Cada año,
desde que cumplió dieciséis, Cristina participa en la procesión del Domingo de
Ramos de su ciudad. El primer domingo de Semana Santa —poco más o menos a la
misma hora—, se viste con la túnica blanca, se ajusta a la cabeza el capirote de
color morado que dejó atrás su padre cuando se fue, y sale a la calle a
reunirse con el resto de miembros de la Hermandad de las Cinco Llagas.
No sabe por
qué lo hace. Piadosa no es. Tal vez sea un acercamiento desafiante a algo con
lo que no comulga, pero que no quiere evitar. Una forma bizarra de rebeldía que
comparte con sus amigas, sobre todo con Clara. El único vínculo que mantiene
con la ausencia de su padre, que desapareció una Semana Santa muchos años atrás.
No participa en ninguna otra procesión, pero el redoble de los tambores le
atrae como un vórtice que no puede eludir. Durante el desfile, esos golpes tozudos y poderosos
reverberan contra sus vísceras como un tsunami interno. Luego, por unos días,
permanece el eco de un diapasón que le insufla la energía imprescindible para
inaugurar un nuevo ciclo.
Camina, se detiene, vuelve a avanzar.
El aire huele a cera quemada y a naranjos en flor. Le fascinan los pasos de la
Pasión, que avanzan con una cadencia obsesiva sobre espaldas y piernas humanas y
exhiben esas figuras lívidas y terribles. Ella se transforma en un radar móvil
que capta, a través de las dos rendijas que rodean sus ojos, toda la información
de los que se han apostado a ambos lados de las calles creyendo que son ellos
los que miran. Una cámara oscura que concentra y enfoca la realidad. Todo el
pueblo se introduce en su cabeza como una explosión de droga dura.
Disfruta de ese paseo triunfal por las calles
vacías de coches. Mirar a los que la miran, sin ser vista. Sólo con Clara
comparte esta sensación de poder. Al terminar, comentan a quién han visto, cómo
iba vestida Fulanita, qué parejas ya no están juntas o quién ha faltado esta
vez. Siempre se burlan de algún miembro de otra cofradía que, según ellas, hace
bien en darse golpes de pecho ese día para purgar los pecados del resto del
año. Tampoco se libran los del ayuntamiento, que se pavonean como próceres de
la ciudad embutidos en sus chaqués desgastados y rancios. Los costaleros son
los únicos a quienes respetan y no son objeto de sus cotilleos.
Año tras año, la gente envejece. También
ellas, aunque por un día el tiempo se detiene para que las dos amigas puedan
dar fe del envejecimiento ajeno. La ciudad cambia de forma como una ameba lenta
y sinuosa, y ellas la acompañan. Se inauguran comercios en locales que
enseguida plantan sus carteles de Se Alquila. Los edificios rechinan con sus
bisagras fatigadas y después suspiran. Y los tambores vuelven a tronar,
acompasados al paso del tiempo como un latido desbocado.
Este año Clara no acompaña a
Cristina. Ha tenido que viajar a otra ciudad para atender a su madre. Últimamente
vivir se parece a intentar avanzar nadando en una piscina llena de melaza,
piensa Cristina. Todo resulta difícil y desproporcionado. Los hijos son demasiado
adolescentes. Los maridos demasiado inconstantes. Los padres demasiado mayores.
Su propia madre también está ya muy mayor. Y muy frágil. Una fragilidad que inauguró
cuando fue abandonada aquel otro Domingo de Ramos, y que la ha convertido en
una muñeca de porcelana llena de desconchados.
No puede olvidar la reacción de su madre cuando supo, por una
supuesta amiga, que su marido estaba con otra y que todos conocían la
existencia de aquella amante. Todos menos ella. Se recluyó en su cuarto a
oscuras y dejó de ocuparse de las tareas de la casa. La ropa del tendedero
permaneció reseca al sol, esperando a que se reanudara la vida doméstica. Se
acuerda de aquellos días largos y mudos. Únicamente el último día, con el
sonido de los tambores de fondo, se rompió el silencio. Cuando él regresó de la
procesión dejó el capirote en el recibidor y entró a la habitación en penumbra
para cambiarse. Ella se sintió con fuerzas para insinuar que se le debía una
explicación. Entonces él se marchó, dejándola con la palabra en la boca y la
túnica derramada sobre el suelo de damero. Después de aquello, su mundo se astilló
como madera antigua, y no ha habido manera de restaurarlo.
