Publicaciones

viernes, 16 de diciembre de 2016

Diario de una despedia ( II )

                                                                                "Cada foto contiene a quien aparece en ella de la misma manera que el apellido contiene para siempre a aquel a quien se le da. Tia Elsie siempre es tía Elsie. Papá siempre es papá, aun cuando ya sea abuelo. Y mamá es mamá incluso cuando era niña" 
                                   John Berger  Para entender la fotografía 


2 de junio 2013
 Hemos pasado dos horas de la mañana haciendo una funda de edredón. He forzado un poco la situación para que estuviera activa y también, de forma egoísta,  para tener algo confeccionado por las dos. Me ha recordado lo importante que ha sido la costura para ella. Cuánto la relajaba por la noche, mientras nosotras dormíamos, coser. He aprendido a hilvanar y me ha enseñado a hacer ojales. Cuando éramos pequeñas nos hacía vestidos complicadísimos y llenos de puntillas, fruncidos  y bordados, que deducía viendo los originales de las tienda. Tres cada vez, uno para cada una de sus hijas. Se pasaba los dos meses de verano con su amiga Celia confeccionando los uniformes y los abrigos del colegio para el curso siguiente. He disfrutado mucho haciendo algo manual con ella, aunque me he dado cuenta de que intentaba cortar los ojales en dirección contraria.
 Nunca me interesó la costura. Nunca  se forzó a enseñarme. Tampoco a mis hermanas. Nosotras teníamos que estudiar, jugar, hacer deporte…ella nos cubría las espaldas en la gestión de lo necesario, en las cosas “fáciles”. A ver si este verano consigo aprender a coser a máquina, sería como si pudiera apropiarme de algo suyo, como si a fuerza de disciplina en el último momento pudiera aprender algo tan natural en ella como construir un hogar o solucionar un montón de cuestiones prácticas  con solo “discurrir” un poco.
Me ha enseñado algo que tenía guardado: un producto que servía para remediar los errores de puntadas o cortes mal hechos. Una botellita antigua de color amarillo chillón con letras anacrónicas que rezaba: Tejemagic. Me ha dicho que eran unos polvitos que “cosían sin hilos”, sólo pasando la plancha por encima. Lo compró cuando nosotras éramos pequeñas, en el Corte Inglés. Lo hemos usado para convertir en cicatrices los ojales fallidos.
También me habla de la importancia de los tocadiscos en su juventud. Me cuenta que iban a casa de una amiga de “guateque”  los fines de semana. Su amiga era gordita y se ponía los vestidos encima nada más sacarlos de la lavadora: los planchaba encima de su cuerpo y se los estiraba. Decía que tenía que advertir a los chicos de que tenía los muslos gruesos, para que no se llevasen después una sorpresa. 






Las  fotografías son la mejor manera de regresar a lo que ya no está, una forma engañosa pero eficaz de recuperar el pasado. Las más impactantes, para mí, son aquellas que recuperan un tiempo en el que yo no existía, las fotografías anteriores a 1962.  Tengo debilidad por los documentos en sepia  que nos muestran el pasado. Así que una de las maneras de volver a ver a mi madre tras su muerte, en especial a la joven que fue antes de ser mi madre, ha sido sentarme a contemplar sus fotografías de aquella época.  Una caja con la que se presentó mi padre en una de mis primeras visitas, que contenía sobre todo imágenes de su  vida anterior a la boda. Mirándolas puedo observar  su evolución, su recorrido vital: desde la niña que hace pucheros hasta la rubia despampanante en la que se convirtió. Por lo que veo, cuando yo nací se tiño el pelo de oscuro, me pregunto si  a modo de  ritual de paso hacia una nueva fase que descartaba todo lo que significaba ser rubia en los años de Marilyn. Pero antes está la otra, la que no reconozco, la que no conocí. Con muchas más fotografías. Posando en  los viajes que hacía con sus amigas a París o a la playa, en los paseos con sus hermanas en actitud indolente, asomando tras un banco del parque con el grupo de amigos, escribiendo en la mesa de lo que parece un camping, fumando, flirteando con mucha clase  en medio de un montón de señores.






