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domingo, 16 de julio de 2017

Flores que viajan en el tiempo





Marianne North fue una viajera victoriana que recorrió todo el planeta pintando el  universo vegetal. Admirada y animada por Charles Darwin y por otros intelectuales de la época, como Francis Galton, Marianne se puso en marcha una y otra vez -pinceles y caballete en ristre- en busca de la diversidad y la rareza que le brindaba la naturaleza estática de esos seres vivos tan discretos pero tan primordiales.




 En el Real Jardín Botánico de Kew (Inglaterra)  hay una galería que expone la mayoría de sus pinturas, que ella misma donó a la entidad con la condición de que el lugar se destinara a servir como lugar de descanso para visitantes y viajeros.


La vida y su representación. El viaje y el regreso a lo institucional. La aventura y el coleccionismo. Las relaciones intrincadísimas entre las plantas en una selva y el lienzo plano enmarcado en dorado. El olor a tierra mojada y el olor a humedad rancia de la moqueta del museo.  La flor real y la mancha de pintura. La contemplación de estas pinturas naturalistas me evoca toda esta serie de parejas de ideas que tensan mi sensibilidad en sentidos opuestos. 



La concentración de estímulos visuales en esas paredes del Marianne North Gallery repletas de flores exóticas parece excesiva, pero creo que merece la pena sufrir esa sobredosis alguna vez, cuando se haya instalado el color gris en nuestras vidas.


Me traslado mentalmente al Jardín de aclimatación que hay en el Puerto de la Cruz, con sus especies exóticas apabullantes y barrocas,  donde también pintó la trotamundos inglesa en su viaje a Tenerife.





Lianas, flores, semillas y frutos que nos invitan a viajar. Viajes que ya han empezado a brotar en mi cabeza. 



domingo, 11 de junio de 2017

Realidad versus ficción


Los más contrastados artículos de Ripperologist Magazine afirman que el destripador no era un energúmeno con capa y chistera, sino un joven solitario y tímido. Su aspecto de apocado oficinista le evitó las sospechas de la policía, que buscaba a un depredador de apariencia feroz.
Sir Arthur Conan Doyle recorrió los escenarios de Whitechapel y tuvo acceso a toda la documentación de Scotland Yard sobre el caso. Cuando fue preguntado por la hipotética deducción de su detective, aseguró que Sherlock Holmes habría trabajado con la premisa de que el asesino abordaba a sus víctimas disfrazado de mujer para no despertar sospechas. Propuso  que los agentes -con el fin de actuar como cebo- también se disfrazaran de prostitutas, imaginando así un escenario en el que las auténticas busconas lucirían desvaídas frente a policías y asesinos ataviados con extravagantes pelucas y frondosas faldas.             

Y mientras semejante desfile parecía tan real en la mente del escritor, en las gélidas calles de Londres la silueta del destripador se sumergía en la bruma con paso inalcanzable hasta fundirse en negro, como tragado por las arenas movedizas de una espeluznante ficción.


domingo, 4 de junio de 2017

Sin techo

Max Ernst 

Como cada noche, el prestigioso oftalmólogo Delclós -ahora ya retirado- se dirige a la misma esquina del parque. Lleva la bolsa de cuero en la mano izquierda y el botiquín en la derecha. Camina con determinación.
A esas horas algunos ya se están acomodando en sus improvisados refugios para dormir, pero cuando llega es recibido con muestras de entusiasmo por esas criaturas esquivas y castigadas que tanta vida están dando al doctor en su jubilación. Tras comprobar que nadie le ve, se acerca al grupo. Les saluda por sus nombres y a continuación les entrega la comida que les ha preparado.
Una vez saciada el hambre, el Dr Delclós se sienta en el banco bajo la farola. Se pone las gafas. Abre su botiquín. Saca el colirio para la preocupante conjuntivitis que detectó ayer a Lady Mary. La cura con esmero. Cuando termina, le da unos golpecitos cariñosos entre los omoplatos.
El agradecido ronroneo de la gata rubia le produce una alegría que jamás experimentó con sus pacientes humanos.

domingo, 28 de mayo de 2017

Peor el remedio


Escher


A la familia no le hace ninguna gracia ese resfriado. Más vale prevenir, subirlo al coche y directos al hospital.  Dos horas en Urgencias. Lo suben a planta. En observación, les dicen. Pero la noche es larga y el viejito está agitado: unas barandillas y un tranquilizante nunca están de más.
Por la mañana desayuna todavía adormecido, sin reflejos, y algo se le desliza por el tubo de al lado. La broncoaspiración convierte el constipado en neumonía. A perro flaco…Hay que tratarla con un antibiótico especial para infecciones hospitalarias. Cinco días más. Ahora está desorientado y apenas puede moverse. Aunque mala hierba, ya se sabe.

