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sábado, 22 de abril de 2017

Instinto maternal

Metamorfosis , Escher

La última vez Linda adoptó una zapatilla. Eligió una azul marino, de fieltro, con un ramo de flores bordado en el empeine. Aunque la zapatilla era suya, en esa ocasión a Elena no le importó perderla. Era capaz de comprender perfectamente lo que sentía la perrita. A ella también le hubiera apetecido cuidar de algo cálido y suave y, como Linda, aislarse en la esquina de alguna habitación afe­rrada a ese objeto blando. Un peluche relleno con semi­llas de alpiste podría servir.
Compartía con el animal un completo desinterés por cualquier cosa que no fuera la observación minuciosa de todo lo que ocurriese bajo su piel: la cadencia lenta que duplicaba su corazón en el vientre y en las sienes, el tránsito sinuoso de sus fluidos por los meandros azules que la recorrían, los crujidos con los que sus vísceras confirmaban su existencia y los nuevos volúmenes que cada mañana sorprendía en los lugares más insospecha­dos de su cuerpo.
      En los anteriores embarazos psicológicos, la perra había tenido todo tipo de conductas maternales mal encauzadas, como excavar un agujero en el jardín para refugiarse y esconder a los futuros cachorros (que luego inexplicablemente se desvanecían como el humo), per­manecer junto a un cojín del mismo color ocre que su pe­laje, o mostrarse inapetente y agresiva si su retiro y sus manías no eran respetados.
Elena hizo lo posible para aliviar las mastitis de Lin­da con paños húmedos y para satisfacer sus antojos de perrita desorientada, dándole la razón en todo y mimán­dola como si en realidad fuera a parir una enorme cama­da de pastores afganos.
Tras muchos intentos, en los que Elena intervenía personalmente eligiendo a los pastores afganos de más pedigrí y alcurnia, el veterinario confirmó que la perra no se dejaba montar de ninguna manera, y la insistencia ini­cial de Elena para que le hicieran una fecundación in vitro se vio interrumpida por el éxito de su propia gestación.
Por eso, cuando se dio la coincidencia de que iba a compartir todas las vivencias de su primer y deseadí­simo embarazo con el enésimo falso embarazo de su mascota, no pudo evitar sentir por ella un afecto y una cercanía más propia de una relación entre hermanas o amigas íntimas.
Las semanas transcurrían, las venillas se ramificaban bajo la superficie traslúcida de sus pieles, la indiferencia hacia el mundo exterior aumentaba, ambas sufrían pe­queñas pérdidas de leche, y una oleada de lánguido so­por recorría sus cuerpos cada vez con más frecuencia, proporcionándoles una inaudita sensación de sosiego y de poder. Los ojos amarillos de Linda contemplando con ternura a su ama confirmaban la feliz compenetración.
El idilio continuó hasta el día que Elena tuvo que acu­dir a que le hicieran la primera ecografía.
Ella estaba convencida de que llevaba una niña. La llamaría Clara. Ya había visitado cunas y ropitas en es­timulante rosa. Ya había visualizado toda su trayectoria con ese bultito que le crecía dentro: cantándole nanas, llevándola al parque, su primer día de cole, acompañán­dola a los cumpleaños de sus amigas, siendo su confi­dente de amores despechados en la adolescencia, y hasta se había visto soltando unas lagrimitas el día de su boda con ese arquitecto tan bien plantado.
Al principio todo fue bien, aparte de un ligero ner­viosismo tras la noche de insomnio. La camilla blanca, el trapo de color verde aséptico con el que se cubrió el pubis, el sobresalto de su terso vientre ante el frío gel, la sonrisa de la ginecóloga al escuchar los latidos del cora­zón, y esa mezcla de cansancio y emoción que había in­vadido su cuerpo desde la primera falta. Pero la sonrisa de la doctora se detuvo en una mueca difícil de catalogar en cuanto la terminal que recorría su vientre mostró la primera imagen en el monitor. La doctora se disculpó y fue a buscar al jefe de su servicio, que acudió con otros dos ayudantes curiosos.
Elena supo enseguida que algo no andaba bien y en un minuto se mentalizó para asumir un embarazo múl­tiple, al fin y al cabo era un riesgo del que ya le habían avisado cuando le inyectaron los embriones. Pero lo que le dijeron, tras deliberar en un lenguaje médico incom­prensible y después de muchos paseos con la espátula electrónica alrededor de su ombligo, no estaba al alcance de su imaginación. Nadie está preparado para escuchar según qué cosas y para ella fue muy difícil aceptar que en el interior de su cuerpo estuviera creciendo algo diferen­te a su preciosa bebita sonrosada y pelona. Algo así como contra natura, le pareció oír.
Las reuniones se multiplicaron, los especialistas en consejo genético le explicaban las posibilidades, aunque confesaron no entender la causa. Una aguja larguísima perforó su blanca barriga para intentar obtener algo tan íntimo como unos cuantos cromosomas… La pala­bra “aborto” se repetía con demasiada frecuencia en las charlas con los doctores.
Tras un momento de vértigo, y sabiendo que arries­gaba su tranquilidad y su salud, Elena decidió seguir hasta el final. Tan grande había sido su deseo de ser ma­dre que no iba ahora a mostrarse remilgada y rechazar lo que el destino parecía tener reservado para ella. Los médicos no se hacían cargo de lo que pudiera ocurrir.
Elena volvió a casa. Continuó con su rutina y con su ensimismada contemplación de varices y fluidos duran­te unos meses más. Linda le hacía compañía y le confor­taba como nadie.
      El parto se desencadenó tan rápidamente que no le dio tiempo ni de salir hacia el hospital. Se tendió en el sofá ante la mirada cómplice de Linda, y acomodó al­mohadas y toallas blancas bajo sus caderas y entre las piernas abiertas. Seis tremendas contracciones. Dos por cada uno de los seres que expulsó envueltos en los restos de una telilla sanguinolenta y gris.
Linda acudió a lamerle. Primero la cara, y a conti­nuación se acercó a la zona donde estaban las toallas y se encargó de retirar, agarrándolos por la piel posterior del cuello, los tres cuerpos diminutos y peludos que su ama había parido. Cortó los cordones umbilicales, se comió la placenta, los lamió de arriba abajo y se los acercó feliz y cansada a sus dos filas de mamas que ya empezaban a gotear leche con renovado entusiasmo.


