Atròfia del dibuix ( Perejaume)
Algunos
bodegones al óleo, posters que anuncian exposiciones o bocetos sencillos de
pintores complejos… me pueden hacer perder la sensatez. Me pirro por las
litografías, los grabados antiguos y las mandalas impecablemente pintadas. Soy
propietaria de delicados retratos al carboncillo, marinas brumosas, fotografías
de autor enmarcadas de forma minimalista, e incluso una holografía. Todo lo que
me llama la atención y es susceptible de ser enmarcado y colgado de una
alcayata tiene muchas probabilidades de acabar en alguna de las paredes de mis
dos pisos.
En el del
pueblo predominan los colores terrosos y los formatos clásicos. Al de la ciudad
hace ya tiempo que llegó la vanguardia y el desenfoque. A veces traspaso
temporalmente un ejemplar de un piso al otro, a modo de castigo o de exilio
provisional, pero con frecuencia a continuación siento una ligera inquietud, un
sutil malestar…y acabo devolviéndolos a su lugar.
Cada vez que pretendo
incorporar un nuevo miembro a la familia cumplo meticulosamente con el ritual
prescrito. Lo primero, hacer un recorrido por las estancias habitadas por los
antiguos moradores. Tanteo el ambiente, averiguo si todo el mundo está cómodo y
les pregunto si estarían dispuestos a compartir pared con un nuevo elemento
recién enmarcado. Siempre encuentro alguna resistencia, especialmente cuando la
pared está tan llena que introducir una novedad implica que alguien se vaya al
desván, pero al final muestran su bonhomía y aceptan resignados. Una vez conseguido
el beneplácito de la comunidad es cuando mayor concentración se requiere. Me
dispongo a pasear en estado de trance por los pasillos y las habitaciones
tratando de averiguar el mejor lugar para la nueva adquisición. Planteo de
forma provisional presentaciones en huecos vacíos de la pared, o incluso imagino
alguna permuta que cambie ligeramente la atmósfera del lugar. ¿Qué te parece
este espacio? ¿Sientes que este es tu lugar en el mundo? le pregunto al nuevo,
mirando de reojo a sus hipotéticos nuevos compañeros y comprobando si los
colores y los estilos combinan. Eso me lleva bastante tiempo. Hasta que no
estoy segura de en qué ecosistema integrarlo, no puedo parar. Me siento con la
energía obsesiva de un pájaro construyendo su nido: tantas posibilidades de
trenzado me agotan, pero sigo insistiendo hasta que la realidad confirma mi
intuición. Finalmente, uso el taladro como una barita mágica que clausura el
acto de la decoración artística de mis interiores. Y al decir “mis” interiores me
refiero a que cuando consigo ese equilibrio sutil, esa composición ideal en mis
paredes, ese humilde y personal nuevo orden del universo, algo dentro de mi
cabeza se coloca en el sitio destinado por los dioses para sentir por un
momento algo parecido al nirvana.
En general es
una experiencia emocionante, y muy creativa. Pero en ocasiones, cuando no
calculo bien y abandono a uno de ellos en un ambiente hostil, las cosas se
pueden poner feas. A veces me sobrevienen migrañas repentinas. Pinchazos,
reflujos súbitos, palpitaciones. Otras, delirios de persecución o ideas
parásitas que me dejan exhausta durante varios días Una vez tuve un sueño
lúcido terrible en el que una delicada filigrana me preguntaba, mientras se
descomponía, que cómo se me había ocurrido ponerle semejante lámina a su lado,
para terminar la pesadilla precipitándome por el abismo de las fauces que se abrían
entre los colores del poster de Rothko. El otro día me bajó tanto la tensión al
salir por la puerta que tuve que regresar y retirar el póster de Psicosis del
dormitorio antes de que Anthony Perkins rajara la cortina de la ducha decorada
con la foto de Marilyn Monroe, ante la mirada atónita de la virgen con niño del
cabezal de la cama.
No es
sencilla esta forma de amar el arte. Resulta muy sacrificada la vida de quien
pretende decorar sus interiores de una manera orgánica, coherente y con calidad.
A veces me siento tentada a tirar la toalla y hacer lo fácil, lo que hace todo
el mundo: comprar un mapa del mundo, enmarcar una muestra de encaje de
bolillos, una camiseta del Barça, el título universitario y unos angelitos de
cerámica, y poner una cosa en cada habitación. En el recibidor colocar un
corazón gigante, comprado en un chino, que lleve escrita una larga lista de
buenos propósitos, y para el comedor recuperar el cuadro pastoril de mi abuela.
Cuando me puede el desaliento me debato entre esa posibilidad o bien la de comprarme
otro piso más grande, lleno de pasillos, para poder poner una distancia disuasoria
entre los miembros más quisquillosos de mi familia artística.
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