Al salir del hospital sus familiares se sienten razonablemente satisfechos con el  servicio médico, aunque algo confundidos. Y con la vaga sensación de no haber administrado correcta y completamente todas las frases hechas que se suelen recetar en estas ocasiones. 


viernes, 19 de mayo de 2017

La vía láctea





Blanca trata de imaginar cómo debe de ser la cosa por dentro: microgotas de suero amarillento que van resbalando por las paredes, decantándose hacia el fondo de una esfera vacía. Gota tras gota, plip, plip, igual que un grifo mal cerrado, rellenando la burbuja. Burbuja tras burbuja, miles de ellas, llenándose hasta quedar tersas como globos. Y de repente, cuando todas ellas están a punto de estallar, provocándole una plenitud insoportable, se moviliza una red de diminutas tuberías interconectadas en perfecta coreografía y se acoplan a cada una de las burbujas. Aliviadas, éstas vierten el líquido en un entramado de tubos que convergen en un gran río blanco que se desborda a través de cien orificios hacia el vidrio grueso y frío.
 Para que ocurra todo esto sólo hay que apretar con decisión la goma rosada del sacaleches.
            Blanca está encerrada en uno de los baños del aeropuerto de Madrid. Se aplica el artilugio a cada una de sus mamas hinchadas y cuando el receptáculo inferior se llena vierte el líquido blanco en un vaso de plástico que ha robado del avión. Mientras lo hace puede oír el vaciado de varias cisternas y el ruido discreto, pero inconfundible, que hacen las mujeres cuando esperan, se arreglan, se retocan o se lavan las manos. Por suerte, ella se ha metido en el baño de minusválidos y supone que no habrá nadie esperando ante su puerta. No puede darse más prisa. Hay que vaciar bien los dos pechos, pues si se queda leche retenida se le podría producir una mastitis como le ocurrió con su primer hijo. Y no recuerda  una sensación más desagradable.
Por fin consigue acabar. Es un tipo de molestia llevadera pero un tanto agotadora, como cuando la depilan, pues requiere poner en práctica unas buenas técnicas de relajación, aprender a verse a sí misma desde lejos y  pensar en otra cosa.
Ella siempre visualiza lo que le está pasando a través de imágenes científicas, frías y a veces bastante psicodélicas. Cuando se depila piensa en folículos pilosos, colágenos y epidermis formados por capas de diferentes colores. Ahora en  burbujas blancas, pezones que parecen duchas  y conductos bailarines.
Casi ha conseguido llenar el vaso. Cuando lo va a vaciar en el lavabo se sorprende a sí misma sonriéndole al espejo y bebiéndose de un trago su propia leche. No ha desayunado nada y no puede entretenerse en comprar un bocadillo, tiene que llegar a tiempo al centro de Madrid. Antes de salir del baño se lava las manos, limpia el sacaleches con una servilleta y deposita el vaso vacío en la papelera. Después  enciende el secador de aire, tira de la cadena como avisando de que va a salir, y sale con gesto de orgullo minusválido.
Aliviados sus pechos de la enorme tensión que ha sufrido durante el vuelo y reforzada gracias al reciclado de los nutrientes destinados a sus mellizos, emprende su camino hacia el autobús que la llevará al examen, convencida de que lo va a aprobar con nota. Ya son las nueve de la mañana. La prueba empieza a las diez.


Mientras tanto, en su casa de Barcelona, su madre y su suegra intentan dar por primera vez un biberón a los mellizos.  Ambas mujeres, expertas criadoras de hijos y de nietos, se miran asombradas ante el lío en el que les han metido. En realidad les parece un disparate destetar a unos lactantes de dos meses de estas maneras, de repente y sin previo aviso. Pero ambas son mujeres prácticas, sensatas, con sentido del humor y acostumbradas por la vida al “más difícil todavía”. Lo último que querrían es crear rencillas familiares diciendo lo que piensan de las madres modernas que hacen Masters a distancia mientras están embarazadas. Así que proceden, entre divertidas y nerviosas, con la misión que se les ha encomendado.  Mientras Juanita calma a los bebés poniéndoles los chupetes, Carmen acaba de hervir los biberones recién comprados, mezcla el agua caliente con los polvos de leche maternizada y los agita a fondo. Los niños se han despertado con hambre, sobre todo la niña que no para de berrear.
—Ya va, ya va. En un momento estarán a punto –los tranquiliza Carmen desde la cocina mientras coloca los dos biberones bajo el chorro de agua fría.
Apretando la tetina, se echa un chorrito de leche sobre el dorso de la mano para comprobar la temperatura y se dirige a la habitación donde se encuentran las cunas. Dos sillones orejeros esperan ansiosos. Juanita sujeta al niño con un solo brazo y lo acuna moviéndose de atrás a delante mientras sube y baja el brazo suave pero rítmicamente.
Se sienta en el sillón, coloca el niño reclinado en su regazo, le quita el chupete, agarra el biberón e intenta sustituir una tetina por la  otra. El niño chupa con fruición. Al momento está estornudando leche por la nariz, llorando y moviendo desacompasadamente brazos y piernas. Carmen lo intenta con la niña, convencida de que lo tienen que conseguir como sea, pero por otro lado arrepintiéndose de haberle inculcado tanto a su hija lo importante que eran los estudios. A ellas, que conocen todos los secretos de la crianza en tiempos mucho más duros, no se les van a resistir dos mocosos que le hacen ascos a un biberón.
Después de una hora y media, los mellizos se han tragado los 150 ml de leche  y ahora retozan abotargados en sus cunas, mientras las dos abuelas sonríen triunfantes, salen sigilosamente de la habitación y se sientan en la cocina a tomar una copita de anís para celebrar que han ganado la primera batalla. Todavía les quedan cuatro tomas más  hasta que la flamante “Máster en gestión de energías renovables”  regrese con el último puente aéreo del día.




