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martes, 29 de noviembre de 2016

Feroz


Fotografía propia


 En el pueblo no se habla de otra cosa que de la preocupante plaga de Caperucitas que asola nuestros bosques.

Desde que desapareció su depredador natural las de rojo provocan accidentes, destrozan los huertos y remueven la tierra buscando raíces después de la lluvia. Por las noches merodean por los polígonos industriales y se acercan a los límites de la ciudad  para hurgar en los contenedores de basura. 

 Algunos municipios organizan batidas clandestinas que reúnen a los habitantes más siniestros de la comunidad. Cada vez que los ecologistas proponen reintroducir el lobo ibérico, los ganaderos salen a la calle con escopetas y garrotes.

Mientras tanto, ellas deambulan en pequeños grupos, con la mirada alucinada y mostrando una maraña de pelo color miel bajo sus harapientas caperuzas. Si se les acorrala cuando van con sus crías -esas deliciosas y pálidas criaturas- se revuelven y atacan con ferocidad.

En el bar yo no me pronuncio sobre el asunto, pero estoy haciendo mucho más que todos esos charlatanes para solucionar el problema. Cada veintiocho días, siguiendo mi naturaleza, acudo al llamado de la luna llena. Me muerdo el aullido que brota de mis entrañas, y salgo de cacería.

 


                                                           Fotografía propia 


Con este microrrelato he ganado el primer premio en castellano del Concurso de microrrelatos de terror y gore de Molins de Rei 2016. El mejor relato en catalán se lo ha llevado Elies Villalonga con un poema sobre vampiros
Aquí  se puede ver la noticia en la prensa de Molins 
Miquel Llobera,del colectivo Enveualta ( una iniciativa estupenda para poder escuchar literatura)  ha convertido el micro en un magnífico audio, con su profunda voz y unos cuantos efectos especiales terroríficos. ¡Gracias!

martes, 1 de noviembre de 2016

Diario de una despedida ( I )



Una vez se sabe algo, poco se puede hacer para dejar de saberlo. Cuando por fin entiendes la letra en inglés de una canción, ya eres incapaz de oír esos sonidos que parecían tan misteriosos y que podían abrir tantos caminos en tu interior. Algo así ocurrió cuando mi hermana me transmitió el diagnóstico más probable de esa lesión que habían encontrado en la resonancia: metástasis cerebral. Desde ese momento, el destino me situaba en el tramo final del camino de mi madre. No dudé ni un segundo en acompañarla.  
Cuando lo supe, no me conformé con eso. Quise  saberlo todo de ella. Me propuse acercarme, tocarla, vivir a su paso, deslizarme bajo su piel, volver a su útero.  Conocerla, saber quién era ella antes de estar yo en este mundo, cómo era de adolescente. Dar sentido a todas sus fotografías.  Abarcar el misterio de su vida única, de su vitalidad y su belleza, de su dolor y de la firmeza de su cariño. Sin preguntar, solo fundiéndome con ella. Era una cuestión de epidermis, de fluidos y de vibraciones, nada que pudiera caber del todo en palabras.
Acababa el mes de mayo. Me pedí un permiso en el trabajo para estar con ella. En unos días la iban a ingresar en el hospital para confirmar el diagnóstico e intentar localizar el cáncer original.

1 de junio de 2013

A las siete y media de la mañana está sentada delante de la tele, que vomita anuncios. La nevera se ha quedado abierta y varias luces de la casa también. Me explica que ha estado pensando en los éxitos de mis hijos. Nos hemos especializado en darle buenas noticias a la abuela sobre sus nietos para poder observar así  esa felicidad tan contundente en su rostro. Esta vez es el trofeo “al jugador más carismático” que le han dado a Víctor y el premio extraordinario del Máster de Carlos. Me dice que está esperando a que salga lo de Carlos en la tele. Yo le intento convencer de que no va a salir. Le sugiero que se vuelva a la cama. Ronronea que se está muy bien en la cama. Reconoce que no sabe qué hora es, pero cuando le digo que voy a ir al lavabo se acuerda de que ayer me tomé un kiwi.