Pero ahora no es el momento de enredarse
en esa maraña de recuerdos, se dice a sí misma. Cristina trata de ahuyentar estos
pensamientos para centrarse en lo que ve. Se propone hacer un barrido mejor
enfocado, sin fugas ni puntos muertos. Tiene que captar la realidad por las
dos, para así poder contarle todo a Clara cuando regrese. Quién estaba, cómo
vestía la tonta de Marian, si los chicos la han reconocido o si el viejo Fermín
iba borracho otra vez.
En algunos lugares del recorrido se
superpone brevemente la memoria de otras procesiones, presencias de quienes ya nunca
volverán a ocupar esas calles. Los ausentes. Su padre, sus abuelos y la amiga del instituto
que murió de un aneurisma. Si estuvieran allí, piensa, ellos sí la
reconocerían. Se estremece con estos fogonazos de su imaginación, y se fuerza
para volver a enfocar su mirada en lo real.
Y así, mientras que vivos y muertos
se disputan el derecho a entrar a través de los orificios en la tela, Cristina continúa
avanzando sumida en la cadencia obsesiva de la percusión. Al girar hacia la
Calle Mayor ve al marido de Clara. Hace el amago de acercarse para mostrarle un
gesto de reconocimiento, pero antes de dar un paso descubre que lleva de la
mano a una chica joven y forastera. Parece que los tambores retumban más
fuerte, pero es su corazón. Achina los ojos para cerciorarse. En ese momento él
arrastra a su acompañante fuera de la aglomeración, y se esfuman por un
callejón envueltos en un remolino de confidencias y risas. Una tela de niebla
empaña sus ojos, pero juraría que sí. Aunque
ella sabe que los callejones pueden ser espejismos tan traicioneros como los
recuerdos.
De repente no atina qué hacer con
ese cucurucho obsceno que por momentos se desequilibra sobre su cabeza, con el
peligroso deseo de mirar sin ser vista, con su silueta siniestra y absurda que ahora
ve reflejada en un escaparate, con el cristal quebradizo de la amistad.
No sabe qué le tiene que contar a Clara cuando
regrese rebosante de inocencia y expectación.
Lo que sí sabe con seguridad es
que jamás volverá a acompañar a los tambores del Domingo de Ramos, porque
intuye que de ahora en adelante serán ellos los que siempre la acompañen.
Enhorabuena, es un relato muy bueno.
ResponderEliminar¿Eres Elisa o eres otro "anónimo"? Saludos, en cualquier caso.
EliminarLas máscaras nos ayudan a ser otras personas, a enfrentar o decir lo que no seríamos capaces de decir o enfrentar en otras situaciones, también ayudan a pensar de otra forma. Pero el mundo real siempre aparece ahí fuera para recordarnos que seguimos siendo lo que somos.
ResponderEliminarUn buen relato, enhorabuena, siempre se agradecen los reconocimientos, ¿verdad?.
Sí , se agradecen mucho los reconocimientos por parte de personas totalmente ajenas. Para que luego digan que todos los concursos están amañados. Y sí, las mascaras nos pueden dar la impresión de mirar sin ser vistos, pero el caso es que eso puede ser peligroso e irreversible. Al final se nos ve, aunque sea como personajes enmascarados. De todas formas, gracias por mirar sin ser visto, que en este caso cuadra bastante jajaja.
EliminarEnhorabuena, Paz, aquí en Sevilla todo eso que cuentas suena muy cercano y real.
ResponderEliminarSoy Elisa de Armas.
Eliminar¡Elisa! ¡Qué ilusión que me comentes justamente en este tema en el que me siento una impostora total! Las procesiones son indudablemente vuestras, pero este año me fui a ver una en mi ciudad natal el domingo de Ramos y me intenté situar mentalmente en el interior de una de aquellas vestas para imaginarme, como en un travelling, la visón de la ciudad desde allí. Gracias por sugerir que eso puede sonar verosímil jajaja Un abrazo
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