—Por favor, dejen sus  bolsas en la entrada y enseñen su DNI a mi compañero, él les dará las hojas del examen. Como ya saben, disponen de dos horas para realizar esta primera parte. Después habrá un descanso de media hora y a continuación tendrán una hora y media para el ejercicio práctico.
              Blanca entra en el aula casi sin aliento. Ha tenido que lidiar con una máquina de bebidas que ha dejado colgando, en equilibrio inestable, el envase del zumo. Después de propinarle dos buenos empujones, el zumo ha caído al compartimento inferior. Al intentar recogerlo, la tapa le ha pillado  la mano como si se tratara de una trampa para alimañas. Ha empezado a beber el zumo multifrutas haciendo equilibrios con la bolsa, la carpeta  y el monedero, y lo ha acabado justo a tiempo para entrar en el aula junto a los últimos estudiantes. El hemiciclo está lleno. No imaginaba que hubiera tanta gente matriculada en ese postgrado. Todos esos también habrán pasado todo un año estudiando los temas en sus casas, participando en los foros sobre reciclaje, placas solares y aerogeneradores. Como ella, habrán hecho un proyecto, y, a la vez que trabajaban en sus empresas, le han robado tiempo al sueño para preparar el temido examen presencial, pensando ser los únicos con la suficiente fuerza de voluntad para conseguirlo. El aula está llena de treintañeros demasiado parecidos a ella: coleccionistas de títulos, eternos estudiantes nostálgicos de los años de universidad, que necesitan ser examinados constantemente para demostrarse lo que valen. Cuando se dirige con el examen a su sitio, no puede evitar sentirse como una oveja que es llevada al matadero cuando ella creía que era conducida a comer jugosos pastos.
Domina el tema, la primera hora y media no para de escribir. Las respuestas fluyen sin problema. Se lo va a sacar. Pero cuando se encuentra a punto de contestar a una pregunta sobre desarrollo sostenible, una oleada de calor le brota de la cintura, recorre todo su cuerpo y desemboca en un doloroso pellizco en lo más interno de sus mamas, como si le hicieran un nudo por dentro. En un minuto tiene todo el cuerpo empapado en sudor frío, y los protectores de su sujetador saturados de leche. No ha debido de sacarse la suficiente en el aeropuerto y ya casi han transcurrido las tres horas fisiológicas para la segunda toma. Todavía queda media hora. Cinco preguntas. Nunca había tenido tanto calor, tanta sed y tanta hambre. Odia el puto paraíso de la universidad, y a ese funcionario calvo que pasea por los pasillos cual carroñero saciado y aburrido. Y no hay ni una maldita profesora vigilando. Qué estarán haciendo los bebés, necesita más que nunca sus boquitas chupópteras, las manitas apoyadas en sus pechos, uno en cada teta, aliviándole, dando y absorbiendo calor.



—Ahora me toca a mí Víctor ¿verdad?
—Sí, yo cojo a Laura. Creo que están algo estreñidos. No han hecho cacas en toda la mañana —dice Juanita metiendo un dedo entre los pliegues del pañal— No sé si tendríamos que darles un poco de agua.
Las camas ya están hechas, la ropa planchada, han remendado los calcetines que tenían agujeros, y Juanita ha frotado con un trapo húmedo las hojas del ficus de la terraza mientras Carmen tendía la ropita lavada a mano de los mellizos. Una sana competencia impulsa la acción de estas dos especialistas en dar resplandor a  hogares propios y ajenos, y dos horas dan para mucho.
—Fíjate cómo duermen, se conoce que la leche de biberón les ha llenado más.
—¿Tú crees que los tendríamos que despertar? Digo, para estar sincronizadas con los horarios que Blanca ha dicho que se sacaría la leche, no vaya a ser que luego…
—No, chica. Déjalos dormir, angelitos -dice Juanita, mientras une parejas de calcetines.



A Blanca se la llevan los demonios. Ha conseguido acabar la primera parte. Se ha vaciado otra vez con el sacaleches en el baño. Esta vez ha echado la leche al retrete, y  —enfadada consigo misma por ese absurdo acto de desperdicio que rompe con todas sus ideas previas sobre lo que debería ser el reciclaje y el gasto energético— se ha dirigido al bar y ha exigido un bocata de queso. Le han mirado raro cuando ha pedido tomate en el pan. Se han llevado el bocadillo a la cocina y por fin se lo han devuelto untado con tomate frito. Se lo ha tragado en tres bocados. El queso ha bajado a trompicones por su esófago y ha aterrizado  rabioso en su estómago.
Mientras escribe el ejercicio práctico, sus jugos gástricos trabajan a destajo. El intestino ruge, se queja. Un reflujo de acidez le asciende a la boca. No le salen los números. Se rasca la cabeza. Mira al de al lado. Cómo narices se simulaba esta función en la calculadora, si lo ha hecho mil veces.
Al final, lo entiende. Pasan las dos horas. Quiere irse a su casa.




Las abuelas se ríen con el nieto mayor, que ya ha regresado del cole. El baño del avión es muy incómodo para una madre lactante. La bañerita de los niños rebosa espuma azul y dulce. Blanca respira hondo cuando le traen la comida. Los mellizos se toman sus biberones como si nada. La lechuga que le sirven en esa bandeja de plástico está como amarga. Las abuelas aguantan a los niños sin el último biberón con el fin de que a las nueve tengan hambre. Las azafatas se hacen las simpáticas. Las consuegras se toman unas judías verdes para cenar  y hablan de cosas pequeñas y reales. El taxi ya ha salido del aeropuerto. Llaman por teléfono a sus maridos y tratan de imaginar cómo estarán arreglándoselas sin ellas. Dan los pitidos de las nueve en la radio del taxi. La niña empieza a quejarse y despierta al niño. Dos biberones de agua les calman momentáneamente. Paga al taxista. Los niños lloran hambrientos. Suena el timbre y acuden las dos corriendo a abrir llevando a un niño en el brazo. La bolsa y la carpeta se caen en el recibidor. La leche desborda las burbujas. Las tuberías se colocan en sus sitios. El pellizco avisa, los protectores se humedecen. Las boquitas de vampiro se acoplan, y una reconfortante ducha de mil chorros alivia a la vez la sed de la madre y la de los hijos, mientras todos en esa casa saben a ciencia cierta que han superado el examen. 