Este relato es uno de los incluidos en mi libro Hormonautas ( Editorial Nazarí). Corresponde a la hormona Progesterona: "Hormona femenina producida por los ovarios. Presente durante todo el embarazo y predominante hasta el momento en que se restablecen los ciclos menstruales tras el parto".

domingo, 16 de abril de 2017

La guarida

Duane Keiser 


Ayer visité a un amigo de adolescencia.
Me enseñó su biblioteca.
Intercambiamos títulos, acariciamos lomos, encadenamos autores. Me mostró sus flamantes adquisiciones, tersas, listas para ser catalogadas.
Cubríamos nuestros ojos alternativamente con las gafas de cerca y las de lejos, en un baile sincopado y torpe. Diminutas pirotecnias se reflejaban en las lunas de las lentes. Avanzábamos a tientas. Deja que piense, ¿cómo se llamaba ese libro? Entonces se encendía una luz y salían cuatro autores canadienses derechitos de mi boca a su oído. Otros cinco europeos en un prodigioso viaje de vuelta. Después nos sobrevenía un silencio denso, casi sagrado.
Me pasó las ediciones más preciadas como quien entrega un diamante. Yo adivinaba destellos entre las letras que avanzaban elegantes y pulcras hacia el final. Él asentía con gesto experto. Que a los dos nos hubiera gustado aquel novelón nos inundó de un extraño agradecimiento.
Una hora después salimos de la habitación con los ojos brillantes y un cansancio oxigenado. Hambrientos y algo despeinados, volvimos a nuestras vidas. Esas vidas vulgares y melancólicas,  en donde nadie conoce nuestra desaforada pasión.



sábado, 15 de abril de 2017

Diario de una despedida ( VI )

16 de junio de 2013

Salimos de casa para ir al médico a recoger  los resultados. Se ha arreglado para la ocasión (un collar y  los pendientes de perlas). Al subir al ascensor me hace notar que se ha puesto sandalias porque ya hace calor. Me doy cuenta de que se ha dejado los calcetines debajo. Se lo digo, y me contesta: “Bueno, los enfermos somos así”, con su sorna habitual.
La oncóloga le da el diagnóstico, suavizado pero firme. Parece que hay una metástasis en el cerebro, pero no saben cuál es el cáncer original, en el pecho no han encontrado nada. Justamente cuando le iban a dar el alta del cáncer de mama que tuvo hace diez años, le sale esto.  Le darán unas sesiones de radioterapia para intentar reducir las lesiones. Mi madre la mira a los ojos, serena, y le suelta: “Pues llegados a este punto, te voy a cantar una canción”. Y empieza a cantar una canción de misa que dice así: “La muerte, ¿dónde está la muerte, dónde está mi muerte, dónde su victoria?”. Creo que la oncóloga no había oído nada semejante en su larga carrera profesional. Sonríe emocionada y le dice qué ojalá ella tuviera la respuesta.
A la salida del hospital, nos cruzamos con la doctora y ésta hace como que no la ve. Le tiene demasiado cariño como para poder soportar un encuentro cara a cara informal. A mi madre no le sienta bien que no la haya saludado.

Desde el momento en que le dan el  diagnóstico, en su conversación surge muy a menudo el tema de la vejez, de lo que significa envejecer. No tanto de la muerte -aunque no lo esquiva- como de la “senilidad”. Una tarde, mientras volvíamos cogidas del brazo de dar un paseo para ir a echar la basura a los containers de la urbanización, me dijo:
-Al final, hay un momento en el que llega la senilidad -como reflexionando en voz alta- Yo he aguantado mucho tiempo autónoma y vital, pero ahora en muy poco tiempo me he convertido en una ancianita -suspiró, sin ningún atisbo de amargura.
Una mujer que era capaz de elaborar ella sola la comida de navidad para toda la familia -hijas nietos y yernos hasta sumar quince comensales- y que lo había hecho hacía unos meses por última vez, no comprende por qué ahora tiene que andar agarrada del brazo de su hija, cosa que por otro lado le encanta. Una señora que tiene la agilidad de una joven y que ,según ella, hasta entonces no conocía lo que era la sensación de cansancio, de repente está constantemente deseando meterse en la cama. Es la misma que me dice, en otro momento, con su característica sorna naïf:
Yo nunca pensé que tendría que depender de que me cuidaran los demás. Claro que ya sé que a la gente de 86 años le suelen ocurrir estas cosas. Pero no a mí. O eso creía, hasta hace poco. No tendríamos que sorprendernos tanto, la muerte forma parte de la vida. Es el final por el que todos hemos de pasar. Si no fuera por esto sería por otra cosa. Da igual.

Si vivir bien me parece una tarea dificilísima, morir bien -acercarse a la muerte con semejante naturalidad- es la lección más impresionante que me da mi madre en su recta final.  Yo la acompaño y me resisto con idéntica voluntad. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Ámbar



Se trata de dos hembras con sendos cargamentos. Una de ellas fue atrapada con 150 granos encima y la otra con 137. Supongamos que los necesitaban para criar a su prole. Supongamos.
La historia no parece un cuento de hadas.
Pero tratemos de imaginar la escena en su contexto real. Ahora: el tiempo detenido en el interior de una gota traslúcida y rubia como un caramelo. Entonces: gimnospermas y frondes de helechos bajo un cielo magenta. Al fondo un braquiosaurio señorea el pantano.
Dos ejemplares de Gymnopollisthrips minor cargadas con granos dorados de polen están a punto de llegar a su nido con el botín. Justo en la frontera entre el bosque y el lodazal una gota de resina pende indecisa del borde de una rama. Al paso de la comitiva se precipita sobre la prueba más antigua de polinización por insectos, que ahora mismo -cien millones de años después- está siendo examinada por ojos asombrados y expertos en el sincrotrón de Grenoble.
Sigue sin parecer un cuento de hadas. Pero si nos paramos a pensar en toda la tradición de huerfanitos que nos ha brindado el género, no podemos dejar de sentir una cretácica compasión por las pobres larvas que esperaban a sus mamás en ese remoto nido.
El azar puede ser un ogro, y ya sabemos que la selección natural siempre ha sido una madrastra implacable y cruel.


