En el pueblo no se habla de otra cosa que de la preocupante plaga
de Caperucitas que asola nuestros bosques.
Desde que desapareció su depredador natural las de rojo provocan
accidentes, destrozan los huertos y remueven la tierra buscando raíces después
de la lluvia. Por las noches merodean por los polígonos industriales y se
acercan a los límites de la ciudad para hurgar en los contenedores de
basura.
Algunos municipios organizan batidas clandestinas que reúnen
a los habitantes más siniestros de la comunidad. Cada vez que los ecologistas
proponen reintroducir el lobo ibérico, los ganaderos salen a la calle con escopetas
y garrotes.
Mientras tanto, ellas deambulan en pequeños grupos, con la mirada
alucinada y mostrando una maraña de pelo color miel bajo sus harapientas
caperuzas. Si se les acorrala cuando van con sus crías -esas deliciosas y
pálidas criaturas- se revuelven y atacan con ferocidad.
En el bar yo no me pronuncio sobre el asunto, pero estoy haciendo
mucho más que todos esos charlatanes para solucionar el problema. Cada
veintiocho días, siguiendo mi naturaleza, acudo al llamado de la luna
llena. Me muerdo el aullido que brota de mis entrañas, y salgo de cacería.
Fotografía propia
Con este microrrelato he ganado el primer premio en castellano del Concurso de microrrelatos de terror y gore de Molins de Rei 2016. El mejor relato en catalán se lo ha llevado Elies Villalonga con un poema sobre vampiros Aquí se puede ver la noticia en la prensa de Molins Miquel Llobera,del colectivo Enveualta ( una iniciativa estupenda para poder escuchar literatura) ha convertido el micro en un magnífico audio, con su profunda voz y unos cuantos efectos especiales terroríficos. ¡Gracias!
Una vez se sabe algo, poco se
puede hacer para dejar de saberlo. Cuando por fin entiendes la letra en inglés de una canción, ya eres incapaz de oír esos sonidos que parecían tan
misteriosos y que podían abrir tantos caminos en tu interior. Algo así ocurrió
cuando mi hermana me transmitió el diagnóstico más probable de esa lesión que
habían encontrado en la resonancia: metástasis cerebral. Desde ese momento, el
destino me situaba en el tramo final del camino de mi madre. No dudé ni un
segundo en acompañarla.
Cuando lo supe, no me conformé
con eso. Quise saberlo todo de ella. Me
propuse acercarme, tocarla, vivir a su paso, deslizarme bajo su piel, volver a
su útero. Conocerla, saber quién era
ella antes de estar yo en este mundo, cómo era de adolescente. Dar sentido a
todas sus fotografías. Abarcar el misterio
de su vida única, de su vitalidad y su belleza, de su dolor y de la firmeza de
su cariño. Sin preguntar, solo fundiéndome con ella. Era una cuestión de
epidermis, de fluidos y de vibraciones, nada que pudiera caber del todo en
palabras.
Acababa el mes de mayo. Me
pedí un permiso en el trabajo para estar con ella. En unos días la iban a
ingresar en el hospital para confirmar el diagnóstico e intentar localizar el
cáncer original.
1
de junio de 2013
A
las siete y media de la mañana está sentada delante de la tele, que vomita
anuncios. La nevera se ha quedado abierta y varias luces de la casa también. Me
explica que ha estado pensando en los éxitos de mis hijos. Nos hemos
especializado en darle buenas noticias a la abuela sobre sus nietos para poder
observar así esa felicidad tan
contundente en su rostro. Esta vez es el trofeo “al jugador más carismático”
que le han dado a Víctor y el premio extraordinario del Máster de Carlos. Me
dice que está esperando a que salga lo de Carlos en la tele. Yo le intento
convencer de que no va a salir. Le sugiero que se vuelva a la cama. Ronronea que
se está muy bien en la cama. Reconoce que no sabe qué hora es, pero cuando le
digo que voy a ir al lavabo se acuerda de que ayer me tomé un kiwi.
En abril habían empezado los
síntomas. Se olvidaba de cómo se hacían
cosas en las que ella era experta, como cocinar o coser. Una vez se levantó de dormir la siesta y le
dijo a mi padre que iba a la cocina a hacerse el desayuno. Otro día no
conseguía acordarse de cómo se hacía una tortilla de patatas. Pidió que la
lleváramos al neurólogo, que se olvidaba de las cosas, que debía tener Alzheimer.
