La ciudad
amurallada. Y también el resort de lujo.
En la ciudad,
el olor a orina de los callejones y los deliciosos jugos de algunas frutas
imposibles. Los ubicuos cables colgando en forma de u y los palacios de la
época colonial. El agobiante calor húmedo que anega la respiración al caminar y
el ofensivo aire acondicionado en el interior del gastrobar. La gente queriendo
vender todo lo que carga encima (sombreros, recipientes con fruta, botellas de
agua, paraguas, arepas…) y los turistas repitiendo No gracias, aterrorizados
por el pálpito de que les van a timar. La vida sin filtros ni contemplaciones,
los bailes en la calle, el estoicismo de los perros callejeros, la “llovedera”
que no avisa, los colores brillantes de las banderas y las basuras acumuladas,
el salitre y la sed.
La ciudad antigua
flota sobre un mar sin playas, contenido por sus muros y baluartes. A ella
acuden cada mañana los habitantes de la otra ciudad, la real, la de los techos
de uralita y las calles sin asfaltar. “En la ciudad amurallada solo vive el
arzobispo”, nos cuenta alguien. Todos los demás son figurantes de un
espectáculo que comienza bien pronto en la mañana. El cincuenta por ciento de
la población del caribe colombiano vive de la venta en la calle, es un dato que
nos da la guía de la visita por la ciudad que fue el escenario de El amor en
los tiempos del cólera. Las palenqueras lucen vestidos vistosos y llevan cestas
con plátanos y piñas en la cabeza. Bailan y se hacen fotos con los turistas.
Son negras, muy negras, como gran parte de una población descendiente de los
esclavos que se vendieron en las plazas del centro histórico, ahora repletas de
souvenirs, puestos de comida y banderas de la ciudad.
Nosotros
somos turistas. No lo podemos disimular. Somos el grado más extremo de turista.
El que viene de Europa. El que viene de España. Somos demasiado blancos para
este entorno. Demasiado blandos también, parecemos unos moluscos vulnerables sin
caparazón. Hablamos raro, nos sobran las zetas y nos falta esa dulzura frutal y
contundente de la gente de allí. En el tour por la ciudad escuchamos, deseando
que se abra la tierra bajo nuestros pies, los relatos históricos protagonizados
por nuestros aguerridos compatriotas. Lo único que nos salva es el Barça y la
buena educación de los colombianos, que siempre saludan amablemente y nos
preguntan por Lamine Yamal.
Hemos venido
a una boda. El novio, Nicholas, es el hijo de mi prima Leonor. Ellos viven en Estados
Unidos. La novia se llama Sonia y es colombiana. La maestra de ceremonias es Rebecca,
la hermana del novio, que oficia todo el ritual redactado por ella misma
alternando el español y el inglés con una fluidez admirable. Hay muchas flores
en la sala del museo naval donde se celebra el evento. Flores lilas y azules
que inundan el aire con un aroma dulzón. El ceviche colombiano que nos sirven
está delicioso y muy refrescante. Las bodas colombianas son más sencillas,
menos participativas, que las españolas, y se agradece. Yo lo agradezco.
La orquesta
demuestra su entusiasmo tocando con un derroche de decibelios que a ratos se
hace difícil de soportar. El novio, que está muy cerca de los músicos y tiene
dos operaciones de oído en su historial médico, acaba saliendo de la sala
porque siente un dolor muy fuerte en un oído. Al rato Leonor y nosotros dos le
acompañamos al hotel donde casualmente nos alojamos nosotros y la pareja de
novios. La novia se queda, tiene que aguantar el tipo como sea ante todos los
invitados de sus padres. Madre y tíos hacemos guardia en la sala al lado de la
habitación nupcial mientras él trata de descansar después de tomar la
medicación. Tenemos que esperar hasta que se termine la boda a las tres de la
mañana (diez de la mañana en mi reloj de pulsera al que no he cambiado la hora).
A esa hora vendrá la novia. Charlamos hasta que yo empiezo a sentirme mareada
de puro sueño. Entonces mi marido y mi prima sacan su tema común: el fútbol, y
esquivan el sueño en un regate memorable hasta que llega Sonia, rebosante de
preocupación y de tensión acumulada.