En abril habían empezado los síntomas.  Se olvidaba de cómo se hacían cosas en las que ella era experta, como cocinar o coser.  Una vez se levantó de dormir la siesta y le dijo a mi padre que iba a la cocina a hacerse el desayuno. Otro día no conseguía acordarse de cómo se hacía una tortilla de patatas. Pidió que la lleváramos al neurólogo, que se olvidaba de las cosas, que debía tener Alzheimer. Le dijimos que las personas que tienen alzheimer no se autodiagnostican, pero la llevamos. Contestó a las preguntas  de memoria inmediata mucho mejor de lo que lo hubiera hecho yo. Le hicieron una resonancia. La corteza cerebral estaba perfecta. Pero había un par de lesiones que parecían antiguas y enquistadas. Los "soldaditos", como los bautizó mi madre cuando vio la imagen en tonalidades de gris azulado de la placa.  Había que averiguar qué eran, la ingresarían unos días para hacerle más pruebas.
Mi madre se debatía entre un realismo desarmante y la convicción irracional de que ella y su familia eran especiales y estaban a salvo de muchas de las incomodidades que afectan al resto de la humanidad. Cuando algo ( una enfermedad, un fracaso…)  desmentía ese principio, sobre todo si se trataba de algún contratiempo que afectase a sus hijas o a sus nietos, se ponía a rezar como una posesa y manejaba argumentos en los  que trataban de compatibilizar nuestra  condición de inmunes con la de personas “como todo el mundo”. Si la afectada era ella, era mucho menos aprensiva que si se trataba de uno de sus seres queridos. En ese caso le quitaba hierro al asunto y conseguía reírse de sí misma en voz alta para que los demás no nos preocupáramos, o lo comentaba  como de refilón, al hilo de otra cosa. Sus quejas nunca eran directas, había que saber leer entre líneas. Un día, ya enferma, hablando con mi hija Ana sobre la especialidad que iba a elegir para la especialización de sus estudios de fisioterapia, le soltó:
-Para especializarse en geriatría  tiene que gustarte tratar con gente llena de pellejos, como yo-dijo tocándose los brazos secos como pergaminos. Mejor haz lo de los deportes- le recomendó.  Y luego añadió, con una sonrisa pícara, haciendo referencia a los verdaderos  problemas relacionados con su enfermedad:
-Pero esto de la sequedad en la piel es “pecata minuta”.
En cambio, no podía soportar el sufrimiento de los suyos, lo pasaba realmente mal. ¿Qué trataba de transmitir mi madre con su preocupación por las dificultades que afectaban a su familia? ¿Que éramos diferentes? ¿Especiales? ¿Que no nos podíamos salir del esquema de  éxitos y bienestar que ella había previsto para nosotros? Contarle ciertas cosas podría ser demasiado perturbador para ella. No podíamos hacerle eso. Tuvimos que aprender a protegerla de algunos hechos. Otros los sufrió y los rezó con ahínco. En cambio, nos encargábamos de acentuar cualquier éxito de sus hijas o de sus nietos. Era normal llamarla para informarle de las buenas notas de nuestros hijos, de los éxitos y los premios. De esta manera alimentábamos su intuición de que estábamos hechos de otra pasta. Siempre pensé que en medio de la fortaleza del carácter de mi madre, ésta era una veta de vulnerabilidad a tener en cuenta, su talón de Aquiles. Probablemente eran restos que arrastraba de su desamparo por quedarse sin madre de forma tan prematura, al final siempre salía la huérfana de cuatro años que fue.
Y por otro lado, ¿por qué ella no se quejaba jamás,  ni nos pedía ayuda? Su determinación  por ser autónoma nos dio alas, nos relevó del deber de preocuparnos por ella,  pero a la vez nos acostumbró a no pensar en ella como en alguien necesitada de nuestro apoyo, de nuestra atención. Eso no era obligatorio, nunca lo exigió. Lo dejaba a nuestra voluntad. Sin quererlo hizo que nuestro comportamiento fuera, algunas veces, algo desconsiderado. Éramos capaces de volver a casa, siendo ya unas madres de familia hechas y derechas, con la misma actitud de cuando nos fuimos de allí con dieciocho años. Íbamos a que nos cuidará mamá, sin darnos cuenta de que los años habían pasado, sin percatarnos de que quizás fuera ella quien necesitara ser cuidada. Ahora,  a sus 85 años, había llegado el momento. 


