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viernes, 17 de junio de 2016

No es la mala vida, es la vivienda



Fotografías cedida por Laura Gas 

A las dos de la madrugada de un martes, los alrededores de la Plaza de las Glorias de Barcelona es lo más parecido al escenario de una novela distópica. Las obras de los nuevos Encantes, la torre AGBAR al fondo como un satélite omnipresente y las avenidas  que rodean al Scalextric proporcionan un aire de fotografía en blanco y negro a esta zona de la ciudad, que por la noche despliega una segunda vida más nítida y sólida que la diurna. Las calles están señoreadas por jóvenes inmigrantes que vigilan la entrada de algunos garitos y derrapan amenazantes con sus bicicletas. Uno de los colectivos propietarios de pleno derecho de este territorio paralelo son las personas que viven en la calle. Novecientas cuarenta y una personas en la ciudad de Barcelona, según el último recuento. Algunos, todavía despiertos, se desplazan con sus carritos de supermercado llenos hacia la ubicación donde dormirán esta noche, otros ya duermen entre cartones y fardos. Estos últimos son nuestro objetivo. El compañero que me acompaña para hacer esta ronda nocturna tan peculiar me señala una especie de sarcófago hecho con cartones al final del callejón. Nos acercamos con el sigilo de los novatos, y atacamos. Nuestras armas son un cuestionario, un bolígrafo y cinco euros para compensar por las molestias.
El censo de personas sin hogar, que lideró la organización Arrels, tiene como objetivo recopilar datos que permitan una caracterización de las personas que viven y duermen en la calle. Usando una metodología  testada en otras ciudades -explican en la sesión de formación de voluntarios- se pretende que estos datos sean un instrumento para reclamar, actuar y sobre todo para mostrar al resto de la sociedad a un colectivo que es invisible, que se escabulle de las estadísticas, que está ausente de los programas políticos. Y que está sometido a los más infundados estereotipos. La vulnerabilidad en su grado máximo. Algo que casi nadie quiere ver.
Barcelona es una de las ciudades que posee más datos y más recursos destinados a la atención de las personas que se han quedado sin hogar. En el informe “De la calle al hogar”, redactado por Joan Uribe, director de Sant Joan de Déu Serveis Socials, se lee: “Barcelona dispone de un modelo de intervención desarrollado y dotado de más recursos que la mayoría de las ciudades”.  Y sin embargo, en la entrevista que mantengo en un oscuro bar del casco antiguo con Albert Sales,  uno de los mayores expertos en el tema,  el adjetivo que más se repite es “desbordados”. Los servicios sociales, el ayuntamiento, las organizaciones, los equipamientos.  Se atiende cada vez a más gente y el sistema está claramente saturado. Y ese hecho objetivo lleva asociado una preocupante sensación de que la verdadera avalancha todavía está por llegar, pues “el goteo a la calle es más lento de lo que podría ser, la gente tiene muchas más estrategias para frenar la salida a la calle de lo que parece”, según este profesor de criminología de la UPF, asesor en el ayuntamiento de Barcelona y coautor del informe Diagnosi 2015 que la Xarxa d’atenció a les persones sense llar  (XAPSLL ) encargó sobre la situación del sinhogarismo en Barcelona.  
El informe Diagnosi 2015 pone de manifiesto que las herramientas usadas para cuantificar el sinhogarismo  no son suficientes para hacer visibles a una serie de colectivos muy vulnerables que están a punto de salir del sistema. Lo que se considera “infravivienda”: mujeres que sobreviven gracias a sus redes afectivas, personas que viven en viviendas sobreocupadas, en espacios temporales o bajo amenaza de desalojo.  Albert Sales calcula que si se pudieran detectar con una herramienta más eficaz se multiplicaría por más de veinte la cifra de personas en exclusión residencial.
  Aunque la palabra no sea fácil de pronunciar ni demasiado bonita, la adquisición del término sinhogarismo ( sensellarisme) trata de desbancar al clásico adjetivo de “los sin techo”. Este cambio tiene una poderosa doble razón de ser: dejar de poner el acento en los estereotipos hacia las personas (los indigentes,  los mendigos, los “sin techo”) para ponerlo en el problema de acceso a la vivienda que está en la base, y resaltar el significado afectivo y social que aporta la palabra “hogar” respecto a “techo”. Albert Sales reivindica que el problema  “no se soluciona a base de abrir plazas de albergues, sino que se soluciona a base de reconstruir hogares, y eso requiere que haya personas y gestores políticos que se posicionen distinto respecto al problema”. Para avanzar en este sentido se está promoviendo un cambio paulatino desde el modelo actual basado en una escala de transición desde los albergues de recepción hasta la vivienda final pasando por una serie de establecimientos de corto plazo, al modelo Housing first, en el que se prioriza la vivienda desde el primer momento y que ha demostrado ser más efectivo y barato. Dice Joan Uribe en su informe De la calle al hogar: “Es conocido el estupor de algunos interlocutores europeos cuando se les informa de que en España el parque de vivienda vacías excede los tres millones y medio de unidades”. El Housing first, en las primeras fases tendrá que convivir necesariamente con el modelo actual.  Para conseguir implantarlo es necesario superar importantes resistencias estructurales y políticas. “¿Sabías que en Barcelona hay apenas un 1,2% de vivienda social del total de parque de alquiler, contra el 15% que la ciudad necesita? ¿De dónde, pues, sacaríamos los pisos si decidiésemos ponernos de inmediato?”- me pregunta y se pregunta Joan Uribe.
Si en algo coinciden todos los expertos y las personas que trabajan en la calle a los que he podido acceder es que ya no existe una única tipología asociada a estas personas. Ya no se puede achacar a la “mala vida” el motivo por el cual la gente se queda en la calle. Como recalca Carlos Rodríguez, impulsor de la ONG Sense Sostre, cuando habla de la evolución que han percibido a lo largo de los 9 años que llevan trabajando: “El perfil es más selecto, lo cual demuestra que el problema es mayor. Antes, el perfil que teníamos todos en la cabeza era que un indigente era un borracho, un ladrón, un drogata, un minusválido o alguien con un trastorno mental…Esto ha cambiado, nosotros lo comprobamos día a día: hay mileuristas, hay ex empresarios, hay licenciados, personas con una preparación,  hay gente joven, hay matrimonios jóvenes de veinte y treinta años los dos allí juntos, hay matrimonios de sesenta años, hay extranjeros… y hay mucha gente normal que ayer eran como nosotros y se les han caído todas las fichas del dominó de golpe, se han quedado sin trabajo, sin vivienda, pam, pam, pam, y se han encontrado en la calle. Nadie puede decir yo no acabaré así. Muchos mileuristas de hoy, según el entorno familiar que tengan, mañana pueden estar en la calle”. Y lo dice con conocimiento de causa, pues, en un intento de aliviar de alguna manera los síntomas de esta enfermedad social, los 25 voluntarios de esta asociación reparten cada martes cien packs de cena a los ocupantes de una ristra de cajeros.


