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Romona Youngquist |
Hace tiempo que divago sobre la
relación entre las piedras y las historias, pero me faltaba una pieza para
completar el puzzle. Esta mañana, paseando con mis perros, he dado con ella.
Voy a intentar cerrar mi argumento .
Si prestamos la suficiente atención,
un edificio de piedra nos puede narrar una novela. Impregnarse de la atmósfera
lechosa que flota en el interior de una catedral gótica o pasear sin prisas por
las gradas de un anfiteatro romano nos da la oportunidad de leer la historia
que las piedras de ese monumento nos susurran. Novelas góticas enmarcadas en
castillos checos, intrincadas novelas policíacas en decadentes balnearios,
siniestras historias de amores ilícitos en los pasadizos subterráneos que
comunican los monasterios de dominicas y benedictinos, o las más tristes
historias de fantasmas bajo el campanario que sobresale del pueblo anegado por
el pantano.
En cambio, las estatuas que vemos en
los museos- esas diosas blanquecinas y porosas como bloques de sal o los
bronces naufragados con incrustaciones marinas- no tienen ni el aliento ni la
perspectiva de las grandes sagas, pero pueden sugerir el desarrollo, conflicto
y desenlace que tensan un buen relato. Un relato por cada estatua: generales
ecuestres carcomidos por excrementos de paloma, el berraco rescatado del río
que da la bienvenida desde la época de los romanos a todo el que entra en
Salamanca, las vírgenes que nos contemplan desde sus hornacinas, aburridas ya
de sus tonos azules y su sonrisa insípida, o las tallas rescatadas de un
naufragio que nos hablan de piratas feroces y escurridizas sirenas.
¿Podríamos calificar, entonces, a los
museos de arqueología que a veces visitamos como las genuinas antologías del
relato histórico? Creo que la respuesta podría ser afirmativa, con la condición
de que sepamos leer entre líneas, prescindir por un momento de nuestra
condición de turistas y desenfocar un poco la mirada.
Si no nos resignamos a la mediocridad
de las tallas medianas (novelas, relatos…) deberíamos preguntarnos-o mejor
dicho, me pregunto yo en mi absurdo afán de relacionar los minerales con la
literatura-a qué tipo de material geológico le confiaríamos la narración de lo
minúsculo, de lo esencial, de la miniatura que todo lo contiene ¿Cómo aplicar
el microscopio a este asunto? ¿Qué mineral podría producir el destello de una
gota de ámbar, la íntima detonación de un microrrelato? Me atrevo a proponer
como candidatos a las narices, los dedos y los penes mutilados de las estatuas.
Todos los apéndices que, al sobresalir del cuerpo, acaban cayendo por su propio
peso y se independizan del relato al que pertenecieron. Fantaseo con la idea de
que los microrrelatos de la historia se amontonan en polvorientos cajones de
los almacenes de un gran museo, como piezas desorientadas de un rompecabezas
que el tiempo desbarató. Incitan a preguntarse sobre quien fue el propietario
de ese apéndice y cómo será capaz de manejarse sin él ahora que yace tan
discretamente en esta fosa común. Incluso cuestiones más metafísicas cómo cual
es la verdadera finalidad de una nariz o qué motor impulsa el aliento vital que
la atraviesa. Relatos explosivos como pompas de jabón, nutritivos como el
néctar de una flor, livianos como colibríes pero tan resistentes como los
diamantes. Microbios de piedra que nos parasitan hasta hacerse cargo de nuestro
material genético, pequeñas píldoras que encierran un universo en miniatura.
Y puestos a rizar el rizo, si nos
vamos al otro extremo del espectro ¿qué procesos geológicos nos darían una
visión de conjunto que permitiera situar los acontecimientos en su verdadera
dimensión? ¿Qué formación rocosa poseería la ambición de una Enciclopedia?
¿Dónde podríamos encontrar el registro de todo lo ocurrido?
Aquí viene la revelación que tuve en
mi paseo con los perros.
