Hemos estado
allí, y podemos afirmar que en realidad existe. Pero a Teruel le conviene y le
sienta bien habitar el territorio del olvido. Cada madrugada se resiste con
fiereza a que el primer rayo de luz rompa su envoltura de niebla y puedan así
materializarse de nuevo sus monumentos, murallas y apeaderos con idéntico
diseño y color que los del día anterior. Restos deshilachados de esa bruma se
retiran al campo cada mañana para regresar al anochecer y devolver a la ciudad a
su anhelada inexistencia.
viernes, 2 de diciembre de 2022
La ciudad introvertida
lunes, 21 de noviembre de 2022
Informe
Una vez
recogidas todas las sondas, regresamos con los datos para hacer una
caracterización del tercer planeta de la enana amarilla tipo G actualmente en
estudio.
En una primera aproximación podríamos decir que los organismos
mejor adaptados, más abundantes y que mayor diversidad presentan, son unos
heterótrofos pequeños y coriáceos que sobreviven en cualquier hábitat y
que ─atravesados individualmente por una estaca─ están ampliamente
representados en ciertos edificios lóbregos donde se guardan ejemplares
inmóviles de todas las especies.
Poseen cuernos, mandíbulas, patas robustas y variadas
protuberancias. Están cubiertos por escudos metálicos, iridiscentes o de un
negro opaco. Su éxito no ha sido obstáculo ─y eso dice mucho en su favor─
para el desarrollo de las demás especies. Son ubicuos, discretos y muy resistentes.
Existe otro grupo de seres con características muy peculiares. Unas
criaturas que poseen cuatro extremidades y una cubierta de pelo. Estos
organismos guardan a las crías adentro durante un largo periodo, extrayendo
suero de su propia sangre para alimentarlos en las primeras fases de vida
exterior. Es un producto tan reciente de la Evolución que aún no sabemos si
tendrá continuidad. Nuestra hipótesis apunta a que se trata de un experimento
arriesgado de la Selección Natural que a la larga resultará fallido frente a la
superioridad de los verdaderos habitantes por derecho propio de este extraño planeta.
El diseño más delirante incluido en este grupo lo presentan unos especímenes
que se autodenominan “humanos”. A diferencia del resto de los
mamíferos ─así llaman los humanos a los de su condición─ poseen una
implantación discontinua y absurda del pelo sobre sus límites, y pretenden
sostener todo su peso sobre dos únicos pilares acabados en ínfimas superficies,
lo cual les obliga a desplazarse de manera torpe y tambaleante. Tienen una gran
facilidad para clasificarlo todo, así que no se les ha ocurrido nada mejor que
llamar coleópteros (o escarabajos) a la especie dominante, según consta en la
lectura de sus códigos binarios. La convivencia entre ambos grupos nunca fue
muy fluida ─en general los humanos muestran una marcada hostilidad hacia
el resto de las especies y una avidez por destruir todo lo que está a su alcance,
hasta el punto de estar modificando la temperatura global de su propio mundo─, aunque
parece que en algún momento los humanos (también llamados hombres) fueron
sabios y adoraron a los escarabajos. Más adelante, uno de ellos, en un
texto fundacional y profético, tuvo la clarividencia de reconocer la
superioridad del escarabajo transformándose en uno de ellos.
Así como los coleópteros poseen una metamorfosis completa y
contundente, con exoesqueletos que les blindan contra el entorno hostil y
corrosivo del planeta, los hombres permanecen siempre como larvas blandas,
totalmente vulnerables a los agentes externos. Necesitan construirse coberturas
artificiales, pues en ninguna fase vital poseen caparazón. Se observa,
pues, una interesante neotenia. De alguna manera conservan características
juveniles toda su vida, siendo los casos más inquietantes los individuos que se
hacen llamar, en su afán por etiquetarlo todo, artistas y científicos. Los
especímenes pertenecientes a estas categorías continúan durante toda su
biografía realizando una serie de actividades que en el resto solo es
propia de las primeras fases del desarrollo: la capacidad de asombro, el juego
y la investigación.
Quizás ─y esto es sólo una conjetura─ la rareza de
estos comportamientos sea la única tabla de salvación que le queda a esta
especie suicida en el Planeta Escarabajo.