Este es el segundo microrrelato publicado en en número 9 de la revista Plesiosaurio. Muy agradecida de que mis insectos hayan ido a parar al sistema digestivo de semejante dinosaurio literario. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Elegía



Un piojo sobre la hoja en blanco. Humilde máquina de destrucción. Perfectamente artrópodo, con todas sus piezas articuladas y el vientre geométrico repleto de sangre.
Se debate patas arriba luchando contra el aire que lo aplasta, contra mi mirada curiosa, contra el huracán  de mi respiración. Mueve las patitas como si el mundo fuera una gran pelota y él tuviera que hacer acrobacias con ella. Consigue desplazarse un milímetro a la derecha. Se detiene para recuperar fuerzas. Parece que el peine metálico le ha perforado ligeramente el abdomen.
Mi mano escribiendo este texto pasa por encima de su cuerpo simétrico, el párrafo se acerca a su vientre agotado. Ahora ya solo mueve una pata y sus dos quelíceros minúsculos tantean el papel en busca de sangre, de mucosas, de grasa… Los caminos de la tinta lo alcanzan y le ceden el escenario de dos líneas en blanco. Levanta el vientre en un último gesto de orgullo parásito y se desploma rodeado de las palabras que yo escribo y que hablan de su muerte inocente y digna. Su cadáver viaja hacia la papelera envuelto en un sudario doméstico: un pañuelo blanco de celulosa.
Ha muerto el piojo. Nadie lo reclama, pero sus parientes no se resignan a perder esta batalla, intermitente pero feroz, que se libra en la sedosa melena de mi hija pequeña.





Este microrrelato ha sido seleccionado para el número 9 de la revista Plesiosaurio, primera revista de ficción breve peruana. Aquí 

jueves, 16 de marzo de 2017

Puzle




En algún lugar he leído que la diferencia entre un depredador y una presa consiste en que el depredador se puede permitir un fallo. Lo malo es que no sé qué turbio presentimiento vincula esta frase con lo que tengo que contar.
Pronto terminan las clases y no sé si voy a tener tiempo de aclarar el asunto que me ronda por la cabeza.
Trabajo con adolescentes. Me encantan. Me mantienen ágil. Es como si absorbiese su  sensualidad, su indolencia y su fuerza. Muchos de ellos serán de mayores oficinistas o tenderos, pero ahora todavía tienen ese algo indómito que yo necesito para vivir.
Les imparto la asignatura de biología. Les suele gustar, sobre todo la genética. También doy una asignatura opcional sobre reproducción y sexualidad, que algunos en sus dossiers titulan “Sexología”. Todos se quieren apuntar. No sé qué deben esperar, pero no tardan en darse cuenta de que en realidad trabajo a partir de sus opiniones y experiencias, aportándoles conocimientos teóricos a medida que los demandan. O eso quiero creer.
Los adolescentes no son tan terribles como los pintan. No son más que un embrión de los adultos que serán, expresándose sin nada que perder. Disfrazados casi siempre de algo distinto a su naturaleza. Según mi teoría los más indomables son lo que pasan desapercibidos, y en cambio los que pretenden destacar con tatuajes y exabruptos son los más convencionales, y serán los adultos más mediocres.
La que me preocupa es Ana, una de las alumnas discretas.
Ayer me enteré por casualidad de que no irá a una salida programada porque sufre ataques de ansiedad. Lo archivé como un dato más.
Nuestro trabajo se parece un poco al de un detective. Se trata, muchas veces, de recopilar intuiciones, datos, miradas…dejarlos decantar, y si se observan de  manera desenfocada  puede surgir el dibujo de un puzle incompleto en el  que se empieza a adivinar una figura oculta.
Esto es lo que me está ocurriendo con Ana.
Hace dos semanas estuvimos hablando en clase sobre el abuso sexual en menores. Les conté que había leído un relato en el que un padre “juega” en la bañera con su hija enseñándole su “tortuguita”. La niña dibuja un pene en erección cuando le piden en el colegio que dibuje una tortuga. Cuando le preguntan responde que es la tortuguita de su papá, con toda naturalidad.
Les expliqué que ese mismo día había visto en el metro a un padre con una niña de unos cinco años. El papá se mostraba muy cariñoso con su hija y le prodigaba muchos besos y caricias.
La pregunta que les planteé es si les parecía que es posible, en un abuso en el que no haya violencia, que el niño se lo pueda tomar como un juego y que sea inocuo para él hasta el momento en el que los adultos que lo descubran se alarmen y le transmitan el trauma, o si por el contrario pensaban que siempre hay secuelas porque el niño percibe de alguna manera la intención perversa del adulto.
Les pregunté dónde estaba el límite, porque al fin y al cabo el padre cariñoso también disfrutaba con la niña. ¿Era cultural o era objetivamente malo?
La mayoría, Ana entre ellos, me contestaron que no era cultural, que no es lo mismo jugar con un codo que con los genitales, que un niño no está preparado para comprender la sexualidad de un adulto, y que siempre hacía daño, aunque el niño no lo supiera en ese momento. Que los niños no pueden recibir abusos de quienes se supone les tienen que proteger.
También se planteó por qué el tratamiento es diferente según el género. Un niño es “iniciado” en el sexo: un suertudo. Una niña es abusada sexualmente: una desgracia.
Recuerdo que Ana insistió en que todo esto deja una lacra de por vida.
Ayer empezamos otro tema. Al final de la clase, Ana se acercó a preguntarme en privado si íbamos a seguir hablando del  abuso a menores. Le dije que creía que ya habíamos hablado lo suficiente. Inmediatamente me sentí incómoda.
En cuanto salí  por la puerta las piezas del puzle volaron por los aires y se dispusieron a ocupar sus posiciones lentamente.

No sé si hoy tendré  la oportunidad de hablar con Ana y averiguar algún dato de su biografía que confirme mi intuición.






