Fotografía propia
En nuestra familia ha habido de todo. Suicidas, pederastas, psicópatas,
cazadores, falangistas, ludópatas y adoradores del líder. Matrimonios concertados,
herencias envenenadas, rebeldías con causa y algunas malas elecciones legendarias.
Gente de fiar y arteros embaucadores. Sentimiento de pertenencia y profundo extrañamiento.
Vehemencia y abulia. Astucia y bondad. Grandes sacrificios, desarraigos de
novela y otra vez la misma piedra. Los muertos prematuros—uno de ellos
contagiado de SIDA— asoman desdibujados como ramas livianas y desconocidas del árbol
genealógico, junto a otros personajes muy longevos calificados como decentes o como
inaguantables. O como ambas cosas a la vez.
No consigo entender por qué siempre se nos ha inculcado que somos una
familia especial, impoluta y ejemplar, cuando simplemente somos una familia
corriente, normal, incluso vulgar.
De puertas para afuera todas las familias quieren ser impolutas, nadie se lo cree, pero tampoco se discute :)
ResponderEliminarA veces cuesta una vida saber y aceptar de donde viene uno/a.
EliminarNo es casual que la familia sea uno de los espacios narrativos más explorados por la ficción. Toda historia comienza con una narrativa familiar. Cuando uno aborda una biografía, lo primero que hace es reconstruir el esquema familiar, es absolutamente necesario para comprender qué o quién es uno.
ResponderEliminarA mi, cuando rondaba los cuarenta, me entró un furor por conocer la historia familiar ( sobre todo por la parte de mi padre) y me puse a entrevistar a los más ancianos de la familia para que me contaran su versión del relato ( al fin y al cabo la memoria tiene mucho de ficción). Incluso me fui a los Estados Unidos a conocer a una rama de la familia procedente de Cuba que había terminado allí. No me arrepiento en absoluto, aunque es verdad que a veces cuesta asumir las partes más oscuras del mantillo del que procedemos. La sensación es de que no dejamos de estar habitados por esa legión de personas que nos precedieron.
Eliminar