martes, 18 de octubre de 2016

Los "bebés" cumplen veinte años

El idilio se remonta nada menos que veinte años en el pasado familiar. En mi memoria, en cambio, parece mucho más antiguo, como de antes, como de siempre…De hecho, la espiral de emociones empezó con unos meses de antelación, cuando en una ecografía para controlar unas pérdidas en mi tercer embarazo el médico dijo: “Está todo correcto, pero…¡aquí hay mucha gente!” Así que en lugar de un aborto espontáneo, el diagnóstico resultó ser un embarazo gemelar. Me dio un ataque de risa floja, del mismo tipo que los que me sobrevienen sin remedio en el segundo plato de cualquier comida o cena familiar. Dos bolsas, me contesto a la aterrorizada pregunta sobre si eran univitelinos. La posibilidad de tener dos clones no me seducía demasiado, la verdad. Ahora pienso en cómo hubiera sido tener a cualquiera de vosotros dos repetido, y solo de pensarlo añoro al otro con desgarro, aunque sea una hipótesis absurda y fuera de lugar.
La risa histérica continuó mientras intentaba balbucear la noticia en las múltiples llamadas telefónicas que realicé al llegar a casa. Por suerte, me ahorré ver las caras de mis interlocutores ante tan excéntrica reacción.
Pero resultó que iba a tener el embarazo más tranquilo de todos, pues me dieron la baja desde aquel tercer mes hasta el momento del parto. Un embarazo de alto riesgo que me sirvió para estudiar oposiciones aprovechando las horas en las que los mayores estaban en el colegio y vosotros crecíais ahí adentro. Una temporada en la que leí, nadé y paseé mientras me volvía hacia dentro como un perro que duerme intentando imaginaros.
Y el 18 de octubre de 1996, en una visita rutinaria de final de embarazo, me provocaron el parto, al percatarse que Víctor había detenido su crecimiento debido a una placenta algo envejecida. Llamé a vuestro padre desde el departamento de un amigo que trabajaba en el Hospital (esta es la  prueba de que hubo un tiempo en la que no existían los móviles). En las dos horas y media que duró el parto,  a los abuelos les dio tiempo de coger el coche, conducir 200 kilómetros desde Tortosa, recoger a Ana y a Carlos del colegio y llegar al hospital en el mismo momento en el que os entraban a la habitación en sendas cunitas. Vïctor, con 2,5 kg , Sara con 3 Kg  y algo. Yo con mis escuálidos 50 kilos otra vez, tras expulsar los 10 consistentes en niños, placentas y líquidos varios. Sara tenía cara de señorona, ¿o de señorita de Avignon? La  tortícolis posicional que sufría le daba un aire asimétrico y cubista. Su boquita fruncida mostraba un bonito gesto de determinación.  Víctor, con carita de haber pasado un poco de hambre, era delicado y silencioso como un ángel. Carlos y Ana, de siete y cinco años, los miraban con una expresión inenarrable, a medio camino entre la felicidad y el susto.

Y empezó la aventura: las noches sin dormir, las posturas de contorsionista para poder daros de mamar a los dos a la vez cuando estaba sola, la emoción y el cansancio compartiendo espacio en la sangre, la sensación de habitar en el interior de la partitura de un Himno.

El regreso al trabajo. Magda, la primera aupair checa. El traslado de vuestro padre a Alicante. Yo estudiando las oposiciones con Marcel.lí mientras os dábamos el biberón a pares. El aprobado de ambos. El traslado a Alicante. Mila, aquella chiquilla de 18 años que venía de la República Checa y que fue como una hija mayor y nos acompañó en nuestro primer año allí. El trabajo en el instituto “8 de marzo” de Alicante. La guardería. Las otitis. Los paseos. Las noches en blanco. El himno acelerando su cadencia. Los bebés en su cochecito doble empujados por Mila. Las canciones y los cuentos. La vida vibrante y densa como un tejido trenzado con fuerza.




Sara era un bicho. Víctor un bichito. Se van perfilando los caracteres de los mellizos más distintos sobre la faz de la tierra. Los hermanos mayores toman posiciones en este nuevo territorio a compartir. Cada pieza en su sitio, todo se va ajustando. Aunque no recordéis nada de todo esto, fueron dos años intensos, soleados, llenos de vida y de retos, como el de quedarnos allí otro año mientras el papi se volvía a Barcelona, como el de acoger sucesivamente a Maruska y a Lenka. Como el de hacer otro traslado completo al acabar el curso.  