Los dos expertos entrevistados son claros y contundentes cuando hablan de causas. Según Joan Uribe: “La verdadera causa es la desigualdad social y el no reconocimiento de derechos. Se puede adornar o explicar, pero es eso. Estamos orientando la sociedad hacia un modelo sistemáticamente más desigual, y estamos desarticulando los derechos, cuando no argumentando en su contra a través de múltiples discursos”. Albert Sales es también muy rotundo: “El sinhogarismo es una situación que se produce a consecuencia de la imposibilidad de acceder a una vivienda”. Y a continuación señala algunas de las causas últimas: “Tenemos un sistema de garantía de rentas que es penoso, probablemente es el más deficitario de la Europa occidental, donde hay muchos hogares que se quedan a cero, sin nada. Nos encontramos con que la última red que era el Programa Interdepartamental de Renta Mínima de Inserción  (PIRMI) se desmantela, lo reducen drásticamente a partir del 2011 por parte de la Generalitat, con una repercusión mediática que ha sido muy escasa, cuando en realidad ha generado auténticos dramas personales y familiares. Por otro lado tenemos un  mercado de vivienda con precios de alquiler altísimos. Y una ley de extranjería salvaje, excluyente, que no tiene en cuenta que las personas no van a dejar de entrar en el país independientemente de lo altas que sean las fronteras y que la impermeabilidad de las fronteras lo único que genera es mayor precariedad de los que ya están dentro… las políticas van a mejorar la calidad de vida de las personas que ya están en la calle, pero no va a frenar el goteo de personas a la calle.”
El coste económico, según Uribe: “lo asumen básicamente las Administraciones Públicas, aunque en partidas insuficientes que, aunque aumenten, lo hacen por debajo del incremento de población en situación de exclusión”. Para el director de los Servicios Sociales de Sant Joan de Déu, la solución es posible pero pasa por “luchar por los derechos, hacerlo valer, activar los resortes para la defensa de la justicia social”, en un mundo en el que “la vivienda ha sido contemplada siempre como un bien de mercado, nunca –o casi nunca- como un derecho, apenas reconocido tras la II Guerra Mundial, y jamás materializado plenamente”.
El informe sobre la situación del sinhogarismo en Barcelona Diagnòsi  2015  ( Sales, Uribe y Marco) ofrece datos tan relevantes como que el porcentaje de extranjeros ha aumentado de un 62 a un 68% desde el 2012, que un 52% de los atendidos en los equipamientos no poseen ningún ingreso, que las mujeres solamente representan un 10 % de la población en la calle, o que la media de edad se sitúa alrededor de los 45 años. En el censo que realizó Arrels se confirman estos dos últimos datos y se destaca que de las 348 personas que se consiguieron entrevistar un 19% de ellas presentan un grado de vulnerabilidad alto y que la media general del tiempo que llevan sin un hogar estable es de  tres años y nueve meses. 
           Pero en el informe Diagnosi 2015 también se da voz a los afectados, se citan fragmentos de  conversaciones con algunas de las personas que se han visto abocadas a vivir en la calle. Trozos de vísceras palpitantes, testimonios que sobresalen en tres dimensiones en un entramado plano de gráficas, datos cuantitativos y conclusiones. Como el de esa mujer que dice que después de estar cuarenta años casada, un día salió de su boca un contundente “Aquí os quedáis”. Harta de trabajar para los demás, de cuidar de todo el mundo, de pensar siempre en los otros, de que “ella no fuera nada, nadie”. Se llevó 80 euros. Se le acabaron. Y entonces se quedó a dormir en la Plaza Catalunya durante quince días. O tres semanas. Eso no lo recuerda. Pero todo lo demás lo tiene grabado a fuego en su memoria y en su cuerpo. Esta es una de las trayectorias que pueden acabar en exclusión residencial.
Otra es la de Said, que se despierta cuando nos acercamos, se incorpora entre los cartones que le sirven de cama,  y con la mansedumbre del que no tiene nada que perder nos habla de él durante media hora. Se lamenta de que la noche anterior le desaparecieran todas  sus cosas porque tuvo que dormir en otro sitio. Llegó desde Tanger hace 25 años. Lleva cinco en la calle. Pero antes trabajaba en la construcción, tenía una casa, estaba casado con una española con la que tuvo dos hijas a las que no ha visto en todo este tiempo. Nos cuenta que la familia de la mujer les manipuló para quedarse con las hijas, y lo echó a él. Bebió mucho, ahora ya no. Recoge chatarra, pero eso hace que casi no se pueda desplazar. Está cansado de las largas que le dan los servicios sociales, prefiere buscarse la vida. Tiene la cabeza muy clara y  una especie de resignación tranquila recorre su discurso cuando expresa que ojalá pudiera volver a trabajar. Aunque al final  logramos convencerlo, cuando le ofrecemos los cinco euros nos  dice, con la dignidad de un gentleman, que no los puede aceptar. 