Este relato pertenece a mi libro Hormonautas ( Editorial Nazarí). Va asociado a la hormona Prolactina: *Liberada desde la hipófisis anterior al torrente sanguíneo, en las hembras de los mamíferos regula la producción de leche desde el momento del parto hasta la finalización de la lactancia. Se rige por un sistema de retroalimentación capaz de producir leche a demanda.

jueves, 4 de mayo de 2017

Diario de una despedida ( VII )

17 junio 2013

Cuando se despierta nos abrazamos y lloramos juntas por el diagnóstico de ayer. Me dice: “Vamos a llorar ahora un poquito y así luego empezamos el día más tranquilas”.  Y al cabo de un rato: “Yo siempre he pensado que a esto de la muerte se la da demasiada importancia. Yo querría hacerlo más fácil”. “Y lo harás, mamá”- le aseguro, sorbiéndome los mocos.
Transitamos el día cuidándonos mutuamente, pues parece ser que al final ella tiene más habilidades para el consuelo que yo. Y, como siempre, lo que mejor le funciona para calmar el desasosiego es intentar tomarle el ritmo a la casa, bailar con ella, emprender  las tareas que vaya solicitando. Aunque últimamente el desorden está ganando la batalla, los objetos no acaban de saber a qué lugar pertenecen, y yo tampoco. Hacemos la comida. Seguimos con el edredón. Y después de la siesta le digo que voy a depilarle las cejas y a arreglarle el  pelo.  
Mientras le arranco pelitos de la barbilla con unas pinzas, mi madre me cuenta que recuerda cuando ella lo hacía con la suya. Esta le decía: “la última sorpresa es que te salga barba cuando te haces vieja”.  Me explica que cuando la depilaba estaba convencida de que a ella nunca le pasaría.
-¿Por qué? –le  pregunto- ¿Pensabas que morirías  joven?.
-No, simplemente pensaba que esto a mí no me ocurriría.
Sonrío y me veo a mi misma en un futuro no muy lejano. En la escena, mi hija está depilándome mientras yo le advierto de las sorpresas de la vejez.


Durante los poco más de dos meses de vida que le quedan- aunque en ese momento lo ignoramos- uno de los placeres pequeños y domésticos de los que más  disfruta consiste en que yo le arranque esos pelillos rebeldes y duros que desmienten la intuición que tuvo cuando tenía mi edad. Cada vez que procedo con el ritual me muestra su agradecimiento con gestos de satisfacción y recuerda el placer que le producía arrancarnos espinillas cuando éramos pequeñas. Yo, en cambio, no sé por qué extraña asociación, es como si notara otra vez  el agradable tirón en el cuero cabelludo que sentía cuando ella me hacía las trenzas antes de ir al  colegio.
Los recuerdos relacionados con el tacto son indelebles. Cuando intento recordar cosas de mi infancia recupero memorias sensoriales relacionadas con la piel con mucha más contundencia   que los olores o las voces. Presionar entre los dos pulgares esos puntitos negros- las espinillas- hasta que se deslizara al exterior la gotita de grasa como un trofeo, era un placer que practicábamos mutuamente las mujeres de la casa. Ahora me produce algo de grima, de la misma manera que no me gusta verme como esa pequeña salvaje que arrancaba garrapatas a los perros abandonados que adoptaba cada verano, para luego reunirlas y relamerme de gusto cuando explotaban escupiendo sangre bajo una piedra. No me acuerdo de ninguna conversación con mi padre de niña, pero sí recuerdo como si fuera ahora que  al despertarme  por la mañana me rascaba la espalda durante unos minutos. Luego, en el desayuno,  me daba un trozo de pan untado en la yema del huevo frito que él se tomaba. Yo lo consideraba un momento sagrado, la mejor manera de empezar el día.
 No puedo separar todo el proceso de la enfermedad de mi madre de lo sensorial: cómo le ayudaba a peinarse o le ponía crema hidratante, cómo paseábamos cogidas del brazo, el peso de su cuerpo siempre a punto de ser asumido por el mío. La piel, su textura, las arrugas que finalmente -a causa de los medicamentos-  hicieron su aparición en forma de delicadas turbulencias cuando sonreía. El pergamino que recubría sus rodillas y sus brazos. La deshidratación. El déficit de agua, al fin y al cabo, es la esencia biológica de la vejez.  Un  día le corté las uñas de los pies y nos las pintamos las dos (yo por primera vez en mi vida). Las suyas tenían una consistencia especialmente coriácea, eran difíciles de manipular y de cortar. Me confesó que siempre las tuvo así. Yo no tenía ni idea de ese dato. Se le notaba azorada de que yo tuviera que rebajarme a hacerlo, insistía en que lo dejara. El cuerpo de mi madre. Como si yo lo estuviera descubriendo en ese momento, como si lo asumiera o lo incorporara al mío con avidez antes de que ya no estuviera más. La manera de acercarme a ella, de demostrarle mi amor, fue descubrir y cuidar de ese cuerpo cuando  empezó a dejar de funcionar. Mientras estuvo enferma ella vivió con la idea de que nadie tenía por qué soportar el deterioro de su cuerpo, la “suciedad” derivada de su mal funcionamiento, que nos intentaba evitar con mucho disimulo. A pesar de esa  ligera desinhibición tan divertida que le sobrevino al enfermar y que le hacía llamar  “lencería fina” a las  enormes bragas de rejilla que tenía que ponerse sobre los pañales, añadió una nueva capa de dignidad  a su carácter. Se volvió muy pudorosa, trataba de ocultar los problemas relacionados con su deterioro. No nos dejaba entrar al baño, o ayudarla en la ducha. Pero al mismo tiempo se sorprendía, entre divertida y preocupada, por la experiencia de recibir unos cuidados a los que no estaba acostumbrada. Hasta ese momento había sido ella  la especialista en cuidar, en solucionar los problemas. Ese acercamiento lo abordé desde todos los sentidos, pero el tacto se situó  en una posición preponderante y poco experimentada hasta entonces. En poco tiempo me convertí en una hija besucona y sobona como nunca antes lo había sido. Una especie de falta de pudor hacia todo lo que tuviera relación con el cuidado del cuerpo, propio y  ajeno, me sobrevino con la mayor naturalidad y nadie pareció sorprenderse del cambio.