 Este es uno de los textos ( en su versión en castellano) incluidos en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrito a cuatro manos con Jordi de Manuel. 


jueves, 9 de marzo de 2017

El caparazón de los escarabajos

Encabezamiento diseñado por la revista Tales literary, donde se publicó la crónica


Mendips 


Al terminar la visita, justo antes de salir definitivamente de la casa, la guía nos invita a cantar In my life en el vestíbulo de Mendips, la casa donde vivió su infancia y adolescencia John Lennon. Con el recuerdo todavía fresco de la calle Penny Lane  -que acabamos de ver viniendo en el autocar del tour- y los campos de fresas situados tras la  casa que dieron nombre a la canción Strawberry fields forever, prolongamos la inaudita sensación de localizar en un espacio físico concreto las canciones de los Beatles. Cantamos, con algo de emoción y bastante de desafino, sobre los lugares que siempre recordarían y amarían Lennon y McCartney, apretujadas junto  a unos desconocidos en el diminuto hall con baldosas de tablero de ajedrez. El único lugar que Mimi cedía al larguirucho de su sobrino para que ensayara con Paul, ese amigo suyo tan bien educado que tocaba la guitarra con la mano izquierda.


Vestíbulo de Mendips

La guía, Myriam, es una mujer madura, una lady encantadora y entusiasta. Aproximadamente a la mitad de la visita nos confiesa que ella solía frecuentar esa casa cuando era una niña. Junto a sus amigas, llamaban a la puerta y espiaban por la ventana. Formaban parte de ese ejército de fans de los Beatles que tan nerviosa ponía a la tía Mimi. Nunca los vio actuar juntos porque era demasiado pequeña para ir a un concierto (su hermana mayor, en cambio, sí lo hizo), pero más adelante vio a Ringo y a Paul en solitario, nos cuenta con los ojos brillantes. Quién le iba a decir a ella que un día sería la encargada de enseñar, a los turistas que quisieran conocer el entorno doméstico de su adorado John, la casa que Yoko Ono compró y donó a la National Trust. Una casa unifamiliar coqueta y elegante, decorada con detalles de  buen gusto, en la que se percibe la mano y la dedicación de una concienzuda ama de casa. Cuando Myriam nos enseña la bicicleta apoyada en la pared del patio, las vidrieras de estilo art nouveau, las tacitas de porcelana de la salita, los posters de pin ups de la habitación de John, las fotos de cuando era niño ( so cute!) … lo hace con tanto cariño que una piensa que podría tratarse perfectamente de su prima hermana, o su primera novia. Impresiona recorrer los espacios donde se gestó la personalidad de un individuo tan creativo, sobre todo porque se trata de un entorno estructurado y planificado hasta el último detalle. Y es que la casa emana una contundente atmósfera de calma y orden, de solidez y disciplina. Todavía se puede respirar la rectitud y las buenas maneras que la tía Mimi trató de inculcar al sobrino que crió como a un hijo y al que sobrevivió once años. Quizás el tío George, que ejercía de “poli bueno”, fue el contrapunto necesario para que germinase el talento del chico más indómito del barrio. 
El puzle se va armando con pequeños apuntes sobre su biografía, que Myriam dosifica a medida que recorremos las estancias: la temprana separación de sus padres, la decisión de que viviera con el matrimonio de sus tíos, la muerte súbita de su tío George y el atropello mortal que sufrió Julia, la madre de John, frente a Mendips tras una visita para tomar el té con su hermana cuando John tenía dieciocho años.
Los libros leídos, el reportaje sobre Cynthia, el disco blanco al completo, los acordes a la guitarra de Norwegian wood... y el resto de mi adolescencia desfilan por mi mente, atropellándose, mientras Beatriz deja una dedicatoria en el libro de visitas. Cantamos In my life con el fervor con el que se entona un himno, y a continuación nos subimos al minibús para dirigirnos -atravesando calles pespunteadas por árboles que estallan en flores- a la casa de Paul McCartney.

El patio trasero de la casa de la tía Mimi



20 Forthlin Road


La construcción de suburbios es el gran invento urbanístico que sirvió para reconstruir las principales ciudades inglesas asoladas por el Blitz. Con sus pequeños jardines y sus baños en el interior, las casas propician un confort y una sensación de hogar muy apetecible tras vivir el espanto de los bombardeos y la postguerra. Todas las familias, a finales de los años 40, quieren una casa en los suburbios. También los padres de Paul. Todas son muy parecidas, clones intercambiables, bloques que se repiten con la monotonía de los uniformes. La de Paul McCartney nos puede parecer especial, pero como dice G.K. Chesterson: “Todas y cada una de esas casas son el centro del mundo. No hay una sola de esos millones de casas que no haya parecido alguna vez a alguna persona el centro de todas las cosas y la meta del viaje”. 


Fachada de la casa de Paul 

Esta vez la guía se llama Sylvia, y en un concurso de encanto natural conseguiría empatar con Myriam, la que nos enseñó la casa del otro Beatle. Se nota que han superado el mismo tipo de selección. Sobresaliente en elocuencia y calidez. Sus palabras nos hacen ver a Paul trajinando por la casa, ensayando con John en el comedor mientras su padre trabaja, sesteando en su habitación…pero también descubrimos a su hermano menor. Mike, el fotógrafo, al que Paul cede la habitación más grande para que pueda trabajar con sus negativos. Y es precisamente a través de las fotografías de un Mike adolescente (y de la colaboración posterior de ambos hermanos) como se ha podido reproducir el ambiente de cada una de las habitaciones. Algunas fotografías en blanco y negro están colgadas en los espacios donde se hicieron, creando un fascinante juego de espejos. En ellas se puede observar cómo eran los papeles que cubrían las paredes de la salita (una pared de cada estilo), la cocina, la alfombra, el piano y varios rincones que asoman tras las instantáneas hechas a su hermano en esta misma casa. Sylvia nos enseña, con indisimulado orgullo de guía vocacional, el teléfono que le fue facilitado a Mary -la madre de Paul- por el hecho de ser comadrona. Mary solamente pudo disfrutar de la casa durante un año tras la mudanza. Murió de un cáncer de pecho cuando Paul tenía catorce años. Otra orfandad temprana. Me percato de que esta crónica se me está llenando de cadáveres prematuros. Aunque la adolescencia es la edad de la inmortalidad, los dos Beatles más carismáticos han recibido ya el zarpazo de una pérdida terrible cuando comienzan a componer las canciones más efervescentes de su época. De alguna premonitoria manera sabían que la frontera entre la vida y la muerte es tan frágil como la membrana de una burbuja de jabón. Lo mismo que la locura de los que se otorgan el poder de romperla.