Cada mañana, durante este glorioso
veraneo en el que vivimos aislados en una casita de montaña de acceso
disuasorio, paseamos con nuestros dos galgos por una gravera situada a unos 700
m de altitud. El primer día, al acceder al camino rocoso- mirando al suelo para
evitar desprendimientos- me topé con un fósil de caracol marino del tamaño de
un puño. Después de celebrar mi suerte, me lo puse en el bolsillo y seguí
caminando sin quitar la vista del suelo. Desde entonces ya no miro el paisaje y
mis perros no acaban de entender porque vamos tan lentos y su ama siempre
camina cabizbaja. Cuando llego a la parte más alta de la montaña me fuerzo a
mirar las magníficas vistas panorámicas, pero en la subida no puedo evitar ir
mirando constantemente hacia las piedras que rodean mis pies en una especie de
competición conmigo misma por no dejar superficie a mi alcance sin escanear. De
esta manera me he convertido en una obsesa de la recolección de fósiles. Cada
día encuentro uno, al menos. A continuación se acumulan, ordenados, en la
repisa de la chimenea. Lamelibranquios con surcos paralelos en sus valvas
calizas, porciones de coral ancianos como el mundo, abultadas almejas de piedra
cubiertas de una costra arcillosa o caparazones de erizo de mar ribeteados con
cenefas simétricas en forma de corazón ya forman parte de mi inesperada
colección. Aun no los he encontrado, pero sé que por ahí me esperan helechos
prensados como un estampado en la roca y me consta que se han encontrado
mariposas fósiles en los alrededores de este macizo que en un pasado remoto fue
un mar (¿Quien ha dicho que las piedras no se mueven? Es únicamente una
cuestión de tiempo).
Un amigo poseído desde hace tiempo por
la misma pasión desenfrenada me informó de en qué zonas podría encontrar más
fósiles y de diferentes tipos. Me dirigí a un montículo arcilloso en el que
sobresalían, como los cantos rodados en las dunas, diminutos fósiles en forma
de espiral o de almeja. Mientras los seleccionaba minuciosamente de entre las
piedras sin interés -los dos perros merodeando y husmeando a mi alrededor- me
di cuenta de que éstos animales de piedra eran los verdaderos testigos del
pasado más remoto, una Biblioteca que nos susurra a través de sus
humildísimos fósiles todos los relatos cósmicos, tectónicos, evolutivos y
ecológicos que han dado forma al paisaje que ahora nos acoge. Un papiro que nos
produce el vértigo de percibir el tiempo como agua que se escurre por entre los
dedos pero que a la vez deja regueros en la piedra.
Cuando ya me disponía a volver a casa,
impactada por la revelación sobre la gran obra de la literatura y su relación
con la geología, dispuesta a observar a mis seres vivos petrificados de la
chimenea con una nueva mirada, me pareció ver- entreverado entre la arcilla,
los cantos rodados y los diminutos fósiles- la valva de una almeja actual, un
resto de paella totalmente anacrónico y surrealista en ese lugar de montaña. La
metí en la misma bolsa que los fósiles. Ahora está en la repisa de la chimenea,
al lado de las piedras impasibles que no acaban de revelar su secreto, una
valva lustrosa e insólita como un interrogante desparejado. Un chiste malo
haciendo cosquillas a la Enciclopedia Británica , a la Biblia , a la Gran
Novela Americana.
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Esta foto la tomé en una tienda de souvenirs de la Costa Jurásica de Inglaterra. |
Inspiradora hasta el punto de preguntarme acerca de cómo debió ser el viaje y la historia de un fragmento de roca, tan pequeño como un grano de arena, en el tiempo y espacio...hasta llegar al zapato en el que lo encuentro.
ResponderEliminar¡Si, síguele la pista! Puedes llegar hasta la formación del sistema solar sin problemas. ¿Quien dijo que no existe la máquina del tiempo? Abrazos virtuales!
ResponderEliminarPues yo soy más de pensar que las historias no están en las piedras, sino en la mente de los ojos que las miran. Y sospecho que tus retinas perciben un montón historias por contar.
ResponderEliminar¡Ojalá ! ¡Y eso que soy un poco miope! O a lo mejor es por eso , porque solo veo bien de cerca , o mejor: para adentro. Gracias por el piropo.
ResponderEliminarQué bien escribes, muchacha. Te admiro.
ResponderEliminarMe sonrojo...y me petrifico.Y te agradezco.
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