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sábado, 26 de marzo de 2016

La que trabaja para el futuro de los niños

Fotomontaje de Elías Ruiz Monserrat 

-¿Vale que jugamos a que soy un bebé y tú me abrazas y me quieres?- pregunta Álvaro mientras desliza sus deditos como si fueran las patas de un insecto por el brazo de Nora. Ella le abraza y le contesta, mimosa, en inglés. Simula que no le ha entendido del todo y le reconduce hacia la tarea común: ensayar las escenas del teatrillo que tienen que preparar para final de curso, las peripecias de una familia de gnomos que vive en el interior de un árbol veeeery big. Ella ha llegado tres cuartos de hora antes para prepararlo todo.
    Entran en la clase. Se sientan en círculo en el suelo. Tras la ronda de saludos y recordatorio de tareas pendientes antes de empezar a ensayar, se reparten los disfraces. Víctor no está por la labor. Hay que señalarle el color rojo del semáforo que hay dibujado en la clase para amonestarlos pues está prohibido reñirles. Al final de la hora han memorizado dos frases cada uno, han jugado y se han perseguido. “Norah”, su nombre pronunciado con acento americano, ha sonado muchas veces durante la sesión. También los de los niños, en un impostado tono de Wisconsin.
    Nora disfruta, a pesar de todo, con ese trabajo que le sirve para ganarse un dinerillo  para sus gastos mientras acaba la carrera. Le gustan los niños. Aunque a veces siente lástima por estas criaturas. Tan pequeños y tan atareados. Ella tiene a los de cuatro años, pero hay una clase a la que vienen niños de un añito con sus papás. Una vez un niño se le durmió en la clase. Lo entendió perfectamente. Sus alumnos ya han sobrevivido a una jornada escolar y a veces a una clase de natación o de música cuando llegan a la academia de inglés.  Pero allí está ella para hacerles pasar una hora funny con “ese método original y divertido”- como repiten incansables las mamás en sus blogs de color de rosa. Para “desarrollar ese gran mundo educativo y de colores dirigido a los niños”- como reza el proyecto de la franquicia que la ha contratado. Las paredes y el mobiliario confirman el asunto de los colores. A nadie le importa pagar más con esta metodología tan eficaz y un entorno tan estimulante. Lo que no acaba de entender es por qué a ella le llega tan poco dinero.
    Una efervescente música de fondo marca que hay que empezar a recoger. Los niños ordenan, se quitan los disfraces, se ríen, se vuelven a sentar en círculo. Todo en inglés, se supone. Al menos ella hace lo posible, pero no se le pueden poner puertas a la espontaneidad, eso lo tiene claro. Sonríe por dentro, ligeramente melancólica.
    Como si estuvieran en un acuario, los padres observan y esperan a los niños tras el cristal. A Brenda le viene a buscar la chica filipina. La madre de Claudia siempre llega un poco tarde, hoy  aprovechará para llevarse a Víctor. A Álvaro le recoge su abuelo. Nora se plantifica su mejor sonrisa, traga saliva y saluda a todos los familiares en inglés. Cuando entrega a los niños lo hace de nuevo de forma individual. El abuelo no entiende. Ella simplemente le dice -siguiendo las estrictas directrices de la escuela- que recuerde que el niño tiene que escuchar el CD en su casa al menos un cuarto de hora al día. El abuelo mira alternativamente a Álvaro y a ella, y le dice: “No se preocupe, ya me lo explicará el niño”. Nora finge no entender y le dedica una sonrisa avergonzada. La política de la academia consiste en hacer creer que todos los profesores son nativos. Algunos lo son, otros, como ella, no. Tienen terminantemente prohibido decir una sola palabra en español, y si lo hacen tienen que simular un acento y una torpeza de recién llegados. Eso ha propiciado hasta el momento unas cuantas situaciones bastante surrealistas, como aquella vez en la que les estaba diciendo a dos mamás -que le recordaban vagamente a dos barbies- que la niña tenía que hacer unos deberes. Ellas la miraban, inseguras pero espitosas. A continuación una le dice a la otra: no sé qué está diciendo, pero vamos a decirle que Yes. O cuando estaba en una tienda y se encontró a una de sus alumnas que vino a saludarla con un enorme HELLO en su boca desdentada. Nunca supo si la madre la había escuchado hablando con su novio. Por este y otros motivos, tiene una vaga sensación de estar participando en una estafa. 
    Cada vez tiene esa sensación más a menudo.
    Un día, mientras daba clase, sonó varias veces el timbre. Nadie abría. Pensó que  las jefas estarían en el lavabo y siguió con lo que estaba haciendo con sus niños. Resultó que habían salido las dos a la vez dejando las oficinas desatendidas. Por diez minutos, no iba a pasar nada. Al día siguiente le regañaron. Cómo es que no había abierto ella, les había hecho quedar fatal.  
    Nora sabe que esos niños están ahí porque "hoy en día saber inglés es fundamental para encontrar un buen puesto de trabajo", ¿como el suyo? Los padres están dispuestos a hacer cualquier sacrificio para asegurar ese futuro. Nada tan generoso como invertir en algo que dará fruto en diecisiete años. También conocen los estudios que demuestran que la inmersión precoz en un entorno lingüístico es lo más adecuado para aprender un idioma (aquí aparece la palabra " esponja" ineludiblemente).En esta especie de competición desenfrenada por darles todas las herramientas para su futuro y por aplicar el concepto de precocidad a rajatabla están dispuestos a cantarles nanas en inglés, a no comer para acompañarles a la academia, a que la banda sonora de sus viajes sean las canciones que les cantan a los niños en Irlanda. 
Las mejores intenciones. Nada que objetar. Pero algo no le cuadra. Hay algo desproporcionado en este asunto. Nora no sabe cómo poner en palabras esa sensación que le ronda cuando piensa en su trabajo.
    Hoy hay que darles un regalito a los niños. Las órdenes explícitas es que no se les entregue antes del momento de salir para que no se arrugue el papel maché.   


viernes, 18 de marzo de 2016

Psicodelia



En lugar de acatar las leyes de la inercia y continuar con su movimiento uniforme, el satélite avanzaba a trompicones. Encendía y apagaba los sensores en un baile frenético de lucecitas de colores. Se apartaba a cada momento de su órbita, como haciendo amagos de descarrilar, indeciso y torpe en su misión.
A la NASA llegaban imágenes de una superficie terrestre psicodélica: bordes continentales desdibujados, masas de tierra con bosques color perla que se derretían sobre océanos rojos, y los áridos desiertos -antes marrones- de un azul prístino. Una imagen abstracta y desenfocada, una pintura casi metafísica de un mundo fluido y sensual, que sacudía del sopor a los orondos técnicos de la agencia espacial y auguraba un futuro diferente.

En esos días el tímido ingeniero que lo diseñó recibía -alucinado- importantes premios por su novedosa aportación a la confluencia entre las artes y las ciencias.