Al día siguiente conoceremos The cavern, el local situado en el centro de la ciudad en el que tocaban los Beatles en su primera época. Allí se hacen presentes los otros dos componentes de la banda: Ringo Starr y George Harrison (mi favorito). También aparece Brian Epstein, su mánager, y otros miembros que pasaron por el grupo sin cuajar. Además de otros muchos grupos que nos miran desde las fotografías llenas de dedicatorias. Bandas de chicos de barrio,  parecidos a ellos, que vivieron en los suburbios o cerca del muelle, que irían a un instituto cercano y que vivían vidas con la misma mezcla de maravilla y drama que las suyas. Como ocurre en el interior de todas las casas. Vidas minúsculas pero a la vez grandiosas. Pero solo ellos cuatro fueron los Beatles. Solo ellos vivieron mil vidas en una, solo ellos produjeron una implosión de creatividad semejante al nacimiento de un universo. Lennon and McCartney, además de firmar juntos las canciones y de sus cacareadas diferencias, han tenido la deferencia unánime de mostrarnos el escenario de sus vidas embrionarias, el interior de sus casas, esas “envolturas en forma de caparazón que nuestras almas han excretado para alojarse, para fabricarse a sí mismas una figura diferente de las otras” según la bella metáfora que dibuja Virginia Woolf  en Street Haunting.





                    “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar virtualmente cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño…Pero aún así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas y reconocemos la vida hogareña en el momento que las vemos”  Bill Bryson  En casa











Hace ahora un año tuve la suerte de que la revista de relatos Tales Literary ( que recomiendo desde aquí) publicara, en su sección "¿ Viajas?" esta crónica que escribí al volver de un viaje a  Liverpool acompañada de Beatriz Alonso. Ojalá os guste a los que la leáis ahora. 



                       

jueves, 2 de marzo de 2017

Alumnología



Y. Salazar 


Levantó la mano y dijo, con pasmosa naturalidad, que él sabía que el páncreas era lo primero que se pudría en el cuerpo. Que lo sabía porque se lo explicó el médico cuando estuvo en la autopsia de su tío.
Creo recordar que estábamos estudiando Metabolismo. Una clase más de biología de segundo de bachillerato. Comentábamos algo sobre las hormonas pancreáticas que regulan el nivel de azúcar en la sangre. De repente, la clase de ciencias había terminado. Nadie quería saber nada más sobre la regulación de la glucemia. Como una hidra de mil cabezas sus compañeros le miraron componiendo un enorme interrogante entre las cejas y las bocas. ¿Cómo que la autopsia de tu tío?
Explicó que cuando vivía en Colombia, cuatro años atrás, un día le avisaron por teléfono de que habían robado y asesinado a su tío. Pedían que un familiar cercano se acercara a reconocer el cadáver. Él era el único en casa en ese momento. Imposible avisar a sus padres, nadie tenía móvil por aquel entonces. Iría él.
La Morgue estaba en un callejón inhóspito de un barrio peligroso. Era una única habitación, sin recibidor. Un cubículo en el que el médico ya había empezado la autopsia. Cuando abrió y vio a un chico de catorce años en la puerta prefirió dejarlo pasar antes que arriesgarse a que él también fuera atacado en la calle mientras esperaban a algún adulto de la familia. Entró. Lo reconoció. Y se quedó a observar el resto del procedimiento. Cuando preguntó de dónde procedía ese olor hediondo el médico le dijo que era el páncreas.
Los demás alumnos de la clase lo miraban como si alguien hubiera rasgado el suelo del aula y les separase un abismo abierto ante sus pies. Le interrogaron, le pidieron detalles sobre su reacción, sobre la de sus padres. Con la mansedumbre de quien no se altera ya con casi nada, les iba contestando. Como si le quitase importancia al asunto, como si quisiera seguir hablando de las hormonas del páncreas.
Al terminar la clase se quedó a charlar un rato conmigo. Me mostró una cicatriz muy fea en su hombro, resultado de una pelea callejera de esa misma época. Esa herida, fruto de sus devaneos pandilleros, y el episodio de su tío acabaron por decidir a sus padres. Lo dejaron todo y se vinieron para acá.
Tres años después de recibir por primera vez en mi clase de cuarto a aquel alumno tranquilo e inteligente, me enseñaba sus cicatrices.  




La hermandad de las cazadoras de hombres


Andrea proclama que ella es una “hombreriega”. Suena raro pero no encuentra otra palabra.
A la salida del Museo de Tecnología que acaba de visitar con los de su clase no tiene ningún empacho en gritar ¡menudo pibón! cuando pasa un tipo que le mola, y  saludarle con gestos muy elocuentes.
Ella y sus amigas quieren emular a los hombres y acumular ligues para luego contarlo. Cuarenta novios es su objetivo. Si ellos pueden ellas también. Y solo tienen trece años, toda una vida por delante para conseguir su propósito.
Ahora, en el descanso que los profes les dan para comer en una plaza, se contonean y bailan canciones emitidas por unos micro-altavoces que llevan conectados a un mp3.
Ella, Karla, Sandra y Nicole -dinamita pura las cuatro- rodean a Oscar y lo colocan en el medio de su abrazo bamboleante, haciendo que su cabeza vaya a parar justo en el centro del escote colectivo. Oscar, que parece dos años menor,  vira al rojo y parece como si menguara aun más. Huye del abrazo sabrosón y se refugia en el grupo de los que juegan a la pelota, todavía incandescente por un rato.
Después intercambiarán facebooks con unos chavales desconocidos que acuden con monopatín al llamado de las feromonas de las chicas, sin sospechar que no son más que candidatos a ser otros insectos  atrapados en la telaraña que han tejido las “miembras” de la hermandad.