Le dijimos que las personas que tienen alzheimer no se autodiagnostican, pero la
llevamos. Contestó a las preguntas de
memoria inmediata mucho mejor de lo que lo hubiera hecho yo. Le hicieron una
resonancia. La corteza cerebral estaba perfecta. Pero había un par de lesiones
que parecían antiguas y enquistadas. Los "soldaditos", como los bautizó mi madre
cuando vio la imagen en tonalidades de gris azulado de la placa. Había que averiguar qué eran, la ingresarían
unos días para hacerle más pruebas.
Mi madre se debatía entre un
realismo desarmante y la convicción irracional de que ella y su familia eran
especiales y estaban a salvo de muchas de las incomodidades que afectan al
resto de la humanidad. Cuando algo ( una enfermedad, un fracaso…) desmentía ese principio, sobre todo si se
trataba de algún contratiempo que afectase a sus hijas o a sus nietos, se ponía
a rezar como una posesa y manejaba argumentos en los que trataban de compatibilizar nuestra condición de inmunes con la de personas “como
todo el mundo”. Si la afectada era ella, era mucho menos aprensiva que si se
trataba de uno de sus seres queridos. En ese caso le quitaba hierro al asunto y
conseguía reírse de sí misma en voz alta para que los demás no nos
preocupáramos, o lo comentaba como de
refilón, al hilo de otra cosa. Sus quejas nunca eran directas, había que saber
leer entre líneas. Un día, ya enferma, hablando con mi hija Ana sobre la
especialidad que iba a elegir para la especialización de sus estudios de
fisioterapia, le soltó:
-Para especializarse en
geriatría tiene que gustarte tratar con
gente llena de pellejos, como yo-dijo tocándose los brazos secos como
pergaminos. Mejor haz lo de los deportes- le recomendó. Y luego añadió, con una sonrisa pícara,
haciendo referencia a los verdaderos
problemas relacionados con su enfermedad:
-Pero esto de la sequedad en
la piel es “pecata minuta”.
En cambio, no podía soportar
el sufrimiento de los suyos, lo pasaba realmente mal. ¿Qué trataba de
transmitir mi madre con su preocupación por las dificultades que afectaban a su
familia? ¿Que éramos diferentes? ¿Especiales? ¿Que no nos podíamos salir del
esquema de éxitos y bienestar que ella
había previsto para nosotros? Contarle ciertas cosas podría ser demasiado
perturbador para ella. No podíamos hacerle eso. Tuvimos que aprender a
protegerla de algunos hechos. Otros los sufrió y los rezó con ahínco. En
cambio, nos encargábamos de acentuar cualquier éxito de sus hijas o de sus
nietos. Era normal llamarla para informarle de las buenas notas de nuestros
hijos, de los éxitos y los premios. De esta manera alimentábamos su intuición
de que estábamos hechos de otra pasta. Siempre pensé que en medio de la
fortaleza del carácter de mi madre, ésta era una veta de vulnerabilidad a tener
en cuenta, su talón de Aquiles. Probablemente eran restos que arrastraba de su
desamparo por quedarse sin madre de forma tan prematura, al final siempre salía
la huérfana de cuatro años que fue.
Y por otro lado, ¿por qué ella
no se quejaba jamás, ni nos pedía ayuda?
Su determinación por ser autónoma nos
dio alas, nos relevó del deber de preocuparnos por ella, pero a la vez nos acostumbró a no pensar en
ella como en alguien necesitada de nuestro apoyo, de nuestra atención. Eso no
era obligatorio, nunca lo exigió. Lo dejaba a nuestra voluntad. Sin quererlo
hizo que nuestro comportamiento fuera, algunas veces, algo desconsiderado.
Éramos capaces de volver a casa, siendo ya unas madres de familia hechas y
derechas, con la misma actitud de cuando nos fuimos de allí con dieciocho años.
Íbamos a que nos cuidará mamá, sin darnos cuenta de que los años habían pasado,
sin percatarnos de que quizás fuera ella quien necesitara ser cuidada. Ahora, a sus 85 años, había llegado el momento.