Este relato participa en la convocatoria actual del concurso de historias de ciencia ficción de Zenda #Historiasdelfuturo.
jueves, 10 de noviembre de 2022
Por un perro que maté...
Lía
Estamos
citados para las 10 de la mañana. Mientras espero a mi abogada hay una caída
mundial de WatsApp, y los mensajes se quedan esperando en un limbo circular. Al
final nos encontramos en el bar que hay frente a los juzgados. Desde allí vemos llegar
a los agentes rurales. Impresionan, con sus uniformes. Son cuatro jóvenes: dos
chicos y dos chicas. Les recuerdo de cuando intervinieron dos años atrás,
cuando sucedió todo. Ellos entran. Nosotros pagamos los cafés y vamos también
para allá. Identificaciones, bolsos por la máquina y pasar por el arco-escáner.
Igualito que en un aeropuerto. ¿Volaremos? ¿o se estrellará el avión? Solo
dejan pasar a los directamente afectados, en nuestro caso a mi abogada y a mí. Mi marido esperará en una biblioteca que se
encuentra cerca, ya le avisaré al acabar. Nos advierten que hay un juicio en
proceso que va para largo. Tenemos que esperar en el interior de un patio con
arcadas que combina el color vainilla en las columnas con el salmón en el suelo,
y unos bancos metálicos que flanquean una zona en la que ahora hay unos hombres
muy corpulentos (que deduzco son policías) esperando para declarar.
Intercambiamos impresiones con los rurales, que están revisando los papeles
para no olvidarse de nada. Todos intentamos controlar el torrente de adrenalina,
cada uno a su manera.
Yo estoy llena
de energía gracias a que el día anterior me esforcé en cansarme al máximo. Antes
de comer me fui a la playa y nadé durante un buen rato inmersa en un calor inaudito
para finales de octubre. Por la tarde pinté algunas paredes del piso, obsesiva
con algunos detalles y rincones, y luego salimos a cenar. Después de todo eso caí
rendida y dormí toda la noche de un tirón, aunque se alternaban unos extraños sueños
lúcidos en los que el sobresalto era el común denominador. Me ha ocurrido como
me solía pasar con los exámenes: esa ansiedad que bloquea y aísla la semana
previa, pero que el día de la prueba se transforma en una especie de alivio
anticipatorio. Un Alea iacta est en toda regla.
Ya había
hecho mis deberes. Ya había repasado lo que pasó y lo había ordenado en mi
cabeza. Mi abogada me dijo que no me lo preparase demasiado. Que solo me
preguntaría cosas que yo ya sabía: si las perras eran parte de la familia, y qué
ocurrió ese día. Que solo contestase acerca de lo que yo viví. Todo lo demás lo
dirían los demás (los agentes rurales, la forense…) Que prepararlo demasiado
podía acabar estropeándolo. Pero yo, que
me conozco y sé que solamente me siento segura cuando me preparo las cosas, lo
volví a visualizar todo mientras pintaba las paredes. Las imágenes de Lía
agonizando volvieron enseguida. No hizo falta invocarlas en voz alta. El
espanto de lo que viví con mis dos perras envenenadas había estado esperando al
otro lado de un espejo en el que tuve que mirarme de nuevo. También ensayé cómo trasladar a través de la
mirada todo mi desprecio hacia el energúmeno que lo hizo y al que deseaba que le
cayera encima todo el peso de la justicia (a esas alturas me permití imaginar a
La Justicia como una matrona con obesidad mórbida cuyos platillos de la balanza penden
repletos de expedientes pesadísimos)
Mi hija me había
recomendado que, por higiene mental, no proyectase la imagen de un demonio en
un individuo que probablemente sería simplemente un ignorante que había
cometido un error. Yo asentí, pero seguí ubicándolo en el infierno. No me gustaba
admitirlo, pero me provocaba una curiosidad morbosa saber qué aspecto tendría
el diablo. Aunque lo cierto es que en algún momento me vino a la mente Hanna
Arendt y su decepción ante Eichmann, aquel aplicado burócrata que cumplía
órdenes.
