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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Mantequilla y mermelada




A ellas les daban un chusco de pan. Una tarde con membrillo, la siguiente con chocolate. Se repetía el ciclo, y las que se quedaban el viernes podían disfrutar de aquella mortadela rosada con lunares blancos sobresaliendo por los bordes del panecillo.
Nosotras y las mediopensionistas nos íbamos  a casa mientras formaban las filas frente a la puerta de la cocina. Pasábamos de largo y las mirábamos de reojo. Nuestra merienda era distinta. Solíamos parar en  la churrería del parque para comprar patatas fritas translúcidas, un polo de hielo o media bolsa de churros. A veces, con el dinero de las internas, comprábamos chuches que al día siguiente recogerían en alguna esquina  fugaz y clandestina del patio.
A mí me gustaba ser externa. Comer macarrones con bechamel al mediodía, y carne tierna. O torrijas de postre, con esa mezcla exacta de azúcar y canela que mi madre acabó personalizando para mi paladar. Y dormir en mi aseada cama de hija única. Me daba pena el encierro de mis compañeras. Pero envidiaba sus meriendas colectivas, la mantequilla y mermelada de esos desayunos cómplices, aquella fraternidad de estofados, uniformes y filas. Me imaginaba formando parte de esa comunidad de niñas intercambiables que se relacionaban y se movían como en una coreografía, una especie de sociedad de insectos regida por una inteligencia colectiva y superior que se nutría de chocolate, mermelada y membrillo.
Un día le comuniqué a mi madre mis absurdas fantasías. Le pedí  que me pusiera interna en el colegio. No lo hizo, claro. En su lugar, empezó a cocinar para mí cosas cada vez más ricas y sofisticadas.
Ahora viajo mucho por mi trabajo. Apenas tengo recuerdos de esa época. No he vuelto a ver a mis compañeras, y mi madre ya no está. Soy otra. Muy diferente. Pero cada vez que veo las tarrinas de mantequilla y mermelada en el  buffet de un hotel no puedo evitar que me embargue una honda  sensación de orfandad. 


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