17
junio 2013
Cuando
se despierta nos abrazamos y lloramos juntas por el diagnóstico de ayer. Me
dice: “Vamos a llorar ahora un poquito y así luego empezamos el día más tranquilas”. Y al cabo de un rato: “Yo siempre he pensado
que a esto de la muerte se la da demasiada importancia. Yo querría hacerlo más
fácil”. “Y lo harás, mamá”- le aseguro, sorbiéndome los mocos.
Transitamos
el día cuidándonos mutuamente, pues parece ser que al final ella tiene más
habilidades para el consuelo que yo. Y, como siempre, lo que mejor le funciona
para calmar el desasosiego es intentar tomarle el ritmo a la casa, bailar con
ella, emprender las tareas que vaya
solicitando. Aunque últimamente el desorden está ganando la batalla, los
objetos no acaban de saber a qué lugar pertenecen, y yo tampoco. Hacemos la
comida. Seguimos con el edredón. Y después de la siesta le digo que voy a
depilarle las cejas y a arreglarle el
pelo.
Mientras
le arranco pelitos de la barbilla con unas pinzas, mi madre me cuenta que
recuerda cuando ella lo hacía con la suya. Esta le decía: “la última sorpresa
es que te salga barba cuando te haces vieja”.
Me explica que cuando la depilaba estaba convencida de que a ella nunca
le pasaría.
-¿Por
qué? –le pregunto- ¿Pensabas que
morirías joven?.
-No,
simplemente pensaba que esto a mí no me ocurriría.
Sonrío
y me veo a mi misma en un futuro no muy lejano. En la escena, mi hija está
depilándome mientras yo le advierto de las sorpresas de la vejez.
Durante los poco más de dos
meses de vida que le quedan- aunque en ese momento lo ignoramos- uno de los
placeres pequeños y domésticos de los que más
disfruta consiste en que yo le arranque esos pelillos rebeldes y duros
que desmienten la intuición que tuvo cuando tenía mi edad. Cada vez que procedo
con el ritual me muestra su agradecimiento con gestos de satisfacción y recuerda
el placer que le producía arrancarnos espinillas cuando éramos pequeñas. Yo, en
cambio, no sé por qué extraña asociación, es como si notara otra vez el agradable tirón en el cuero cabelludo que
sentía cuando ella me hacía las trenzas antes de ir al colegio.
Los recuerdos relacionados con
el tacto son indelebles. Cuando intento recordar cosas de mi infancia recupero
memorias sensoriales relacionadas con la piel con mucha más contundencia que los olores o las voces. Presionar entre
los dos pulgares esos puntitos negros- las espinillas- hasta que se deslizara
al exterior la gotita de grasa como un trofeo, era un placer que practicábamos
mutuamente las mujeres de la casa. Ahora me produce algo de grima, de la misma
manera que no me gusta verme como esa pequeña salvaje que arrancaba garrapatas
a los perros abandonados que adoptaba cada verano, para luego reunirlas y
relamerme de gusto cuando explotaban escupiendo sangre bajo una piedra. No me
acuerdo de ninguna conversación con mi padre de niña, pero sí recuerdo como si
fuera ahora que al despertarme por la mañana me rascaba la espalda durante
unos minutos. Luego, en el desayuno, me
daba un trozo de pan untado en la yema del huevo frito que él se tomaba. Yo lo
consideraba un momento sagrado, la mejor manera de empezar el día.
No puedo separar todo el proceso de la
enfermedad de mi madre de lo sensorial: cómo le ayudaba a peinarse o le ponía
crema hidratante, cómo paseábamos cogidas del brazo, el peso de su cuerpo
siempre a punto de ser asumido por el mío. La piel, su textura, las arrugas que
finalmente -a causa de los medicamentos-
hicieron su aparición en forma de delicadas turbulencias cuando sonreía.
El pergamino que recubría sus rodillas y sus brazos. La deshidratación. El
déficit de agua, al fin y al cabo, es la esencia biológica de la vejez. Un día
le corté las uñas de los pies y nos las pintamos las dos (yo por primera vez en
mi vida). Las suyas tenían una consistencia especialmente coriácea, eran
difíciles de manipular y de cortar. Me confesó que siempre las tuvo así. Yo no
tenía ni idea de ese dato. Se le notaba azorada de que yo tuviera que rebajarme
a hacerlo, insistía en que lo dejara. El cuerpo de mi madre. Como si yo lo
estuviera descubriendo en ese momento, como si lo asumiera o lo incorporara al
mío con avidez antes de que ya no estuviera más. La manera de acercarme a ella,
de demostrarle mi amor, fue descubrir y cuidar de ese cuerpo cuando empezó a dejar de funcionar. Mientras estuvo
enferma ella vivió con la idea de que nadie tenía por qué soportar el deterioro
de su cuerpo, la “suciedad” derivada de su mal funcionamiento, que nos
intentaba evitar con mucho disimulo. A pesar de esa ligera desinhibición tan divertida que le
sobrevino al enfermar y que le hacía llamar
“lencería fina” a las enormes
bragas de rejilla que tenía que ponerse sobre los pañales, añadió una nueva
capa de dignidad a su carácter. Se
volvió muy pudorosa, trataba de ocultar los problemas relacionados con su
deterioro. No nos dejaba entrar al baño, o ayudarla en la ducha. Pero al mismo
tiempo se sorprendía, entre divertida y preocupada, por la experiencia de
recibir unos cuidados a los que no estaba acostumbrada. Hasta ese momento había
sido ella la especialista en cuidar, en
solucionar los problemas. Ese acercamiento lo abordé desde todos los sentidos,
pero el tacto se situó en una posición
preponderante y poco experimentada hasta entonces. En poco tiempo me convertí
en una hija besucona y sobona como nunca antes lo había sido. Una especie de
falta de pudor hacia todo lo que tuviera relación con el cuidado del cuerpo,
propio y ajeno, me sobrevino con la
mayor naturalidad y nadie pareció sorprenderse del cambio.
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