viernes, 28 de abril de 2017

Alguien voló sobre el nido




Cuando regresé con la compra, los trillizos no estaban en la cuna. En su lugar, un bebé del mismo volumen que mis tres niños juntos me miraba fijamente con su rostro abotargado. Había oído hablar de estos sucesos, pero siempre creí que se trataba de una leyenda urbana. Miré con furia a ese parásito inaudito. Me imaginé una nube de plumas saliendo del almohadón tras ejercer la presión necesaria. 
Fui volando hacia la ventana y comprobé que mis hijos yacían temblorosos al fondo del patio de luces. Mis piernas se convirtieron en musculosas garras, mi boca se transformó en una potente prensa cornea, negrísimas plumas de cuervo crecieron sobre mis brazos. Me lancé en picado hacia las tres criaturas que abrían sus bocas suplicando mi protección. Y mientras las acunaba en mi regazo, la vi de reojo asomando por una esquina. Cómo se me había ocurrido dejarle a ella las llaves de repuesto. Cómo era posible que no hubiera entendido mi negativa a quedarme con su niño mientras ella se iba de viaje. Aunque no lo hice, la promesa de sangre invitaba a agarrarla con mis garras, dejarla caer sobre una roca y picotear su cuerpo hasta saciar mis vísceras de ave de rapiña. Y así contribuir a la extinción de esa especie tan dañina: la insaciable vecina gorrona, conocida también como la hembra del cuco.  


sábado, 22 de abril de 2017

Instinto maternal

Metamorfosis , Escher

La última vez Linda adoptó una zapatilla. Eligió una azul marino, de fieltro, con un ramo de flores bordado en el empeine. Aunque la zapatilla era suya, en esa ocasión a Elena no le importó perderla. Era capaz de comprender perfectamente lo que sentía la perrita. A ella también le hubiera apetecido cuidar de algo cálido y suave y, como Linda, aislarse en la esquina de alguna habitación afe­rrada a ese objeto blando. Un peluche relleno con semi­llas de alpiste podría servir.
Compartía con el animal un completo desinterés por cualquier cosa que no fuera la observación minuciosa de todo lo que ocurriese bajo su piel: la cadencia lenta que duplicaba su corazón en el vientre y en las sienes, el tránsito sinuoso de sus fluidos por los meandros azules que la recorrían, los crujidos con los que sus vísceras confirmaban su existencia y los nuevos volúmenes que cada mañana sorprendía en los lugares más insospecha­dos de su cuerpo.
      En los anteriores embarazos psicológicos, la perra había tenido todo tipo de conductas maternales mal encauzadas, como excavar un agujero en el jardín para refugiarse y esconder a los futuros cachorros (que luego inexplicablemente se desvanecían como el humo), per­manecer junto a un cojín del mismo color ocre que su pe­laje, o mostrarse inapetente y agresiva si su retiro y sus manías no eran respetados.
Elena hizo lo posible para aliviar las mastitis de Lin­da con paños húmedos y para satisfacer sus antojos de perrita desorientada, dándole la razón en todo y mimán­dola como si en realidad fuera a parir una enorme cama­da de pastores afganos.
Tras muchos intentos, en los que Elena intervenía personalmente eligiendo a los pastores afganos de más pedigrí y alcurnia, el veterinario confirmó que la perra no se dejaba montar de ninguna manera, y la insistencia ini­cial de Elena para que le hicieran una fecundación in vitro se vio interrumpida por el éxito de su propia gestación.
Por eso, cuando se dio la coincidencia de que iba a compartir todas las vivencias de su primer y deseadí­simo embarazo con el enésimo falso embarazo de su mascota, no pudo evitar sentir por ella un afecto y una cercanía más propia de una relación entre hermanas o amigas íntimas.
Las semanas transcurrían, las venillas se ramificaban bajo la superficie traslúcida de sus pieles, la indiferencia hacia el mundo exterior aumentaba, ambas sufrían pe­queñas pérdidas de leche, y una oleada de lánguido so­por recorría sus cuerpos cada vez con más frecuencia, proporcionándoles una inaudita sensación de sosiego y de poder. Los ojos amarillos de Linda contemplando con ternura a su ama confirmaban la feliz compenetración.
El idilio continuó hasta el día que Elena tuvo que acu­dir a que le hicieran la primera ecografía.
Ella estaba convencida de que llevaba una niña. La llamaría Clara. Ya había visitado cunas y ropitas en es­timulante rosa. Ya había visualizado toda su trayectoria con ese bultito que le crecía dentro: cantándole nanas, llevándola al parque, su primer día de cole, acompañán­dola a los cumpleaños de sus amigas, siendo su confi­dente de amores despechados en la adolescencia, y hasta se había visto soltando unas lagrimitas el día de su boda con ese arquitecto tan bien plantado.
Al principio todo fue bien, aparte de un ligero ner­viosismo tras la noche de insomnio. La camilla blanca, el trapo de color verde aséptico con el que se cubrió el pubis, el sobresalto de su terso vientre ante el frío gel, la sonrisa de la ginecóloga al escuchar los latidos del cora­zón, y esa mezcla de cansancio y emoción que había in­vadido su cuerpo desde la primera falta. Pero la sonrisa de la doctora se detuvo en una mueca difícil de catalogar en cuanto la terminal que recorría su vientre mostró la primera imagen en el monitor. La doctora se disculpó y fue a buscar al jefe de su servicio, que acudió con otros dos ayudantes curiosos.
Elena supo enseguida que algo no andaba bien y en un minuto se mentalizó para asumir un embarazo múl­tiple, al fin y al cabo era un riesgo del que ya le habían avisado cuando le inyectaron los embriones. Pero lo que le dijeron, tras deliberar en un lenguaje médico incom­prensible y después de muchos paseos con la espátula electrónica alrededor de su ombligo, no estaba al alcance de su imaginación. Nadie está preparado para escuchar según qué cosas y para ella fue muy difícil aceptar que en el interior de su cuerpo estuviera creciendo algo diferen­te a su preciosa bebita sonrosada y pelona. Algo así como contra natura, le pareció oír.
Las reuniones se multiplicaron, los especialistas en consejo genético le explicaban las posibilidades, aunque confesaron no entender la causa. Una aguja larguísima perforó su blanca barriga para intentar obtener algo tan íntimo como unos cuantos cromosomas… La pala­bra “aborto” se repetía con demasiada frecuencia en las charlas con los doctores.
Tras un momento de vértigo, y sabiendo que arries­gaba su tranquilidad y su salud, Elena decidió seguir hasta el final. Tan grande había sido su deseo de ser ma­dre que no iba ahora a mostrarse remilgada y rechazar lo que el destino parecía tener reservado para ella. Los médicos no se hacían cargo de lo que pudiera ocurrir.
Elena volvió a casa. Continuó con su rutina y con su ensimismada contemplación de varices y fluidos duran­te unos meses más. Linda le hacía compañía y le confor­taba como nadie.
      El parto se desencadenó tan rápidamente que no le dio tiempo ni de salir hacia el hospital. Se tendió en el sofá ante la mirada cómplice de Linda, y acomodó al­mohadas y toallas blancas bajo sus caderas y entre las piernas abiertas. Seis tremendas contracciones. Dos por cada uno de los seres que expulsó envueltos en los restos de una telilla sanguinolenta y gris.
Linda acudió a lamerle. Primero la cara, y a conti­nuación se acercó a la zona donde estaban las toallas y se encargó de retirar, agarrándolos por la piel posterior del cuello, los tres cuerpos diminutos y peludos que su ama había parido. Cortó los cordones umbilicales, se comió la placenta, los lamió de arriba abajo y se los acercó feliz y cansada a sus dos filas de mamas que ya empezaban a gotear leche con renovado entusiasmo.