El
idilio se remonta nada menos que veinte años en el pasado familiar. En mi
memoria, en cambio, parece mucho más antiguo, como de antes, como de siempre…De
hecho, la espiral de emociones empezó con unos meses de antelación, cuando en
una ecografía para controlar unas pérdidas en mi tercer embarazo el médico
dijo: “Está todo correcto, pero…¡aquí hay mucha gente!” Así que en lugar de un
aborto espontáneo, el diagnóstico resultó ser un embarazo gemelar. Me dio un
ataque de risa floja, del mismo tipo que los que me sobrevienen sin remedio en
el segundo plato de cualquier comida o cena familiar. Dos bolsas, me contesto a la aterrorizada pregunta sobre si eran
univitelinos. La posibilidad de tener dos clones no me seducía demasiado, la
verdad. Ahora pienso en cómo hubiera sido tener a cualquiera de vosotros dos
repetido, y solo de pensarlo añoro al otro con desgarro, aunque sea una hipótesis
absurda y fuera de lugar.
La
risa histérica continuó mientras intentaba balbucear la noticia en las
múltiples llamadas telefónicas que realicé al llegar a casa. Por suerte, me
ahorré ver las caras de mis interlocutores ante tan excéntrica reacción.
Pero
resultó que iba a tener el embarazo más tranquilo de todos, pues me dieron la
baja desde aquel tercer mes hasta el momento del parto. Un embarazo de alto
riesgo que me sirvió para estudiar oposiciones aprovechando las horas en las
que los mayores estaban en el colegio y vosotros crecíais ahí adentro. Una
temporada en la que leí, nadé y paseé mientras me volvía hacia dentro como un
perro que duerme intentando imaginaros.
Y
el 18 de octubre de 1996, en una visita rutinaria de final de embarazo, me
provocaron el parto, al percatarse que Víctor había detenido su crecimiento
debido a una placenta algo envejecida. Llamé a vuestro padre desde el
departamento de un amigo que trabajaba en el Hospital (esta es la prueba de que hubo un tiempo en la que no
existían los móviles). En las dos horas y media que duró el parto, a los abuelos les dio tiempo de coger el
coche, conducir 200 kilómetros desde Tortosa, recoger a Ana y a Carlos del
colegio y llegar al hospital en el mismo momento en el que os entraban a la
habitación en sendas cunitas. Vïctor, con 2,5 kg , Sara con 3 Kg y algo. Yo con mis escuálidos 50 kilos otra
vez, tras expulsar los 10 consistentes en niños, placentas y líquidos varios. Sara tenía
cara de señorona, ¿o de señorita de Avignon? La tortícolis posicional que sufría le daba un
aire asimétrico y cubista. Su boquita fruncida mostraba un bonito gesto de
determinación. Víctor, con carita de
haber pasado un poco de hambre, era delicado y silencioso como un ángel. Carlos
y Ana, de siete y cinco años, los miraban con una expresión inenarrable, a
medio camino entre la felicidad y el susto.
Y
empezó la aventura: las noches sin dormir, las posturas de contorsionista para
poder daros de mamar a los dos a la vez cuando estaba sola, la emoción y el
cansancio compartiendo espacio en la sangre, la sensación de habitar en el
interior de la partitura de un Himno.
El
regreso al trabajo. Magda, la primera aupair checa. El traslado de vuestro padre a
Alicante. Yo estudiando las oposiciones con Marcel.lí mientras os dábamos el
biberón a pares. El aprobado de ambos. El traslado a Alicante. Mila, aquella
chiquilla de 18 años que venía de la República Checa y que fue como una hija
mayor y nos acompañó en nuestro primer año allí. El trabajo en el instituto “8
de marzo” de Alicante. La guardería. Las otitis. Los paseos. Las noches en
blanco. El himno acelerando su cadencia. Los bebés en su cochecito doble
empujados por Mila. Las canciones y los cuentos. La vida vibrante y densa como
un tejido trenzado con fuerza.
Sara
era un bicho. Víctor un bichito. Se van perfilando los caracteres de los mellizos
más distintos sobre la faz de la tierra. Los hermanos mayores toman posiciones
en este nuevo territorio a compartir. Cada pieza en su sitio, todo se va
ajustando. Aunque no recordéis nada de todo esto, fueron dos años intensos,
soleados, llenos de vida y de retos, como el de quedarnos allí otro año
mientras el papi se volvía a Barcelona, como el de acoger sucesivamente a
Maruska y a Lenka. Como el de hacer otro traslado completo al acabar el curso.
De
vuelta en Molins empiezan vuestros recuerdos. Y como son vuestros, no voy a
mancillarlos con los míos. Solamente voy a copiar dos fragmentos elegidos de
entre los muchos textos que escribí en esa época mientras disfrutaba viéndoos
crecer.