Y ahí está. Con
su abogado. En la otra esquina del cuadrilátero. Un hombre mayor, de escasa estatura,
con un aspecto entre desorientado y retador. Aparece y desaparece de mi vista
tras las columnas del patio. En las series americanas, hasta a los delincuentes
más toscos les endilgan un traje y una corbata cuando asisten al juico. El sujeto
que envenenó a mis perras lleva una camisa de cuadros rojos, tejanos y unas
deportivas blancas. Me pregunto si será puro attrezzo, pero me sorprende mucho que vaya disfrazado precisamente de cazador. Compone un gesto extraño
con la boca que no atino cómo interpretar. Las columnas nos sirven de parapeto,
pero cuando está en mi campo visual le miro a la cara fijamente, le fulmino con
mi peor expresión (ensayada) de mala leche. Al final de la mañana me dolerá la
mandíbula de tanta determinación. Y total, seguramente para nada, pues sospecho
que la potencia de mi odio no ha sido suficiente para atravesar el espacio que
nos separa. A las chicas flacuchas y contenidas nos cuesta horrores imitar a
Frances McDormand en sus mejores papeles de cabrona.
Seguimos
esperando. Mientras tanto, van llamando a diferentes testigos del juicio
anterior. La chica con chándal y el pelo mal recogido acaba de salir de
declarar. La acompaña una funcionaria del juzgado. Le tiembla todo el cuerpo y en
cuanto se sienta en el banco pide a la acompañante si se podría liar un cigarrillo.
Más tarde se refugiarán en una pequeña habitación cercana a donde estamos.
Durante las horas que pasaremos allí podré captar su angustia a través de las
paredes. Al cabo de un rato, dos policías acompañan a la sala a un hombre joven
y muy robusto que va esposado. Casi no me atrevo a mirarlo, pero su silueta me
recuerda a un centauro. Lo que más le preocupa a la chica es si le avisarán
cuando salga de la cárcel. Lo repite varias veces. La que le asiste la intenta
tranquilizar. Yo me imagino que es una de mis hijas, y como no puedo soportar ese
nuevo dolor ajeno trato de concentrarme en el mío propio. El abogado defensor le
ha pedido a mi abogada llegar a un acuerdo y no entrar a juicio.
Ya llevamos
dos horas de coreografía entre los abogados y el fiscal cuando finalmente
consiguen una estancia para reunirse y hablar. Lo que pide el abogado del tipejo
de la camisa a cuadros, me entero después, consiste en desestimar la solicitud
de cárcel y canjearla por una multa. El fiscal y el defensor piden que
solamente afecte al delito ecológico ( puso veneno de forma sistemática y durante
al menos quince días en una zona protegida y al alcance de animales y personas)
y no por el envenenamiento de mis dos perras. Mi abogada se niega a pactar y se
reivindica en lo que reclamamos como compensación por las consecuencias que
este delito tuvo en mis dos perras (la muerte de Lía y el grave envenenamiento
de Gala). Si no aceptan pagar la indemnización que hemos pedido en la demanda
por daños y prejuicios y las costas, ningún
problema: se entra a juicio.
Mientras
tanto, yo sigo ensayando mi mirada asesina con el diablo disfrazado de payés, y
aunque de vez en cuando mi compasión me coge por las solapas y me cuestiona ese
caminar mío de fiera enjaulada a lo largo de mi lado del patio (¿seré yo la
fiera?), la imagen de Lía vuelve a comparecer para que yo pueda colocar el
odio otra vez en un lugar prominente.
A las cuatro
horas todo está solucionado. El innombrable se declara culpable, acepta todos
los cargos y se compromete a pagar una multa por delito ecológico y a asumir la
indemnización por responsabilidad civil que pedimos para compensar de alguna
manera a nuestra familia por la pérdida de nuestra perra Lía.
Al salir de
los juzgados la rabia se disuelve y deja paso a algo que recuerda vagamente a la euforia.
Y, aunque todavía tendremos que esperar dos semanas para que nos llegue la
sentencia en papel, un ligero movimiento sísmico ha atravesado mi pequeño mundo.
Una pieza se ha movido en el tablero gracias a la determinación de seguir hasta
el final. Siento como si esa justicia obesa y llena de celulitis hubiera
perdido unos quilos y ahora se permitiera un gesto liviano, como si se dispusiera a bailar. Solo
queda esperar a que la noticia salga en prensa y que sirva de aviso a navegantes.