De vuelta en Molins empiezan vuestros recuerdos. Y como son vuestros, no voy a mancillarlos con los míos. Solamente voy a copiar dos fragmentos elegidos de entre los muchos textos que escribí en esa época mientras disfrutaba viéndoos crecer.


Sara, este es para ti. Y para todas las Saras que he tenido el placer de ir conociendo: la pequeña atleta musculada, la niña llena de vitalidad, la adolescente sensata, la joven indomable, la nieta “dolceta”, la adulta confidente y llena de sabiduría.

Sara ( 7 años)

"....Sara en la actualidad es una niña aparentemente normal, aunque si la observas detenidamente cuando nadie la mira, te  percatas de que su musculatura es la de alguien que ha recorrido más kilómetros de los que ella ha podido andar en su corta vida, que trepa a los árboles de manera espontánea, que los gatos callejeros la reconocen y se dejan acariciar por ella sin reservas, y sobre todo, que sus ojos pequeñitos son más profundos que los de los otros niños, la luz le viene de más adentro y cuando anochece le siguen brillando como dos pequeñas luciérnagas"




Y ahora te toca a ti, Víctor. Este es un poema que escribí para ti un día a la salida del dentista, y que ahora le dedico al efímero bebé regordete, al niño de ojos enormes que se encerraba en su cuarto sentado de cuclillas y creaba universos con su colección de animales, legos y playmobils, al adolescente lector y leal a sus amigos, al joven irónico e introvertido, al adulto inteligente y austero.

Víctor no quiere ir al dentista

Mis dientes son míos
nadie los puede tocar,
ni esa dentista con gafas
a la que me quieres llevar.

Odio las pastas con fluor
odio tener que esperar
en esa sala de espera
con música de vomitar.

No me gusta abrir la boca
ni tener que soportar
ese taladro de hierro
con el que me quieren asesinar.

¿Y si perfora el cerebro
atravesando el paladar?
Esa dentista es miope 
y le podría pasar.

Malditas caries idiotas
¿Por qué se acercan a mi?
son como monstruos peludos
contra los que inventaré un elixir.

Cuando crezca y me convierta
en una famosa figura
científico importante
aunque sin dentadura,
conseguiré una poción
que les hará la vida muy dura.

Pero de momento, hoy,
si me quieres compensar,
al salir del dentista
me tendrías que comprar
una ensaimada gigante
y una consola super-star.



¡Felicidades a “los bebés” más grandes del mundo! En todos los sentidos, excepto en lo de Bebés, título que ostentasteis hasta bien tarde. Los hermanos se suelen parecer, vosotros no. Aunque compartís fecha y hora de nacimiento, minuto arriba minuto abajo. Tres minutos no es nada. Veinte años no es nada para todo el cariño y la compenetración que habéis demostrado que sois capaces de derrochar.  ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!





domingo, 9 de octubre de 2016

Homeopatía genealógica

Fotografía tomada desde el Mont Saint Michel

Genghis Khan estaba obsesionado con dejar una cuantiosa descendencia.Lo consiguió. Para ello usó una estrategia tan invasiva como eficaz: matar al máximo número de varones y fecundar al mayor número posible de hembras, se cree que alrededor de un millar. Como consecuencia, el 0,8 % de todos los hombres actuales tienen el mismo cromosoma Y que el insaciable conquistador. En efecto, quizás tu propio padre sea uno de ellos.
Para las mujeres brasileñas de la alta sociedad tener la piel clara proporciona un plus en su caché social que todos reconocen aunque nadie lo verbalice. Casarse con hombres blancos garantiza la dilución de su material genético africano, la decoloración progresiva de su árbol genealógico. Pero incluso la más pálida de este banco de diluciones social posee el ADN mitocondrial de sus tatarabuelas traídas como esclavas desde Angola o el Congo. Un ADN negro como un tizón.
Cada uno de nosotros poseemos el 50% del material genético de nuestros progenitores, el 25% de nuestros cuatro abuelos, el 12,5% de cada uno de nuestros ocho bisabuelos...
Mis genes no sólo dicen cosas sobre mí. Hablan de mis padres, de mis tíos, de mis hijos...y de todos los que asoman en los álbumes de fotos de mi familia. No somos más que una combinación única de fragmentos de nuestros antepasados, un puzle hecho con piezas minúsculas, cada vez más pequeñas, de los héroes, los tiranos o los seres anónimos que nos precedieron.

