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domingo, 23 de marzo de 2014

Have a safe day



Se despertó  y me miró con una sonrisa triste. Yo ya le había visto antes, hojeando una revista en una tienda del aeropuerto. Me fijé en él porque me llamó la atención lo mucho que me recordaba a un tipo de personaje tantas veces visto en esas películas que tratan sobre la pesadilla de los que se quedan en la cuneta del sueño americano. Su aspecto me resultaba tan irreal y a la vez tan familiar como el de un personaje de cómic: silla de ruedas, cinta negra con flores blancas en la cabeza, coleta, perilla, brazos tatuados, camisa hawaiana...todos los ingredientes para ser un veterano de Vietnam.  Me pareció estar sentada al lado del protagonista de "El retorno" con veinte años más,  y que yo era la reencarnación en vida de Jane Fonda, claro. Por eso, cuando, en un momento de la larga conversación que mantuvimos, me dijo que había ido de soldado a  la guerra de Vietnam, me dio un vuelco el corazón.
 Estábamos sentados en la primera fila del avión que me llevaba desde Orlando de vuelta a Nueva York, en mi primer viaje en solitario por los  Estados Unidos. Él en el lado de la ventanilla, yo en medio y a mi derecha una mujer que nada más despegar se tomó una pastilla  y se quedó dormida. Cuando llegué a mi asiento, él estaba dormitando. Estuve leyendo durante una media hora una novela ambientada en la Cuba de los años cincuenta.
Se despertó. Me miró con su sonrisa triste y me preguntó si era capaz de leer en español. Yo le dije que era española. El reaccionó añadiendo un destello a sus ojos melancólicos  y me dijo: Yo soy puertorriqueño-con un extraño acento rescatado su primera infancia en Nueva York, cuando creía que todo el mundo hablaba en español y que su abuela era su madre, según me contó después.
Esa fue la única frase que me dijo en español. Después volvió al inglés.  Tras unos momentos de tanteo tímido sobre temas de fogeo: presentaciones, motivo del viaje y ligero  interés por la geografía española, se puso a explicarme cosas. Al principio como abriendo pequeñas brechas en el cemento, yo ayudando con mis preguntas simples y seguramente mal construidas. Poco a poco las historias fluían engarzadas unas con otras, y al cabo de un rato su discurso era como una gran masa de agua rompiendo las compuertas de una presa. Yo estaba asombrada de que pudiera entenderle y de que pudiera estar pasándome eso a mí al final de mi viaje, cuando las experiencias y situaciones vividas sobrepasaban ya con mucho mis expectativas. Sólo de vez en cuando paraba y me pedía disculpas por hablar tanto, pero –me decía- es que llevo más de un año  sin mantener una conversación con nadie, solamente dando órdenes a los operarios que reparan mi casa en Florida de los destrozos del último huracán. Y yo le decía Go on , que no me importaba, al contrario, que  me conmovía mucho lo que me contaba.
El discurso fluía y en mi cabeza se agolpaban imágenes del viaje, de películas americanas, de mi infancia, de mis hijos…Pensamientos que se dispersaban como los insectos cuando se levanta una piedra, tropezando entre si para dejar paso a esa nueva historia que lo inundaba todo. Cuando él me contaba que al volver de la guerra apenas podía hablar en inglés porque se pasó dos años hablando por señas y emborrachándose, yo recordé a mi hija pequeña absorbiendo la sensación de que nunca le pasaría nada malo, mientras yo la arropaba en la cama. Me explicó  que mientras  estás en la guerra no puedes pensar en nada, ni en la familia, ni en los amigos, solo puedes moverte como un autómata y respirar, tratando de no ahogarte, el aire enrarecido del desasosiego que inunda tus pulmones y tu vida.  Me dijo que cuando volvió estaba medio loco, que no podía comunicarle a nadie lo que había vivido, solo podía beber y drogarse para soportarlo. Ellos esperaban ser recibidos como héroes, y la gente los trató como apestados. Ningún reconocimiento, ninguna compasión. Eran una vergüenza nacional  y la gente se lo hacía  saber. No entendían la expresión de su cara, la gente creía que estaban  enfadados, y estaban zombies. Solamente se sentía comprendido  cuando se encontraba con otro como él. Aunque no lo conociera,  si se cruzaba con otro veterano, se reconocían  entre si y corría una energía especial en sus miradas que era una caricia en medio del infierno que vivían. Me dijo que él fue a la guerra convencido, no como otros que desertaron. Y lo peor: que volvería a ir para defender la seguridad de su país. 