Este relato es uno de los incluidos en mi libro Hormonautas ( Editorial Nazarí). Corresponde a la hormona Progesterona: "Hormona femenina producida por los ovarios. Presente durante todo el embarazo y predominante hasta el momento en que se restablecen los ciclos menstruales tras el parto".

domingo, 16 de abril de 2017

La guarida

Duane Keiser 


Ayer visité a un amigo de adolescencia.
Me enseñó su biblioteca.
Intercambiamos títulos, acariciamos lomos, encadenamos autores. Me mostró sus flamantes adquisiciones, tersas, listas para ser catalogadas.
Cubríamos nuestros ojos alternativamente con las gafas de cerca y las de lejos, en un baile sincopado y torpe. Diminutas pirotecnias se reflejaban en las lunas de las lentes. Avanzábamos a tientas. Deja que piense, ¿cómo se llamaba ese libro? Entonces se encendía una luz y salían cuatro autores canadienses derechitos de mi boca a su oído. Otros cinco europeos en un prodigioso viaje de vuelta. Después nos sobrevenía un silencio denso, casi sagrado.
Me pasó las ediciones más preciadas como quien entrega un diamante. Yo adivinaba destellos entre las letras que avanzaban elegantes y pulcras hacia el final. Él asentía con gesto experto. Que a los dos nos hubiera gustado aquel novelón nos inundó de un extraño agradecimiento.
Una hora después salimos de la habitación con los ojos brillantes y un cansancio oxigenado. Hambrientos y algo despeinados, volvimos a nuestras vidas. Esas vidas vulgares y melancólicas,  en donde nadie conoce nuestra desaforada pasión.



sábado, 15 de abril de 2017

Diario de una despedida ( VI )

16 de junio de 2013

Salimos de casa para ir al médico a recoger  los resultados. Se ha arreglado para la ocasión (un collar y  los pendientes de perlas). Al subir al ascensor me hace notar que se ha puesto sandalias porque ya hace calor. Me doy cuenta de que se ha dejado los calcetines debajo. Se lo digo, y me contesta: “Bueno, los enfermos somos así”, con su sorna habitual.
La oncóloga le da el diagnóstico, suavizado pero firme. Parece que hay una metástasis en el cerebro, pero no saben cuál es el cáncer original, en el pecho no han encontrado nada. Justamente cuando le iban a dar el alta del cáncer de mama que tuvo hace diez años, le sale esto.  Le darán unas sesiones de radioterapia para intentar reducir las lesiones. Mi madre la mira a los ojos, serena, y le suelta: “Pues llegados a este punto, te voy a cantar una canción”. Y empieza a cantar una canción de misa que dice así: “La muerte, ¿dónde está la muerte, dónde está mi muerte, dónde su victoria?”. Creo que la oncóloga no había oído nada semejante en su larga carrera profesional. Sonríe emocionada y le dice qué ojalá ella tuviera la respuesta.
A la salida del hospital, nos cruzamos con la doctora y ésta hace como que no la ve. Le tiene demasiado cariño como para poder soportar un encuentro cara a cara informal. A mi madre no le sienta bien que no la haya saludado.