Mary Ann 

Ahora están mejor, sí, aunque como el piso es muy antiguo hay bastantes cucarachas, explica mientras sonríe con dulzura. Han avisado al ayuntamiento, pero no hay respuesta.
Peor era cuando vivían los cuatro en aquella habitación así de pequeña, tamaño que me muestra  abarcando con sus brazos una esquina del aula. Y todavía  peor cuando llegaron y aquel conocido de su padre que les había prometido alojarles durante un mes los echó  a la calle el segundo día. Solo se acuerda de que caminaron muchas horas por Barcelona. Era de noche.  No se acuerda de cómo lo hicieron, pero al final llegaron hasta aquí y se sentaron en las escaleras que hay delante del mercado. Estaba bastante oscuro aunque aún no era noche cerrada -recuerda- cuando otros nigerianos los vieron y uno de ellos les invitó a dormir en su piso. Luego fue lo de la habitación y  más adelante, al nacer su hermanita, se mudaron al piso. 
A Mary Ann le gusta mucho cantar, ha grabado algunos temas, y también ha actuado en la radio. Disfruta de las celebraciones de su iglesia los domingos. Es presumida y elegante. Tiene un fibroso cuerpo de atleta y una determinación mansa pero a prueba de contratiempos. Y su sonrisa. Cuando se lo hago notar, se hace consciente de que puede hablar en cuatro idiomas. Solamente hace cinco años que llegó al instituto y no ha perdido ningún curso. Al principio no podía entender que los alumnos no trataran de usted a los profesores. Ha conseguido llegar a segundo de bachillerato, aunque sabe que podría repetir este curso. Justamente ahora que su padre quiere marcharse a buscar trabajo a Londres. No sabe si podrá ir con ellos. Quiere acabar los estudios aquí. Además tiene que solucionar primero un lío con los papeles de su DNI. Su madre no  quiere irse, ya se ha acostumbrado a esto y ahora está haciendo un curso para poder trabajar. No quiere ni pensar en empezar otra vez desde el  principio. Vuelve a sonreír mostrando sus dientes blanquísimos y me dice que aún no saben cómo lo harán, pero que tiene la esperanza de que todo va a salir bien.






viernes, 17 de febrero de 2017

La que visita a sus muertos

Georgia O' Keeffe
  
Supongamos que hemos leído en algún lugar que el día de difuntos es el único día del año que a los vivos les está permitido adentrarse en el mundo, habitualmente inaccesible, de los muertos. Imaginemos que ese día se abre un resquicio, una pequeña grieta vertical en la membrana que nos separa del universo donde habitan las sombras tenues de los que un día estuvieron en nuestro espacio. Una brecha a través de la cual los mortales introducimos castañas, panellets y flores para alimentarlos. Ofrendas efímeras para seres volubles y leves.
El acceso a esa dimensión de espíritus inconstantes está abierto a todos los vivos, pero solo algunos son capaces de atravesarlo sin dañar el tejido de su propia existencia. En la mayoría de los casos la gente tiene almas cuya textura parece más un hilván que una tela, se desgarran y cuelgan flojas como una telaraña rota cuando intentan atravesar la frontera. En cambio existen otras almas tersas y elásticas que resisten la embestida de las sombras sin problemas. Almas que han trenzado sus hilos con la dedicación y el cuidado de un encaje de bolillos: diseñando, reparando, enlazando y tratando siempre de obtener un dibujo simétrico y bello. Almas de algodón, de lino, de fibras resistentes tensadas a conciencia en el telar del dolor y del placer asumidos.
Así es el alma de Engracia. Hoy, víspera de todos los santos, la  vemos  dirigirse a  la peluquería para que al día siguiente en el cementerio su padre la encuentre bien guapa. Al salir del trabajo y subir al coche para ir a la peluquería recuerda, de repente, el sueño tan vívido que ha tenido esa noche. Se veía  a sí misma en el cementerio recogiendo el plato de arroz y la vasija de agua que le había llevado a su padre el día anterior. En esa lógica onírica en la que uno no se extraña de los acontecimientos absurdos, se encuentra frente a la caja de madera en un camposanto como los de las películas americanas: grandes extensiones de césped bien cuidado salpicado de cruces y esculturas blancas, y una música celta muy suave. Engracia recoge los restos de lo que no ha comido su padre (en los últimos tiempos anda desganado) y se los lleva a casa. Sin que se enteren las niñas mezcla los granos de arroz fosforescente con la paella que está haciendo, y rellena las botellas de agua añadiendo a cada una de ellas unas gotitas de agua de la vasija. Cuando mira las botellas a contraluz observa un reflejo esmeralda en el líquido. Se asegura de que esté todo bien mezclado para que su familia no detecte brillos extraños en la comida y después se despierta, satisfecha, con la tranquilidad que da el deber cumplido.
Presiona el embrague, pone la primera, el intermitente para avisar y sale del aparcamiento.
La peluquera le tiñe y le alisa el pelo. Mientras, ella hace cálculos domésticos: tiene que purgar los radiadores para encender ya la calefacción, también ha de pasar por la pastelería para comprar panellets y por la floristería, en el cementerio las flores son muy caras.
Engracia no lo sabe, pero nosotros sí  porque lo hemos leído en un artículo de antropología que habla sobre el significado del primero de noviembre: “El día de Samahaim, los celtas encendían el primer fuego, origen de todos los fuegos. Con él se encendían a su vez todos los fuegos de la isla”
Cuando la peluquera acaba de maquillarla, Engracia se mira al espejo preguntándose cómo la encontrará su padre después de nueve meses desde el día en que lo tuvo en sus brazos mientras agonizaba. Oyó el estertor que avisaba de su paso al otro lado de la frontera y  continuó acunándolo durante dos horas más sin avisar a médicos ni enfermeras, para tratar de absorber todo el calor que desprendía su cuerpo. No tuvo miedo. Le habló con una voz minúscula y le tocó los lóbulos de las orejas como le hacía él cuando ella era una niña para relajarla. La habitación del hospital giraba alrededor de ellos con las fotos de todos los miembros de la familia que ella había ido colgando durante el mes que estuvo allí varado como un cachalote. Sus hermanos de pequeños, ella con esa cara de éxtasis al lado de su papi, los tíos, su mamá. Las fotografías y las flores, las sábanas blancas y los tubos del suero…todo oscilaba con la cadencia de un estribillo mientras ella se despedía  lentamente del cuerpo de su padre, mientras él le regalaba la energía de sus células y ella la bebía hasta el final, el último tramo de calor concentrado en la espalda. Los médicos le riñeron. A ella no le importó.
Ese día estaba despeinada y pálida. Seguramente él lo debió percibir. Mañana la verá radiante y bien vestida para la ocasión. Le llevará un ramo de flores y un CD con una nueva canción grabada. Sonríe. Está deseando que llegue el momento. Le acompañará toda su familia. Seguro que algunos la mirarán mal si para entonces todavía continúa sonriendo. Pero a ella no le importará.  