                                                                                                 ( fotografía de Hugh Van Es 1969)

Entonces me vino a la cabeza ,caída a plomo,  la imagen de los policías que nos miraban paternales desde las fotografías que inundaban las paredes del metro de Nueva York , advirtiendo de que cualquier información sobre objetos o personas extrañas podían ser vitales para la seguridad de todos. If  you see something, say something.  Remain alert and have a safe day . A safe day, no a nice day, ni a happy day. Si te esfuerzas  y vigilas desde por la mañana, tienes un día seguro. Si te esfuerzas por tu país tienes una vida segura. No una vida feliz, ni siquiera una vida satisfactoria, sino una vida segura. Pero primero tienes que superar el shock de volver del infierno. Primero tienes que asumir que solo has sido una herramienta para la supuesta seguridad de los otros. Primero tienes que drogarte hasta perder el sentido y caer en tu casa con tan mala suerte que te desgarres la pierna  con una astilla, y que la herida se infecte y la infección ya te haya paralizado medio cuerpo para cuando te vengan a rescatar, veinticuatro horas después. Y que tengas que convivir con  una bonita silla de ruedas el resto de  tus días. Para que cuando ya te has recuperado, te has pasado años en un hospital para quitarte de todas tus adicciones, te has casado, y te has construido una casita, venga un huracán  y destroce todo lo que tienes. Remain alert and have a safe day. Cómo podría haberse esforzado tanto como para evitar el huracán, me preguntaba yo. Porque él me contaba todo esto sin rabia, con la mansedumbre de los que ya lo han perdido todo y simplemente disfrutan con un rato de conversación en un avión.
Nos despedimos, me dijo que estaba contento de tener una amiga española. Me prometió  que si alguna vez volvía a tener un ordenador me escribiría. Me dio un beso. 
Sentí su fuerte aliento en mi cara, y me fui.                                                                     







Este relato fue publicado en la nave de los locos el 8 de agosto del 2012
http://nalocos.blogspot.com.es/2012/08/los-restos-del-vietnam-por-paz.html

jueves, 20 de marzo de 2014

Frenética



     Cuando a las siete de la tarde se  aferra a su tacita de manzanilla con la mirada perdida mientras la gente entra y sale de la cafetería, es como si por un momento dejara de sentir que la tierra se desplaza treinta kilómetros cada segundo. La carrera ha empezado doce horas antes. Medio bocadillo antes de la primera clase. Tres clases más y una guardia con un grupo desconocido y difícil. Llegar a casa a las tres y media y que nadie haya acabado de hacer la comida. Sacar a los perros, también se han olvidado. Han quedado duros con las prisas y las amenazas, hay que reblandecer los espaguetis con otro hervor. Notar que la sangre también hierve un poco. Intentar descansar media hora antes de prepararse para llevar al pequeño a la sesión con la pedagoga que detectará qué demonios ocurre con su ortografía. Darse cuenta de que el mayor no le ha dejado el coche, tal y como quedaron ayer. Gritar y después quedarse quieta, como paralizada. Notar que el cuerpo se resiste a otro esfuerzo. Llorar un rato. Preocupar a la hija, que decide llamar a un taxi. Dejar al chico en el gabinete psicopedagógico y bajar a tomar algo. Disponer de una hora. Disfrutar como una posesa del calor que desprende la taza de manzanilla. Absorberlo. Agarrar la taza con  fuerza para tratar de frenar la velocidad de la traslación.  Intentar recoger todos los pedazos de su personalidad que se han dispersado en la explosión del día. Juntar en su cabeza a todas las personas, animales y plantas que la componen y la necesitan. Ponerlos en fila. Pasar lista. Dedicarles una mirada severa y luego deshacerse de ellos durante un rato, justo el tiempo que tarde en enfriarse la taza que aprieta como si en ello le fuera la vida. Convencerse de que sólo ha sido un mal día.