Sara,
este es para ti. Y para todas las Saras que he tenido el placer de ir
conociendo: la pequeña atleta musculada, la niña llena de vitalidad, la
adolescente sensata, la joven indomable, la nieta “dolceta”, la adulta
confidente y llena de sabiduría.
Sara
( 7 años)
"....Sara en
la actualidad es una niña aparentemente normal, aunque si la observas detenidamente
cuando nadie la mira, te percatas de que su musculatura es la de
alguien que ha recorrido más kilómetros de los que ella ha podido andar en su
corta vida, que trepa a los árboles de manera espontánea, que los gatos callejeros
la reconocen y se dejan acariciar por ella sin reservas, y sobre todo, que sus
ojos pequeñitos son más profundos que los de los otros niños, la luz le viene
de más adentro y cuando anochece le siguen brillando como dos pequeñas
luciérnagas"
Y
ahora te toca a ti, Víctor. Este es un poema que escribí para ti un día a
la salida del dentista, y que ahora le dedico al efímero bebé regordete, al
niño de ojos enormes que se encerraba en su cuarto sentado de cuclillas y
creaba universos con su colección de animales, legos y playmobils, al
adolescente lector y leal a sus amigos, al joven irónico e introvertido, al
adulto inteligente y austero.
Víctor
no quiere ir al dentista
Mis
dientes son míos
nadie
los puede tocar,
ni
esa dentista con gafas
a
la que me quieres llevar.
Odio
las pastas con fluor
odio
tener que esperar
en
esa sala de espera
con
música de vomitar.
No
me gusta abrir la boca
ni
tener que soportar
ese
taladro de hierro
con
el que me quieren asesinar.
¿Y
si perfora el cerebro
atravesando
el paladar?
Esa
dentista es miope
y
le podría pasar.
Malditas
caries idiotas
¿Por
qué se acercan a mi?
son
como monstruos peludos
contra
los que inventaré un elixir.
Cuando
crezca y me convierta
en
una famosa figura
científico
importante
aunque
sin dentadura,
conseguiré
una poción
que
les hará la vida muy dura.
Pero
de momento, hoy,
si
me quieres compensar,
al
salir del dentista
me
tendrías que comprar
una
ensaimada gigante
y
una consola super-star.
¡Felicidades
a “los bebés” más grandes del mundo! En todos los sentidos, excepto en lo de Bebés,
título que ostentasteis hasta bien tarde. Los hermanos se suelen parecer,
vosotros no. Aunque compartís fecha y hora de nacimiento, minuto arriba minuto
abajo. Tres minutos no es nada. Veinte años no es nada para todo el cariño y la
compenetración que habéis demostrado que sois capaces de derrochar. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
Genghis
Khan estaba obsesionado con dejar una cuantiosa descendencia.Lo consiguió. Para
ello usó una estrategia tan invasiva como eficaz: matar al máximo número de
varones y fecundar al mayor número posible de hembras, se cree que alrededor de
un millar. Como consecuencia, el 0,8 % de todos los hombres actuales tienen el
mismo cromosoma Y que el insaciable conquistador. En efecto, quizás tu propio
padre sea uno de ellos.
Para
las mujeres brasileñas de la alta sociedad tener la piel clara proporciona un
plus en su caché social que todos reconocen aunque nadie lo verbalice. Casarse
con hombres blancos garantiza la dilución de su material genético africano, la
decoloración progresiva de su árbol genealógico. Pero incluso la más pálida de
este banco de diluciones social posee el ADN mitocondrial de sus tatarabuelas
traídas como esclavas desde Angola o el Congo. Un ADN negro como un tizón.
Cada
uno de nosotros poseemos el 50% del material genético de nuestros progenitores,
el 25% de nuestros cuatro abuelos, el 12,5% de cada uno de nuestros ocho
bisabuelos...
Mis
genes no sólo dicen cosas sobre mí. Hablan de mis padres, de mis tíos, de mis
hijos...y de todos los que asoman en los álbumes de fotos de mi familia. No
somos más que una combinación única de fragmentos de nuestros antepasados, un
puzle hecho con piezas minúsculas, cada vez más pequeñas, de los héroes, los
tiranos o los seres anónimos que nos precedieron.
Una
dilución tan extrema que apenas queda rastro del principio activo original.
Pura agua con una pizca de azúcar.
Para Ana , que se acuerda de su mami aunque esté en las antípodas. En ella los ancestros se han concentrado de tal manera que la han convertido en una auténtica fuerza de la naturaleza, nada de aguachirlis homeopático.
Dedicado a Rafa Heredero, que es capaz de hacerlo.