domingo, 12 de febrero de 2017

Paseo por el parque



Dibujo de Abram Tejera


Mientras los perros se olisqueaban excitados, el amo del gran danés calculaba las probabilidades de lamerle el hocico a la dueña del chiguagua  y así compensar de alguna manera la incompatibilidad racial de los canes.




Con este micro he participado en la convocatoria de Esta Noche te Cuento sobre perros y gatos.Aquí Gracias, Abram, por este dibujo tan original. 

lunes, 6 de febrero de 2017

La invasión de los Fungi

Mientras nosotros andamos distraídos, atareados o preocupados cambiando los miedos de lugar, ellos brotan sin descanso ahí abajo. Nos rodean, nos acorralan, tejen una alfombra bajo nuestros pies. Abren sus sombrillas, engullen lo muerto y lo regurgitan para devolverlo a lo vivo. Su discreción es legendaria. Su palidez, mortal. Su labor malinterpretada. Pero no desisten en su empeño. Frenéticos, abren y cierran sus paraguas, expanden sus micelios, beben con avidez. Como si en ello nos fuera la vida.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Habitación de hotel



En las visitas de niños al museo donde se exhibe temporalmente esta pieza de Hopper, éstos interpretan cosas extraordinarias acerca de la escena del cuadro. Uno de ellos afirma que el rectángulo negro que se ve al fondo es una tele de plasma. Y cuando se les pregunta qué estaría leyendo la protagonista de esta historia pintada no dudan en decir que es una factura de la luz que no puede pagar, o una carta de desahucio. 
La modelo miraba, mientras posaba para que las generaciones futuras la interpretasen a su manera, un horario de trenes.


domingo, 29 de enero de 2017

Amores raros




El famoso etólogo Konrad Lorenz crió, entre otros muchos animales de los que observaba su conducta, a una grajilla macho a la que le puso el nombre de “Choc”.
Choc seguía a su amo allá donde fuera, de pequeño creyendo que era su madre y de mayor pensando que era su pareja sexual. Estaba profundamente enamorado de Konrad. Siempre le fue fiel, a pesar de las bandadas de grajillas que sobrevolaban el cielo de la granja en primavera.
El pájaro empleaba horas en tratar de convencer a Konrad para que se introdujera reptando en la pequeña cavidad que había elegido como nido, y aunque nunca consiguió llevarlo a su casa, le cebaba en el nido grande de Konrad, donde éste se dejaba dócilmente introducir los mejores gusanos en la boca. Choc notaba que a su pareja le encantaba tenerle siempre cerca y disfrutaba al ver cómo  le contemplaba embelesado. La suya fue una historia de amor sólida y sin fisuras.

La única cosa que nunca le quedó clara al pájaro, aunque no le quitaba el sueño, fue saber si eran un matrimonio de humanos y él era el raro, o si por el contrario eran una pareja de grajillas y su amorcito era, además de preciosa, desproporcionadamente grande.



miércoles, 11 de enero de 2017

Diario de una despedida ( V )

10 de junio de ·2013

Ingresa en el hospital para repetir las pruebas y poder llegar a un diagnóstico definitivo. Está centrada, divertida, guasona. No se quiere echar en la cama porque se encuentra bien. Entre prueba y prueba charlamos con la tranquilidad que da no tener que hacer nada. Me vuelve a explicar  que su recuerdo más antiguo es cuando,  con cuatro años, le avisaron de que su madre “se había ido al cielo”. Que lo entendió perfectamente y se puso a llorar sin consuelo, a gritar con todo el cuerpo. No les quitaron el luto hasta que, dos años después, su padre se volvió a casar. Les compraban unos vestiditos azules marineros y otros blancos con un lazo negro por detrás. Sus tías, las hermanas de la madre, la llevaban al cementerio junto con sus dos hermanos mayores. Y cuando llegaba el aniversario les preguntaban si se acordaban de qué se celebraba ese día.
También me cuenta que se casó muy enamorada de papá, que él le había “salvado” ( no me he atrevido a preguntarle a qué se refería, de qué o quién le había salvado exactamente). 
Después de comer la convenzo para que se eche una siesta. Cuando se despierta le digo que mientras dormía hacía gestos como los que hacen los bebés, pucheros y expresiones divertidas. Me contesta que es culpa de los neurólogos, que todo el rato le hacen hacer fantochadas: “Abre los ojos, ciérralos fuerte, tócate la nariz, qué día es hoy”
Conversaciones nutritivas y emocionantes,  impregnadas en el antiséptico olor a hospital.