Este texto híbrido entre crónica, reportaje y relato autobiográfico lo he escrito para el curso de Periodismo de investigación que he hecho este trimestre en el Ateneu Barcelonés.  No sé si la crónica valdrá mucho la pena, pero las experiencias que he vivido para poder escribirla sí las han valido, definitivamente. 


2 comentarios:

  1. Me ha interesado mucho tu texto se investigación que he leído apesadumbrado y conmocionado. Desconocía este nuevo término de sinhogarismo que es diferente al clásico de los sin techo. La sociedad se está blindando emocionalmente frente a las desdichas de una parte de la misma. Las noticias de este colectivo son inexistentes pero cabría que tuvieran más amplio eco. El que pierde todo, pierde incluso la voz y los medios para expresarla. Y probablemente tenga una sensación de habérselo merecido. Realmente abruma que muchas de estar personas fueran hasta hace poco como cualquiera de nosotros que tenemos un hogar.

    Por otro lado me ha interesado mucho esta actividad tuya de periodismo de investigación del Ateneu. Me informaré sobre ello. El Ateneu siempre me ha quedado lejos pero puede que sea una posibilidad viable de trabajo en el que también hay que escribir.

    Muy bien, Paz. Hoy he aprendido varias cosas. Aunque he terminado estremecido.

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    1. El aprendizaje que ha implicado escribir este texto ha sido muy impactante. Lo he hecho a la vez que cerraba el curso en el instituto y otros muchos frentes en los que estoy metida. Pero, tirando de adrenalina, me forcé a participar en el censo nocturno y a acompañar a los de Sense sostre a repartir 50 bolsas con cenas por los cajeros del Ensanche. Todavía no lo he digerido, ni creo que lo haga. Es un colectivo al que casi nadie hace caso, ni siquiera los servicios sociales ( pues al no estar empadronados no tienen derecho a ellos). Solamente en la ciudad de Barcelona se les atiende ( cuando acuden a los servicios sociales de otras ciudades los meten en un taxi y los envían a Barcelona) , pero el sistema está saturado y en muchas ocasiones se vuelve a la calle después de haber pasado por todo el circuito de albergues, pisos tutelados... Said nos dijo que prefería buscarse la vida porque en los albergues no puede guardar el carro con chatarra y además cierran muy pronto. Imagínate siendo una persona que acabas de entrar en esta pesadilla, que te tengas que meter en un albergue durmiendo en una sala con mucha más gente que tú crees que te puede robar... muchos prefieren buscar un cajero y llevar sus pertenencias con ellos. Lo que necesitan es un hogar ( la vivienda como un derecho, no como un lujo) y eso aquí no entra en la cabeza. En fin, ha sido como asomarme al averno. Si alguien quiere sabe más de la situación podéis leer los dos informes que cito en el texto. Hablé con los dos autores y el hecho de darme cuenta de que hay gente comprometida hasta la médula con el tema fue lo único que me dejó con cierta esperanza en esta constatación de lo insensibles que podemos llegar a ser al dolor ajeno. Mi reportaje en realidad no se encuadra en la idea de lo que tendría que ser el periodismo de investigación, pero desde el momento en que saca a la luz algo que no se quiere ver, sí lo hace. Al menos, para mi ha sido una investigación que ha hecho temblar los cimientos de mi seguridad.

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