Ojalá la lean esos cazadores descerebrados que se creen impunes y se lo piensen
dos veces antes de atentar contra la vida de manera gratuita y cruel. Los
envenenadores son muy brutos y muy simples, y hay que ser muy didácticos con
ellos para que capten el sencillo mensaje de que las acciones tienen consecuencias
y que a veces los malos acaban pagando.
Al individuo que
envenenó a mis perras le llamaría de muchas maneras, tengo a mi disposición muchos
adjetivos ( ya los usé cuando ocurrió, aquí), pero ahora me limitaré a llamarle
mataperros.
Gracias a mi
familia, a la protectora Perrikus, Mercedes, Mar y Fernando, a Ignasi Ripoll, a los agentes rurales de Tortosa y a mi abogada por estar a mi lado en este
proceso. Lía, espero de verdad que tu muerte sirva para salvar otras vidas. Cerramos
de alguna manera el duelo dos años después.
sábado, 29 de octubre de 2022
La tatarabuela
Cincuenta y tres huesos. Emergen obedientes a
los expertos toques del cincel. Una hembra joven, según se deduce de su pelvis.
El maxilar inferior muy robusto para un cráneo tan pequeño. Húmero largo, como
de simio.
Están
acostumbrados a celebrar el hallazgo de restos fósiles de hienas, babuinos o
jirafas. Incluso los rastros de agua de lluvia grabados en los estratos de
arenisca. Pero un hueso de homínido es algo improbable, excepcional. Los
paleontólogos del equipo de D. Johanson pueden describir a un individuo a
partir de un solo diente. Montar un puzle con tantas piezas es una bendición.
Mientras
excavan el yacimiento en el magnetofón suena una y otra vez Lucy in the Sky with Diamonds.
La
llamarán Lucy, claro. Un magnífico ejemplar de Austrolopithecus afarensis. La primera que se irguió sobre sus
pies. La tatarabuela etíope de toda la humanidad. Nunca imaginó ─no hubiera podido─ que sería tan famosa en un remoto futuro.
Tampoco los Beatles supieron que la L del “LSD” camuflada en el título de su
canción daría nombre a la entrañable antecesora de los homínidos que un día,
con zancada firme y cráneo hipertrofiado, cruzaron el umbral de África para invadir
y devastar el planeta.
Con este texto he participado en la actual convocatoria de Esta noche te cuento con tema antepasados y / o robots. Aquí
viernes, 14 de octubre de 2022
Cómo superar tu primer día de trabajo
Estudia
medicina. O farmacia. Algo que parezca importante o que sea de ciencias, como insistía
mamá. Si has estudiado filosofía no tienes ninguna posibilidad. Cero. Siéntete
orgullosa si el ayuntamiento te selecciona entre muchos otros jóvenes de la
población para trabajar durante un mes y así promocionar las políticas de
empleo del Consistorio. Sonríe muy fuerte en la foto que te vas a hacer con los
otros privilegiados. El alcalde se situará en el centro, como la guinda de un
pastel de carne, y lucirá la sonrisa más falsa de todas. Nunca podrás superar
el tamaño de esa sonrisa, pero debes intentarlo. No hace falta que sonrías con
los ojos, solo estira al máximo las comisuras de los labios. Después saluda entre
contenta y precavida al chico que te han puesto de pareja para ayudar a los agentes
ambientales del pueblo. Prepárate para empezar en serio al día siguiente. Visualiza
los 850 euros que te han dicho que cobrarás al final de este mes de julio que promete
reventar las temperaturas registradas en los últimos veinte años. Si gestionas
bien ese dinero a lo mejor hasta puedes ir al Arenal Sound.
Discúlpate con discreción cuando llegues con cinco minutos de
retraso a tu primer día de curro. Tienes que comprender que ya le hayan explicado
a tu compañero cual será vuestro itinerario de concienciación ciudadana, qué
folletos tenéis que repartir y de qué contenedores tenéis que comprobar desperfectos.