Desde el momento en que le dan el  diagnóstico, en su conversación surge muy a menudo el tema de la vejez, de lo que significa envejecer. No tanto de la muerte -aunque no lo esquiva- como de la “senilidad”. Una tarde, mientras volvíamos cogidas del brazo de dar un paseo para ir a echar la basura a los containers de la urbanización, me dijo:
-Al final, hay un momento en el que llega la senilidad -como reflexionando en voz alta- Yo he aguantado mucho tiempo autónoma y vital, pero ahora en muy poco tiempo me he convertido en una ancianita -suspiró, sin ningún atisbo de amargura.
Una mujer que era capaz de elaborar ella sola la comida de navidad para toda la familia -hijas nietos y yernos hasta sumar quince comensales- y que lo había hecho hacía unos meses por última vez, no comprende por qué ahora tiene que andar agarrada del brazo de su hija, cosa que por otro lado le encanta. Una señora que tiene la agilidad de una joven y que ,según ella, hasta entonces no conocía lo que era la sensación de cansancio, de repente está constantemente deseando meterse en la cama. Es la misma que me dice, en otro momento, con su característica sorna naïf:
Yo nunca pensé que tendría que depender de que me cuidaran los demás. Claro que ya sé que a la gente de 86 años le suelen ocurrir estas cosas. Pero no a mí. O eso creía, hasta hace poco. No tendríamos que sorprendernos tanto, la muerte forma parte de la vida. Es el final por el que todos hemos de pasar. Si no fuera por esto sería por otra cosa. Da igual.

Si vivir bien me parece una tarea dificilísima, morir bien -acercarse a la muerte con semejante naturalidad- es la lección más impresionante que me da mi madre en su recta final.  Yo la acompaño y me resisto con idéntica voluntad. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Ámbar



Se trata de dos hembras con sendos cargamentos. Una de ellas fue atrapada con 150 granos encima y la otra con 137. Supongamos que los necesitaban para criar a su prole. Supongamos.
La historia no parece un cuento de hadas.
Pero tratemos de imaginar la escena en su contexto real. Ahora: el tiempo detenido en el interior de una gota traslúcida y rubia como un caramelo. Entonces: gimnospermas y frondes de helechos bajo un cielo magenta. Al fondo un braquiosaurio señorea el pantano.
Dos ejemplares de Gymnopollisthrips minor cargadas con granos dorados de polen están a punto de llegar a su nido con el botín. Justo en la frontera entre el bosque y el lodazal una gota de resina pende indecisa del borde de una rama. Al paso de la comitiva se precipita sobre la prueba más antigua de polinización por insectos, que ahora mismo -cien millones de años después- está siendo examinada por ojos asombrados y expertos en el sincrotrón de Grenoble.
Sigue sin parecer un cuento de hadas. Pero si nos paramos a pensar en toda la tradición de huerfanitos que nos ha brindado el género, no podemos dejar de sentir una cretácica compasión por las pobres larvas que esperaban a sus mamás en ese remoto nido.
El azar puede ser un ogro, y ya sabemos que la selección natural siempre ha sido una madrastra implacable y cruel.


Este es el segundo microrrelato publicado en en número 9 de la revista Plesiosaurio. Muy agradecida de que mis insectos hayan ido a parar al sistema digestivo de semejante dinosaurio literario. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Elegía



Un piojo sobre la hoja en blanco. Humilde máquina de destrucción. Perfectamente artrópodo, con todas sus piezas articuladas y el vientre geométrico repleto de sangre.
Se debate patas arriba luchando contra el aire que lo aplasta, contra mi mirada curiosa, contra el huracán  de mi respiración. Mueve las patitas como si el mundo fuera una gran pelota y él tuviera que hacer acrobacias con ella. Consigue desplazarse un milímetro a la derecha. Se detiene para recuperar fuerzas. Parece que el peine metálico le ha perforado ligeramente el abdomen.
Mi mano escribiendo este texto pasa por encima de su cuerpo simétrico, el párrafo se acerca a su vientre agotado. Ahora ya solo mueve una pata y sus dos quelíceros minúsculos tantean el papel en busca de sangre, de mucosas, de grasa… Los caminos de la tinta lo alcanzan y le ceden el escenario de dos líneas en blanco. Levanta el vientre en un último gesto de orgullo parásito y se desploma rodeado de las palabras que yo escribo y que hablan de su muerte inocente y digna. Su cadáver viaja hacia la papelera envuelto en un sudario doméstico: un pañuelo blanco de celulosa.
Ha muerto el piojo. Nadie lo reclama, pero sus parientes no se resignan a perder esta batalla, intermitente pero feroz, que se libra en la sedosa melena de mi hija pequeña.