Al
principio la sala era caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Su
mirada aleteaba sobre las butacas, cubriéndolo todo.
Entonces,
desde su cubículo de ahí arriba, sonrió.
Se
aclaró la voz. Pronunció el mantra con gesto solemne. Colocó la cinta y le dio
al interruptor.
La
luz se hizo, como cada noche.
Y
así, con la soltura y la dignidad que solo poseen los dioses, creó un Universo.
Aquí copio el microrrelato
de Rafa Heredero con el que ha ganado la última edición de la Microbiblioteca
En memoria de Hugo Dubois
El mariscal Hugo
Dubois (1867-1936), psicólogo e ingeniero matemático, debería ser reconocido
como el genio que cambió el rumbo de la Gran Guerra a principios de 1918.
Acantonado en la localidad de Enjôler, en el Frente Occidental, con la consigna
de defender París, diseñó un sistema de trincheras basado en la lógica de las
ilusiones ópticas. Hizo excavar zanjas asimétricas con proyecciones en
diferentes ejes, cuyos perfiles imitaban líneas expresionistas. El efecto
creado, una red donde confluían perspectivas oblicuas difuminadas hacia los
cuatro puntos cardinales, resultó infalible. Sin referencias precisas, desde
sus trincheras regulares, los disparos erráticos de ametralladora del ejército
alemán no causaron ninguna baja; sus granadas explotaban en lugares inútiles;
los soldados se perdían al intentar cualquier incursión. Dubois sabía que la
guerra además es psicológica. Cuando el desánimo invadió al enemigo, el éxito
de la contraofensiva francesa estuvo asegurado.
En honor del
mariscal se colocó su estatua en la plaza de Enjôler, erigida siguiendo las
instrucciones de los planos de sus trincheras. Aún hoy nadie ha conseguido
admirarla de cerca.
La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo. Por Martin Mehsen
Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar
literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones,
utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda,
fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible.
Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un
libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las
hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los
cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón
inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia,
expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la
autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con
toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.
Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los
avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos,
desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en
Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar
esas tierras remotas. Una solicitud de
Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la
importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y
muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia,
un terreno donde Paz —bióloga, madre,
escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha
estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarsepara volverse
cómplice de las palabras.
Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención
especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas,
souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los
cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que
funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas
envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un
lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse. A continuación, uno de estos relatos:
.
Paisaje de
infancia con exhibicionista de fondo
Feromonas:
Hormonas que transmiten mensajes entre
diferentes individuos de una misma especie,
como los que
intervienen en la atracción sexual.
Para llegar
al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo
a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas,
subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un
ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un
pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se
desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas
vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de
manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El
exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el
uniforme de cuadritos marrones.
El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era
un espacio incrustado en un circuito de
setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un
bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y
matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro
del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de
setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las
espiábamos, pero cuando realmente
tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al
colegio tras la comida.
Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia
él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El
tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de
escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de
los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de
acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango
derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un
color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando
les echábamos pan.
Algunos eran diferentes, de colores metálicos y
desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A
veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas.
Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya
imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada
naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito
azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.
También tenía el parque una especie de guardián enviado por
el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo
-disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando
hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba
diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de
hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista
particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que
consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos
ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de
dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados
tan simplones de la época.
Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y
cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los
matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la
ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos
lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si
fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.
Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció
algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del
parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el
hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas
cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al
subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían
cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de
sus arrebatos de exhibición transitorios.
Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando
ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y
carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde
nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente
una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de
cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos
apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.
Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga
eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas
sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre
portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces
por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado
desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación
extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como
de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi
sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por
entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo
denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.
De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia.
Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años
después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi
memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un
té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la
extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de
doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra
amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos
y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.
Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un
instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras
confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora
más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez
metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran
hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez
quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza
llena de agua.
Esta reseña ha sido publicada en el blog argentino De ciencia y literatura, por Martin Meshen. ¡Muy agradecida!Aquí el artículo original.
Todos
en el poblado sabían que cuando el chamán hacía vudú, el desdichado destinatario
de su magia negra acababa muriendo. Así que esta vez decidieron que era inútil
desperdiciar agua y comida. A la semana lo encontraron muerto, de esta manera quedó definitivamente confirmado el poder sobrenatural de quien velaba por sus
destinos.
Con este microrrelato me he estrenado en el concurso 50 palabras.