Pero, sobre todo, no bajes la mirada cuando esa cincuentona, que es tu jefa porque
entró en el programa de desempleados de larga duración, te diga que a dónde vas
tan fresca, que si te crees que con esos pantaloncitos tan cortos los hombres
escucharán lo que tengas que decirles sobre reciclaje. Desafíala con tu
silencio. Imagínate desmelenada en el Arenal dentro de poco, pero ahora
recógete el pelo en una coleta y ponte el chaleco amarillo de agente ambiental
con el temple de una varonesa en el exilio. Patrulla con vigor y resentimiento
por las calles con tu compañero, aún a costa de añadir dos grados de rabia a
los 35 grados centígrados de temperatura. Aprende a dosificar esa rabia, pues
te tiene que proporcionar energía para todo el mes.
sábado, 3 de septiembre de 2022
Mala memoria
Foto propia
Al entrar, la farmacéutica le está diciendo a una clienta que como
las pastillas para el mareo producen somnolencia, algunas marcas añaden algo de
cafeína.
La clienta resulta ser mi vecina.
─ Uy, ¡Hola!
─ Yo tampoco te había reconocido por detrás ¿Qué tal? ¿Cómo estáis?
─ Bien. Hoy vamos a llevar a mi tía al mar.
─Ah, pues nosotros también nos vamos a la playa ahora. ¿A dónde la
lleváis?
─Ella quería que la lleváramos a la Barceloneta, que es donde
vivió de joven, pero ahora no se puede ir allí. Vamos a ir más lejos.
Pienso que si el viaje es largo y la mujer mayor no es mala idea
darle una Biodramina.
Mientras recoge el cambio y mete los medicamentos en su bolso me comenta
que ahora hay unos barcos funerarios que se meten mar adentro, y eso sí que
está permitido.
De repente me acuerdo de que me lo contó. Su querida tía. Y lo
triste que había quedado su madre sin su única hermana.
Tartamudeo un poco al despedirme. En cuanto sale por la puerta de
la farmacia repaso la escena en mi cabeza. Me siento como si acabara de bajar
de un carrusel. Y me pregunto si debería añadir a mi compra una caja de biodraminas.
domingo, 21 de agosto de 2022
Documentales de la naturaleza
Los niños, emocionados
como cada verano, se dirigen a la fiesta infantil del pueblo. Piñatas, carreras
de sacos, chocolate con churros… todo gestionado por unos cuantos vecinos
disfrazados de payasos. El calor y la música de pachanga, insufribles para quienes
los acompañamos, no parecen hacerles mella. Todo transcurre como siguiendo un
guion, el de un documental que tratara de la vida amplificada y colorida de una
manada de leones retozando, celebrando la saciedad con sus cachorros. Y al
final de la fiesta, un giro inesperado: veinte pollitos de un amarillo
insultante salen despavoridos cuando uno de los payasos abre una caja de cartón
agujereada con pequeños respiraderos. Tras la parálisis inicial, los niños
corren a atraparlos con sus manos ansiosas. Mis hijos me traen uno, como quien lleva
una ofrenda a su dios. Un manojo de plumón palpitante, que no tenemos más
remedio que llevarnos a la finca familiar. Cualquiera lleva la contraria a esa ilusión
desmesurada y llena de porfavores. Le llamaremos Piti, y los primeros
días servirá a la vez de juguete y de motivación moral sobre el cuidado de otros
seres vivos.
Al final del verano, para cuando tenemos que regresar a la ciudad
y a los colegios, el pollito se ha convertido en una criatura feúcha y parda,
un adolescente rumboso y desgarbado que picotea sin descanso, deja un rastro de
diarrea a su paso y no permite que lo toquen. En cuanto nos marchamos, mi
cuñado lo llevará a la granja de su madre.
En Navidad regresamos a la finca. Mi suegra nos deleita con sus
habituales delicias culinarias: caldo, pollo con ciruelas y macedonia, esta
vez. Mi cuñado espera a los postres para hacer un comentario sobre lo tierno
que estaba el pollo. A continuación, nos lanza un guiño, una granada con
efectos retardados que mis hijos interceptan.
Le gritan, le pegan, arañan sin piedad a su tío. Se meten los
dedos en la boca, pero no consiguen vomitar. Y al final lloran sin consuelo, con
una rabia que no se agota. La digestión de Piti coincidirá exactamente en sus
biografías con el paso de cachorros a animales jóvenes, con la pérdida irremediable
de una inocencia que ya nunca recuperarán.
Mientras, en la televisión, un magnífico ejemplar amonesta con un
zarpazo sin uñas a uno de los leoncitos que está dando la lata con sus juegos a
la hora de la siesta. La música que acompaña a esta escena en el documental podría
parecer demasiado dramática en cualquier otra ocasión.





