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jueves, 4 de mayo de 2017

Diario de una despedida ( VII )

17 junio 2013

Cuando se despierta nos abrazamos y lloramos juntas por el diagnóstico de ayer. Me dice: “Vamos a llorar ahora un poquito y así luego empezamos el día más tranquilas”.  Y al cabo de un rato: “Yo siempre he pensado que a esto de la muerte se la da demasiada importancia. Yo querría hacerlo más fácil”. “Y lo harás, mamá”- le aseguro, sorbiéndome los mocos.
Transitamos el día cuidándonos mutuamente, pues parece ser que al final ella tiene más habilidades para el consuelo que yo. Y, como siempre, lo que mejor le funciona para calmar el desasosiego es intentar tomarle el ritmo a la casa, bailar con ella, emprender  las tareas que vaya solicitando. Aunque últimamente el desorden está ganando la batalla, los objetos no acaban de saber a qué lugar pertenecen, y yo tampoco. Hacemos la comida. Seguimos con el edredón. Y después de la siesta le digo que voy a depilarle las cejas y a arreglarle el  pelo.  
Mientras le arranco pelitos de la barbilla con unas pinzas, mi madre me cuenta que recuerda cuando ella lo hacía con la suya. Esta le decía: “la última sorpresa es que te salga barba cuando te haces vieja”.  Me explica que cuando la depilaba estaba convencida de que a ella nunca le pasaría.
-¿Por qué? –le  pregunto- ¿Pensabas que morirías  joven?.
-No, simplemente pensaba que esto a mí no me ocurriría.
Sonrío y me veo a mi misma en un futuro no muy lejano. En la escena, mi hija está depilándome mientras yo le advierto de las sorpresas de la vejez.


Durante los poco más de dos meses de vida que le quedan- aunque en ese momento lo ignoramos- uno de los placeres pequeños y domésticos de los que más  disfruta consiste en que yo le arranque esos pelillos rebeldes y duros que desmienten la intuición que tuvo cuando tenía mi edad. Cada vez que procedo con el ritual me muestra su agradecimiento con gestos de satisfacción y recuerda el placer que le producía arrancarnos espinillas cuando éramos pequeñas. Yo, en cambio, no sé por qué extraña asociación, es como si notara otra vez  el agradable tirón en el cuero cabelludo que sentía cuando ella me hacía las trenzas antes de ir al  colegio.
Los recuerdos relacionados con el tacto son indelebles. Cuando intento recordar cosas de mi infancia recupero memorias sensoriales relacionadas con la piel con mucha más contundencia   que los olores o las voces. Presionar entre los dos pulgares esos puntitos negros- las espinillas- hasta que se deslizara al exterior la gotita de grasa como un trofeo, era un placer que practicábamos mutuamente las mujeres de la casa. Ahora me produce algo de grima, de la misma manera que no me gusta verme como esa pequeña salvaje que arrancaba garrapatas a los perros abandonados que adoptaba cada verano, para luego reunirlas y relamerme de gusto cuando explotaban escupiendo sangre bajo una piedra. No me acuerdo de ninguna conversación con mi padre de niña, pero sí recuerdo como si fuera ahora que  al despertarme  por la mañana me rascaba la espalda durante unos minutos. Luego, en el desayuno,  me daba un trozo de pan untado en la yema del huevo frito que él se tomaba. Yo lo consideraba un momento sagrado, la mejor manera de empezar el día.
 No puedo separar todo el proceso de la enfermedad de mi madre de lo sensorial: cómo le ayudaba a peinarse o le ponía crema hidratante, cómo paseábamos cogidas del brazo, el peso de su cuerpo siempre a punto de ser asumido por el mío. La piel, su textura, las arrugas que finalmente -a causa de los medicamentos-  hicieron su aparición en forma de delicadas turbulencias cuando sonreía. El pergamino que recubría sus rodillas y sus brazos. La deshidratación. El déficit de agua, al fin y al cabo, es la esencia biológica de la vejez.  Un  día le corté las uñas de los pies y nos las pintamos las dos (yo por primera vez en mi vida). Las suyas tenían una consistencia especialmente coriácea, eran difíciles de manipular y de cortar. Me confesó que siempre las tuvo así. Yo no tenía ni idea de ese dato. Se le notaba azorada de que yo tuviera que rebajarme a hacerlo, insistía en que lo dejara. El cuerpo de mi madre. Como si yo lo estuviera descubriendo en ese momento, como si lo asumiera o lo incorporara al mío con avidez antes de que ya no estuviera más. La manera de acercarme a ella, de demostrarle mi amor, fue descubrir y cuidar de ese cuerpo cuando  empezó a dejar de funcionar. Mientras estuvo enferma ella vivió con la idea de que nadie tenía por qué soportar el deterioro de su cuerpo, la “suciedad” derivada de su mal funcionamiento, que nos intentaba evitar con mucho disimulo. A pesar de esa  ligera desinhibición tan divertida que le sobrevino al enfermar y que le hacía llamar  “lencería fina” a las  enormes bragas de rejilla que tenía que ponerse sobre los pañales, añadió una nueva capa de dignidad  a su carácter. Se volvió muy pudorosa, trataba de ocultar los problemas relacionados con su deterioro. No nos dejaba entrar al baño, o ayudarla en la ducha. Pero al mismo tiempo se sorprendía, entre divertida y preocupada, por la experiencia de recibir unos cuidados a los que no estaba acostumbrada. Hasta ese momento había sido ella  la especialista en cuidar, en solucionar los problemas. Ese acercamiento lo abordé desde todos los sentidos, pero el tacto se situó  en una posición preponderante y poco experimentada hasta entonces. En poco tiempo me convertí en una hija besucona y sobona como nunca antes lo había sido. Una especie de falta de pudor hacia todo lo que tuviera relación con el cuidado del cuerpo, propio y  ajeno, me sobrevino con la mayor naturalidad y nadie pareció sorprenderse del cambio.


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