 Es conocido el poder que tienen los olores como detonantes de recuerdos, como catalizadores de la memoria más profunda. He comprobado con estupor cómo la ropa conserva el olor de sus propietarios durante mucho más tiempo de lo que parecería lógico. Dos meses después de su muerte, en una de las visitas de fin de semana a mi padre, él mismo intentó consolarme de la congoja que intuía en mis ojos brillantes insistiéndome en que me quedara con alguna pertenencia de mamá. Yo accedí, abrí el armario ropero y elegí una camisa que siempre me gustó. La olí o,  mejor dicho,  la esnifé, y me puse a llorar a moco tendido. Olía a ella. Toda la camisa estaba impregnada de su olor, se había  incorporado a  la trama del tejido. Era tan intenso como si ella estuviera allí. Si el olor tiene algo que ver con la identidad, como bien  saben los perros,  ella estaba ahí. Cuando, al regresar a mi casa, enseñé la camisa a mi familia o, mejor dicho, la di a oler, la reacción fue tan instantánea como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Una de mis hijas me dijo que la guardara sin lavar. Cuando la llevé a colgar a mi armario noté que había algo en uno de los bolsillos camiseros. Eran tres billetes de 50 euros, de esos que en sus últimos meses de vida tanta rabia le daba perder. Un regalo póstumo que decidimos guardar en un sobre para destinarlo a un viaje que tenía previsto hacer con mi hija pequeña. Iríamos las tres, dijimos. Ese dinero ayudó a pagar las comidas de nuestro periplo en tren por la Provenza. Yo siempre había destinado el dinero que me daba mi madre en lo que ella llamaba “tus cosicas culturales”: cursos, viajes, libros…No iba a ser diferente en esta ocasión.  Durante las comidas de nuestro viaje por el sur de Francia hablamos mucho, de muchas cosas, y también de la abuela. Como si al mantener ese tipo de conversaciones rebosantes de confidencias que solo se dan en los viajes, reforzáramos el vínculo con la mujer que nos precedía en la cadena y que ya no estaba allí físicamente.





viernes, 6 de enero de 2017

Diario de una despedida ( IV)

7 de junio 2013


Me dice que ha dormido fatal. Que se acostó indignada de leer unos anuncios del periódico en los que anunciaban la venta de joyas a 10 euros al mes. Que alguien se beneficiaría de ello y que no era momento de engañar a la gente con la crisis que había. Que la gente pensaría: total, por 10 euros… Pero luego, a la hora de la comida me enseña que compró, hace un tiempo, un pack con siete relojes de pulsera, por el mismo método. Me los enseña,  me cuenta que solamente le costaron 59 euros, y que son bonitos, uno para cada ocasión. Me pide que elija uno. Parecen de bisutería, algo cursis. Con media sonrisa traviesa proclama: ¡Es el único capricho que me he dado en 80 años!

Ese mismo día llama a su hermana Luisa y le explica que lo pierde todo y que reza ( ya no hace otra cosa últimamente, le dice )para que Dios le acerque al sitio donde está lo que ha perdido. No le pide algo fácil, como encontrar el audífono en el bolso, sino que le oriente hacia la habitación donde está y ella ya lo encontrará. Nos reímos cuando le sugiero que puede proponerle a  Dios el juego de “frío, frío , caliente, caliente”






Algo que siempre me produjo admiración en mi madre fue la relación tan contundente y fluida que establecía con los objetos. Ante ella, los objetos se doblegaban, claudicaban, de dejaban moldear, olvidaban su antigua rigidez y adquirían una ductilidad rendida a la voluntad de esas manos habilidosas e inteligentes. Nada era imposible para esas manos. Todo era un reto. A mi madre le gustaba “discurrir”, como ella decía. Y sus manos discurrían con ella. Diseñaba y cosía nuestra ropa como  nadie, aprendió a cocinar cuando se casó y superó a todas sus conocidas enseguida. Montaba estanterías y arreglaba grifos. Siempre sabía dónde estaban los mejores saldos. Confeccionaba cortinas, faldas para la mesa camilla o mantones llenos de puntillas para todos los bebés que iban naciendo en nuestra extensa familia y las de sus amigas. Una vez, cuando éramos pequeñas, diseñó, cosió y montó una tienda de campaña india de tamaño natural para que jugáramos en el terreno del chalet. 
Como le sobraba creatividad, para la siguiente generación montó la casita de muñecas. Me puedo imaginar cómo debió de disfrutar mi madre mientras colgaba cortinas, lacaba muebles y se las ingeniaba para reconstruir a escala todos los complementos de un hogar. Asomarse a esa casa era como jugar a ser Alicia, como meterse dentro de una muñeca rusa. La miniaturización del cariño y de la habilidad. Mis dos hijas jugaron muchas horas en esa "casa dentro de la casa", en ese hogar  minúsculo que les había construido su abuela. 





En las sucesivas visitas a mi padre tras la muerte de mamá, he ido desmantelando lentamente el universo de objetos que asoman por los cajones y que ahora, desvalidos, carecen de razón de ser. Me miran, desconcertados. Y yo no sé darles una explicación. Entre otros, están los siguientes: un anzuelo para pescar la ropa que se caía del tendedero al patio interior del edificio y así no molestar a los vecinos, un aparato para hacer un cilindro hueco en el interior de las manzanas y asarlas con el azúcar dentro, un relleno de espuma para que no se le quedase el sujetador “teticojo” después de la extracción del tumor en la mama, singles de Rocío Durcal y de Mama’s and the papa’s , una caja de herramientas bien surtida, varias máquinas de coser, muchos hilos, bisutería y oro. Restos de telas y puntillas para hacer los edredones, o las fundas de almohada, o las faldas para mesa camilla o las ropitas para los bebés que nacían. Dedales, fotografías y postales en sepia de cuando todavía no era nuestra madre. Pinzas para las cejas, rulos, medicinas y la insulina para la diabetes que se le desencadenó por  la cortisona que tomó para deshinchar las metástasis. Aire de Loewe, también Nenuco. Tijeras. Recetas de Arguiñano. Estampitas. Y  todas las  fotos de sus nietos.



Esta es la casa de muñecas que regaló mi madre a mis hijas, y cuyo interior amuebló, vistió y decoró. En los detalles (muebles pintados por ella, cuadros en miniatura con fotografías de los nietos, alfombras a medida...) es donde mi madre nos sigue haciendo un guiño, tantos años después. Intensas y largas horas jugadas en su interior, otro hogar en el que vivieron de niñas, y que acabamos de recuperar estas Navidades.






 Aquí debería añadir la impresión que me produjo vaciar su piso de Zaragoza para poder alquilarlo. Lo escribí en carne viva durante el viaje de vuelta en tren. Y lo publiqué en otra entrada, "Exterminio", que enlazo aquí.