El
famoso etólogo Konrad Lorenz crió, entre otros muchos animales de los que
observaba su conducta, a una grajilla macho a la que le puso el nombre de
“Choc”.
Choc
seguía a su amo allá donde fuera, de pequeño creyendo que era su madre y de
mayor pensando que era su pareja sexual. Estaba profundamente enamorado de
Konrad. Siempre le fue fiel, a pesar de las bandadas de grajillas que
sobrevolaban el cielo de la granja en primavera.
El
pájaro empleaba horas en tratar de convencer a Konrad para que se introdujera
reptando en la pequeña cavidad que había elegido como nido, y aunque nunca consiguió
llevarlo a su casa, le cebaba en el nido grande de Konrad, donde éste se dejaba
dócilmente introducir los mejores gusanos en la boca. Choc notaba que a su pareja le encantaba tenerle siempre cerca y disfrutaba al ver cómo le contemplaba embelesado. La suya fue una historia de amor sólida y sin fisuras.
La
única cosa que nunca le quedó clara al pájaro, aunque no le quitaba el sueño,
fue saber si eran un matrimonio de humanos y él era el raro, o si por el
contrario eran una pareja de grajillas y su amorcito era, además de preciosa,
desproporcionadamente grande.
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