                                                                                ( fotografías de Elías Ruiz Monserrat)

 “Una mujer nunca puede decir yo. El yo femenino siempre es múltiple” Elfriede Jelinek 



                  Este relato ha recibido un accésit en la convocatoria 100x500 de Cuentos para el andén.La ganadora ha sido Adriana Jardón ( México) , y he compartido accésit con Sara Lew y Linda Báez ( Nicaragua). Resulta curioso que todas , incluidas seis finalistas, hemos sido mujeres. 




miércoles, 19 de marzo de 2014

Espiral

        
Desde la sillita anaranjada que empuja su madre me dice adiós tren con la manita. 
Aparco un instante mis preocupaciones y le envío una sonrisa a través del cristal. En cuanto arranca el tren, mi hijo termina la carrera. Luego la empieza. Sus salidas nocturnas me impiden dormir. La moto y la primera novia disputan su posición en la fila. Arrastrarle al instituto, los partidos de básquet, la bici. Eran uno, dos y tres, los famosos mosqueperros. Dinosaurios y legos. Garabatos y chuches.
Y los sábados, empujar la sillita naranja hasta la estación para decir adiós a aquellos trenes.
En alguno de ellos quizás viajase una mujer que ya tuviera un hijo de veinticinco años.


¡¡ Felicidades, Carlos, en tu primer impensable y sorprendente cuarto de siglo!!

                                   Fotografía del protagonista cuando era rubito,hecha por la autora.

jueves, 13 de marzo de 2014

A veinte mil leguas de mi casa



                                                                                 Fotografía de Emmanuelle Brisson

Es verdad que últimamente resultaba cada vez más complicado encontrar las llaves. Siempre enredadas en una maraña de monedas, bolígrafos, protectores labiales o envoltorios de caramelos… por pequeño que fuera el bolso. Pero hasta hoy nunca pensé que el gesto previo a abrir una puerta se pudiera convertir en un acto temerario.
Ha ocurrido hace una hora, al regresar del trabajo. Mi mano se ha sumergido, impaciente, en el bolso grande. En su descenso ha atravesado la zona superficial de las libretas y la cartera hinchada de resguardos, ha rozado con el dorso la espiral de la agenda y la caja de tiritas, y al llegar al fondo ha palpado unas cuantas monedas sueltas.
Ha continuado indagando, las llaves no podían estar muy lejos. En las inmediaciones, un ánfora tapizada de poliquetos y un cofre oxidado que servía de refugio a un pulpo. Unos cuantos pececillos se han sorprendido al unísono al escarbar en la cueva del rincón, donde los rugosos corales le han propinado un arañazo en el pulgar.
Tan ensimismada estaba la mano en sus hallazgos abisales, que la tremenda descarga eléctrica le ha pillado desprevenida. Ha emergido disparada hacia la superficie, enredándose por un momento en unas extrañas cintas pardas.
Y aquí estoy yo. Sin aliento. Sentada en el rellano de la escalera. Mirando a mi bolso de reojo y esperando que algún otro miembro de la familia se digne a volver a casa de una vez.


Con este microrrelato he quedado finalista en la convocatoria 7x500 de Cuentos para el andén
                                      http://www.grupoanden.com/14022/73001.html


martes, 4 de marzo de 2014

Jardinería de interior



Tengo un bonsái en el útero. De momento solo hay que controlar que no crezca. Cierro los ojos un instante, pero la boca queda abierta y debo de haber tragado abono.  Al salir de la visita,  unos frondosos manglares han echado raíces en las aguas estancadas de mi cabeza, un rosal ha desprendido varios  pétalos que se han deslizado mejillas abajo y una jungla con sus pájaros y sus fieras se extiende ahora mismo por mis tripas. No sé si tengo que regar, podar, eliminar las malas hierbas o seguir abonando. Y no tengo ni un puto libro de jardinería.




Con este microrrelato he sido seleccionada como ganadora esta semana en el concurso del programa Wonderland de Ràdio 4. Se lo dedico a dos amigas, ellas ya saben.

He compartido la gloria de subir al Olimpo Wonderlandiano con los finalistas Miguelángel Flores, Esperanza Temprano, Carmen Quinteiro, Towanda Martín y Oscar Quijada. Enhorabuena a todos.Siempre existe un factor aleatorio en las decisiones finales.Esta vez me ha favorecido a mi, pero estoy segura que hubiera podido ser cualquiera de vosotros. ¡Felicidades saltarinas y casi primaverales!






http://blog.rtve.es/files/jardineria-de-interior.mp3





Además, en el blog Esta noche te cuento, Rafa Heredero hace una "disección" de mi bonsái y encuentra dentro un manual de instrucciones. Magnífico comentario,  mejor que el propio micro que comenta: http://estanochetecuento.com/manual-para-plantar-un-microrrelato/