a relacionar la protección que proporcionaba la viruela vacuna sobre la terrible viruela humana. Lo que le animó a arriesgarse con el niño de los Phipps, y más tarde a comprometerse a inocular a todo el que quisiera.
Acabo de regresar del entierro del doctor Jenner. Todo el mundo honra hoy al hombre que yo conocí desde pequeña. Es un héroe, un benefactor mundial, hasta el punto que Napoleón accedió a liberar a los prisioneros de nuestro país ante su demanda, según cuentan.
Nadie me ha pedido que participara en el funeral. Es lógico: una mujer, una campesina como yo no posee ni la presencia ni el reconocimiento que requiere un acto tan solemne. Aunque pocos saben que gracias a los libros que él me dejó no soy tan inculta. No podía dejar de asistir a la ceremonia. La iglesia estaba llena. He permanecido de pie cerca de la puerta durante el servicio. He llorado la pérdida de mi querido médico con todo mi corazón. Y mientras observaba a los miembros de la comunidad y a las personalidades que han viajado hasta nuestra parroquia para despedir al ahora famosísimo doctor, en secreto me he felicitado por haber acudido a su consulta esa lejana mañana de 1796. Y me he alegrado de que gracias a aquella visita ya no se vean caras mordidas por la viruela entre las jóvenes de por aquí. Ahora todas tienen el cutis de una lechera.
También he decidido dejar por escrito mi testimonio, para que mis nietos lo lean cuando ya no esté. Y se sientan orgullosos de tener la misma sangre que Sarah Nelmes, la humilde ordeñadora que inspiró su mejor idea al más grande de los nuestros.


Este cuento está inspirado en el hallazgo crucial  ( y arriesgado) del doctor Edward Jenner: la vacunación. Uno de los tres pilares de la medicina, juntamente con la potabilización del agua y el descubrimiento de los antibióticos. Lo he presentado en la actual edición de Inspiraciencia y no ha pasado la primera selección, así que le hago un sitio a esta lechera tan especial en mi blog, que también está para eso.