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martes, 4 de noviembre de 2014

Día de limpieza


Lucien Freud 

En el pasaje entre los bloques de Santa Córdula y Santa Cándida todo son flores y mujeres limpiando. Cubos de agua jabonosa y estropajos en mano, las mujeres se arremangan y frotan a fondo la fachada familiar, barren las repisas y arreglan las flores en las ventanas. Los hombres, vestidos para la ocasión, miran y a veces ayudan con desgana yendo a buscar una escalera o devolviendo una escoba a la comunidad, pero sin entender a qué obedece tanto énfasis. Al fondo, los cipreses recortan el azul del cielo.
Acompaño a mi padre, me acomodo a su paso torpe  y a medida que avanzamos  las escenas se deslizan a nuestro lado: una niña se besa la mano y deposita en beso en la cara de su tía, que la contempla sonriente. Una mujer se inclina para limpiar un jarro con agua y jabón tratando de no mojarse el vestido. Más adelante,una tribu calé ocupa toda la calle, obstaculizando el paso de otros paseantes que se creen más ilustres y los miran de reojo. El abuelo está sentado en una silla plegable y  una mujer joven da de mamar al más pequeño de sus hijos. Los demás churumbeles la envuelven con sus correrías. Los dos adolescentes hacen un aparte para hablar de sus cosas, usando el verbo pillar y adjetivos escurridos.
Todo el mundo ha salido a la calle. Algunos pasean, otros charlan en corrillos con los suyos. Es fácil encontrar a amigos de la infancia que ahora parecen dibujados con un trazo más leve, saludar a tíos lejanos o a conocidos de tus padres a los que apenas reconoces. Todos se dicen palabras suaves, sentidas, conformadas. Una especie de melancolía festiva flota en el ambiente, como cada año por estas fechas.
Antes de llegar a lo de los nuestros, mi padre me explica a quienes vamos a encontrar y cómo hemos de proceder cuando se abra la puerta. Cuando llegue el momento él entrará el primero, y preferiría hacerlo por la puerta de la derecha, donde están sus parientes más cercanos. Pero lo más importante es aprovechar su ingreso para  renovar la placa antes de que se caiga a pedazos. Por fin llegamos. Antes siquiera de poder abrir la bolsa con los trapos y las flores ya ha desplegado el folio ante mis ojos. ”Granito negro-sudáfrica de 2 cm, visera, tornillos de anclaje y pomos con grabación de número y familia” reza el presupuesto más barato que ha encontrado. Me lo da para que tenga una copia y me encargue yo del asunto de la lápida. Yo miro el papel fijamente. A él no sé cómo mirarle.

Una magnífica luz  de otoño ilumina la celebración del día de difuntos en el cementerio de la ciudad donde nací.
Duane Keiser 

2 comentarios:

  1. Me ha gustado el tono festivo del relato, aunque nunca he vivido de esa forma el día de difuntos. Limpiar lápidas y nichos siempre me ha parecido una metáfora de la limpieza de conciencia. Es como si todavía necesitáramos hacer cosas por las personas que han fallecido, cuando la mejor manera de honrarlas es recordarlas durante todo el año. Cosa que, inconscientemente y en multitud de ocasiones, ya hacemos. Pero parece como que, si no vamos al cementerio y aseamos su lugar de reposo, dejamos de tenerlas en cuenta.

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  2. A mi no me chocó tanto el aire de reunión social con un aire paradójicamente festivo del lugar, sino el hecho de que mi padre hiciera esos "planes de futuro" con semejante naturalidad. Creo que el conjunto de las dos cosas es lo que me pareció extraño y a la vez refrescante.Muy bueno para romper con los prejuicios de las mentes cuadriculadas que tenemos los que aun nos creemos invulnerables y lejos del final.

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