Publicaciones

miércoles, 19 de agosto de 2026

¡Menudo cuadro!


                                                      Atròfia del dibuix ( Perejaume)


Algunos bodegones al óleo, posters que anuncian exposiciones o bocetos sencillos de pintores complejos… me pueden hacer perder la sensatez. Me pirro por las litografías, los grabados antiguos y las mandalas impecablemente pintadas. Soy propietaria de delicados retratos al carboncillo, marinas brumosas, fotografías de autor enmarcadas de forma minimalista, e incluso una holografía. Todo lo que me llama la atención y es susceptible de ser enmarcado y colgado de una alcayata tiene muchas probabilidades de acabar en alguna de las paredes de mis dos pisos.

En el del pueblo predominan los colores terrosos y los formatos clásicos. Al de la ciudad hace ya tiempo que llegó la vanguardia y el desenfoque. A veces traspaso temporalmente un ejemplar de un piso al otro, a modo de castigo o de exilio provisional, pero con frecuencia a continuación siento una ligera inquietud, un sutil malestar…y acabo devolviéndolos a su lugar.

Cada vez que pretendo incorporar un nuevo miembro a la familia cumplo meticulosamente con el ritual prescrito. Lo primero, hacer un recorrido por las estancias habitadas por los antiguos moradores. Tanteo el ambiente, averiguo si todo el mundo está cómodo y les pregunto si estarían dispuestos a compartir pared con un nuevo elemento recién enmarcado. Siempre encuentro alguna resistencia, especialmente cuando la pared está tan llena que introducir una novedad implica que alguien se vaya al desván, pero al final muestran su bonhomía y aceptan resignados. Una vez conseguido el beneplácito de la comunidad es cuando mayor concentración se requiere. Me dispongo a pasear en estado de trance por los pasillos y las habitaciones tratando de averiguar el mejor lugar para la nueva adquisición. Planteo de forma provisional presentaciones en huecos vacíos de la pared, o incluso imagino alguna permuta que cambie ligeramente la atmósfera del lugar. ¿Qué te parece este espacio? ¿Sientes que este es tu lugar en el mundo? le pregunto al nuevo, mirando de reojo a sus hipotéticos nuevos compañeros y comprobando si los colores y los estilos combinan. Eso me lleva bastante tiempo. Hasta que no estoy segura de en qué ecosistema integrarlo, no puedo parar. Me siento con la energía obsesiva de un pájaro construyendo su nido: tantas posibilidades de trenzado me agotan, pero sigo insistiendo hasta que la realidad confirma mi intuición. Finalmente, uso el taladro como una barita mágica que clausura el acto de la decoración artística de mis interiores. Y al decir “mis” interiores me refiero a que cuando consigo ese equilibrio sutil, esa composición ideal en mis paredes, ese humilde y personal nuevo orden del universo, algo dentro de mi cabeza se coloca en el sitio destinado por los dioses para sentir por un momento algo parecido al nirvana.  

En general es una experiencia emocionante, y muy creativa. Pero en ocasiones, cuando no calculo bien y abandono a uno de ellos en un ambiente hostil, las cosas se pueden poner feas. A veces me sobrevienen migrañas repentinas. Pinchazos, reflujos súbitos, palpitaciones. Otras, delirios de persecución o ideas parásitas que me dejan exhausta durante varios días Una vez tuve un sueño lúcido terrible en el que una delicada filigrana me preguntaba, mientras se descomponía, que cómo se me había ocurrido ponerle semejante lámina a su lado, para terminar la pesadilla precipitándome por el abismo de las fauces que se abrían entre los colores del poster de Rothko. El otro día me bajó tanto la tensión al salir por la puerta que tuve que regresar y retirar el póster de Psicosis del dormitorio antes de que Anthony Perkins rajara la cortina de la ducha decorada con la foto de Marilyn Monroe, ante la mirada atónita de la virgen con niño del cabezal de la cama.

No es sencilla esta forma de amar el arte. Resulta muy sacrificada la vida de quien pretende decorar sus interiores de una manera orgánica, coherente y con calidad. A veces me siento tentada a tirar la toalla y hacer lo fácil, lo que hace todo el mundo: comprar un mapa del mundo, enmarcar una muestra de encaje de bolillos, una camiseta del Barça, el título universitario y unos angelitos de cerámica, y poner una cosa en cada habitación. En el recibidor colocar un corazón gigante, comprado en un chino, que lleve escrita una larga lista de buenos propósitos, y para el comedor recuperar el cuadro pastoril de mi abuela. Cuando me puede el desaliento me debato entre esa posibilidad o bien la de comprarme otro piso más grande, lleno de pasillos, para poder poner una distancia disuasoria entre los miembros más quisquillosos de mi familia artística.