Este microrrelato ha sido seleccionado para el número 9 de la revista Plesiosaurio, primera revista de ficción breve peruana. Aquí 

jueves, 16 de marzo de 2017

Puzle




En algún lugar he leído que la diferencia entre un depredador y una presa consiste en que el depredador se puede permitir un fallo. Lo malo es que no sé qué turbio presentimiento vincula esta frase con lo que tengo que contar.
Pronto terminan las clases y no sé si voy a tener tiempo de aclarar el asunto que me ronda por la cabeza.
Trabajo con adolescentes. Me encantan. Me mantienen ágil. Es como si absorbiese su  sensualidad, su indolencia y su fuerza. Muchos de ellos serán de mayores oficinistas o tenderos, pero ahora todavía tienen ese algo indómito que yo necesito para vivir.
Les imparto la asignatura de biología. Les suele gustar, sobre todo la genética. También doy una asignatura opcional sobre reproducción y sexualidad, que algunos en sus dossiers titulan “Sexología”. Todos se quieren apuntar. No sé qué deben esperar, pero no tardan en darse cuenta de que en realidad trabajo a partir de sus opiniones y experiencias, aportándoles conocimientos teóricos a medida que los demandan. O eso quiero creer.
Los adolescentes no son tan terribles como los pintan. No son más que un embrión de los adultos que serán, expresándose sin nada que perder. Disfrazados casi siempre de algo distinto a su naturaleza. Según mi teoría los más indomables son lo que pasan desapercibidos, y en cambio los que pretenden destacar con tatuajes y exabruptos son los más convencionales, y serán los adultos más mediocres.
La que me preocupa es Ana, una de las alumnas discretas.
Ayer me enteré por casualidad de que no irá a una salida programada porque sufre ataques de ansiedad. Lo archivé como un dato más.
Nuestro trabajo se parece un poco al de un detective. Se trata, muchas veces, de recopilar intuiciones, datos, miradas…dejarlos decantar, y si se observan de  manera desenfocada  puede surgir el dibujo de un puzle incompleto en el  que se empieza a adivinar una figura oculta.
Esto es lo que me está ocurriendo con Ana.
Hace dos semanas estuvimos hablando en clase sobre el abuso sexual en menores. Les conté que había leído un relato en el que un padre “juega” en la bañera con su hija enseñándole su “tortuguita”. La niña dibuja un pene en erección cuando le piden en el colegio que dibuje una tortuga. Cuando le preguntan responde que es la tortuguita de su papá, con toda naturalidad.
Les expliqué que ese mismo día había visto en el metro a un padre con una niña de unos cinco años. El papá se mostraba muy cariñoso con su hija y le prodigaba muchos besos y caricias.
La pregunta que les planteé es si les parecía que es posible, en un abuso en el que no haya violencia, que el niño se lo pueda tomar como un juego y que sea inocuo para él hasta el momento en el que los adultos que lo descubran se alarmen y le transmitan el trauma, o si por el contrario pensaban que siempre hay secuelas porque el niño percibe de alguna manera la intención perversa del adulto.
Les pregunté dónde estaba el límite, porque al fin y al cabo el padre cariñoso también disfrutaba con la niña. ¿Era cultural o era objetivamente malo?
La mayoría, Ana entre ellos, me contestaron que no era cultural, que no es lo mismo jugar con un codo que con los genitales, que un niño no está preparado para comprender la sexualidad de un adulto, y que siempre hacía daño, aunque el niño no lo supiera en ese momento. Que los niños no pueden recibir abusos de quienes se supone les tienen que proteger.
También se planteó por qué el tratamiento es diferente según el género. Un niño es “iniciado” en el sexo: un suertudo. Una niña es abusada sexualmente: una desgracia.
Recuerdo que Ana insistió en que todo esto deja una lacra de por vida.
Ayer empezamos otro tema. Al final de la clase, Ana se acercó a preguntarme en privado si íbamos a seguir hablando del  abuso a menores. Le dije que creía que ya habíamos hablado lo suficiente. Inmediatamente me sentí incómoda.
En cuanto salí  por la puerta las piezas del puzle volaron por los aires y se dispusieron a ocupar sus posiciones lentamente.

No sé si hoy tendré  la oportunidad de hablar con Ana y averiguar algún dato de su biografía que confirme mi intuición.






 Este es uno de los textos ( en su versión en castellano) incluidos en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel. 


jueves, 9 de marzo de 2017

El caparazón de los escarabajos

Encabezamiento diseñado por la revista Tales literary, donde se publicó la crónica


Mendips 


Al terminar la visita, justo antes de salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny Lane  -que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour- y los campos de fresas situados tras la  casa que dieron nombre a la canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto  a unos desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con la mano izquierda.


Vestíbulo de Mendips

La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles de  buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina. Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto necesario para que germinase el talento del chico más indómito del barrio. 
El puzle se va armando con pequeños apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente, atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas. Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul McCartney.

El patio trasero de la casa de la tía Mimi



20 Forthlin Road


La construcción de suburbios es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales ciudades inglesas asoladas por el Blitz. Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas, clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K. Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona el centro de todas las cosas y la meta del viaje”. 


Fachada de la casa de Paul 

Esta vez la guía se llama Sylvia, y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos enseñó la casa del otro Beatle. Se nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros. Aunque la adolescencia es la edad de la inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera entre la vida y la muerte es tan frágil como la membrana de una burbuja de jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.






Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison (mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager, y otros miembros que pasaron por el grupo sin cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio,  parecidos a ellos, que vivieron en los suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una, solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de un universo. Lennon and McCartney, además de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf  en Street Haunting.





                    “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño…Pero aún así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos”  Bill Bryson  En casa











Hace ahora un año tuve la suerte de que la revista de relatos Tales Literary ( que recomiendo desde aquí) publicara, en su sección "¿ Viajas?" esta crónica que escribí al volver de un viaje a  Liverpool acompañada de Beatriz Alonso. Ojalá os guste a los que la leáis ahora.