Una dilución tan extrema que apenas queda rastro del principio activo original. Pura agua con una pizca de azúcar.



          
                                 Para Ana , que se acuerda de su mami aunque esté en las antípodas. En ella los ancestros se han concentrado de tal manera que la han convertido en una auténtica fuerza de la naturaleza, nada de aguachirlis homeopático. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El hacedor



                                                                                  Dedicado a Rafa Heredero, que es capaz de hacerlo. 


Al principio la sala era caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Su mirada aleteaba sobre las butacas, cubriéndolo todo.
Entonces, desde su cubículo de ahí arriba, sonrió.
Se aclaró la voz. Pronunció el mantra con gesto solemne. Colocó la cinta y le dio al interruptor.
La luz se hizo, como cada noche.
Y así, con la soltura y la dignidad que solo poseen los dioses, creó un Universo.








Aquí copio el microrrelato de Rafa Heredero con el que ha ganado la última edición de la Microbiblioteca     


                                                                                                                                                                                                                           En memoria de Hugo Dubois
                                                                                                                                              
El mariscal Hugo Dubois (1867-1936), psicólogo e ingeniero matemático, debería ser reconocido como el genio que cambió el rumbo de la Gran Guerra a principios de 1918. Acantonado en la localidad de Enjôler, en el Frente Occidental, con la consigna de defender París, diseñó un sistema de trincheras basado en la lógica de las ilusiones ópticas. Hizo excavar zanjas asimétricas con proyecciones en diferentes ejes, cuyos perfiles imitaban líneas expresionistas. El efecto creado, una red donde confluían perspectivas oblicuas difuminadas hacia los cuatro puntos cardinales, resultó infalible. Sin referencias precisas, desde sus trincheras regulares, los disparos erráticos de ametralladora del ejército alemán no causaron ninguna baja; sus granadas explotaban en lugares inútiles; los soldados se perdían al intentar cualquier incursión. Dubois sabía que la guerra además es psicológica. Cuando el desánimo invadió al enemigo, el éxito de la contraofensiva francesa estuvo asegurado.


En honor del mariscal se colocó su estatua en la plaza de Enjôler, erigida siguiendo las instrucciones de los planos de sus trincheras. Aún hoy nadie ha conseguido admirarla de cerca.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Reseña en el blog "De ciencia y literatura"


La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo.  Por Martin Mehsen

Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones, utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda, fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible. Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia, expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.
Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos, desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar esas tierras remotas.  Una solicitud de Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia, un terreno donde Paz  —bióloga, madre, escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarsepara volverse cómplice de las palabras.
Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas, souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse.  A continuación, uno de estos relatos:
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Paisaje de infancia con exhibicionista de fondo

Feromonas:
Hormonas que transmiten mensajes entre
diferentes individuos de una misma especie,
 como los que intervienen en la atracción sexual.


          Para llegar al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas, subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el uniforme de cuadritos marrones.
El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era un espacio  incrustado en un circuito de setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las espiábamos, pero cuando realmente  tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al colegio tras la comida.
Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando les echábamos pan.
Algunos eran diferentes, de colores metálicos y desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas. Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.
También tenía el parque una especie de guardián enviado por el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo -disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados tan simplones de la época.
Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.
Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de sus arrebatos de exhibición transitorios.
Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.
Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.
De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia. Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.
Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza llena de agua.




Esta reseña ha sido publicada en el blog argentino De ciencia y literatura, por Martin Meshen. ¡Muy agradecida!Aquí el artículo original. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Magia negra




Todos en el poblado sabían que cuando el chamán hacía vudú, el desdichado destinatario de su magia negra acababa muriendo. Así que esta vez decidieron que era inútil desperdiciar agua y comida. A la semana lo encontraron muerto, de esta manera quedó definitivamente confirmado el poder sobrenatural de quien velaba por sus destinos. 




                                                     Con este microrrelato me he estrenado en el concurso 50 palabras.