En los días
libres que aún nos quedan, los desayunos en el hotel con frutas que parecen
inventadas y los paseos por la ciudad encharcada tras la tormenta siguen teniendo
un aire onírico e irreal. O quizás demasiado real, pensándolo bien. Visitamos
el barrio de Getsemaní, con sus paraguas y sus murales, el claustro de la
universidad donde están parte de las cenizas de Gabo, también el exterior de la
casa donde vivió, el hotel Santa Clara, que antes fue convento y escenario de
El amor y otros demonios, el barrio de San Diego, los baluartes, las murallas,
y los parques en cuyos árboles habitan perezosos y monos.
Dos días
después de la boda nos vamos con el resto de la familia a un resort situado en
la península de Barú. Con tal de evitarse un desvío el conductor del microbús,
que nos recoge en la casa de los padres de la novia, recorre al menos un
kilómetro de la carretera marcha atrás, para nuestro pasmo y horror. Al final,
después de que varios coches nos esquiven y nos piten, rectifica y de repente
conduce en el sentido correcto.
Al resort se llega
por una carretera sin asfaltar flanqueada por extensiones de desperdicios y
plásticos. A lo largo del trayecto hay varios núcleos de población con tiendas
de comidas, casas endebles, perros, mujeres con niños, y hombres ociosos. Al
paso del vehículo la atmósfera se tiñe con un polvillo ocre que convierte el
paisaje en algo parecido a una fotografía en color sepia.
Cuando
llegamos al resort se recupera la película en tecnicolor. Un oasis verde,
ordenado y limpio aparece como un espejismo al final del camino polvoriento. Allí,
una vez puesta la pulsera que te otorga el derecho al exceso sin límite, entras
en un universo paralelo en el que normalizas beber una piña colada tras otra,
rellenar tu plato con alimentos que jamás comerías en tu vida ordinaria y dormirte
una siesta a la intemperie en un tipo de sofá en forma de cama ovalada. Hay
algo indecente en ese derroche de recursos, en esa ilusión histérica de omnipotencia. Leonor me hizo notar que, curiosamente, los cientos
de trabajadores que hay son cinco puntos más oscuros en la escala del blanco al
negro que los clientes a los que atienden.
Barren, reparten bebidas, venden actividades o bailan en los
espectáculos nocturnos. Y sonríen. Uno de ellos, Pedro, el que nos vendió la
salida nocturna para nadar en la bahía entre algas bioluminiscentes, tuvo
extensas conversaciones sobre fútbol con mi marido y cada vez que nos
encontraba nos daba la mano y nos contaba algo simpático. Curiosamente también,
el último día compartió con nosotros un tramo del viaje que nos llevaba al
aeropuerto, y se olvidó de despedirse al bajar, a pesar de que estábamos solos
en el autocar.
Yo lo pasé
bien. Tenía esa determinación. Charlé con mi prima bajo los ventiladores durante
horas. Prometimos no ponernos nerviosas ni quejarnos de nada. No pensar
demasiado en las implicaciones sociales y ecológicas de lo que suponía ese
lugar. Solo disfrutar del momento. Los maridos ayudaron a conseguirlo, con su
bonhomía y el asombro risueño de estar allí. Estuvimos en una piscina de
película de Hollywood, subimos a un barquito y nos lanzamos por la borda al
agua oscura, rodeados de algas unicelulares que emitían un halo azul fosforito
cuando movíamos brazos y piernas. Nos bañábamos a las siete de la mañana en un
mar calmo y templado. Bebimos zumos de guanábana. Comimos patacones y arroz con
coco. Jugamos a ser caribeñas y nos hicimos mucha compañía. Yo absorbí con
fruición esa sabiduría sensible y firme que emana de Leonor.
Cartagena de
Indias y Decameron Barú. En ambos sitios tuve la vaga sensación de encontrarme
en un crucero. Un crucero varado, pero que ejercía en mi cuerpo el mismo efecto
de estar navegando con cientos de desconocidos en altamar. Me acompañó en todo
momento un ligero mareo sumado a algo muy semejante a la claustrofobia que
produce no poder escapar, aunque fuera en nuestra “escapada” más memorable.