Esas imágenes me producen una desolación que no acabo de saber a qué obedece. Una profunda  sensación de culpa. ¿Por qué motivo? ¿Quizás por el hecho de que había dejado de ser rubia, de viajar, de trabajar y de  salir con sus amigos por haberse casado y haberme tenido a mí?  Y me vuelvo a preguntar quién era mi madre antes de serlo. Se casó con 32 años, muy mayor para su época. Antes tuvo tiempo de vivir, de trabajar, de estudiar idiomas y piano -aprendizajes que nunca más usó ni demostró- y de tener un montón de pretendientes. Algo de eso me había explicado cuando yo intentaba indagar en su vida. 




Pero el descubrimiento más impactante, por la imposibilidad de recuperar una versión en primera persona, han sido las postales. En la caja, mezcladas con las fotografías de esa época, hay una serie de postales en blanco y negro de diferentes ciudades de Europa. Dirigidas a Ma chère petite Carmina- el nombre, otro indicio de quién era antes de ser Carmen- escritas a veces en español y otras en francés, y firmadas indistintamente por Joaquim, “Je”, o  “Monsieur”. Le escribe frases tan  conmovedoras como: Tengo una cosa para ti que te hará gracia, o  Je regretais beaucoup ton absence, ¿me das noticias tuyas?… Ella me había contado que-entre otros- su profesor de francés estaba prendado de ella y la pretendía, como decían entonces. Yo conocí a Monsieur  Botton, lo recuerdo en una visita que nos hizo cuando yo era pequeña al chalet donde veraneábamos, y creo recordar una ligera incomodidad en la actitud de mi madre. Una de las postales, del año 52,  la escriben  tres personas: mi madre,  Monsieur y una de las amigas viajeras. Es una foto de Notre Dame de París, y la destinataria es su hermana Paz. Probablemente fue uno de los viajes que hizo con su amiga María Pilar.
En el texto que escribe mi madre, le dice a su hermana, con la misma letra fluida con la que después escribiría las listas de la compra:   ”Estamos los tres, en el café Le Paris, en los Champs Elysées, y están pasando negros , indios…y hemos tomado Coca Cola  ¡Qué ilusión , qué ideal, ¿qué laca usas?!”  
Otra postal posterior a ésta, desde Chartes, que le escribió él:
Je dois partir pour Genève en repassant par Paris,  qui me semble bien triste depuis ton départ. Je m‘imagine que tu vas tous les jours à la piscine pour te bronzer au soleil .A Chartres il n’hi ha pas d’existentialistes mais tu vois quelle superbe cathédrale, une des plus belles du monde !  A Paris on m’ha fait des compliments de toi mais je savais déjà que tu étais fine et élégant, que tu  avais de jolis yeux et que tu étais intelligente.Ca n’ha donc été qu’une confirmation de mon opinion. Aussi j’avais au moins la consolation qu’on dirait à Paris que j’ai bon gout et que ma sœur t’ha trouvée distinguée. Quand je pense que je ne te revoirai probablement plus…vraiment je n’ai pas de chance. Je te rapporterai quelque chose de Suisse. Ce sera sans doute la derrière fois que j’avais l’occasion de te faire un petit cadeau. Amuse-toi bien et pense quelque fois à ton fidèle ami Joaquin.
En otras postales algo posteriores  desde Genova y Montreux, le dice Quelle chaleur il fait aujourd’hui en Suisse!, o Recibí tu larga carta y como me dices que estás enfriada tengo para ti un pañuelo a medida.


Cuando miro las fotos de mi madre y me vence la tristeza por su ausencia, me consuelo con una trampa mental muy rocambolesca, pero efectiva. Pienso en que ella nació un año después de Marilyn Monroe. Vivió su juventud en los años cincuenta, como ella. Las dos eran rubias y glamurosas. Yo nací en el año sesenta y dos, tres meses antes de que la rubia por antonomasia se durmiera para siempre. Mi madre por esa época estrenó maternidad, madurez y un  tinte más oscuro. Y tuvo el detalle de compartir conmigo su existencia durante 51 años más. Entonces me alegro de una manera a la vez melancólica y  profunda. 







No hay comentarios:

Publicar un comentario